Decidimos rescatar del
archivo de la ASOCIACIÓN MARIANA APOSTÓLICA SACERDOTAL
un artículo en el cual se analiza “El hombre Dios”, que funge como la
obra cumbre de la supuesta vidente María Valtorta Fioravanzi, llegando el columnista a la
conclusión de que la obra contiene horribles errores que aún un niño de
catequesis puede descubrir por sí mismo (aparte de que Valtorta fue hereje notoria, contumaz e impenitente).
Ítem lo anterior, tomamos como prólogo
el comentario “SOBRE EL IMPRIMATUR”,
publicado por Sofronio en TRADICIÓN DIGITAL, a fin de comprender qué
grave es conceder aprobación eclesial a cualquier escrito, y cómo los
conciliares han pisoteado la obligación de vigilar que el Rebaño se vea
libre de cualquier doctrina extraña; y la condena que emitió el Santo
Oficio en 1960 contra las obras de Valtorta.
PRÓLOGO: “SOBRE EL IMPRIMATUR” (Comentario de Sofronio en TRADICIÓN DIGITAL)
Los
libros de Valtorta fueron puestos con seguridad en el Indice de libros
prohibidos, publicado el 6 de enero de 1960 en L’Osservatore Romano. Es
decir, antes del Concilio. Tampoco fueron aprobados en la época del buen
papa Pío XII.
Todavía el 17 de abril de 1993, el Cardenal
Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación de la Fe, según consta
en el Prot. N. 144/58i dice que no debe ser considerada de origen
sobrenatural: “Las “visiones” y “dictados” referidos en el trabajo, El
Poema del Hombre-Dios, son simplemente la forma literaria utilizada por
el autor para narrar en su propia forma la vida de Jesús. No pueden ser
consideradas de origen sobrenatural”.
Luego vino el imprimatur
de la jerarquía ecuménica a favor de la unidad de todas las religiones
porque es más lo que nos une que lo que nos separan, según dicen estos
traidores:
El 17/3/1993 Mons. Soosa Pakiam, de Malayalam,
India, concedió un imprimatur; y en febrero de 2012 dio el Nihil Obstat y
el Imprimatur nada menos que a una web –sí; si; leen ustedes bien, a una web- dedicada a publicarlo, la cual pueden modificar los
administradores a su gusto (como todo el que tenga un simple blog
gratuito sabe).
¡Ya le
manda hacer tal ridículo! Esto indica la seriedad de estos necios, cuyos
imprimátur ya no sirven de nada; ya no son criterios de la fe o
costumbres católicas. Mañana darán su imprimatur a un mensaje de texto
mandado por móvil ¿De qué sirve el imprimatur de un obispo que esté de
acuerdo con el putimonio, la comunión de los divorciados vueltos a
casar, y que dice que el budismo, por ejemplo, es un camino de
salvación? ¿Qué fe católica puede poseer ese obispo? Ninguna. Pues, en
fin, el imprimatur sirve para confirmar o que es un recurso literario
usado por la autora como dijo Ratzinger, o un fruto de su mente
obsesionada, que son la mayoría, o de origen pretarnural, ya que el
diablo anda siempre bscando a quien devorar.
Estos obispos han
demostrado que no confirman en la fe católica; luego no se les puede
hacer caso. Son capaces de dar el imprimatur al Manifiesto comunista de
Engels y Marx y hasta de alabarlo, ahora que está el ‘amigo de los
pobres’ en santa Marta con el Defensor de la Fe, Müller, amigo de los
teólogos de la Liberación.
Tomado de los archivos de la ASOCIACIÓN MARIANA APOSTÓLICA SACERDOTAL.
“EL HOMBRE DIOS” - FALSEDAD O MENTIRA DE MARIA VALTORTA
Opúsculo escrito por Anselmo de la Cruz en 1998, y publicado por la Editorial Esencia en San José de Costa Rica.
APRECIACIÓN GENERAL
La obra de María Valtorta presenta
tantas irregularidades que es difícil entender como es que ha podido
tener aceptación en los medios católicos, aún tradicionalistas, al
parecer. En general, por las herejías que sustenta -y otras cuestiones negativas adyacentes-,
no comprendemos como pudo ser aceptada por sacerdotes de formación antigua,
como un Romualdo Migliorini asistente espiritual de Valtorta, y un Fray
Juan de Escobar, avalador de las ediciones de la obra, por lo menos de
1976.
O bien no leyeron éstos detenidamente
los escritos de María Valtorta –lo cual es difícil de suponer, dada la
seriedad de la cuestión–, o actuaron –y actúan como Escobar– como
cómplices de la propagación de una obra que presenta gravísimos errores
en materia de fe. Sea como fuere,
en
la obra de Valtorta hay un misterio de complejidad con la herejía, que
envuelve en particular últimamente a los “comentaristas” de la obra que
evidentemente son postconciliares, y que en notas al calce de
las páginas insertan comentarios haciendo notar la coincidencia de
muchas doctrinas de María Valtorta con los errores del Vaticano II.
El asunto es que
a través de varias ediciones producidas últimamente por un llamado “Centro Editorial Valtortiano”, central de la edición en varios idiomas de “El hombre Dios”, la obra está recibiendo amplia difusión.
El editor, el señor Emilio Pisani, en
compañía de Fray Escobar, traductor al castellano de la obra, confía
evidentemente en la ignorancia de los católicos (aunque las herejías
fundamentales de la obra son evidentes hasta para un niño del catecismo)
para conseguir, como lo ha estado haciendo hasta hoy, el éxito de
librería de la obra de Valtorta.
Es preciso hacer notar algo importante respecto a las ediciones de la obra de Valtorta.
En
ninguna de las ediciones en castellano –desde 1976– aparece constancia
de la Censura Eclesiástica. Ciertamente para nosotros, católicos, la
actual “censura” de libros no merece credibilidad. Por cierto que,
con
ella hicieron un astuto juego los postconciliares, suprimiéndola por
unos años después del Vaticano II para dejar correr las herejías, y
renovándola posteriormente a su manera. La censura válida para nosotros es la que se hace de acuerdo con los criterios de la fe y la moral católicas.
Ahora bien, en la edición de 1976, –en castellano, que es la que tenemos a la vista junto con la de 1989–,
no aparece ninguna Censura o “Nihil Obstat”.
Conocemos la ligereza de los postconciliares en esto de la censura,
pero lo que hay que hacer notar, repetimos, es el hecho de que
valiéndose de los textos de la Valtorta para apoyar las doctrinas del
Vaticano II, no aparezca el apoyo de la Censura postconciliar.
