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domingo, 22 de marzo de 2020

LÍBANO: OBISPOS USAN EL CORONAVIRUS PARA IMPONER LA COMUNIÓN EN LA MANO

Noticia tomada de GLORIA NEWS.
   
La Iglesia Maronita utilizó el coronavirus para introducir compulsivamente la Comunión en la mano, desde el 4 de marzo , escribe el sitio web AsiaNews.it, con claro sesgo modernista.

Las manos están entre los principales canales de transmisión para el virus. La decisión fue rechazada por los fieles, quienes calificaron a la medida de “contraria a la verdadera fe”.

Durante la Misa dominical del 8 de marzo en la parroquia de Mar Zakhia (San Nicolás) en Ajaltoun, los fieles gritaron: “Nosotros somos la Iglesia”, mientras el sacerdote exigía “obediencia”. Los fieles llamaron a esto “una obediencia al pecado” y a la Comunión en la mano “una caída en las redes del demonio”. Por este motivo el sacerdote puso fin a la Misa.
   
  

Después del incidente, el obispo de Yebeil (Biblos), monseñor Michel Aoun, alimentó a sus feligreses con la doble mentira que durante el Concilio Vaticano II los obispos “revivieron esta forma antigua de Comunión en la Iglesia occidental”.

En realidad, la Comunión en la mano es una novedad que fue introducida como un abuso por sacerdotes alemanes (entre ellos Joseph Ratzinger) y suizos, aunque Pablo VI se opuso mediante la instruccción “Memoriále Dómini”.

Los católicos griegos en el Líbano introdujeron la Comunión en la mano “como una opción”. Muy pocos recurrieron a ella.
  
COMENTARIO: En el sitio AsiaNews.it, reportan que el eparca de Biblos de los maronitas Michel Aoun citó a este propósito un texto atribuido a San Cirilo de Jerusalén (315-387 d.C):
«Cuando te acerques (al altar), haz de tu mano izquierda un trono para tu derecha, porque es él que debe recibir al Rey y recibe el cuerpo de Cristo en la palma de la mano diciendo, Amén. Después de haber tocado tus ojos para santificarlos con el cuerpo santo, recibe la comunión» (Catechésis mystagógica V “Sobre el Rito Eucarístico”, XXI-XXII. Migne, Patrología Græca 33)
y otro similar, de Teodoro de Mopsuestia (358-428 d. C) para explicar cómo acercarse a la hostia consagrada.
  
Acontece, sin embargo, que se trata de otro desafortunado caso de “recoger cerezas”, esto es, sacar un texto de su contexto para apoyar una opinión. El contexto no es en la Liturgia de San Pedro y San Pablo (el Rito Romano tradicional), sino la de San Santiago el Menor (o Liturgia Jerosolimitana); y vemos que San Cirilo de Jerusalén dice (En rojo y negrilla, las partes omitidas):
«Cuando te acerques (al altar), no pases adelante con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino haz de tu mano izquierda un trono para tu derecha, porque es él que debe recibir al Rey y recibe el Cuerpo de Cristo en la palma de la mano diciendo “Amén” Después de haber tocado tus ojos para santificarlos con el Cuerpo santo, recibe la comunión, asegurándote que no pierdas nada de él. Porque si lo pierdes, claramente sufrirías una pérdida, como si fuera la de uno de tus miembros. Dime, si alguno te diera oro en polvo ¿no lo tomarías con todo el cuidado posible, asegurándote de no perder nada de él o padecer alguna pérdida? ¿No serías mucho más cauteloso para asegurarte que no se caiga ni una migaja de lo que es más precioso que el oro o las piedras preciosas?     Entonces, después que hayas recibido el Cuerpo de Cristo, pasa adelante sólo para el cáliz de la Sangre. No extiendas tus manos, sino inclínate lentamente, como si hicieras un acto de obediencia y un profundo acto de veneración. Di “Amén”, y santifícate participando también de la Sangre de Cristo. Mientras la conmixtión está en tus labios, tócala con tus manos y santifica tus ojos, tu frente, y todos tus demás órganos sensoriales. Finalmente, espera la oración y da gracias a Dios, que te ha hecho merecedor de tales misterios» (Catechésis mystagógica V “Sobre la Sagrada Liturgia y la Comunión”, XXI-XXII. Migne, Patrología Græca 33)
Sin entrar en el tema de si son efectivamente de San Cirilo o de su sucesor San Juan II, el caso es que hay que leer el texto con sus circunstancias. El teólogo protestante Philip Schaff, al traducir al inglés el texto en su Biblioteca de Padres nicenos y post-nicenos de la Iglesia Cristiana, vol. VII, T&T Clark, Edimburgo, pág. 156, nota 2521, acertó en añadir esta nota:
Constituciones Apostólicas, libro VIII. c. 13:  «Que el Obispo dé la Oblación (προσφοράν) diciendo: “El Cuerpo de Cristo”.  Y el que lo reciba, diga “Amén”. Y que el Diácono sostenga el Cáliz, y cuando lo dé, diga: “La Sangre de Cristo, cáliz de vida”. Y el que lo beba, diga “Amén”».
Santo Tomás de Aquino ratifica esta práctica canónica de las Constituciones Apostólicas:
«El diácono, como más cercano al orden sacerdotal, participa algo de su oficio, y así administra la sangre, pero no el cuerpo, a no ser en caso de necesidad y mandándoselo el obispo o el presbítero. En primer lugar, porque la sangre de Cristo está contenida en el cáliz, por lo que no es preciso que la toque el ministro, como ha de tocar el cuerpo de Cristo. Segundo, porque la sangre indica la redención que de Cristo llega al pueblo, por lo que la sangre se mezcla con agua, un agua que designa al pueblo. Y puesto que los diáconos están entre el sacerdote y el pueblo, es más adecuado para ellos la distribución de la sangre que la del cuerpo.

