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jueves, 29 de agosto de 2024

LAS MUJERES NEOIGLESIANAS ESTÁN REGRESANDO A LA MANTILLA

Traducción del Comentario de los Padres de TRADITIO.
   
Basado en la enseñanza de San Pablo, el derecho canónico católico requiere que las mujeres se cubran la cabeza durante la misa.
La Iglesia Conciliar abandonó esa práctica bíblica en 1983, pero ahora incluso las mujeres neoiglesianas están volviendo a la práctica católica y rechazando la práctica judía de no cubrirse la cabeza durante la oración.
   
San Pablo, apóstol de los gentiles, enseñó: «Toda mujer que ora… sin cubrirse la cabeza, afrenta su cabeza» (1 Corintios 11, 5). De ahí se deriva el Código de Derecho Canónico 1262: «Viri in ecclésia vel extra ecclésiam, dum sacris rítibus assístunt, nudo cápite sint…; muliéres áutem, cápite coopérto et modéste vestítæ, máxime cum ad mensam Domínicam accédunt» (Los hombres, dentro o fuera de la iglesia, cuando asisten a los ritos sagrados, deben estar con la cabeza descubierta…; las mujeres, en cambio, con la cabeza cubierta y vestidas con pudor, especialmente cuando se acercan para recibir la Sagrada Comunión).
   
Incluso los presbíteros novusorditas se dan cuenta de esta tendencia, que es contraria a la práctica de la Secta de Francisco Bergoglio. Los presbíteros miran con odio a las mujeres que se cubren la cabeza, a pesar de que la Iglesia Conciliar ya no tiene una misa, sino sólo un servicio protestante-masónico-pagano como los protestantes. Los pedidos de mantillas se han disparado más del 300 por ciento en los últimos años. La Pseudo-iglesia se siente amenazada por esta tendencia, ya que su falsificación se ha ido desmoronando, ahora unos sesenta años después del Anticoncilio apóstata del Vaticano II (1962-1965). Los presbíteros a menudo miran con odio a estas mujeres, ya que lo consideran una “declaración doctrinal” contra el Nuevo Orden.
    
Las iglesias, capillas y oratorios católicos tradicionales siguen el dictamen bíblico y el derecho canónico, pero la Iglesia Conciliar, que ciertamente NO es la Iglesia Católica, rechazó oficialmente las Escrituras en 1983. Sin embargo, incluso algunas mujeres neoiglesianas están comenzando a obedecer la práctica de la verdadera Iglesia a través de los siglos hasta el período Anticonciliar del Vaticano II y usan una mantilla, a pesar de que el servicio novusordita de 1969 no es una misa católica [Parte de la información para este Comentario proviene de The Free Press].
   
Los católicos tradicionales siempre encontramos divertidas estas contradicciones de los despistados neoiglesianos. Los verdaderos católicos (tradicionales) nunca abandonaron las prescripciones de la fe. De hecho, la práctica católica y cristiana está destinada a ser una antípoda de la práctica judía, en la que los hombres visten una kipá y las mujeres van con la cabeza descubierta. Los conciliares aparentemente todavía quieren imitar a los judíos, a pesar de que Jesucristo rescindió el Antiguo Pacto en favor del cumplimiento del Nuevo Pacto de la gracia de Dios.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

NUESTRA SEÑORA DE LAS LÁGRIMAS DE SALTA

 
Se trata de una pequeña imagen de la Inmaculada Concepción, pintada al óleo de 30x25 cm, copia original de una de las versiones del pintor italiano Giovanni Battista Salvi da Sassoferrato de “La Madonna” renacentista.
    
Pocos conocen que ese diminuto cuadro es el lienzo donde se manifestó otro portentoso prodigio en el año 1749.
   
La Virgen de las Lágrimas es uno de los milagros acontecidos en Salta el 4 de agosto de 1749, en los preludios de la renovación del Pacto de Fidelidad.
    
Fue el padre Juan Arisaga el primer  testigo de este hecho. El cuadro era de su devoción personal. La imagen presentaba su cara, sus ojos, el cuello y el resto de la superficie, bañados en “una especia de agua clara y cristalina, que causó en el padre, a primera vista, mucha ternura y admiración”, relata la respuesta del rector del colegio de la compañía de Jesús, el padre Pedro Lizoain, a un exhorto elevado por el cabildo.
   
Recurrió a la ayuda del padre Alberto Araoz, y limpiándole el sudor con “unos algodones y un poco de bretania”, afirmó en presencia de “curiosos y admirados”: “Veamos si mañana sucede lo mismo, y si sucediere, digo que es una cosa maravillosa”.
   
Al otro día, en horas de la noche, el padre Juan repara en que la imagen “estaba no solo bañada como la noche antecedente, sino que era mayor y copioso el sudor en el cuello, menos en el rostro y lo restante del cuerpo”.
    
Esta escena de milagro se desarrolló en uno de los cuartos que estaban mas preservados de la humedad en todo el colegio y el aire que corría esos días era propio “para no conservar la humedad, sí para desecar la que había”. En efecto, los colores de la imagen presentaban un calor inusual y no se habían movido, así como tampoco el sudor había borrado o desfigurado la imagen.
    
Retiraron la imagen y se dieron cuenta que el espaldar o bretaña que servía de refuerzo y tocaba inmediatamente la pared, y la pared misma estaba seca. Llamaron entonces al padre Gabriel Gutiérrez, famoso maestro y pintor, para que estudiara si alguna causa natural pudiera explicar tal suceso y no se encontró ninguna.
    
El día 6 de agosto, la imagen continúo mostrando el mismo prodigio. El día 7 de agosto amaneció “rociada con las mismas gotas de la noche anterior, presentando al día siguiente, el 8 de agosto, unos puntos resplandecientes como estrellitas menudas”, según las vivencias del Mons. Julián Toscano Zelayarán.
     
Ese día, en horas de la tarde, se expuso la imagen a la pública veneración de la iglesia y se dio principio a una misión y novena a Nuestra Señora.
    
El 13 de septiembre de 1952, en el cabildo histórico, se realizó la emocionante ceremonia de coronación de la Virgen de las Lágrimas y luego se la llevo en procesión solemne a la Iglesia Catedral.
   
Hoy se encuentra con altar propio en la nave lateral derecha –“nave de la Virgen”– solemnizada bajo el baldaquino que anteriormente adornaba la entonces sede episcopal junto al altar mayor. Desde aquí acompaña con su silencio la devoción permanente que caracteriza al Santuario durante todo el año.
   

viernes, 16 de diciembre de 2022

LAS MISAS DE AGUINALDO: UNA ANTIGUA TRADICIÓN LITÚRGICA DE ANDALUCÍA, LAS AZORES, MÉJICO Y FILIPINAS

Adaptación por Juan Carlos Araneta del artículo publicado por el padre Fidel Villaroel OP en Philippiniana Sacra Vol. XXXIV, N.º 12 (Sept. - Dic. de 1999). Traducción propia.
 
LAS MISAS DE AGUINALDO: UNA ANTIGUA TRADICIÓN LITÚRGICA DE ANDALUCÍA, LAS AZORES, MÉJICO Y FILIPINAS


Cada año, cuando la popular novena de las “Misas de Aguinaldo” está a punto de comenzar el 16 de diciembre, los periodistas de nuestros diarios consideran oportuno y pertinente escribir una columna en la sección editorial sobre la naturaleza y el significado de esta tradición religiosa filipina. Revisando al azar varios números de mediados de diciembre de algunos periódicos en los últimos más de 40 años, uno encuentra los escritos bastante repetitivos, superficiales y estancados. Hay pocos avances en el campo de la investigación sobre los orígenes de estas misas y el motivo de su celebración. Hay confusión incluso sobre los nombres de Gallo y de Aguinaldo.

Infructuosos son también los esfuerzos de estos escritores por establecer el origen de estas misas. Porque mientras esta costumbre religiosa parece y suena típicamente filipina en los cantos, el ambiente y el entorno, algunos pensarán en posibles supervivencias paganas en estos ritos cristianos, otros sitúan sus orígenes en Méjico o tal vez en España; o tal vez no, porque hoy son desconocidos allí. Y, por último, existe una gran variedad de opiniones sobre el motivo o las intenciones por las que se celebran las misas a tan tempranas horas de la mañana.

Siendo estas misas una de las tradiciones religiosas más antiguas, si no la más venerable, que aún existe en Filipinas, ha parecido conveniente emprender un trabajo de investigación sobre estas cuestiones para aclarar, en la medida de lo posible, los diversos puntos de duda que a menudo se plantean sobre las Misas de Aguinaldo.
  
MISAS VOTIVAS
Antes de hablar de los orígenes de las Misas de Aguinaldo en Filipinas, conviene hacer un breve preámbulo sobre el carácter litúrgico de estas Misas, especialmente para los lectores laicos que no están familiarizados con los tecnicismos de los rituales y la gran variedad de Misas que se celebran a lo largo del año.

Las Misas de Aguinaldo pertenecen a un tipo especial de misas llamadas votivas en los libros litúrgicos. Las misas votivas son aquellas que no se corresponden con el Oficio del día (las oraciones rezadas por los sacerdotes en el Breviario y la misa ofrecida por ellos), sino que se dicen por elección del celebrante, con un texto especial y por intenciones particulares.

