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domingo, 30 de marzo de 2025

LA CONCIENCIA: ENSEÑANZA DE PÍO XII CONTRA LA “NUEVA MORAL”

La conciencia y su (falsa) libertad son uno de los ídolos de la modernidad en todas sus abominables y anticristianas facetas ideológicas, primera que todas el misericordismo de los modernistas desde Roncalli hasta Bergoglio (y los que vengan). Para no caer en estos errores, meditemos en los pasajes del Radiomensaje de Pío XII en ocasión de la Jornada de la Familia el 23 de Marzo de 1952:
1. La familia es la cuna del nacimiento y del desarrollo de una nueva vida, la cual, para no perecer, tiene necesidad de cuidados y educación: tal es el derecho y tal el deber fundamental que Dios impone inmediatamente a los padres.
   
La educación tiene en el orden natural como contenido y finalidad el desarrollo del niño para que llegue a ser un hombre completo; la educación cristiana tiene como contenido y finalidad la formación del nuevo ser humano, renacido por el bautismo, para hacer de él un perfecto cristiano. Obligación esta, siempre norma y gloria de las familias cristianas, que está solemnemente prescrita en el canon 1113 del Código de Derecho Canónico [de 1917], que dice así: Los padres tienen gravísima obligación de procurar con todo empeño la educación de sus hijos, tanto la religiosa y la moral como la física y la cívica, y de proveer también a su bienestar temporal.
   
2. Las cuestiones más urgentes que tocan a problema tan vasto han sido tratadas en diversas ocasiones por nuestros predecesores y por Nos mismo. Por ello, ahora no intentamos repetir lo que ya ha sido ampliamente expuesto, sino más bien llamar la atención sobre un elemento que, aun siendo la base y el apoyo de la educación, especialmente de la cristiana, a algunos, a primera vista, les parece corno extraño a ella.
   
Queremos, pues, hablar de lo que hay de más profundo e intrínseco en el hombre: su conciencia. A ello nos ha inducido el hecho de que algunas corrientes del pensamiento moderno comienzan a alterar su concepto y a impugnar su valor. Por consiguiente, trataremos de la conciencia como objeto de la educación.
   
3. La conciencia es como el núcleo más íntimo y secreto del hombre. Es en ella donde se refugia con sus facultades espirituales, en soledad absoluta: solo consigo mismo, o mejor, solo con Dios —de cuya voz es un eco la conciencia— y consigo mismo. Allí se determina él por el bien o por el mal; allí escoge él entre el camino de la victoria o el de la derrota. Aunque lo quisiera alguna vez, el hombre no lograría quitársela de encima; con ella, ora apruebe o desapruebe, recorrerá todo el camino de la vida, y con ella también, como verdadero e incorruptible testigo, se presentará ante el juicio de Dios. La conciencia es, por lo tanto, para expresarlo con una imagen tan antigua como exacta, un άδυτον, un santuario, en cuyo umbral todos deben detenerse; todos, hasta el padre y la madre cuando se trata de un niño. Sólo el sacerdote entra allí como médico de almas y como ministro del sacramento de la penitencia; no por ello deja la conciencia de ser un celoso santuario, cuyo secreto Dios mismo quiere que sea conservado con el sello del más sacro silencio.
   
¿En qué sentido, pues, se puede hablar de la educación de la conciencia?
   
4. Preciso es restablecer algunos conceptos fundamentales de la doctrina católica para comprender bien que la conciencia puede .y debe ser educada.
   
El divino Salvador ha traído al hombre ignorante y débil su verdad y su gracia: la verdad, para indicarle el camino que conduce a su meta; la gracia, para conferirle la fuerza de poder alcanzarla.
   
Recorrer este camino significa, en la práctica, aceptar la voluntad y los mandamientos de Cristo y conformar a ellos su vida, esto es, cada uno de los actos internos y externos, que la libre voluntad humana escoge y determina. Y ¿cuál es la facultad espiritual que en los casos particulares señala a la voluntad misma, para que ésta escoja y determine, los actos que son conformes a la voluntad divina, sino la conciencia? Esta es, por lo tanto, eco fiel, nítido reflejo de la norma divina para las acciones humanas. De modo que expresiones como «el juicio de la conciencia cristiana», o esta otra, «juzgar según la conciencia cristiana», tienen este sentido: la norma de la decisión última y personal para una acción moral está tomada de la palabra y de la voluntad de Cristo. El es, en efecto, el camino, la verdad y la vida, no sólo para todos los hombres tomados en conjunto, sino para cada uno (cf. Jn 14, 6): lo es para el hombre adulto, lo es para el niño y para el joven.
   
5. De donde se sigue que formar la conciencia cristiana de un niño o de un joven consiste, ante todo, en instruir su inteligencia acerca de la voluntad de Cristo, su ley, su camino, y, además, en cuanto desde fuera puede hacerse, para introducirla al libre y constante cumplimiento de la voluntad divina. Este es el deber más alto de la educación.

6. Mas ¿dónde encontrarán el educador y el educando, concreta, fácil y ciertamente, la moral cristiana? En la ley del Creador impresa en el corazón de cada uno (cf. Rom 2,14-16), y en la revelación, es decir, en el conjunto de las verdades y de los preceptos enseñados por el divino Maestro. Todo esto —así la ley escrita en el corazón, o ley natural, como las verdades y los preceptos de la revelación sobrenatural— lo ha dejado Jesús Redentor, cual tesoro moral de la humanidad, en manos de su Iglesia, de suerte que ésta lo predique a todas las criaturas, lo explique y lo transmita, de generación en generación, intacto y libre de toda contaminación y error.

7. Contra esta doctrina, nunca impugnada en largos siglos, surgen ahora dificultades y objeciones que es preciso aclarar. Como en la doctrina dogmática, también en el ordenamiento moral católico se querría hacer casi una revisión radical para establecer un nuevo orden de valores.

El primer paso o, por mejor decir, el primer golpe contra el edificio de las normas morales cristianas debería ser el separarlas —como se pretende— de la vigilancia angosta y opresora de la autoridad de la Iglesia, de suerte que, liberada de las sutilezas sofisticas del método casuístico, la moral sea de nuevo devuelta a su forma original y confiada simplemente a la inteligencia y a la determinación de la conciencia individual.

Todos ven a cuán funestas consecuencias conduciría semejante trastorno de los fundamentos mismos de la educación.

8. Sin poner de relieve la manifiesta impericia y la falta de madurez en el juicio de quienes sostienen tales opiniones, conveniente será poner de manifiesto el vicio capital de esta nueva moral. Al dejar todo criterio ético a la conciencia individual, celosamente cerrada en sí misma y convertida en árbitro absoluto de sus determinaciones, esta teoría, lejos de facilitarle el camino, la apartaría del camino real que es Cristo.

9. El divino Redentor ha entregado su Revelación —de la cual forman parte esencial las obligaciones morales— no ya a cada uno de los hombres, sino a su Iglesia, a la que ha dado la misión de conducirlos a que abracen con fidelidad aquel sacro depósito.

E, igualmente, a la Iglesia misma y no a cada uno de los individuos, fue prometida la asistencia ordenada a preservar la Revelación de errores y deformaciones. Sabia providencia también ésta, porque la Iglesia, organismo viviente, puede así, segura y fácilmente, tanto iluminar y profundizar aun las verdades morales como aplicarlas, manteniendo intacta su sustancia, a las variables condiciones de lugares y de tiempos. Basta pensar, por ejemplo, en la doctrina social de la Iglesia, que, nacida para responder a nuevas necesidades, en el fondo no es sino la aplicación de la perenne moral cristiana a las presentes circunstancias económicas y sociales.

10. ¿Cómo, pues, será posible conciliar la providente disposición del Salvador, que confió a la Iglesia la tutela del patrimonio moral cristiano, con esa especie de autonomía individualista de la conciencia?

Esta, sustraída a su clima natural, no puede producir sino frutos venenosos, que se reconocerán tan sólo comparándolos con algunas características de la tradicional conducta y perfección cristiana, cuya excelencia está probada por las incomparables obras de los santos.

La nueva moral afirma que la Iglesia, en vez de fomentar la ley de la libertad humana y del amor, y de insistir en ella como digna actuación de la vida moral, se apoya, al contrario, casi exclusivamente y con excesiva rigidez, en la firmeza y en la intransigencia de las leyes morales cristianas, recurriendo con frecuencia a aquellos «estáis obligados», «no es lícito», que saben demasiado a una pedantería envilecedora.

11. Ahora bien: la Iglesia quiere, en cambio —y lo pone bien de manifiesto cuando se trata de formar las conciencias—, que el cristiano sea introducido a las infinitas riquezas de la fe y de la gracia en forma persuasiva, de suerte que se sienta inclinado a penetrar en ellas profundamente.

Pero la Iglesia no puede abstenerse de amonestar a los fieles que estas riquezas no se pueden adquirir ni conservar sino a costa de concretas obligaciones morales. Una conducta diversa terminaría por hacer olvidar un principio predominante, en el cual siempre insistió Jesús, su Señor y Maestro. El, en efecto, enseñó que para entrar en el reino del cielo no basta decir Señor, Señor, sino que precisa cumplir la voluntad del Padre celestial (cf. Mt 7,21).

El habló de la puerta estrecha y de la vía angosta que conduce a la vida (cf. Mt 7,13-14), y añadió: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque yo os digo que muchos intentarán entrar y no lo lograrán (Lc 13.24). El puso como piedra de toque y señal distintiva del amor hacia sí mismo, Cristo, la observancia de los mandamientos (Jn 14,21-24). Por ello, al joven rico, que le pregunta, le responde: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos; y a la nueva pregunta: ¿Cuáles?, le responde: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falsos testimonios, honra a tu padre y a tu madre y ama a tu prójimo como a ti mismo. A quien quiere imitarle le pone como condición que renuncie a sí mismo y tome su cruz cada día (cf. Lc 9,23). Exige que el hombre esté dispuesto a dejar por El y por su causa todo cuanto de más querido tenga, corno el padre., la madre, los propios hijos, y hasta el último bien —la propia vida (cf. Mt 10,37-39)—. Pues añade El: A vosotros, mis amigos, yo os digo: No temáis a los que matan el cuerpo y luego ya nada más puedan hacer. Yo os diré a quién habéis de temer: Temed al que, una vez quitada la vida, tiene poder para echar al infierno (Lc 12, 4-5).

Así hablaba Jesucristo, el divino Pedagogo, que sabe ciertamente mejor que los hombres penetrar en las almas y atraerlas a su amor con las perfecciones infinitas de su Corazón, lleno de amor v de bondad (Letanía del Sagrado Corazón de Jesús).

12. Pero ¿es que predicó de otro modo San Pablo, el Apóstol de las Gentes? Con su vehemente acento de persuasión, descubriendo el místico atractivo del mundo sobrenatural, él ha expuesto la grandeza y esplendor de la fe cristiana, las riquezas, el poder, la bendición, la felicidad que en ella se encierran, ofreciéndolas a las almas como digno objeto de la libertad de cristiano y como meta irresistible de los puros impulsos del amor. Pero no es menos verdad que son igualmente suyas amonestaciones como ésta: Obrad vuestra salvación con temor y temblor (Flp 2.12) y que de su misma pluma han salido altos preceptos de moral, destinados a todos los fieles, sean éstos de una común inteligencia, sean almas de elevada sensibilidad. Tomando, por consiguiente, como norma estricta las palabras ele Cristo y las del apóstol, ¿no se debería tal vez decir que la Iglesia de hoy más bien está inclinada a la condescendencia que a la severidad? De suerte que la acusación de opresora dureza que la nueva moral lanza contra la Iglesia, en realidad va a alcanzar, en primer lugar, a la misma adorable persona de Cristo.

