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viernes, 18 de septiembre de 2026

LA HEREJÍA DEL “ESTADO LAICO”

Traducción del artículo publicado en INTROIBO AD ALTARE DEI.
  
  
Nunca deja de asombrarme cómo los apologistas del Concilio Vaticano II, incluso los inteligentes y cultos, tienen que esforzarse por encajar las enseñanzas del Vaticano II en la doctrina tradicional de la Iglesia. No ven (¿o se niegan a ver?) la flagrante contradicción y deben escribir largos panfletos para intentar tergiversar lo blanco y lo negro. Un artículo que leí recientemente me dejó perplejo.
  
El Dr. William Harry Marshner Philippi escribió en defensa de la Declaración sobre la Libertad Religiosa del Concilio Vaticano II, Dignitátis Humánæ (DH). Es un miembro “conservador” de la secta que, en sus propias palabras, intentará demostrar con rigor que no existe conflicto doctrinal entre la enseñanza inmutable de los Papas del siglo XIX y la del Vaticano II. En segundo lugar, intentaré demostrar que la doctrina de DH constituye una adición inocua, incluso una ligera mejora, a la enseñanza anterior, ya que no menoscaba el legítimo poder de un Estado católico para proteger a sus ciudadanos de la «corrupción de la moral y la propagación de la plaga del indiferentismo», que Gregorio XVI y Pío IX temían que resultara de un exceso de libertad religiosa.

Marshner afirma:
«Comencemos por repasar los puntos de conflicto más importantes.

En Mirári vos (13 de agosto de 1832), Gregorio XVI denunció como “delirio” la idea de que la libertad de conciencia, especialmente la libertad de culto, es un derecho propio (o inalienable) de todo hombre, que debe ser proclamado por ley, y que los ciudadanos tienen tal derecho a la libre difusión de sus ideas, por falsas que sean, que ninguna ley, ya sea eclesiástica o civil, puede impedírselo. En términos de la postura fundamental del Concilio Vaticano II, esta denuncia simplemente excluye la siguiente opinión:
“Tal libertad de acción, como debería tener una religión objetivamente falsa [por muy amplia o restringida que sea; llegaremos a ese punto a su debido tiempo], de hecho la tiene por un derecho natural de conciencia, mediante el cual la libertad de expresión y acción religiosa de la persona trasciende el alcance de lo que la ley positiva, civil o eclesiástica, pueda restringir legítimamente”.
El Concilio Vaticano II también excluye esta postura, y lo hace de tres maneras. Primero, el Concilio no modifica las facultades restrictivas de la autoridad eclesiástica (DH 14, con la nota al pie 58 proporcionada por el comentarista John Courtney Murray, SJ, en la edición de Abbott); segundo, el Concilio reconoce el derecho de la autoridad civil a restringir la libertad religiosa según las “justas exigencias del orden público” (DH 2 y 4); por último, el Concilio se niega a conceder inmunidad alguna a las actividades de proselitismo agresivas (DH 4). De ello se deduce que la libertad religiosa irrestricta y con fundamento trascendental, defendida por los liberales revolucionarios y denunciada como locura por Gregorio XVI, no es la misma libertad que la que respalda el Vaticano II» (Véase catholicculture.org/culture/library/view.cfm?id=8778; el artículo completo puede leerse allí). 
Por el contrario, expondré la enseñanza de la Iglesia sobre las relaciones Iglesia-Estado, desenmascararé al hereje que escribió casi todo el DH (el padre John Courtney Murray), quien deseaba un “estado laico” aconfesional, y demostraré que de ninguna manera la enseñanza del DH puede reconciliarse con todo lo que se enseñaba anteriormente. 

LA DOCTRINA DE LA IGLESIA
  
La Iglesia enseña que las personas solo son libres de elegir lo que es bueno y de creer en lo que es objetivamente verdadero. Sin embargo, muchas personas toman decisiones erróneas y adoptan religiones falsas. La sociedad jamás puede alabar, alentar ni apoyar tales decisiones. No obstante, puede tolerar estos abusos individuales de la libertad para mantener la paz temporal, al tiempo que anima a los seguidores de religiones falsas a comprender sus errores y convertirse a la Única Iglesia Verdadera. 

Las declaraciones de los papas son claras:
  • Papa Gregorio XVI: «Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. […] De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. “Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error!”, decía San Agustín (Epístola 166)» (Cf. Mirári vos, párrs. 13 y 14; énfasis mío).

  • Papa Pío IX: PROPOSICIÓN CONDENADA N.º 15: «Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera» (Cf. Sýllabus Errórum. Condenada en las Letras Apostólicas Multíplices inter, 10 de Junio de 1851; y en la Alocución Máxima quidem, 9 de Junio de 1862).
    PROPOSICIÓN CONDENADA N.º 77: «En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos» (Ibid. Condenada en la Alocución Nemo vestrum, 26 de Julio de 1855).
    PROPOSICIÓN CONDENADA N.º 78: «De aquí que laudablemente se ha establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno» (Ibid. Condenada en la Alocución Acerbíssimum, 27 de Septiembre de 1852).
    PROPOSICIÓN CONDENADA N.º 79: «Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo» (Ibid. Condenada en la Alocución Núnquam fore, 15 de Diciembre de 1856).

  • Papa León XIII: «Queda en silencio el dominio divino, como si Dios no existiese o no se preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya asociados, no debiesen nada a Dios, o como si fuera posible imaginar un poder político cuyo principio, fuerza y autoridad toda para gobernar no se apoyaran en Dios mismo. De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda seguridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber; no profesará públicamente religión alguna, ni deberá buscar entre tantas religiones la única verdadera, ni elegirá una de ellas ni la favorecerá principalmente, sino que concederá igualdad de derechos a todas las religiones, con tal que la disciplina del Estado no quede por ellas perjudicada» (Cf.  Immortále Dei, párr. #25; el énfasis es mío).

  • Papa San Pío X: «Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva. Porque, en primer lugar, al apoyarse en el princípio fundamental de que el Estado no debe cuidar para nada de la religión, infiere una gran injuria a Dios, que es el único fundador y conservador tanto del hombre como de las sociedades humanas, ya que en materia de culto a Dios es necesario no solamente el culto privado, sino también el culto público. En segundo lugar, la tesis de que hablamos constituye una verdadera negación del orden sobrenatural, porque limita la acción del Estado a la prosperidad pública de esta vida mortal, que es, en efecto, la causa próxima de toda sociedad política, y se despreocupa completamente de la razón última del ciudadano, que es la eterna bienaventuranza propuesta al hombre para cuando haya terminado la brevedad de esta vida, como si fuera cosa ajena por completo al Estado. Tesis completamente falsa, porque, así como el orden de la vida presente está todo él ordenado a la consecución de aquel sumo y absoluto bien, así también es verdad evidente que el Estado no sólo no debe ser obstáculo para esta consecución, sino que, además, debe necesariamente favorecerla todo lo posible» (Cf. Veheménter Nos, párr. 3; el énfasis es mío).
Todo lo anterior queda bien resumido por el teólogo Edward Cahill SJ:
«La Iglesia y el Estado reconocen las prerrogativas mutuas. El Estado, al permitir la libertad de conciencia y, por lo tanto, tolerar las religiones no católicas que puedan existir dentro de su territorio, profesa públicamente la fe católica. Reconoce también la mayor importancia de las funciones de la Iglesia y se compromete a cumplir su parte en la unión [entre él y la Iglesia] según los principios cristianos… Este sistema existió en toda Europa antes del siglo XVI. Es… el sistema que existe actualmente en Italia, España… Bélgica, Polonia, así como en la República Argentina, Bolivia, Costa Rica, Paraguay, Perú, Ecuador y prácticamente en Colombia. [La unión de Iglesia y Estado es] el sistema más acorde con la Ley Divina; y cuanto más se acerquen las disposiciones actuales a ella, mejor para los intereses espirituales del pueblo y para su paz y bienestar, incluso en asuntos temporales» (Cf. The Framework of a Christian State: An Introduction to Social Science/El marco de un Estado cristiano: Introducción a la ciencia social. Dublín [1932], págs. 610-611; énfasis mío). 
De este modo:
  1. Existe una sola Iglesia verdadera de Cristo, que es para la salvación eterna de la humanidad.
  2. Todo Estado debería ser católico, pues el error no tiene derechos. Solo lo verdadero y lo bueno tienen derecho a existir. Únicamente en la Iglesia Católica se encuentra la salvación, por lo que el bien común exige que solo ella sea reconocida y promovida.
  3. Nadie debería ser obligado a aceptar la Verdadera Fe. Cristo quiere que nos acerquemos a Él libremente.
  4. En privado, se puede confesar un error, pero no en público. El Estado debe profesar la fe católica, y solo su verdadero culto a Dios (y su enseñanza moral) debe permitirse en público. Actuar de otro modo es equiparar la falsedad con la verdad y conducir las almas al infierno cuando se exponen a religiones falsas. Así como quienes son altamente contagiosos con una enfermedad mortal son puestos en cuarentena para proteger a la población, de igual modo se aplica la falsa doctrina y la moral falsa, que pueden infectar y destruir el alma, infinitamente más valiosa que el cuerpo.
  5. En los países donde no existe una mayoría católica, los miembros de la Iglesia tienen el deber de intentar convertir a la fe al mayor número posible de personas, con el fin de lograr algún día un Estado católico. 
   
ENTRA EL PADRE JOHN COURTNEY MURRAY
   
El padre John Courtney Murray nació en 1904 en la ciudad de Nueva York. Ingresó en la Compañía de Jesús (jesuitas) en 1920 y fue ordenado sacerdote en 1933. Obtuvo un doctorado en Teología Sagrada en la Universidad Gregoriana de Roma en 1937. Regresó a Estados Unidos, donde enseñó teología, y en 1941 fue nombrado editor de la revista jesuita Theological Studies. Inicialmente, Murray era ortodoxo, pero pronto se convirtió en un ferviente modernista.

Con el tiempo, comenzó a defender  la libertad religiosa  tal como la define y protege la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, y llegó a argumentar que la doctrina católica sobre las relaciones Iglesia-Estado ya no era pertinente para la sociedad contemporánea. Murray comenzó a difundir sus ideas en revistas teológicas, donde recibió fuertes críticas de algunos obispos y muchos colegas teólogos, en particular del eminente monseñor Joseph Clifford Fenton, quien era un firme antimodernista. El teólogo Fenton fue profesor de Teología Dogmática en la Universidad Católica de América y editor de la influyente American Ecclesiastical Review. Fenton criticó las enseñanzas de Murray por considerarlas irreconciliables con la doctrina de la Iglesia (en particular, la del Papa León XIII) sobre las relaciones Iglesia-Estado.

Murray enseñaba que Occidente había alcanzado la «plenitud de la verdad» (¿os suena familiar?) sobre la «dignidad humana». Esta supuesta «verdad» exigía que las personas tuvieran «control moral» sobre sus propias creencias en materia  de libertad religiosa . En 1954, la Suprema Congregación del Santo Oficio censuró sus enseñanzas, exigiéndole que cesara toda actividad escrita y docente sobre el tema de la libertad religiosa. Aun censurado, Murray continuó escribiendo en privado sobre libertad religiosa y presentó sus obras a Roma, las cuales fueron condenadas.