¿No
han querido comprometerse para poder dejar la puerta abierta a una
autodefensa ante la acusación de herejes cómplices del libro que por
otra parte comenta favorablemente? Bien que ellos así son. Mas no deja de ser un dato interesante.
Por otra parte,
se dice en la
Introducción a la edición en castellano de 1976, que María Valtorta “el
18 de abril de 1949, ofreció a Dios el sacrificio de no ver la
aprobación de su obra, uniendo a este sacrificio el precioso don de su
inteligencia”. Esto significa evidentemente o
da a entender, que la obra de Valtorta fue sometida a censura y no logró la aprobación eclesiástica.
Eran los tiempos de S.S. Pío XII;
y repite el P. Escobar: “María no pudo tener la satisfacción de ver que
su obra era aprobada” (Pág. 9). No explica si por fin la obra tuvo o no
la aprobación.
Pero tratándose de una
cuestión tan seria, lo menos que podía hacer Escobar es consignar la
fecha de la aprobación, si es que la hubo posteriormente, después de
aquel rechazo de 1949. Que hubo rechazo de la obra por parte de la
autoridad eclesiástica, lo indica claramente Escobar al mencionar el
sacrificio de Valtorta, y la fecha que seguramente fue en la que recibió
la negativa: el 18 de abril de 1949. Los motivos para el rechazo en
aquel entonces, eran más que suficientes.
Pío XII rechazó la obra de María Valtorta en 1949, por los errores doctrinales contenidos en la obra "Poema del Hombre-Dios"
SOBRE LAS LEYES CANÓNICAS DE LA SANTA
IGLESIA RESPECTO A LA CENSURA ECLESIÁSTICA DE LIBROS, ESCRITOS DIVERSOS,
REVELACIONES, ETC…
Lo que en el Código de Derecho Canónico
se expresa –el antiguo– sobre la publicación de libros, artículos,
textos de revelaciones privadas, imágenes religiosas, todo tema
religioso, en fin, está contenido en los cánones del 1384 al 1400 principalmente. Ahí se dice:
1.- Que la Santa Iglesia tiene derecho
de exigir que los fieles no publiquen libros que ella no haya
previamente examinado, y a prohibir con justa causa todo lo que haya
sido publicado sin su autorización por cualquier persona.
2.- Todos los escritos antes de su
publicación deben ser aprobados por el obispo de la diócesis dentro de
la cual se publica la obra. Este obispo tendrá nombrado un censor de
oficio, clérigo dedicado a examinar el contenido de lo que se piensa
publicar, para determinar si no contiene errores contra la fe y costumbres. Una vez aprobada la obra se incluirá en las primeras páginas el Nihil Obstat con la firma del censor y aprobación del obispo. También se expresa con la frase “Con las debidas licencias o Imprimatur” –puede imprimirse–. Si
la obra presentada para ser examinada contiene algún error es rechazada
y se niega la aprobación, por lo cual el autor no puede publicarla, o si la publica sin la constancia de censura incurre en grave delito al que se refiere el Canon Núm. 2318 que dice:
2318. Incurren en excomunión ipso facto reservada de un modo especial a la Santa Sede, una vez que la obra es del dominio público, (ipso facto quiere decir sin necesidad de ninguna declaración) los
editores de libros apostatas, herejes o cismáticos, en los que se
defiende la apostasía, la herejía o el cisma y asimismo los que
defienden dichos libros u otros prohibidos nominalmente por letras
apostólicas, o los que a sabiendas y sin la licencia necesaria, los leen
o los retiene en su poder. (Sin la licencia necesaria
significa que a determinadas personas cuyo criterio católico es
confiable, la Iglesia puede conceder la lectura de libros prohibidos en
particular para estudiarlos para su refutación).
Los autores y editores que sin la
debida licencia, hacen imprimir libros de las Sagradas Escrituras o sus
anotaciones y comentarios, incurren ipso facto en excomunión no
reservada.
Ahora bien, aquí cabe una observación:
en
la actual situación de la Iglesia ¿a qué nos atenemos los católicos
respecto a los libros que se publican sin licencia?... En primer lugar,
hay que tener en cuenta la intención con la que escriben los sacerdotes y
laicos que al momento presente escriben en defensa de la Fe católica y
de la Iglesia verdadera. Esta intención conlleva ya el deseo de
conformar sus escritos con la Doctrina verdadera. Por lo
general, son personas preparadas doctrinalmente que han podido detectar
los errores de la Iglesia postconciliar, y han comentado unos con otros
los mismos temas.
El Magisterio de la
Santa Iglesia ha determinado clara y abundantemente a través de veinte
siglos cuál es la recta Doctrina, de modo que no es difícil compararla
con las novedades heréticas, colaborando a que la Doctrina verdadera se
mantenga y los fieles logren rechazar los errores. Pero además, hay que hacer notar que
siendo
el deseo manifiesto de los escritores tradicionalistas defender la Fe,
seguramente todos están dispuestos, si se les hace notar algún error, a
conformar su pensamiento con el de la Santa Iglesia. Esto
vale por la situación presente en que quedaría un inmenso hueco sin
llenar, de no existir quien tomase la defensa escrita de la Doctrina;
mucho antes de aparecer los cánones censurando los libros, millares de
católicos escribieron difundiendo y defendiendo la Fe.
La censura se hizo necesaria en particular al aparecer los errores difundidos por Lutero.
La censura eclesiásitica, si bien existía desde los primeros siglos, se
hizo más urgente y necesaria tras aparecer la herejía luterana
Ahora bien,
más que nunca son válidos
los cánones que previenen contra libros heréticos que personas con una
elemental cultura religiosa pueden detectar, y es deber de quienes
pueden comprobar comparándolos con la doctrina verdadera, que una obra o
escrito contienen herejías, al advertir sobre todo en este momento
acerca de dichos errores.
La manera de probar con seguridad, es comparar la doctrina errónea con la Doctrina de la Iglesia. Esta prueba es irrefutable de por sí.
VOLVIENDO A LA OBRA DE MARÍA VALTORTA
Aquí se trata de un comentario a su
obra, haciendo notar los errores, algunas herejías, en que ella incurre,
comparadas con la Doctrina de la Santa Iglesia. No se trata
de un juicio de su personalidad ni de su intención, sólo de hacer notar
lo que una censura eclesiástica normal no aceptaría de sus escritos.
Una observación más antes de pasar adelante.