13. Por todo ello, conscientes del derecho y del deber de la Sede Apostólica para intervenir, si es necesario, con autoridad en las cuestiones morales, Nos —en el discurso del 29 de octubre del año pasado— nos propusimos iluminar las conciencias en lo tocante a los problemas de la vida conyugal. Y con la misma autoridad declaramos hoy a los educadores y a la misma juventud: el mandamiento divino de la pureza de alma y de nuevo vale sin disminución también para la juventud de hoy. También ella tiene la obligación moral y, con la ayuda de la gracia, la posibilidad de conservarse pura. Por lo tanto, rechazamos como errónea la afirmación de quienes consideran inevitables las caídas en los años de la pubertad, que por ello no merecerían el que se haga gran caso de ellas, como si no fueran culpas graves, porque ordinariamente —añaden ellos— la pasión quita la libertad necesaria para que un acto sea moralmente imputable.

Y, por lo contrario, norma es obligatoria y prudente que el educador, aun sin dejar de representar a los jóvenes los nobles méritos de la pureza, de suerte que les lleve a amarla y a desearla por sí misma, les inculque, sin embargo, claramente el mandamiento como tal, en toda su gravedad y seriedad de ordenación divina. Así es como estimulará a los jóvenes a evitar las ocasiones próximas, les animará en la lucha, cuya dureza no les ocultará, les incitará a abrazarse valerosamente con los sacrificios que la virtud exige, y les exhortará a que perseveren y no caigan en el peligro de dejar las armas ya desde el principio y sucumbir sin resistencia a los hábitos perversos.

14. Y más aún que en el terreno de la vida privada, son muchos hoy los que querrían que la autoridad de la ley moral se excluyera de la vida pública, económica y social, de la acción de los poderes públicos en los interior y en lo exterior, en la paz y en la guerra, como si aquí Dios nada tuviera que decir, al menos de definitivo.

La emancipación de las actividades humanas externas, como las ciencias, la política, el arte, con relación a la moral, a veces es razonada, filosóficamente, por la autonomía que les corresponde, en su propio campo, para regirse exclusivamente según sus propias leyes, aunque se admita que éstas coinciden, de ordinario, con las morales. Y como ejemplo se aduce el arte, al cual no sólo se le niega toda dependencia, sino también toda relación con la moral diciendo: el arte sólo es arte y no moral ni otra cosa, y, por lo tanto, debe regirse tan sólo por las leyes de la estética, las cuales, por lo demás si son verdaderamente tales, no se doblegarían a servir a la concupiscencia Y de modo semejante se razona para la política y la economía, que no tienen necesidad de tomar consejo de otras ciencias, ni, por lo tanto, de la ética, sino que, guiadas por sus verdaderas leyes, por ello mismo son buena: y justas.

15. Sutil es, como se ve, tal modo de sustraer las conciencias al imperio de las leyes morales. Cierto es que no se puede negar que tales autonomías son justas, en cuanto significan el método propio de cada actividad y los límites que separan sus diversas formas, en teoría; pero la separación del método no puede significar que el científico, el artista, el político se hallen libres de preocupaciones morales, en el ejercicio de sus actividades, singularmente cuando éstas tienen inmediatos reflejos en el dominio de la ética, como el arte, la política, la economía. La separación neta y teórica no tiene sentido en la vida, que es siempre una síntesis, porque el sujeto único de toda clase de actividad es el mismo hombre, cuyos actos libres y conscientes no pueden rehuir la valoración moral. Si se continúa observando el problema con mirada amplia y práctica, que falta a veces aun a los más insignes filósofos, tales distinciones y autonomías son encaminadas por la naturaleza humana decaída a representar como leyes del arte, de la política o de la economía aquello que, en cambio, resulta cómodo a la concupiscencia, al egoísmo y a la codicia. Así es como la autonomía teórica con relación a la moral se convierte en una rebelión práctica contra la moral, y se rompe también aquella armonía inherente a las ciencias y a las artes, que los filósofos de aquella escuela comprueban claramente, pero que llaman casual, cuando, por lo contrario, es esencial si se considera por relación al sujeto, que es el hombre, y a su Creador, que es Dios.

16. Por esto, nuestros predecesores y Nos mismo, en el trastorno de la guerra y en las perturbadas alternativas de la posguerra, jamás hemos cesado de insistir en el principio de que el orden querido por Dios abraza la vida entera, sin excluir la vida pública en cada una de sus manifestaciones, persuadidos de que en esto no hay restricción alguna para la verdadera libertad humana ni intromisión alguna en la competencia del Estado, sino una seguridad contra errores y abusos, contra los cuales puede proteger la moral cristiana, rectamente aplicada. Estas verdades han de ser enseñadas a los jóvenes e inculcadas en sus conciencias por quienes, en la familia o en la escuela, tienen la obligación de cuidar de su educación, sembrando así la semilla de un porvenir mejor.

17. He aquí todo cuanto queríamos deciros, amados hijos e hijas que nos escucháis, y al decíroslo no hemos ocultado la angustia que nos oprime el corazón por este formidable problema, que se refiere así al presente y al porvenir del mundo corno al eterno destino de muchas almas. ¡Cuánto consuelo nos daría la certeza de que vosotros compartís nuestra angustia por la educación cristiana de la juventud! Educad las conciencias de vuestros hijos con cuidado tenaz y perseverante. Educadlas en el temor y en el amor de Dios. Educadlas en la veracidad. Pero sed veraces primero vosotros mismos, y desterrad de la obra educativa todo cuanto no es claro ni verdadero. Imprimid en las conciencias de los jóvenes el genuino concepto de la libertad, de la verdadera libertad, digna y propia de una criatura hecha a imagen de Dios. Es cosa muy distinta de la disolución y el desenfreno; es, en cambio, una probada capacidad para el bien; es aquel resolverse por sí misma a quererlo y a cumplirlo (cf. Gál 5,13); es el dominio sobre las propias facultades, sobre los instintos, sobre los acontecimientos. Enseñadles a orar y a beber en las fuentes de la penitencia y de la santísima eucaristía lo que la naturaleza no les puede dar: la fuerza de no caer, la fuerza para levantarse. Que ya desde jóvenes, sientan que sin la ayuda de estas energías sobrenaturales no conseguirán ser ni buenos cristianos, ni simplemente hombres honestos, a quienes esté reservado un sereno vivir. Y así preparados, podrán aspirar igualmente a lo mejor, esto es, podrán darse a aquel gran empleo de sí mismos, cuyo cumplimiento será su honor: realizar a Cristo en su vida.

18. Para conseguir este objeto, Nos exhortamos a todos nuestros amados hijos e hijas de la gran familia humana a que estén entre sí estrechamente unidos: unidos para la defensa de la verdad, para la difusión del reino de Cristo sobre la tierra. Destiérrese toda división, quítese toda disensión, sacrifíquese generosamente —cueste lo que cueste— a este bien superior, a este ideal supremo, toda mira particular, toda preferencia subjetiva; si mal deseo os sugiere otra cosa, vuestra conciencia cristiana venza toda prueba, de suerte que el enemigo de Dios entre vosotros, de vosotros no se ría (Dante, Paraíso 5, 78.81). Que el vigor de la sana educación se revele por su fecundidad en todos los pueblos, que se angustian por el porvenir de su juventud.

martes, 7 de enero de 2025

EL MATRIMONIO

Sermón predicado por el Ilmo. Sr. Obispo D. Fernando Altamira, Superior de la Sociedad de Santa María, en la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús (domingo 5 de Enero de 2025).
   

martes, 20 de agosto de 2024

SANTA ANA Y LA FAMILIA CATÓLICA, POR Mons. FERNANDO ALTAMIRA

Sermón pronunciado por el Ilmo. Sr. Obispo D. Fernando Altamira, Superior de la Sociedad de Santa María, el día viernes 26 de Julio del 2024.
   

lunes, 6 de noviembre de 2023

ORACIONES POR LOS PADRES Y LOS HIJOS


ORACIÓN EN FAVOR DE LOS HIJOS O DEPENDIENTES
Soberano Señor, Padre universal de los vivientes, que aunque indigno quereis serviros de mí como de instrumento para la generación de nuevos seres, hijos vuestros y míos, que os alaben eternamente. ¿Qué gracias os daré por tan señalado beneficio?

Ya que os habeis dignado constituirme representante vuestro en la tierra para con mis dependientes e hijos, haced, Señor, que os represente no solo en la autoridad, sino también en la providencia amorosa que ejercéis con todos, y en la santidad, siendo yo fiel copia de vuestras virtudes.

Sí, Dios mío, que de tal suerte viva en la sociedad, que nunca me avergüence de profesar vuestra doctrina ante los hombres; que mi conducta se ajuste, no a las máximas del mundo, sino a las sagradas leyes del Evangelio; y que de tal suerte me aplique a procurar el sustento de mi familia que una congojosa solicitud de lo temporal no me impida trabajar en mi eterna salvación.

Concededme, Dios mío, prudencia en mis negocios, moderación en la prosperidad, sufrimiento y longanimidad en los trabajos, cumplimiento en los deberes de mi empleo, vigilancia y acierto en la buena educación de los hijos, y en el gobierno de mi familia. Desterrad de mí aquel falso amor que ciega a tantos padres y causa la perdición de tantos hijos. Que yo sepa alejarlos de los peligros, inspirarles horror al pecado, y amor a la virtud.

¡Pero ay!, ¡qué pueden mis débiles luces y medios, para llenar una misión tan alta como la que me habeis confiado, de hacer de estos hijos dignos príncipes del Cielo! Asistidme pues, Padre celestial; hijos son vuestros antes que míos: yo os los devuelvo y consagro a Vos: sed en todo tiempo su Padre; sed tambien el mío. Que ninguno de los que Vos me habéis confiado os ofenda jamás, que ninguno de ellos arda un día en las voraces llamas del Infierno: sacadle antes de este mundo; y haced que sirviéndoos yo fielmente con mis hijos y dependientes en la tierra, logremos todos publicar vuestras paternales misericordias en el cielo. Amén.
   
ORACIÓN DE LOS HIJOS EN FAVOR DE SUS PADRES
¡Padre! ¡Padre nuestro que estáis en los cielos, y que por tantos títulos merecéis de mí el regalado nombre de Padre! No olvideis a los que tienen vuestras veces para conmigo y me son vivas imágenes de vuestra divinidad en la tierra. Sí, volved vuestros ojos paternales a aquellos a quienes disteis el nombre y las entrañas de padres para conmigo. Vos solo sabéis lo mucho que se han desvelado, trabajado y sufrido por mí. A ellos debo después de Vos todo cuanto soy y todo cuanto tengo. Haced pues que yo les tribute aquel amor, respeto, obediencia y socorros que les son debidos, y que Vos mismo tributasteis a María y a José, criaturas santísimas, pero infinitamente inferiores a Vos. Conservadles a estos mis queridos padres por mucho tiempo la salud y la vida: derramad sobre ellos toda suerte de bendiciones temporales y espirituales, y preservadles de la mayor de todas las desgracias, la de caer en pecado y condenarse eternamente. No lo permitáis, dulce Jesús mío; no permitáis tampoco que se opongan jamás a los designios amorosos que Vos tuvieseis sobre mí: antes bien haced, que conformando su voluntad con la vuestra, me ayuden a conocer y seguir mi vocación, y a obtener así la eterna salvación, para que pueda en compañía suya alabaros y glorificaros eternamente. Amén.

