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martes, 25 de septiembre de 2018

NOVENA EN HONOR A SAN FRANCISCO DE ASÍS

Novena compuesta por un fraile franciscano de Palma de Mallorca en 1850. Mons. Rafael Manso, Obispo de Mallorca, concedió por cada oración 40 días de Indulgencia. Puede rezarse en cualquier momento del año, y por devoción en preparación a sus fiestas (las dos primeras son celebradas por toda la Iglesia, las otras son exclusivas de la Orden Franciscana):
  • 4 de Octubre (Fiesta litúrgica).
  • 17 de Septiembre (Impresión de los Sagrados Estigmas).
  • 16 de Abril (Primera aprobación de la Regla franciscana por el Papa Inocencio III).
  • 25 de Mayo (Traslación de sus reliquias y dedicación de la Basílica Patriarcal de Asís).
  • 16 de Julio (Canonización por el Papa Gregorio IX).
  • 12 de Diciembre (Hallazgo del cuerpo de San Francisco de Asís en tiempo de Pío VII).

MODO DE PRACTICAR ESTA NOVENA
Para que el santo ejercicio de esta novena sea provechoso a tu alma, y puedas alcanzar por medio de ella lo que deseas, te esforzarás en imitar la virtud que en cada uno de estos nueve días te enseñará el santo Patriarca, y la que será el objeto de tu meditación. Puesto de rodillas delante del altar o imagen del santo, procurarás arreglar tus potencias y sentidos, y movido de una santa compunción, contrito y humillado dirás de esta manera:

NOVENA EN HONOR AL SERÁFICO PATRIARCA SAN FRANCISCO DE ASÍS

   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.
Dios omnipotente y Padre misericordiosísimo, que penetráis hasta lo más íntimo del corazón, aquí me tenéis rendido a vuestra divina presencia, movido de un vivo deseo de conocer mis pecados, para poderlos debidamente llorar, y obtener de vuestra inefable bondad el perdón de todos ellos. Alumbrad mi entendimiento con vuestras soberanas luces, inflamad mi voluntad con un rayo de vuestro divino amor, para que devota y fructuosamente medite en esta novena las virtudes, que con su ejemplo me enseñará mi seráfico padre San Francisco. Sostenedme, Dios mío, con vuestra gracia. María, Madre de Dios y madre de pecadores, ayudadme a alcanzar de vuestro divino Hijo el perdón de todas mis culpas, y la perseverancia final en su santo amor y temor. Amén.
 
DÍA PRIMERO - 25 DE SEPTIEMBRE
MEDITACIÓN SOBRE LA HUMILDAD DE SAN FRANCISCO.
En el instante mismo en que fue concebido el seráfico Patriarca, fue tal el resplandor con que el Cielo iluminó todo el valle de Espoleto, donde moraban sus padres, por manera que estremecido el Infierno de tan grande prodigio, movió implacable guerra contra el que iba a nacer, hasta acabar con su vida, si pudiese. Pero ¿qué podria conseguir Lucifer y sus ministros contra el que custodiaban millares de ángeles? Dios tiene destinado a San Francisco para exaltarle y engrandecerle, y San Francisco a la vez se humilla y abate; y esta misma humildad, con que especialmente le honra la Iglesia, le elevó a aquel trono de gloria, del que por su soberbia había sido destronado el ángel malo.
 
ORACIÓN
Señor mío Jesucristo, resplandor del Padre de las luces, que en señal de que el seráfico Patriarca venía a iluminar el mundo con las luces de su ejemplo y predicación, derramasteis en el momento de su concepción un raudal admirable de fulgores sobre el suelo de su patria; suplicoos, Señor mío, que por sus méritos y poderoso valimiento llegue al conocimiento de mi propia nada y al de mis pecados, para que verdaderamente arrepentido de todos ellos, los confiese con verdadero dolor, permaneciendo siempre humillado bajo el suave yugo de vuestra divina ley; con lo cual merezca el premio prometido a los humildes de corazón, que es el ser exaltado en la eterna gloria. Así sea.
 
Ahora diremos cinco veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri en memoria de las cinco llagas que imprimió Jesucristo Señor nuestro en el cuerpo de nuestro seráfico Padre.
  
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.
Seráfico Padre mío, prodigio de la gracia y copia la más viva de Cristo crucificado, he meditado una de vuestras heroicas virtudes, y prometo desde ahora arreglar conforme a ella mi comportamiento. Elegido vos para reparar el mundo, vuestra voz, cual clarín evangélico, resonó por todas partes, despertando a los pecadores del funesto letargo de la culpa. Despertad, Padre mío, mi adormecida conciencia, y haced que, avivado por la divina gracia, llore humildemente mis desaciertos y extravíos. Vos formasteis, cuando acá en la tierra morábais, la caritativa resolución de conceder cuanto se os pidiese por amor de Dios. Por este mismo amor suplícoos que de tal modo ejerciteis conmigo los oficios de padre, de manera que nunca desmerezca vuestra protección y amparo, cumpliendo siempre, a imitación vuestra, lo que sea del agrado de Dios. Y vos, dulcísima Madre mía, que tanto agraciasteis a vuestro siervo San Francisco, impetradme de vuestro divino Hijo la gracia particular que le pido en esta sagrada novena, si ha de ser a mayor gloria de Dios, provecho del prójimo y bien de mi alma. Para ello interpongo también la poderosa protección de mi seráfico Patriarca, ayudado de la cual y de la vuestra, me prometo una vida santa, una muerte dichosa y la bienaventuranza eterna. Así sea.
  
GOZOS EN HONOR AL SERÁFICO PATRIARCA SAN FRANCISCO
  
Pues con Dios tanta cabida
Tenéis, Padre soberano,
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
   
Vuestro nacimiento santo
Causó con igual porfía
Al mundo eterna alegría
Como al Infierno dio llanto:
El Cielo ansioso por tanto
Como un pesebre os convida.
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
   
Cuando os llegasteis a echar
En la nieve, Santo mío,
No tuvisteis miedo al frío,
Que a todos hace temblar:
Y pues no disteis lugar
A la pasión atrevida.
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
   
En una zarza, a mi ver,
De cambrones penetrantes,
¡Oh Francisco!, quereis antes
Arrojaros, que caer:
Y la que espinas fue ayer,
Hoy de tenerlas se olvida.
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
   
En apariencias de dama
Os tentó el demonio, y luego
Para apagar aquel fuego
De otro fuego hicisteis cama:
Vuestra fervorosa llama
Fue del Infierno temida.
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
   
Herido, mi Padre fiel,
En manos, pies y costado,
De Cristo crucificado
Hacéis un vivo papel:
Y pues sois a la de Aquél
Imagen tan parecida.
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
  
Entre resplandores bella,
Dejó el mundo vuestra alma,
A gozar dichosa palma
Se fue como clara estrella:
Y pues del lugar de aquella
Dio Lucifer su caída.
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
   
En pie quedó, como es cierto,
¡Oh divino Serafìn!,
Vuestro cuerpo, porque al fin
No tuvo en qué caer muerto:
Y en la esfera en que os advierto,
Sois de pobres acogida.
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
   
Y pues sois patrón y guía
De quien busca vuestro amparo,
Dadnos, Francisco, la mano,
Para imitar vuestra vida.
 
Antífona: ¡Oh mártir de deseo, San Francisco! ¡Con qué afecto tan tierno y compasivo sigues por el camino de la Cruz al que se la carga por tu amor! En vano suspiras por el martirio, pues ya el mismo Señor crucificado imprime en ti sus llagas, y hace que sientas la atrocidad de sus dolores. Atiende desde el Cielo a tus devotas ovejuelas, y alcánzales de Dios que vayan a aumentar el número de tus dichosos compañeros en la gloria.
  
℣. Ruega por nosotros, padre nuestro San Francisco.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que por los méritos del bienaventurado San Francisco adornaste tu Iglesia con una nueva familia, concédenos que, a imitación suya, despreciemos las cosas de la tierra, y nos hagamos dignos de ser partícipes de los dones celestiales: Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
      
DÍA SEGUNDO - 26 DE SEPTIEMBRE
Por la señal…
Acto de contrición.
  
MEDITACIÓN SOBRE LA POBREZA DE SAN FRANCISCO.
Estando en gravísimos dolores la madre del seráfico Patriarca, sin que pudiese darle a luz, un ángel en apariencia de peregrino se acercó a la puerta de su casa, y dijo a los que en ella había: «Si queréis que la señora tenga un feliz y pronto alumbramiento, conducidla al establo, y cumplidos quedarán todos vuestros deseos». En seguida la condujeron al indicado lugar, y recobrando ésta de repente los perdidos alientos, vio nacido con felicidad el fruto de sus entrañas. ¡Oh viva imagen de Jesús! La pobreza de un establo os muestra el camino que habéis de seguir, y os posesiona la virtud que en este día quereis enseñarme. A la pobreza de espíritu llamábais vuestra madre, vuestra hermana y vuestra señora, y en desnudez y pobreza quisisteis vivir y morir.
 
ORACIÓN
Dulcísimo Jesús de mi vida, que con admirable providencia dispusisteis que naciese el seráfico San Francisco en un establo, para que desde el instante de su nacimiento comenzase a ser imagen vuestra: haced que así como supo desprenderse de todo afecto terreno, siendo su único deseo el copiar en sí la pobreza del pesebre y la desnudez del Calvario, no dejando a sus hijos otro patrimonio que la pobreza; sepa yo imitar a vuestro siervo San Francisco en esta heroica virtud, y que arrancando de mi corazón todo apego a las cosas terrenas, aprenda a ser un verdadero pobre de espíritu, y diga a imitación suya: «Dios y Señor mío, vos sois para mí todas las cosas»; y renunciándolo todo por vuestro amor, alcance el premio que teneis prometido a los pobres de espíritu, que es el Reino de los cielos. Amén.
  
Cinco Padrenuestros, con Ave María y Gloria Patri. La Oración y los gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA TERCERO - 27 DE SEPTIEMBRE
Por la señal…
Acto de contrición.
  
MEDITACIÓN SOBRE LA PENITENCIA DE SAN FRANCISCO.
Llevando a bautizar en la iglesia de San Rufino al recién nacido, dispuso Dios que un ángel en figura de peregrino se ofreciese a tener al niño en la pila mientras le bautizasen, lo que gustoso condescendió el que fuese destinado para este ministerio. Púsosele el nombre de Juan, nombre que encerraba el doble concepto de predicador y de penitente, para lo cual el Cielo le tenía destinado. Concluida la función desapareció el ángel peregrino, y luego se notó sobre el hombro derecho del niño Juan, que despues se llamó Francisco, una cruz roja, que llevó impresa toda su vida. ¡Oh signo de penitencia y de mortificación, cuán grabado quedaste en el alma del penitente San Francisco!
  
ORACIÓN
Omnipotente Dios, mi Criador y Salvador mío: por el sacramento del bautismo me habéis franqueado la entrada en los inmensos tesoros de vuestra gracia, y en retorno de tan gran beneficio me comprometí a abrazarme con la cruz de la mortificación. De esta virtud me proponéis un ejemplar el más cumplido y admirable en la persona del penitente San Francisco. Desde que emprendió este el camino de la cruz, que impresa llevó siempre en su hombro derecho, sus ayunos fueron continuos, sus disciplinas sangrientas y sus cilicios atroces. Sobre las punzantes espinas de una zarza y sobre las voraces llamas del fuego arrojaba su cuerpo desnudo, para mortificar la carne y rendir los esfuerzos de la concupiscencia. Haced pues, dulce Redentor mío, que yo aprenda a mortificar mis apetitos y a sujetar mis pasiones; y que caminando por la senda de la penitencia, llegue al término apetecido de vuestra gloria. Amén.
 
Cinco Padrenuestros, con Ave María y Gloria Patri. La Oración y los gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA CUARTO - 28 DE SEPTIEMBRE
Por la señal…
Acto de contrición.
  
MEDITACIÓN SOBRE LA PACIENCIA DE SAN FRANCISCO.
Después de haber pasado el seráfico Patriarca treinta días en el desierto, entregado a continuas y asombrosas penitencias, sale a predicar por las calles y plazas de Asís. Unos le tienen por loco, otros le llenan de insultos, los muchachos le apedrean, y todos le desprecian. Su mismo padre le obliga a que comparezca ante el tribunal del obispo, y después de haberle cubierto de oprobios e injurias, le precisa a que haga renuncia de su mayorazgo. ¡Oh invicta paciencia de San Francisco! A todo se resigna su pacientisimo espíritu, y despojándose hasta del vestido que lleva, para entregarle a su enfurecido padre, exclama: «De buena gana lo renuncio todo, y desde hoy en adelante podré decir con toda verdad: ya no tengo más padre que el que está en los Cielos».
  