Cualquiera que maneje los pequeños libros del Misal diario para uso de los fieles se dará cuenta de que se ofrecen misas propias para todos los días del año. Se trata de misas propias diarias distribuidas a lo largo de los distintos tiempos del año litúrgico, es decir, Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y el largo tiempo postpascual llamado “Después de Pentecostés” hasta que el siguiente tiempo de Adviento abre un nuevo ciclo. Esto se aplica tanto a los domingos como a las misas semanales. Luego, hay misas propias de la celebración o conmemoración de las fiestas de los santos, que sustituyen a la misa del tiempo correspondiente.
   
Pero además de estas misas diarias asignadas a todos los días del año, existen en el Misal Romano, y se encuentran al final del mismo, una gran variedad de misas especiales llamadas votivas, que el sacerdote, no arbitrariamente sino siguiendo ciertas normas litúrgicas establecidas por la Iglesia, puede elegir celebrar en días especiales por motivos y necesidades particulares en sustitución de las misas asignadas a un día determinado: como una misa votiva de la Virgen María, del Espíritu Santo, de San José, por los difuntos, en un aniversario de muerte, etc.

La práctica de decir misas votivas es muy antigua en la Iglesia, remontándose al siglo IV. Los cristianos comenzaron entonces a pedir, y la Iglesia a celebrar, misas especiales por intenciones particulares, por ejemplo, por los muertos, por la protección contra los enemigos, por la unidad, por la paz; misas en tiempo de terremotos o tormentas, por una buena cosecha, por los refugiados, etc. Más tarde, en la Edad Media, la Iglesia introdujo las misas votivas en honor de los santos (aparte de los santos del día), santos considerados como intercesores especiales ante Dios para obtener determinados beneficios espirituales o temporales; misas, por ejemplo, en honor de San Rafael en vista de un largo viaje que se iba a emprender, a San Roque contra las plagas, etc.

Además, también se celebraban misas votivas para uno u otro día de la semana relacionadas con algún santo o misterio cristiano, bajo ciertas normas litúrgicas. Por ejemplo, en honor de la Trinidad los lunes, del Santísimo Sacramento los jueves, de la Pasión de Cristo los viernes y, la más celebrada, incluso en nuestros tiempos, la misa votiva en honor de la Santísima Virgen María los sábados. Las misas votivas se han conservado a lo largo de los siglos, pero con el paso de los mismos, algunas de ellas se mantuvieron en el Misal Romano, como las más adecuadas a los tiempos, mientras que otras se eliminaron.

Las Misas de Aguinaldo, al ser misas votivas introducidas por una iglesia particular (España, Méjico o Filipinas) no tienen un texto especial propio en el Misal Romano universal. Pero Roma las ha reconocido como misas votivas privilegiadas, celebradas “por motivo grave o de peso” (pro re gravi) y con asistencia masiva de fieles. El privilegio que se les otorga se manifiesta al permitir que se celebren en lugar de las misas diarias del tiempo de Adviento, que están catalogadas en el calendario litúrgico como días feriales de primera clase.

LAS NOVENAS DE ADVIENTO Y MARÍA EXPECTANTE
Como todo católico sabe, el Año Litúrgico de la Iglesia comienza con el primer domingo del tiempo de Adviento. El Adviento es un período de preparación para la celebración de la Natividad de Cristo. Toda la liturgia de Adviento, incluyendo el Oficio Divino recitado por los clérigos, y la Santa Misa, expresan con un hermoso espíritu místico los profundos sentimientos y los ardientes anhelos de la Iglesia por la llegada del esperado Mesías y Salvador del Mundo.

En esa atmósfera de espera, dos personajes bíblicos dominan las lecturas sagradas, las antífonas y los cantos, como símbolo de la proximidad del gran acontecimiento. De las cuatro semanas de Adviento, la liturgia de las dos primeras se centra en el Precursor San Juan Bautista predicando en el desierto con la poderosa voz de un gigantesco profeta. En la tercera y cuarta semanas, la liturgia se centra en la persona más cercana a Cristo, María, la Madre expectante.

Es de especial interés para nuestro estudio subrayar cómo al acercarse la Navidad, la liturgia utiliza varias series de oraciones en el Oficio y en la Misa en número de siete, ocho y nueve. Una de estas series es precisamente la novena de misas que se celebra en Filipinas, conocida como Misas de Aguinaldo. En concreto, a partir del 17 de diciembre y hasta el 23 de diciembre, el Oficio Divino utiliza nuevos himnos para introducir los Laudes y las Vísperas. En los mismos días, se utiliza un conjunto de siete antífonas antes y después de cada salmo de Laudes y Vísperas. Los nuevos himnos y las siete antífonas transmiten con mayor intensidad que en los días anteriores un sentido de urgencia en la preparación espiritual para el misterio de la aparición de Dios en el mundo.

Entre la serie de antífonas utilizadas en la liturgia en esos días, hay siete que se llaman “Antífonas mayores” y también “Antífonas de la O”. Estas antífonas se recitan o cantan antes y después del canto de María, el Magnificat, en las Vísperas, desde el 17 de diciembre hasta el día de Nochebuena. Todas las antífonas comienzan con la exclamación “O” (Oh Llave de David, Oh Emmanuel, Oh Flor de Jesé, etc.), y terminan con el vívido grito de “ven” dirigido al Redentor que se acerca. Estas antífonas son de contenido cristológico, pero también mariano en el sentido de que se rezan junto con el Magnificat de María.

Más significativo aún para nuestro caso es que las misas de Aguinaldo son votivas en honor a María, algo que escapa al conocimiento de los fieles de a pie. Para hacer una breve digresión en este punto, las misas votivas en honor de María, que se dicen los sábados durante todo el año, están provistas de un texto especial los sábados de Adviento (de témpore Advénti). Se llaman Misas “Roráte” por las primeras palabras del canto de entrada Roráte Cœli désuper («Que las nubes hagan llover al Justo»); el verso que precede al Evangelio es Ave María llena de gracia, el saludo angélico de la Anunciación; y la antífona de la Comunión comienza con las palabras La Virgen está con el Niño. Para mostrar la íntima conexión entre el último período del Adviento y la devoción a María la Theotokos (Madre de Dios) expectante, volvamos la atención a España, donde las Misas de Aguinaldo tuvieron su origen.

Antiguamente, la Iglesia en España y en algunas partes de Francia celebraba el 18 de diciembre una fiesta en honor de la Virgen María llamada "Expectación del parto de María", y con otros nombres "Nuestra Señora de la Esperanza" y "Nuestra Señora de la O". Nuestra Señora de la Esperanza se refería, obviamente, a la esperanza de que pronto nacería un Niño de María. Nuestra Señora de la “O” tenía referencia a lo que hemos explicado antes, es decir, a la recitación de las antífonas mayores “O” antes y después del canto de María Magnificat en las Vísperas del Oficio Divino. A este respecto es interesante que María de la O es un nombre que antiguamente se usaba en España para las mujeres, quizás no muy comúnmente, y probablemente no se ha dado a ninguna mujer en nuestros tiempos.

Para el propósito del presente estudio, lo que es más importante señalar es que las misas de Aguinaldo eran y son, de hecho, misas votivas en honor a María. El color de los ornamentos litúrgicos de estas Misas no es el morado del Adviento, sino el color de todas las Misas marianas, el blanco; y el texto de las Misas de Aguinaldo era el de las Misas votivas para María “témpore Advéntus” (en Adviento). Y para mayor y última prueba de su carácter mariano, está la intención explícita de dedicarlas a María como se hizo en los países de España, Méjico y Filipinas desde el principio.

MISAS DE AGUINALDO EN ESPAÑA
No nos es posible determinar la época exacta en que se introdujo en España la práctica de celebrar las misas de aguinaldo. Sabemos, sin embargo, que ya en el siglo VII se decía allí la Santa Misa por las intenciones particulares de algunas personas, y que antes del siglo VIII se celebraban allí misas votivas en honor de la Santísima Virgen María. Pero no es hasta las últimas décadas del siglo XVI cuando los documentos demuestran que en España se celebraban misas llamadas de Aguinaldo.
    
El primer testimonio disponible al respecto procede del famoso canonista y misionero jesuita en Filipinas, el padre Pedro Murillo Velarde. En su obra «Cursus Juris Canonici Hispanici et Indici», publicada en 1743, Murillo cita un cierto libro canónico clásico con el nombre de “Grijalbanus” para afirmar que «el Papa Sixto V concedió la indulgencia plenaria a los que asistieron a estas misas, que llamamos en español “de Aguinaldo”». Ahora bien, Sixto V fue Papa desde 1585 hasta 1590. Esta concesión [Breve “Licet is de cujus múnere”, del 5 de Agosto de 1586, que otorgaba 20 años y 40 días de indulgencia por la asistencia a estas Misas, N. del T.] presupone que tales misas estaban bien establecidas al menos en algunas partes de España antes de la última década del siglo XVI. Además, por otros testimonios, tenemos conocimiento de que en 1585 se decían las Misas de Aguinaldo en Méjico, y siendo así, debieron existir en España mucho antes.
  
Incluso el propio nombre apelativo de estas misas denota un origen español. En relación con ellas, siempre ha existido en España la Misa de Gallo, que se celebra en la medianoche del 24 de diciembre, incluso hoy en día, y que es utilizada erróneamente por muchos filipinos al referirse a la novena de misas de alba que se celebra en este país. En España, cuando existían las Misas de Aguinaldo, se celebraban en las primeras horas de la mañana. Es curioso que los documentos antiguos a este respecto utilicen dos grafías diferentes de la palabra. Por ejemplo, encontramos en una obra de Aloysius Gardellini (1856) el uso de “Aguilando” y “Aquilando”, mientras que otros autores, como el padre Vicente Salazar, O.P. (1742), los Anales Eclesiásticos de Filipinas (finales del siglo XVIII) y el padre Benito Corominas, O.P. (1875) lo escriben como lo hacemos hoy, es decir, “Aguinaldo”. Aguinaldo es una palabra española de uso muy limitado, pues significa “un regalo de Navidad”, es decir, un regalo que se hace durante la época navideña, especialmente el día de Navidad, Año Nuevo y Reyes. Y nunca se utiliza cuando se hace un “regalo” durante el resto del año.