PADRE JOSÉ MACH SJÁncora de Salvación, Barcelona, Imprenta de Pons y Cía, 1854, págs. 123-126. Imprimátur por el P. Dr. Ramón de Ezenarro y Royo, Provisor y Vicario general del Obispado de Barcelona.

jueves, 4 de mayo de 2023

EL EJEMPLO DE SANTA MÓNICA


«La vida de Santa Mónica puede servir de lección y ejemplo para cada uno. Como virgen, era modesta y retirada, devota a la oración, amable con los pobres, no tomó gusto en los lujos o trajes elegantes, no se casó sin el conocimiento y permiso de los padres sino en obediencia a ellos más que porque fuese su propio deseo. Estos son todos los punyos que merecen ser especialmente considerados e imitados por todas las personas solteras. Como esposa, ella mostró una reserva y paciencia casi asombrosa. Sufría en silencio todo el mal que le hacían, pero emprendió reformar a su esposo con amables persuasiones y oraciones. Sin embargo, ella mostró la mayor solicitud para darle a sus hijos una educación cristiana. Los casados pueden aprender de esto cómo deberían conducirse a sí mismos, especialmente si uno tiene algo que sufrir del otro. Como viuda, ella pasó su tiempo en el ejercicio de aquellas obras que mencioné antes. Amó la soledad, huyó incluso de los placeres lícitos, y evitó la más leve sombra de vanidad en su atuendo y conducta. ¡Ah!, si todas las viudas considerasen bien este ejemplo, y conformasen sus vidas a él. Porque vivir, después de la muerte del esposo, la misma vida de vanidad y disipación, solo vestir tan lujosa como soberbiamente, encontrar el mismo deleite en los placeres del mundo y buscarlos tan frecuentemente como en el pasado, ser justo tan indolente al ejercicio de las obras de caridad, pasar incluso más tiempo en chismes que en oraciones o escuchando la palabra de Dios, llevar una vida regulada solo por un amor del confort y la sensualidad, quizá, incluso para buscar peligros mayores, no es vivir como una viuda que desea ferviente ganar su eterna salvación. Dice San Pablo: “Si alguna viuda tiene hijos o nietos; que aprenda primero a gobernar su casa, y dar el debido retorno a sus padres: porque esto es aceptable ante Dios. Pero la que es realmente viuda y desolada, ponga su confuanza en Dios, y persevere día y noche en súplicas y oraciones. Porque la que vive entre placeres, está muerta en vida” (1.ª Timoteo V).

Santa Mónica tuvo un esposo vicioso y un hijo descarriado. Ella, sin embargo, los convirtió a ambos. Pero, ¿cómo y con qué medios? No por riña o disputa, no por abusos y lesiones, no por jurar y maldecir; sino por la paciencia, por tiernas exhortaciones y oraciones constantes. ¡Oh!, si todas las mujeres, si todos los padres usaran tales medios cuando tienen malos esposos o hijos descarriados. Ellos no van a cambiar con maldiciones o abusos. Si un esposo es colérico, o ebrio, o incapaz de otra forma para escuchar razones, la esposa debe ser silente y ceder, pero esperar un tiempo adecuado para mostrarle sus faltas y exhortarlo a mejorar su conducta. Las contradicciones o maldiciones solo añadirán más leña al fuego, y acrecentarán el mal. En cuanto a los padres concierne, ellos deben saber que nunca tendrán permitido maldecir a sus hijos o desearles el mal, o que los hijos sean siempre impíos y malos. Los padres pecan al maldecir, y con frecuencia muy gravemente. 

Ellos causan muchos pecados que sus hijos, con el paso del tiempo, cometerán maldiciendo de la misma manera: porque uno ve cada día que los hijos aprenden de sus padres a maldecir, y se vuelven tan acostumbrados a ello como sus padres lo son. ¿Y quién es responsable ante Dios por las maldiciones de los hijos sino los padres, que les han puesto el ejemplo? Yo soy consciente de las muchas excusas que los padres dan, y las contestaré en otro momento. Hoy, solamente digo esto: Nunca está permitido maldecir. Dios lo prohíbe. Cuantas veces los padres maldicen a sus hijos, otro tanto actúan en contradicción a la ley de Dios: ellos pecan, y causan que sus hijos pequen. Maldecir no es un medio apropiado, ni permitido, para educar a los hijos o hacerlos mejores. Santa Mónica usó medios muy diferentes, y obtuvo lo que ella deseó. ¿Dónde alguna vez ha habido un padre o una madre que maldiciendo hiciera a su hijo piadoso? Pero aun si fuera posible criar bien a un hijo y hacerlo piadoso maldiciendo, todavía sería pecaminoso hacerlo con esta intención. Dios lo ha prohibido, y esto debe ser suficiente. “Criadlos en la disciplina y corrección del Señor”, escribe San Pablo (Efesios VI). La corrección del Señor no permite maldecir; por el contrario, la prohíbe».

P. FRANCISCO JAVIER WENINGER SJVidas de los Santos, con una instrucción práctica sobre la vida de cada Santo, para cada día del año, tomo I. Nueva York, P. O’Shea Publisher, 1877.

jueves, 9 de junio de 2022

PRESIDENTE DE CHEQUIA: «VETARÉ EL “MATRIMONIO” CIVIL SI LO APRUEBA EL PARLAMENTO».

Noticia tomada de INFOCATÓLICA.
  

El presidente de la República de Chequia, Miloš Zeman, dijo el martes que está dispuesto a vetar, si es aprobada por el parlamento checo, la propuesta de ley que daría a las parejas del mismo sexo del país el derecho a celebrar bodas civiles.
   
El proyecto de ley, elaborado por diputados de todo el espectro político, se presentó el martes en la Cámara Baja del Parlamento checo, pero no se ha fijado una fecha para el inicio de su debate.
   
El proyecto cuenta con la firme oposición de los democristianos, miembros de la coalición de cinco partidos que gobierna el país, y de la oposición de Libertad y Democracia Directa, un partido populista antimigrante y antimusulmán.
   
«Me gustaría anunciar que si realmente recibo una ley así para firmarla, la vetaré», dijo Zeman el martes tras reunirse con su homóloga húngara Katalin Novak.
   
Zeman, que es ateo [y socialdemócrata], señaló que el Estado checo ya permite las uniones civiles de parejas del mismo sexo, «pero una familia es una unión entre un hombre y una mujer. Y punto».
   
El Parlamento ya empezó a debatir una legislación similar en 2018, pero no la votó antes de las elecciones generales del año pasado y tuvo que ser presentada de nuevo.
   
En la República Checa, el Parlamento aprobó en 2006 una ley que permite a las parejas del mismo sexo vivir en una unión registrada oficialmente y tener derechos de herencia y asistencia sanitaria similares a los que disfrutan las parejas casadas heterosexuales.
   
Un buen número de diputados de la cámara baja quiere que se pueda anular el veto presidencial. La presidencia checa es un cargo principalmente ceremonial.

martes, 1 de febrero de 2022

ENCÍCLICA “Arcánun Divínæ sapiéntiæ”, SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

Desde la época de la “Ilustración”, el matrimonio y la familia han estado bajo ataque por distintas ideologías: liberalismo, francmasonería, socialismo (sansimonismo, furierismo/falansterismo y marxismo), y por una secta protestante que ya llevaba cincuenta años de andadura en los Estados Unidos de América: el mormonismo. Unos y otros procedían con una virulencia mayor que las de los antiguos atacantes de estas instituciones, como eran los gnósticos, maniqueos y montanistas, en atacar el matrimonio como sacramento instituido por Dios, y por ende, competencia exclusiva de la Iglesia. Además, y a consecuencia del fenómeno migratorio que se estaba viendo en diversas latitudes, muchos católicos se veían en la tentación de contraer nupcias con personas que no eran de la misma religión (con las consecuencias que todos sabemos).
  
El Papa León XIII, frente a esta situación, y siguiendo la línea de su encíclica “Quod Apostólici Múneris” (como también la carta que en nombre de los obispos de Umbría redactó en 1861 contra el decreto del comisario Joaquín Napoleón Pepoli Murat –sobrino-nieto del Usurpador Corso– en nombre del rey Víctor Manuel II de Saboya que oficializaba el “matrimonio civil” y prohibía a los párrocos llevar los registros parroquiales de bautizos, matrimonios y fallecimientos, transfiriéndolos a los empleados municipales), hace publicar la encíclica “Arcánun Divínæ sapiéntiæ” (Acta Sanctæ Sedis, vol. XII (1880), págs. 385-402), subraya el papel del matrimonio en el tiempo moderno, y trata aquellas acciones que debilitan la contracción del matrimonio como la poligamia o el divorcio, así como también el “matrimonio civil” y los matrimonios mixtos. La encíclica también reitera el papel de la Iglesia como protectora del matrimonio y no una entremetida en la relación marital como pretenden hacer ver los enemigos.
    
“Arcánun Divínæ sapiéntiæ” fue además la base para que, cincuenta años después, Pío XI publicara su encíclica “Casti Connúbii”.
  
CARTA ENCÍCLICA “Arcánun Divínæ sapiéntiæ” DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
   
 
A los Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos del Mundo Católico en Gracia y Comunión con la Sede Apostólica. Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.
  
I. INTRODUCCIÓN
  
Restauración de todas las cosas en Cristo
1. El arcano designio de la sabiduría divina que Jesucristo, Salvador de los hombres, había de llevar a cabo en la tierra tuvo por finalidad restaurar El mismo divinamente por sí y en sí al mundo, que parecía estar envejeciendo. Lo que expresó en frase espléndida y profunda el apóstol San Pablo, cuando escribía a los efesios: «El sacramento de su voluntad…, restaurarlo todo en Cristo, lo que hay en el cielo y en la tierra» [1]. Y, realmente, cuando Cristo Nuestro Señor decidió cumplir el mandato que recibiera del Padre, lo primero que hizo fue, despojándolas de su vejez, dar a todas las cosas una forma y una fisonomía nuevas. El mismo curó, en efecto, las heridas que había causado a la naturaleza humana el pecado del primer padre; restituyó a todos los hombres, por naturaleza hijos de ira, a la amistad con Dios; trajo a la luz de la verdad a los fatigados por una larga vida de errores; renovó en toda virtud a los que se hallaban plagados de toda impureza, y dio a los recobrados para la herencia de la felicidad eterna la esperanza segura de que su propio cuerpo, mortal y caduco, había de participar algún día de la inmortalidad y de la gloria celestial. Y para que unos tan singulares beneficios permanecieran sobre la tierra mientras hubiera hombres, constituyó a la Iglesia en vicaria de su misión y le mandó, mirando al futuro, que, si algo padeciera perturbación en la sociedad humana, lo ordenara; que, si algo estuviere caído, que lo levantara.
  
Influencia de la religión en el orden temporal
2. Mas, aunque esta divina restauración de que hemos hablado toca de una manera principal y directa a los hombres constituidos en el orden sobrenatural de la gracia, sus preciosos y saludables frutos han trascendido, de todos modos, al orden natural ampliamente; por lo cual han recibido perfeccionamiento notable en todos los aspectos tanto los individuos en particular cuanto la universal sociedad humana. Pues ocurrió, tan pronto como quedó establecido el orden cristiano de las cosas, que los individuos humanos aprendieran y se acostumbraran a confiar en la paternal providencia de Dios y a alimentar una esperanza, que no defrauda, de los auxilios celestiales; con lo que se consiguen la fortaleza, la moderación, la constancia, la tranquilidad del espíritu en paz y, finalmente, otras muchas preclaras virtudes e insignes hechos. Por lo que toca a la sociedad doméstica y civil, es admirable cuánto haya ganado en dignidad, en firmeza y honestidad. Se ha hecho más equitativa y respetable la autoridad de los príncipes, más pronta y más fácil la obediencia de los pueblos, más estrecha la unión entre los ciudadanos, más seguro el derecho de propiedad. La religión cristiana ha favorecido y fomentado en absoluto todas aquellas cosas que en la sociedad civil son consideradas como útiles, y hasta tal punto que, como dice San Agustín, aun cuando hubiera nacido exclusivamente para administrar y aumentar los bienes y comodidades de la vida terrena, no parece que hubiera podido ella misma aportar más en orden a una vida buena y feliz.
  
3. Pero no es nuestro propósito tratar ahora por completo de cada una de estas cosas; vamos a hablar sobre la sociedad doméstica, que tiene su princípio y fundamento en el matrimonio.
  