ORACIÓN
Amantísimo Dios, Padre pacientísimo y Señor mío, vos que hicisteis conocer a vuestro querido siervo San Francisco cuán grata os es la virtud de la santa paciencia, virtud que tan cumplidamente supo imitar, sufriendo con resignación, no solo los insultos y oprobios de los extraños, sí que también los más amargos atropellamientos de su mismo padre. Agudos fueron los dolores y penosísimas las enfermedades con que probasteis su admirable paciencia: inhumanos fueron los tratamientos con que, permitiéndolo vos, probaron su extenuado cuerpo los hombres, y hasta los mismos demonios. Por esta misma paciencia de mi padre San Francisco, suplícoos humildemente que me concedáis aquella fortaleza de ánimo que necesito, para que así pueda suportar con alegría los trabajos y penalidades que sea de vuestro agrado enviarme, a fin de que merezca conseguir la recompensa que tenéis prometida a los que con paciencia se abrazan con la cruz de los contratiempos, ultrajes y toda suerte de desgracias. Así sea.
 
Cinco Padrenuestros, con Ave María y Gloria Patri. La Oración y los gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA QUINTO - 29 DE SEPTIEMBRE
Por la señal…
Acto de contrición.
  
MEDITACIÓN DEL AMOR QUE SAN FRANCISCO TENÍA A DIOS.
Caldeado el corazón de San Francisco en la fragua del amor divino, en alas de caridad vuela con sus compañeros a impetrar del sumo Pontífice la confirmación de la regla que le había inspirado Jesucristo. Asegurado de la divina misión, no suspira más que amar a Dios, y que sea amado y loado de todos los hombres. El incendio de caridad que abrasa su corazon, y que San Buenaventura llama «un ascua de fuego abrasador», le inflama, le diviniza, le merece el nombre de Serafín. Este mismo le hacia decir a sus hijos: «Nada debemos desear, nada más debemos apetecer que al Criador, al Redentor y al Salvador, porque solo Él es el verdadero bien, el bien por excelencia, el único bien que debemos amar. Alabemos pues, bendigamos, glorifiquemos, adoremos y demos gracias al Altísimo, eterno y sumo Dios».
  
ORACIÓN
Amorosísimo Redentor y bienhechor de las almas, ¿quién será capaz de comprender la caridad que ardía en el abrasado corazón de vuestro siervo Francisco? Traspasada su alma con el encendido dardo de vuestro amor, os decia: «Dios mío y todas las cosas! ¡Quién sois vos, dulcísimo Señor y Dios mío, y quién soy yo, vil gusano de la tierra! Yo, Señor, deseo daros todo mi corazón, todo mi cuerpo y toda mi vida; quiero amaros, y quisiera tener ocasiones en que manifestaros mi amor». Haced pues, dulce amor de los corazones, que el mío, que tantas veces se ha olvidado de su Dios, ya no piense más que en su Criador, y no sepa vivir sino amando al único objeto digno de ser amado. Quiero amaros, dulce Jesus mío, y a imitación del amante San Francisco, digo con toda la efusión de mi alma: «La fuerza de vuestro amor aparte de mi mente cuanto está bajo del Cielo, para que víctima del amor divino muera por Aquel que por mí murió». Así sea.
 
Cinco Padrenuestros, con Ave María y Gloria Patri. La Oración y los gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA SEXTO - 30 DE SEPTIEMBRE
Por la señal…
Acto de contrición.
  
MEDITACIÓN DEL AMOR DE SAN FRANCISCO A LOS PRÓJIMOS.
El ardoroso volcán del divino amor, que había trasformado a Francisco en un abrasado serafín, le hacía decir que no podia reputarse amigo de Cristo, si no extendia su caridad a las almas que había redimido con su Sangre. Contemplábase deudor a sus prójimos de su oración, de su predicación, de sus penitencias y de su buen ejemplo. Su caridad le hacía pensar en la salvación de los hombres, del mismo modo que había pensado Jesucristo; y clamando a Dios de lo íntimo de su corazón por la salud espiritual de los hombres, oye al divino Salvador que le dice: «Muy solícito andas tú y tus hijos por la salvación de las almas; pide pues lo que quieras por su salvación, porque yo te suscité para luz de las gentes y reparación de la Iglesia». Alentado Francisco con estas palabras, y con la protección de María, pide la célebre indulgencia de Porciúncula, con la que a todos quiere abrir las puertas del paraíso. «¡Oh caridad admirable!, exclama San Buenaventura. ¡Oh caridad excelsa, que a imitación del Apóstol hace a Francisco un todo para todos, para salvarlos a todos!».
  
ORACIÓN
Misericordiosísimo Abogado de los hombres, que en prueba de la complacencia con que escucháis los clamores de vuestros siervos, concedisteis a vuestro siervo Francisco la milagrosa indulgencia de Porciúncula, y quisisteis renovar en él los excesos de vuestra gran caridad a los hombres; haced que mi corazón, a imitación del caritativo Francisco, no solo se compadezca de las miserias espirituales de mis semejantes, sí que tambien de las corporales. Estas le hacían tan compasivo, que se tenía por ladrón si no socorría la necesidad del que contemplaba más necesitado que él, desprendiéndose de sus vestidos y de su necesaria comida en alivio de las necesidades ajenas; y aquellas las lloraba con tanta amargura, que se tenía por indigno de la misericordia de Dios si no la lograba por los pecadores. Por esta tan abrasada caridad os suplico, Padre mío, que arda mi corazón en llamas de amor al prójimo, y que siendo con él misericordioso, alcance el eterno premio que teneis prometido a los compasivos. Amén.
 
Cinco Padrenuestros, con Ave María y Gloria Patri. La Oración y los gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO - 1 DE OCTUBRE
Por la señal…
Acto de contrición.
  
MEDITACIÓN DEL AMOR DE LA PASIÓN DE JESUCRISTO.
Jesús crucificado y los tormentos de la pasión de este divino Redentor, a manera de un hacecillo de mirra moraban en la mente de Francisco, y en él deseaba con ansias transformarse. En el principio de su conversión le aparece Jesucristo chorreando sangre de sus llagas, y a su vista quedan de tal modo impresos en su alma los horrores del Calvario, que a su recuerdo no puede contener las lágrimas ni los suspiros en todo el resto de su vida. Le preguntan ¿por qué tan tierna y amargamente llora?, y contesta: porque llora la pasión de Jesucristo, cuyos dolores quisiera se dejasen sentir en todo el mundo. Este piadoso recuerdo es el que encarecidamente encarga a sus hijos, y este es el que le transforma en la imagen de Jesús, cuando sobre el nuevo Gólgota recibe las llagas de su amado. Francisco no conoce otro tesoro, otro galardón, otra gloria que a Jesús, y éste crucificado. Francisco es el nuevo reparador del mundo.
  
ORACIÓN
Amantísimo Jesús crucificado, que para renovar la memoria de vuestra pasión y muerte, que tan olvidada tenía nuestra ingratitud, hicisteis que apareciese al mundo el seráfico Francisco, e imprimisteis en sus manos, pies y costado vuestras sagradas llagas, y fuese una viva imagen vuestra; humildemente os suplico por los méritos de este mi glorioso Patriarca, que derramando en nuestros corazones el espíritu de gratitud y reconocimiento, nos animeis a agradecer y corresponder al beneficio inestimable de nuestra redención. Haced, Señor, que a imitación de San Francisco, llevemos siempre impresos en nuestra alma los dolores agudísimos y los crueles tormentos que quisisteis padecer para rescatarnos de la muerte eterna. Imprimid, oh benignísimo Jesús, imprimid en nuestra mente la memoria de vuestra muerte, inflamad nuestros corazones con el fuego de vuestro amor, y haced que a imitación de San Francisco no deseemos otra gloria, otro tesoro, que a Jesús, y éste crucificado. Amén.
 
Cinco Padrenuestros, con Ave María y Gloria Patri. La Oración y los gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO - 2 DE OCTUBRE
Por la señal…
Acto de contrición.
  
MEDITACIÓN DE LA DEVOCIÓN DE SAN FRANCISCO AL SANTÍSIMO SACRAMENTO.
Aquel amor incomprehensible de Jesús al hombre, que le obligó a permanecer entre nosotros en el santísimo Sacramento de la Eucaristía, era el objeto de las fervorosas meditaciones del patriarca San Francisco, y el que le inundaba de estupor al paso que de júbilo. Comulgaba frecuentemente, dice San Buenaventura; pero con tanta devoción que volvía devotos a los que le miraban. El humildísimo concepto que tenía formado de sí mismo, y la angelical pureza que debe acompañar a los ministros de tan tremendo sacrificio, que simbolizada en un vaso de tersísimo licor le dio a conocer un ángel enviado del Cielo, le retrajeron de ascender a la dignidad sacerdotal. Movido de esta misma reverencia decia a los sacerdotes de su orden: «Tributad, hermanos míos, tributad todo el honor y reverencia que podáis al Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo». Si la bienaventurada Virgen María es tan altamente honrada porque trajo en su seno el sagrado cuerpo de Jesucristo, ¿cuál debe ser la santidad y pureza del que le hace bajar del Cielo a la tierra, le recibe en su pecho, y aun le da a gustar a los demas? Estremézcase toda la tierra, y humíllese confundido el hombre cuando ve en manos del sacerdote a Cristo, hijo de Dios vivo. ¡Oh obra estupenda y admirable! ¡Oh prodigio de amor! ¡Oh liberalidad inestimable! El Dios de los cielos y de la tierra se humilla hasta ocultarse por nuestra salud bajo las especies de pan. Humillémonos también nosotros, y postrémonos a su presencia.
  
ORACIÓN
Dulcísimo y amorosísimo Jesús, que tantas veces hicisteis gustar a vuestro siervo Francisco aquellas celestiales dulzuras, que gustan las almas que dignamente os reciben en el sacramento del amor: yo me confundo a vista del estupendo prodigio, que obrasteis por nuestro amor, y no puedo hacer otra cosa que humillarme en vuestra real presencia. ¡Cuán poco he imitado al serafín Francisco en aquella pureza y santidad de alma, que exigis a los que deben gustar el pan de los ángeles, que nos tenéis siempre preparado en la Eucaristía! Vos, Señor, hacíais sentir al patriarca Francisco las más delicadas dulzuras en medio de las más grandes tribulaciones. ¡Oh Señor! No merezco estos favores; pero por el amor que os obligó a quedaros en el augusto Sacramento del altar, dad una mirada benigna sobre esta mi pobrecita alma, derramando en ella una sola gota de aquel bálsamo suavísimo con que curáis las más profundas llagas; y haced que a imitación de San Francisco no ame, ni quiera, ni desee amar otra cosa, sino a vos, en agradecimiento del amor que me manifestais en el santísimo Sacramento. Amén.
 
Cinco Padrenuestros, con Ave María y Gloria Patri. La Oración y los gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA NOVENO - 3 DE OCTUBRE
Por la señal…
Acto de contrición.
  
MEDITACIÓN DE LA DEVOCIÓN DE SAN FRANCISCO A LA INMACULADA VIRGEN MARÍA.
La santa Iglesia quiere que nosotros llamemos a la Virgen María esperanza nuestra: «Esperanza nuestra, Dios te salve». De tal manera tenía el patriarca San Francisco puesta en esta divina Madre su esperanza, que la constituyó su patrona y la de toda su Orden seráfica. En su honor, dice San Buenaventura, «ayunaba desde la fiesta de los apóstoles San Pedro y San Pablo, hasta su triunfante Asunción a los cielos; y en el primer capítulo que celebró, ordenó a sus hijos que cantasen todos los sábados una misa solemne en honor de la inmaculada Virgen María». Las iglesias consagradas a esta divina Señora eran el objeto de su mayor devoción, y su aseo y adorno el de su atención. Tantos obsequios, tantas oraciones y tantas devociones con que honraba a tan digna Madre, eran efecto de su amor; y este amor le hacía decir, que «ni en el Cielo ni en la tierra se conocía otro nombre, despues del de Jesús, del que reportasen los fieles mayores gracias, en quien depositaran mejor su confianza, ni de quien recibiesen mayor consuelo que del santísimo Nombre de María». Y María a la vez corresponde a la devoción de Francisco, depositando en sus brazos el fruto virginal de sus entrañas, y asegurándole su proteccion para con sus hijos y devotos.
  
ORACIÓN
Jesús y Señor mío, vos manifestasteis a mi padre San Francisco que el medio más seguro para llegar a vos es el de María vuestra Madre. Rogad pues por mí, ¡oh Madre de Dios!, ya que vuestro Hijo os escucha y os concede todo lo que le pedís. Es verdad que soy indigno de vuestra protección; pero vos nunca habéis abandonado al que ha recurrido a vos. ¡Oh María! A vos entrego mi alma: vos habéis de salvarla. Por los méritos de vuestro devoto Francisco os suplico que me alcancéis la perseverancia en la divina gracia, y el amor para con vuestro Hijo y para con vos. Alcanzadme, ¡oh Madre mía!, este favor de que yo, a imitación de mi padre San Francisco, siempre acuda a vos en todas mis tentaciones y peligros de perder la gracia. Asistidme especialmente en la hora de mi muerte: haced que expire pronunciando vuestro nombre y el de vuestro Hijo, diciendo: «Jesús y María, a vosotros encomiendo el alma mía. Amén».
 
