Vexílla Regis

Vexílla Regis
MIENTRAS EL MUNDO GIRA, LA CRUZ PERMANECE

LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER
NO AL ABORTO. ELLOS NO TIENEN LA CULPA DE QUE NO LUCHASTEIS CONTRA VUESTRA CONCUPISCENCIA

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN
No hay forma de vivir sin Dios.

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

Mostrando entradas con la etiqueta Mensaje a las Naciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mensaje a las Naciones. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de agosto de 2026

LA “MARCHA VERDE 2.0” Y EL DOBLE RASERO INTERNACIONAL

Tomado de GUERRAS Y GEOPOLÍTICA.
  
CRISIS DE CEUTA – MIGRACIÓN, INTELIGENCIA Y LA AMENAZA DE UNA “MARCHA VERDE 2.0”
  
  
La crisis migratoria que estalló en la frontera de Ceuta durante la última semana ha dejado tras de sí un reguero de evidencias que apuntan a una operación orquestada por el Estado marroquí, y no a un movimiento espontáneo de migrantes. Se estima que entre 50.000 y 60.000 personas lograron cruzar o intentar cruzar hacia el enclave español, superando con creces la crisis de 2021, que rondó los 8.000 migrantes.

Existen numerosos vídeos verificados por medios como Newtral y geolocalizados en localidades como Ain Mulalzén (provincia de Tetuán) donde se observa a agentes de la Gendarmería Real marroquí abriendo puertas en la valla fronteriza, permaneciendo pasivos mientras camiones descargan a decenas de migrantes y señalándoles la dirección exacta hacia la frontera española. Además, fuentes del Mando General de la Guardia Civil, citadas por El Español, confirman que agentes de inteligencia marroquíes (Dirección general de Estudios y Documentación) se infiltraron entre la masa de migrantes y fueron detectados por las cámaras de vigilancia realizando labores de reconocimiento de las defensas del enclave: evaluando tiempos de respuesta, puntos ciegos de los sensores y vulnerabilidades de la valla.
  
La crisis actual no es un hecho aislado, sino la segunda fase de una estrategia documentada. En 2021, Marruecos relajó los controles fronterizos después de que España acogiera al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, para recibir tratamiento médico. En 2026, el detonante ha sido las conversaciones energéticas de España con Argelia y su postura sobre el Sáhara Occidental, contraria a los intereses marroquíes. En ambos casos, se ha documentado la infiltración de agentes de inteligencia, lo que confirma un patrón recurrente.

Uno de los aspectos más reveladores del conflicto es la disparidad de reacciones internacionales ante acciones idénticas. Bielorrusia fue objeto de amplias sanciones de la UE y de un aislamiento diplomático total por supuestamente utilizar la migración como arma contra Polonia y Lituania. Marruecos, sin embargo, no enfrenta tales consecuencias por orquestar una oleada migratoria de mucha mayor escala contra un Estado miembro de la UE. La diferencia radica en su estatus geopolítico: Marruecos es socio estratégico de Estados Unidos (que reconoce su soberanía sobre el Sáhara Occidental) y de Israel (tras los Acuerdos de Abraham), lo que le otorga un margen de impunidad del que Bielorrusia, aislada, carece.

Más allá de la presión inmediata, existen indicios sólidos de que esta crisis forma parte de una estrategia de mayor alcance cuyo objetivo final es reclamar la soberanía de Ceuta y Melilla. El precedente de la Marcha Verde de 1975, que forzó la retirada española del Sáhara Occidental mediante una presión civil masiva, ha sido invocado abiertamente por figuras influyentes como Michael Rubin, exasesor del Pentágono y analista del American Enterprise Institute, quien ha instado a Marruecos a organizar una “Marcha Verde 2.0” y ha pedido a EE.UU. que reconozca ambas ciudades como “territorio marroquí ocupado”. Estas declaraciones han ganado tracción en un contexto de tensiones entre España y la administración estadounidense por la postura crítica de Sánchez con Israel y su negativa a facilitar el uso de bases militares para la guerra contra Irán.

En este escenario, la crisis migratoria y la infiltración de agentes de inteligencia deben leerse como un “ensayo general”. Su misión era cartografiar las defensas de Ceuta: evaluar la capacidad de respuesta de la Guardia Civil, identificar puntos débiles en la valla y los sistemas de vigilancia, medir los tiempos de reacción de los refuerzos y recabar información sobre protocolos de interceptación. No solo sirvió como presión diplomática, sino también como operación de inteligencia táctica para preparar futuras acciones de mayor envergadura.

La reacción de España revela la fragilidad de su posición. La UE ha externalizado el control de sus fronteras a terceros países como Marruecos, pagándoles para que impidan las salidas, lo que crea una dependencia asimétrica: la seguridad de la frontera sur de Europa depende de la voluntad política de un actor externo. Las declaraciones oficiales españolas han evitado cualquier crítica directa a Rabat, optando por agradecer su “colaboración” en la repatriación, una postura criticada internamente como un sometimiento que valida la estrategia de presión marroquí. Si la UE no establece consecuencias claras, se sienta un precedente peligroso para otros actores como Turquía o Libia.