II. EL MATRIMONIO CRISTIANO
  
Origen y propiedades
4. Para todos consta, venerables hermanos, cuál es el verdadero origen del matrimonio. Pues, a pesar de que los detractores de la fe cristiana traten de desconocer la doctrina constante de la Iglesia acerca de este punto y se esfuerzan ya desde tiempo por borrar la memoria de todos los siglos, no han logrado, sin embargo, ni extinguir ni siquiera debilitar la fuerza y la luz de la verdad. Recordamos cosas conocidas de todos y de que nadie duda: después que en el sexto día de la creación formó Dios al hombre del limo de la tierra e infundió en su rostro el aliento de vida, quiso darle una compañera, sacada admirablemente del costado de él mismo mientras dormía. Con lo cual quiso el providentísimo Dios que aquella pareja de cónyuges fuera el natural principio de todos los hombres, o sea, de donde se propagara el género humano y mediante ininterrumpidas procreaciones se conservara por todos los tiempos. Y aquella unión del hombre y de la mujer, para responder de la mejor manera a los sapientísimos designios de Dios, manifestó desde ese mismo momento dos principalísimas propiedades, nobilísimas sobre todo y como impresas y grabadas ante sí: la unidad y la perpetuidad. Y esto lo vemos declarado y abiertamente confirmado en el Evangelio por la autoridad divina de Jesucristo, que atestiguó a los judíos y a los apóstoles que el matrimonio, por su misma institución, sólo puede verificarse entre dos, esto es, entre un hombre y una mujer; que de estos dos viene a resultar como una sola carne, y que el vínculo nupcial está tan íntima y tan fuertemente atado por la voluntad de Dios, que por nadie de los hombres puede ser desatado o roto. «Se unirá (el hombre) a su esposa y serán dos en una carne. Y así no son dos, sino una carne. Por consiguiente, lo que Dios unió, el hombre no lo separe» [2].
   
Corrupción del matrimonio antiguo
5. Pero esta forma del matrimonio, tan excelente y superior, comenzó poco a poco a corromperse y desaparecer entre los pueblos gentiles; incluso entre los mismos hebreos pareció nublarse y oscurecerse. Entre éstos, en efecto, había prevalecido la costumbre de que fuera lícito al varón tener más de una mujer; y luego, cuando, por la dureza de corazón de los mismos [3], Moisés les permitió indulgentemente la facultad de repudio, se abrió la puerta a los divorcios. Por lo que toca a la sociedad pagana, apenas cabe creerse cuánto degeneró y qué cambios experimentó el matrimonio, expuesto como se hallaba al oleaje de los errores y de las más torpes pasiones de cada pueblo.
  
Todas las naciones parecieron olvidar, más o menos, la noción y el verdadero origen del matrimonio, dándose por doquiera leyes emanadas, desde luego, de la autoridad pública, pero no las que la naturaleza dicta. Ritos solemnes, instituidos al capricho de los legisladores, conferían a las mujeres el título honesto de esposas o el torpe de concubinas; se llegó incluso a que determinara la autoridad de los gobernantes a quiénes les estaba permitido contraer matrimonio y a quiénes no, leyes que conculcaban gravemente la equidad y el honor. La poligamia, la poliandria, el divorcio, fueron otras tantas causas, además, de que se relajara enormemente el vínculo conyugal. Gran desorden hubo también en lo que atañe a los mutuos derechos y deberes de los cónyuges, ya que el marido adquiría el dominio de la mujer y muchas veces la despedía sin motivo alguno justo; en cambio, a él, entregado a una sensualidad desenfrenada e indomable, le estaba permitido discurrir impunemente entre lupanares y esclavas, como si la culpa dependiera de la dignidad y no de la voluntad [4]. Imperando la licencia marital, nada era más miserable que la esposa, relegada a un grado de abyección tal, que se la consideraba como un mero instrumento para satisfacción del vicio o para engendrar hijos. Impúdicamente se compraba y vendía a las que iban a casarse, cual si se tratara de cosas materiales [5], concediéndose a veces al padre y al marido incluso la potestad de castigar a la esposa con el último suplicio. La familia nacida de tales matrimonios necesariamente tenía que contarse entre los bienes del Estado o se hallaba bajo el dominio del padre [6], a quien las leyes facultaban, además, para proponer y concertar a su arbitrio los matrimonios de sus hijos y hasta para ejercer sobre los mismos la monstruosa potestad de vida y muerte.
 
Su ennoblecimiento por Cristo
6. Tan numerosos vicios, tan enormes ignominias como mancillaban el matrimonio, tuvieron, finalmente, alivio y remedio, sin embargo, pues Jesucristo, restaurador de la dignidad humana y perfeccionador de las leyes mosaicas, dedicó al matrimonio un no pequeño ni el menor de sus cuidados. Ennobleció, en efecto, con su presencia las bodas de Caná de Galilea, inmortalizándolas con el primero de sus milagros [7], motivo por el que, ya desde aquel momento, el matrimonio parece haber sido perfeccionado con principios de nueva santidad.Restituyó luego el matrimonio a la nobleza de su primer origen, ya reprobando las costumbres de los hebreos, que abusaban de la pluralidad de mujeres y de lafacultad de repudio, ya sobre todo mandando que nadie desatara lo que el mismo Dios había atado con un vínculo de unión perpetua. Por todo ello, después derefutar las objeciones fundadas en la ley mosaica, revistiéndose de la dignidad de legislador supremo, estableció sobre el matrimonio esto: «Os digo, pues,que todo el que abandona a su mujer, a no ser por causa de fornicación, y toma otra, adultera; y el que toma a la abandonada, adultera» [8].
  
Transmisión de su doctrina por los apóstoles
7. Cuanto por voluntad de Dios ha sido decretado y establecido sobre los matrimonios, sin embargo, nos lo han transmitido por escrito y más claramente los apóstoles, mensajeros de las leyes divinas. Y dentro del magisterio apostólico, debe considerarse lo que los Santos Padres, los concilios y la tradición de la Iglesia universal han enseñado siempre [9], esto es, que Cristo Nuestro Señor elevó el matrimonio a la dignidad de sacramento, haciendo al mismo tiempo que los cónyuges, protegidos y auxiliados por la gracia celestial conseguida por los méritos de Él, alcanzasen en el matrimonio mismo la santidad, y no sólo perfeccionando en éste, admirablemente concebido a semejanza de la mística unión de Cristo con la Iglesia, el amor que brota de la naturaleza [10], sino también robusteciendo la unión, ya de suyo irrompible, entre marido y mujer con un más fuerte vínculo de caridad. «Maridos —dice el apóstol San Pablo—, amad a vuestras mujeres igual que Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla… Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos.., ya que nadie aborrece jamás su propia carne, sino que la nutre y la abriga, como Cristo también a la Iglesia; porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán dos en una carne. Sacramento grande es éste; pero os lo digo: en Cristo y en la Iglesia» [11]. Por magisterio de los apóstoles sabemos igualmente que Cristo mandó que la unidad y la perpetua estabilidad, propias del matrimonio desde su mismo origen, fueran sagradas y por siempre inviolables. «A los casados —dice el mismo San Pablo— les mando, no yo, sino el Señor, que la mujer no se aparte de su marido; y si se apartare, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con su marido» [12]. Y de nuevo: «La mujer está ligada a su ley mientras viviere su marido; y si su marido muere, queda libre» [13]. Es por estas causas que el matrimonio es «sacramento grande y entre todos honorable» [14], piadoso, casto, venerable, por ser imagen y representación de cosas altísimas.
  
La finalidad del matrimonio en el cristianismo
8. Y no se limita sólo a lo que acabamos de recordar su excelencia y perfección cristiana. Pues, en primer lugar, se asignó a la sociedad conyugal una finalidad más noble y más excelsa que antes, porque se determinó que era misión suya no sólo la propagación del género humano, sino también la de engendrar la prole de la Iglesia, conciudadanos de los santos y domésticos de Dios [15], esto es, la procreación y educación del pueblo para el culto y religión del verdadero Dios y de Cristo nuestro Salvador [16]. En segundo lugar, quedaron definidos íntegramente los deberes de ambos cónyuges, establecidos perfectamente sus derechos. Es decir, que es necesario que se hallen siempre dispuestos de tal modo que entiendan que mutuamente se deben el más grande amor, una constante fidelidad y una solícita y continua ayuda. El marido es el jefe de la familia y cabeza de la mujer, la cual, sin embargo, puesto que es carne de su carne y hueso de sus huesos, debe someterse y obedecer al marido, no a modo de esclava, sino de compañera; esto es, que a la obediencia prestada no le falten ni la honestidad ni la dignidad. Tanto en el que manda como en la que obedece, dado que ambos son imagen, el uno de Cristo y el otro de la Iglesia, sea la caridad reguladora constante del deber. Puesto que el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia… Y así como la Iglesia está sometida a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo [17]. Por lo que toca a los hijos, deben éstos someterse y obedecer a sus padres y honrarlos por motivos de conciencia; y los padres, a su vez, es necesario que consagren todos sus cuidados y pensamientos a la protección de sus hijos, y principalísimamente a educarlos en la virtud: «Padres…, educad (a vuestros hijos) en la disciplina y en el respeto del Señor» [18]. De lo que se infiere que los deberes de los cónyuges no son ni pocos ni leves; mas para los esposos buenos, a causa de la virtud que se percibe del sacramento, les serán no sólo tolerables, sino incluso gratos.
  
La potestad de la Iglesia
9. Cristo, por consiguiente, habiendo renovado el matrimonio con tal y tan grande excelencia, confió y encomendó toda la disciplina del mismo a la Iglesia. La cual ejerció en todo tiempo y lugar su potestad sobre los matrimonios de los cristianos, y la ejerció de tal manera que dicha potestad apareciera como propia suya, y no obtenida por concesión de los hombres, sino recibida de Dios por voluntad de su fundador. Es de sobra conocido por todos, para que se haga necesario demostrarlo, cuántos y qué vigilantes cuidados haya puesto para conservar la santidad del matrimonio a fin de que éste se mantuviera incólume. Sabemos, en efecto, con toda certeza, que los amores disolutos y libres fueron condenados por sentencia del concilio de Jerusalén [19]; que un ciudadano incestuoso de Corinto fue condenado por autoridad de San Pablo [20]; que siempre fueron rechazados y combatidos con igual vigor los intentos de muchos que atacaban el matrimonio cristiano: los gnósticos, los maniqueos y los montanistas en los orígenes del cristianismo; y, en nuestros tiempos, los mormones, los sansimonianos, los falansterianos y los comunistas [21]. Quedó igualmente establecido un mismo y único derecho imparcial del matrimonio para todos, suprimida la antigua diferencia entre esclavos y libres [22]; igualados los derechos del marido y de la mujer, pues, como decía San Jerónimo, entre nosotros, lo que no es lícito a las mujeres, justamente tampoco es lícito a los maridos, y una misma obligación es de igual condición para los dos [23]; consolidados de una manera estable esos mismos derechos por la correspondencia en el amor y por la reciprocidad de los deberes; asegurada y reivindicada la dignidad de la mujer; prohibido al marido castigar a la adúltera con la muerte [24] y violar libidinosa o impúdicamente la fidelidad jurada. Y es grande también que la Iglesia limitara, en cuanto fue conveniente, la potestad de los padres de familia, a fin de que no restaran nada de la justa libertad a los hijos o hijas que desearan casarse [25]; prohibiera los matrimonios entre parientes y afines de determinados grados [26], con objeto de que el amor sobrenatural de los cónyuges se extendiera por un más ancho campo; cuidara de que se prohibieran en los matrimonios, hasta donde fuera posible, el error, la violencia y el fraude [27], y ordenara que se protegieran la santa honestidad del tálamo, la seguridad de las personas [28], el decoro de los matrimonios [29] y la integridad de la religión [30]. En fin, defendió con tal vigor, con tan previsoras leyes esta divina institución, que ningún observador imparcial de la realidad podrá menos que reconocer que, también por lo que se refiere al matrimonio, el mejor custodio y defensor del género humano es la Iglesia, cuya sabiduría ha triunfado del tiempo, de las injurias de los hombres y de las vicisitudes innumerables de las cosas.
  