En cuanto a por qué se utiliza este nombre para estas misas, una interpretación podría ser que los fieles cristianos ofrecen a Dios nueve misas como regalo con motivo del Nacimiento de Jesús, a él y a su madre. Otra podría ser que la Iglesia se alegra de recibir de Dios el regalo de su Hijo, el Verbo, en el momento en que nace humano. Desde sus inicios en España, un rasgo peculiar de estas misas era que se decían mucho antes que las misas diarias ordinarias.
   
En tres documentos del siglo XVII que se refieren a estas misas, se dice que se celebran «summo mane» (muy temprano), «ad auróram» (al amanecer) y «ántequam dies illúxerit» (antes del amanecer). Llegamos ahora a la constatación de los hechos históricos. Dos documentos fidedignos atestiguan la existencia de las Misas de Aguinaldo en España a finales del siglo XVII en dos diócesis de España, a saber, Sevilla y Granada.
    
Los interesados de ambas diócesis remitieron a la Sagrada Congregación de Ritos sendas consultas en las que se describían las misas y se pedía la aclaración de algunas dudas.
   
En diciembre de 1676, el padre Diego Díaz de Escobar, Maestro de Ceremonias de la Iglesia Catedral de Sevilla, presentó a la Sagrada Congregación de Ritos una lista de nueve consultas sobre diversas costumbres practicadas en esa Archidiócesis. La pregunta 7 se refiere a las misas llamadas popularmente de Aguinaldo. De los términos de la exposición, extraemos los siguientes elementos que las describen:
  • Las Misas de Aguinaldo se celebran nueve días antes de la Natividad de Cristo;
  • Se dicen al amanecer;
  • Estas misas votivas son llamadas por el pueblo “de Aguilando”;
  • Se celebran en honor de la Madre de Dios expectante;
  • Se dicen no sólo en los días ordinarios de la semana (días feriales), sino también en los días de fiesta especiales (de clase duplex) y en los domingos;
  • Al igual que en las grandes fiestas, se canta el Gloria y el Credo, y se reza una sola Oración;
  • Hay una gran devoción popular por estas misas.
La exposición y la consulta terminan informando a la Sagrada Congregación sobre ciertas anomalías y abusos que se habían deslizado en la celebración de las misas, que requerían un remedio.
   
De estas dos exposiciones se desprende que las Misas de Aguinaldo se celebraban en España mucho antes del siglo XVII con una solemnidad y un talante festivo no muy distinto al que vemos hoy en Filipinas. En vista de la segunda petición hecha desde Granada, es bueno tomar nota aquí de la intención explícita por la que se celebraban las misas: la fertilidad de los campos sembrados y la salud y el bienestar del pueblo. La intención era oportuna. Gran parte de las tierras de cultivo en España se siembran en la época otoñal a la espera de brotar en primavera.
    
No debo obviar una objeción que se suele hacer contra el origen español de las misas de Aguinaldo. La objeción proviene de lo que leemos en un informe escrito en el siglo XVII por un misionero jesuita en Filipinas, el padre Francisco Ignacio Alcina, informe que se citará con más detalle más adelante en este estudio. En sus extraordinarios estudios sobre todos los aspectos de las Filipinas de su época, especialmente de la región de las Visayas, Alcina no deja de ocuparse de las celebraciones religiosas, y en particular de las misas de Aguinaldo. Sobre ellas dice que la primera vez que las vio fue en Méjico, pero no en su España natal: «Que en España yo no la vi».
    
Esta afirmación necesita un breve comentario. El padre Ignacio Alcina nació en la ciudad de Gandía, provincia de Valencia, España, en 1610, y entró en la Compañía de Jesús en 1624. En 1631, cuando partió para Filipinas, su residencia era la ciudad de Zaragoza, en la región norte de Aragón. Que el padre Alcina nunca viera celebrar misas de Aguinaldo en España, como él afirma, es una cosa; que las misas no se dijeran en ningún lugar de España es otra muy distinta. El este de España, donde está Valencia, y aún más el norte de España, donde está Aragón, tienen temperaturas extremadamente frías en diciembre, mientras que el sur de España, la región andaluza de Sevilla y Granada, tiene un clima templado incluso en invierno.
   
Celebrar misas de Aguinaldo durante nueve días en el norte de España al amanecer en pleno invierno hubiera supuesto excesivas molestias para la gente, especialmente para los ancianos y los niños. Es poco probable que estas misas hubieran tenido una respuesta masiva favorable. Es, por tanto, muy posible que el padre Alcina no viera realmente las Misas de Aguinaldo en las zonas en las que transcurrió su vida temprana, mientras que tales Misas se celebraron ciertamente en las ciudades del sur, Granada y Sevilla, donde eran muy populares y a las que acudían grandes asambleas de fieles.
    
LAS MISAS DE AGUINALDO EN LAS AZORES Y  EN MÉJICO
Exploradores, conquistadores, colonizadores y misioneros; lengua, leyes, costumbres y tradiciones: todos ellos viajaron desde España hacia el Nuevo Mundo con las velas de los galeones. Este fue también el caso de la práctica de las misas de Aguinaldo. Fueron llevadas por los misioneros españoles a la Nueva España (Méjico) en los primeros años de la evangelización de América. En relación con estos viajes de tantas cosas del Viejo Continente al Nuevo, hemos encontrado con sorpresa que las Misas de Aguinaldo existieron, en algún momento del pasado, en las Islas Azores, un puente o peldaño colocado en medio del Océano Atlántico. Las Azores nunca han estado vinculadas a España; siempre fueron una colonia (hoy una región autónoma) de Portugal. En 1534, el pequeño archipiélago de nueve islas se convirtió en una diócesis, sufragánea de Lisboa, que recibió el nombre de “Angrénsis” por la ciudad de Angra, capital de una de las islas, la Terceira.
  
Ahora llegamos al punto de interés para nuestro estudio. En una fecha que no hemos podido establecer, un documento relacionado con esta Diócesis habla de una antigua costumbre de celebrar nueve Santas Misas en honor a la Virgen María antes de la Natividad de Cristo. El documento es una consulta elevada por esa Diócesis a la Sagrada Congregación de Ritos: «Si, en consideración a ser una costumbre muy antigua (antiquíssima), podría ser lícito celebrar las nueve Misas votivas en honor de la Santísima Virgen María antes de la Natividad del Señor, aunque algunas de ellas coincidan con la fiesta de Santo Tomás Apóstol [21 de diciembre] y en los domingos 3.º y 4.º de Adviento». La Sagrada Congregación respondió que, teniendo en cuenta la multitud de fieles que asisten a esas misas, pueden ser cantadas. No se da nombre a esta novena de misas, pero está claro que no tenían un carácter diferente al de las misas de Aguinaldo del sur de España.
  
El viaje a través del Atlántico terminó en Méjico, en la Nueva España. En Méjico, las Misas de Aguinaldo debieron ser introducidas en el siglo XVI por los primeros misioneros. Pues son objeto de un decreto promulgado por el III Concilio Provincial de Méjico celebrado en 1585. Dicho Concilio, presidido por el arzobispo Pedro Moya de Contreras, fue convocado con el fin de aplicar los decretos doctrinales y disciplinarios del Concilio de Trento. Fue el más importante y completo de todos los Concilios mejicanos y su influencia fue trascendental durante dos siglos.
   
El mencionado decreto forma parte del capítulo sobre «la celebración de las misas y del oficio divino», y dice lo siguiente «Nullus Missam ante auróram nec post merídiem (nisi privilégio sibi ad it concésso) celébret. Missæ vero quas hispánice de Aguinaldo vócant ántequam dies illúxerit ne celebréntur». (Nadie puede celebrar la misa antes de la salida del sol, ni por la tarde, a menos que se le haya concedido un privilegio para hacerlo. Además, las misas llamadas en español de Aguinaldo no deben celebrarse antes del amanecer).
   
De esta disposición conciliar se desprende que las Misas de Aguinaldo estaban bien establecidas en Méjico para el año 1585, pues el Concilio introduce un cambio en su celebración, es decir, en cuanto a la hora de su celebración que no debe ser antes del amanecer.
   
Cuarenta años después de este Concilio, las Misas de Aguinaldo siguieron siendo muy populares en Méjico, a juzgar por un informe que nos llega de la experiencia personal del misionero jesuita padre Ignacio Francisco Alcina, ya citado en este estudio. El Padre Alcina llegó a Méjico el 1 de agosto de 1631 en su camino a las Filipinas, dejando Méjico en febrero del año siguiente. Fue, pues, en el tiempo de Adviento de 1631 cuando presenció allí la celebración de las misas de Aguinaldo. Hemos aquí su informe:
«La primera vez que oí y vi estas manifestaciones festivas de las nueve misas (de Aguilando), fue en Méjico, donde su celebración está muy difundida. Fue en el Seminario para indígenas que nuestra Compañía [de Jesús] tiene en esa ciudad, llamado Seminario de San Gregorio, donde comencé a apreciarla por primera vez, [y esto no sólo] por las circunstancias conocidas y reveladoras de su celebración, sino también por su aire reverencial, religioso y solemne. Digo que llegó aquí [a Filipinas] desde Méjico sin ninguna duda (en España no la vi). Debió ser traída a estas Islas donde se celebra con no menos ostentación».
Y esta es la última vez que oímos hablar de la tradición mejicana antes de que se prohibieran las misas en 1677, como se verá a continuación.