En 1963, fue rehabilitado por Roncalli y llevado al Concilio Vaticano II como perito (experto teológico) para que sus doctrinas condenadas pudieran ser aceptadas. Durante su estancia en el Concilio Vaticano II, entabló amistad con el arzobispo Karol Wojtyła, el futuro papa Juan Pablo II. Murray redactó el documento herético Dignitátis Humánæ del Concilio Vaticano II, que adoptó oficialmente la herética libertad religiosa como doctrina de la recién fundada secta del Vaticano II. Tras el Concilio, enseñó que los católicos que “llegaran a nuevas verdades” sobre Dios tendrían que hacerlo en un diálogo “en igualdad de condiciones” con los acatólicos y los ateos. Propuso reformas más profundas, incluyendo una reestructuración de la Iglesia, para que fuera “menos autoritaria” y más “democrática” (Véase https://www.library.georgetown.edu/woodstock/Murray/bio).

Según se ha informado, durante la década de 1960, Murray consumía LSD:
«La experimentación de Murray con LSD al comienzo de la “década de Woodstock” fue tan solo una muestra de la contradicción con ese legado de separatismo militante, mucho más vinculado al desastre de los abusos sexuales y su encubrimiento que la supuesta contaminación de las vocaciones sacerdotales por el amor libre y el movimiento hippie (y no puedo enfatizar lo suficiente cómo este breve episodio en la vida de Murray palidece ante la grandeza y la perspicacia de sus escritos sobre las relaciones Iglesia-Estado)» (Véase irishwaterfront.wordpress.com/2011/05/26/goodstock/).
Murray falleció de un ataque al corazón en 1967, menos de dos años después de la finalización del Concilio Vaticano II.

EL CARDENAL OTTAVIANI Y JOHN COURTNEY MURRAY
  
Recientemente ha salido a la luz información sobre el enfrentamiento entre el teólogo ortodoxo y Pro-Prefecto de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio, el Cardenal Alfredo Ottaviani, y el teólogo heterodoxo y censurado John Courtney Murray. 

El cardenal Ottaviani pronunció un discurso en la Universidad Lateranense el 2 de marzo de 1953, en el que reiteró magistralmente la enseñanza de la Iglesia y denunció a aquellos como Murray, que buscaban acabar con los países católicos. El gigante eclesiástico afirmó:
«He dicho, en primer lugar, que el Estado tiene el deber de profesar su religión socialmente. Los hombres unidos socialmente no están menos sujetos a Dios que cuando se les considera individualmente, y la sociedad civil, al igual que los individuos, está en deuda con Dios, “bajo quien, como Autor, se congrega, por cuyo poder se preserva, por cuya bondad ha recibido el gran tesoro de bienes de los que disfruta”.

Así pues, como no es lícito que ningún individuo falte a su deber para con Dios y con la religión por la cual Dios quiere ser honrado, del mismo modo, “los estados no pueden, sin una grave ofensa moral (citra scelus), comportarse como si Dios no existiera o desechar el cuidado de la religión como algo ajeno a ellos o de poca importancia”.
  
Pío XII refuerza esta enseñanza condenando “el error contenido en concepciones tales como las que no dudan en absolver a la autoridad civil de toda dependencia del Ser Supremo, la Primera Causa y el Maestro Absoluto tanto de los hombres como de la sociedad, y de todo vínculo de ley trascendente que procede de Dios como de su Fuente primaria, y que conceden a la autoridad civil un poder de acción ilimitado, un poder dejado a la ola siempre cambiante o a las únicas limitaciones de las exigencias históricas contingentes y de los intereses relativos”» (Énfasis en el original). 
Discutió sobre la validez perenne de los principios tradicionales con respecto a la Iglesia y el Estado:
«Estos principios son firmes e inamovibles. Eran válidos en tiempos de Inocencio III y Bonifacio VIII. Son válidos en tiempos de León XIII y Pío XII, quien los reafirmó en más de uno de sus documentos. Así, con estricta firmeza, también llamó a los gobernantes a cumplir con sus deberes, apelando a la advertencia del Espíritu Santo, una advertencia que no conoce límites de tiempo. Pío XII habla así en la encíclica Mýstici Córporis Christi:
“Insistentemente se ha de suplicar a Dios que todos cuantos están al frente de los pueblos amen la sabiduría (cf. Sab. 6, 23), de tal suerte que jamás caiga sobre ellos aquella gravísima sentencia del Espíritu Santo: ‘El Altísimo examinará vuestras obras y escudriñará los pensamientos porque, siendo ministros de su reino, no habéis juzgado rectamente ni observado la ley de la justicia, ni habéis procedido según la voluntad de Dios. De manera espantosa y repentina se os presentará, porque se hará un riguroso juicio de aquellos que ejercen potestad sobre otros. Porque con los pequeños se usará misericordia, mas los poderosos sufrirán grandes tormentos. Porque Dios no exceptuará persona alguna ni respetará la grandeza de nadie; ya que Él ha hecho al pequeño y al grande y cuida por igual de todos; si bien a los más grandes amenaza un tormento mayor. A vosotros, por lo tanto, reyes, se dirigen estas mis palabras, para que aprendáis la sabiduría y no perezcáis’” (Ibíd., 6, 4-10)».
Casi al final de su discurso, ofreció el siguiente resumen:
«En conclusión, la síntesis de las doctrinas de la Iglesia sobre este tema se expone con mayor claridad en nuestros días en la carta de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades enviada a los obispos de Brasil el 7 de marzo de 1950. Esta carta, que remite continuamente a las enseñanzas de Pío XII, advierte, entre otras cosas, contra los errores de un liberalismo católico renacido, que “admite y fomenta la separación de los dos poderes. Niega a la Iglesia cualquier tipo de poder directo sobre asuntos mixtos. Afirma que el Estado debe mostrarse indiferente en materia de religión… y reconocer la misma libertad para la verdad y para el error. A la Iglesia no le corresponden privilegios, favores ni derechos superiores a los reconocidos como pertenecientes a otras confesiones religiosas en países católicos”, etc.» (Para leer el texto completo del discurso del Cardenal Ottaviani, consultar American Ecclesiastical Review, mayo de 1953, páginas 321-334). 
Lo que sucedió a continuación es lo más interesante:
«El 6 de diciembre de 1953, Pío XII pronunció un discurso en el que afirmó que la cuestión de la libertad religiosa y la tolerancia debía situarse en el contexto de una comunidad internacional emergente, y que allí recaía sobre él su autoridad exclusiva y definitiva. Murray, junto con sus amigos y asesores, interpretaron estas declaraciones como una sutil refutación de la postura intransigente de Ottaviani.

El 25 de marzo de 1954, creyendo que el Papa Pío XII estaba de su lado, Murray pronunció un discurso en la Universidad Católica de América. Informó a su audiencia que el discurso del cardenal había provocado protestas diplomáticas y que un asesor papal cercano le había asegurado que representaba las opiniones meramente personales de Ottaviani. El Papa reaccionó diplomáticamente, por supuesto, para preservar la buena imagen del cardenal . De ello se derivaron dos conclusiones, argumentó Murray: «(1) apelar a Ottaviani de ahora en adelante [debe ser] cauteloso y selectivo; (2) cualquiera cuya teoría sea la de [Ottaviani] tiene la obligación de revisar sus puntos de vista». El resto del discurso de Murray fue una exposición detallada del discurso papal, haciendo hincapié en el avance doctrinal que representaba más allá de la teoría clásica de la tolerancia. 

El cardenal Ottaviani no perdió tiempo y, tras enterarse del discurso de Murray, actuó de inmediato. Acudió al Santo Padre con cuatro proposiciones para que fueran condenadas, según lo votado por el Santo Oficio. El papa Pío XII las firmó y se las envió a Murray. El 28 de octubre de 1954, estas cuatro proposiciones fueron solemnemente condenadas:
a) El Estado católico confesional, que se profesa como tal, no es un ideal al que la sociedad política organizada esté universalmente obligada.
b) La plena libertad religiosa puede considerarse un ideal político válido en un Estado verdaderamente democrático.
c) El Estado organizado sobre una base genuinamente democrática debe considerarse que ha cumplido con su deber cuando ha garantizado la libertad de la Iglesia mediante una garantía general de libertad de religión.
d) Es cierto que León XIII ha dicho: “ii....civitátes...debent eum in coléndo númine morem usurpáre modúmque quo coli se Deus ipse demonstrávit velle“ (Enc. Immortále Dei). 
Palabras como estas pueden entenderse como referidas al Estado considerado como organizado sobre una base distinta a la del Estado perfectamente democrático, pero a este último, estrictamente hablando, no le son aplicables» [Es decir,  la enseñanza del Papa León XIII sobre las obligaciones de los Estados para con Dios no es aplicable al Estado democrático — Introibo]
(Véase jstor.org/stable/25154656?origin=JSTOR-pdf; por el sacerdote de la secta deuterovaticana, el padre Joseph Andrew Komonchack Meehan [ordenado en 1963]). 

El artículo de Komonchak termina con esta sorprendente confesión:
«Tan solo diez años después de que Murray fuera silenciado, el Concilio Vaticano II reivindicaría las ideas por las que había sido censurado. El Decreto sobre la Libertad Religiosa (Dignitátis Humánæ) del Concilio adaptó la doctrina católica sobre la relación Iglesia-Estado y la libertad religiosa que Murray había defendido en su memorando de 1950, y dejó claro que los católicos estadounidenses podían ser fieles a la vez a los principios católicos y al experimento político estadounidense» (Énfasis mío). 
La idea de un cambio de doctrina por parte del Papa Pío XII era totalmente falsa, y la enseñanza tradicional se mantuvo hasta Roncalli y el Concilio Vaticano II.

¿LA ENSEÑANZA DE Dignitátis Humánæ GUARDA CONTINUIDAD CON LAS ENSEÑANZAS ANTERIORES?
  
Debería ser bastante obvio que la respuesta es “No”. Sin embargo, Marshner afirma que sí lo es, e incluso que constituye una “ligera mejora” (!) respecto a la enseñanza tradicional. Marshner cita el párrafo 14 de DH, que supuestamente  deja intactos los poderes restrictivos de la autoridad eclesiástica.
DH #14: «La Iglesia católica, para cumplir el mandato divino: “enseñad a todas las gentes” (Mt. 18, 19-20), debe emplearse denodadamente “para que la palabra de Dios sea difundida y glorificada” (2.ª Tes. 3, 1).

Ruega, pues, encarecidamente a todos sus hijos que ante todo eleven “peticiones, súplicas, plegarias y acciones de gracias por todos los hombres… Porque esto es bueno y grato a Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1.ª Tim. 2, 1-4).