III. ATAQUES DE QUE ES OBJETO
  
Negación de la potestad de la Iglesia
10. No faltan, sin embargo, quienes, ayudados por el enemigo del género humano, igual que con incalificable ingratitud rechazan los demás beneficios de la redención, desprecian también o tratan de desconocer en absoluto la restauración y elevación del matrimonio. Fue falta de no pocos entre los antiguos haber sido enemigos en algo del matrimonio; pero es mucho más grave en nuestros tiempos el pecado de aquellos que tratan de destruir totalmente su naturaleza, perfecta y completa en todas sus partes. La causa de ello reside principalmente en que, imbuidos en las opiniones de una filosofía falsa y por la corrupción de las costumbres, muchos nada toleran menos que someterse y obedecer, trabajando denodadamente, además, para que no sólo los individuos, sino también las familias y hasta la sociedad humana entera desoiga soberbiamente el mandato de Dios. Ahora bien: hallándose la fuente y el origen de la sociedad humana en el matrimonio, les resulta insufrible que el mismo esté bajo la jurisdicción de la Iglesia y tratan, por el contrario, de despojarlo de toda santidad y de reducirlo al círculo verdaderamente muy estrecho de las cosas de institución humana y que se rigen y administran por el derecho civil de las naciones. De donde necesariamente había de seguirse que atribuyeran todo derecho sobre el matrimonio a los poderes estatales, negándoselo en absoluto a la Iglesia, la cual, si en un tiempo ejerció tal potestad, esto se debió a indulgencia de los príncipes o fue contra derecho. Y ya es tiempo, dicen, que los gobernantes del Estado reivindiquen enérgicamente sus derechos y reglamenten a su arbitrio cuanto se refiere al matrimonio. De aquí han nacido los llamados matrimonios civiles, de aquí esas conocidas leyes sobre las causas que impiden los matrimonios; de aquí esas sentencias judiciales acerca de si los contratos conyugales fueron celebrados válidamente o no. Finalmente, vemos que le ha sido arrebatada con tanta saña a la Iglesia católica toda potestad de instituir y dictar leyes sobre este asunto, que ya no se tiene en cuenta para nada ni su poder divino ni sus previsoras leyes, con las cuales vivieron durante tanto tiempo unos pueblos, a los cuales llegó la luz de la civilización juntamente con la sabiduría cristiana.
  
Carácter religioso del matrimonio
11. Los naturalistas [31] y todos aquellos que se glorían de rendir culto sobre todo al numen popular y se esfuerzan en divulgar por todas las naciones estas perversas doctrinas, no pueden verse libres de la acusación de falsedad. En efecto, teniendo el matrimonio por su autor a Dios, por eso mismo hay en él algo de sagrado y religioso, no adventicio, sino ingénito; no recibido de los hombres, sino radicado en la naturaleza. Por ello, Inocencio III [32] y Honorio III [33], predecesores nuestros, han podido afirmar, no sin razón ni temerariamente, que el sacramento del matrimonio existe entre fieles e infieles. Nos dan testimonio de ello tanto los monumentos de la antigüedad cuanto las costumbres e instituciones de los pueblos que anduvieron más cerca de la civilización y se distinguieron por un conocimiento más perfecto del derecho y de la equidad: consta que en las mentes de todos éstos se hallaba informado y anticipado que, cuando se pensaba en el matrimonio, se pensaba en algo que implicaba religión y santidad. Por esta razón, las bodas acostumbraron a celebrarse frecuentemente entre ellos, no sin las ceremonias religiosas, mediante la autorización de los pontífices y el ministerio de los sacerdotes. ¡Tan gran poder tuvieron en estos ánimos carentes de la doctrina celestial la naturaleza de las cosas, la memoria de los orígenes y la conciencia del género humano! Por consiguiente, siendo el matrimonio por su virtud, por su naturaleza, de suyo algo sagrado, lógico es que se rija y se gobierne no por autoridad de príncipes, sino por la divina autoridad de la Iglesia, la única que tiene el magisterio de las cosas sagradas. Hay que considerar después la dignidad del sacramento, con cuya adición los matrimonios cristianos quedan sumamente ennoblecidos. Ahora bien: estatuir y mandar en materia de sacramentos, por voluntad de Cristo, sólo puede y debe hacerlo la Iglesia, hasta el punto de que es totalmente absurdo querer trasladar aun la más pequeña parte de este poder a los gobernantes civiles. Finalmente, es grande el peso y la fuerza de la historia, que clarísimamente nos enseña que la potestad legislativa y judicial de que venimos hablando fue ejercida libre y constantemente por la Iglesia, aun en aquellos tiempos en que torpe y neciamente se supone que los poderes públicos consentían en ello o transigían. ¡Cuán increíble, cuán absurdo que Cristo Nuestro Señor hubiera condenado la inveterada corruptela de la poligamia y del repudio con una potestad delegada en Él por el procurador de la provincia o por el rey de los judíos! ¡O que el apóstol San Pablo declarara ilícitos el divorcio y los matrimonios incestuosos por cesión o tácito mandato de Tiberio, de Calígula o de Nerón! Jamás se logrará persuadir a un hombre de sano entendimiento que la Iglesia llegara a promulgar tantas leyes sobre la santidad y firmeza del matrimonio [34], sobre los matrimonios entre esclavos y libres [35], con una facultad otorgada por los emperadores romanos, enemigos máximos del cristianismo, cuyo supremo anhelo no fue otro que el de aplastar con la violencia y la muerte la naciente religión de Cristo; sobre todo cuando el derecho emanado de la Iglesia se apartaba del derecho civil, hasta el punto de que Ignacio Mártir [36], Justino [37], Atenágoras [38] y Tertuliano [39] condenaban públicamente como injustos y adulterinos algunos matrimonios que, por el contrario, amparaban las leyes imperiales. Y cuando la plenitud del poder vino a manos de los emperadores cristianos, los Sumos Pontífices y los obispos reunidos en los concilios prosiguieron, siempre con igual libertad y conciencia de su derecho, mandando y prohibiendo en materia de matrimonios lo que estimaron útíl y conveniente según los tiempos, sin preocuparles discrepar de las instituciones civiles. Nadie ignora cuántas instituciones, frecuentemente muy en desacuerdo con las disposiciones imperiales, fueron dictadas por los prelados de la Iglesia sobre los impedimentos de vínculo, de voto, de disparidad de culto, de consanguinidad, de crimen, de honestidad pública en los concilios Iliberritano [40], Arelatense [41], Calcedonense [42], Milevitano II [43] y otros. Y ha estado tan lejos de que los príncipes reclamaran para sí la potestad sobre el matrimonio cristiano, que antes bien han reconocido y declarado que, cuanta es, corresponde a la Iglesia. En efecto, Honorio, Teodosio el Joven y Justiniano [44] no han dudado en manifestar que, en todo lo referente a matrimonios, no les era lícito ser otra cosa que custodios y defensores de los sagrados cánones. Y si dictaminaron algo acerca de impedimentos matrimoniales, hicieron saber que no procedían contra la voluntad, sino con el permiso y la autoridad de la Iglesia [45], cuyo parecer acostumbraron a consultar y aceptar reverentemente en las controversias sobre la honestidad de los nacimientos [46], sobre los divorcios [47] y, finalmente, sobre todo lo relacionado de cualquier modo con el vínculo conyugal [48]. Con el mejor derecho, por consiguiente, se definió en el concilio Tridentino que es potestad de la Iglesia establecer los impedimentos dirimentes del matrimonio [49] y que las causas matrimoniales son de la competencia de los jueces eclesiásticos [50].
  
Intento de separar contrato y sacramento
12. Y no se le ocurra a nadie aducir aquella decantada distinción de los regalistas entre el contrato nupcial y el sacramento, inventada con el propósito de adjudicar al poder y arbitrio de los príncipes la jurisdicción sobre el contrato, reservando a la Iglesia la del sacramento. Dicha distinción o, mejor dicho, partición no puede probarse, siendo cosa demostrada que en el matrimonio cristiano el contrato es inseparable del sacramento. Cristo Nuestro Señor, efectivamente, enriqueció con la dignidad de sacramento el matrimonio, y el matrimonio es ese mismo contrato, siempre que se haya celebrado legítimamente. Añádese a esto que el matrimonio es sacramento porque es un signo sagrado y eficiente de gracia y es imagen de la unión mística de Cristo con la Iglesia. Ahora bien: la forma y figura de esta unión está expresada por ese mismo vínculo de unión suma con que se ligan entre sí el marido y la mujer, y que no es otra cosa sino el matrimonio mismo. Así, pues, queda claro que todo matrimonio legítimo entre cristianos es en sí y por sí sacramento y que nada es más contrario a la verdad que considerar el sacramento como un cierto ornato sobreañadido o como una propiedad extrínseca, que quepa distinguir o separar del contrato, al arbitrio de los hombres. Ni por la razón ni por la historia se prueba, por consiguiente, que la potestad sobre los matrimonios de los cristianos haya pasado a los gobernantes civiles. Y si en esto ha sido violado el derecho ajeno, nadie podrá decir, indudablemente, que haya sido violado por la Iglesia .
  
Los principios del naturalismo
13. ¡Ojalá que los oráculos de los naturalistas, así como están llenos de falsedad y de injusticia, estuvieran también vacíos de daños y calamidades! Pero es fácil ver cuánto perjuicio ha causado la profanación del matrimonio y lo que aún reportará a toda la sociedad humana. En un principio fue divinamente establecida la ley de que las cosas hechura de Dios o de la naturaleza nos resultaran tanto más útiles y saludables cuanto se conservaran más íntegras e inmutables en su estado nativo, puesto que Dios, creador de todas las cosas, supo muy bien qué convendría a la estructura y conservación de las cosas singulares, y las ordenó todas en su voluntad y en su mente de tal manera que cada cual llegara a tener su más adecuada realización. Ahora bien: si la irreflexión de los hombres o su maldad se empeñara en torcer o perturbar un orden tan providentísimamente establecido, entonces las cosas más sabia y provechosamente instituidas o comienzan a convertirse en un obstáculo o dejan de ser provechosas, ya por haber perdido en el cambio su poder de ayudar, ya porque Dios mismo quiera castigar la soberbia y el atrevimiento de los mortales. Ahora bien: los que niegan que el matrimonio sea algo sagrado y, despojándolo de toda santidad, lo arrojan al montón de las cosas humanas, éstos pervierten los fundamentos de la naturaleza, se oponen a los designios de la divina Providencia y destruyen, en lo posible, lo instituido. Por ello, nada tiene de extrañar que de tales insensatos e impíos principios resulte una tal cosecha de males, que nada pueda ser peor para la salvación de las almas y el bienestar de la república.
   
Frutos del matrimonio cristiano
14. Si se considera a qué fin tiende la divina institución del matrimonio, se verá con toda claridad que Dios quiso poner en él las fuentes ubérrimas de la utilidad y de la salud públicas. Y no cabe la menor duda de que, aparte de lo relativo a la propagación del género humano, tiende también a hacer mejor y más feliz la vida de los cónyuges; y esto por muchas razones, a saber: por la ayuda mutua en el remedio de las necesidades, por el amor fiel y constante, por la comunidad de todos los bienes y por la gracia celestial que brota del sacramento. Es también un medio eficacísimo en orden al bienestar familiar, ya que los matrimonios, siempre que sean conformes a la naturaleza y estén de acuerdo con los consejos de Dios, podrán de seguro robustecer la concordia entre los padres, asegurar la buena educación de los hijos, moderar la patria potestad con el ejemplo del poder divino, hacer obedientes a los hijos para con sus padres, a los sirvientes respecto de sus señores. De unos matrimonios así, las naciones podrán fundadamente esperar ciudadanos animados del mejor espíritu y que, acostumbrados a reverenciar y amar a Dios, estimen como deber suyo obedecer a los que justa y legítimamente mandan amar a todos y no hacer daño a nadie.
  