En definitiva, la crisis de Ceuta de 2026 no es un problema migratorio, sino un acto de geopolítica aplicada por parte de Marruecos que opera en tres capas: una presión migratoria visible para forzar a España a renegociar su postura sobre el Sáhara Occidental y su alianza con Argelia; una capa intermedia de pasividad de la Gendarmería que humilla a España al demostrar que Marruecos controla quién entra y quién no; y una capa oculta de infiltración de inteligencia para preparar futuras acciones de presión, incluida la eventualidad de una “Marcha Verde 2.0”. Marruecos, respaldado por EE.UU. e Israel, ha demostrado que puede utilizar la migración como arma de disuasión sin enfrentar consecuencias significativas. La pregunta no es si volverá a usar esta carta, sino cuándo y con qué intensidad.

miércoles, 18 de marzo de 2026

EUROPA SE RINDIÓ A LOS JUDÍOS, ODIADORES DE CRISTO

«¡Padre mío, vuestro Padre!», dijo el Señor Jesucristo cuando caminó entre los hombres en cuerpo humano. El Padre celestial es el Padre de la luz y de todo bien. El Padre de Cristo es también el padre de todos los cristianos, de todos los hijos de Cristo. Un millón de veces Cristo llamó a su Padre el Padre de sus apóstoles y de sus seguidores. Por lo tanto, todas las personas y todas las naciones que fueron bautizadas en el nombre de Cristo reconocieron al Dios Padre eterno como su Padre, por la revelación del Hijo de Dios Jesucristo y por la inspiración del Espíritu Santo. El Señor también mandó: «No llaméis padre a nadie en la tierra, porque tenéis un solo Padre, que está en los cielos» (Mt. 23, 9).
  
Así habló el Señor acerca del Padre de quienes le obedecían y le seguían, del Padre de quien nació y de quien procede el Espíritu Santo [los cismáticos niegan que el Espíritu Santo procede del Padre y el Hijo, como sostiene la Iglesia Católica, N. del T.]. En contraste con este Padre de los santos, también existe el padre de las tinieblas y la malicia, y todos los adversarios de Cristo, todos los adversarios de la luz, todos los adversarios del amor, se han complacido en este padre. Este padre de las tinieblas, la malicia y el odio es el diablo. Los antiguos ancianos del pueblo judío, en tiempos de Dios encarnado, se complacieron en él. Aunque no lo sabían ni lo reconocían, Cristo, que todo lo ve, lo vio y les dio testimonio: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir» (Jn. 8, 44), pues dice de nuevo, «si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais; porque yo procedo de Dios y vengo de Él» (Jn. 8, 42).

Pero muchos judíos no recibieron estas palabras, sino que se levantaron contra Cristo, lo pisotearon y lo mataron, para su propia muerte eterna. Cegados por Satanás, como Judas, no vieron a Dios en Cristo. Inspirados por el espíritu maligno de Satanás, juzgaron y mataron a Cristo. Y, sobre todo, demostraron ser peores enemigos de Dios que el pagano Pilato, pues en la furia de su malicia profirieron aquella dura palabra: «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» (Mt. 27, 24). Así, la sangre inocente se convirtió en un azote que los persigue como ganado a través de los siglos, de país en país, y como un fuego que consume todas sus intrigas y complots contra Cristo. Porque así les enseña su padre, el diablo. El diablo les enseñó cómo rebelarse contra el Hijo de Dios, Jesucristo. A lo largo de los siglos, hasta nuestros días, el diablo les ha enseñado cómo luchar contra los hijos de Cristo, contra los hijos de la luz, contra los seguidores del Evangelio y de la vida eterna. A lo largo de los siglos, quienes crucificaron al Mesías, al Señor Jesús, Hijo de Dios, han convertido a Europa en el principal campo de batalla contra Dios y a favor del diablo. Hoy es el principal campo de batalla de los judíos y del padre del diablo judío contra el Padre celestial, contra su Hijo Unigénito, encarnado de la Virgen, y contra el Santuario del Espíritu Santo.

Europa ignora esto, y ahí reside su desesperado destino, la oscura tragedia de sus pueblos. En primer lugar, no sabe a quién pertenece. Luego, desconoce quién es su amigo y quién su enemigo. No sabe a quién llamar Padre y a quién Hijo, razón por la cual la paternidad y la filiación, la maternidad y la infancia, han sido despreciadas en ella. No conoce nada excepto lo que los judíos le imponen. No cree nada excepto lo que los judíos le ordenan creer. No puede apreciar nada como valioso hasta que los judíos establezcan su propia escala como medida de valor. Sus hijos más eruditos son impíos (ateos), según la receta judía. Sus científicos más destacados enseñan que la naturaleza es el dios principal, y que no hay otro dios aparte de la naturaleza, y Europa lo acepta. Sus políticos, como sonámbulos, hablan extasiados sobre la igualdad (ignorancia) de todas las creencias y la incredulidad de todas las creencias y no creencias, es decir, lo que los judíos desean, porque primero necesitan ser legalmente iguales al cristianismo para luego suprimirlo, convertir a los cristianos en infieles y aniquilarlos. Todos los lemas europeos modernos fueron compuestos por los judíos, quienes crucificaron a Cristo: democracia, huelgas, socialismo, ateísmo, tolerancia de todas las religiones, pacifismo, revolución general, capitalismo y comunismo. Todos estos son inventos de los judíos, es decir, de su padre, el diablo. Y todo esto con la intención de humillar a Cristo, de anular a Cristo y de colocar a su mesías judío en el trono de Cristo, sin saber que es Satanás mismo, quien es su padre y quien los ha atado con su brida y los ha azotado con su látigo.