Las misas de Aguinaldo en Filipinas que yo sepa, no se ha encontrado todavía ningún documento histórico que nos dé una pista sobre el primer momento y lugar de la celebración de las misas de Aguinaldo en Filipinas. Dos misioneros jesuitas nos llevarán a establecer fechas aproximadas de su celebración en los siglos XVII y XVIII. Son el P. Francisco Ignacio Alcina y el padre Pedro Murillo Velarde. Más adelante se añadirá un dominico como testigo: Fray Vicente Salazar, en el siglo XVIII.
  
El padre Ignacio Alcina, «uno de los más destacados e infatigables misioneros de toda la región de las Visayas», ya ha sido citado en este estudio. Nacido en España, y tras ingresar en la Compañía de Jesús en 1624, llegó a Filipinas en 1631. Tras permanecer dos años y medio en Manila, fue destinado a las misiones de Visayas en 1634, donde trabajó como misionero durante el resto de su vida, salvo otro breve periodo de residencia en Manila, de 1658 a 1660. A lo largo de estos años, Alcina se trasladó de una isla a otra en las provincias de Samar, Leyte, Panay y Cebú. Murió en 1674.
  
Las referencias de Alcina a las misas de Aguinaldo no especifican lugares concretos, sino que se aplican a las Visayas en general y presumiblemente también a Manila, pero podrían aplicarse también a toda Filipinas. Estas referencias se encuentran en su monumental obra Historia de las Islas e Indios de Bisayas de 1668, que dejó inédita. La voluminosa obra ha sido elogiada como «verdadera, meticulosa y muy exhaustiva»«el logro de un hombre muy erudito»«una obra maestra de la historia». En el capítulo 12 de la segunda parte, que trata de las celebraciones de Adviento en este país en su época, es decir, entre 1634 y 1674, Alcina describe, entre las devociones de Adviento, las de San Francisco Javier (4 de diciembre), el gran evangelizador de la India y del Extremo Oriente, y las de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre). Al explicar esta última fiesta, Alcina reflexiona sobre cómo los “nuevos cristianos” de Visayas se alegran de todo lo relacionado con la devoción a María. Y continúa:
«A raíz de esta devoción, se han establecido en nuestras comunidades las misas que llaman de Aguilando. Esta devoción consta de nueve misas y comienza el 16 de diciembre (y continúa) hasta el 24, que es la Vigilia de la Natividad».
Luego Alcina se refiere a la práctica de estas misas en Méjico, como hemos descrito anteriormente. Y añade:
«Debe haber sido traída [de Méjico] a estas Islas, donde se celebra con no menos ostentación [que en Méjico]. Y en este nuevo ministerio [Visayas], en lo posible y hasta donde se pueda, se dicen las nueve misas, todas cantadas [con el acompañamiento] de excelente música, villancicos, instrumentos musicales y todo lo que propicia la expresión devota de tan santa Expectativa [es decir, del nacimiento de Cristo]. Aunque las misas aquí no son tan tempranas como en otros lugares…».
Es una lástima que, en este punto, falte un folio en el texto original de Alcina, privándonos de más detalles sobre las celebraciones que describía. Pero de lo poco que quedó, se nos informa no sólo de la existencia temprana de esta celebración religiosa, sino también de su conexión con la veneración de la Virgen María, la madre expectante de Dios, y con la Natividad en la tierra del Verbo de Dios.
   
El segundo misionero jesuita que informa sobre las Misas de Aguinaldo en este país es el padre Pedro Murillo Velarde, cuyo testimonio demuestra la continuidad de esta tradición un siglo después del padre Alcina. Para situarnos brevemente, digamos que Murillo nació en 1696 en Laujar (Granada, España). Ingresó en la Compañía de Jesús en 1718 y llegó a Filipinas en 1723. Después de trabajar en estas islas durante veintiséis años, regresó a su España natal, donde murió en 1753.
  
Además de una historia muy valiosa de los jesuitas en Filipinas, el padre Murillo escribió un tratado canónico titulado Cursus Juris Canonici Hispanici et Indici, impreso en 1763 y reeditado en 1779. 25 Esta obra fue muy apreciada por los canonistas de aquí, y de hecho se utilizó en el siglo XIX como libro de texto en la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad de Santo Tomás. Es en este libro donde el padre Murillo, al hablar de las normas eclesiásticas sobre las misas votivas, entra en ciertos detalles sobre las misas de Aguinaldo. Aunque no hemos podido encontrar un ejemplar de la obra de Murillo, conocemos su información a través de las citas que hizo de él un profesor de Derecho Canónico del siglo XIX de la Universidad de Santo Tomás, el padre Benito Corominas.

En Filipinas, escribió el padre Murillo Velarde en 1763, se celebra todos los sábados una misa solemne en honor de la Virgen María, con textos propios del tiempo de Adviento. Esta misa se dice con especial solemnidad, con Gloria et Credo; y la intención de los celebrantes y asistentes es:
«por la perseverancia de los nativos en la fe y por la conservación de la Religión en esta parte del mundo; ciertamente un motivo de mucho peso para el avance de la Religión».
En este punto Velarde pasa de las misas votivas de los sábados a las misas de Aguinaldo:
«Luego, en los nueve días que preceden a la Natividad del Señor, se celebran algunas misas del mismo modo y con la misma intención, pero con un texto propio del tiempo de Adviento. Los fieles que asisten a estas misas, llamadas por nosotros en español de Aguinaldo, ganan una indulgencia plenaria concedida por Sixto V en 1585».
A modo de resumen, estos testimonios de Alcina y Velarde son suficientes para demostrar que las Misas de Aguinaldo existieron en Filipinas desde los primeros años de la evangelización, a lo largo de los siglos XVII y XVIII. En breve veremos que tan venerable tradición continuaría hasta nuestros días, salvo un breve período en que las misas fueron prohibidas por la Sagrada Congregación de Ritos de la Santa Sede. Prohibición de las misas. Es un hecho que hoy en día la celebración de las Misas de Aguinaldo ha desaparecido de España, de las Islas Azores y de Méjico, mientras que aún se mantiene en Filipinas.
   
Aquí las misas se celebran con el mismo entusiasmo, a pesar de los cambios desafiantes de la vida y la mentalidad modernas. Hay que explicar este sorprendente fenómeno. En primer lugar, la desaparición de las misas de Aguinaldo en esos países no se debió a la pérdida del fervor popular, sino al exceso del mismo y a la intervención de las altas autoridades eclesiásticas. Hacia el año 1677 se denunciaron varios abusos durante o en torno a la celebración de las misas de Aguinaldo. Dichos abusos escandalizaron a muchas personas que eran celosas de la observancia de los buenos ritos litúrgicos, causando también «escrúpulos a los hombres cultos y espirituales» a causa de la forma desordenada de expresar la alegre anticipación de la Navidad. Los abusos no tenían que ver con el aspecto sacramental de la misa en sí, ni con actitudes del sacerdote celebrante, sino con el comportamiento de la asamblea y especialmente del coro.
   
Las quejas de estos celosos movieron al Maestro de Ceremonias de la Iglesia Catedral de Sevilla (España) a presentar, a finales de 1676, una consulta a la Sagrada Congregación de Ritos, solicitando a este dicasterio romano una declaración formal sobre el asunto. En su exposición, el peticionario describe en la Duda 3 el carácter y la celebración tradicional de estas misas, tal y como hemos descrito anteriormente, y luego pasa a explicar los abusos:
«Bajo la pretensión de la devoción popular y para dar más sabor a la celebración, se hacen cosas indebidas que deben ser corregidas. Pues muchos seglares se reúnen en el coro de la iglesia con el propósito de cantar ciertas canciones ligeras (cantinelas) que provocan la risa y son impropias del tiempo y del lugar. Hay que poner oportuno remedio a este abuso, para que se elimine totalmente el escándalo público».
El 16 de Enero de 1677, la Sagrada Congregación respondió con la siguiente declaracióm:
«Como esta costumbre, o por decir mejor, estos abusos, expuestos en la Duda 3, son contrarios a las Rúbricas y a la opinión de los exponentes, estos deben ser suprimidos totalmente, porque no solo no son laudables, sino que son escandalosos, más para los que son celosos de la observancia de los buenos ritos litúrgicos. Esto es así declarado y decretado [por esta Sagrada Congregación], que por ende ordena que todo lo anterior sea suprimido completamente».
El decreto tuvo efecto inmediatamente al ser recibido en España, Méjico y Filipinas. Por ende, las Misas de Aguinaldo fueron o totalmente descontinuadas o fueron reducidas a un rango más bajo de Misas votivas ordinarias en honor a la Virgen María, sin solemnidad, sin cantar el Gloria y el Credo, sin sermón y otras manifestaciones festivas usadas hasta entonces.
   
En España, se hizo un intento para tener restablecidas las Misas de Aguinaldo en algunos lugares. En 1682, el Superior Provincial de la provincia franciscana de Granada, Fray Juan de Arjona Valle, presentó a la Sagrada Congregación de Ritos una solicitud de dispensa de la prohibición, alegando varios grandes inconvenientes (incluyendo la pérdida de limosnas para mantener la comunidad) que el decreto romano les había causado. Pero al Sagrada Congregación, con una Declaración de fecha 24 de Enero de 1682, respondió con un lacónico «negatíve».
 