En
este comentario queremos recordar que la Santa Iglesia no obliga, sino
que deja en libertad a los católicos de aceptar o no las revelaciones
privadas. Lo único que está obligado un católico a aceptar son los
dogmas de la Fe.
Por otra parte,
la Santa Iglesia reconoce que hasta en los escritos de los ya llamados “siervos de Dios” es posible que se encuentren errores.
“Siervos de Dios” son aquellos cuyos juicios para la posible
beatificación se ha iniciado, y cuyas personas y vida pueden ser dados a
conocer. No obstante,
en su constante
solicitud por mantener libre de error la manifestación de la Fe incluso
en los escritos de estos siervos, la Iglesia somete estos escritos a una
Comisión especial sobre cuyo resultado dictamina el mismo Romano
Pontífice, quien decide según el resultado si puede o no llevarse
adelante la causa. Por lo general se ha encontrado que los
escritos –si estos hubieran sido publicados durante la vida del autor–
no contienen error alguno, mas son sometidos a estudio los inéditos
principalmente, dado que en general los siervos de Dios que han escrito
lo han hecho con abundancia, aunque no todos incluyen revelaciones. “
Los
escritos de los Siervos de Dios en los cuales se encuentre alguna cosa
que pueda escandalizar a los fieles, o no conformes con la fe, son
juzgados en última instancia por el Romano Pontífice, quien decide si se
puede o no seguir adelante”. (Canon 2071, Derecho Canónico)
Pero
hay algo más sobre lo cual juzga la Santa Iglesia en su solicitud. El Canon Núm. 2072 dice que “
El
juicio favorable del Romano Pontífice no constituye la aprobación de
los escritos, ni es obstáculo para que el Promotor de la fe y los
consultores, puedan y deban proponer en la discusión de las virtudes las
objeciones sacadas de los escritos del Siervo de Dios”. Aclaramos en este caso que
el Papa no está definiendo sobre cuestiones de fe y que, por lo tanto,
de los errores encontrados en el escrito considerado, no puede
deducirse nada que implique la aprobación del Vicario de Cristo de tales
yerros. Tal es, en una palabra, lo que la Iglesia determina
sobre escritos, y por lo mismo revelaciones privadas, –supuestamente
revelaciones– de los que escriben sobre cuestiones religiosas en
particular de orden místico.
Ya se dijo que el proceso para la beatificación y canonización es un caso intermedio en la cuestión de la Infalibilidad papal
En última instancia, no es por sus escritos (aunque su contenido cuente mucho para el caso)
por lo que la Santa Iglesia canoniza a un individuo, sino por sus virtudes que se tiene que demostrar que practicó heroicamente.
La
cuestión de sus escritos es cosa secundaria aunque mucho cuenten, sobre
todo si hizo con ellos durante su vida labor apostólica y pueden ser
útiles para la promoción de la vida espiritual y difusión de la Fe o su
defensa.
La Iglesia toma mucho en cuenta la
actitud general que respecto de la obediencia a la misma tuvo durante su
vida el escritor, y si en el caso de los Siervos de Dios se puede
suponer que si escribió algún error se retractaría si estuviera en vida.
Respecto a las revelaciones (supuestas) privadas, podemos demostrar
cómo aún en el caso de los santos pueden ser falsas; tal es el caso de
San Vicente Ferrer, (año 1415)
quien
siendo eminente defensor de la Iglesia en su tiempo, cayó en el error
de predicar que el fin del mundo estaba cercano, lo cual creyó la
mayoría de la cristiandad, habiendo resultado falso el anuncio. Esto nos puede prevenir contra predicciones semejantes.
San Vicente Ferrer, si bien fue insigne defensor de la Iglesia, creyó
que el Fin de los Tiempos sería a mediados del siglo XV (lo cual era
falso).
Por último,
podemos recordar que el
gran Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, quien abundantemente
escribió sobre cuestiones de Fe y también místicas, queriendo permanecer
en fidelidad a la Iglesia y previendo que en sus escritos pudiera
hallarse algún error contra la Fe (que por otra parte jamás se encontró)
,
no obstante su gran sabiduría, con gran humildad escribió como
culminación de su obra escrita lo siguiente, que resumimos: “Someto al
juicio de la Santa Iglesia todos mis escritos”. Este ha sido
posteriormente durante siete siglos el lema de muchos escritores
católicos, que de antemano manifiestan someterse a este juicio para no
quedar fuera de la Santa Iglesia por algo involuntario.
Santo Tomás de Aquino, con todas las luces místicas que Dios le
concedió, sometió sus obras al juicio de la Iglesia (la cual aprobó
TODOS sus escritos)
En el caso que tratamos de María
Valtorta, queremos suponer que ella con buena fe se hubiera retractado
de las herejías que escribió, si alguien con autoridad se las hubiera
hecho notar, lo que lamentablemente no sucedió, ni aún por parte de los
sacerdotes de formación antigua que la dirigieron espiritualmente e
impulsaron. En el caso de los errores de sus obras,
lo
que es de lamentar no es que ella, por ignorancia, hubiera escrito
cosas contra la Fe, sino que aún al presente se difunda su obra, y nada
menos que por una casa editora fundada especialmente para esta difusión,
careciendo sus obras de censura ninguna ni aún por parte de los
postconciliares, que otorgan al presente dicha censura, -aunque ellos tampoco sean de fiar-, pero al menos por la seriedad del caso.
Por lo cual es necesario y urgente proporcionar un ligero análisis de los principales errores de esta obra así divulgada.
LOS VISIBLES ERRORES CONTRA LA FE CONTENIDOS EN LA OBRA SON LOS SIGUIENTES:
1.
Asegura la autora que la Revelación
divina continúa, y que ella es la continuadora, llamándola el mismo
Cristo “mi María Juan”, o sea, una especie de “hermana” de San Juan
evangelista, cuya prolongación sería ella, encargada de proseguir y explicitar la Revelación,
admitiendo una evolución de los dogmas ya definidos. Esta evolución dogmática está condenada por la Santa Iglesia.
A tanto llega la jactanciosidad de María Valtorta de ser la continuidad
de San Juan Evangelista, que en su lápida se inscribió "Divinárum Rerum
Scriptrix" (Escritora de cosas divinas) y la imagen de un águila
(símbolo de elevada espiritualidad)
La Revelación divina que comenzó en el Antiguo Testamento, se cierra y clausura con el Apocalipsis de San Juan, donde al respecto escribe el Apóstol: “
Yo
atestiguo a todo el que escucha mis palabras de la profecía, de este
libro, que, si alguno añade algo a estas cosas, Dios añadirá sobre él
las plagas descritas en este libro, y si alguno quita algo de las
palabras de esta profecía, quitará Dios su parte del árbol de la vida”. (Apoc. 22, 18- 19).