[…]

3. De la misma manera que el diácono participa un poco de la virtud iluminativa del sacerdote administrando la sangre, así el sacerdote participa del gobierno perfectivo del obispo administrando este sacramento que perfecciona al hombre en sí mismo uniéndolo a Cristo. Pero otras acciones, por las que el hombre se perfecciona con relación a los demás, están reservadas al obispo» (Suma Teológica, parte III, cuestión 82, art. 3: “¿Corresponde solamente al sacerdote la administración de este sacramento?”, respuesta a las objeciones 1 y 3).
Retornando al tema central, hoy en día es impracticable y hasta supersticioso seguir LITERALMENTE lo que sugiere este Padre de la Iglesia como práctica para la Comunión, fuera que son muchos más los pronunciamientos a favor de la comunión en la boca (práctica que se conoce por lo menos desde el siglo VI)
  • I Concilio de Zaragoza (380), canon 3: «Que aquel que reciba la Eucaristía y no la consuma allí mismo sea anatema. Además leyó: Si se probare que alguno no consumió en la iglesia la gracia de la Eucaristía que allí recibió, sea anatematizado para siempre. Todos los obispos dijeron: Así sea». Este canon fue confirmado en el I Concilio de Toledo (400), canon 14: «Que se expulse como sacrílego al que recibiere la Eucaristía y no la consumiere. Si alguno no consumiere la Eucaristía recibida del obispo, sea expulsado como sacrílego».
  • San León Magno (440–461), comentario al cap. VI del Evangelio de San Juan: «Hoc enim ore súmitur quod fide créditur (Esto mismo que creemos por la fe, lo recibimos por la boca)».
  • Concilio Trullano o Quinisexto (692), canon 58: «Que nadie en el rango de los laicos se administre los Divinos Misterios a sí mismo, estando presente un Obispo, o un Sacerdote, o un Diácono. Que cualquiera que se atreva a hacer tal cosa, sea excomulgado por una semana, en el entendido que ha hecho lo contrario a lo que se le ha ordenado. Así será instruido persuasivamente a “no pensar lo contrario a lo que debería pensar” (Rom. 12:3)».
  • El II Concilio de Córdoba (839) declara condenada y anatema, entre otros, a la herejía de los acéfalos “casianistas”, que reviviendo la herejía de Vigilancio, «jactándose de ser santos, usan de diferentes cálices para comulgar sus sacramentos, a fin que se considere que sus hombres y mujeres están conformes con el more Levitárum, les dan la Eucaristía en la mano a estos que, según el ritual de judíos y heréticos, extendían la mano abierta con cánticos, como llevándola a la boca», contrario a las enseñanzas de los Padres, que ordenan que la Eucaristía sea recibida en la boca de la mano del sacerdote.
  • Sínodo de Ruan (878), canon 15: «Que la Eucaristía nunca sea puesta en las manos de un laico, hombre o mujer, sino solo en la boca».