SUPRESIÓN Y SUPERVIVENCIA EN FILIPINAS
El decreto romano de 1677 tardó unos tres años en llegar a Filipinas, vía España y Méjico, un retraso nada sorprendente teniendo en cuenta los trámites burocráticos del Real Patronato de Indias y el lento sistema de comunicaciones a través de dos océanos y de la Iglesia. Se toleraban bajo la apariencia de la devoción, y aunque a algunos les parecían mal, éstos no se atrevían a denunciarlos públicamente por miedo a atraer la ira de la piedad del pueblo llano. El manejo de estos asuntos pertenece al celo y cuidado de los Prelados.
   
Nos informan los Anales Eclesiásticos de Filipinas que «se recibió una copia [de ese Decreto] del Arzobispado de Méjico, donde ya se habían prohibido las misas y ya no se cantan». Eso fue en 1682.
   
En este año la Archidiócesis de Manila era gobernada por el Arzobispo Electo Felipe Pardo OP, que había sido promovido a ese cargo en 1676. A todos los efectos canónicos, tenía todas las facultades para gobernar la Archidiócesis aunque no había recibido la Bula Pontificia de nombramiento y no había recibido la Ordenación Episcopal. Recibió ambas cosas en 1681. Ahora bien, en 1680, habiendo recibido la declaración romana que prohibía las misas de Aguinaldo, el arzobispo electo Pardo «comunicó el asunto y pidió consejo a personas doctas de las órdenes religiosas» y, en consecuencia, emitió un "auto" o decreto que «mandó fijar en las puertas de las iglesias» de Manila. Siendo este un documento de trascendental importancia para nuestro tema, bien podemos transcribirlo íntegramente, pero en el decreto, se dice que:
«Nos, el Dr. Don Fray Felipe Pardo, Arzobispo Electo de esta Iglesia Metropolitana de Manila, del Consejo de su Majestad, y Gobernador de este Arzobispado, etc.
  
Por cuanto [hemos] tenido noticia que ha venido prohibida la celebración de las misas que se canten los nueve días antes de la Natividad de Cristo Señor Nuestro (que comúnmente llaman “de aguinaldo”) para que en ninguna manera se puedan cantar, prohibiendo también todo género de músicas e instrumentos y chanzonetas: porque conviene que en este Arzobispado se observe y guarde dicha prohibición.
 
Por tanto, por el presente, mandamos que en ninguna manera se canten ni recen dichas misas de aguinaldo, ni se hagan en las iglesias regocijos de músicas, ni toquen instrumentos algunos, ni canten chanzonetas ni otros cantares, aunque sean a lo divino. Pena de que se procederá al castigo al que lo contrario hiciere por inobediente a los mandados de nuestra Santa Madre Iglesia, y Nuestros.

Y mandamos se fije en las puertas de las iglesias de esta ciudad este auto, y remita a los beneficiados para que les conste.

Dada en San Gabriel, extramuros de Manila, en doce de octubre de mil seiscientos y ochenta años.

✠ FR. FELIPE PARDO, O. P.
Arzobispo electo de Manila

Por orden del Arzobispo, mi Señor,
Andrés Escoto,
Secretario»

El autor de los Anales Eclesiásticos comenta: «Y así en este año 1680 [las misas] comenzaron a omitirse y a no cantarse». ¿Durante cuánto tiempo? No lo sabemos con exactitud. Pero el historiador dominico padre Vicente Salazar, escribiendo la historia de su Orden en Filipinas, publicada en Manila en 1742, nos da una respuesta segura y una fecha aproximada: «Mientras vivió [el arzobispo Pardo] no se celebraron las misas, pero después [de su muerte] se empezaron a celebrar de nuevo, aunque con alguna moderación (no sé si universal) respecto a los abusos con que se habían celebrado, o en otras fiestas religiosas».

Sobre la tradición, el historiador Salazar asegura que la celebración de las misas de Aguinaldo se reanudó tras la muerte del arzobispo Pardo, pero no nos informa sobre la fecha exacta ni sobre la autoridad en la que se permitieron de nuevo las misas. Tampoco encontramos ningún documento al respecto. Lo que no es difícil de valorar es que la celebración una vez reanudada ha continuado a lo largo de los siglos sin interrupción.

He aquí algunos testimonios:

En el siglo XVIII, Pedro Murillo Velarde, escribiendo su manual de Derecho Canónico antes de 1763, describe la celebración con los detalles que ya hemos mencionado. En el siglo XIX, el P. Benito Corominas, O.P., escribiendo en 1873 sus comentarios a las obras canónicas de Giovanni Devoti, da fe de las celebraciones de estas misas en su época («et hoc anno celebrántur», se celebran este año).
  
A principios del siglo XX, Fray Serapio Tamayo, otro canonista dominico, en su discurso inaugural del curso 1906-1907, en la Universidad de Santo Tomás, afirma que esta «costumbre religiosa se ha continuado en esta capital [Manila], donde las misas de Aguinaldo siguen celebrándose en algunas iglesias [de Intramuros]».
   
En 1953, el Primer Consejo Plenario de Filipinas, al que asistió toda la Jerarquía filipina, redactó un decreto especial sobre las Misas de Aguinaldo, que puede considerarse como la más solemne ratificación y consagración de una de las más antiguas tradiciones de la religiosidad católica filipina. Vale la pena transcribir aquí el decreto:
«Existe en estas Islas una legítima tradición que viene de antiguo de celebrar las Misas llamadas popularmente de Aguinaldo por la perseverancia de los filipinos en la fe [cristiana] y por la conservación de la religión en esta zona del mundo. Durante los nueve días que preceden a la Natividad de Cristo el Señor, se canta con gran solemnidad y con asistencia masiva del pueblo la solemne misa votiva “Roráte Cœli désuper”, una misa cada día en las iglesias, especialmente las parroquiales y conventuales.
   
Estas misas se celebran con Gloria, Oración propia con otra oración conmemorativa de la misa ferial de Adviento concurrente, con prefacio de la Santísima Virgen María y con el Evangelio de San Juan al final, excepto los domingos y las fiestas de primera clase que pueden coincidir [con la misa de Aguinaldo]».
  
Pero seis años después de esta declaración de la Jerarquía en un Concilio Plenario, un nuevo Código de Rúbricas o Código de Normas Litúrgicas válido para la Iglesia universal fue publicado en 1961 por la Sagrada Congregación de Ritos, con la aprobación del “Papa” Juan XXIII. El Código revocaba «todos los estatutos, privilegios y costumbres de cualquier tipo, incluso los multiseculares y más antiguos, que no estén de acuerdo con este Código».
  
Sin embargo, las nuevas disposiciones del Vaticano dejaban cierto margen para las misas especiales celebradas «por motivos graves y públicos». A pesar de esta cláusula de excepción, ya que algunos pensaban que las Misas de Aguinaldo podrían entrar en la categoría de las costumbres suprimidas, la Jerarquía filipina, a través de su Presidente, el Arzobispo Julio Rosales de Cebú, decidió elevar a Juan XXIII en ese mismo año 1961 una carta de súplica «pidiendo humildemente que, a pesar de la promulgación del nuevo Código de Rúbricas, y mientras continuara la misma grave razón, a saber, la conservación de la Fe [en Filipinas], se permitiera cantar las Misas de Aguinaldo durante los nueve días anteriores a la Natividad». Y la petición fue concedida el 24 de marzo de 1961, por un período de cinco años.
   
El estudio histórico sobre los orígenes de las Misas de Aguinaldo debe terminar aquí, dejando los aspectos canónicos y litúrgicos a los canonistas y liturgistas. Está la cuestión de la caducidad de la mencionada autorización de la Santa Sede válida por un periodo de «cinco años». No hemos encontrado ningún documento sobre si se solicitó y concedió una renovación de la autorización, o si no había necesidad de renovarla.

Dudamos de esa necesidad porque antes de que la concesión expirara en 1966, el Concilio Robado del Vaticano II llegó a la Iglesia marcando una revolución modernista en muchos aspectos de la Iglesia en nuestro mundo moderno. Uno de los cambios más visibles introducidos fueron las reformas litúrgicas. Será difícil para los canonistas y liturgistas explicar cómo afectaron los documentos conciliares y postconciliares a las misas de Aguinaldo. Para ese estudio existen varios documentos básicos publicados después del Concilio Robado, además del Novus Ordo Missæ.
   
Durante este milenio, las Filipinas vestigialmente católicas siguen aferrándose con fuerza a las semblanzas de la tradición centenaria de celebrar las “misas” de Aguinaldo, con una asistencia popular y una alegría festiva que no han disminuido, por las mismas razones aducidas en la antigüedad, pero con algunos cambios y tendencias provocados por el Vaticano II y el «estilo de vida cambiante de los filipinos» en nuestra sociedad des-hispanizada. En cuanto a los motivos o la intención principal de la celebración, es significativo observar algo que la mayoría de la gente no percibe. Es decir, que las «graves razones» que nuestros antepasados en España, Méjico y Filipinas aducían para celebrar estas misas, eran las razones que se repiten en el Concilio Plenario de 1953.

Las nuevas tendencias introducidas en los últimos años han banalizado y mundanizado estas “misas” del Novus Ordo. Nos referimos al modo y a los lugares de su celebración. Algunas “misas” se dicen ahora incluso con menos solemnidad, y no sólo en las iglesias y capillas, sino también en los megacentros comerciales, «obviamente orientadas a la clientela del centro comercial, especialmente a los que se apresuran a terminar sus compras navideñas», o «para acomodar a los empleados de los distritos comerciales que sólo encuentran tiempo libre después de las horas de oficina».