Cinco Padrenuestros, con Ave María y Gloria Patri. La Oración y los gozos se rezarán todos los días.

viernes, 30 de abril de 2010

SANTA CATALINA DE SIENA, DOCTORA DE LA IGLESIA

Donde está vuestro tesoro,
allí también estará vuestro corazón.
(Lucas 12, 34)


Santa Catalina de Siena

VIRTUOSA DESDE LA CUNA

Santa Catalina nació en 1347 en Siena, hija de padres virtuosos y piadosos. Ella fue favorecida por Dios con gracias extraordinarias desde una corta edad, y tenía un gran amor hacia la oración y hacia las cosas de Dios. A los siete años, consagró su virginidad a Dios a través de un voto privado. A los doce años, la madre y la hermana de Santa Catalina intentaron persuadirla para llegar al matrimonio, y así comenzaron a alentarla a prestar más atención a su apariencia. Para complacerlos, ella se vestía de gala y se engalanaba con joyas que se estilaban en esa época. Al poco tiempo, Santa Catalina se arrepintió de esta vanidad. Su familia consideró la soledad inapropiada para la vida matrimonial, y así comenzaron a frustrar sus devociones, privándola de su pequeña cámara o celda en la cual pasaba gran parte de su tiempo en soledad y oración. Ellos le dieron varios trabajos duros para distraerla. Santa Catalina sobrellevó todo esto con dulzura y paciencia. El Señor le enseñó a lograr otro tipo de soledad en su corazón, donde, entre todas sus ocupaciones, se consideraba siempre a solas con Dios, y donde no podía entrar ninguna tribulación.

Más adelante, su padre aprobó finalmente su devoción y todos sus deseos piadosos. A los quince años de edad, asistía generosamente a los pobres, servía a los enfermos y daba consuelo a los afligidos y prisioneros. Ella prosiguió el camino de la humildad, la obediencia y la negación de su propia voluntad. En medio de sus sufrimientos, su constante plegaria era que dichos sufrimientos podían servir para la expiación de sus faltas y la purificación de su corazón.

INTIMIDAD Y ESPONSORIOS CON JESÚS

Como una consagración más formal a Dios, a los diez y ocho años, Santa Catalina recibió el largo hábito blanco y negro deseado de la tercera orden de Santo Domingo. El hecho de pertenecer a una tercera orden significaba que la persona viviría la espiritualidad Dominica, pero en el mundo secular. Ella fue la primera mujer soltera en ser admitida. A partir de ese momento su celda llego a ser su paraíso, y se ofrecía a si misma en oración y mortificación. Durante tres años vivió como en una ermita, manteniéndose en silencio y sin hablar con nadie excepto Dios y su confesor. Durante este período, había momentos en que formas repugnantes y figuras tentadoras se presentarían en su imaginación, y las tentaciones más degradantes la asediaban. Posteriormente, el diablo extendió en su alma como una nube y una oscuridad tan grande que fue la prueba más severa jamás imaginable. Santa Catalina continuó con un espíritu de oración ferviente, de humildad y de confianza en Dios. Mediante ello perseveró victoriosa, y al final fue liberada de dichas pruebas que solo habían servido para purificar su corazón. Cuando Jesús la visitó después de este tiempo, ella le pregunto: "¿Dónde estabas Tú, mi divino Esposo, mientras yacía en una condición tan abandonada y aterradora?" Ella escuchó una voz que le decía, "Hija, estaba en tu corazón, fortificándote por la gracia." En 1366, Santa Catalina experimentó lo que se denominaba un ‘matrimonio místico’ con Jesús. Cuando ella estaba orando en su habitación, se le apareció una visión de Cristo, acompañado por Su madre y un cortejo celestial. Tomando la mano de Santa Catalina, Nuestra Señora la llevó hasta Cristo, quien le colocó un anillo y la desposó Consigo, manifestando que en ese momento ella estaba sustentada por una fe que podría superar todas las tentaciones. Para Catalina, el anillo estaba siempre visible, aunque era invisible para los demás. 

Desposorio místico de Santa Catalina (Clemente de Torres)

SU CARIDAD

Luego de tres años de vida solitaria en su hogar, Santa Catalina sintió que el Señor la estaba llamando en ese momento a llevar una vida más activa. Por lo tanto, comenzó a relacionarse más con los demás y a servirlos. Dios recompensó su caridad con los pobres a través de varios milagros, a menudo multiplicando víveres en sus manos, y haciendo que ella pudiera llevar todo lo necesario a los pobres, lo cual no hubiera podido lograrlo de otro modo a través de su fortaleza natural. En su ardiente caridad, trabajó intensamente por la conversión de los pecadores, ofreciendo sus continuas oraciones y ayunos. En Siena, cuando hubo un terrible brote de peste, trabajó constantemente para aliviar a los enfermos. "Nunca se la vio tan admirable como en ese momento”, escribió un sacerdote que la había conocido desde su infancia. "Siempre estaba con los que padecían por causa de la peste; los preparaba para la muerte y los enterraba con sus propias manos. Yo mismo fui testigo del gozo con que los atendía y de la maravillosa eficacia de sus palabras, que dieron lugar a muchas conversiones."

Todos sus discursos, acciones y su silencio inducían a los hombres al amor a la virtud, de tal modo a que nadie, de acuerdo al Papa Pío II, que se acercara alguna vez a ella regresaba sin ser una mejor persona. Santa Catalina era capaz de reconciliar a los peores enemigos, más a través de sus oraciones que de sus palabras. Por ejemplo, un hombre a quien ella estaba tratando de persuadir para que llevara una vida virtuosa, cuando Santa Catalina vio que sus palabras no estaban teniendo efecto, ella hizo una pausa repentina en su discurso para ofrecer oraciones por el. Sus oraciones fueron escuchadas en ese mismo instante, y un cambio radical se produjo en el hombre. Luego se reconcilió con sus enemigos y adoptó una vida penitencial. Los pecadores más empedernidos no podían resistir sus exhortaciones y oraciones en pos de un cambio de vida. Miles acudían a escucharla o solo a verla, y fueron ganados por sus palabras y por su ejemplo de arrepentimiento.

Se reunieron alrededor de la santa un grupo de fervientes seguidores. Por ejemplo, un ermitaño de edad avanzada abandonó su soledad para estar cerca de ella porque decía que encontraba más paz de mente y progreso en la virtud siguiéndola que lo que jamás hubiera hallado en su celda. Otro descubrió que cuando ella hablaba, el amor divino se inflamaba en todo su ser, y su desprecio por lo mundano aumentaba. Un cálido afecto la vinculaba a aquellos a quienes ella llamaba su familia espiritual – hijos suyos dados por Dios a quienes podía ayudar a lo largo del camino hacia la perfección. Ellos eran testigos de su espíritu de profecía, su conocimiento de las conciencias de los demás y su extraordinaria luz en las cuestiones espirituales. Ella leía sus pensamientos y frecuentemente tenía conocimiento de sus tentaciones cuando se alejaban de ella. En ese momento la opinión pública acerca de Catalina estaba dividida; varios la reverenciaban como a una santa, mientras que otros la consideraban una fanática o la denunciaban como hipócrita. Su confesor de ese tiempo, el Padre Raimundo, sería posteriormente el biógrafo de la santa.


Tal era la devoción a Santa Catalina que se le otorgó el patronato de una cofradía de Adoración Perpetua al Santísimo Sacramento ¡en vida!

UNA CONCILIADORA PARA LA IGLESIA

Uno de los mayores logros de Santa Catalina fue su labor de llevar de vuelta el Papado a Roma a partir de su desplazamiento a Francia. Asimismo, se la llego a reconocer como conciliadora – ella comenzó ayudando a resolver varios conflictos familiares, y luego su trabajo se amplió para incluir el establecimiento de la paz en las ciudades estados italianas. Por ejemplo, en 1375, Santa Catalina tuvo noticias a través de Fray Raimundo de que la gente de Florencia se había adherido a una liga que estaba en contra de la Santa Sede. El Papa Gregorio XI, que residía en Avignon, escribió a la ciudad de Florencia, pero sin éxito. Ocurrieron divisiones internas y asesinatos entre los florentinos, y pronto se demando su reconciliación. Santa Catalina fue enviada por los magistrados de la ciudad como mediadora. Antes de llegar a Florencia, se reunió con los jefes de los magistrados, y la ciudad encomendó toda la situación a su criterio, con la promesa de que debía ser seguida a Avignon por sus Embajadores, quienes debían firmar y ratificar las condiciones de reconciliación y confirmar cada cosa que había hecho. Su Santidad, luego de haber tenido una conferencia con ella, en admiración de su prudencia y santidad, le manifestó: "No deseo nada más que la paz. Dejo esta cuestión totalmente en sus manos; solo le recomiendo el honor de la Iglesia." Sin embargo, los florentinos no fueron sinceros en su búsqueda de la paz, y continuaron sus intrigas secretas para apartar a toda Italia de su obediencia a la Santa Sede.

La santa tuvo otra misión durante su viaje a Avignon. El Papa Gregorio IX, electo en 1370, tenía su residencia en Avignon, donde los cinco papas previos también habían residido. Los romanos se quejaban de que sus obispos habían abandonado su iglesia durante setenta y cuatro años, y amenazaron con llevar a cabo un cisma. Gregorio XI hizo un voto secreto para regresar a Roma; pero no hallando este deseo agradable a su corte, el mismo consulto a Santa Catalina acerca de esta cuestión, quien le respondió: "Cumpla con su promesa hecha a Dios." El Papa, sorprendido de que tuviera conocimiento por revelación lo que jamás había revelado a nadie, resolvió inmediatamente hacerlo. La Santa pronto partió de Avignon. Se cuenta con varias cartas escritas por ella y dirigidas al Papa, a fin de adelantar su retorno a Roma, en donde finalmente falleció en 1376.

Posteriormente, Santa Catalina escribió al Papa Gregorio XI en Roma, exhortándole firmemente a contribuir por todos los medios posibles a la paz general de Italia. Su Santidad le encomendó la misión de ir a Florencia, aún dividida y obstinada en su desobediencia. Ella vivió un tiempo allí en medio de varios peligros incluso contra su propia vida. A la larga, ella logró que la gente de Florencia se dispusiera a la sumisión, a la obediencia y a la paz, aunque no bajo la autoridad de Gregorio XI, sino del Papa Urbano VI. Esta reconciliación ocurrió en 1378, luego de lo cual Santa Catalina regresó a Siena.

HACIA EL DIVINO ESPOSO

Santa Catalina regreso de esta manera a Siena, donde prosiguió su vida de oración. Ella obtuvo la unión perpetua de su alma con Dios. Aunque a veces estuviera obligada a conversar con diferentes personas sobre varios y diversos asuntos, ella siempre estaba ocupada y absorta en Dios. En una visión, Jesús se le presentó con dos coronas, una de oro y otra de espinas, ofreciéndole elegir con cual de las dos se complacería. Ella respondió: "Yo deseo, Oh Señor, vivir aquí siempre conforme a tu pasión, y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite." Luego, tomando ansiosamente la corona de espinas, se la colocó sobre la cabeza.

En 1378, cuando Urbano VI fue electo Papa, su temperamento hizo que los cardenales se distanciaran, y que varios de ellos se retiraran. Luego declararon la elección nula, y eligieron a Clemente VII, con quien se retiraron de Italia y residieron en Avignon. Santa Catalina escribió largas cartas a los cardenales quienes primero habían reconocido a Urbano, y luego eligieron a otro; presionándolos a volver a su pastor legal. Ella también le escribió a Urbano mismo, exhortándolo a sobrellevar con temple y gozo los problemas en que se encontraba, y a aplacar el temperamento que le había llevado a tener tantos enemigos. A través del Padre Raimundo de Capua, su confesor y posteriormente su biógrafo, el Papa pidió a Santa Catalina regresar a Roma. El la escuchó y siguió sus instrucciones. Ella también escribió a los reyes de Francia y de Hungría para exhortarlos a renunciar al cisma.