El Apocalipsis de San Juan Evangelista es el punto final de la Revelación que todo católico debe creer para salvarse.
La Santa Iglesia enseña que la divina
Revelación terminó así pues con este libro, que clausura el Nuevo
Testamento, y es contra la doctrina de la misma enseñar que la
Revelación puede continuar por medio de otros “profetas” o ser
explicitada contrariando lo ya definido dogmáticamente.
Ningún católico puede, pues, aceptar
dicha “prolongación de la revelación” por medio de una “vidente”, quizá
ignorante ella misma en su equívoco, de la doctrina de la Iglesia al
respecto. La autora
asegura
haber recibido todo lo que describe y narra como una revelación, no sólo
sobre puntos secundarios, sino para aclarar los evangelios mismos, o
sea que hasta la venida de ella no teníamos los católicos por medio de
la Iglesia una visión clara. Según eso, Cristo mismo diría a
la Valtorta acerca de la obra escrita por ella que “esta obra tiene por
objeto iluminar ciertos puntos que un conjunto de circunstancias han
cubierto de oscuridad y forman así unas zonas obscuras en la luminosidad
del cuadro evangélico y puntos que parecen fisuras, y no son sino
puntos obscurecidos entre uno y otro episodios, puntos indescifrables y
en aclararlos está la llave para comprender exactamente ciertas
situaciones...”; y así
largas
parrafadas a favor de la revelación valtortiana que –decimos– no sólo
dan la impresión de querer asegurar que algo faltaba a la Revelación,
sino de hecho lo aseguran, y esto en boca de Cristo mismo.
La Valtorta dice que sus escritos fueron revelados por "Cristo", pero
ese "Cristo" que ella presenta tiene algo en sí oscuro, contrario al
Cristo verdadero
Es Cristo, según lo que se escribe, Quien asegura en las visiones a la
Valtorta, que sus escritos son inspiraciones del Espíritu Santo, y quien
exhorta a los lectores –dice– a escuchar a la que llama muchas veces su
“pequeño Juan” (por lo del apóstol) o su “María Juan” a manera de
identificación de ambos.
El desprecio
de la doctrina de la Iglesia que enseña que la divina Revelación terminó
con el último Apóstol es evidente, y contradictorio cuando la “vidente”
pone en boca del mismo Cristo la contradicción a la doctrina. Por
ejemplo, dice que le habla el Señor amonestando a los que leen la obra
de ella y no la aceptan por saber que la Revelación está terminada:
“Si objetáis que la Revelación terminó
con el último de los Apóstoles y no habría nada más que agregar, ¿y si
yo me he querido complacer en reconstruir el cuadro de mi caridad divina
así como hace un restaurador de mosaicos que repone las piezas
deterioradas y que faltan, y quise hacerlo hasta este siglo en que el
linaje humano se precipita en las tinieblas...? [...] En verdad deberíais
bendecirme, porque he aumentado con nuevas luces la luz que tenéis, y
que ya no es más suficiente para ver a vuestro Salvador”. (Págs. 887 y sig. de la obra)
Respecto a lo anterior,
es verdad que
cualquiera puede decirse iluminado por Dios, asegurar que le habla el
mismo Cristo, y que le son reveladas cosas. Lo inadmisible es (los mencionados iluminados pueden ser ignorantes, psíquicamente inadaptados, escribiendo tal vez sin mala fe)
que
herejías y extravagancias sean aceptadas por personas cultas en materia
religiosa, y repetimos una vez más, por sacerdotes avaladores de la
superchería a sabiendas de que se trata del fruto de una imaginación
exaltada, donde la fantasía llega a la negación de la Fe.
¡
La Santa Iglesia según eso, esperó durante siglos a que apareciera María Valtorta para que continuara y reformara el Evangelio!..., y si esto fuera verdad, claro está que
pecaríamos
todos los que no podemos aceptar sus explicitaciones, dado que son
“divinamente reveladas”. Las páginas de la 879 al final de la obra
contienen en particular todas las herejías sobre la Revelación expuestas
por la Valtorta, en el capítulo titulado “Despedida de la Obra”.
Por otra parte, los editores de “El
Hombre Dios”, refiriéndose a la más reciente edición en español de la
obra, se salen, como vulgarmente se dice, por la tangente, defendiendo
la obra de acusación de herejía (y defendiéndose ellos mismos),
afirmando que “toca a la autoridad eclesiástica juzgar si el fenómeno de
esta obra se puede o se debe considerar todo o en parte explicar como
algo sobrenatural”... En este comentario estamos asegurando que
por lo que expone como “revelado”, la autora incurre en herejía
manifiesta. Los editores pasan por alto este hecho, –imposible pensar
que con desconocimiento de causa, tratándose del Padre Escobar–, y se
limitan a asegurar que la Valtorta “no añade ningún dogma” en su obra. No lo añade, decimos, porque
no
es ella quien tiene que proclamarlo en todo caso, pero con abundancia
de pruebas que podemos presentar, arremete contra varios dogmas, no en el sentido de negarlos explícitamente, diciendo “niego esto o aquello”,
pero sí
inventando doctrinas contrarias a las ya infaliblemente proclamadas
como verdades de fe, y en esto es en lo que hay mayor peligro.
Los editores, hay que hacer notar, a lo
largo de toda la obra no han dejado pasar la ocasión de poner al calce
de las páginas abundantes notas en las que se hace notar la coincidencia
de las doctrinas de la Valtorta con las del Vaticano II. También acuden en defensa de su visionaria y sus teorías
afirmando, que “esta obra pudiera explicarse acudiendo a los carismas ordinarios o extraordinarios de que habla el Vaticano II.” (pág. 888) Y como los carismas son dones reales del Espíritu Santo,
claramente
se atribuye aquí a la Valtorta el ser una carismática que entra en el
cuadro de los inspirados. Este aval a una obra herética es imperdonable
por parte de quienes sí deben conocer la doctrina de la Iglesia Católica.
Las doctrinas valtortianas coinciden con el deuterovaticano en la herejía y demolición del Dogma de la Fe
Los postconciliares están dejando
correr la obra de Valtorta seguramente porque es un vivo exponente del
evolucionismo dogmático y un auxiliar en la propagación de las herejías
postvaticanistas.
2.