Independientemente de que los filipinos modernos des-hispanizados sigan considerándolas como “misas” de Aguinaldo preparatorias de la Navidad, la mística de las tradicionales “misas del amanecer” está definitivamente ausente cuando se celebran las “misas Simbang Gabi” del Novus Ordo en esos lugares. Uno se pregunta cuáles serán las nuevas tendencias del Novus Ordo dentro de un siglo si Filipinas no vuelve a la Santa Tradición.
   
REFERENCIAS
  • “Acta et Decréta Primi Concílii Plenárii Philippinárum”, Manila 1956, n. 356, p. 126.
  • “Alcina’s Report on the celebration of the feasts in the XVII Century Samar and Leyte”, Philippiniana Sacra, XVI, 46, (Enero-Abril de 1981).
  • Gardellini, Aloisius. “Decréta auténtica Congregatiónis Sacrórum Rítuum”, Roma 1856, I p. 491; II, pp. 35-36.
  • Kobak, Kantius, OFM. “The Great Samar Leyte Bisayan Missionary of the 17th Century”, en Philippiniana Sacra, XIII, 39 (Sept.-Dic. 1978), p. 402.
  • Lang, Jovian, OFM.“Dictionary of Liturgy”, Nueva York 1989, p. 461.
  • Ricchetti, Mario, “Historia de la Liturgia, Biblioteca de Autores Cristianos”, Madrid, 1956, II, pp. 114-119.
  • Salazar, Vicente, OP. “Historia de la Provincia del Santísimo Rosario de Filipinas”, Manila 1742, pp. 493-494.
  • Tamayo, Serapio, OP. “Idea General de la Disciplina Ecclesiástica en Filipinas durante la Dominación Española (Discurso Inaugural)”, Universidad de Santo Tomás, Manila 1906, p. 78.
  • Velarde, Pedro Murillo, SJ. “Cursus Juris Canónici Hispánici et Índici”, Madrid 1743.
  • Velarde, Pedro Murillo, SJ. “Historia de la Provincia de Filipinas de la Compañía de Jesús, desde el año 1616 hasta 1716”, Manila 1749.
  • Ylla, Juan, OP. “Sobre las Misas de Aguinaldo”, en Boletin Eclesiastico de Filipinas, Noviembre de 1935, p. 724.

viernes, 17 de junio de 2022

CONSERVAR LA TRADICIÓN, MANDATO APOCALÍPTICO

«La Tradición –en el sentido de fijación o conservadorismo– aparece también como ley de la Iglesia posterior: lo que tenéis, krateésate (κρατήσατε), conservadlo, reforzadlo, hacedlo fuerte. El Concilio de Trento fija las instituciones de la Iglesia Medieval, y desde entonces no se hacen cambios, en el sentido de reformas, reestructuraciones, creaciones. La Iglesia Antigua y la Iglesia Medieval crean el culto, la liturgia, el derecho canónico, la Monarquía Cristiana, las costumbres católicas: de todo eso, que parece definitivamente dado, vivimos nosotros. Esta recomendación de agarrarse a lo tradicional se repite en forma más apremiante y dramática en la Iglesia siguiente*, como veremos: “¡Consolida lo que te queda, aunque de todas maneras haya de perecer!”». (PADRE LEONARDO CASTELLANI, El Apokalypsis de San Juan, primera parte, Comentario sobre Apocalipsis II, 25. Buenos Aires, ediciones Paulinas 1963, pág. 51-52).
   
NOTA ÚNICA
* En la descripción de las siete iglesias del padre Castellani, la «Iglesia siguiente» a Tiatira (la Iglesia Medieval) es Sardes (la Iglesia entre el Renacimiento y la Revolución).

domingo, 14 de noviembre de 2021

SAN RUFO, OBISPO DE AVIÑÓN


Sobre sus orígenes hay distintas opiniones, visto que no se conserva información sobre él: la tradición local le hace uno de los hijos de Simón de Cirene, y discípulo de San Pablo. Los historiadores modernos afirman que vivió en el siglo IV. En todo coinciden que fue el primer obispo de Aviñón (Francia) y que fue «confesor ilustre por sus múltiples virtudes», y que fue enterrado donde se encontraba la abadía de San Rufo, donde se fundó una congregación de Canónigos Regulares en 1039, siguiendo la regla agustiniana, y que fue suprimida en 1780 durante el despotismo ilustrado. Sus restos fueron trasladados a la ciudad de Aviñón (ciudad de la que es santo patrono junto con San Agrícola Obispo y San Benito el Constructor) durante las Guerras de Religión.

sábado, 8 de mayo de 2021

¿LA IMAGEN MÁS ANTIGUA DE LA VIRGEN MARÍA ESTÁ EN LA IGLESIA DE DURA EUROPOS?

Traducción del artículo publicado en BIBLE HISTORY DAILY.
  
En la iglesia cristiana más antigua que se conoce, localizada en el sitio de Dura-Europos en el este de Siria, un mural describe a una mujer dirigiéndose a un pozo. ¿Quién es ella? Algunos creen que esta es la escena bíblica de la mujer samaritana que habló con Jesús junto al pozo de Jacob (Juan 4:1–42). En “Descripciones tempranas de la Virgen María” en la edición Marzo/Abril de 2017 de la Revista de Arqueología Bíblica, la estudiosa bíblica Mary Joan Winn Leith discute otra posibilidad.
  
Fresco de la mujer en el pozo, hallada en la iglesia de Dura Europos (Salhiyé, Siria)
  
La iglesia de Dura-Europos del siglo III después de Cristo fue descubierta en excavaciones conducidas antes de la II Guerra Mundial. Sin embargo, apenas recientemente, ha brillado una nueva luz sobre el retrato de la mujer en el pozo, que está localizada en el pequeño bautisterio de la iglesia. Leith revisa el argumento del estudioso Michael Peppard que el retrato describe no a la mujer samaritana sino a la Virgen María en el momento de la Anunciación, cuando el ángel Gabriel le anuncia que llevará al Hijo de Dios, Jesús:
Como explica Peppard, la Anunciación de Dura Europos del siglo III está basada no en la Anunciación bíblica en Lucas 1:26–38 sino en el Evangelio de Santiago (también conocido como Protoevangelio de Santiago), un evangelio apócrifo (no considerado autorizado) del siglo III que narra la vida de María hasta el nacimiento de Jesús inclusive. Según el Evangelio de Santiago, María “tomó su cántaro, y salió para llenarlo de agua. Y he aquí que se oyó una voz, que decía: ‘Salve, María, llena eres de gracia. El Señor es contigo, y bendita eres entre todas las mujeres’. Y ella miró en torno suyo, a derecha e izquierda, para ver de dónde venía la voz”.
Si la interpretación de Peppard es correcta, esto haría el retrato en la iglesia de Dura-Europos la imagen más antigua de la Virgen María.
   
Anunciación en el pozo (Miniatura bizantina del siglo XII. Biblioteca Nacional de Francia).
  
Según Leith, otras imágenes tempranas de la Virgen María pueden dar luz sobre las creencias cristianas en los primeros siglos de la era cristiana.
   
“Entre las piezas está como veían los cristianos a María, la Madre de Jesús, en los primeros siglos de la cristiandad. El estatus de María en la cristiandad solamente se hizo oficial en el 431 cuando el concilio de Éfeso le otorgó el título de Theotokos, ‘la que ha dado a luz a Dios’. La información sobre el significado de María antes de esto, sea visual o textual, es sorprendentemente escasa, pero la arqueología ha suplido algunas pistas útiles”.
   
Da un vistazo a profundidad en el retrato de la mujer en el pozo de la iglesia de Dura Europos y explora otras imágenes antiguas de la Virgen María leyendo el artículo completo “Primeras descripciones de la Virgen María” por Mary Joan Winn Leith en la edición Marzo/Abril de 2017 de la Revista de Arqueología Bíblica.

martes, 16 de junio de 2020

LA ACTITUD CATÓLICA FRENTE A LA MUERTE Y LA CONCEPCIÓN MATERIALISTA DE LA VIDA

Artículo del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira publicado en la revista Catolicismo Nº 11 (Noviembre de 1951). Traducción e imágenes por EL PERÚ NECESITA DE FÁTIMA en la revista Tesoros de la Fe Nº 215 (Noviembre de 2019).
  
“TRAGADA HA SIDO LA MUERTE EN LA VICTORIA” - LA ACTITUD CATÓLICA FRENTE A LA MUERTE Y LA CONCEPCIÓN MATERIALISTA DE LA VIDA
“He aquí os digo un Misterio: todos ciertamente resucitaremos, mas no todos seremos mudados.
 
En un momento, en un abrir de ojo, en la final trompeta: pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles: y nosotros seremos mudados.
  
Porque es necesario, que esto corruptible se vista de incorruptibilidad: y esto que es mortal, se vista de inmortalidad.
  
Y cuando esto, que es mortal, fuere revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Tragada ha sido la muerte en la victoria”. [1]
Con estas magníficas palabras, San Pablo (1 Cor 15, 51-54) anuncia a las gentes la buena nueva de la resurrección de la carne.
  