Hermanos míos, no es sorprendente que los judíos actúen así contra Dios Padre y el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo. Porque el mismo Señor Jesucristo, el vidente e infalible, dijo que su padre es el diablo y que ellos se complacen en sus deseos. Pero resulta asombroso que los europeos se hayan rendido por completo a los judíos, hasta el punto de pensar con mentalidad judía, aceptar programas judíos, adoptar el anticristianismo judío, aceptar las mentiras judías como verdades, adoptar los lemas judíos como propios, seguir el camino judío y servir a los objetivos judíos. Esto es sorprendente en nuestros tiempos, y nada más para el mundo. Todo lo demás es menos importante o irrelevante. Pero lo más importante es cómo la Europa cristiana se convirtió en sierva de los judíos y cómo se apartó del Padre de la luz y reconoció al diablo como su padre en todos sus pensamientos, deseos y acciones. Deberíais reflexionar sobre esto, hermanos serbios, y en consecuencia, corregir vuestro camino en vuestros pensamientos, deseos y acciones. ¡Para que no os encontréis como hijos de Satanás! ¡Que Cristo os ayude! Amén.

NICOLÁS VELIMIROVIĆ, Obispo ortodoxo serbio de Ohrida y Žička. „О Јеврејима“/“Los judíos”. En Речи српском народу кроз тамнички прозор (из логора Дахау)/Palabras al pueblo serbio a través de la ventana de la prisión (desde el campo de Dachau). Belgrado, IXTUS-Libro Cristiano 2000, págs. 191-194. Traducción propia.

jueves, 1 de enero de 2026

MENSAJE DE AÑO NUEVO

   
Amados hermanos, salud y bendición en este año 2026 de Nuestro Señor que iniciamos por pura misericordia de Dios.
   
Habíamos consagrado el año anterior a Nuestro Señor Jesucristo Rey en ocasión del centenario de la promulgación por el Papa Pío XI (de feliz recordación) de la encíclica “Quas Primas”, que estableció esta fiesta litúrgica como protesta perpetua contra la secularización que tanto liberales como comunistas estaban (y hoy continúan) propagando.

Pues bien, es deber de los católicos propagar y defender la Realeza de Nuestro Señor por cualquier medio que esté disponible y las circunstancias lo requieran. Y de esto contamos con ejemplos: los chuanes en la Vandea durante la Revolución Francesa, los Apostólicos contra el Trienio liberal, los carlistas contra la usurpación isabelino-puigmolteja en España, los cristeros en Méjico y el Bando Nacional en la Guerra Civil española. 

En tal sentido, en 1926, un año después de “Quas Primas”, y en respuesta a las leyes antirreligiosas del presidente Francisco Plutarco Elías-Calles Campuzano, grupos de fieles católicos organizaron la resistencia, primero con la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa y después, alzándose en armas contra el régimen, al cual pusieron en jaque y -de no ser por la traición de algunos clérigos y la intromisión de los Estados Unidos- lo habrían depuesto y ajustado cuentas con él. Diez años después, en España, se dio el Alzamiento Nacional en 1936 contra la pro-soviética II República, que cinco años antes, se hizo al poder con chantajes, amenaza y violencia. 

Con esto en vista, qué mejor forma sino recordar a estos luchadores de Cristo Rey que denominando este año como “Combate por la Cruz”. Y así lo hacemos, teniendo presente además que nuestra lucha no solamente es contra el diablo y sus agentes de iniquidad que gobiernan en el mundo seglar, sino también contra la Apostasía del Vaticano II y los que, aun so capa de “tradicionalistas”, buscan deslegitimar nuestra Fe y tranzar con los enemigos de la misma.
     
En unión de oraciones (lo necesitamos ahora más, para continuar y llevar a buen término lo que Dios nos ha llamado a pesar de nuestra pequeñez y pobreza), amados hermanos, y ¡VIVA CRISTO REY!
   
D. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R
1 de Enero de 2026 (Año “Combate por la Cruz”).
Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo, Octava de la Natividad y Dedicación de Santa María Annunziata en Florencia.

domingo, 26 de octubre de 2025

ENCÍCLICA “Ubi arcáno Dei consílio”


   
El cardenal Achille Ratti Galli había sido elegido Papa Pío XI el 6 de Febrero de 1922, en un momento de suma gravedad: Al pasar la Gran Guerra, muchas regiones habían sido devastadas en ambos bandos, y naciones enteras desaparecieron (el Imperio Austro-Húngaro, el II Reich Alemán, el Imperio Otomano y la Rusia zarista) el Tratado de Versalles mostraba su punto de quiebre, porque la Alemania de Weimar no podía cumplir las exigencias del mismo (en especial las impagables indemnizaciones de la revanchista Francia, que invadiría la región del Ruhr en 1923 para exigir el pago, causando el fallido Golpe de la cervecería en Múnich liderado por cierto exmilitar y político en ciernes llamado Adolfo Hitler), y la Sociedad de las Naciones (creada por el expresidente estadounidense Woodrow Wilson, aunque irónicamente el Senado no aprobó el tratado) hallaba dificultades para salvaguardar la paz internacional (lo cual se evidenció por ejemplo en la guerra polaco-lituana, el incidente de Corfú, la invasión de Manchuria y la Guerra Civil Española). Por otra parte, el comunismo se hallaba en expansión después de la Revolución bolchevique, y los conflictos sociales y de clase eran habituales en muchos países a causa de las privaciones de la guerra.
   