Por su parte, los fieles, en la formación de su conciencia, deben prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia. Pues por voluntad de Cristo la Iglesia católica es la maestra de la verdad, y su misión consiste en anunciar y enseñar auténticamente la verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana. Procuren además los fieles cristianos, comportándose con sabiduría con los que no creen, difundir “en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad” (2.ª Cor. 6, 6-7) la luz de la vida, con toda confianza y fortaleza apostólica, incluso hasta el derramamiento de sangre.

Porque el discípulo tiene la obligación grave para con Cristo Maestro de conocer cada día mejor la verdad que de El ha recibido, de anunciarla fielmente y de defenderla con valentía, excluyendo los medios contrarios al espíritu evangélico. Al mismo tiempo, sin embargo, la caridad de Cristo le acucia para que trate con amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la fe. Deben, pues, tenerse en cuenta tanto los deberes para con Cristo, el Verbo vivificante que hay que predicar, como los derechos de la persona humana y la medida de la gracia que Dios por Cristo ha concedido al hombre, que es invitado a recibir y profesar voluntariamente la fe».
¿Qué es exactamente lo que la Iglesia sigue restringiendo? En el mejor de los casos, se trata de una versión superficial y diluida de la Gran Comisión, donde los derechos de la persona humana se mezclan con la realidad. En el fondo del problema reside una noción peligrosa, falsa y herética de “dignidad humana”, de la cual supuestamente surgen estos “derechos” fabricados (libertad religiosa). Murray y sus compañeros modernistas creen que las “verdades” pueden descubrirse “de forma más completa”. Esto implica que si la tolerancia religiosa fue mala o insuficiente debido a la “dignidad humana”, siempre fue errónea y no podía “volverse errónea”. Las personas no han “desarrollado mayor dignidad humana”. Los seres humanos fueron creados, desde el principio, a imagen y semejanza de Dios. Esto no se vuelve “más verdadero” ni “menos verdadero” con el paso del tiempo. Es una negación implícita de la indefectibilidad de la Iglesia, porque se afirma que la Iglesia fue de alguna manera “deficiente” por no enseñar la “verdad completa” o por ofrecer algo malo. Sin embargo, esto es imposible. 

A continuación, Marshner sostiene que  el Concilio reconoce el derecho de la autoridad civil a restringir la libertad religiosa de acuerdo con los “justos requisitos del orden público” y cita (DH 2 y 4). 

DH afirma en el párrafo #2: 
«Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil» (Énfasis mío). 
Esto contradice claramente todo lo que se enseñaba antes del Concilio, y solo alguien falto de razón podría afirmar lo contrario. DH enseña que el derecho a la libertad religiosa, fundado en la «dignidad de la persona humana», persiste incluso si la persona abusa de su derecho a la libertad religiosa y niega la Única Iglesia Verdadera. La dignidad humana reemplaza a Dios como medida de lo que es bueno. Los humanos se convierten en “dioses”. No existen límites para el falso culto público. Debería prohibirse por completo.

Finalmente, Marshner declara  que el Concilio se niega a otorgar inmunidad alguna a las actividades de proselitismo de la variedad de “venta agresiva” (DH 4).

DH #4 establece que:
«A estas comunidades, con tal que no se violen las justas exigencias del orden público, se les debe por derecho la inmunidad para regirse por sus propias normas, para honrar a la Divinidad con culto público, para ayudar a sus miembros en el ejercicio de la vida religiosa y sustentarlos con la doctrina, y para promover instituciones en las que colaboren los miembros con el fin de ordenar la propia vida según sus principios religiosos.
   
[…]
   
Las comunidades religiosas tienen también el derecho de que no se les impida la enseñanza y la profesión pública, de palabra y por escrito, de su fe. Pero en la divulgación de la fe religiosa y en la introducción de costumbres hay que abstenerse siempre de cualquier clase de actos que puedan tener sabor a coacción o a persuasión inhonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas rudas o necesitadas. Tal comportamiento debe considerarse como abuso del derecho propio y lesión del derecho ajeno».
Por lo tanto, los mormones pueden practicar el politeísmo públicamente y hacer proselitismo siempre y cuando no obliguen a nadie a convertirse, porque eso sería “una violación de los derechos de los demás”. El error no tiene derechos, ¿y qué hay del derecho de Dios a que solo se propague su verdad? 

Aquí hay más de DH:
DH párr. #6: «La protección y promoción de los derechos inviolables del hombre es un deber esencial de toda autoridad civil . Debe, pues, la potestad civil tomar eficazmente a su cargo la tutela de la libertad religiosa de todos los ciudadanos con leyes justas y otros medios aptos, y facilitar las condiciones propicias que favorezcan la vida religiosa».
El Concilio Vaticano II enseña aquí que todas las religiones deben gozar del derecho a la libertad religiosa. Implícitamente, el valor primordial que debe defenderse en la sociedad humana ya no es la Verdad, sino la libertad.

DH párr. #7:  «…se debe observar en la sociedad la norma de la libertad íntegra, según la cual, la libertad debe reconocerse al hombre lo más ampliamente posible y no debe restringirse sino cuando es necesario y en la medida en que lo sea».
Esto es una negación implícita del Pecado Original. Si se otorga libertad religiosa a las personas, sus mentes y morales se corromperán, como enseñó el Papa Pío IX. El Concilio Vaticano II asume lo contrario: todo irá bien con la libertad religiosa. La propagación del error ya no se considera un pecado contra el bien común. Esto es la subversión del bien común y la subversión de la verdadera moralidad.

DH párr. #11:  «Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana que Él mismo ha creado, que debe regirse por su propia determinación y gozar de libertad».
¿En serio? ¿Debe “gozarse” de la inmoralidad y la herejía como si fueran una “libertad”? Cuando las personas son condenadas por el mal uso de la libertad, el disfrute desaparecerá para siempre en el Infierno.
  
El argumento de Marshner se desmorona. Sin embargo, veamos qué decía el esquema original, elaborado por teólogos ortodoxos aprobados, sobre la relación entre Iglesia y Estado.

EL BORRADOR ORIGINAL REFLEJA LA ENSEÑANZA TRADICIONAL DE LA IGLESIA
  
Este esquema (borrador), denominado Constitución Dogmática sobre la Iglesia (Schema Constitutiónis dogmáticæ de Ecclésia), fue elaborado por los mejores teólogos, los más antimodernistas, aprobados por el Papa Pío XII. Nunca se sometió a votación, ya que los modernistas, liderados por el “buen Papa Juan”, desecharon todos los esquemas originales y ortodoxos preparados para el Concilio, incluido este. En él se exponía la doctrina sobre las relaciones Iglesia-Estado.

Del esquema de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (CC), párrafo 42: 
  
LATÍN
«Ipsum bonum Civitátis éxigit ut Potéstas civílis sese erga religiónem indifferénter non hábeat. A Deo cum institúta sit, ut hómines juvet ad perfectiónem vere humanam acquiréndam, non solum sóciis facultátem sibi procurándi bona temporália, sive materiália, sive humanióra præbére debet, sed eos étiam adjuváre ut bona spirituália ad vitam humánam religióse peragéndam facílius afflúere quéant. Inter ea bona áutem, nihil pluris æstimándum est quam cognóscere et agnóscere Deum, et adímplere offícia Deo debíta: fundaméntum enim sunt omnis virtútis privátæ, immo et públicæ.
  
Quæ offícia Deo debíta divínæ Majestáti præstánda sunt non tantum a síngulis cívibus, sed étiam a Potestáte civíli quæ in actis públicis Societátis civílis persónam gerit. Deus enim est áuctor Societátis civílis et fons ómnium bonórum quæ per ipsam in ómnia membra prófluunt. Licet áutem, in hoc órdine a Christo volíto, cultus litúrgicus únice spectet veram Dei Ecclésiam, tamen étiam commúnitas civílis modo quódam sociáli Deum cólere debet. Quod áutem, spectáta ejus índole, tunc máxime præstábit, si in procurándo bono commúni fidéliter servábit leges Dei, pro hac œconomía salútis a divina Majestáte cónditas. Quod ante ómnia póstulat, ut plena libertáte Ecclésiæ concéssa, excludántur a legislatióne, regímine et actióne pública ómnia ea, quæ assecutiónem finis ætérni impedíre Ecclésia júdicet; immo id intendátur, ut facílior fiat vita, princípiis christiánis inníxa et ad vitam ætérnam condúcens».
TRADUCCIÓN 
«El bien del Estado exige que el poder civil no sea indiferente a la religión. Dado que fue instituido por Dios para ayudar a los hombres a alcanzar la verdadera perfección humana, no solo debe proporcionar a sus miembros la capacidad de obtener bienes temporales, tanto materiales como humanos, sino también facilitarles el acceso a los bienes espirituales para la conducta religiosa de la vida humana. Entre estos bienes, sin embargo, nada debe valorarse más que conocer y reconocer a Dios, y cumplir con los deberes que se le deben: pues son el fundamento de toda virtud, tanto privada como pública.
  
Estos deberes para con Dios y la divina Majestad deben ser cumplidos no solo por los ciudadanos, sino también por el Poder civil, que en los actos públicos representa a la sociedad civil. Porque Dios es el autor de la sociedad civil y la fuente de todo bien que fluye a través de ella hacia todos sus miembros. Si bien, en este orden querido por Cristo, el culto litúrgico debe concierne únicamente a la verdadera Iglesia de Dios, la comunidad civil también debe rendir culto a Dios de una manera social. Sin embargo, dada su naturaleza, esto se cumplirá mejor si, en la búsqueda del bien común, observa fielmente las leyes de Dios, establecidas por la divina Majestad para esta economía de la salvación. Esto exige, sobre todo, que, al conceder a la Iglesia plena libertad, todo aquello que la Iglesia considere que obstaculiza la consecución del fin eterno quede excluido de la legislación, el gobierno y la acción pública; más bien, debe orientarse a facilitar la vida, basándose en principios cristianos y conduciendo a la vida eterna».
Las enseñanzas del hereje Murray y de otros teólogos censurados fueron claramente condenadas. Desafortunadamente, el falso papa Roncalli las desechó e hizo que Murray redactara la Encíclica de las Artes de la Humanidad.

Finalmente, ¿cómo entienden los “papas” conciliares la libertad religiosa? 

LA SECTA DEL CONCILIO VATICANO II, LOS “PAPAS” Y LA LIBERTAD RELIGIOSA
  • Roncalli (Juan XXIII): «Entre los derechos del hombre débese enumerar también el de poder venerar a Dios, según la recta norma de su conciencia, y profesar la religión en privado y en público» (Cf. Pacem in Terris, párr. #14; el énfasis es mío).
  • Bergoglio (Francisco): 
    • «Un État doit être laïque. Les États confessionnels finissent mal. Cela va contre l’Histoire [Un Estado debe ser laico. Los Estados confesionales terminan mal. Eso va en contra de la historia]» (Véase la entrevista con Guillaume Goubert y Sébastien Maillard en la revista La Croix, año 2016; referenciada aquí: tif.ssrc.org/2022/01/28/jc-murray-the-vatican-and-the-lay-state-challenge)
    • «Francisco y el jeque Ahmed el-Tayeb, Gran Imán de al-Azhar, una autoridad destacada para muchos musulmanes sunitas, firmaron un documento sobre la “fraternidad humana” y la mejora de las relaciones cristiano-musulmanas» (Véase https://www.ncronline.org/news/theology/does-god-want-religious-diversity-abu-dhabi-text-raises-questions).
«El pluralismo y la diversidad de religiones, color, sexo, raza e idioma son voluntad de Dios en su sabiduría, mediante la cual creó a los seres humanos», afirma el documento. Algunos han intentado defender esta postura, incluido el Vaticano modernista, argumentando que Dios permite las religiones falsas (como otros males) y no las promueve de manera positiva. 