María Valtorta afirma que la Virgen María es después de Cristo, “la Primogénita del Padre”. (Pág. 3, Tomo 1)
Alude al “segundo lugar” después del Hijo.
Según
eso, no sería María la “primogénita”, sino en expresión forzada la
“secondogénita”. Esto constituye una herejía, ya que sólo Nuestro Señor,
Cristo, es el Unigénito, o sea, el único engendrado por el Padre,
consubstancial a Él, según el Credo (Creo en Jesucristo su único Hijo),
“Primogénito
entre todas las criaturas”, es también Cristo, al participar de la
naturaleza humana el Verbo. Pero nunca la Iglesia dio este título o
prerrogativa a la Madre de Dios, con todo y reconocer todas sus glorias y
grandezas. No puede haber “secondogénitos” del Padre, o sea, igualados al único Hijo.
Si Cristo es el único Hijo, se sobreentiende que no puede existir un segundo.
Con todo y reconocer las glorias de Santa María, nunca se debe perder de
vista que Jesucristo es el Unigénito de Dios Padre, y que "Fuera de Él
no hay otro nombre por el cual podamos ser salvos". (Actas IV, 12)
3.
María Valtorta sustenta la herejía de la Redención universal incondicional. (Págs. 544, 788)
Con esto se hace eco de las herejías del Vaticano II, en particular de ésta que predica Juan Pablo II de quien damos una cita:
“Todos los hombres desde el principio del mundo hasta su final, han sido redimidos y justificados por Cristo y por su cruz”. (Signo de Contradicción, pág. 112)
María Valtorta manifiesta que le reveló el mismo Jesús a ella que:
“La pareja Jesús-María es la antítesis
de la pareja Adán y Eva. La primera está destinada a anular todo lo que
hicieron Adán y Eva, y devolver el linaje humano al punto en que fue
creado, rico en gracia y en todos los dones que el Creador le dio. La raza humana se ha encontrado con una regeneración total, por obra de la pareja Jesús-María que son sus nuevos fundadores. Todo
el tiempo pasado ha sido borrado. El tiempo y la historia del hombre
empiezan desde este momento en que la nueva Eva, por un cambio de la
creación, saca de su seno al nuevo Adán”. (Pág. 544)
La doctrina de la Santa Iglesia es como
sabemos, que “Cristo Redentor se colocó en sustitución nuestra para
expiar, pero el hombre para actuar en sí la salvación obrada por Cristo
debe adherirse a Él libremente con la Fe y la Caridad”. (Diccionario de Teología Dogmática, Pietro Parente, pág. 312) Así pues, sabemos que
si
bien Cristo murió por todos, no todos los hombres se salvan, como
explicita el Concilio de Trento al definir la doctrina dogmática de la
Eucaristía, sino sólo aquellos que el Tridentino llama “muchos”.
La Crucifixión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo fue para que todos
los hombres se salvaran, pero no a todos les aprovecha el Sacrificio.
4.
María Valtorta afirma que Cristo le reveló que la Redención no la consumó Él sino Su Madre. (Pág. 600)
He aquí otra herejía, pues
si bien la
Iglesia considera a María como “corredentora”, de ningún modo ha
enseñado que ella haya “consumado” la Redención. Esta la efectuó
completamente Nuestro Señor en la Cruz. Pero Valtorta dice que le dijo Jesús:
“Todos creen que la Redención terminó con mi último aliento. No. La
terminó mi Madre, añadiendo la triple tortura para redimir la triple
concupiscencia”.
La expresión "María Corredentora" debe entenderse en el sentido de que
la Santísima Virgen cooperó en modo excepcional en el Plan Salvífico de
Dios, pero estando supeditada a Jesucristo, siendo Él quien efectuó la
Redención del género humano.
No es necesario hacer notar, pues, lo herético de esta afirmación puesta nada menos que en boca de Cristo. En cuanto a la “triple concupiscencia” que dice que, venciendo, hizo que María consumara la redención,
Valtorta
afirma a lo largo de su obra que tanto Nuestro Señor como Su Madre
sufrieron durante toda su vida “terribles tentaciones carnales” (¡!) contra las que tuvieron que luchar mucho para vencerlas. Sobre esto veremos más adelante.
5.
Valtorta afirma heréticamente que el pecado original consistió en el acto sexual realizado por los primeros padres. (Págs. 98, 254, 257, 258)
Son prolongadas las "revelaciones" que dice Valtorta tener al respecto, por lo que presentaremos sólo lo elemental de su herejía (pág. 254).
Afirma que los primeros padres, Adán y Eva, desconocían la manera de engendrar hijos realizando su unión. Que la procreación se iba a realizar por intervención especial de Dios, sin unión sexual.
Que
el conocimiento de esta unión les estaba vedado a Adán y Eva, y que fue
el motivo o señuelo con el que la serpiente tentó a Eva; en resumen, afirma:
“…Eva se acercó al árbol del bien y del mal, para llegar a conocer este
misterio, estas leyes de la vida... Se acercó dispuesta a recibir este
misterio, no de la revelación de la enseñanza pura y del influjo divino,
sino de la enseñanza impura y del influjo satánico...” “Eva quiso ser
semejante a Dios en la procreación...” Añade que el demonio tomó como
motivo de la prohibición divina respecto al árbol el negarles Dios a
Adán y Eva “ser siquiera libres como los animales” (textual) “ya que la
fiera puede amar con un verdadero amor y ser creadora como Dios”. Según
eso Dios quería “reservarse para él solo el poder creador”. (Pág. 254)
Este es el pecado original según Valtorta
No sería necesario repetir más
necedades. Baste con añadir que en la descripción que hace Valtorta
sobre la tentación del demonio a Eva, dice tales obscenidades que
bastarían para despertar al más ignorante de la convicción de que todo
esto sea “revelación divina” sobre la cuestión.
La doctrina de la Iglesia sobre el
pecado original no enseña que éste haya consistido en el acto sexual.
Según la exposición teológica de esta cuestión, “Adán y Eva no eran
desconocedores del uso del matrimonio, pues Adán dice: “Dejará el
hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en
una sola carne” (Génesis 2, 20). En esto obedecían naturalmente al precepto divino: “Creced y multiplicaos”.
Lo que sucedió fue, según el Concilio de Orange que trata la cuestión,
que “los primeros padres creados en integridad, por causa de su
desobediencia perdieron la gracia santificante y demás dones”. Entre
estos dones perdidos se hallaba la falta de un desorden en la
concupiscencia, o deseo desordenado de los goces sensibles, entre ellos el del goce sexual.