Pío XI, de gran erudición y con experiencia en la Curia Romana y en la diplomacia de la Santa Sede, reflexionó sobre estos males públicos y llegó a la conclusión que estos hallan su causa en que el mundo ha vuelto las espaldas a Dios y su Ley (reflejo de esto fue que imbuidos del odio masónico, los vencedores de la Guerra excluyeron al Papa Benedicto XV de las discusiones sobre la paz). Y por tanto, el remedio para los males públicos y privados es volver a la Paz de Cristo en el Reino de Cristo, Pax Christi in regno Christi, que la Iglesia Católica tiene la potestad y el deber de establecer, en independencia y libertad de los poderes seglares. Tal es el resumen de la encíclica “Ubi arcáno Dei consílio”, tal el programa del pontificado que había empezado, en continuidad al llamado de su predecesor San Pío X de restaurar en Cristo todas las cosas. 

ENCÍCLICA “Ubi arcáno Dei consílio”, SOBRE LA PAZ DE CRISTO EN EL REINO DE CRISTO 


PÍO, por la Providencia de Dios, Papa XI, a todos los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en paz y comunión con la Sede Apostólica.

Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

I. INTRODUCCIÓN

1. Ascensión al trono pontificio. Preocupaciones y dolores.
Desde el momento en que por inescrutable designio de Dios Nos vimos exaltados, sin mérito alguno, a esta Cátedra de verdad y caridad, fue Nuestro ánimo, Venerables Hermanos, dirigiros cuanto antes y con el mayor afecto Nuestra palabra, y con vosotros a todos Nuestros amados hijos confiados directamente a vuestros cuidados. Un indicio de esta voluntad Nos parece haber dado cuando, apenas elegidos, desde lo alto de la Basílica Vaticana, y en presencia de una grandísima muchedumbre, dimos la bendición a la urbe y al orbe; bendición que todos vosotros, con el Sagrado Colegio de Cardenales al frente, recibisteis con tan grata alegría que para Nos, en el imponente momento de echar sobre Nuestros hombros casi de improviso el peso de este cargo, fue muy oportuno, y después de la confianza en el auxilio divino, muy grande consuelo y alivio. Ahora, por fin, al llegar al Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, y al comienzo del nuevo año, Nuestra boca se abre para vosotros (2.ª Cor. 11, 28); y sea Nuestra palabra como solemne regalo que el padre envía a sus hijos para felicitarles.

El hacer esto antes de ahora, como habríamos deseado, Nos lo impidieron diversas causas. Lo primero, fue preciso corresponder a la atención y delicadeza de los católicos, de quienes cada día llegaban innumerables cartas para dar con expresiones de la más ardiente devoción al nuevo sucesor de San Pedro. Luego comenzamos al punto a experimentar lo que el Apóstol llama los cuidados que urgen cada día, la solicitud de todas las Iglesias (2.ª Cor. 11, 28); y a cuidados ordinarios de Nuestro Oficio se juntaron otros, como el de proseguir los gravísimos negocios que encontramos ya incoados, respecto a la Tierra Santa y al estado de aquellos cristianos y de aquellas Iglesias que son de las más ilustres; el defender, según demanda Nuestro oficio, la causa de la caridad junto con la de la justicia en las conferencias de las naciones vencedoras, en las que se trataba la suerte de las otras naciones, exhortando especialmente a que se tuviera la debida cuenta con los intereses espirituales, que no son de menor, antes de más valer que los otros; el procurar con todo empeño el socorro de inmensas muchedumbres de gentes lejanas consumidas por el hambre y por todo género de calamidades, lo cual hemos llevado a cabo mandando el mayor subsidio que Nos fue posible en las actuales estrecheces implorando socorros de todo el mundo el trabajar por componer en el mismo pueblo en que habíamos nacido, y en medio del cual Dios colocó la Sede de Pedro, las luchas violentas que desde largo tiempo y con frecuencia ocurrían y que parecían poner en inminente peligro la suerte de la nación para Nos tan querida.

Gozos y consuelos. 
No faltaron, sin embargo, en el mismo tiempo acontecimientos que Nos llenaron de gozo. A la verdad, tanto en los días del XXVI Congreso Eucarístico internacional, como en los del III Centenario de Propaganda Fide, Nos experimentamos tanta abundancia de consuelos celestiales cuanta difícilmente habríamos esperado poder gozar en los comienzos de Nuestro Pontificado. Tuvimos ocasión de hablar con casi todos y cada uno de Nuestros amados hijos, los Cardenales, lo mismo con los Venerables Hermanos, los Obispos, en tanto número, cuantos difícilmente habríamos podido ver en muchos años. Pudimos también dar audiencia a grandes muchedumbres de fieles, como a otras porciones escogidas de la innumerable familia que el Señor Nos había confiado, de toda tribu y lengua y pueblo y nación, según se lee en el Apocalipsis (cap. 5, 9), y dirigirles, como vivamente lo deseamos, Nuestra paternal palabra.