No os dejéis engañar. Leed el contexto. La diversidad religiosa se menciona junto con el color, el sexo, el idioma y la raza. Dios desea positivamente hombres y mujeres, así como diferentes colores, razas e idiomas. ¿Y se supone que debemos creer que la religión debe entenderse de manera diferente a los demás conceptos mencionados en la misma frase? Que Dios desee positivamente sectas falsas con su moralidad engañosa es la conclusión lógica de la libertad religiosa. La secta del Concilio Vaticano II ha dado poder a las sectas falsas del mundo, especialmente al islam. 

CONCLUSIÓN
  
El final de cada documento del Concilio Vaticano II concluye así:
«Cada asunto declarado en esta Constitución Dogmática ha sido aprobado por los Padres de este Sagrado Concilio. Y Nos, por la Autoridad Apostólica que nos ha sido transmitida por Cristo, junto con todos los Venerables Padres, en el Espíritu Santo, aprobamos, decretamos y establecemos estas cosas; y todo lo que así establecido sinodalmente, ordenamos que sea promulgado para la gloria de Dios… Yo, Pablo, Obispo de la Iglesia Católica. A continuación, las firmas de los demás Padres» (AAS 57 [1965], 71).
Para los miembros de la secta del Vaticano II, el Concilio forma parte del Magisterio Universal y Ordinario, al que todos los católicos deben someterse. Sin embargo, el Dr. Marshner cree que existe cierto margen de maniobra para conciliar las enseñanzas del pasado con el Vaticano II. No obstante, es evidente que esto se ha demostrado falso. 

Por lo tanto, ¿a qué Magisterio obedecerá? Sobre la libertad religiosa, ¿obedecerá la enseñanza del Papa Gregorio XVI en Mirári vos del 15 de agosto de 1832 (párr. 14):
«De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. “Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error!”, decía San Agustín (Epístola 166). Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto “aquel abismo” (Apocalipsis IX, 3) del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra».
¿U obedecerá el Concilio Vaticano II y su declaración Dignitátis Humánæ, del 7 de diciembre de 1965?: 
«Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil».
Todos nos enfrentamos a la misma disyuntiva entre dos enseñanzas opuestas. Ambas no pueden ser ciertas. Sin embargo, los apologistas de las sectas del Concilio Vaticano II pretenden «demostrar» que las flagrantes contradicciones son, en realidad, armoniosas. No es de extrañar que el Papa Gregorio XVI calificara la libertad religiosa de «locura».

sábado, 12 de septiembre de 2026

EL MAGISTERIO EXTRAORDINARIO DEL VATICANO II (Refutación montiniana al “Reconocer y resistir”)

Presentamos un documento que ha pasado “de agache” en el radar del debate sobre el Vaticano II (en parte porque su única versión conocida es el original latino en Acta Apostólicæ Sedis vol. 57 (1965), n.º 13, págs. 867-871), y que por primera vez presentamos íntegramente en español:
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “Postréma Séssio”, DONDE SE HACEN PROVISIONES PARA EL RESULTADO INMEDIATO DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II

A todos los Obispos que están en paz y comunión con la Sede Apostólica.

Venerables hermanos, saludos y bendición apostólica.

La sesión final del Concilio Ecuménico Vaticano II está llegando a su fin. Pronto se disolverá la asamblea más extensa de su tipo, que se reunió hace cuatro años en la tumba del apóstol Pedro para atender las expectativas, los deseos y las necesidades más graves y urgentes del pueblo cristiano. Y vosotros, Venerables Hermanos, regresaréis finalmente a vuestras sedes, después de una larga y fructífera labor, con justa alegría porque, gracias a vuestro trabajo, se han preparado instrumentos beneficiosos para la verdadera renovación de la Iglesia y la unidad de todos los cristianos, y para el establecimiento de la paz y el orden de los asuntos humanos de una manera más digna.

Mientras el Concilio Ecuménico, casi concluido, parece traer un nuevo y abundante derramamiento de vida espiritual a la Iglesia y al mundo, no podemos sino exhortar con espíritu paternal a los fieles cristianos a que eleven súplicas más frecuentes y urgentes a Dios. Deseamos, Venerables Hermanos, que esa ferviente devoción a la oración, a la que hemos exhortado repetidamente a los hijos de la Iglesia a lo largo del Concilio, no solo no cese, sino que arda con mayor intensidad en este tiempo, cuando la obra del Concilio está llegando a su fin; para que en estos días toda la Iglesia, reunida en todo el mundo, como lo estuvieron en su día los Apóstoles junto con María, la Madre de Jesús, y nosotros en el Cenáculo (Hch. 1, 14), se una en fervientes oraciones con los sucesores de Pedro y los Apóstoles, para obtener un nuevo Pentecostés, por el cual el rostro de la Esposa de Cristo y la sociedad de los hombres se renueven salvíficamente por la gracia del Espíritu Santo.

Y, ante todo, debemos agradecer a Dios Todopoderoso, quien, a lo largo de la celebración del Concilio, nunca dejó de estar presente en el Concilio Ecuménico con su divino auxilio y la abundancia de luces celestiales. En efecto, al considerar la inmensa labor que el Concilio ha realizado hasta ahora, Nos sentimos verdaderamente impresionados por los numerosos puntos doctrinales propuestos por el Magisterio extraordinario de la Iglesia, así como por las normas de disciplina sabiamente impartidas, las cuales, fielmente conservadas en la tradición eclesiástica, abren nuevos caminos para la acción de la Iglesia y sin duda contribuirán enormemente al bien de las almas.

Sin embargo, si nos fijamos en la opinión general con la que los profanos han seguido la celebración del Concilio, no nos alegra menos observar que el Concilio Ecuménico ha atraído tanto los intereses y pensamientos de los hombres hacia sí mismo, que en nuestros tiempos las cuestiones y preceptos de la Iglesia parecen ser de suma importancia para todos los hombres de noble voluntad que buscan sinceramente la verdad y se esfuerzan por contribuir a la verdadera prosperidad de la humanidad; lo cual, en efecto, ofrece a la Iglesia la oportunidad de entablar un diálogo fructífero con el mundo, es decir, con los pueblos y hombres de todas las religiones y civilizaciones, para que pueda aportar sus esfuerzos conjuntos a salvaguardar los verdaderos bienes de los hombres y a resolver las cuestiones humanas de manera más apropiada según la doctrina del Evangelio.

En efecto, la Iglesia Católica ha brillado con luz propia ante todas las naciones, como una ciudad sobre una colina (Cf. Mt. 5, 14), guardiana invencible de las verdades divinas y la dignidad humana. Tampoco es difícil prever el futuro desarrollo de la vida religiosa que se derivará de ello, cuando el pueblo de Dios se vea cada vez más imbuido de ese aliento sagrado de renovación espiritual que el Concilio ha despertado en la Iglesia.

Todas estas cosas, si bien reconfortan dulcísimo a todos aquellos por cuya obra la «diversa gracia de Dios» (1.ª Pe. 4, 10) ha fluido abundantemente en las almas de los fieles cristianos, al mismo tiempo nos exhortan a esforzarnos con todas nuestras fuerzas para que ningún obstáculo retrase ese río desbordante de gracias celestiales que hoy «alegra la ciudad de Dios» (Sal. 45, 5), ni disminuya en modo alguno el fervor con el que la Iglesia está hoy tan animada. Esto podría suceder si, tras el tiempo de debates y la aprobación de las leyes, el celo apostólico de los santos Pastores disminuyera progresivamente y no prestaran la debida atención a los deberes propios de ese tiempo, que seguirán a la celebración del Concilio. Pues el éxito del Concilio y sus frutos más beneficiosos para la vida de la Iglesia dependerán, más que de la multiplicidad de leyes, de la diligencia y el empeño con que estas se pongan en práctica en el futuro. Por supuesto, será necesario, sobre todo para los fieles cristianos, preparar prudentemente sus mentes para recibir las nuevas normas; despertar la inercia de aquellos que se niegan a adaptarse al nuevo rumbo de las cosas; frenar la intemperancia de otros que se entregan a innovaciones privadas más de lo debido, y que de este modo pueden perjudicar considerablemente la obra de renovación iniciada; contener el cambio de disciplina dentro de los límites prescritos por la autoridad legítima; y, finalmente, infundir en la mente de todos confianza en los sagrados Pastores e instar a la plena obediencia, que es testimonio del verdadero amor a la Iglesia y, al mismo tiempo, la garantía más segura de unidad y de un resultado feliz.

Basta con mencionar brevemente estos puntos, Venerables Hermanos, para que comprendáis la gravedad e importancia de las responsabilidades que os esperan. Se emprenderá una obra de inmensa envergadura que exige prudencia, perseverancia y sabiduría en vuestros consejos; pero también exige, con igual ahínco, el esfuerzo conjunto, entusiasta y magnánimo, de toda la comunidad que ha sido confiada a cada uno de vosotros. Pues el Concilio Ecuménico, al conferir a la vida espiritual y ritual de todos los hijos de la Iglesia, no puede prescindir del esfuerzo común de todos.

En este esfuerzo conjunto, no cabe duda de que los dilectísimos sacerdotes serán de mayor ayuda para sus pastores que otros, especialmente aquellos consagrados al cuidado de las almas. El Concilio Ecuménico, al haber emitido normas providenciales al respecto, les ha proporcionado un instrumento incomparable para ejercer las funciones del sacerdocio con mayor dignidad y eficacia; por lo tanto, que quienes deseen recibirlo y usarlo, se comprometan con resoluciones más firmes y animadas a alcanzar la santidad y a desempeñar el sagrado ministerio con espíritu hábil y generoso. Por nuestra experiencia pastoral, sabemos bien cuántos obreros de Cristo, verdaderamente dignos, han trabajado diligentemente en el cultivo de la tierra del Señor; tampoco ignoramos las dificultades y los sufrimientos a los que están sometidas las vidas de muchos, a menudo transcurridas en soledad, pobreza y entre las mentes hostiles de los hombres. Que estos amados hijos nuestros sepan que el Vicario de Cristo dirige sus pensamientos a ellos y ora constantemente a Dios por ellos. Sus penas, que a menudo están ocultas, pueden estarlo para los hombres, pero no para Dios, quien les prepara una digna recompensa por sus labores en el cielo.