Y en todo caso, además que los Católicos no se siguen por un solo Padre o Doctor de la Iglesia, o un puñado de ellos (para el caso, la práctica de besar la hostia era habitual en la tradición litúrgica de Antioquía hasta el siglo VIII, siguiendo a San Juan Damasceno, “De Fide Orthodóxa”, libro IV, cap. XIII), sino al Magisterio Infalible de la Iglesia. A los Padres y Doctores se les sigue cuando sus enseñanzas están conformes a él.
   
Santo Tomás de Aquino, respondiendo a la pregunta de si el sacerdote debe dar la Hostia que él mismo consagra en la Misa:
«Corresponde al sacerdote la administración del cuerpo de Cristo por tres razones. Primera, porque, como acabamos de decir (a.1), consagra in persona Christi. Ahora bien, de la misma manera que fue el mismo Cristo quien consagró su cuerpo en la cena, así fue él mismo quien se lo dio a comer a los otros. Por lo que corresponde al sacerdote no solamente la consagración del cuerpo de Cristo, sino también su distribución.

Segunda, porque el sacerdote es intermediario entre Dios y el pueblo (Heb 5,1). Por lo que, de la misma manera que le corresponde a él ofrecer a Dios los dones del pueblo, así a él le corresponde también entregar al pueblo los dones santos de Dios.

Tercera, porque por respeto a este sacramento ninguna cosa lo toca que no sea consagrada, por lo tanto los corporales como el cáliz se consagran, lo mismo que las manos del sacerdote, para poder tocar este sacramento. Por eso, a nadie le está permitido tocarle, fuera de un caso de necesidad, como si, por ej., se cayese al suelo o cualquier otro caso semejante» (Suma Teológica, parte III, cuestión 82, art. 3: “¿Corresponde solamente al sacerdote la administración de este sacramento?”, respuesta a las objeciones 1 y 3).
Finalmente, se ve otra muestra del arcaísmo y la obsesión de los conciliares en oponer la “Iglesia primitiva” a la Doctrina y Disciplina eclesiástica, oposición prevista y condenada por Pío XII en “Mediátor Dei”, pero impuesta por el Vaticano II, con estragos en Oriente y Occidente.
  
A los maronitas del Líbano y la diáspora, les exhortamos que, a ejemplo de su padre San Marón, escapen al desierto para conservar la Sana Doctrina en comunión con la Roma Eterna y Catolica, en vez de seguir a los clérigos modernistas que han estado demoliendo su Oración y Creencia, como ya hicieron en Occidente.

viernes, 16 de junio de 2017

LA INFIDELIDAD DE LOS CRISTIANOS ES PEOR QUE LA INFIDELIDAD DE LOS JUDIOS

Tomado de FUNDACIÓN SAN VICENTE FERRER.
  
“EL TIEMPO DE LA SEMENTERA DE LA PALABRA EVANGÉLICA ENTRE LOS GENTILES, SE HA TERMINADO”
 
Mons. José Franklin Urbina Aznar
 
Santo Tomás de Aquino en la SUMA TEOLÓGICA (2-2, q. 10, a. 5) nos explica las distintas especies de infidelidad que hay, diciendo que es “el pecado mas grave”. Escribe:
“...consistiendo el pecado de infidelidad en resistir a la Fe, esto puede hacerse de dos maneras. O se resiste a la Fe aún no recibida y tenemos la infidelidad de los paganos y gentiles; o se resiste a la Fe Cristiana ya recibida, bien sea en figura y tenemos la infidelidad de los judíos, bien en la manifestación misma de la verdad, y así es la infidelidad de los herejes. Mas, si distinguimos las especies de infidelidad por orden a los errores en las diversas materias de la Fe, las especies son indeterminadas. Pueden, en efecto, -como enseña San Agustín-, multiplicarse hasta el infinito”.
    