El pecado original consistió en un acto de desobediencia que nada tuvo que ver con la sexualidad. Véase por ejemplo una obra accesible como la Teología del Dogma Católico, de Abarzuza (pág. 644)
El Pecado original consistió en desobedecer el mandato de Dios,
consistente en alejarse del árbol de la ciencia del bien y el mal. Y el
castigo, la pérdida de la Gracia santificante y los dones conexos a
ella.
Pero Valtorta insiste una y otra vez en
la afirmación con detalles que, unidos a otros relatos suyos dizque
“revelados” hacen pensar en una inclinación morbosa a tratar lo sexual.
6.
Valtorta afirma que tanto Nuestro
Señor Jesucristo como la Santísima Virgen sufrieron durante toda su vida
terribles tentaciones sexuales, que tuvieron que vencer mediante arduas
luchas.
En esta afirmación, que dice la escritora que es fruto de una revelación
hecha a ella por el mismo Cristo, se encuentra de manifiesto una vez
más la total ignorancia de Valtorta de la doctrina dogmática católica en
puntos elementales.
Ni Jesucristo, Dios hecho hombre, ni la
Santísima Virgen pudieron padecer tentaciones porque carecían de lo que
la Iglesia llama el “fomes peccati” o inclinación al mal, producto de
los efectos del pecado original.
Cristo por ser el Hijo de Dios, estuvo como hombre exento de tal inclinación, siendo impecable.
La
Santísima Virgen como destinada a ser Madre de Dios, por la gracia de
su Inmaculada Concepción, concebida sin pecado en orden a su maternidad
divina, no tuvo las consecuencias del pecado original, siendo
según la doctrina de la Iglesia, también impecable, o sea, incapaz de
pecar.
Inmunes el Hijo Dios, y la Madre
de Dios, así pues, de todo aquello que como inclinación al mal aqueja
al resto de los hijos de Adán. No pudieron ser tentados de hacer el mal.
Se ve tentado a hacer el mal uno que es capaz de hacerlo. Ni mucho
menos pudieron haber sido tentados en el aspecto sexual, como insiste
Valtorta en afirmar varias veces poniendo en boca del mismo Cristo el
relato de estas tentaciones, como las principales que habría sufrido.
Las
tentaciones de Cristo en el desierto fueron puramente externas, –enseña
la Iglesia– para darnos ejemplo, no porque Nuestro Señor hubiera tenido
tentaciones como todo hombre heredero del pecado original.
La Inmaculada Concepción de María significa que Ella fue preservada por Dios de toda mancha y secuela de pecado original
Exponiendo en concreto la doctrina de la Santa Iglesia en la cuestión que estamos tratando, es como sigue:
“
Cristo se vio libre de todo pecado, de hecho”. (Doctrina de fe divina católica, definida). “
En virtud de la Unión Hipostática, la voluntad humana de Cristo estuvo siempre y en todo sometida a la voluntad divina”. “
Cristo no pudo pecar, ni hubo en Él capacidad alguna de pecar. Fue absolutamente impecable”
(Teología del Dogma Católico, Javier de Abarzuza, O.F.M., págs. 737-38)
El Padre Abarzuza en su magnífico compendio de Teología resume la
doctrina católica al respecto y la explicita.
Abundar
en la explicación de estas doctrinas de la impecabilidad de Cristo y
María Su Madre, llevaría muchas páginas, pero los católicos fácilmente
podemos entender y aceptar que siendo Cristo el Verbo de Dios encarnado
no podía tener inclinación al mal, ni sentirse tentado de realizarlo. Lo
mismo se dice de la Virgen María en virtud de su Inmaculada Concepción
en orden a su maternidad divina.
Cristo NO PUDO PECAR, ni tenía capacidad para ello, en razón a que su
voluntad humana estaba sujeta a la voluntad divina (Unión hipostática:
Dos naturalezas en una sola persona).
En sus innobles relatos de las
supuestas tentaciones sexuales que dice Valtorta que le relató el mismo
Cristo, ésta abunda en detalles que ofenden la divina Persona del
Salvador y de su Santísima Madre. Nos hacen pensar en “Jesucristo Super
Estrella” y otras obras creadas para mofarse de la divinidad de Nuestro
Señor. Sobre las tentaciones impuras contra las cuales dice Valtorta que luchó toda su vida la Virgen María; dice Valtorta:
“Teniendo en cuenta nuestro querer (habla aquí también de Cristo, quien
le está hablando, supuestamente) tuvimos que juntar una práctica
constante de todo lo que era opuesto al modo con que obró la pareja
Adán-Eva. Pero el Eterno sabe cuánta heroicidad fue necesaria en
determinados momentos y en determinados casos. No quiero hablar más que
de mi Madre, no de Mí. De la nueva Eva que rechazó, desde sus tiernos
años, lisonjas de Satanás para seducirla a que mordiese el fruto y
saborear la dulzura que hizo necia a la compañera de Adán…” (pág. 545).
La narración de la vida de Jesús y María según la Valtorta, compagina
con obras blasfemas y anticatólicas como "Jesucristo Superstar", "Je
vous salue Marie" y "El código Da Vinci".
y según Valtorta, Cristo le revela que
“María Su Madre sufrió el tormento de asaltos periódicos de tentaciones
desde el viernes de la crucifixión hasta el alba del domingo”. Que “la
atacó con una terrible tentación, tentación en la carne de María…” (pág.
600)
Parecería que tras de leer esta
aberración no sería preciso mayor comentario, pero es necesario citar
algo más para abrir los ojos de los lectores. Dice Valtorta sobre lo que
asegura le reveló Nuestro Señor sobre sus propias tentaciones de
impureza:
“Satanás se preocupó ante todo de arrastrarme a la impureza… La
tentativa de Satanás se enderezó con este objetivo para vencerme” (pág.
285).
Por cierto,
Valtorta añade una tentación de impureza a las que narra el Evangelio en el desierto.
Y en una de las conversaciones con Judas con quien según eso se explaya
el Señor hablándole de sus tentaciones, Cristo narra a Valtorta lo
siguiente:
Dice Judas a Jesús: “Jesús, ¿jamás has pecado?”
A lo que habría respondido Jesús: “Jamás he querido pecar. Tengo treinta
años, Judas, y no he vivido en una cueva ni en algún monte, sino entre
los hombres. Y aun cuando hubiese vivido en el lugar más solitario,
¿crees que no hubiera llegado hasta ahí la tentación?... Todos tenemos
en nosotros el bien y el mal (comentario nuestro: o sea, que Cristo es presentado como un puro hombre que tiene en sí la semilla del mal).