También confiamos especialmente en la valiosa labor que todas las familias religiosas aportarán a este propósito. Pues de la floreciente vida religiosa la Iglesia recupera gran parte de su vigor, de su celo apostólico, de su ardor por la santidad. Como siempre, ahora más que nunca, la Iglesia necesita el testimonio público y social que imparte la vida religiosa, así como la ayuda que se debe brindar al clero diocesano en su apostolado. Que los ejemplos de quienes verdaderamente han renunciado al mundo brillen cada vez más, y demuestren con claridad que el reino de Dios no es de este mundo (Cf. Jn. 18, 30); ni que el celo apostólico que los inflama se limite a los confines de su propia comunidad, sino que se abra a todas las necesidades espirituales que aquejan a nuestra época.

Finalmente, depositamos nuestra gran esperanza en los fieles laicos consagrados al apostolado, a quienes acogemos con afecto paternal. El hecho de que el Concilio Ecuménico haya querido contar con ellos en la labor que les ha sido encomendada, y haya descrito extensamente su lugar y funciones en la Iglesia, demuestra claramente la importancia de los roles que ahora deben asignarse a los laicos. En verdad, la actividad pastoral de los ministros sagrados no puede alcanzar sus objetivos si no va acompañada por la actividad de los laicos, cuya tarea es ayudar a la Iglesia a llevar a cabo su ministerio sagrado, proveer sacerdotes según sus capacidades en aquellos lugares que sufren escasez de clero, y también encontrar nuevas vías y métodos para que la Iglesia pueda transmitir con mayor eficacia el mensaje de salvación a la gente de nuestro tiempo. Por lo tanto, exhortamos a estos hijos nuestros con espíritu paternal a que estén a la altura de esta gran hora del Concilio Ecuménico y a que cumplan con entusiasmo la esperanza y la expectativa que la Iglesia ha depositado en sí misma.

Venerables Hermanos, tenemos la firme esperanza de que vuestros hijos en Cristo, así como han compartido vuestras inquietudes sobre el resultado del Concilio hasta ahora, orando, temblando, esperando y alegrándose, así también, cuando regreséis a vuestros hogares, querrán colmaros de alegría con la generosidad de su valiosa ayuda. En efecto, esperamos fervientemente que a vuestro regreso a vuestra patria no falten testimonios públicos de honor y expresiones de gratitud, como sin duda lo exige la gran obra que habéis realizado junto a Nos con la mayor prudencia, sabiduría y habilidad, y como corresponde a quienes han abierto nuevas metas para la Iglesia y, al mismo tiempo, han mostrado a los hombres con tanta autoridad el camino correcto de la dignidad humana, el amor fraterno, la unidad y la paz. Por vosotros se ha suscitado una gran esperanza en la Iglesia y en el mundo; bienaventurados los que os presten ayuda para nutrirla, fortalecerla y perfeccionarla.

Pero en la ardua y sumamente seria tarea que les corresponde después del Concilio, sabéis, Venerables Hermanos, cuán desiguales son las facultades del hombre. Por lo tanto, la ejecución de las leyes del Concilio solo traerá los frutos deseados de la Iglesia de esta manera, es decir, si la ayuda del Divino Redentor viene en su auxilio, quien dijo: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn. 15, 5), y si la acción del Espíritu Santo continúa influyendo profundamente, iluminando y fortaleciendo las almas de los sagrados Pastores también en el futuro. Por consiguiente, las oraciones, en las que consiste la comunión vital de la Iglesia, de manera especial, las oraciones dirigidas al Espíritu Santo, cuyo deber es dirigir los pasos de los seguidores de Cristo, declaran el deber que se les impone ante todo en este último tiempo del Concilio. De ahí que los fieles cristianos reciban fortaleza de lo alto para que puedan recorrer el camino que ahora se les presenta, llenos de esperanza; para que obedezcan con toda obediencia las exhortaciones de la Iglesia, que ahora desea especialmente que sus hijos sean dóciles en la obediencia, prontitud en la acción y magnánimos al soportar las dificultades que puedan surgir; para que finalmente obtengan de Dios una numerosa escuadra de santos, que, como Carlos Borromeo, sean ejemplo y estímulo del Pueblo cristiano en la fiel realización de los decretos conciliares, pues precisamente de esos hombres hay que esperar la verdadera renovación de la Iglesia, ardientemente deseada por el Concilio Ecuménico.

Por esta razón, Venerables Hermanos, hemos decretado que antes de la finalización del Concilio Ecuménico se proclamen solemnes súplicas durante tres días en todas las diócesis, parroquias y comunidades religiosas del mundo católico. Estas súplicas, que se celebrarán durante la próxima novena en honor de la Santísima Virgen María Inmaculada, no solo deberán tener como objetivo dar gracias a Dios y pedir nuevos dones celestiales, sino que también brindarán una oportunidad propicia para recordar a los fieles cristianos sus nuevos deberes y exhortarlos, uniendo sus esfuerzos a vuestras iniciativas, a poner en práctica con entusiasmo los salvíficos preceptos del Concilio Ecuménico en la vida cristiana, tanto privada como pública.

Finalmente, Venerables Hermanos, permitidnos también expresaros nuestro deseo de que vosotros, desde la Ciudad, transmitais a vuestros rebaños las advertencias y exhortaciones apropiadas sobre la celebración de tales súplicas; y, de hecho, para que cuando se celebre la solemne conclusión del Concilio Ecuménico en la Basílica del Vaticano, el mismo día y a la misma hora, toda la familia de católicos en todo el mundo se vea unida con una sola voz y una sola mente en ferviente oración con el Vicario de Cristo y con sus sagrados Pastores.

Sostenidos por esta esperanza, como testimonio de los dones divinos y de Nuestra benevolencia, os impartimos con el mayor amor en el Señor nuestra Bendición Apostólica a todos y cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y al clero y al pueblo confiados a vuestro cuidado.

Dado en Roma, en San Pedro, el 4 de noviembre, fiesta de San Carlos Borromeo, en el año 1965, tercero de Nuestro Pontificado. PABLO PP. VI.
   
Este documento adquiere gran importancia e interés porque, 33 días antes antes de concluir el Concilio Ladrón, Montini afirma que está grandemente admirado «por los numerosos puntos doctrinales propuestos por el Magisterio extraordinario de la Iglesia, así como por las normas de disciplina sabiamente impartidas», en claro contraste con lo que dirá en los 36 días posteriores a la clausura del mismo:
  • «[El Concilio] No pretendió resolver todos los problemas urgentes de la vida moderna; algunos de ellos se han reservado para un estudio posterior que la Iglesia tiene previsto realizar, muchos se presentaron en términos muy limitados y generales, y por ello están abiertos a una mayor investigación y a diversas aplicaciones.
       
    Pero hay que tener en cuenta un punto: la autoridad magisterial de la Iglesia, aun sin querer emitir pronunciamientos dogmáticos extraordinarios, ha dado a conocer su enseñanza autorizada sobre diversas cuestiones que hoy pesan sobre la conciencia y la actividad del hombre, entablando, por así decirlo, un diálogo con él, pero conservando siempre su propia autoridad y fuerza; ha hablado con la voz conciliadora y amigable de la caridad pastoral; su deseo ha sido ser escuchado y comprendido por todos; no se ha centrado únicamente en la comprensión intelectual, sino que también ha procurado expresarse con un estilo sencillo, actual y coloquial, derivado de la experiencia real y con un trato cordial que lo hace más vital, atractivo y persuasivo; ha hablado al hombre moderno tal como es» (Discurso de clausura del Concilio Vaticano II, 7 de Diciembre de 1965)
  • «Algunos se preguntan qué autoridad, qué cualificación teológica, quiso atribuir el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitó dar definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del magisterio eclesiástico. Y la respuesta es conocida por quienes recuerdan la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, reiterada el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, evitó pronunciar de manera extraordinaria dogmas investidos de infalibilidad; pero, no obstante, dotó a sus enseñanzas de la autoridad del magisterio ordinario supremo. Este magisterio ordinario, y por tanto manifiestamente auténtico, debe ser aceptado dócil y sinceramente por todos los fieles, de acuerdo con la intención del Concilio respecto a la naturaleza y los fines de cada documento» (Audiencia general, 12 de Enero de 1966).
Ahora, ¿qué es ese “Magisterio extraordinario” (u otras expresiones semejantes) del que hace referencia? El ejercicio solemne del oficio docente de la Iglesia, bien sea por declaraciones ex cáthedra por el Papa o las definiciones dogmáticas del Concilio general en comunión con él, que goza siempre de la infalibilidad en sí mismo (el Magisterio ordinario, en contraste, no siempre lo es, PERO no por eso deja de ser vinculante a los fieles).

Dejando a un lado la aparente contradicción de las declaraciones, debemos centrar nuestro análisis en que “Postréma Séssio” fue publicado en las Acta Apostólicæ Sedis, por lo que es un documento oficial con fuerza vinculante. Todo el que reconozca al Vaticano II y sus papas como legítimos, debe prestar su asentimiento a todo lo que digan que es verdadero, condenar lo que digan que es falso, permitir lo que este permita y abstenerse de lo que prohíbe.

Muchos de los “tradicionalistas”, en cambio, frente a las declaraciones del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, la liturgia sagrada, los efectos del bautismo, la legitimidad del ecumenismo y el cambio doctrinal que este implica, la relación de la Iglesia con otras religiones, la libertad religiosa y la dignidad humana, et álibi aliórum plurimórum, las consideran opcionales porque no han sido declaradas infaliblemente, tranquilizando así su conciencia. Tal proceder es falso no solamente porque los diez y seis documentos del Vaticano II fueron promulgados observando los tres requisitos para la infalibilidad establecidos en Pastor Ætérnus, sino también porque aun si no fuera el caso, no habría tampoco problema en aceptarlo, ni habrá posibilidad de decir que hay ruptura con la doctrina anterior o peligro al seguirlo.