Mientras trabajaba afanosamente para extender la obediencia al verdadero Papa, la salud de Santa Catalina comenzó a deteriorarse. Ella falleció de un ataque súbito a los 33 años en Roma. Los habitantes de Siena deseaban conservar su cabeza. Hubo un milagro que se comentó en el cual tuvieron un éxito parcial. Sabiendo que ellos no podían llevar a escondidas todo su cuerpo fuera de Roma, decidieron llevar solo su cabeza, la cual colocaron en un bolso. Cuando fueron detenidos por los guardias romanos, oraron para que Santa Catalina los ayudara. Cuando los guardias abrieron el bolso, parecía que ya no contenía su cabeza sino que todo el bolso estaba lleno de pétalos de rosa. Una vez que regresaron a Siena, volvieron a abrir el bolso y su cabeza estaba visible nuevamente. Debido a este relato, Sana Catalina a menudo es observada sosteniendo una rosa. La cabeza incorruptible y el dedo pulgar fueron sepultados en la Basílica de Santo Domingo, donde se conservan en la actualidad. El cuerpo de Santa Catalina esta enterrado en la Basílica de Santa María sopra Minerva en Roma, que se encuentra cerca del Panteón. 

La muerte de Santa Catalina de Siena (Pequeño palacio de Aviñón)

Cráneo incorrupto de Santa Catalina de Siena, venerado en la Basílica de Santo Domingo (Roma)

Las cartas de Santa Catalina son consideradas como una de las grandes obras de principios de la literatura Toscana. Ella escribió 364, y más de 300 de ellas se conservan en la actualidad. En sus cartas dirigidas al Papa, a menudo se refería al mismo con afecto como “Papa” o “Papi” (“Babbo” en italiano).

Aproximadamente un tercio de sus cartas estaban dirigidas a mujeres. Otros destinatarios incluyen a sus diversos confesores, entre ellos Raimundo de Capua, los reyes de Francia y Hungría, la Reina de Nápoles y numerosas figuras religiosas. Su otra obra magistral es el “Diálogo de la Divina Providencia,” un diálogo entre el alma y Dios. Registrado entre Registrado entre 1377 y 1378 por los miembros de su círculo. A menudo considerada como una analfabeta, Santa Catalina es reconocida por Raimundo en su biografía como capaz de leer latín e italiano, y otro hagiógrafo, Tommaso Caffarini, manifestó que la santa podía escribir. El Papa Pío II canonizó a Catalina en 1461

MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SANTA CATALINA 

I. El corazón de Santa Catalina ardía del fuego del amor de Jesucristo. Abrasaban las llamas de este amor en su celo por la salvación de las almas, en su compasión por los pecadores, los pobres y los enfermos. Y tu corazón ¿a quién pertenece? ¿A las riquezas y a los placeres? Entonces es insensible al lamento de los pobres y a las inspiraciones del amor divino. ¡Señor! haced que os ame a Vos solo, y si amo algo más que lo haga por Vos. Dadme un corazón que Os ame (San Agustín).

II. Presentóle el Señor dos coronas, una de oro y otra de espinas, y la Santa eligió la de espinas, diciéndole que quería reproducir en ella la Pasión de su divino Maestro y gozarse en las penas y sufrimientos. Tú, en cambio, quieres en esta vida rosas y placeres; pronto se marchitarán las rosas y te quedarán espinas para toda la eternidad; porque es difícil gozar los bienes de este mundo y los del cielo (San Jerónimo).

III. El pensamiento continuo de la presencia de Dios la hizo salir victoriosa de todas sus tentaciones. Recogíase interiormente pensando en la Pasión de Jesucristo, en los castigos de los condenados y en su propia nada; estas consideraciones tornábanla insensible a las persecuciones de los hombres y hacíanla invencible a los asaltos del demonio. Piensa en Dios y en las verdades eternas, y nada temas ni desees en este mundo. Ahora no piensas sino en la tierra, por que tu tesoro y todas tus esperanzas están en la tierra y no en el cielo. Tu corazón y tu espíritu estarían en el cielo si allí estuviese tu tesoro (San Euquerio).

Meditar sobre la Pasión.
Orad por vuestro obispo.

ORACIÓN

Escuchadnos, oh Dios Salvador nuestro, y haced que la fiesta de la bienaventurada Catalina, vuestra virgen, al mismo tiempo que regocija nuestra alma, la enriquezca con sentimientos de una tierna devoción. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 12 de noviembre de 2009

REVELACIONES DE SANTA GEMMA GALGANI

Del Apostolado Eucarístico


Santa Gemma

Gema Galgani, canonizada en 1925, hija de un farmacéutico de Luca (Italia), estigmatizada y adornada de las más sublimes virtudes, fue favorecida con visiones y revelaciones extraordinarias y toda su vida constituye un auténtico prodigio de fidelidad a la gracia y configuración con NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO en su pasión. Entre sus muchas profecías y revelaciones son notables las manifestaciones sobrenaturales que tuvo sobre el porvenir de la IGLESIA y sus siervos. En octubre de 1901 le reveló NUESTRO SEÑOR estas palabras apremiantes:

“¡Hija mía, cuánta ingratitud y malicia hay en el mundo! Los pecadores viven afincados en sus pecados con pertinaz obstinación, y mi PADRE no quiere aguantar más. Las almas cobardes y débiles no ponen el menor esfuerzo en dominar su carne; las almas atribuladas se desorientan y desesperan, las fervorosas se entibian más y más... Mis servidores del santuario...; la indiferencia crece cada día y nadie se corrige. YO derramo desde el cielo sobre todas las criaturas gracias y más gracias; sobre la IGLESIA, luz y fuerza; sobre su cabeza fuerza y poder, sabiduría y firmeza; a las almas que deben seguirme, gracias de todas clases a todos los justos y hasta a los pecadores ocultos en sus tenebrosas guaridas; hasta allí envió mi luz y hasta allí toco sus corazones y me esfuerzo por convertirlos... ¿Y qué gano con todo esto? ¿Qué respuesta recibo de mis criaturas, a las que he amado tanto? A nadie le interesa ya mi amor, mi corazón está olvidado, parece que nunca he tenido amor para ellos, que nunca he sufrido por ellos, que soy para ellos un desconocido. Mi corazón está lleno de tristeza, estoy casi solo en las iglesias, y si muchos acuden a ellas es por bien diferentes motivos, y Yo tengo que resignarme a ver a mi IGLESIA convertida EN LUGAR DE DISIPACIÓN. Muchos hay que con apariencias hipócritas me traicionan con sacrílegas comuniones.” (Padre Germán, “Vida”, en italiano, págs. 306-7).


Jesús se mostraba muy conmovido se detuvo unos momentos y prosiguió dulcemente:

“Hija mía, tengo sed de almas que ofrezcan a mi corazón un consuelo proporcionado al dolor que le causan tantisimas criaturas. TENGO NECESIDAD DE VICTIMAS, PERO DE VICTIMAS FUERTES. Para calmar la justa ira de mi PADRE del cielo, necesito que se presenten almas cuyos PADECIMIENTOS, TRIBULACIONES E INCOMODIDADES suplan por la malicia e ingratitud de los pecadores.

¡OH, si pudiera dar a entender a todos cuán indignado está con el mundo mi PADRE CELESTIAL! ¡Nada es ya capaz de contener su enojo! ¡ESPANTOSO CASTIGO está preparado contra el Género Humano! ¡Cuántas veces he procurado aplacar su ira! Mas ahora, ni la vista de mi cruz, ni el espectáculo de mis sufrimientos son suficientes para DETENER SU BRAZO...

En otros tiempos le entretenía YO presentado a sus ojos un grupo de almas queridas, víctimas en verdad esforzadas. SUS PENITENCIAS, SUS INCOMODIDADES, SUS ACTOS HEROICOS ERAN PARTE SUFICIENTE PARA APLACARLO; mas ahora, al mostrarle de nuevo tales almas, me responde: “¡No puedo, no puedo más!” Con que ya ves, hija mía, ya no me sirven dichas almas, PORQUE SON MUY POCAS EN NUMERO. Después encargó a Santa Gema comunicar algunos deseos a su DIRECTOR ESPIRITUAL, para que se los transmitiese al PAPA, y continuaba: “MI PADRE CELESTIAL ESTA SOBREMANERA INDIGNADO; PERO YO TE ASEGURO QUE SI SE LEVANTA EN LUCA LA NUEVA FUNDACION DE RELIGIOSAS PASIONISTAS, SE DARA POR SATISFECHO MI CORAZON, Y ASI, CRECIENDO EL NUMERO DE VICTIMAS, PODRE PRESENTARLAS A MI PADRE, QUIEN SE APLACARA SIN DUDA. DILE (A TU DIRECTOR) QUE CUANDO VAYA A ROMA HABLE CON EL SANTO PADRE DE ESTE DESEO MIO Y QUE LE AVISE QUE ME FALTAN VICTIMAS PARA ESTORBAR EL GRAN CASTIGO QUE AMENAZA.” (Cf. “Cartas y éxtasis de Santa Gema Galgani”, por el P. Germán de San Estanislao.)

Tomado del libro ¡Alerta Humanidad!

miércoles, 23 de septiembre de 2009

SAN PÍO DE PIETRELCINA, APÓSTOL ESTIGMATIZADO DE ESTOS ÚTLIMOS TIEMPOS

El Padre Pío es un ejemplo de sacerdote y apóstol para estos tiempos, que ciertamente son los últimos. Y en cuanto a si es santo, tal vez pueda considerársele como tal, mas no porque el antipapa Wojtyla Katz lo canonizara el 16 de Junio de 2002.
 
San Pío de Pietrelcina
 
Francisco Forgione (Padre Pío) nació en el seno de una humilde y religiosa familia, el Miércoles 25 de mayo de 1887 a las 5 de la tarde, hora en que las campanas de la Iglesia sonaban para llamar a todos los fieles a honrar a la Virgen Santísima en su mes. Padre Pío nació en una pequeña aldea del Sur de Italia, llamada Pietrelcina, una pequeña villa en la provincia de Benevento, Italia. Sus padres, Horacio Forgione y María Giuseppa de Nunzio Forgione, ambos agricultores, encomendaron la protección de su recién nacido a San Francisco de Asís, por esta razón le bautizaron con el nombre de Francisco al día siguiente de su nacimiento.
  
El Padre Pío, cuando era aún un bebé, lloraba desconsoladamente al grado que su padre no lograba descansar por la noche de lo fuerte y constante de su llanto, su padre decía que “al bebé nunca se le acababa el aire”. Una vez que se encontraba con su papá a solas en casa, éste no pudo consolarle para que parara de llorar y lo arrojó en la cama exclamando: “Parece que el diablo hubiese nacido en mi casa”. Relata el Padre Pío que desde ese preciso momento, nunca más volvió a llorar así.
 
La familia Forgione vivía en el sector más pobre de Pietrelcina. Francisco fue pobre, pero como él mismo diría más adelante, nunca careció de nada... Los valores eran diferentes en aquella época; un niño se consideraba dichoso si tenía lo básico para vivir. Fue un niño muy sensible y espiritual.
  
INICIO DE SUS EXPERIENCIAS EXTRAORDINARIAS
Su vida transcurrió en los alrededores de la Iglesia Santa María de los Ángeles, que podríamos decir fue como su “hogar”. Aquí fue bautizado, hizo su Primera Comunión, su Confirmación, y precisamente aquí, a los cinco años de edad, tuvo una aparición del Sagrado Corazón de Jesús. El Señor posó Su mano sobre la cabeza de Francisco y este prometió a San Francisco que sería un fiel seguidor suyo. El curso de su vida y su vocación quedaría desde ese momento sellado. Padre Pío se ofrece a tan corta edad como víctima. Este año marcaría la vida de Francisco para siempre; empieza a tener apariciones de la Santísima Virgen, que continuarían por el resto de su vida. También tenía trato familiar con su ángel guardián, con el que tuvo la gracia de comunicarse toda su vida y el cual sirvió grandemente en la misión que él recibiría de Dios.
  
Es también a esta edad que los demonios comenzaron a torturarlo. El niño acostumbraba a cobijarse bajo la sombra de un árbol particular durante los cálidos y soleados días de verano. Amigos y vecinos testificaron que fueron en más de una ocasión las veces que le vieron pelear con lo que parecía su propia sombra. Estas luchas continuarían por el resto de su vida.
  
Fue un niño callado, diferente y tímido, muchos dicen que a tan corta edad ya mostraba signos de una profunda espiritualidad. Era piadoso, permanecía largas horas en la iglesia después de Misa. Hizo hasta arreglos con el sacristán para que le permitiera visitar al Señor en la Eucaristía, en los momentos en los cuales la iglesia permaneciera cerrada.
 
CURADO POR LOS CHILES
En tiempos en que el Padre era aún pequeño, la tifoidea era una enfermedad mortal, y el pequeño Francisco se vio al borde de la muerte a consecuencia de ella. La fiebre le llego tan alta, que el mismo doctor le informó a su madre que al pequeño Francisco le quedaban unas cuantas horas de vida. La madre, aun con el dolor que experimentaba su corazón, debió continuar sus labores domésticas y preparó, como de costumbre, alimentos para los trabajadores que les ayudaban con sus tierras. La comida que Guiseppa preparó fueron chiles fritos y los trabajadores no se los terminaron por ser tan picosos. Al pequeño enfermo, el olor de los chiles le resultó muy apetecible y en cuanto se encontró a solas, no pudiendo caminar, se arrastró hasta el lugar en el que se encontraban los chiles que tanto le apetecían y se los comió todos.
  