Congreso Eucarístico Internacional de Roma. 
En aquellas ocasiones Nos parecía asistir a espectáculos divinos: cuando Nuestro Redentor Jesucristo bajo los velos eucarísticos era llevado en triunfo por las calles de Roma, seguido de un innumerable y apiñado acompañamiento de devotos, venidos de todos los países, y parecía haber vuelto a granjearse el amor que se le debe como a Rey de los hombres y de las naciones; cuando los sacerdotes y piadosos seglares, como si sobre ellos hubiera de nuevo descendido el Espíritu Santo, se mostraban inflamados del espíritu de oración y del fuego del apostolado y cuando la fe viva del pueblo romano, para mucha gloria de Dios y para salvación de muchas almas, otra vez en tiempos pasados se manifestaba a la faz del universo mundo.

Devoción a María. 
Entre tanto la Virgen María, Madre de Dios y benignísima Madre de todos nosotros, que Nos había sonreído ya en los Santuarios de Częstochowa y de Ostra Brama, en la gruta milagrosa de Lourdes y sobre todo en Milán desde la aérea cúspide del Duomo y desde el vecino santuario de Rho, pareció aceptar el homenaje de Nuestra piedad, cuando en el santísimo santuario de Loreto, después de restaurados los destrozos causados por el incendio, quisimos que se repusiese su venerable imagen, que junto a Nos había sido rehecha con toda perfección y por Nuestra propias manos había sido consagrada y coronada. Fue éste un magnifico y espléndido triunfo de la Santísima Virgen, que desde el Vaticano hasta Loreto, dondequiera que pasó la santa imagen, fue honrada por la religiosidad de los pueblos con una no interrumpida serie de obsequios, hechos por gentes de toda clase que en gran número salían a recibirla y con vivísimas expresiones mostraban su devoción a María y al Vicario de Cristo.

Objetivo de la Encíclica y del Pontificado: la pacificación del mundo. 
Con el aviso de estos sucesos, tristes y alegres, cuya memoria queremos quede aquí consignada para la posteridad, se iba poco a poco haciendo para Nos cada vez más claro qué es lo que debíamos llevar más en el alma durante Nuestro Pontificado, y aquello de que debíamos hablar en la primera Encíclica.

Nadie hay que ignore que ni para los hombres en particular, ni para la sociedad, ni para los pueblos, se ha conseguido todavía una paz verdadera después de la guerra calamitosa, y que todavía se echa de menos la tranquilidad activa y fructuosa que todos desean. Pero de este mal es preciso ante todo examinar la grandeza y gravedad, e indagar después las causas y las raíces, si se quiere, como Nos queremos, poner el oportuno remedio. Y esto es lo que por deber de Nuestro Apostólico oficio Nos proponemos comenzar con esta Encíclica, y esto lo que nunca después cesaremos de procurar. Es decir, que así como las condiciones de los presentes tiempos son las mismas que tanto preocuparon a Benedicto XV, Nuestro llorado Predecesor, en todo el tiempo de su Pontificado, es lógico que los mismos pensamientos y cuidados que él tuvo, Nos mismo los hagamos Nuestros. Y es de desear que todos los buenos tengan un mismo sentir y querer con Nos, y que con Nos trabajen para impetrar de Dios en favor de los hombres una reconciliación de verdad y duradera.

II. LOS MALES PRESENTES

2. La falta de paz.
Admirablemente cuadran a nuestra Edad aquellas palabras de los Profetas: «Esperamos la paz y este bien no vino, el tiempo de la curación, y he aquí el terror (Jer. 8, 15); el tiempo de restaurarnos, y he aquí a todos turbados (Jer. 14, 19). Esperamos la luz, y he aquí las tinieblas…; y la justicia, y no viene; la salud, y se ha alejado de nosotros (Is. 59, 9, 11)». Pues aunque hace tiempo en Europa se han depuesto las armas, sin embargo sabéis cómo en el vecino Oriente se levantan peligros de nuevas guerras, y allí mismo, en una región inmensa como hemos antes dicho, todo está lleno de horrores y miserias, y todos los días una ingente muchedumbre de infelices, sobre todo de ancianos, mujeres y niños, mueren de hambre, de peste y por los saqueos; y donde quiera que hubo guerra no están todavía apagadas las viejas rivalidades, que se dan a conocer: o con disimulo en los asuntos políticos, o de una manera encubierta en la variedad de los cambios monetarios, o sin rebozo en las páginas de los diarios y periódicos; y hasta invaden los confines de aquellas cosas que por su naturaleza deben permanecer extrañas a toda lucha acerba, como son los estudios de las artes y de las letras.