La ausencia de religión en el matrimonio
15. Estos tan grandes y tan valiosos frutos produjo realmente el matrimonio mientras conservó sus propiedades de santidad, unidad y perpetuidad, de las que recibe toda su fructífera y saludable eficacia; y no cabe la menor duda de que los hubiera producido semejantes e iguales si siempre y en todas partes se hubiera hallado bajo la potestad y celo de la Iglesia, que es la más fiel conservadora y defensora de tales propiedades. Mas, al surgir por doquier el afán de sustituir por el humano los derechos divino y natural, no sólo comenzó a desvanecerse la idea y la noción elevadísima a que la naturaleza había impreso y como grabado en el ánimo de los hombres, sino que incluso en los mismos matrimonios entre cristianos, por perversión humana, se ha debilitado mucho aquella fuerza procreadora de tan grandes bienes. ¿Qué de bueno pueden reportar, en efecto, aquellos matrimonios de los que se halla ausente la religión cristiana, que es madre de todos los bienes, que nutre las más excelsas virtudes, que excita e impele a cuanto puede honrar a un ánimo generoso y noble? Desterrada y rechazada la religión, por consiguiente, sin otra defensa que la bien poco eficaz honestidad natural, los matrimonios tienen que caer necesariamente de nuevo en la esclavitud de la naturaleza viciada y de la peor tiranía de las pasiones. De esta fuente han manado múltiples calamidades, que han influido no sólo sobre las familias, sino incluso sobre las sociedades, ya que, perdido el saludable temor de Dios y suprimido el cumplimiento de los deberes, que jamás en parte alguna ha sido más estricto que en la religión cristiana, con mucha frecuencia ocurre, cosa fácil en efecto, que las cargas y obligaciones del matrimonio parezcan apenas soportables y que muchos ansíen liberarse de un vínculo que, en su opinión, es de derecho humano y voluntario, tan pronto como la incompatibilidad de caracteres, o las discordias, o la violación de la fidelidad por cualquiera de ellos, o el consentimiento mutuo u otras causas aconsejen la necesidad de separarse. Y si entonces los códigos les impiden dar satisfacción a su libertinaje, se revuelven contra las leyes, motejándolas de inicuas, de inhumanas y de contrarias al derecho de ciudadanos libres, pidiendo, por lo mismo, que se vea de desecharlas y derogarlas y de decretar otra más humana en que sean lícitos los divorcios.
  
16. Los legisladores de nuestros tiempos, confesándose partidarios y amantes de los mismos principios de derecho, no pueden verse libres, aun queriéndolo con todas sus fuerzas, de la mencionada perversidad de los hombres; hay, por tanto, que ceder a los tiempos y conceder la facultad de divorcio. Lo mismo que la propia historia testifica. Dejando a un lado, en efecto, otros hechos, al finalizar el pasado siglo, en la no tanto revolución cuanto conflagración francesa, cuando, negado Dios, se profanaba todo en la sociedad, entonces se accedió, al fin, a que las separaciones conyugales fueran ratificadas por las leyes. Y muchos propugnan que esas mismas leyes sean restablecidas en nuestros tiempos, pues quieren apartar en absoluto a Dios y a la Iglesia de la sociedad conyugal, pensando neciamente que el remedio más eficaz contra la creciente corrupción de las costumbres debe buscarse en semejantes leyes.
   
Males del divorcio
17. Realmente, apenas cabe expresar el cúmulo de males que el divorcio lleva consigo. Debido a él, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogra la asistencia y la educación de los hijos, se da pie a la disolución de la sociedad doméstica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empequeñece y se deprime la dignidad de las mujeres, que corren el peligro de verse abandonadas así que hayan satisfecho la sensualidad de los maridos. Y puesto que, para perder a las familias y destruir el poderío de los reinos, nada contribuye tanto como la corrupción de las costumbres, fácilmente se verá cuán enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravación moral de los pueblos, y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las más relajadas costumbres de la vida privada y pública. Y se advertirá que son mucho más graves estos males si se considera que, una vez concedida la facultad de divorciarse, no habrá freno suficientemente poderoso para contenerla dentro de unos límites fijos o previamente establecidos. Muy grande es la fuerza del ejemplo, pero es mayor la de las pasiones: con estos incentivos tiene que suceder que el prurito de los divorcios, cundiendo más de día en día, invada los ánimos de muchos como una contagiosa enfermedad o como un torrente que se desborda rotos los diques.
  
Su confirmación por los hechos
18. Todas estas cosas son ciertamente claras de suyo; pero con el renovado recuerdo de los hechos se harán más claras todavía. Tan pronto como la ley franqueó seguro camino al divorcio, aumentaron enormemente las disensiones, los odios y las separaciones, siguiéndose una tan espantosa relajación moral, que llegaron a arrepentirse hasta los propios defensores de tales separaciones; los cuales, de no haber buscado rápidamente el remedio en la ley contraria, era de temer que se precipitara en la ruina la propia sociedad civil. Se dice que los antiguos romanos se horrorizaron ante los primeros casos de divorcio; tardó poco, sin embargo, en comenzar a embotarse en los espíritus el sentido de la honestidad, a languidecer el pudor que modera la sensualidad, a quebrantarse la fidelidad conyugal en medio de tamaña licencia, hasta el punto de que parece muy verosímil lo que se lee en algunos autores: que las mujeres introdujeron la costumbre de contarse los años no por los cambios de cónsules, sino de maridos. Los protestantes, de igual modo, dictaron al principio leyes autorizando el divorcio en determinadas causas, pocas desde luego; pero ésas, por afinidad entre cosas semejantes, es sabido que se multiplicaron tanto entre alemanes, americanos y otros, que los hombres sensatos pensaran en que había de lamentarse grandemente la inmensa depravación moral y la intolerable torpeza de las leyes. Y no ocurrió de otra manera en las naciones católicas, en las que, si alguna vez se dio lugar al divorcio, la muchedumbre de los males que se siguió dejó pequeños los cálculos de los gobernantes. Pues fue crimen de muchos inventar todo género de malicias y de engaños y recurrir a la crueldad, a las injurias y al adulterio al objeto de alegar motivos con que disolver impunemente el vínculo conyugal, de que ya se habían hastiado, y esto con tan grave daño de la honestidad pública, que públicamente se llegara a estimar de urgente necesidad entregarse cuanto antes a la enmienda de tales leyes. ¿Y quién podrá dudar de que los resultados de las leyes protectoras del divorcio habrían de ser igualmente lamentables y calamitosas si llegaran a establecerse en nuestros días? No se halla ciertamente en los proyectos ni en los decretos de los hombres una potestad tan grande como para llegar a cambiar la índole ni la estructura natural de las cosas; por ello interpretan muy desatinadamente el bienestar público quienes creen que puede trastocarse impunemente la verdadera estructura del matrimonio y, prescindiendo de toda santidad, tanto de la religión cuanto del sacramento, parecen querer rehacer y reformar el matrimonio con mayor torpeza todavía que fue costumbre en las mismas instituciones paganas. Por ello, si no cambian estas maneras de pensar, tanto las familias cuanto la sociedad humana vivirán en constante temor de verse arrastradas lamentablemente a ese peligro y ruina universal, que desde hace ya tiempo vienen proponiendo las criminales hordas de socialistas y 
 
tas. En esto puede verse cuán equivocado y absurdo sea esperar el bienestar público del divorcio, que, todo lo contrario, arrastra a la sociedad a una ruina segura.
   
Conducta de la Iglesia frente al divorcio
19. Hay que reconocer, por consiguiente, que la Iglesia católica, atenta siempre a defender la santidad y la perpetuidad de los matrimonios, ha servido de la mejor manera al bien común de todos los pueblos, y que se le debe no pequeña gratitud por sus públicas protestas, en el curso de los últimos cien años, contra las leyes civiles que pecaban gravemente en esta materia [51]; por su anatema dictado contra la detestable herejía de los protestantes acerca de los divorcios y repudios [52]; por haber condenado de muchas maneras la separación conyugal en uso entre los griegos [53]; por haber declarado nulos los matrimonios contraídos con la condición de disolverlos en un tiempo dado [54]; finalmente, por haberse opuesto ya desde los primeros tiempos alas leyes imperiales que amparaban perniciosamente los divorcios y repudios [55]. Además, cuantas veces los Sumos Pontífices resistieron a poderosos príncipes, los cuales pedían incluso con amenazas que la Iglesia ratificara los divorcios por ellos efectuados, otras tantas deben ser considerados como defensores no sólo de la integridad de la religión, sino también de la civilización de los pueblos. A este propósito, la posteridad toda verá con admiración los documentos reveladores de un espíritu invicto, dictados: por Nicolás II contra Lotario; por Urbano II y Pascual II contra Felipe I, rey de Francia; por Celestino III e Inocencio III contra Felipe II, príncipe de Francia; por Clemente VII y Paulo III contra Enrique VIII, y, finalmente, por el santo y valeroso pontífice Pío VII contra Napoleón, engreído por su prosperidad y por la magnitud de su Imperio.
  
IV. LOS REMEDIOS
  
El poder civil
20. Siendo las cosas así, los gobernantes y estadistas, de haber querido seguirlos dictados de la razón, de la sabiduría y de la misma utilidad de los pueblos, debieron preferir que las sagradas leyes sobre el matrimonio permanecieran intactas y prestar a la Iglesia la oportuna ayuda para tutela de las costumbres y prosperidad de las familias, antes que constituirse en sus enemigos y acusarla falsa e inicuamente de haber violado el derecho civil.
   
21. Y esto con tanta mayor razón cuanto que la Iglesia, igual que no puede apartarse en cosa alguna del cumplimiento de su deber y de la defensa de su derecho, así suele ser, sobre todo, propensa a la benignidad y a la indulgencia en todo lo que sea compatible con la integridad de sus derechos y con la santidad de sus deberes. Por ello jamás dictaminó nada sobre matrimonios sin tener en cuenta el estado de la comunidad y las condiciones de los pueblos, mitigando en más de una ocasión, en cuanto le fue posible, lo establecido en sus leyes, cuando hubo causas justas y graves para tal mitigación. Tampoco ignora ni niega que el sacramento del matrimonio, encaminado también a la conservación y al incremento de la sociedad humana, tiene parentesco y vinculación con cosas humanas, consecuencias indudables del matrimonio, pero que caen del lado de lo civil y respecto de las cuales con justa competencia legislan y entienden los gobernantes del Estado.
   
El poder eclesiástico
22. Nadie duda que el fundador de la Iglesia, nuestro Señor Jesucristo, quiso que la potestad sagrada fuera distinta de la civil, y libres y expeditas cada una de ellas en el desempeño de sus respectivas funciones; pero con este aditamento: que a las dos conviene y a todos los hombres interesa que entre las dos reinen la unión y la concordia, y que en aquellas cosas que, aun cuando bajo aspectos diversos, son de derecho y juicio común, una, la que tiene a su cargo las cosas humanas, dependa oportuna y convenientemente de la otra, a que se han confiado las cosas celestiales. En una composición y casi armonía de esta índole se contiene no sólo la mejor relación entre las potestades, sino también el modo más conveniente y eficaz de ayuda al género humano, tanto en lo que se refiere a los asuntos de esta vida cuanto en lo tocante a la esperanza de la salvación eterna. En efecto, así como la inteligencia de los hombres, según hemos expuesto en anteriores encíclicas, si está de acuerdo con la fe cristiana, gana mucho en nobleza y en vigor para desechar los errores, y, a su vez, la fe recibe de ella no pequeña ayuda, de igual manera, si la potestad civil se comporta amigablemente con la Iglesia, las dos habrán de salir grandemente gananciosas [56]. La dignidad de la una se enaltece, y yendo por delante la religión, jamás será injusto su mandato; la otra obtendrá medios de tutela y de defensa para el bien común de los fieles.
   
23. Nos, por consiguiente, movidos por esta consideración de las cosas, con el mismo afecto que otras veces lo hemos hecho, invitamos de nuevo con toda insistencia en la presente a los gobernantes a estrechar la concordia y la amistad, y somos Nos el primero en tender, con paternal benevolencia, nuestra diestra con el ofrecimiento del auxilio de nuestra suprema potestad, tanto más necesario en estos tiempos cuanto que el derecho de mandar, cual si hubiera recibido una herida, se halla debilitado en la opinión de los hombres. Ardiendo ya los ánimos en el más osado libertinaje y vilipendiando con criminal audacia todo yugo de autoridad, por legítima que sea; la salud pública postula que las fuerzas de las dos potestades se unan para impedir los daños que amenazan no sólo a la Iglesia, sino también a la sociedad civil.
   