Cuando terminó de comer, se regresó a su cama y sintió una gran sed. Llamó a su hermano Miguel para que le trajera algo de tomar. Su hermano le llevó una botella de leche y le sirvió un poco en una cuchara, como lo habían estado haciendo. Francisco, tomó la botella y se la tomó toda para la sorpresa de su hermano.
  
Cuando su madre regresó más tarde a buscar los chiles, encontró el plato vacío y no se imaginó que hubiese sido Francisco el que se los hubiese comido. Aunque esta comida podría haber sido fatal para su salud, produjo cambios radicales. Desde ese momento, Francisco se curó de la tifoidea y su salud se restauró por completo.
 
UN MILAGRO EN SU PRESENCIA
Un día, siendo aún pequeño, acompañó a su padre, Horacio, en una peregrinación al Santuario de San Peregrino. La iglesia estaba llena de fieles de todas partes. Francisco se arrodilló para orar al frente del Santuario y observaba la angustia de una madre que se acercó al altar con un niño deforme en sus brazos e imploraba al Santo que intercediera por la sanación de su hijo.
 
Mientras su padre se preparaba para salir de la Iglesia, Francisco no se movía en profunda oración de intercesión por el niño. La madre de este, en un arrebato de desesperación dijo en voz alta frente a la imagen del Santo: “Cura a mi hijo, si no lo quieres curar, tómalo, yo no lo quiero”, y diciendo esto, arrojó al niño en el altar. En el preciso momento en que el niño tocó el altar, éste sanó por completo. Esta experiencia del poder de la oración, afianzó grandemente la confianza de Francisco en el poder de la intercesión de los Santos.
 
PRIMEROS ESTUDIOS
Francisco tenía gran sed de aprender. Por no haber escuelas en la villa, unos granjeros se voluntarizaron para enseñar a los niños del área. Su mayor ambición era que los niños pudieran aprender a leer y los más brillantes a escribir. La enseñanza se llevaba a cabo durante la noche por la necesidad existente de trabajar, tanto adultos como niños durante el día. Francisco estudiaba durante este tiempo. Otros niños preferían jugar, pero esto no era una de sus prioridades. Su preferencia era siempre pasar la mayor parte del tiempo en oración y estudiar en el tiempo destinado para el aprendizaje. Padre Pío fue un niño disciplinado, que entendía el sacrificio que era para sus padres patrocinar su tiempo de aprendizaje.
  
ESTUDIOS PARA PREPARARLO A LA VIDA RELIGIOSA
Llegó el momento en el cual Francisco manifestará su deseo de ser religioso. Su padre, al ver la limitación existente de educación en la villa, emigró a los Estados Unidos y a Jamaica buscando mejor solvencia económica que le permitiera sufragar los gastos de educación para Francisco. Sus padres, aunque humildes, recibieron gran sabiduría del Señor para ver el camino que su hijo habría de seguir. Hicieron grandes sacrificios para que se hiciera posible.
 
Fue durante este tiempo en que su madre, Giuseppa, hizo arreglos para que su hijo recibiera la formación necesaria para poder ingresar en el seminario. La única posibilidad en ese momento era recibir clases con Don Domenico Tizzani, un ex-sacerdote que habiendo abandonado el ministerio, había contraído matrimonio. Don Domenico tenía la reputación de ser muy buen maestro, pero algo pasaba con el joven Francisco que parecía tener un bloqueo mental en su presencia.
 
Doña Giuseppa buscó otro maestro para Francisco y lo encontró en el maestro Angelo Cavacco. Con él, el joven Francisco avanzó con gran rapidez y mostró tener gran capacidad.
 
PREPARACIÓN PARA EL NOVICIADO
Los días antes de entrar al seminario fueron días de visiones del Señor, que le prepararían para grandes luchas. Jesús le permitió ver a Francisco el campo de batalla, los obstáculos y enemigos. A un lado habían hombres radiantes, con vestiduras blancas, al otro lado, inmensas bestias espantosas de color oscuro. Era una escena aterradora y las rodillas del joven Francisco comenzaron a temblar. Jesús le dice que se tiene que enfrentar con la horrenda criatura, a lo que Francisco responde temeroso, rogándole al Señor que no le pidiera cosa semejante de la cual no podría salir victorioso. Jesús vuelve a repetir su petición dejándole saber que estaría a su lado. Francisco entonces entra en un feroz combate, los dolores infligidos en su cuerpo eran intolerables, pero salió triunfante. Jesús alertó a Francisco de que entraría en combate nuevamente con este demonio a lo largo de toda su vida, que no temiera: “Yo estaré protegiéndote, ayudándote, siempre a tu lado hasta el fin del mundo”. Esta visión particular petrificó a Padre Pío por 20 años.
  
El día antes de entrar al Seminario, Francisco tuvo una visión de Jesús con su Santísima Madre. En esta visión, Jesús posa Su mano en el hombro de Francisco, dándole valor y fortaleza para seguir adelante. La Virgen María, por su parte, le habla suavemente, sutil y maternalmente penetrando en lo más profundo de su alma.
 
INGRESO EN EL SEMINARIO DE MORCONE
Padre Pío siempre caminó el sendero estrecho, no permitiéndose lujos ni nada que le pudiera desviar de su relación con Jesús. A los 15 años de edad, Francisco había adelantado lo suficiente como para entrar al Seminario; sería Fraile Capuchino. Ingresó con la Orden Franciscana de Morcone el 3 de enero de 1902. Quince días después de su entrada, el día 22 de enero de 1902, Francisco recibió el hábito franciscano que está hecho en forma de una cruz y percibió que desde ese momento su vida estaría “crucificada en Cristo”, tomó además, por nombre religioso, Fray Pío de Pietrelcina en honor a San Pío V.
 
La Fraternidad Capuchina en la cual ingresó era una de las más austeras de la Orden Franciscana y una de las más fieles a la regla original de San Francisco de Asís. El ayuno y la penitencia eran prácticas habituales. El Fraile Pío abrazó todas las formas de autoprivación, comiendo siempre muy poco, en una ocasión se alimentó únicamente de la Eucaristía por 20 días y aunque débil físicamente se presentaba a clases con preclara alegría. Fue una de las mejores épocas de su vida: “Soy inmensamente feliz cuando sufro, y si consintiera los impulsos de mi corazón, le pediría a que Jesús me diera todo el sufrimiento de los hombres”.
 
PRIMERA BILOCACIÓN
En 1905, solo dos años después de haber entrado al Seminario de San Elías en Pennisi, el Fraile Pío experimenta por primera vez la bilocación. Rezando acompañado de Fray Atanasio en el coro, la noche fría del 18 de enero, alrededor de las 23:00h, se encontró a sí mismo muy lejos, en la ciudad de Údine, en una casa muy elegante sita en el Nº 10 de la calle Tiberio Deciani. En dicha casa, en ese momento vigilada por masones, el señor Giovanni Battista Rizzani agonizaba en el mismo momento que su hija Giovanna nacía. Nuestra Santísima Madre se le apareció al Fraile Pío diciéndole: “Encomiendo esta criatura a tus cuidados; es una piedra preciosa sin pulir. Trabaja en ella, lústrala, hazla brillar lo más posible, porque un día me quiero adornar con ella”. A lo que él contestó: “¿Cómo puede ser esto posible si soy un pobre estudiante, y todavía ni siquiera sé si tendré la fortuna de llegar a ser sacerdote? Y si no llegara a ser sacerdote, ¿cómo podría ocuparme de esta niña estando tan lejos?”. La Virgen le contestó: “No dudes. Será ella quien venga a ti, pero la conocerás de antemano en la Basílica de San Pedro”. Inmediatamente se encontró de nuevo en el coro donde había estado rezando minutos antes.
 
Leonilde Boschi, viuda de Rizzani, se llevó a su hija a Roma, donde fue educada cristianamente. Dieciocho años más tarde, Giovanna Rizzani se presentó en la Basílica de San Pedro, agobiada por unas dudas de fe y buscando a un sacerdote con quien pudiera confesarse y recibir dirección espiritual. Ya era tarde y la Basílica iba a cerrar, miró a su alrededor y vio a un fraile entrar en el confesionario y cerrar la puerta. La joven se le acercó y comenzó a compartirle sus problemas. El sacerdote absolvió sus pecados y le dio la bendición. La joven en agradecimiento quiso besarle la mano, pero al abrir el confesionario solo encontró una silla vacía.
 
Un año después, la joven fue en peregrinación a San Giovanni Rotondo. Padre Pío caminaba por los pasillos de las celdas repletos de peregrinos y al ver a la joven entre ellos, la señaló diciendo: “Yo te conozco, tu naciste el día que tu padre murió”, la joven, sorprendida, esperó largo rato para poderse confesar con el Padre y aclarar sus inquietudes. Padre Pío le recibe en el confesionario con estas palabras: “¡Mi hija, has venido finalmente; he esperando tantos años por ti!”. La joven aún más sorprendida le manifestó: “Padre ¿qué quiere de mí? Yo no lo conozco. Es la primera vez que vengo a S. Giovanni Rotondo. Acompaño a mi tía. Quizás está en un error, me confundió con otra muchacha”. A lo que Padre Pío contestó: “No, no me equivoco ni te confundo con otra muchacha. Ya tú me conoces, viniste a mí el año pasado en la Basílica de San Pedro”.
 
Ante el asombro de Giovanna, ella recuerda que el padre le explicó que aquel confesor en el Vaticano era él. Luego para su asombro le habló de la encomienda que sobre ella recibió mientras estuvo presente durante la muerte de su padre… “Fuiste confiada a mi cuidado por la Santísima Virgen María”, fueron las palabras del santo sacerdote. La joven se convirtió en su hija espiritual, obedeciendo siempre a sus consejos. Pocos años después él la orientó para que aceptara entrar con las hermanas de la tercera orden de San Francisco. Los nuevos miembros de esa orden tenían la tradición de elegir un nuevo nombre y el Padre Pío le puso un nombre muy raro, Jacoba.

Dijo Giovanna: “Qué nombre tan feo, no me gusta”.

“Te llamarás Hermana Jacoba, le explicó, “porque, al igual que Jacoba, la noble romana amiga de San Francisco, que estuvo presente en su muerte, tú estarás presente en mi muerte también”.

Giovanna recordó esa predicción tan extraña en septiembre 1968, mientras visitaba al Padre Pío en Nuestra Señora de la Gracia. La mañana del 23 de septiembre, tuvo una visión en la que fue transportada a la celda en la que murió el Padre Pío, donde ella fue un testigo más. Tiempo después se lo dijo a uno de los monjes, a quien le describió la celda, en la que nunca había estado, y le dijo los nombres de quienes le asistieron en la hora final.
   
ORDENACIÓN SACERDOTAL
El 10 de agosto de 1910, Padre Pío es ordenado sacerdote en la Catedral de Benevento, Italia. La tarde de aquel día, escribe esta oración: “Oh Jesús, mi suspiro y mi vida, te pido que hagas de mí un sacerdote santo y una víctima perfecta”.
 
El día de su ordenación, su padre se encontraba en América, pero su madre, su hermano Miguel y su esposa, y sus tres hermanas le acompañaron en ese día tan especial. Al finalizar la Santa Misa, su madre y sus hermanos se acercaron a la baranda para recibir su primera bendición. Su madre no podía contener sus lágrimas, tanto de la emoción como del dolor de pensar en la ausencia de su esposo, cuyo sacrificio había hecho posible la ordenación de su hijo.
  
Como era la costumbre, el nuevo Padre celebraría su primera Misa en la iglesia de su pueblo, en Santa María de los Ángeles. En la misma iglesia en la que 23 años antes había sido bautizado, en donde había recibido la Primera Comunión y el Sacramento de la Confirmación.
  
El padre solía decirles a sus hijos espirituales: “Si ustedes desean asistir a la Sagrada Misa con devoción y obtener frutos, piensen en la Madre Dolorosa al pie del Calvario”.
 
DE REGRESO EN PIETRELCINA
Mientras más alto escalaba el joven sacerdote hacia la perfección, más era acechado por el demonio. Y mientras más atormentado era por Satanás, más crecía en fe y en amor al Señor.
 
Poco después de su ordenación, le volvieron las fiebres y los males que siempre le aquejaron durante sus estudios, y fue enviado a su pueblo, Pietrelcina, para que se restableciera de salud.
 
Cada vez que se hacía el intento para restaurarlo a la vida religiosa dentro del monasterio, este fracasaba, pues su salud empeoraba. Su vida sacerdotal en Pietrelcina incluía mucha oración acompañada de muchas funciones religiosas, así como estudios teológicos, catecismo para los niños del pueblo y reuniones con individuos y familias.
  