La primera infidelidad a la que Santo Tomás se refiere es la de los paganos y gentiles. Es la infidelidad a la Fe aún no recibida. Es la resistencia del hombre a convertirse a la verdad que Dios predicó entre los hombres. Es la pasión por seguir opiniones basadas en la “omnisciente” voluntad humana. “Los que no crean serán condenados”.
 
A los hombres les es más fácil convertirse a la prostitución sin reflexionar que reflexionando aceptar la verdad.
 
El texto del Evangelio de San Mateo (XXIV, 14) dice: “Se proclamará, dice Cristo N. S., esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin”. Debemos reflexionar varias cosas de este texto:
  1. Que el Evangelio ha de ser predicado en todo el mundo. No dice que todas las naciones se convertirán, pues quienes no crean serán condenados.
  2. Que el deseo de Cristo, y esto está implícito y claro, significa que El quiere que todos los hombres entren en Su única Iglesia, y por lo tanto Dios desaprueba las diversas religiones que hay en el mundo, que ahora los herejes modernistas dicen que no solamente son queridas de Dios, sino que todas ellas al igual que la Iglesia Católica, son diversos caminos de salvación. ¿No es muy clara la deformidad monstruosa de ese evangelio que predican los del Concilio segundovaticanista.
  
Parecería imposible conocer el momento del fin pues no es posible a nadie saber el tiempo en que todas las naciones han recibido el mensaje evangélico. Por este camino no es posible. Pero hay muchas y muy grandes señales que lo van a anunciar. Si fuera un acontecimiento velado a los ojos de los hombres que escondiera su inminencia, el texto del Evangelio de San Lucas sería ocioso y desorientados. Dice San Lucas en el Cap. XII, v. 54 y siguientes: “Decía también a la gente: «Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: Va a llover, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: Viene bochorno. Y así sucede». ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la Tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?”. Cristo no solamente se refería al tiempo del Mesías que Su pueblo no había conocido, sino a las señales próximas a Su Parusía cuyas señales estarían a la vista y para el entendimiento del pueblo. El Señor está muy lejos de ser compasivo con los que “ignoran". Los llama “¡Hipócritas!”. Dura palabra para los que ignoraron el momento de su visitación, y dura palabra para todos aquellos que “ignoren” las señales de Su Parusía.
  
El fin del mundo, acontecimiento dramático y terrible, inevitable, vendrá acompañado también de otros sucesos fuertemente relacionados, claramente profetizados y podríamos decir que contemporáneos como para llamar la atención de cualquiera que no tenga hemorroides cerebrales. ¿Podríamos decir que todos estos acontecimientos pueden pasar inadvertidos? Tal vez se pueda justificar la ignorancia del pueblo del momento en el que la sementera del Evangelio entre los hombres ha llegado a su fin, sin que por esto dejen de tener una grave culpa, pero no se puede decir lo mismo del destierro del Sacrificio por la infidelidad de los hombres; la Apostasía, por la infidelidad de los hombres; la presencia del Anticristo claramente avisada en La Salette, igualmente por la infidelidad de los hombres; y el regreso de los judíos a la Tierra Prometida y como capital Jerusalén, acontecimiento histórico que sólo se atreven a negar los ciegos voluntarios y a desligarlo de las señales de la Parusía inminente.
 
Los hombres de la generación del fin estarán ciegos y sordos a todas estas cosas como una lata de gas pero por sus horribles, diabólicos y monstruosos pecados y pasiones -los malos seguirán haciendo el mal y no entenderán nada, dice el Profeta Daniel-, de forma que ignorarán las guerras y los rumores de guerras nunca antes acontecidas; la violencia, la inseguridad, el odio y el terror social e incluso la depravación de los niños; la corrupción generalizada y profunda del espíritu de los hombres pues ese es un lodo en el que se revuelcan a gusto para sebar sus más bajas pasiones; el agravamiento de los desastres de la Naturaleza mientras no los afecte a ellos o a sus intereses personales.
  