Velatorio de Juan Larra, Deleitosa, Extremadura, España, 1951
   
Nuestra ilustración representa a piadosas mujeres velando un cadáver en una pequeña aldea de la España católica. Están consternadas por el dolor de la separación. Pero en su sufrimiento no hay desesperación, ni acidez, ni rebeldía. Una atmósfera de serena conformidad, suave resignación y oración recogida domina el ambiente. Se trata de un verdadero hogar cristiano; y en todos los rincones del universo, donde quiera que haya un hogar cristiano rico o pobre, herido por la muerte, la atmósfera será siempre esta. Los verdaderos hijos de la Iglesia, en efecto, creen en la resurrección de la carne y saben que por la Redención del género humano “la muerte ha sido destruida por la victoria”.
  
FRENTE A LA MUERTE, DOS ACTITUDES EXTREMAS
El espíritu del mundo no comprende estas cosas, y por eso adopta con relación a la muerte actitudes completamente diferentes de la que es propia del genuino católico. En la raíz de todo, el temor, un temor de pánico, que en vista de la sepultura convulsiona todo el ser, perturba toda lucidez, destruye toda valentía.
  
Las miserias grandes y pequeñas que este terror ocasiona son casi incontables: el recelo de acudir al médico, y allí recibir un diagnóstico amenazador; el miedo de hacer testamento; el horror de presenciar la agonía de alguien; el desagrado profundo de participar de funerales, de usar luto, y hasta de dar pésames; son fenómenos nerviosos confesados o inconfesados, y tan generalizados que sería superfluo insistir sobre ellos.

El dolor, Émile Friant, 1898 – Museo de Bellas Artes de Nancy, Francia
   
Otro aspecto del terror a la muerte está presente en los cuidados exagerados con la salud, en el miedo al envejecimiento, en la propensión de cada uno a desestimar su propia edad. Y así se va llegando hasta el momento ineludible. Cuando al fin los dedos de la muerte posan sobre alguien, y lo llevan sin disimulo hacia el gran y último viaje, estas miserias se acentúan aún más. Cuántas veces el enfermo —contando con la complicidad de médicos y amigos— intenta engañarse hasta el final sobre la gravedad de su propia condición. Cuando no hay más remedio que reconocer que los instantes supremos han llegado, el enfermo no tiene el valor de mirar hacia adelante, al ocaso que lo va envolviendo, a la oscuridad que se aproxima y prefiere volverse hacia el pasado: son las despedidas interminables, las reminiscencias, los últimos regalos, etc. Hasta que el desenlace final sobreviene, arrastrando todo en su vorágine.
   
  
El hecho está consumado, la muerte irrumpió en el hogar, ahora le corresponde a los vivos tomar una actitud frente a ella. Los que tenían un sincero afecto por el difunto desfallecen, se agitan, se rebelan. Son los llantos trágicos, los gritos lancinantes, las postraciones profundas y sin remedio. Otros, al contrario, huyen despavoridos, procurando olvidar al muerto para huir del recuerdo que la muerte trae.
   
Son los espíritus que se pierden intencionalmente en los pormenores sociales de los funerales y del luto, que abrevian tanto cuanto sea posible la presencia del cadáver en casa, que “simplifican” de todos los modos las honras fúnebres, para que pasen rápidas y sin dejar vestigio. Entre estas dos actitudes extremas, ¡qué diferente es la posición del católico!
    
LA IGLESIA JUSTIFICA NUESTRO DOLOR Y A ÉL SE ASOCIA
La Iglesia nos enseña que la muerte es un castigo impuesto por Dios a los hombres, a consecuencia del pecado original. Es propio del castigo producir aflicción y dolor. Como Dios es infinitamente sabio y poderoso, y hace con perfección todas sus obras, este castigo instituido por Él ha de ser necesariamente capaz de producir mucha aflicción y mucho dolor. Fue de esto ejemplo supremo la muerte voluntaria de nuestro Salvador — sumamente aflictiva, inefablemente dolorosa. Los instintos humanos retroceden frente a la aflicción y al dolor, y es natural que se aterroricen frente a la muerte.
   
  
Muchos santos murieron inundados de consolaciones sobrenaturales, aceptando la muerte con más placer del que otros aceptan honras o riquezas. Son verdaderos milagros de la gracia, en que la unción sobrenatural es tan intensa que, por así decir, suspende los estertores de la naturaleza. El común de los hombres no está en ese caso, pues mueren con miedo y con dolor.
   
Si la muerte hace sufrir, es legítimo que participen del dolor los que aman al finado, y la Iglesia siempre aprobó las costumbres sociales tendientes a rodear la muerte con las manifestaciones exteriores del dolor. Por eso la liturgia para los difuntos asume todas las señales de la tristeza. Siendo Ella la maestra y la propia fuente de la inmortalidad, no desdeña participar de nuestras lágrimas y revestirse de nuestro luto.
   
Los paramentos del sacerdote son negros, negro es el tejido sobre el cual se dan las absoluciones, y la música de la liturgia de los difuntos canta con poderosa fuerza de expresión el dolor de los hombres frente a la muerte. Los textos litúrgicos suenan en unísono con nuestros gemidos. Como maestra, la Iglesia justifica nuestro dolor; como madre, a él se asocia. Por eso también incita a que la caridad de los fieles se manifieste generosamente a propósito de la muerte.
    
TRADICIONALES COSTUMBRES LUCTUOSAS
Velar los cadáveres, participar de los funerales, visitar a las familias enlutadas, comparecer a la misa en sufragio por el alma del difunto… son actos que muy frecuentemente se practican hoy con un espíritu absolutamente mundano y naturalista. No deben ser abolidos estos actos, que en sí mismos son excelentes y rigurosamente coherentes con lo que la Iglesia enseña a respecto de la muerte. Lo que debe ser abolido es ese espíritu naturalista y mundano.
   
En los siglos de civilización cristiana, las costumbres sociales, lentamente constituidas bajo el soplo del espíritu católico, fueron dando forma y expresión a todas estas ideas. De ahí el luto, que los pueblos occidentales usan con el color negro, al juzgar que este color sirve para expresar el dolor, y de hecho eso tiene algún fundamento.
   
Pero, se puede preguntar, ¿será necesario “reglamentar el luto”, de modo que las costumbres impongan un plazo determinado y determinada forma de luto para los viudos, padres, hijos y demás parientes? ¿No sería mucho más expresivo dejar la duración del luto confiada al sentimiento de cada uno? En los siglos de civilización cristiana, el consenso general juzgó de otro modo y con razón. Porque, si vivimos en sociedad, debemos explicaciones de nuestros actos al próximo, y es justo que expresemos a los demás el pesar que legítimamente sentimos por su muerte. Si no manifestamos este pesar, dejamos trasparecer una indiferencia que redundaría en desdoro para nosotros o para el difunto.
 
Por un tácito y general consenso, es bueno que se fije un plazo mínimo para el duelo. Siempre tendrá algo de arbitrario, pero debe ser tal que después de este periodo nadie tenga miedo de dejarlo sin faltar a la decencia. Claro está que las costumbres imponían un plazo mínimo, pero no censuraban a quien quisiera llevar el luto más allá de ese plazo. En cualquier caso, la compostura que el cristiano debe mantener en toda su conducta estaba resguardada.
  
Según nuestras costumbres tradicionales, los funerales no se revestían apenas de señales de dolor, sino también de pompa. El más pobre de los entierros tenía siempre algo de grandioso, hasta en su propia sencillez. Nada más razonable, pues un hombre vale mucho, por menos que lo haga en la escala social. Criatura de Dios — más aún, hijo de Dios por el bautismo — él fue creado para la gloria inmortal. Justo es que esta fundamental dignidad del hombre, encubierta tantas veces por las vicisitudes de la vida, sea resaltada en el momento de la muerte, es decir, en el momento en que todos, grandes y pequeños, pierden todo cuanto poseen, y quedan reducidos a la mera condición esencial e inalienable de hombres y de hijos de la Iglesia.
   
La familia real holandesa durante el funeral del príncipe Juan Friso, hijo de la reina Beatriz (primera a la derecha), en agosto de 2013
  
Siendo la muerte un castigo de Dios, participa de algún modo de la majestad del propio Dios, está puesta en los umbrales de la eternidad. Tales umbrales son tan inmensos, que en vista de ellos todo cuanto es grandeza humana queda reducido a polvo. ¿Hay algo más majestuoso que la muerte? ¿Y algo más digno de ser destacado con pompa?
  
Cortejo fúnebre en el interior de Inglaterra, a comienzos del siglo XX
  
MANIFESTAR DOLOR, PERO CON RESIGNACIÓN Y ESPERANZA
En el siglo XIX, todo impregnado de romanticismo, parecía que había alguna complacencia con el dolor. Por eso, sin mayor dificultad se mantuvieron las costumbres cristianas referentes a la muerte y a los funerales. En muchos sentidos, hasta se exageraba. En la literatura, en la música, en el arte, en el modo de vivir del siglo XIX, el dolor se expresó muchas veces con una nota de desgarradora tragedia, desesperación, rebeldía, que desentona de las enseñanzas de la Iglesia. La Iglesia aprobó siempre que se llorase la muerte, pero como una separación temporal que terminaría con un feliz reencuentro en la bienaventuranza eterna.
  
Monumento funerario en un cementerio de Estados Unidos 
 
Era un dolor sentido, sí, pero lleno de esperanza, consolación, resignación, pues una cosa es una separación temporal, otra una separación definitiva. En el siglo XIX, un siglo sin fe, se veían las sombras de la muerte, pero no se querían ver más allá de esas sombras los destellos de la resurrección y del cielo. De ahí la nota de tragedia y desesperación en materia funeraria, tan frecuente entonces.
   