Durante este período en Pietrelcina, su antiguo profesor, el ex sacerdote Tizzani, agonizaba. Su hija, viéndolo cerca a la muerte, llamó al Padre Pío para que asistiera a su padre, quien providencialmente pasaba por su casa en ese momento. El moribundo recibió del Padre la gracia de Dios y la salvación eterna de su alma, hizo su confesión con lágrimas de arrepentimiento y murió en paz.

Sucedieron dos milagros durante su estadía en Pietrelcina:
  • Una vez le mandó una bolsa de castañas a su querida tía Daria. Poco después de comérselas, se tropezó mientras hurgaba en una bodeguita obscura. Al caerse, su lámpara de aceite prendió la pólvora que su marido guardaba en esa bodeguita. La explosión la tiró al suelo y le quemó la cara. Daria corrió a su casa y se cubrió con la bolsa vacía que Pío le mandó con las castañas. Inmediatamente cesó el dolor y se borró toda huella de quemadura en su rostro.
  • En la primavera de 1913, la cosecha de frijoles de Pietrelcina estuvo a punto de perderse porque se infestó de piojos. Los insectos invadieron los cultivos de todas las granjas del pueblo. Un granjero le pidió al Padre Pío que rezara por su cosecha y en cuanto lo hizo, los piojos saltaron del cultivo y se alejaron ruidosamente. Entonces él se fue con los demás granjeros y con su oración fue limpiando de piojos cultivo por cultivo. Ese año el pueblo tuvo una cosecha de frijoles especialmente abundante y una vez más celebraron a su santo.
 
PRIMERA APARICIÓN DE LOS ESTIGMAS
 
Nuestro Señor Jesucristo le concede los estigmas al Padre Pío
 
Durante su primer año de ministerio sacerdotal, en 1910, el Padre Pío manifiesta los primeros síntomas de los estigmas. En una carta que escribe a su director espiritual, Fray Agustín de San Marco in Lamis, los describe así: “En medio de las manos apareció una mancha roja, del tamaño de un centavo, acompañada de un intenso dolor. También debajo de los pies siento dolor”. Estos dolores en la manos y los pies del Padre Pío, son los primeros recuentos de los estigmas que fueron invisibles hasta el año 1918.
 
Una vez el dolor que el Padre Pío experimentó fue tan agudo, que se sacudió las manos, las cuales sentía que se le quemaban, a lo que su madre le preguntó: “¿Que es eso? ¿Es que ahora también tocas la guitarra?”. El Padre se limitó a no responder.
  
Este tiempo en su pueblo natal fue un período de grandes combates espirituales con el demonio, pero también de grandes consuelos a través de éxtasis y fenómenos místicos, tanto interiores como exteriores, espirituales y físicos. El demonio solía aparecérsele de distintas maneras. Algunas veces lo hacía en la apariencia de animales, de mujeres bailando danzas impuras, de carceleros que lo azotaban e incluso bajo la apariencia de Cristo Crucificado, de su Ángel de la Guarda, San Francisco de Asís, la Virgen María, también bajo la apariencia de su director espiritual, su provincial, etc. pero después de estos asaltos del demonio, era consolado con éxtasis y apariciones de Jesús, la Santísima Virgen María, su Ángel Guardián, San Francisco y otros santos.
 
El día 12 de agosto de 1912 experimentó por primera vez la “llaga del amor”. El Padre Pío le escribió a su director espiritual explicándole lo sucedido:
“Estaba en la Iglesia haciendo mi acción de gracias después de la Santa Misa, cuando de repente sentí mi corazón herido por un dardo de fuego hirviendo en llamas y yo pensé que me iba a morir”.
 
Por siete años, Padre Pío permanece fuera del Convento, en Pietrelcina. Naturalmente, esta vida estaba en contraste con la regla franciscana y algunos hermanos frailes se quejaron de esto. Fue entonces cuando el Superior General de la Orden pidió a la Sagrada Congregación de los Religiosos la exclaustración del P. Pío. Fue un golpe muy duro para él y en un éxtasis se quejó con San Francisco de Asís. La Congregación de los Religiosos no escuchó la solicitud del Superior General y concedió que el Padre Pío siguiera viviendo fuera del convento, hasta que estuviera completamente restablecida su salud.
  
DE REGRESO A LA VIDA MONÁSTICA
El día 17 de febrero de 1916, el Padre Pío salió de Pietrelcina rumbo a Foggia, donde los superiores lo llamaron para dar un servicio espiritual. Gracias a las oraciones de Rafaelina Cerase, una señora muy enferma y cercana a la muerte, el Padre Pío puede regresar definitivamente a la vida comunitaria. Esta buena señora se ofreció a Dios como víctima para que el Padre pudiese oír confesiones y con ello traer gran beneficio a las almas.
 
Aunque el Padre nunca más pudo regresar a Pietrelcina, su amor por ella nunca disminuyó. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Padre, refiriéndose a su pueblo dijo: “Pietrelcina será preservada como la niña de mis ojos”. Y antes de morir, hablando proféticamente dijo: “Durante mi vida he favorecido a San Giovanni Rotondo. Después de mi muerte, favoreceré a Pietrelcina”.
 
PRIMERA VISITA A SAN GIOVANNI ROTONDO
  
San Giovanni Rotondo, el pueblo donde el Padre Pío realizó gran parte de su ministerio (al fondo podemos observar el hospital Casa Alivio del Sufrimiento)
 
El día 28 de julio de 1916, el Padre Pío llega a San Giovanni Rotondo por primera vez. San Giovanni Rotondo era en ese entonces una pequeña villa en la península del Gargano, rodeada por casas muy pobres, sin luz, sin agua potable ni cañería, sin caminos pavimentados y sin formas de comunicación modernos, muy parecido a la forma de vida en las villas pequeñas de aquel entonces.
  
El monasterio se encontraba a unos dos kilómetros del pueblo y para llegar a este, era necesario ir en mula. El monasterio contaba con una pequeña y rústica iglesia de Nuestra Señora de la Gracia del siglo XIV.
  
REGRESO PERMANENTE A SAN GIOVANNI ROTONDO
El Padre Pío fue invitado a San Giovanni por el Padre Guardián y su breve visita fue del 28 de julio al 5 de agosto. Durante esta visita, la salud del Padre parece haber mejorado un poco lo cual agradó al Padre Provincial y este lo mandó bajo obediencia a regresar a San Giovanni por un tiempo, hasta que mejorase más su salud. El Padre regresó al Monasterio del Gargano el día 4 de septiembre de 1916. En los designios del Señor, lo que en un inicio se pensó sería temporal, duró 52 años, hasta la muerte del Padre.
 
EXPERIENCIA MILITAR
El Padre Pío fue llamado a las filas militares tres veces durante la Primera Guerra Mundial y las tres veces fue regresado luego de un corto período por motivos de salud. La última vez que fue llamado, su salud desmejoró tanto, que los mismos médicos le dieron de baja para “permitirle morir en paz en su hogar”. Las cortas permanencias en las filas militares causaron en él grandes dolores en su alma, a causa de la dureza de los soldados, las blasfemias que escuchó y el verse alejado de la vida monástica. Otro gran dolor era el no poder ofrecer la Santa Misa todos los días.
  
El Padre fue dado de baja de las filas militares con papeles que atestiguaban su buena conducta, su honor y fidelidad a la patria, aunque se salvó de haber confrontado cargos de deserción por no presentarse a una cita, a causa de un error del cartero de San Giovanni Rotondo. Este no sabía que Francisco Forgione y el Padre Pío eran la misma persona y por ello no supo a quién darle la cita.
 
EL SEMINARIO MENOR
El Padre Pío sirvió como padre espiritual de los jóvenes que formaban parte del seminario seráfico menor, que en ese momento estaba en San Giovanni Rotondo. Él se encargaba de proveerles meditaciones, de confesarlos y de tener conversaciones espirituales con ellos. Oraba mucho y vigilaba su avance espiritual y hasta llegó a pedir permiso para ofrecerse como víctima al Señor por la perfección de este grupo a quienes como él mismo decía “amaba con ternura”.
 
Un día en que daba un paseo con los jóvenes les dijo: “Uno de ustedes me traspasó el corazón”. Los jóvenes quedaron perplejos ante este comentario, pero no se atrevían a preguntar quién había sido el culpable. “Uno de ustedes esta mañana hizo una Comunión sacrílega. Y saber que fui yo el que se la dio hoy durante la Misa”. El joven culpable se arrojó a sus pies y confesó ser él el culpable. El Padre hizo seña a los demás para que se retiraran un poco y ahí mismo en la calle escuchó su confesión y lo restauró a la gracia de Dios.
 
TRANSVERBERACIÓN DEL CORAZÓN
La transverberación es una gracia extraordinaria que algunos santos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz han recibido. El corazón de la persona escogida por Dios es traspasado por una flecha misteriosa o experimentado como un dardo que al penetrar deja tras de sí una herida de amor que quema mientras el alma es elevada a los niveles más altos de la contemplación del amor y del dolor.

Transverberación del Padre Pío
 
El Padre Pío recibió esta gracia extraordinaria el 5 de agosto de 1918. En gran simplicidad, el Padre le narró a su director espiritual lo sucedido:
“Yo estaba escuchando las confesiones de los jóvenes la noche del 5 de agosto cuando, de repente, me asusté grandemente al ver con los ojos de mi mente a un visitante celestial que se apareció frente a mí. En su mano llevaba algo que parecía como una lanza larga de hierro, con una punta muy aguda. Parecía que salía fuego de la punta.
  
Vi a la persona hundir la lanza violentamente en mi alma. Apenas pude quejarme y sentí como que me moría. Le dije al muchacho que saliera del confesionario, porque me sentía muy enfermo y no tenía fuerzas para continuar.
  
Este martirio duró sin interrupción hasta la mañana del 7 de agosto. Desde ese día siento una gran aflicción y una herida en mi alma que está siempre abierta y me causa agonía”.
 
LOS ESTIGMAS
Sin duda alguna lo que ha hecho famoso al Padre Pío es el fenómeno de los estigmas: las cinco llagas de Cristo crucificado que llevó en su cuerpo visiblemente durante 50 años.
  
Un poco más de un mes después de haber recibido el traspaso del corazón, el Padre Pío recibe las señas, ahora visibles, de la Pasión de Cristo.

Crucifijo del coro del monasterio de San Giovanni Rotondo, ante el cual el Padre Pío recibió los estignas
 
El Padre describe este fenómeno y gracia espiritual a su director por obediencia:
“Era la mañana del 20 de septiembre de 1918. Yo estaba en el coro haciendo la oración de acción de gracias de la Misa y sentí poco a poco que me elevaba a una oración siempre más suave, de pronto una gran luz me deslumbró y se me apareció Cristo que sangraba por todas partes. De su cuerpo llagado salían rayos de luz que más bien parecían flechas que me herían los pies, las manos y el costado.
  
Cuando volví en mí, me encontré en el suelo y llagado. Las manos, los pies y el costado me sangraban y me dolían hasta hacerme perder todas las fuerzas para levantarme. Me sentía morir, y hubiera muerto si el Señor no hubiera venido a sostenerme el corazón que sentía palpitar fuertemente en mi pecho. A gatas me arrastré hasta la celda. Me recosté y recé, miré otra vez mis llagas y lloré, elevando himnos de agradecimiento a Dios”.
  
Los estigmas del Padre Pío eran heridas profundas en el centro de las manos, de los pies y el costado izquierdo. Tenía manos y pies literalmente traspasados y le salía sangre viva de ambos lados, haciendo del Padre Pío el primer sacerdote estigmatizado en la historia de la Iglesia (San Francisco de Asís no era sacerdote, sino diácono).
 
El provincial de los Capuchinos de Foggia invitó al profesor Luigi Romanelli, médico y director del prestigioso hospital de Barletta, para que estudiara el caso y diera su parecer. El Doctor Romanelli no tuvo la menor duda del carácter sobrenatural del fenómeno. Poco después la Curia Generalicia de los Capuchinos en Roma envió a San Gionanni Rotondo a otro especialista, el profesor Jorge Festa. Sus conclusiones fueron que “los estigmas del Padre Pío tenían un origen que los conocimientos científicos estaban muy lejos de explicar. La razón de su existencia está mas allá de la ciencia humana”.
 
La noticia de que el Padre Pío tenía los estigmas se extendió rápidamente. Muy pronto miles de personas acudían a San Giovanni Rotondo para verle, besarle sus manos, confesarse con él y asistir a sus Misas.