Exhortación a los obispos
24. Mas, al mismo tiempo que aconsejamos insistentemente la amigable unión de las voluntades y suplicamos a Dios, príncipe de la paz, que infunda en los ánimos de todos los hombres el amor de la concordia, no podemos menos de incitar, venerables hermanos, exhortándoos una y otra vez, vuestro ingenio, vuestro celo y vigilancia, que sabemos que es máxima en vosotros. En cuanto esté a vuestro alcance, con todo lo que pueda vuestra autoridad, trabajad para que entre las gentes confiadas a vuestra vigilancia se mantenga íntegra e incorruptible la doctrina que enseñaron Cristo Nuestro Señor y los apóstoles, intérpretes de la voluntad divina, y que la Iglesia católica observó religiosamente ella misma y mandó que en todos los tiempos observaran los fieles cristianos.
   
25. Tomaos el mayor cuidado de que los pueblos abunden en los preceptos de la sabiduría cristiana y no olviden jamás que el matrimonio no fue instituido por voluntad de los hombres, sino en el principio por autoridad y disposición de Dios, y precisamente bajo esta ley, de que sea de uno con una; y que Cristo, autor de la Nueva Alianza, lo elevó de menester de naturaleza a sacramento y que, por lo que atañe al vínculo, atribuyó la potestad legislativa y judicial a su Iglesia. Acerca de esto habrá que tener mucho cuidado de que las mentes no se vean arrastradas por las falaces conclusiones de los adversarios, según los cuales esta potestad le ha sido quitada a la Iglesia. Todos deben igualmente saber que, si se llevara a cabo entre fieles una unión de hombre con mujer fuera del sacramento, tal unión carece de toda fuerza y razón de legítimo matrimonio; y que, aun cuando se hubiera verificado convenientemente conforme a las leyes del país, esto no pasaría de ser una práctica o costumbre introducida por el derecho civil, y este derecho sólo puede ordenar y administrar aquellas cosas que los matrimonios producen de sí en el orden civil, las cuales claro está que no podrán producirse sin que exista su verdadera y legítima causa, es decir, el vínculo nupcial.
   
Importa sobre todo que estas cosas sean conocidas de los esposos, a los cuales incluso habrá que demostrárselas e inculcárselas en los ánimos, a fin de que puedan cumplir con las leyes, a lo que de ningún modo se opone la Iglesia, antes bien quiere y desea que los efectos del matrimonio se logren en todas sus partes y que de ningún modo se perjudique a los hijos. También es necesario que se sepa, en medio de tan enorme confusión de opiniones como se propagan de día en día, que no hay potestad capaz de disolver el vínculo de un matrimonio rato y consumado entre cristianos y que, por lo mismo, son reos de evidente crimen los cónyuges que, antes de haber sido roto el primero por la muerte, se ligan con un nuevo vínculo matrimonial, por más razones que aleguen en su descargo. Porque, si las cosas llegaran a tal extremo que ya la convivencia es imposible, entonces la Iglesia deja al uno vivir separado de la otra y, aplicando los cuidados y remedios acomodados a las condiciones de los cónyuges, trata de suavizar los inconvenientes de la separación, trabajando siempre por restablecer la concordia, sin desesperar nunca de lograrlo. Son éstos, sin embargo, casos extremos, los cuales sería fácil soslayar si los prometidos, en vez de dejarse arrastrar por la pasión, pensaran antes seriamente tanto en las obligaciones de los cónyuges cuanto en las nobilísimas causas del matrimonio, acercándose a él con las debidas intenciones, sin anticiparse a las nupcias, irritando a Dios, con una serie ininterrumpida de pecados. Y, para decirlo todo en pocas palabras, los matrimonios disfrutarán de una plácida y quieta estabilidad si los cónyuges informan su espíritu y su vida con la virtud de la religión, que da al hombre un ánimo fuerte e invencible y hace que los vicios dado que existieran en ellos, que la diferencia de costumbres y de carácter, que la carga de los cuidados maternales, que la penosa solicitud de la educación de los hijos, que los trabajos propios de la vida y que los contratiempos se soporten no sólo con moderación, sino incluso con agrado.
  
Matrimonios con acatólicos
26. Deberá evitarse también que se contraigan fácilmente matrimonios con acatólicos, pues cuando no existe acuerdo en materia religiosa, apenas si cabe esperar que lo haya en lo demás. Más aún: dichos matrimonios deben evitarse a toda costa, porque dan ocasión a un trato y comunicación vedados sobre cosas sagradas, porque crean un peligro para la religión del cónyuge católico, porque impiden la buena educación de los hijos y porque muchas veces impulsan a considerar a todas las religiones a un mismo nivel, sin discriminación de lo verdadero y de lo falso. Entendiendo, por último, que nadie puede ser ajeno a nuestra caridad, encomendamos a la autoridad de la fe y a vuestra piedad, venerables hermanos, a aquellos miserables que, arrebatados por la llama de las pasiones y olvidados por completo de su salvación, viven ilegalmente, unidos sin legítimo vínculo de matrimonio. Empeñad todo vuestro diligente celo en atraer a éstos al cumplimiento del deber, y, directamente vosotros o por mediación de personas buenas, procurad por todos los medios que se den cuenta de que han obrado pecaminosamente, hagan penitencia de su maldad y contraigan matrimonio según el rito católico.
  
V. CONCLUSIÓN
  
27. Estas enseñanzas y preceptos acerca del matrimonio cristiano, que por medio de esta carta hemos estimado oportuno tratar con vosotros, venerables hermanos, podéis ver fácilmente que interesan no menos para la conservación de la comunidad civil que para la salvación eterna de los hombres. Haga Dios, pues, que cuanto mayor es su importancia y gravedad, tanto más dóciles y dispuestos a obedecer encuentren por todas partes los ánimos. Imploremos para esto igualmente todos, con fervorosas oraciones, el auxilio de la Santísima Inmaculada Virgen María, la cual, inclinando las mentes a someterse a la fe, se muestre madre y protectora de los hombres. Y con no menor fervor supliquemos a los Príncipes de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo, vencedores de la superstición y sembradores de la verdad, que defiendan al género humano con su poderoso patrocinio del aluvión desbordado de los errores.
  
28. Entretanto, como prenda de los dones celestiales y testimonio de nuestra singular benevolencia, os impartimos de corazón a todos vosotros, venerables hermanos, y a los pueblos confiados a vuestra vigilancia, la bendición apostólica.
  
Dada en Roma, junto a San Pedro, a 10 de febrero de 1880, año segundo de nuestro pontificado. LEÓN PP XIII.
   
NOTAS
[1] Efesios I, 9-10.
[2] San Mateo XIX, 5-6.
[3] Ibíd., 8.
[4] San Jerónimo, Epístola 77, 3. Ópera ómnia, tomo I, co1. 455 (Patrología Latína 22, col. 691).
[5] Arnobio, Contra los gentiles, 4.
[6] Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades Romanas, libro II, caps. 26-27.
[7] San Juan, cap. II.
[8] San Mateo XIX, 9.
[9] Concilio de Trento, Sesión XXIV, al principio.
[10] Ibíd., capítulo I, De la reforma del matrimonio.
[11] Efesios V, 25 ss.
[12] 1.ª Corintios VII, 10-11.
[13] Efesios V, 39.
[14] Hebreos XIII, 4.
[15] Efesios II, 19.
[16] Catecismo Romano, cap. VIII.
[17] Efesios V, 23-24.
[18] Efesios VI, 4.
[19] Hechos XV, 29.
[20] 1.ª Corintios V, 5.
[21] Gnósticos: nombre común de varias sectas primitivas que afirmaban tener un conocimiento cristiano (gnosis) superior a la fe. Maniqueos: discípulos del persa Mani (o Manes, c.216-276) quien enseñó que todo se remonta a dos primeros principios, la luz y la oscuridad, o el bien y el mal. Montanistas: discípulos de Montano (en Frigia, último tercio del siglo II), condenaron el matrimonio como institución pecaminosa. Mormones: secta fundada en 1830 por Joseph Smith, que favorecía la poligamia. Sansimonianos: discípulos del filósofo francés Henri-Claude de Saint-Simon (1760-1825) fundador de un “nuevo cristianismo” basado en la ciencia en lugar de la fe. Falansterios: miembros de un falansterio, es decir, de una comunidad socialista siguiendo los principios de Charles Fourier (1772-1837). Comunistas: partidarios de un régimen en el que la propiedad pertenece al cuerpo político, y se supone que cada miembro debe trabajar según su capacidad y recibir según sus necesidades; el comunismo suele asociarse con el nombre de Kissel Ysidor Levi Mordechai Marx Pressburg/Karl Heinrich Marx (1818-1893).
[22] Canon 1, De cónjuge servórum. Corpus juris canónici, ed. Friedberg (Leipzig, 1884), parte 2, cols. 691-692.
[23] Epístola 71. Ópera ómnia, tomo I, co1. 455 (Patrología Latína 22, col. 691).
[24] Canon Interfectóres y canon Admónere, cuestión 2.ª. Corpus juris canónici (Leipzig, 1879), parte 1, cols. 1152-1154.
[25] Cap. XXX, cuestión 3.ª. De cognatióne spirituáli (op. cit., parte 1, col. 1101).
[26] Cap. VIII, De consangunitáte et affinitáte; cap. I (op. cit., parte 2, col. 703), De cognatióne legáli (col. 696).
[27] Cap. XXVI De sponsálibus (op. cit., parte 2, col. 670); caps. XIII (col. 665), XV (col. 666), XXIX (col. 671), De sponsális et matrimónii et alibi.
[28] Cap. I De conversióne infidélium (op. cit., parte 2, col. 587); caps. V y VI, De eo que duxit in matrimónium (cols. 688-689).
[29] Caps. III, V y VIII. De sponsáli et matrimónio (op. cit., parte 2, cols. 661 y 663); Concilio de Trento, sesión XXIV, cap. III De la reforma del matrimonio.
[30] Cap. VII. De divórtio (op. cit., parte 2, col. 722).
[31] Manteniendo la autosuficiencia del orden natural.
[32] Corpus juris canónici, cap. VIII De divórtio, ed. cit., parte 2, col. 723. Se refiere a 1.ª Corintios VII, 13.
[33] Cap. XI De transactióne (op. cit., parte 2, col. 210).
[34] Cánones Apostólicos, 16 17, 18. Edición de Friedrich Lauchert, Jacob Christian Benjamin Mohr. (Leipzig, 1896) p. 3.
[35] Filosofúmena (Oxford, 1851), i.e., Hipólito de Roma, Refutación de todas las herejías, libro 9, 12 (Patrología Græca 16, cols. 3386D-3387A).
[36] Carta a Policarpo, cap. V (Patrología Græca 5, cols. 723-724).
[37] Apología mayor, n. 15 (Patrología Græca 6, col. 349 A-B).
[38] Legación por los Cristianos. n. 32-33 (Patrología Græca 6, cols. 963-968).
[39] De la corona del soldado, cap. XIII (Patrología Latína 2, col. 16).
[40] José Sáenz de Aguirre OSB, Colléctio máxima conciliórum ómnium Hispániæ et Novi orbis, tomo I, cánones 13, 15, 16 y 17.
[41] Jean Harduoin SJ, Acta Conciliórum, tomo I, canon l l.
[42] Ibíd., canon l6.
[43] Ibíd., canon l7.
[44] Novela 137 (Justiniano, Novellæ. Karl Eduard Zachariae von Lingenthal, editor. Leipzig, 1881, Vol. 2, pág. 206).
[45] György Fejér, Matrimónium ex institúto Christi Dómini illustrátum (Pest, 1835). 
[46] Cap. III, De órdinem cognatióne (Corpus juris canónici, ed. cit., parte 2, col. 276). 
[47] Cap. III, De divórtio (ed. cit., parte 2, col. 720). 
[48] Cap. XIII, Qui fílii sint legítimi (ed. cit., parte 2, col. 716). 
[49] Concilio de Trento, Sesión XXIV, canon 4. 
[50] Ibíd., canon 12.
[51] Pío VI, Carta al obispo de Luçon, 28 de Mayo de 1793; Pío VII, Encíclica del 17 de Febrero de 1809 y Constitución del 19 de julio de 1817; Pío VIII, encíclica del 29 de Mayo de 1829; Gregorio XVI, Constitución del 15 de Agosto de 1832; Pío IX, Alocución del 22 de Septiembre de 1852.
[52] Concilio de Trento, Sesión XXIV, cánones 5 y 7.
[53] Concilio de Florencia e instrucción de Eugenio IV a los armenios; Benedicto XIV, constitución Etsi pastorális, 6 de Mayo de 1742.
[54] Canon 7, De conditióne apostolórum (Corpus juris canónici, ed. cit., parte 2, col. 684)..
[55] San Jerónimo, Epístola 69, a Océano (Patrología Latína 22, col. 657); San Ambrosio, Libro VIII sobre el cap. XVI de San Lucas, n. 5 (Patrología Latína 15, col. 1857); San Agustín, De las Nupcias, cap. X (Patrología Latína 44, 420).
[56] Encíclica Ætérni Patris, 4 de Agosto de 1879.