3. Falta la paz internacional.
De ahí que los odios y las mutuas ofensas entre los diversos Estados no den tregua a los pueblos. ni perduren solamente las enemistades entre vencidos y vencedores, sino entre las mismas naciones vencedoras, ya que las menores se quejan de ser oprimidas y explotadas por las mayores, y las mayores se lamentan de ser el blanco de los odios y de las insidias de las menores. Y los Estados, sin excepción, experimentan los tristes efectos de la pasada guerra; peores ciertamente los vencidos, y no pequeños los mismos que no tomaron parte alguna en la guerra. Y los dichos males van cada día agravándose más, por irse retardando el remedio; tanto más, que las diversas propuestas y las repetidas tentativas de los hombres de Estado para remediar tan tristes condiciones de cosas han sido inútiles, si ya no es que las han empeorado. Por todo lo cual, creciendo cada día el temor de nuevas guerras y más espantosas, todos los Estados se ven casi en la necesidad de vivir preparados para la guerra, y con eso quedan exhaustos los erarios, pierde el vigor de la raza, y padecen gran menoscabo los estudios y la vida religiosa y moral de los pueblos.

4. Falta la paz social y política.
Y lo que es más deplorable, a las externas enemistades de los pueblos se juntan las discordias intestinas que ponen en peligro no sólo los ordenamiento sociales, sino la misma trabazón de la sociedad.

Debe contarse en primer lugar la “lucha de clases”, que, inveterada ya como llaga mortal en el mismo seno de las naciones, inficiona las obras todas, las artes, el comercio, la agricultura; en una palabra, todo lo que contribuye a la prosperidad pública y privada; y este mal se base cada vez más pernicioso por la codicia de bienes materiales de una parte, y de la otra por la tenacidad en conservarlos, y en ambas por el ansia de riquezas y de mando. De aquí las frecuentes huelgas, voluntarias y forzosas; de aquí los tumultos públicos y las consiguientes represiones, con descontento y daño de todos.

Añádanse las luchas de partido para el gobierno de la cosa pública, en la que las partes contendientes suelen de ordinario hostilizarse con la mira puesta, no sinceramente, según las varias opiniones, en el bien público, sino el logro del propio provecho con daño del bien común. Y así vemos cómo van en aumento las conjuras, cómo se originan insidias, atentados contra los ciudadanos y contra los mismos ministros de la autoridad; cómo se acude al terror, a las amenazas, a las francas rebeliones y a otros desórdenes semejantes, tanto más perjudiciales cuanto mayor es la parte que en el gobierno tiene el pueblo, cual sucede con las modernas formas representativas. Estas formas de gobierno, si bien no están condenadas por la doctrina de la Iglesia (como no está condenada forma alguna de régimen justo y razonable), sin embargo, conocido es de todos cuán fácilmente se prestan a la maldad de las facciones.

5. Falta la paz doméstica.
Y es verdaderamente doloroso ver cómo un mal tan pernicioso ha penetrado hasta las raíces mismas de la sociedad, es decir, hasta en las familias, cuya disgregación base tiempo iniciada ha sido como muy favorecida por el terrible azote de la guerra, merced al alejamiento del techo doméstico de los padres y de los hijos, y merced a la licencia de las costumbres, en muchos modos aumentada. Así se ve muchas veces olvidado el honor en que debe tenerse la autoridad paterna; desatendidos los vínculos de la sangre: los amos y criados se miran como adversarios; se viola con demasiada frecuencia la misma fe conyugal, y son conculcados los deberes que el matrimonio impone ante Dios y ante la sociedad.

Falta la paz del individuo.
De ahí que, como el mal que afecta a un organismo o a una de sus partes principalmente hace que también los otros miembros, aun los más pequeños, sufran, así también es natural que las dolencias que hemos visto afligir a la sociedad y a la familia alcancen también a cada uno de los individuos. Vemos, en efecto, cuán extendida se halla entre los hombres de toda edad y condición una gran inquietud de ánimo que les hace exigentes y díscolos, y cómo se ha hecho ya costumbre el desprecio de la obediencia y la impaciencia en el trabajo. Observamos también cómo ha pasado los límites del pudor la ligereza de las mujeres y de las niñas, especialmente en el vestir y en el bailar, con tanto lujo y refinamiento, que exacerba las iras de los menesterosos. Vemos, en fin, cómo aumenta el número de los que se ven reducidos a la miseria, de entre los cuales se reclutan en masa los que sin cesar van engrosando el ejército de los perturbadores del orden.

Resumen de males. 
En vez, pues, de la confianza y seguridad reina la congojosa incertidumbre y el temor; en vez del trabajo y la actividad, la inercia y la desidia; en vez de la tranquilidad del orden, en que consiste la paz, la perturbación de las empresas industriales, la languidez del comercio, la decadencia en el estudio de las letras y de las artes; de ahí también, lo que es más de lamentar, el que se eche de menos en muchas partes la conducta de vida verdaderamente cristiana, de modo que no solamente la sociedad parece no progresar en la verdadera civilización de que suelen gloriarse los hombres, sino que parece querer volver a la barbarie.

6. Falta la paz religiosa. Daños espirituales.
Y a todos estos males aquí enumerados vienen a poner el colmo aquellos que, cierto, no percibe el hombre animal (1.ª Cor. 2, 14), pero que son, sin embargo, los más graves de nuestro tiempo. Queremos decir los daños causados en todo lo que se refiere a los intereses espirituales y sobrenaturales, de los que tan íntimamente depende la vida de las almas; y tales daños, como fácilmente se comprende, son tanto más de llorar que las pérdidas de los bienes terrenos, cuanto el espíritu aventaja a la materia. Porque fuera de tan extendido olvido de los deberes cristianos, arriba recordado, cuán grandes penas Nos causa, Venerables Hermanos, lo mismo que a vosotros, el ver que de tantas Iglesias destinadas por la guerra a usos profanos, no pocas están todavía sin abrirse al culto divino; que muchos seminarios, cerrados entonces, y tan necesarios para la formación de los maestros y guías de los pueblos, no pueden todavía abrirse; que en todas partes haya disminuido tanto el número de sacerdotes, arrebatados unos por la guerra mientras se ocupaban en el ministerio, extraviados otros de su santa vocación por la extraordinaria gravedad de los peligros, y que por lo mismo en muchos sitios se vea reducida al silencio la predicación de la palabra divina, tan necesaria para la edificación del cuerpo místico de Cristo (Efe. 4, 12).
 