En tal sentido, la pregunta debe reformularse: No es tanto «¿Se debe aceptar el Vaticano II?», sino «¿Es seguro aceptar el Vaticano II?», porque de la respuesta a esta viene la justificación para responder aquella. Si la respuesta es afirmativa, «apaga y vámonos». Pero si la respuesta es negativa (y en efecto, lo es), entonces EL VATICANO II NO ES LEGÍTIMO NI VIENE DE UN PAPA LEGÍTIMO:
  • «…Les recomiendo que se mantengan firmes en su determinación de ser hijos leales de la Iglesia de Jesucristo, en un tiempo en que tantos, quizás sin saberlo, se han mostrado desleales. Porque el primer y mayor criterio de la fe, la prueba definitiva e inexpugnable de la ortodoxia, es la obediencia al magisterio de la Iglesia, que es viva e infalible, ya que fue establecida por Cristo como columna et firmamentum veritatis, «columna y fundamento de la verdad» (1.ª Tim. 3, 15)» (San Pío X. Discurso Con vera soddisfazione a la 2.ª Convención de Universidades Católica, 10 de Mayo de 1909
  • «La cátedra es un asiento, algo elevado y solemne, desde el cual un maestro imparte enseñanza. Consideremos, pues, la cátedra desde la cual el primer Papa habló a los primeros cristianos, tal como Nos os hablamos ahora, exhortándoos a estar alerta contra el diablo, que anda como león rugiente buscando a quien devorar (1.ª Pe. 5, 8), y a ser firmes en la fe y no dejaros engañar por los falsos profetas (2.ª Pe. 2, 1). Esta enseñanza de Pedro perdura en sus sucesores y perdurará, inmutable, por siempre, pues esta es la misión que Cristo mismo encomendó a la cabeza de la Iglesia» (Pío XII, Audiencia general, 17 de Enero de 1940).
La realidad muestra que Montini dijo que el asentimiento al Vaticano II NO ERA OPCIONAL: Además de los documentos citados ut supra, también cuentan dos discursos dél:
  • «Continuamos meditando sobre las enseñanzas del Concilio porque estamos convencidos de que este evento constituye una “summa” para nuestro tiempo, un rico y autorizado compendio de doctrinas y normas para las necesidades de nuestro tiempo, y marca un momento característico y decisivo en el curso de la tradición católica por los tesoros de verdad que nos conserva del pasado y por aquellos que nos abre en el camino hacia el futuro (Audiencia general, 4 de Febrero de 1970).
  • «Por un lado, están quienes, bajo el pretexto de una mayor fidelidad a la Iglesia y al Magisterio, rechazan sistemáticamente las enseñanzas del Concilio, su aplicación y las reformas que de él se derivan, así como su gradual implementación por la Sede Apostólica y las Conferencias Episcopales, bajo nuestra autoridad, como lo quiso Cristo. La autoridad de la Iglesia se desacredita en nombre de una Tradición cuyo respeto solo se atestigua material y verbalmente; los fieles se alejan de los lazos de obediencia a la Sede de Pedro y a sus obispos legítimos; la autoridad de hoy se rechaza en nombre de la de ayer. Y el hecho es aún más grave, puesto que la oposición de la que hablamos no solo es alentada por algunos sacerdotes, sino que está liderada por un obispo, sin embargo siempre venerado por Nosotros, el arzobispo Marcel Lefebvre.
      
    Resulta muy doloroso constatarlo, pero ¿cómo no ver en tal actitud —cualesquiera que sean las intenciones de estas personas— que se colocan fuera de la obediencia y la comunión con el Sucesor de Pedro y, por lo tanto, con la Iglesia?
      
    Porque, lamentablemente, esta es la consecuencia lógica de afirmar que es preferible desobedecer con el pretexto de mantener intacta la fe, de trabajar a su manera para preservar la Iglesia Católica, negando al mismo tiempo su obediencia efectiva. ¡Y lo dicen abiertamente! Se atreven a afirmar que el Concilio Vaticano II no es vinculante; que la fe también está en peligro debido a las reformas y orientaciones posconciliares; que existe el deber de desobedecer para preservar ciertas tradiciones. ¿Qué tradiciones? ¡Es este grupo, y no el Papa, ni el Colegio Episcopal, ni el Concilio Ecuménico, el que establece cuál de las innumerables tradiciones debe considerarse la norma de fe! Como veis, venerables hermanos, esta actitud se erige como prueba de la voluntad divina que puso a Pedro y a sus legítimos sucesores a la cabeza de la Iglesia para confirmar a los hermanos en la fe y apacentar el rebaño universal (cf. Lc. 22, 32; Jn. 21, 15 ss.), lo que lo estableció como garante y custodio del depósito de la fe.
      
    Y esto es aún más grave, en particular, cuando se introduce la división, precisamente donde el amor de Cristo nos unió en uno, en la Liturgia y el Sacrificio Eucarístico, al negarse a cumplir con las normas definidas en el ámbito litúrgico. Es en nombre de la Tradición que pedimos a todos nuestros hijos, a todas las comunidades católicas, que celebren la Liturgia renovada con dignidad y fervor. La adopción del nuevo “Ordo Missæ” ciertamente no queda a discreción de los sacerdotes ni de los fieles: y la Instrucción del 14 de junio de 1971 preveía la celebración de la Misa en la forma antigua, con la autorización del ordinario, solo para sacerdotes ancianos o enfermos que ofrecieran el Sacrificio Divino sine populo. El nuevo Ordo fue promulgado para reemplazar al antiguo, después de una cuidadosa deliberación, siguiendo las peticiones del Concilio Vaticano II. De la misma manera, nuestro santo Predecesor Pío V había hecho obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, siguiendo el Concilio de Trento.
      
    Exigimos la misma disposición, con la misma autoridad suprema que nos proviene de Cristo Jesús, para aceptar todas las demás reformas litúrgicas, disciplinarias y pastorales que se han desarrollado en los últimos años en aplicación de los decretos conciliares. Cualquier iniciativa que pretenda obstaculizarlas no puede considerarse un servicio a la Iglesia; de hecho, le causa un grave daño.
       
    En varias ocasiones, directamente, a través de nuestros colaboradores y otros amigos, hemos llamado la atención de Monseñor Lefebvre sobre la gravedad de sus actitudes, la irregularidad de sus principales iniciativas actuales, la inconsistencia y a menudo la falsedad de las posiciones doctrinales en las que se basa, y el daño que estas causan a la Iglesia en su conjunto.
       
    Con profunda amargura, pero con esperanza paternal, nos dirigimos una vez más a este Hermano nuestro, a sus colaboradores y a quienes se han dejado influenciar por ellos. Ciertamente, creemos que muchos de estos fieles, al menos inicialmente, actuaron de buena fe; también comprendemos su apego sentimental a las formas habituales de culto o disciplina que durante mucho tiempo les habían servido de apoyo espiritual y en las que habían encontrado alimento espiritual. Pero confiamos en que podrán reflexionar con serenidad, sin prejuicios, y estarán dispuestos a admitir que hoy encontrarán el apoyo y el alimento que buscan en las formas renovadas que el Concilio Ecuménico Vaticano II y Nos mismos hemos decretado como necesarias para el bien de la Iglesia, su progreso en el mundo contemporáneo y su unidad. Por lo tanto, exhortamos una vez más a todos estos hermanos e hijos nuestros, les imploramos que tomen conciencia de las profundas heridas que de otro modo causan a la Iglesia, los invitamos nuevamente a reflexionar…
      
    Con profunda tristeza, pero con esperanza paternal, nos dirigimos una vez más a nuestro hermano Monseñor Marcel Lefebvre y a sus colaboradores; los invitamos a reflexionar sobre las serias advertencias de Cristo respecto a la unidad de la Iglesia (cf. Jn. 17, 21 ss.) y la obediencia debida al legítimo Pastor que Él ha puesto al frente del rebaño universal, como signo de la obediencia debida al Padre y al Hijo (cf. Lc. 10, 16). Los esperamos con el corazón abierto, con los brazos dispuestos a acogerlos: ¡que sepan redescubrir, con humildad y edificación, para alegría del Pueblo de Dios, el camino de la unidad y del amor!» (Alocución consistorial Ex quo die, 24 de Mayo de 1976).
Claro, no pretendemos (¡líbrenos Dios si quiera de pensarlo!) lograr que nadie siga a Pablo VI y acepte el concilio ni participe en la abominable liturgia del Novus Ordo. Simplemente pretendemos señalar la flagrante incongruencia en la postura de los lefebvristas y otros tradicionalistas (y neoconservadores) que defienden el reconocimiento y la resistencia. Intentan defender la fe tradicional, pero, al negarse a reconocer que los papas del Vaticano II debieron ser falsos papas, se ven obligados a negar esa fe distorsionando, o mejor dicho, denigrando, la verdadera doctrina sobre el papado. La única salida a este dilema es la conclusión teológica y canónica de la Sede Vacante.

Pasemos a otra parte de “Postréma Séssio”: La finalidad del documento es convocar a un triduo de oración «para obtener un nuevo Pentecostés, por el cual el rostro de la Esposa de Cristo y la sociedad de los hombres se renueven salvíficamente por la gracia del Espíritu Santo».

Montini repite la idea de un «nuevo Pentecostés», acuñada por su antecesor inmediato Juan XXIII bis Roncalli en su homilía de Pentecostés el 17 de Mayo de 1959. ¡Blasfemia! Pedir un «nuevo Pentecostés» es insinuar que no fue suficiente la acción del Espíritu Santo en la Iglesia desde el 15 de Mayo del año 33 (el Pentecostés original) y prolongada en los católicos individualmente considerados por medio de la Confirmación.

Sea esta, sin embargo, la oportunidad de reiterar una verdad: León XIII Pecci dijo en su encíclica “Divínum illud munus” que el Pentecostés no es el día en que nace la Iglesia Católica (nació cincuenta días antes en el Monte Calvario, el Viernes Santo 25 de Marzo del año 33, cuando el Costado de Nuestro Señor Jesucristo es traspasado con la lanza), sino el día en que esta se manifiesta por primera vez a todos los hombres de todas las naciones del mundo.

Entonces, si para la verdadera Iglesia Católica el día de Pentecostés es cuando se muestra por primera vez al mundo, la Pseudoiglesia nacida del Vaticano II tuvo su «nuevo Pentecostés» el día 21 de Noviembre de 1964, cuando en el número 8 del primer capítulo de la recién ratificada constitución dogmática “Lumen Géntium” sobre la Iglesia dice lo siguiente:
«Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en (subsístit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica».

El “subsístit in” expresado en Lumen Géntium (que, si bien el padre Sebastiaan Peter Cornelis Tromp Lörper SJ, secretario general de la Comisión Doctrinal, lo hizo introducir en la sesión plenaria del 26 de Noviembre de 1963 a las 18:35h, procede en realidad del pastor luterano alemán Wilhelm Schmidt, quien la transmitió por escrito al cardenal Josef Frings por medio de su perito teológico Joseph Ratzinger) era una novedad extraña y contrapuesta a la identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica sobre la cual Pío XII insistió en su encíclica “Humáni géneris in rebus” catorce años atrás. CA-TOR-CE AÑOS. Y esa novedad justifica un ecumenismo que no conduce a ABSOLUTAMENTE NADA, porque nunca se definió en qué consiste la unidad que ellos buscan, ni las partes implicadas están de acuerdo en el objeto y alcances de esa unidad.

Poco después de la clausura del Concilio Vaticano II, el propio Pablo VI habló de la “iglesia conciliar”, a cuya imagen los líderes católicos debían ahora “transformarse”. Y luego está la sorprendentemente sincera confesión de un cardenal polaco Karol Wojtyła que no se imaginaba que iba a ser el futuro Juan Pablo II (aunque algo debía barruntar), quien predicó en su sermón cuaresmal de 1976:
«La Iglesia del Dios viviente congrega a todos los hombres que, en cualquier forma, toman parte de esta maravillosa trascendencia del espíritu humano. Y todos ellos saben que nadie logrará colmar sus deseos más profundos. La manifestación de esta trascendencia de la persona humana la constituye la oración de fe, pero en ocasiones también el profundo silencio. Este silencio, que a veces parece separar al hombre de Dios, es no obstante un acto especial de la unión vital entre Dios y el espíritu humano. La Iglesia de nuestro tiempo se ha hecho particularmente consciente de esta verdad y, por ello, a su luz, ha logrado redefinir, en el Concilio Vaticano II, su propia naturaleza» [Signo de contradicción: Meditaciones (Trad. española de Vicente Manuel Fernández Hernández), 3.a edición. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos 1979, pág. 24].
Y el reinante León XIV Riggitano-Prévost en su encíclica Magnífica Humánitas, también:
«El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gáudium et Spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas» (Magnífica Humánitas, n. 34).
En otra parte de la exhortación de “Postréma Séssio”, Montini expresa su esperanza de que su falso concilio «traiga un nuevo y abundante derramamiento de vida espiritual a la Iglesia y al mundo». Ahora, más de 60 años después, los resultados son innegables: la «Iglesia conciliar» de Montini ha causado una ruina doctrinal, moral, espiritual y litúrgica absoluta en millones de almas; sacramentos inválidos, inmoralidad en los ministros y la alineación con el sistema tan corrupto hasta el punto de la intrascendencia.