El Padre Pío mostrando los estigmas
    
La palabra ESTIGMA viene del griego στίγμα y significa “marca” o “señal en el cuerpo”, y era el resultado del sello de un hierro candente con el cual marcaban a los esclavos. En sentido médico, estigma quiere decir una mancha enrojecida sobre la piel, que es causada porque la sangre sale de los vasos por una fuerte influencia nerviosa, pero nunca llega a ser perforación. En cambio los estigmas que han tenido los místicos son lesiones reales de la piel y de los tejidos, llagas verdaderas como, en este caso, las han descrito los doctores Romanelli y Festa.
 
INTERVENCIÓN DE LA SANTA SEDE
Después de minuciosas investigaciones, la Santa Sede quiso intervenir directamente. En aquel entonces era una gran celebridad en materia de psicología experimental, el Padre Agustín Gemelli, franciscano, doctor en medicina, fundador de la Universidad Católica de Milán y gran amigo del Papa Pío XI.
 
El Padre Gemelli fue a visitar al Padre Pío, pero como no llevaba permiso escrito para examinar sus llagas, este rehúso a mostrárselas, apoyado por sus superiores en el convento. El Padre Gemelli se fue de San Giovanni con la idea de que los estigmas eran falsos, de naturaleza neurótica y publicó su pensamiento en un artículo publicado en una revista muy popular. El Santo Oficio se valió de la opinión de este gran psicólogo e hizo público un decreto el cual declaraba la poca constancia en la sobrenaturalidad de los hechos.
  
PRIMERA GRAN PRUEBA: 10 AÑOS DE AISLAMIENTO
En los años siguientes hubo otros tres decretos y el último fue condenatorio, prohibiendo las visitas al Padre Pío o mantener alguna relación con él, incluso epistolar. Como consecuencia, el Padre Pío pasó 10 años -de 1923 a 1933- aislado completamente del mundo exterior, entre la paredes de su celda. Durante estos años no solo sufría los dolores de la Pasión del Señor en su cuerpo, también sentía en su alma el dolor del aislamiento y el peso de la sospecha. Su humildad, obediencia y caridad no se desmintieron nunca.
  
EL SACROSANTO SACRIFICIO DE LA MISA
 
El Padre Pío ofreciendo misa (con el Rito Perpetuo de San Pío V, desde luego. Nunca llegó a conocer el Novus Ordo -y de conocerlo, lo rechazaría de plano-)
 
El Padre Pío se levantaba todas la mañanas a las tres y media y rezaba el oficio de las lecturas. Fue un sacerdote orante y amante de la oración. Solía repetir: “La oración es el pan y la vida del alma; es el respiro del corazón, no quiero ser más que esto, un fraile que ama”. Celebraba la Santa Misa en las mañanas acompañado de dos religiosos. Todos querían verlo y hasta tocarlo, pero su presencia inspiraba tanto respeto que nadie se atrevía a moverse en lo más mínimo. La Misa duraba casi dos horas y todos los presentes se sumergían de forma particular en el misterio del sacrificio de Cristo, multitudes se volcaban apretadas alrededor del altar deteniendo la respiración. Aunque no existe diferencia esencial en la celebración de la Santa Misa de cualquier otro sacerdote, porque el sacerdote y la víctima es siempre Cristo, con el Padre Pío la imagen del Salvador -traspasado en sus manos, pies y costado- era más transparente.
 
El Padre Pío vive la Santa Misa, sufriendo los dolores del Crucificado y dando profundo sentido a las oraciones litúrgicas de la Iglesia. En los anales de la Iglesia, Padre Pío es el primer sacerdote estigmatizado; el fue esencialmente sacerdote, y su santidad fue esencialmente sacerdotal. Toda su vida giraba alrededor de esta realidad en la cual prestaba su boca a Cristo, sus manos y sus ojos. Cuando decía: “Hoc est enim Corpus meum... Hic est enim Calix Sánguinis mei”, su rostro se transfiguraba. Olas de emoción lo sacudían, todo su cuerpo se proyectaba en una muda imploración. “La Misa -dijo una vez a un hijo espiritual- es Cristo en al Cruz, con María y Juan a los pies de la misma y los ángeles en adoración. Lloremos de amor y adoración en esta contemplación”. Mientras el Padre celebraba el Santo Sacrificio, el tiempo parecía detenerse. Una Misa del Padre Pío podría durar hasta tres horas, pero la gente lo toleraba porque estaban convencidos de que era un santo. Con frecuencia se desmayaba durante la larga acción de gracias después de la Misa, su cuerpo estaba rígido mientras estaba en éxtasis. Hubo una vez que el sacristán pensó que estaba muerto porque tres horas después de la Misa se lo encontró tirado en el suelo. Fue corriendo y le dijo al párroco “¡Se murió el monje!”, pero el párroco (que ya sabía lo que estaba pasando) lo calmó y le dijo: “No te preocupes, volverá en sí”.
 
Una vez se le preguntó al Padre cómo podía pasar tanto tiempo de pie en sus llagas durante toda la Santa Misa, a lo que él respondió: “Hija mía, durante la Misa no estoy de pie: estoy suspendido con Jesús en la cruz”.
 
El Padre amaba a Jesús con tanta fuerza, que experimentaba en su propio cuerpo una verdadera hambre y sed de Él. “Tengo tal hambre y sed antes de recibir a Jesús, que falta poco para que muera de la angustia. Y precisamente, porque no puedo estar sin unirme a Jesús, muchas veces, aun con fiebre, me veo obligado a ir a alimentarme de su cuerpo”... “El mundo, solía decir el Padre Pío, puede subsistir sin el sol, pero nunca sin la Misa”.
 
En una ocasión se le preguntó si la Santísima Virgen María estaba presente durante la Santa Misa, a lo cual él respondió:
“Sí, ella se pone a un lado, pero yo la puedo ver, qué alegría. Ella está siempre presente. ¿Como podría ser que la Madre de Jesús, presente en el Calvario al pie de la cruz, que ofreció a su Hijo como víctima por la salvación de nuestras almas, no esté presente en el calvario místico del altar?”.
 
MÁRTIR DE LA CONFESIÓN
Quien participara en la celebración Eucarística del Padre Pío no podía quedar tranquilo en su pecado. Después de la Santa Misa, el Padre Pío se sentaba en el confesionario por largas horas, dándole preferencia a los hombres, pues él decía que eran los que más necesitaban de la confesión. Al ser tantos los que acudían a la confesión, fue necesario establecer un orden, y confesarse con el Padre Pío podía tomarse fácilmente tres o cuatro días de espera.

Confesionario del Padre Pío
  
Son muchos los impresionantes testimonios y las emotivas conversiones generadas a través de las Confesiones con el Padre Pío. Severo con los curiosos, hipócritas y mentirosos, y amoroso y compasivo con los verdaderamente arrepentidos. Uno de los dones que más impresionaba a la gente era que podía leer los corazones.
 
Una vez se le preguntó al Padre por qué echaba a los penitentes del confesionario sin darles la absolución, a lo que él respondió: “Los echo, pero los acompaño con la oración y el sufrimiento, y regresarán”. El enojo era solamente superficial. A un hermano le explicó una vez: “Hijo mío, sólo en lo exterior he asumido una forma distinta. Lo interior no se ha movido para nada. Si no lo hago así, no se convierten a Dios. Es mejor ser reprochado por un hombre en este mundo, que ser reprochado por Dios en el otro”. Un ejemplo de ello sucedió un día en que el Padre se encontró con un joven que lloraba sin importarle el gentío que lo rodeaba. El Padre se le acercó y le preguntó el porqué de su llanto. El muchacho respondió que “lloraba, porque no le había dado la absolución”. Padre Pío lo consoló con ternura diciendo: “Hijo, ves, la absolución no es que te la he negado para mandarte al infierno sino al Paraíso”.
 
APOSTOLADO DE LA ALEGRÍA
El Padre Pío era un hombre muy duro contra todo tipo de pecado, pero tierno, jovial y amante de la vida. Era un conversador brillante, con la astucia para mantener en suspenso a sus oyentes. Le gustaban mucho los chistes, y en su repertorio, no faltaban los que se referían a los soldados, políticos y religiosos. De la boca del Padre Pío, el chiste y la anécdota no eran solo sano humorismo y simple distracción, sino también una especie de apostolado: el apostolado de la alegría y el buen humor.
 
Una tarde calurosa, en que paseaba, como frecuentaba hacer con sus hermanos e hijos espirituales, les contó esta anécdota:
“Una vez entró de monje un joven juglar que no conseguía cantar los salmos ni rezar las oraciones con los hermanos, pero en cuanto el coro quedaba vacío, se acercaba a la estatua de la Santísima Virgen y le hacía piruetas para congraciarse con ella y con el Niño Jesús. Una vez lo vio el fraile sacristán y avisó al Abad. Este después de haberlo observado un rato, se maravilló de ver que la estatua de la Virgen tomó vida. María sonreía y el Niño Jesús aplaudía con sus manitas. Cada uno de nosotros, decía el Padre, hace de bufón en el puesto que Dios le ha asignado. El fraile más ignorante, ofrecía a la Reina del Cielo lo único que sabía hacer, y Ella lo aceptaba con gusto”.
 
AUXILIO SEGURO
A muchos que acudían a él para pedir su intercesión en momentos de necesidad, el Padre no faltaba en darles una mano con su oración. En una ocasión contaba un monseñor que a un campesino conocido de él, al cual le vino un fuerte y repentino dolor de muelas una noche, en su desesperación por sentirse que el Padre no había escuchado su súplica de intercesión, tomó un zapato y lo arrojó contra el cuadrito en el que estaba la foto del Padre. Pasado el tiempo y habiendo olvidado el gesto irreverente, fue a confesarse con el Padre, el cual le replicó en el confesionario: “Y todavía tienes el coraje, después del zapatazo que me diste en la cara...”.
 
SANACIÓN MILAGROSA
Una de las sanaciones más conocidas del Padre Pío fue la de una niña llamada Gema, que había nacido sin pupilas en los ojos. La abuelita de ésta la llevó a San Giovanni Rotondo con la esperanza de que el Señor obrara un milagro a través de la intercesión del Padre. El Padre la bendijo e hizo la señal de la cruz sobre sus ojos. La niña recuperó la vista, aunque el milagro no terminó allí. Gema vio desde ese momento, sin nunca tener pupilas. Ya de adulta, Gema entró en la Vida Religiosa.
 
EL PADRE PÍO Y LOS NIÑOS
   
Niños junto al Padre Pío luego de recibir la Primera Comunión
 
El Padre tenía también un gran amor por los niños. Cuando se le pedía la intercesión por el nacimiento de algún bebé que viniese con problemas, o por algún niño que estuviese enfermo, intercedía hasta conseguir la gracia. Un canciller a cuya esposa se le aproximaba el parto que se presentaba lleno de dificultades, fue a consultar con el Padre y a pedir sus oraciones. “Vete tranquilo -le dijo el Padre-, y nada de operaciones”. En el momento del parto la situación se complicó y los médicos le dijeron que si no operaban enseguida temían por la vida, tanto de la madre como del bebé. El canciller desesperado se fue al cuarto que estaba al lado donde había una fotografía del Padre Pío en la pared y delante de ella comenzó a insultarlo y a decirle palabrotas. No había terminado de desahogarse cuando escuchó el llanto de un bebé. Salió corriendo hacia el cuarto de su esposa y encontró un hermoso varoncito nacido “sin operaciones”, para sorpresa de los médicos. Después de algunos días, el canciller fue a San Giovanni a confesarse y a darle las gracias al Padre, el cual le respondió: “Está bien, pero todas las palabrotas y los insultos que dijiste delante de mi fotografía, no tienes que decirlos más”.
 
En otra ocasión, un niño de San Giovanni Rotondo que estaba gravemente enfermo y el cual se esperaba que podía morir en cualquier momento, se echó a reír y recuperó la salud de forma casi instantánea. La madre le preguntó que qué sentía y el niño le respondió: “Mamá, Padre Pío me hizo cosquillas en el pie”. El Padre le había hecho cosquillas en el pie y se sanó.
 
HIJOS ESPIRITUALES
El Padre Pío tenía entre aquellos que se lo solicitaban, un grupo de hijos espirituales a quienes prometía asistir con sus oraciones y cuidados a cambio de llevar una vida fervorosa de oración, virtud y obras de caridad. Entre este grupo de devotos hay un sinnúmero de anécdotas en las que el cuidado real y oportuno del Padre se manifestó de forma extraordinaria. Entre estas anécdotas está la de un joven cuya madre lo llevaba a donde el Padre desde que este era muy pequeño y un día, saliendo del convento para tomar el autobús de regreso a casa, un coche lo atropelló por la espalda haciendolo volar por los aires. Mientras este volaba sobre el coche, viendo la imagen de la Virgencita del convento al revés, se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Solo logró gritar: “Virgencita mía, ayúdame”. Lo llevaron de inmediato al hospital y todos los exámenes mostraban que todo estaba en orden, aunque no se explicaban de dónde provenía la sangre que había en su camisa. En cuanto este pudo salió corriendo hacia el convento para darle las gracias al Padre que estaba rezando en el coro. “No me des las gracias a mí, le respondió el Padre, dáselas a la Virgen, fue Ella”. Después de mirarlo con los ojos llenos de amor y con una gran sonrisa en los labios, le dijo: “Hijo mío, no te puedo dejar solo ni un minuto...”.
 