Nadie consigue encarar detenidamente la muerte por mucho tiempo cuando no tiene fe. Fue lo que sucedió a los hombres. Perdida la fe en el siglo XIX, en el siglo XX comenzaron a desviar el rostro de la muerte. De ahí una tendencia a restringir la solemnidad, alejándola de todo lo que concierne a la muerte.
  
TRISTES COSTUMBRES MODERNAS PARA EVITAR LA TRISTEZA
Otrora los cadáveres eran velados en casa por veinticuatro horas; hoy a veces no se completan doce. Otrora se revestía de paños negros toda la sala en que el cadáver quedaba expuesto; hoy esta costumbre tiende a desaparecer, y muchas familias prefieren no hacer en casa la exposición del cuerpo. Otrora el dolor tenía la libertad de manifestarse en la cámara ardiente, dentro de los límites de la dignidad y de la compostura; hoy es de buen gusto ahogar en público, tanto cuanto posible, la manifestación de los sentimientos, y de encerrarse en el cuarto los que desean llorar. Otrora se enviaban flores, costumbre que llegó hasta cierta exageración; hoy se tiende a abolir este modo de testimoniar nostalgias. Otrora se iba al entierro con traje de solemnidad, que para los hombres era el frac; hoy sirve cualquier traje común. Otrora los carros funerarios eran jalados a caballo, costumbre que se conservó por muchos años después de la introducción del automóvil en la vida civil; más tarde el uso del automóvil se volvió exclusivo, y la forma de este fue evolucionando hasta tomar el aspecto de un repartidor de mercadería. Otrora el luto era largo y muy visible; hoy es rápido y reducido.
  
El punto extremo de esta transformación fue alcanzado en un país —al menos en algunas regiones— en que los cadáveres son pintados como si estuvieran vivos, arreglados como para una fiesta y sentados en actitud normal en el living de la casa. Se reúnen los amigos, alguien ejecuta algunas músicas suaves, después van todos a un lindo jardín que sirve de cementerio. El muerto, envuelto en un paño de color verde, risueñamente verde, baja a la tumba… cuando no es cremado. Y está terminado el funeral. Del luto, ni se hable.
  
Renard Matthews, asesinado en Nueva Orleans a la edad de dieciocho años. En su funeral, la familia decidió sentarlo en una silla, haciendo lo que más le gustaba: sostiene en las manos un control de videojuegos y está “viendo” un partido de basket por televisión, de su equipo favorito.
   
* * *
  
¿Por qué hicimos esta larga digresión sobre la muerte? Porque, en cierto sentido, lo que hay de más importante en la vida es la muerte.
  
Mientras los hombres no tengan una actitud recta, equilibrada y cristiana frente a la muerte, no serán capaces de tener una actitud recta, cristiana y equilibrada frente a la vida.
    
NOTA

lunes, 12 de agosto de 2019

BENDICIÓN DE SANTA CLARA DE ASÍS

  
INTRODUCCIÓN
El original más antiguo hasta ahora encontrado remonta a 1393. Está escrito en alemán medieval y en él la bendición es dirigida a Santa Inés de Praga. Fue publicado por Walter Warren Seton, Benedíctio S. Claræ, en Archívum Franciscánum Históricum, VII (1914), págs. 189-190 [1]. Otro original antiguo presenta la bendición en latín y es dirigida a Ermentrudis de Brujas. En otro texto antiguo la bendición aparece dirigida a todas las hermanas. Es bien posible que Santa Clara en la hora de la muerte hubiese usado una fórmula para todas las hermanas, derivada de la que ya usara para algunas hermanas en particular. Pero puede ser que desde el principio la bendición haya sido compuesta para todos los monasterios. En la leyenda del Beato Tomás de Celano podemos leer: “Ómnibus dominábus monasteriórum páuperum tam præséntibus quam futúris largam benedicitiónis grátiam imprecámur” [2].
   
Es de notar que Santa Clara, tal como San Francisco en las Alabanzas a Dios para Fray León, usa la fórmula bíblica del Libro de los Números [3]. Presentamos la traducción de la bendición a todas las hermanas, acompañada con el texto original de los Opúscula

BENDICIÓN DE SANTA CLARA
  
LATÍN
1 In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti. Amen.
2 Benedícat vobis Dóminus, et custódiat vos.
3 Osténdat fáciem suam vobis, et misereátur vestri.
4 Convértat vultum suum ad vos, et det vobis pacem (cfr. Num. 6, 24-26), soróribus et filíabus meis,
5 et ómnibus áliis ventúris et permansúris in vestro collégio, et cœ́teris áliis tam præséntibus quam futúris, quæ fináliter perseveráverint in ómnibus áliis monastériis páuperum dominárum.
6 Ego Clara, ancílla Christi, plántula beatíssimi patris nostri sancti Francísci, soror et mater vestra, et aliárum sorórum páuperum, licet indígna,
7 rogo Dóminum nostrum Jesum Christum, per misericórdiam suam et intercessiónem sanctíssimæ suæ Genitrícis sanctæ Maríæ, et beáti Michaélis Archángeli, et ómnium sanctórum Angelórum Dei, beáti Francísci patris nostri, et ómnium Sanctórum et Sanctárum,
8 ut ipse Pater cœléstis det vobis, et confírmet istam sanctíssimam suam benedictiónem in cœlo et in terra (cfr. Gen. 27, 28) [4]:
9 in terra, multiplicándo vos in grátia, et in virtútibus suis inter servos et ancíllas suas in Ecclésia sua militánti;
10 et in cœlo, exsaltándo vos et glorificándo in Ecclésia triumphánti inter Sanctos et Sanctas suas.
11 Benedíco vos in vita mea et post mortem meam, sicut possum et plus quam possum, de ómnibus benedictiónibus,
12 quibus Pater misericordiárum (cfr. 2 Cor. 1, 3) fíliis et filíabus benedíxit, et benedícet in cœlo (cfr. Eph. 1, 3) et in terra,
13 et pater et mater spirituális fíliis suis et filíabus spirituálibus, et benedíxit et benedícet. Amen.
14 Estóte semper amatríces Dei et animárum vestrárum, et ómnium sorórum vestrárum,
15 et sitis semper sollícitæ observáre quæ Dómino promisístis.
16 Dóminus vobíscum sit semper (cfr. 2 Cor. 13, 11), et útinam vos sitis semper cum Ipso (cfr. Joann. 12, 26; 1 Thess. 4, 17). Amen.
  
TRADUCCIÓN
1 En el nombre del Padre, y del Hijo ,y del Espíritu Santo. Amén.
2 El Señor os bendiga y os guarde.
3 Os muestre su faz, y tenga misericordia de vosotras.
4 Vuelva su rostro a vosotras, y os dé la paz (cf. Núm. 6, 24-26), a vosotras, hermanas e hijas mías,
5 y a todas las otras que han de venir y permanecer en vuestra comunidad, y a todas las demás, tanto presentes como futuras, que perseveren hasta el fin en todos los otros monasterios de Damas Pobres.
6 Yo, Clara, sierva de Cristo, plantita de nuestro muy bienaventurado padre San Francisco, hermana y madre vuestra y de las demás hermanas pobres, aunque indigna,
7 ruego a nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia y por la intercesión de su santísima Madre santa María, y del bienaventurado Miguel Arcángel y de todos los santos Ángeles de Dios, de nuestro bienaventurado padre Francisco y de todos los Santos y Santas,
8 que el mismo Padre celestial os dé y os confirme ésta su santísima bendición en el cielo y en la tierra (cf. Gén. 27, 28):
9 en la tierra, multiplicándoos en su gracia y en sus virtudes entre sus siervos y siervas en su Iglesia militante;
10 y en el cielo, exaltándoos y glorificándoos en la Iglesia triunfante entre sus santos y santas.
11 Os bendigo en vida mía y después de mi muerte, como puedo y más de lo que puedo, con todas las bendiciones
12 con las que el Padre de las misericordias (cf. 2 Cor. 1, 3) ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas en el cielo (cf. Ef. 1, 3) y en la tierra,
13 y con las que el padre y la madre espiritual ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas espirituales. Amén.
14 Sed siempre amantes de Dios y de vuestras almas y de todas vuestras hermanas,
15 y sed siempre solícitas en observar lo que habéis prometido al Señor.
16 El Señor esté siempre con vosotras (cf. 2 Cor. 13, 11), y ojalá que vosotras estéis siempre con Él (cf. Jn. 12, 26; 1 Tes. 4, 17). Amén.
  
NOTAS
[1] Ver Untersuchungen über die quellen zum Leben der Hl. Klara von Assisi, en Franciscan Studies XXIII (1936), págs. 300-301 y las respectivas notas. La edición de los Opúscula Ómnia Sanctæ Claræ Assisiénsis publica las tres versiones, la bendición a todas las hermanas, en latín, la versión latina de la bendición a Ermentrundis de Brujas y la versión en alemán medieval a Santa Inés de Praga. Fray Joaquín María Beltrán Sellés publica la traducción de la bendición a todas las hermanas. Los Schriften de ENGELBERT GRAU publican la versión destinada a Santa Inés de Praga y la BAC publica la bendición a todas las hermanas, aunque con algunas diferencias en relación al texto de los Opúscula y los Documents por Damien Vorreux reportan la versión a todas las hermanas.
[2] Leyenda de Santa Clara Virgen, 45: «implora la gracia de una larga bendición sobre todas las damas pobres de sus monasterios, tanto presentes como futuros».
[3] Cf. Fuentes I, págs. 44. 53.
[4 ]Cf. T 40-41.