«Por sus frutos, los conoceréis».


Rvdo. P. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
12 de Septiembre de 2026 (Año Santo de Cristo Rey).
Fiesta del Santísimo Nombre de la Bienaventurada Virgen María; de San Guido de Anderlecht, peregrino; y de San Sacerdote, obispo de Lyon. Nacimiento del Ilmo. Sr. Don José de Cuero y Cayzedo, obispo de San Francisco de Quito y presidente del Estado de Quito. Tránsito de Miguel Juan Pellicer Blasco, beneficiario del Milagro de Calanda. Martirio del Beato Tomás de Zumárraga y Lazcano OP. Conquista de Mallorca por el rey Jaime I de Aragón; victoria de Castilla en el I Sitio de Gibraltar; coronación de Felipe II de España como rey de Portugal; victoria naval española sobre los corsarios neerlandeses en Pernambuco (Brasil); victoria de Juan III Sobieski de Polonia sobre los turcos otomanos en la batalla de Kahlenberg, y levantamiento del 2.º Sitio de Viena; victoria armenia y rescate por la Armada francesa en el asedio de la Colina de Moisés (Turquía). Fundación de la Hermandad del Señor del Santuario de Santa Catalina en Lima (Perú).

martes, 1 de septiembre de 2026

LA COMMEDIA È FINITA, ENZO

 
Enzo Bianchi, fundador de la Comunidad Monástica de Bose, murió en el Hospital Molinette de Turín a los 83 años después de una insuficiencia renal que lo llevó a un coma metabólico.
  
Bianchi fue monje pero nunca llegó a ser sacerdote (ni podía serlo, porque la Iglesia Conciliar no los tiene desde el 18 de Junio de 1968). Autor prolífico, escribió extensamente sobre la Escritura, la espiritualidad y el cristianismo contemporáneo. Se dirigió a audiencias católicas, protestantes y ortodoxas y se convirtió en un interlocutor habitual de intelectuales seculares y no creyentes.
  
Bose: De granja a centro de ecumenismo
Bianchi nació el 3 de Marzo de 1943 en Castel Boglione, un pueblo de la provincia de Asti en el Piamonte. Su madre Ángela murió cuando él tenía ocho años, y creció con su padre Giuseppe, calderero y barbero de ocasión, ateo y comunista. Después de estudiar contabilidad y comenzar estudios de economía en la Universidad de Turín, eligió un camino diferente.
  
En 1965 se instaló en una granja en Bose, cerca de Magnano en la provincia de Biella, llegando el 8 de Diciembre, el último día del Concilio Vaticano II.
  
Tres años más tarde, otros se unieron a él. La comunidad incluía hombres y mujeres, católicos y protestantes. Inicialmente vista con reservas por las autoridades eclesiásticas, recibió el apoyo del cardenal Michele Pellegrino Ristorti. 
  
Bose se convirtió en un lugar de encuentro para obispos, teólogos e intelectuales, con un enfoque particular en el ecumenismo.
  
Bianchi se reunió con figuras como el calvinista Roger Schutz y el patriarca fanariota Atenágoras Spirou, visitó el Monte Athos y colaboró durante décadas con el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. En 2003, Juan Pablo II lo incluyó en la delegación que llevó el icono de Nuestra Señora de Kazán al patriarca ortodoxo ruso Alejo II en Moscú.
  
Conflicto y salida de Bose
En 2016, Bianchi anunció su renuncia como prior de Bose y se retiró formalmente en 2017, mientras permanecía en la comunidad.
   
Después de tensiones internas y quejas sobre su ejercicio de autoridad, el gobierno de la comunidad y su clima fraterno, se ordenó una visita apostólica en 2019, justo un año después de una carta elogiando la contribución de la comunidad de Bose a la renovación de la vida religiosa y a la unidad de los cristianos.
   
En Mayo de 2020, Francisco Bergoglio requirió a Bianchi y a Goffredo Boselli, Lino Breda y Antonella Casiraghi que abandonaran Bose debido a las serias tensiones que afectaban la vida de la comunidad.
  
Bianchi consideró la medida injusta y describió su partida como un “exilio”. Sus partidarios dijeron que no había recibido explicaciones satisfactorias para las decisiones del Vaticano. Bianchi más tarde se reunió con Bergoglio de nuevo.
  
Después de un período en Turín, Bianchi se trasladó a Albiano de Ivrea, cerca de Bose, donde estableció la Casa della Madia (Casa del Pan), más tarde la Fraternidad de la Madia. Varios hermanos y hermanas se unieron a él.
  
Permaneció activo hasta los ochenta, recibiendo visitas, escribiendo, predicando y organizando reuniones. A pesar de someterse a diálisis y sufrir un deterioro de la salud, continuó haciendo planes. Poco antes de su muerte, tenía reuniones programadas para el otoño y tenía la intención de dirigir personalmente un curso de cocina.
  
Controversia sobre la homosexualidad
Bianchi fue una figura carismática y polarizadora que con frecuencia estuvo involucrada en disputas dentro del catolicismo italiano. Sus posiciones sobre la homosexualidad estuvieron entre las que provocaron oposición.
   
En 2015, argumentó que dado que Cristo no abordó explícitamente la homosexualidad en los Evangelios, la Iglesia debería reconocer la cuestión como no resuelta en lugar de emitir condenas. «Donde la Iglesia no podía pronunciarse con certeza», dijo, «preferiría que permaneciera en silencio».
  
Bianchi apoyó las uniones civiles homosexuales y dijo que las concubinas homosexuales podían «amarse (!) y apoyarse mutuamente».
  
Bianchi y la Misa Latina Tradicional
Aunque estrechamente asociado con la Iglesia post-conciliar, Bianchi también mantuvo una relación con la misa latina tradicional.
  
Después de que Benedicto XVI Ratzinger ampliara su uso en 2007, Bianchi argumentó que diferentes formas litúrgicas podrían coexistir dentro de la Iglesia.
  
Tras las restricciones introducidas por Bergoglio en 2021, siguió abogando por el respeto a la antigua liturgia, diciendo que el rito antiguo no debe ser «despreciado o devaluado», y pidiendo una mayor paz litúrgica.
  
El 19 de Julio de 2026, solo semanas antes de su muerte, Bianchi asistió a una misa latina tradicional en la Iglesia de la Misericordia en Turín.

jueves, 6 de agosto de 2026

CARDENAL AVELINE AFIRMA QUE «TODAS LAS RELIGIONES AFIRMAN POSEER LEGÍTIMAMENTE LA VERDAD».

Noticia tomada de GLORIA NEWS.
  

«Toda religión se considera legítimamente poseedora de la verdad», dijo el cardenal Jean-Marc Aveline Prono, arzobispón de Marsella y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, en una entrevista a Avvenire el 5 de Agosto después de recibir el premio “Ángelo María Narducci Mauro” en la 50.ª Fiesta de Avvenire en Lerici (Italia).
  
Hablando de la diversidad religiosa de Marsella [donde el árabe se ha convertido en la lengua dominante], el cardenal Aveline describió la coexistencia de musulmanes, judíos, budistas y cristianos como un desafío teológico: «No inventamos la pluralidad de religiones, ni el hecho de que cada religión se considere legítimamente poseedora de la verdad».
  
Sobre la catolicidad de la Iglesia, Aveline afirma: «El Credo que recitamos cada domingo encarna la vocación de la Iglesia a la catolicidad. Si hubiera nacido en China, habría sido confuciano; en Japón, sintoísta… La catolicidad de la Iglesia implica reconocer el anhelo de Dios en el corazón de hombres y mujeres de todas las religiones».
  
Citando el Concilio Vaticano II, dijo que el Espíritu Santo ofrece a todos «la posibilidad de estar asociados con el Misterio Pascual» y que pudo observar «algo de la acción del Espíritu en la manera en que hombres y mujeres buscan alimentar en sí mismos el gusto por Dios».
  
Aveline afirma que «Cristo es el único Salvador del mundo, de todos los creyentes de todas las religiones, incluso de aquellos que no creen, incluso de aquellos que no lo conocen».

La realidad es todo lo contrario: En Juan 17, 3, Jesús dijo a su Padre antes de padecer: «Esta es la vida eterna, el conocerte a Ti, el único Dios verdadero, y a quién Tú enviaste, Jesucristo», y en Hechos 4, 12 San Pedro dijo ante el Sanedrín que lo juzgaba por la sanación del paralítico en la Puerta Hermosa del Templo: «Fuera de Él no hay que buscar la salvación en ningún otro. Pues no se ha dado a los hombres otro Nombre debajo del cielo, por el cual debamos salvarnos». También, es doctrina de fe que «Fuera de la Iglesia Católica no hay salvación», por más que se diga morir por Cristo o se hagan buenas obras, como definió el Concilio de Florencia.

jueves, 25 de junio de 2026

EL UNIVERSALISMO DE “TUCHO”

Elementos tomados de GLORIA NEWS y otras fuentes.
  

En su artículo “Romanos 9-11. Gracia y predestinación” para la revista Teología, n.º 65 (1995), págs. 5-49, el entonces profesor en la Universidad Católica de Argentina y futuro Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Víctor Manuel “Tucho” Fernández Martinelli, escribió que “todos serán salvos”.
  
Su objetivo es «relativizar la base misma a partir de la cual se elaboraron doctrinas cuestionables», donde las “doctrinas cuestionables” son el catolicismo tal como fue desarrollado a partir de la Escritura por San Agustín, los Padres y los Escolásticos, señaló Rubén Ángel Peretó Rivas “Wanderer” antier 23 de Junio.
  
Fernández cree que la enseñanza de San Agustín «requiere una revisión» y más tarde afirma que la doctrina de San Agustín «no ofrecía una visión completa y armoniosa de Dios, el hombre y la experiencia cristiana».
  