Los hombres de la generación del fin, esa que está preparada para arder en el fuego en la Tierra (II Pedro, III, 7) reservado para destruir a los malvados y en el del Infierno, no es una generación de verdaderos ciegos, pero están profundamente infectados de deshonestidad y de malicia. Los aparentemente ciegos y los del club de los “no pasa nada” son deshonestos encharcados en la depravación. Los que oyen todo y nunca atienden, aunque bajen la cabeza, están poseídos por alguna clase de demonio. Estos pobres miserables están esperanzados en el fondo de su alma en las promesas de un mundo que comienza a abrir sus puertas para dar paso libre al libertinaje, a la indiferencia, al Indiferentismo y la libertad sexual, de los que tienen el alma rebozando. Todos ellos, forman una sola empresa, un solo corporativo que tiene muchos niveles y muchos departamentos. Que no se sientan libres de esta trabazón los que sólo son tibiecitos que huelen a vómito, o los que con la boca confiesan su ardiente fe, pero que con las obras manifiestan lo contrario. Se sienten distinguidos de redingote y bombín, pero no son capaces del menor esfuerzo por su Dios y por su Religión.
  
Todos ellos forman un todo compacto que abarca a los más despreciables y los que en el alma han instalado a los demonios de su elección. La actitud de estos hombres endemoniados y su espíritu, tienen como cosa despreciable todas estas señales que significan solamente que su hora ha llegado. Que el mundo deseado es el que ya tienen al frente que les ha de permitir actuar con libertad y quedar libres de la condena y de la conciencia como cuando el Cristianismo dominó el entorno con ciencia y poder.
  
No son, pues, estos hombres ciegos sino que están sintiendo en lo más profundo de su ser, y con razón, que el nivel de depravación de su alma, ha sido igualado por el nivel de depravación del mundo y así se sienten satisfechos.
  
Son esos hombres capaces de confesar su fe cristiana, mientras pasan de prisa por la cumbre del Calvario donde están clavando en una Cruz al Hijo de Dios, o está agonizando, y aceleran el paso, y con un ademán de indiferencia o de fastidio, corren para atender sus actividades, sus negocios particulares, sus reuniones lujuriosas, sus viajes o sus fiestas de figurado social. El Hijo de Dios dice: “Tengo sed” y cómo se sienten perturbados, ¡cómo se sienten fastidiados!.
  
Esta gente perversa del fin, es peor que los judios que rechazaron la Fe recibida en figura. Porque se bautizaron, creyeron, practicaron, recibieron los Sacramentos, alardearon de su fe para la apariencia exterior y la abandonaron y no fueron capaces de dar ni su tiempo -que no les cuesta- para su Dios.
  
Estos son los hombres de la Iglesia del Ocaso que es la Iglesia del Anticristo, que cambió la celebración del Sacrificio hacia el Oriente, por una asamblea profana hacia el Occidente para darle culto al Demonio. (Profeta Malaquías Cap. I, 11).
  
Esta es una generación más perversa que aquella que rechazando a su Mesías pidieron que Su Sangre cayera sobre ellos y sobre sus hijos. Esa Sangre los condenó y cayó sobre sus cabezas, pero la generación del fin, y estamos hablando de esta generación, derramaron esa Sangre, y la han pisoteado y la han escupido. Es la generación que va a ser arrancada de la oliva, aplastada y arrojada al fuego. El Juicio de Dios será más severo para esta generación que para los judíos o para Sodoma (Mateo II, 23), porque con un desprecio injurioso han pisoteado el amor de Dios agotado por el exceso de Su abundancia Los milagros y los favores hechos por Su Iglesia fueron más grandes que en toda la historia de Israel. Por eso, estos hombres son los desechos, las sobras, la baba, la pelusa de una humanidad hipócrita, apóstata preparada para el exterminio.
  
No faltarán los que piensan que estoy exagerando sobre la gente terrible de este tiempo horrible, pero leamos lo que San Pablo dice con autoridad e inspiración divina de este tiempo y de su gente. En su Carta a Timoteo (III, 1 y siguientes) le dice: “Ten presente que en los últimos días sobrevendrán momentos difíciles; los hombres serán egoístas, avaros, fanfarrones, soberbios, difamadores, rebeldes a los padres, ingratos, irreligiosos, desnaturalizados, implacables, calumniadores, disolutos, despiadados, temerarios, infatuados, más amantes de los placeres que de Dios, que tendrán la apariencia de piedad...a estos pertenecen esos que se introducen en las casas y conquistan a mujerzuelas cargadas de pecados y agitadas por toda clase de pasiones, que siempre están aprendiendo y no son capaces de llegar al pleno conocimiento de la verdad... (v. 13) ...los malos y seductores irán de mal en peor, serán seductores y seducidos”. Comunicación persuasiva de masas, o coersitiva.
  