Efectos en las Misiones y en la Patria. Daño en aquéllas; aprecio del sacerdote en ésta. 
¿Y qué decir al recordar cómo desde los últimos confines de la tierra y del centro mismo de las regiones en que reina la barbarie, nuestros misioneros, llamados frecuentemente a la patria para ayudar en las fatigas de la guerra, debieron abandonar los campos fertilísimos, donde con tanto fruto vertían sus sudores por la causa de la Religión y de la civilización, y cuán pocos de ellos pudieron volver incólumes? Es cierto que estos daños los vemos compensados también en alguna parte con excelentes frutos, por que apareció entonces más en el corazón del Clero el amor a la patria y la conciencia de todos sus deberes, de modo que muchas almas, a las puertas mismas de la muerte, admirando en el trato cotidiano los hermosos ejemplos de magnanimidad y de trabajo del Clero, se llegaron de nuevo al sacerdocio y a la Iglesia. Pero en esto hemos de admirar la bondad de Dios, que aun del mal sabe sacar bien.

III. CAUSAS DE ESTOS MALES

Hasta aquí hemos hablado de los males de estos tiempos. Indaguemos ahora sus causas más detenidamente, si bien ya, sin poderlo evitar, algo hemos indicado.

Y ante todo, parécenos oír de nuevo al divino Consolador y Médico de las humanas enfermedades repetir aquellas palabras: Todos estos males proceden del interior (Marc. 7, 23).

7. El olvido de la caridad.
Firmóse, sí, la paz solemnemente entre beligerantes, pero quedóse escrita en los documentos públicos, mas no grabada en los corazones; vivo está todavía en esto, el espíritu bélico y de él brotan cada día los mayores daños a la sociedad. Porque el  derecho de la fuerza paseóse mucho tiempo triunfante por todas partes, y poco a poco fue apagando en los hombres los sentimientos de benevolencia y compasión que, recibidos de la naturaleza, son por la ley cristiana perfeccionados, y hasta la fecha no han vuelto a renacer ni con la reconciliación de una paz hecha más en apariencia que en realidad. De aquí que el odio, al que se han habituado los hombres por largo tiempo, se haya hecho en muchos una segunda naturaleza, y que predomine aquella ley ciega que el Apóstol lamen taba sentir en sus miembros, guerreando contra la ley del espíritu (Rom. 7, 22), Y así sucede con frecuencia que el hombre no parece ya, como debería considerarse según el mandamiento de Cristo, hermano de los demás, sino extraño y enemigo; que perdido el sentimiento de la dignidad personal y de la misma naturaleza humana, sólo se tiene cuenta con la fuerza y con el número, y que procuran los unos oprimir a los otros por el solo fin de gozar cuanto puedan de los bienes de esta vida.

8. El ansia inmoderada de los bienes de la tierra.
Nada más ordinario entre los hombres que desdeñar los bienes eternos que Jesucristo propone a todos continuamente por medio de su Iglesia y apetecer insaciables la consecución de los bienes terrenos y caducos. Ahora bien: los bienes materiales, por la misma naturaleza, son de tal condición, que en buscarlos desordenadamente se halla la raíz de todos los males, y en especial del descontento y de la degradación moral, de las luchas y las discordias. En efecto, por una parte esos bienes, viles y finitos como son, no pueden saciar las nobles aspiraciones del corazón humano que, criado por Dios y para Dios, se halla necesariamente inquieto mientras no descanse en Dios. Por otra parte, como los bienes del espíritu, comunicados con otros, a todos enriquecen, sin padecer mengua, así, por el contrario, los bienes materiales, limitados como son, cuanto más se re parten tanto menos toca a cada uno. De donde resulta que los bienes terrenos incapaces de contentar a todos por igual, ni de saciar plenamente a ninguno, son causas de divisiones y de tristeza, verdadera vanidad de vanidades y aflicción del espíritu (Ecl. 1, 2. 14), como las llamó el sabio Salomón, después de bien experimentado. Y esto que acaece a los individuos acaece lo mismo a la sociedad. ¿De dónde nacen las guerras y contiendas entre nosotros?, pregunta Santiago Apóstol, ¿No es verdad que de vuestras pasiones? (Santiago 4, 1).

9. Las tres concupiscencias.
Porque la concupiscencia de la carne, o sea el deseo de placeres, es la peste más funesta que se puede pensar para perturbar las familias y la misma sociedad: de la concupiscencia de los ojos, o sea de la codicia de poseer, nacen las despiadadas luchas de las clases sociales, atento cada cual en demasía a sus propios intereses; y la soberbia de vida es decir, el ansia de mandar a los demás, ha llevado a los partidos políticos a contiendas tan encarnizadas, que no se detienen ni ante la rebelión, ni ante el crimen de lesa majestad, ni ante el parricidio mismo de la patria.