Todos los llevamos en nosotros... Cuando uno que tiene hambre no tiene
comida, el olor de los platillos le hace la boca agua. Entonces la
tentación es fuerte como este deseo, Judas; (está hablando según eso
Cristo de la tentación sexual) Satanás la hace más aguda y tentadora
para llevar a cabo cualquier acción. Después de que el acto ha sido
terminado y tal vez provoque náuseas, la tentación con todo esto no
sucumbe, sino que como un árbol podado, produce más ramas...
¿Y jamás has cedido? –dice Judas–
– Jamás he cedido.
– ¿Cómo lo has logrado?
– He dicho: Padre, no me dejes caer en la tentación.
[...]
– ¿Cómo, Tú el Mesías, Tú que obras milagros, has pedido ayuda del Padre?
– No tan sólo ayuda; he pedido no inducirme a la tentación.
[...]
En este relato hay que considerar tres
cuestiones, además de lo ya expuesto sobre la impecabilidad de Cristo y
por lo mismo la imposibilidad de ser tentado.
1.
Valtorta falsea el Evangelio. En
ninguno de los cuatro evangelios se lee sobre más tentaciones que las
del desierto, y mucho menos se habla de tentaciones sexuales del Señor.
2. En segundo,
trata de inclinar al
lector a la aceptación de las tentaciones de Cristo, al recordar las
palabras finales del Padre Nuestro donde Jesús enseña a sus discípulos a
orar, pidiendo al Padre no ser inducidos, o no permitir la caída en la
tentación, como si esto último fuese una petición que abarcase a
Cristo. El Padre Nuestro contiene peticiones propias de los hombres,
entre las cuales se incluye esta última. No porque Cristo
enseñase a los suyos a pedir no caer en tentación, puede deducirse de
que esta petición fuera propia suya, ya que
Él
no podía caer en tentación, y al referirse a su Padre hacía la
distinción sobre el modo de ser “el Padre” Padre suyo, y Padre en forma
distinta de los hombres, cuando decía: “Mi Padre y vuestro Padre”.
Las tentaciones de Jesús en el desierto fueron meramente externas, para
enseñarnos cómo vencerlas, puesto que Él "tuvo que asemejarse en todo a
sus hermanos, menos en el pecado y la ignorancia, para ser
misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a
expiar los pecados de su pueblo. Pues, habiendo Él sido probado en el
sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados". (Hebreos II,
17-18)
3. En tercero,
a lo largo de la obra de
Valtorta se observa una sinuosa intención de hacer aparecer a Cristo
como un puro hombre, sujeto a miserias incluso de la carne, en desmedro
de Su Divinidad. Se diría que la obra ha sido escrita por judíos, ya que
el estilo sinuoso y hasta sarcástico en ocasiones parece ser de
enemigos de Cristo. La burla es evidente, bajo el disfraz de
una fantasía sentimentaloide y una melosidad chocante. Por ejemplo, el
hacer a Cristo llamar “mamá” a la Santísima Virgen, término empleado en
México como diminutivo de “Madre” (dicen los editores que se trata de
una traducción del italiano al castellano) hace cursi una obra donde
debería primar el sentido reverencial. Si la traducen al inglés
seguramente harán a Cristo llamar “mummy” o “mom” a Su Madre Santísima.
Esto, repetimos, es una burla.
Pero
pensamos que sería irrespetuoso
continuar transcribiendo las narraciones de las tentaciones de la carne
que atribuye la Valtorta a Cristo y la Santísima Virgen falseando el
Evangelio, como cuando hace aparecer al Señor tentado por una
corte de mujeres semidesnudas que Anás hace acercarse lascivamente al
Señor durante su estancia en su casa en la Pasión.
Abundan estas falsificaciones de la
Escritura con sobrada intención. Hay ciertamente una intención oculta
para los ignorantes de la Biblia, por ejemplo cuando la Valtorta pone en
boca de la Santísima Virgen la afirmación de que “Jerusalén no es
ciudad santa, porque Jesús no murió dentro de sus murallas”.
Que “Jerusalén, –por el contrario– lo arrojó fuera de sí como un
vómito”, y para esto al calce pone la cita del Levítico cap. 10, sin
poner el versículo.
Al respecto,
al tiempo en que se
escribió el Levítico no existía la ciudad de Jerusalén, la que fue
conquistada mucho después por el rey David; como propiedad de los
hebreos. Si quisiera decir la Valtorta que se trata de una
profecía, tendría que mencionar (como David a Belén) el autor del
Levítico el nombre de la ciudad de Jerusalén, pero
ni
aparece el nombre de esta ciudad en la cita que da, ni menos, pues, que
haya arrojado de sí a Cristo, ni menos como un “vómito”. Lo del
“vómito” parece un desahogo judío. En el Levítico, –consulte el lector–, no aparece nada de esto.
En
cuanto a la cita que hace de San Pablo, tampoco aparece Cristo como
ningún “vómito” arrojado de Jerusalén. Se refiere el Apóstol a la muerte
de los corderos, símbolo de Cristo, que eran llevados, cargando
simbólicamente los pecados del pueblo, según el Levítico, a morir fuera
del campamento. El pueblo judío andaba en ese tiempo del Levítico, errante y viviendo en campamentos, no en Jerusalén.
La obra de Valtorta trasluce un desahogo del odio judeo-talmúdico
Pero
si nos atenemos a lo que hay
detrás de la afirmación sinuosa de que “Jerusalén no es santa”, hay que
recordar que para los postconciliares ahora son ciudades santas los
centros capitales de reunión de los paganos, como lo expresa el documento titulado
“La Peregrinación en el Gran Jubileo del Año Dos Mil”, donde
Juan
Pablo II, además de hacer aparecer a Cristo como un “peregrino” más,
declara ciudades santas a la Benarés de los hindúes, la Meca de los
Musulmanes, y la ciudad de Auswicht por lo del “holocausto” de los
judíos, que los postconciliares consideran el único en el mundo.
El objeto de afirmar que Jerusalén no es santa porque Nuestro Señor no murió dentro de sus muros (por la costumbre romana de sacar al campo a los condenados a la cruz)
es negar la santidad de esta ciudad, tenida por santa por los
católicos, ya que ciertamente, los alrededores de Jerusalén donde estuvo
la Cruz son sus aledaños, y dentro de ella comenzó la Pasión, incluso
el camino al Calvario. De este tipo son las sinuosas
afirmaciones de la Valtorta que van dejando dudas entre los ignorantes
admiradores de la “visionaria”.