¿No es fastidioso oír a esas legiones de hipócritas que confiesan a boca llena su fe y su devoción y cargados de pecados y de pasiones bajas no son nunca capaces de una sola obra por su Dios?, (Santiago II, 14). Estos son los hombres que confiesan creer que hay un solo Dios, pero les dice el Apóstol: “También los demonios creen y tiemblan” (II, 19). Y añade: “¡Adúlteros!, ¿no sabéis que la amistad con el mundo, es enemistad con Dios?. Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios” (IV, 4)
  
Ampara Señor a los que en medio de este atroz pavor, aun te son fieles con limpio corazón.
  
LA GRAN PROMESA
 
Le escribe San Pablo a los gálatas (VI, 7): “No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción”.
  
Este pecado tiene una consecuencia ineludible. Embrutece la inteligencia para las cosas de Dios. El hombre que siembra en su carne, no es precisamente el lujurioso, pero esto nunca se excluye. El que cae presa de este pecado bajo, se divierte, se esfuerza con gran sacrificio por la apariencia y el bien vivir porque lo alaga profundamente la admiración de los otros como él. Vive para imbuirse profundamente del espíritu mundano sin desechar las cosas del espíritu que utiliza sólo para la apariencia o el discurso. Quienes lo conocen quieren ser como él y usa esto para acercarse con éxito a relaciones lujuriosas de su preferencia. Este es un pobre individuo que goza sus logros pero que pertenece al club de los “no pasa nada”. Es extremadamente indiferente para violar sin ninguna conciencia las leyes de Dios. No se cree culpable. No se acusa de nada, y antes bien, todo lo explica y lo justifica. Es el clásico que tiene la mente “cauterizada” de los que hablaba San Pablo.
  
Pero este es uno de los mejores de entre la masa corrupta de la generación actual, de una masa descristianizada que ya no tiene ninguna moral ni doctrina, producto de un núcleo familiar que fue prostituido hace muchos años.
  
El resto fiel está, entonces, rodeado, apretado, arrinconado, aplastado, incomprendido, sin oportunidad de fortalecer su alma y por lo tanto en peligro, ni ocasión de consolar su espíritu a la vista de tantas atrocidades que sólo ellos tienen ojos para ver. Las fuentes de la gracia saben que se han secado. El pueblo se ha alejado, se ha ido y no hay poder humano que lo regrese, porque vaga en la más completa oscuridad. El Evangelio de San Lucas (XXI, 11) dice cuando describe estos tiempos: “habrá cosas espantosas”. El Apocalipsis dice que el Anticristo “hará bajar fuego del Cielo” (XIII, 13), y San Gregorio Magno lo explica de esta manera en LOS MORALES (Libro XXXIII, Cap. XXXVII, 62): “Y por eso también San Juan en el Apocalipsis dice de esta Bestia que hará descender fuego del Cielo. Descender fuego del Cielo procede de las almas celestiales de los escogidos, las llamas del celo santo”.
  
“Pero cuando el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará la Fe sobre la Tierra?” (Luc. XVIII, 8). Es evidente que habrá un resto fiel. Un reducidísimo resto fiel que a diferencia de todos,PODRA VER. Por éstos, los días del fin serán acortados, pues si se alargaran, estarían en peligro. Para éstos, Cristo pronunció la gran promesa: “NO OS DEJARÉ SOLOS, VOLVERÉ” (Juan, XIV, 18).
  
Esta es la gran promesa, para todos los que esperan, para los que velan en todo tiempo y siguen el insistente consejo de los Evangelios: “Velad”, esperad, amad la aparición de Cristo. Porque al alba, triunfaremos (Mat. XIV, 44; XXV, 12; Luc. XXI, 34; XII, 35; Marc. XII, 37).
   
+ Mons. José Franklin Urbina Aznar