lunes, 10 de enero de 2022

SERMÓN DE LA SAGRADA FAMILIA, POR EL PADRE PÍO VÁZQUEZ

El domingo 9 de Enero, fiesta de la Sagrada Familia, el padre Pío Vázquez ofreció el Santo Sacrificio de la Misa en la capilla San Pío X de Santa Fe de Bogotá (Colombia), y presentó el siguiente sermón sobre cómo ha de ser la Familia Católica:
  
   
Queridos fieles:
    
El día de hoy, que nos hallamos celebrando la Fiesta de la Sagrada Familia, quiere la Santa Madre Iglesia que volvamos nuestras miradas hacia Nazaret, hacia Jesús, María y José, para de ellos aprender todas las virtudes que deben adornar a nuestras familias.
   
Y así, el día de hoy es, evidentemente, una gran oportunidad para enseñar sobre temas de la Familia Católica, que hoy en día está en peligro de extinción —si es que no ha dejado ya de existir—, en este mundo que, de más en más, va volviéndose o es anticatólico.
    
Por tanto, veamos algunos puntos importantes sobre cómo debe ser la Familia Católica.
   
Familia Numerosa
Un primer punto, importantísimo, sobre la familia católica es el tema de los hijos, el tema de la familia numerosa.
    
Una verdadera familia católica no puede ni debe caer en la anticoncepción —llamada también planificación—, en hacer cosas para evitar tener hijos, lo cual es un pecado gravísimo, mortal, que manda al infierno, si no hay arrepentimiento y enmienda. Una familia que realmente sea católica tiene todos los hijos que Dios le manda, una familia muy grande y hermosa: 8, 10, 12 o más hijos, según Dios dispusiere.
 
Y este tema de la familia numerosa es particularmente importante hoy, porque el mundo moderno está especialmente opuesto a él, ya que está lleno de planificación/anticoncepción; se fomenta al máximo hacer lo que sea para evitar tener hijos: pastas, jadelle, inyecciones, el dispositivo DIU o T de cobre, pomeroy, vasectomía —¡mutilar uno su propio cuerpo!—, etc., etc. Se hace lo que sea, con tal de no tener hijos. Y cuando la anticoncepción falla —¡bienvenidos al siglo 21, al mundo moderno!—: aborto; matemos o aniquilemos al ser recién concebido.
    
Y es tan fuerte la propaganda que se hace hoy día de no tener hijos o muy pocos hijos —la “parejita”, por ejemplo, que dicen aquí en Colombia—, que al hombre común moderno le suena a “chino” y hasta se escandaliza de lo que decimos, de oír que el Matrimonio es para tener hijos, que hay que tener familias numerosas, pues ese es el fin primario y principal de Matrimonio y que, por eso, es un pecado mortal la planificación, ya que va contra la finalidad misma y naturaleza del Matrimonio.
    
Por todo esto, es un testimonio muy valioso, a favor de Dios Nuestro Señor y del catolicismo, el tener una familia bien numerosa; es predicar con el ejemplo. Imaginen y piensen, simplemente, qué gran bofetada contra el mundo moderno, sensual e inmortificado, es el ver un Matrimonio, una familia en la que hay, digamos, 12 hijos. Eso solo es una contundente condenación de su hedonismo.
    
Por tanto, debemos volver al ideal de la familia numerosa, primeramente, practicándolo en nosotros mismos, en nuestras propias familias, desterrando todo pecado de abominable anticoncepción y teniendo familias numerosas, y, en segundo lugar, haciendo todo el apostolado que podamos a favor de la familia numerosa, pues debemos tener en cuenta que hoy día muchos, por ignorancia más que por malicia, caen en la planificación.
    
Y así, siempre que podamos, hablemos a favor de la familia numerosa y en contra de la planificación; siempre que en un matrimonio haya un nuevo embarazo debemos felicitar a los esposos, en particular a la mujer, y recriminar o corregir al que pudiera censurarla o decir algo en su contra; ayudar con limosnas, mercados, ropa, a las familias de bajos recursos que tienen muchos hijos, etc.
    
Educación Católica
Un segundo punto a tratar sobre la familia, para que sea verdaderamente católica, es la educación católica de los hijos.
     
En efecto, debemos tener bien presente que el fin primario y principal del Matrimonio es la procreación y educación de los hijos; no solamente es tener hijos, sino también educarlos, es decir, hacerlos santos, pues a eso se ha de encaminar la educación en una familia católica.
 
1) Y así, en primer lugar, los padres han de ocuparse especialmente de que sus hijos reciban los Sacramentos: Primeramente, el Bautismo, como es evidente; tratando que sea a la semana o máximo dos semanas después del nacimiento. Es un pecado grave —y señal de la decadencia en que estamos—, el retardar sin ninguna necesidad el Bautismo hasta tres, seis o más meses o incluso años… Es una obligación gravísima de los padres procurar el pronto Bautismo de sus hijos.
    
Después viene la Primera Comunión, la cual han de procurar los padres que se realice lo más pronto posible, una vez sus hijos hayan llegado al uso de razón, esto es, desde los 7 años, que es cuando ya tienen —normalmente— dicho uso de razón. Y esta obligación es asimismo gravísima, como la del Bautismo, de manera que los padres que descuidan negligentemente la Primera Comunión de sus hijos y dejan que éstos lleguen a la edad de 9, 10, 12 o más años, sin ocuparse ni preocuparse de que la hagan, comenten pecado grave, pecado mortal. Y lo mismo ha de decirse respecto a la Confirmación, cuando sea ya el momento oportuno de recibirla.
    
2) En segundo lugar, los Padres se han de esmerar en darles a sus hijos una educación religiosa profunda, para que la Fe eche hondas raíces en sus almas, raíces que si logramos penetren en lo más profundo de su ser, en sus más tiernos años, les quedarán, aunque después no parezca, allí, en el fondo de sus almas.
   
Y así, los padres han de buscar que sus hijos tengan una Fe ilustrada, es decir, que no se contenten con que sepan apenas lo del Catecismo para la Primera Comunión —y nunca más aprendan otra cosa—, sino sigan siempre aprendiendo más y más sobre su Fe; para lo cual, es necesario que los padres antes se formen ellos mismos, pues nadie da lo que no tiene…
   
Y a esa Fe ilustrada debemos añadir la formación de una voluntad firme, constante en el bien obrar, enseñándole a huir de todo pecado y a practicar el bien. También, en la educación, se ha de procurar que los hijos sean bien varones y que las mujeres sean bien femeninas, fomentándoles todo lo que ayude a ello.
    
Asimismo, hay que recalcar la gran importancia que tiene, en la educación de los hijos, el ejemplo. Todos los esmeros que los padrespuedan tener vendrán a parar en nada, si no predican a sus hijos con el ejemplo. Si yo no voy a Misa, si no me confieso y, por tanto, tampoco comulgo, ni rezo prácticamente nada, evidentemente que mis hijos tampoco irán a Misa, ni se confesarán ni comulgarán ni tampoco rezarán. Y así con todo lo demás. Si me paso de copas, si digo malas palabras, si me dejo arrebatar de la ira, etc., etc., mis hijos terminarán muy probablemente haciendo lo mismo, cayendo en los mismos pecados.
    
Por esto es muy importante la práctica de la Religión: Ir a Misa todos los domingos y Fiestas de precepto; recibir frecuentemente los Sacramentos de la Confesión y Comunión; rezar en familia, etc., etc.
     
3) En tercer lugar, en la formación y educación de los hijos, es de suma importancia el tema de la pureza.
    
Es muy, pero muy importante, inculcar a los hijos, desde sus más tiernos años, el cuidado y amor a la pureza. Enseñarles desde bien chiquiticos que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que no deben andarlo tocando, que nadie lo debe ni puede tocar —y esto para proteger también contra abusos—. Muchas veces los jóvenes caen en pecados contra la pureza, por haber faltado dicha educación.
     
Y a medida que van creciendo y tienen edad, ir enseñándoles sobre la virginidad hasta el Matrimonio, que no deben tener relaciones antes de casarse; la finalidad del noviazgo (que es el matrimonio) y la pureza que debe brillar en éste entre jóvenes católicos; la finalidad del Matrimonio, que es para tener muchos hijos; que la anticoncepción o planificación es un pecado gravísimo mortal, etc., etc. y muchas cosas más relacionadas con la pureza.
     
4) En cuarto lugar, no puede ni debe faltar, en una familia católica, la oración en familia. Es muy importante que todos, como familia, recen juntos a Dios: principalmente el Santo Rosario. No hay cosa más hermosa que ver toda una familia, a la tarde, rezando todos en común el Santísimo Rosario a María Santísima, para dar gracias por el día y encomendar todas las necesidades de la familia; o ver esa misma familia haciendo juntos, temprano por la mañana, las oraciones que todo buen católico hace al iniciar su día, para encomendarse a Dios; o también qué cosa más bella que ver a toda una familia, el domingo, alistarse e ir juntos todos a la Santa Misa, para cumplir con el precepto dominical.
    
Y esta oración en común, en familia, hay que tener en cuenta que es muy importante; ella es la que da cohesión a la familia y la mantiene unida en medio de las tribulaciones y necesidades. Por esto, los padres deben acostumbrar a sus hijos, desde que son pequeños, a rezar con ellos en familia. Y es también importante que esta oración en familia sea guiada y dirigida por el Padre de familia, que es la cabeza y jefe del hogar. Verdaderamente, no hay cosa más hermosa que contemplar un padre de familia, reuniendo a toda su familia, para hacer la oración común y guiándola él mismo.
   
5) Otro punto importante, si queremos lograr nuestras familias sean bien católicas, es desterrar todo lo mundano de ella: televisión, música moderna, series, películas, etc., etc. No olvidemos que introducir la televisión en la familia es como meter al enemigo en la propia casa; tendrá sus funestas consecuencias. Por tanto, padres, ¡cuidado!
     
Concluyendo ya, queridos fieles, mucho más podría decirse, pues el tema de la familia católica da para decir mucho más, pero, para no alargarnos ni extendernos más, dejamos aquí, con lo ya dicho.
 
Simplemente, para concluir, queríamos exhortarlos a que el día de hoy meditemos sobre nuestras familias y nos preguntemos y analicemos si en verdad son católicas, esto es, si la vida familiar corresponde a cómo debería ser la vida de una familia realmente católica. Aprovechemos el día de hoy para meditar esto y enmendar lo que viéramos que debemos corregir. 
   
Acudamos, asimismo, el día de hoy a Jesús, María y José, a toda la Sagrada Familia, y pidámosles nos ayuden en nuestras familias con tantos problemas que solemos tener, especialmente con los problemas espirituales, con los miembros de la familia que están muy apartados de Dios.
 
Recurramos, pues, a ellos con confianza, encomendándoles nuestras familias y seres queridos, para que nos otorguen la gracia de poder estar algún día todos reunidos, toda la familia, en el paraíso, en la vida eterna, en compañía de todos los ángeles y santos.
     
Ave María Purísima. Padre Pío Vázquez.