El documento sobre la gran peregrinación aparece en el semanario del Vaticano L’Osservatore Romano del 8 de mayo de 1998.
OTROS ASPECTOS DE LA OBRA DE VALTORTA
Además de numerosísimas falsificaciones de la Sagrada Escritura en su
sentido, adiciones como aquello de que “la última palabra de Cristo en
la Cruz fue “mamá” y no lo que aparece en el Evangelio, existen
cuestiones doctrinales que siguen la pauta herética del Vaticano II. Por
ejemplo, errores acerca de la naturaleza del Sacerdocio. Errores sobre
las palabras de la consagración, que la Valtorta pone en labios de
Cristo, distintas de las dogmáticamente formuladas por la Santa Iglesia
para la realización del Sacramento. Falsedades sobre la doctrina de la
salvación y santificación, ya que dice que “los mandamientos solos
bastan, guardados, para santificarse”, y que esto se lo revela el Señor.
Esto en oposición a la necesidad de pertenecer a la Iglesia, y
afirmando que los dones del Espíritu Santo que producen la santidad se
pueden dar fuera de la Iglesia. Errores sobre la naturaleza de la
Iglesia, diciendo que Cristo le ha manifestado que todos son un mismo
pueblo de Dios, creyentes y no en Él. Lo del “mismo pueblo de Dios” es
doctrina del Vaticano II como sabemos, para favorecer a los judíos en
particular, y a la masónica teoría de la igualdad de religiones.
COMENTARIO AL ARTÍCULO "Sobre la obra “El Hombre Dios”, de María Valtorta"
La
conclusión después de examinar minuciosamente la obra a la luz de la
doctrina dogmática de la Santa Iglesia y en lo referente a otras
cuestiones, es la siguiente, de todo lo cual presentaremos las pruebas:
- La obra es herética en puntos fundamentales, respecto a la doctrina dogmática de la Iglesia.
- Obscena. Por las descripciones que hace acompañando por ejemplo a la herejía que sustenta sobre el Pecado Original.
- Favorecedora
de la nuevas herejías sustentadas por el Vaticano II, que secunda, y
aprovechada por los postconciliares que explican las doctrinas
postvaticanistas confirmándolas, valiéndose de textos de la obra, como
aparece en las notas al calce de muchas páginas.
- Favorecedora de las tesis a favor del Judaísmo que sustentan los postconciliares.
- Manifiestamente
errada en cuestiones que tratándose de una obra que se dice fruto de
revelaciones, no cabrían en el contexto, como por ejemplo, lo que dice
que el demonio “deja un olor a azufre” y que “los ángeles tienen alas”.
- Canónicamente
irregular, aún en lo que respecta a la censura de la iglesia
postconciliar; esto significaría el deseo de no comprometerse con la
obra ni aún los postconciliares, y otras irregularidades serias que se
harán notar.
- Por todo esto, inadmisible y peligrosa para los católicos, inductora de la herejía, que debe ser rechazada.
CONCLUSIÓN
En una palabra, un estudio exhaustivo sobre la obra titulada “El Hombre Dios”,
cuyo título original en italiano se dice que es “El Poema del Hombre
Dios”, título significativo, –pues significaría que la vida de Cristo es
un poema imaginario–, ya que la poesía es imaginación y no historia, un
estudio, decimos, de este tipo, se
llevaría un gran volumen más pesado de leer que una pura obra de
teología. Si el sentido de la fe no delata a los católicos la
perversidad del mamotreto que constituye la obra de la Valtorta, es
difícil instruirles palabra por palabra acerca de lo que es erróneo e
innoble respecto de Nuestro Señor y Su Madre Santísima. El
objeto de este breve comentario ha sido alentar a quienes con buena fe y
entusiasmados por los relatos sentimentales de la vida de Cristo, que
hace la Valtorta, crean encontrar un alimento espiritual en sus páginas
cayendo sin querer en la trampa que constituye dicha obra.
Que es evidente que es un gran auxiliar
para los postconciliares, no se puede negar. Son sus doctrinas, sus
teorías, sus herejías, las difundidas a través de estos escritos, y
además es el favorecimiento del judaísmo religioso, con muchos términos
iguales que los que emplean los del Vaticano II para inclinar a los
católicos a “amar a Israel”, dándoles un curso sobre judaísmo como lo
hacen a través del Nuevo Catecismo, con pretexto de estas “revelaciones”
hechas supuestamente a María Valtorta.
Se dice que un sacerdote le ordenó escribir su auto-biografía;
si la escribió y publicó alguien, sería interesante conocerla.
Carecemos de muchos datos necesarios para tener una idea completa de las
motivaciones de alguien que sigue con fidelidad los lineamientos
doctrinales del Vaticano II. Evidentemente, por las numerosas
citas del concilio Vaticano II que los comentaristas de la obra ponen
al calce de las páginas,
la obra de Valtorta constituye un impulso a las herejías del Vaticano II y doctrinas posteriores de él emanadas.
Dios quiera estas páginas abran los ojos de quienes con buena fe y
ávidos de lectura espiritual, buscan encontrar un alimento en lo que no
es sino veneno hábilmente difundido para abatir en las almas de Fe en
Jesucristo Dios y Hombre.
ANEXO: Decreto del Santo Oficio proscribiendo la obra de María Valtorta
Suprema Congregación del Santo Oficio
Decreto
Proscripción de libros
Miércoles, Diciembre 16 de 1959
Los Eminentísimos y Reverendos
Cardenales de la Suprema Congregación del Santo Oficio, a quienes ha
sido confiada la salvaguardia de las cosas de la Fe y la Moral, luego de recibir las opiniones previas de los Consultores, han
unánimemente condenado y ordenado que los libros de un autor anónimo,
en cuatro volúmenes, sean inscritos en el Índice de Libros Prohibidos, siendo el primero de esos libros:
Il Poema di Gesù [El Poema de Jesús] (Tipografia Editrice M. Pisani);
seguido por,
Il Poema dell'Uomo-Dio [El Poema del Hombre-Dios], (Ibidem).
El día Viernes de ese mismo mes y año, el muy santo y digno (sic) señor
Juan XXIII, Papa por gracia de la Divina Providencia, en una audiencia
dada al Eminentísimo y Reverendo Cardenal Secretario del Santo Oficio,
tras escuchar el reporte de los reverendísimos padres, aprobó esta
resolución y mandó que sea publicada.
Dado en Roma, en la sede del Santo Oficio, Enero 5, 1960.
Sebastián Masala, Notario