CORREDENTOR
La vida del Padre Pío está tan llena de acontecimientos extraordinarios que es necesario buscar las causas de ellos en su vida íntima. Quien es llamado a servir en la misión redentora de Jesucristo tiene que sufrir mucho moral y físicamente. Estos sufrimientos lo purifican y encienden cada vez más del amor de Dios. En una carta escrita por el Padre en 1913 decía: “El Señor me hace ver como en un espejo, que toda mi vida será un martirio”. Desde que ingresó a la vida religiosa hasta que recibió los estigmas, la vida del Padre Pío fue un vía crucis. En 1912 escribe: “Sufro, sufro mucho pero no deseo para nada que mi cruz sea aliviada, porque sufrir con Jesús es muy agradable”. A una hija espiritual le dijo un día: “El sufrimiento es mi pan de cada día. Sufro cuando no sufro. Las cruces son las joyas del Esposo, y de ellas soy celoso. ¡Ay de aquel que quiera meterse entre las cruces y yo!”.
 
SU PROYECTO MÁS GRANDE EN LA TIERRA
  
Casa Alivio del Sufrimiento, el gran proyecto del Padre Pío
 
La tarde del 9 de enero de 1940, el Padre Pío reunió a tres de sus grandes amigos espirituales y les propuso un proyecto al cual él mismo se refirió como “su obra más grande aquí en la tierra”: la fundación de un hospital que habría de llamarse “Casa Alivio del Sufrimiento”. El Padre sacó una moneda de oro de su bolsillo que había recibido en una ocasión como regalo y dijo: “Esta es la primera piedra”. El 5 de mayo de 1956 se inauguró el hospital con la bendición del cardenal Lercaro y un inspirado discurso del Papa Pío XII. La finalidad del hospital es curar al enfermo tanto espiritual como físicamente: la fe y la ciencia, la mística y la medicina, todos de acuerdo para auxiliar la persona entera del enfermo: cuerpo y alma.
 
GRUPOS DE ORACIÓN
“Lo que le falta a la humanidad, repetía con frecuencia, es la oración”. A raíz de la Segunda Guerra Mundial, el mismo Padre funda los “Grupos de Oración del Padre Pío”. Los Grupos se multiplicaron por toda Italia y el mundo. A la muerte del Padre los Grupos eran 726 y contaban con 68.000 miembros, y en marzo de 1976 pasaban de 1.400 grupos con más de 150.000 miembros. Decía: “Yo invito a las almas a orar y esto ciertamente fastidia a Satanás. Siempre recomiendo a los Grupos la vida cristiana, las buenas obras y, especialmente, la obediencia a la Santa Iglesia”.
 
SEGUNDA PRUEBA Y PERSECUCIÓN
La envidia humana se echó encima de la obra del Padre Pío. Desde 1959, periódicos y semanarios empezaron a publicar artículos y reportajes mezquinos y calumniosos contra la “Casa Alivio del Sufrimiento”. Para quitar al Padre los donativos que le llegaban de todas partes del mundo para el sostenimiento de la Casa, sus enemigos planearon una serie de documentaciones falsas y hasta llegaron, sacrílegamente, a colocar micrófonos en su confesionario para sorprenderlo en error.
 
Algunas oficinas de la Curia Romana condujeron investigaciones, le quitaron la administración de la Casa Alivio del Sufrimiento y sus Grupos de Oración fueron dejados en el abandono. A los fieles se les recomendó no asistir a sus Misas ni confesarse con él.
  
El Padre Pío sufrió mucho a causa de esta última persecución que duró hasta su muerte, pero su fidelidad y amor intenso hacia la Santa Madre Iglesia fue firme y constante. En medio del dolor que este sufrimiento le causaba, solía decir: “Dulce es la mano de la Iglesia también cuando golpea, porque es la mano de una madre”.
 
50 AÑOS DE DOLOR Y SANGRE
El viernes 20 de septiembre de 1968, el Padre Pío cumplía 50 años de haber recibido los estigmas del Señor. Fue grande la celebración en San Giovanni. El Padre Pío celebró la Misa a la hora acostumbrada. Alrededor del altar había 50 grandes macetas con rosas rojas para sus 50 años de sangre... De la misma manera milagrosa como los estigmas habían aparecido en su cuerpo 50 años antes, ahora, 50 años más tarde y unos días antes de su muerte, habían desaparecido sin dejar rastro alguno de cinco décadas de dolor y sangre, con lo cual el Señor ha confirmado su origen místico y sobrenatural.
 
A LA CASA DEL PADRE
Tres días después, murmurando por largas horas “¡Jesús, María!”, muere el Padre Pío, el 23 de septiembre de 1968, a las 2:30 de la madrugada. Los que estaban presentes quedaron largo tiempo en silencio y en oración. Después estalló un largo e irrefrenable llanto.
 
Los funerales del Padre Pío fueron impresionantes. Se tuvo que esperar cuatro días para que las multitudes pasaran a despedirlo. Se calcula que más de 100 mil personas participaron del entierro.
 
Funeral del Padre Pío
 
UNA PROMESA DE AMOR
Un día se le preguntó al Padre: “¿Jesús le mostró los lugares de sus hijos espirituales en el paraíso?”, a lo cual respondió: “Claro, un lugar para todos los hijos que Dios me confiará hasta el fin del mundo, si son constantes en el camino que lleva al cielo. Es la promesa que Dios hizo a este miserable”.
  
“Y en el paraíso, ¿estaremos cerca de usted?”, replicó la interrogadora. Contestó Padre Pío: “Ah tontita, ¿y qué paraíso sería para mí si no tuviera cerca de mí a todos mis hijos?”.
  
Repuso ella: “Pero yo le tengo miedo a la muerte”. “El amor excluye el temor. La llamamos muerte, pero en realidad es el inicio de la verdadera vida. Y luego, si yo les asisto durante la vida, ¡cuánto más los ayudaré en la batalla decisiva!”, concluyó el Padre Pío.
   
INCORRUPTO
  
Padre Pío incorrupto, expuesto a la veneración pública en San Giovanni Rotondo
    

Los restos están expuestos dentro de una urna de cristal en la cripta del convento. Tras la exhumación del cadáver se comprobó que el cráneo estaba parcialmente descompuesto, por lo que los franciscanos han colocado encima de esta parte una máscara de silicona para taparla. Sobre el cuerpo, el hábito monacal capuchino, que ha sido realizado por las monjas clarisas de San Giovanni Rotondo.
 
El cuerpo de San Padre Pío fue exhumado a principios de marzo y posteriormente sometido a un ‘reconocimiento canónico’. A pesar de la descomposición parcial, los restos todavía conservan el pelo y la barba.
  
Más tarde, el arzobispo de San Giovanni Rotondo y delegado de la Santa Sede para el santuario y las obras del Padre Pío, Domenico D’Ambrosio, confirmó el buen estado de los restos.
 
“Se veía claramente la barba, la parte superior del cráneo, las rodillas, el mentón perfecto y el resto del cuerpo bien conservado”, señaló monseñor D’Ambrosio, quien destacó que las manos y las uñas estaban “con permiso del Padre Pío, como si se hubiera hecho la manicura”.
 
D’Ambrosio precisó que no había “señal algunas de los estigmas”, que se le aparecieron por vez primera al Padre Pío a finales de 1911 en las manos y pies y se mantuvieron a lo largo de toda su vida.
  
El sayo con el que ha sido vestido fue confeccionado por las monjas clarisas de clausura de San Giovanni Rotondo, aunque los guantes son los mismos que llevaba el Padre Pío y usaba para cubrir los estigmas en las palmas de las manos.
  
POST SCRIPTUM: EL ENCUENTRO CON MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE
 

Es hora de desmentir una leyenda eclesial creada para engañar a los perplejos: Existe un libro de Editoras Paulinas/San Pablo titulado ‘I Fioretti di Padre Pio’ (Florecillas del Padre Pío) de Pascal Cataneo (o Catanco), el cual ha sido traducido al inglés como ‘Padre Pio Gleanings’. En las páginas 58 y 59 se puede leer el siguiente pasaje:
“Entre las muchas, muchas personas quienes fueron a ver al Padre Pio, estuvo el Arzobispo Lefebvre, quien más tarde se adheriría obstinadamente a la Tradición católica, como la llamaba él, cuestionando la autoridad del Vaticano II y por lo tanto fue removido de su cargo por el Papa Pablo VI.
 
El Arzobispo tuvo un encuentro con el Padre Pío en la presencia del profesor Bruno Rabajotti. Este testigo reportó que en un momento en particular el Padre Pío miró a Lefebvre de forma muy severa y dijo: ‘Nunca cause discordia entre sus hermanos y siempre practique la regla de obediencia, y sobre todo, cuando le parezca a Ud. que los errores de quienes representan la autoridad son muy serios. No existe otro camino que la obediencia, especialmente para aquellos quienes hemos hecho este voto’.
 
Padre Pío le pudo haber dado este consejo debido a que él mismo tuvo que obedecer algunas órdenes cuestionables, su actitud era poner esto en las manos de Dios, porque Él encontraría la manera de que la verdad triunfase. Parece que el Arzobispo Lefebvre no veía las cosas de la misma forma, incluso cuando respondió al Padre Pío de la siguiente manera: ‘Lo recordaré, Padre’. Padre Pío lo miró fijamente y, viendo lo que muy pronto ocurriría, dijo: ‘¡No, usted lo olvidará! Usted desgarrará a la comunidad de los fieles, oponiéndose a la voluntad de sus superiores e incluso irá en contra de las órdenes del Papa mismo, y este afán sucederá muy pronto. Usted olvidará la promesa que hizo hoy y toda la Iglesia será herida por usted. No se ponga en el lugar de juez, no tome poderes que no le corresponden y no se considere como la voz del pueblo de Dios, que Dios ya ha hablado por ellos. No siembre la discordia y la disensión. Sin embargo, ¡sé que lo hará!’. Desafortunadamente, la verdad de la profecía del Padre Pío fue obvia para todos”.
 
Nada más lejos de la realidad, porque en primer lugar, los ‘problemas’ comenzaron en 1970, cuando Marcel Lefebvre fundó la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y el seminario de Ecône, enfrentado suspicacias y aversión por los modernistas de Montini para abajo. Y en segundo, el mismo Arzobispo Lefebvre le escribió el día 8 de agosto de 1990 a un sacerdote de la Fraternidad en Francia que por vía epistolar le había inquirido sobre el encuentro, diciéndole:
“Por muchos años ya, esta difamación ha sido una mentira de principio a fin, y ha estado circulando por Italia. Ya la he refutado, pero esta mentira se niega a morir. No existe una sola palabra de verdad en la copia de la página de la revista que me envió.
 
El encuentro tuvo lugar después de Pascua, en 1967, durando dos minutos. Me acompañó el Padre Noël Barbara y un hermano de la Congregación del Espíritu Santo, el Hno. Felin. Conocí al Padre Pío en un pasillo, cuando iba de camino a su confesionario, le asitían dos Capuchinos.
  
Le expliqué, en pocas palabras, el propósito de mi visita: que bendijera a la Congregación del Espíritu Santo, la cual estaba por celebrar un Capítulo General Extraordinario al que asistiría, y que estaba siendo conducida al ‘aggiornamiento’ o modernización, como estaba sucediendo con otras sociedades religiosas, y que temía que tal reunión sería problemática…
 
Entonces el Padre Pío exclamó: ‘¿Yo bendiciendo a un arzobispo?, no, no, ¡es usted quien debe bendecirme a mí!’, y se inclinó para recibir la bendición. Lo bendije, besó mi anillo y continuó su camino hacia el confesionario… 
  
Esto fue todo lo que ocurrió en ese encuentro, ni más, ni menos. La invención que se plasma en el texto que me envía, es sólo producto de una imaginación y mendacidad satánica, el autor es hijo del ‘Padre de la Mentira’.
  
Gracias por darme la oportunidad de decir una vez más la verdad, simple y llana. 
 
Suyo, de la manera más cordial, in Christo et María.
  
+ Marcel Lefebvre”.
  
De ahí que Pascal Cataneo/Catanco, o quien(es) esté(n) detrás de ese pseudónimo (porque no hubo nadie individualmente considerado que respondiera a ese nombre entre los amigos, cofrades o conocidos del Padre Pío), queriendo lucrarse a costa del buen nombre del Padre Pío, miente descaradamente en este punto, y enseña el cúprico odio a la Tradición Católica. Pero más que eso, es un tonto de primera categoría al propalar una mentira sobre Mons. Lefebvre estando éste vivo y en capacidad de defenderse.