La afirmación más extraordinaria de “Tucho” es la siguiente, en la conclusión de su mamotreto: 
«Confío firmemente en que todos se salvarán; confianza que no se basa en un deseo, ni en mi compasión por los hombres, sino en lo que sé de Dios y de sus planes concretos gracias a su Revelación».
Peretó Rivas señala que la Iglesia nunca ha recibido una revelación de que todos los hombres serán salvos. Por el contrario, el Concilio de Trento en el capítulo XII de su Decreto sobre la Justificación (13 de Enero de 1547) enseña que ningún cristiano puede afirmar la certeza con respecto a su propia predestinación, anatematizando a quien sostuviere lo contrario:
«Nemo quóque, quámdiu in hac mortalitáte vívitur, de arcáno divínæ prædestinatiónis mystério úsque ádeo præsúmere debet, ut certo státuat, se omníno esse in número prædestinatórum, quási verum esset, quod justificátus aut ámplius peccáre non possit, aut, si peccáverit, certam sibi resipiscéntiam promíttere débeat. Nam, nisi ex speciáli revelatióne, sciri non potest, quos Deus sibi elégerit [Nadie, mientras vive en esta mortalidad, debe hasta tal punto presumir del oculto misterio de la divina predestinación, que asiente como cierto que se halla indudablemente en el número de los predestinados como si fuera verdad que el justificado o no puede pecar más, o, si pecare, debe prometerse arrepentimiento cierto. En efecto, a no ser por revelación especial, no puede saberse a quiénes haya Dios elegido para Sí].

Canon 15: Si quis dixérit, hóminem renátum et justificátum tenéri ex fide ad credéndum, se certo esse in número prædestinatórum: anathéma sit [Si alguno dijere que el hombre renacido y justificado está obligado a creer de fe que ciertamente está en el número de los predestinados, sea anatema].

Canon 16: Si quis magnum illud úsque in finem perseverántiæ donum se certo habitúrum absolúta et infallíbili certitúdine dixérit, nisi hoc ex speciáli revelatióne didícerit: anathéma sit [Si alguno dijere con absoluta e infalible certeza que tendrá ciertamente aquel grande don de la perseverancia hasta el fin, a no ser que lo hubiera sabido por especial revelación, sea anatema].
  
Canon 23: Si quis hóminem semel justificátum dixérit ámplius peccáre non posse, néque grátiam amíttere, átque ídeo eum, qui lábitur et peccat, númquam vere fúisse justificátum; aut contra, posse in tota vita peccáta ómnia étiam veniália vitáre, nisi ex speciáli Dei privilégio, quemadmódum de beáta Vírgine tenet Ecclésia: anathéma sit [Si alguno dijere que el hombre una vez justificado no puede pecar en adelante ni perder la gracia y, por ende, el que cae y peca, no fue nunca verdaderamente justificado; o, al contrario, que puede en su vida entera evitar todos los pecados, aun los veniales; si no es ello por privilegio especial de Dios, como de la bienaventurada Virgen lo enseña la Iglesia, sea anatema]».
Incluso el Catecismo wojtila-eschomborniano enseña en su artículo 1035: «La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad». También enseña en el número 1861: «Morir en pecado mortal sin arrepentirse y aceptar el amor misericordioso de Dios significa permanecer separado de Él para siempre».
  
Otro método bien conocido de “Tucho” es citar a Santo Tomás de Aquino cuando le es conveniente mientras ignora su enseñanza explícita sobre la reprobación, la predestinación antes de los méritos previstos, y la infalibilidad del decreto de Dios.

Aun así, para despecho de Peretó Rivas, “Tucho” no estaría en herejía a los ojos y entendimiento de los conciliares. Simplemente desarrolla el número 22 de la deuterovaticana “Gáudium et Spes”: «Ipse enim, Fílius Dei, incarnatióne sua cum omni hómine quódammodo Se unívit [El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre]». Y para condenarlo, tendrían necesariamente que condenar también a Juan Pablo II
  • «[…] debemos […] manifestar al mundo nuestra unidad […] en la revelación de la dimensión divina y humana […] de la Redención, en la lucha con perseverancia incansable en favor de esta dignidad que todo hombre ha alcanzado,  […] que es la dignidad de la gracia de adopción divina» (Redémptor Hóminis, 11).
  • «Cristo Señor ha indicado estos caminos sobre todo cuando –como enseña el Concilio– mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre. […] Este hombre es el camino de la Iglesia, camino que conduce en cierto modo al origen de todos aquellos caminos por los que debe caminar la Iglesia, porque el hombre –todo hombre sin excepción alguna– ha sido redimido por Cristo, porque con el hombre –cada hombre sin excepción alguna– se ha unido Cristo de algún modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello» (Ibid., 13-1).
  • «Nace el Redentor del hombre. Con Él nace la humanidad nueva. Y con Él nace la Iglesia […] A la Iglesia, por su misión primordial, nacida con Cristo nacido, y recibida de Él con mandato solemne, incumbe defender la dignidad del hombre: de cada hombre –como he escrito en mi primera Encíclica–. Porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre, por medio de este misterio» (Discurso a la Curia romana, 22 de Diciembre de 1979, n.º 3).
  • «Cristo […] nos conoce con el conocimiento y con la ciencia más interior, con el mismo conocimiento con que Él, Hijo, conoce y abraza al Padre y, en el Padre, abraza la verdad infinita y el amor. Y, mediante la participación en esta verdad y en este amor, Él hace nuevamente de nosotros, en Sí mismo, los hijos de su Eterno Padre; obtiene, de una vez para siempre, la salvación del hombre: de cada uno de los hombres y de todos, de aquellos que nadie arrebatará de su mano… En efecto, “¿quién podría arrebatarlos?”» (Homilía, 27 de Abril de 1980, n.º 5).
  • «[…] como el Concilio Vaticano II recuerda, [el hombre] es la única criatura que Dios ha querido por sí misma y sobre la cual tiene su proyecto, es decir, la participación en la salvación eterna. No se trata del hombre abstracto, sino del hombre real, concreto e histórico: se trata de cada hombre, porque a cada uno llega el misterio de la redención, y con cada uno se ha unido Cristo para siempre a través de este misterio» (Centéssimus Annus n.º 5).
  • «En el hecho de la Redención está la salvación de todos, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno Cristo se ha unido, para siempre, por medio de este misterio.” Redemptóris Míssio, n.º 4).
  • «Este rayo de la noche de Navidad […] es la chispa de luz más profunda de la humanidad a quien Dios ha visitado, esta humanidad acogida de nuevo y asumida por Dios mismo […] La naturaleza humana asumida místicamente por el Hijo de Dios en cada uno de nosotros, que hemos sido adoptados en la nueva unión con el Padre. La irradiación de este misterio se expande lejos, muy lejos; alcanza también aquellas partes o esferas de la existencia de los hombres en las que todo pensamiento acerca de Dios […] parece estar ausente.” Audiencia general, 27 de Diciembre de 1978, n.º 1).
  • «La Eucaristía: el Sacramento de la Alianza del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, de la Alianza que es eterna. Esta es la Alianza que abarca a todos. Esta Sangre llega a todos y salva a todos» (Homilía, 06 de Junio de 1985, n.º 7).
y a Francisco Bergoglio
  • «El Señor a todos, a todos nos ha redimido con la sangre de Cristo: a todos, no solo a los católicos. ¡A todos! ‘‘Padre, ¿y los ateos?’’. A ellos también. ¡A todos! ¡Y esta sangre nos hace hijos de Dios de primera clase! ¡Hemos sido creados hijos a imagen de Dios y la sangre de Cristo nos ha redimido a todos!» (Homilía en Casa Santa Marta, 22 de Mayo de 2013).
  • «Dios es luz que ilumina las tinieblas y que aunque no las disuelva hay una chispa de esa luz divina dentro de nosotros. En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie termine, no terminará la luz de Dios que en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos» (Entrevista con Eugenio Scalfari el 24 de Septiembre de 2013. Diario La Repubblica, 1 de Octubre de 2013, Cf. pág. 10).
  • «El Paraíso, más que de un lugar, se trata de un estado del alma, en el cual nuestras expectativas más profundas serán cumplidas de manera superabundante y nuestro ser, como criaturas y como hijos de Dios, alcanzará la plena maduración. ¡Seremos finalmente revestidos de la alegría, de la paz y del amor de Dios en modo completo, sin más ningún límite, y estaremos cara a cara con Él! ¡Es bello pensar esto! Pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allí. Todos, todos, allí, todos» (Audiencia general, 26 de Noviembre de 2014).
  • «En virtud de la comunión de los santos, de esta unión, cada miembro de la Iglesia está unido a mí de forma profunda (…) y esta unión es tan fuerte que no puede romperse ni siquiera por la muerte. (…) en Cristo nadie puede nunca separarnos verdaderamente de aquellos que amamos porque la unión es una unión existencial, una unión fuerte que está en nuestra misma naturaleza; (…) “Padre, pensemos en aquellos que han renegado de la fe, que son apóstatas, que son los perseguidores de la Iglesia, que han renegado su bautismo: ¿también estos están en casa?”. Sí, también estos, también los blasfemos, todos. Somos hermanos: esta es la comunión de los santos. La comunión de los santos mantiene unida la comunidad de los creyentes en la tierra y en el Cielo» (Audiencia general, 2 de Febrero de 2014).
  • «El don es el amor de Dios, un Dios que no puede separarse de nosotros. Esa es la impotencia de Dios. Nosotros decimos: “¡Dios es poderoso, lo puede todo!”. Menos una cosa: ¡separarse de nosotros! En el Evangelio esa imagen de Jesús que llora sobre Jerusalén, nos hace comprender algo de este amor. ¡Jesús ha llorado! Ha llorado sobre Jerusalén y en ese llanto está toda la impotencia de Dios: su incapacidad de no amar, de separarse de nosotros. […] El más malo, el más blasfemador es amado por Dios, con una ternura de padre, de papá. […]  Dios llora por los malvados, que hacen tantas cosas feas, tanto mal a la humanidad. Espera, no condena, llora. ¿Por qué? ¡Porque ama!» (Homilía, 6 de Noviembre de 2015).
  • «Carlotta: – “¡Hola, Papa Francisco! Cuando recibimos el Bautismo nos convertimos en hijos de Dios, y quienes no están bautizados, ¿no son hijos de Dios?”.
    Papa
    Francisco: “Quédate ahí. ¿Cómo te llamas?”.
    Carlotta: “Carlotta”.
    Papa Francisco: “Carlotta. Dime, Carlotta, te vuelvo a preguntar: ¿qué piensas? ¿Las personas que no están bautizadas son hijos de Dios o no lo son? ¿Qué te dice tu corazón?”.
    Carlotta: “Sí”.
    Papa Francisco: “Ella respondió bien, ¡tiene un instinto cristiano! Todos somos hijos de Dios. Todos, todos. ¿Incluso los no bautizados? Sí. ¿Incluso los que creen en otras religiones, distantes, que tienen ídolos? Sí, son hijos de Dios. (…) Todos, todos son hijos de Dios, todos”» (Encuentro con los niños en la iglesia San Pablo de la Cruz de Corviale, 15 de Abril de 2018).
que lo llevaron a otro nivel y a sus últimas consecuencias. Y ese paso no lo dará ninguno de estos neocones como Peretó Rivas (que aparte es fronterizo al neogalicanismo) ni aunque se les vaya la vida en ello.