Y a esta intemperancia de las pasiones, cuando se cubre con el especioso manto de bien público y del amor a la patria, es a quien hay que atribuir las enemistades internacionales. Pues aun este amor patrio, que de suyo es fuerte estímulo para muchas obras de virtud y de heroísmo cuando está dirigido por la ley cristiana, es también fuente de muchas injusticias cuando pasados los justos límites se convierte en amor patrio desmesurado. Los que de este amor se dejan llevar olvidan no sólo que los pueblos todos están unidos entre sí con vínculos de hermanos, como miembros que son de la gran familia humana, y que las otras naciones tienen derecho a vivir y a prosperar, sino también que no es licito ni conveniente el separar lo útil de lo honesto. Porque la justicia eleva las gentes y el pecado hace miserables a los pueblos (Prov. 14. 34). Y si el obtener ventajas para la propia familia, ciudad o nación con daño de los demás puede parecer a los hombres una obra gloriosa y magnífica, no hay que olvidar, como nos advierte San Agustín, que ni será duradera, ni se verá libre del amor de la ruina: vítrea lætítia fragíliter spléndida, cui timeátur horribílius ne repénte frangátur, «Una vidriosa alegría, frágilmente espléndida de la cual se teme, de un modo terrible, el repentino rompimiento» [1].

10. El olvido de Dios, causa de la inestabilidad.
Pero el que se haya ausentado la paz, y que después de haberse remediado tantos males toda vía se le eche de menos, tiene que tener causa más honda que la que hasta ahora hemos visto. Porque ya mucho antes que estallara la guerra europea venía preparándose por culpa de los hombres y de las sociedades la principal causa engendradora de tan grandes calamidades, causa que debía haber desaparecido con la misma espantosa grandeza del conflicto si los hombres hubieran entendido las significación de tan grandes acontecimientos. ¿Quién no sabe aquello de la Escritura: Los que abandonaron al Señor serán consumidos (Isa. 1, 28)?; ni son menos conocidas aquellas gravísimas palabras del Redentor y Maestro de los hombres Jesucristo: Sin mí nada podéis hacer (Joann. 15, 5), y aquellas otras: El que no allega conmigo, dispersa (Luc. 11, 23).

Sentencias éstas de Dios que en todo tiempo se han verificado y ahora sobre todo las vemos realizarse ante Nuestros mismos ojos. Alejáronse en mala hora los hombres de Dios y de Jesucristo, y por eso precisamente de aquel estado feliz han venido a caer en este torbellino de males y por la misma razón se ven frustradas y sin efecto la mayor parte de las veces las tentativas para reparar los daños y para conservar lo que se ha salvado de tanta ruina. Y así, arrojados Dios y Jesucristo de las leyes y del gobierno, haciendo derivar la autoridad no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que, además de quitar a las leyes verdaderas y sólidas sanciones y los primeros principios de la justicia, que aun los mismos filósofos paganos, como Cicerón, comprendieron que no podían tener su apoyo sino en la ley eterna de Dios, han sido arrancados los fundamentos mismos de la autoridad, una vez desaparecida la razón principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. Y he ahí las violentas agitaciones de toda la sociedad, falta de todo apoyo y defensa por alcanzar el poder atentos a los propios intereses y no a los de la patria.

Es también ya cosa decidida que ni Dios ni Jesucristo han de presidir el origen de la familia, reducido a mero contrato civil el matrimonio, que Jesucristo había hecho un sacramento grande (Efes. 5, 32), y había querido que fuese una figura, santa y santificante, del vinculo indisoluble con que él se halla unido a su Iglesia. Y debido a esto hemos visto frecuentemente cómo en el pueblo se hallan oscurecidas las ideas y amortiguados los sentimientos religiosos con que la Iglesia había rodeado ese germen de la sociedad que se llama familia: vemos perturbados el orden doméstico y la paz doméstica; cada día más insegura la unión y estabilidad de la familia; con tanta frecuencia profanada la santidad conyugal por el ardor de sórdidas pasiones y por el ansia mortífera de las más viles utilidades, hasta quedar inficionadas las fuentes mismas de la vida, tanto de las familias como de los pueblos.

Educación laica y antirreligiosa. 
Finalmente, se ha querido prescindir de Dios y de su Cristo en la educación de la juventud; pero necesariamente se ha seguido, no ya que la religión fuese excluida de las escuelas sino que en ellas fuese de una manera oculta o patente combatida y que los niños se llegasen a persuadir que para bien vivir son de ninguna o de poca importancia las verdades religiosas, de las que nunca oyen hablar, o si oyen, es con palabras de desprecio. Pero así excluidos de la enseñanza Dios y su ley, no se ve ya el modo cómo pueda educarse la conciencia de los jóvenes, en orden a evitar el mal y a llevar una vida honesta y virtuosa; ni tampoco cómo puedan irse formando para la familia y para la sociedad hombres morigerados, amantes del orden y de la paz, aptos y útiles para la común prosperidad.

La guerra es el producto de todo ello. Desatendidos, pues, los preceptos de la sabiduría cristiana, no nos debe admirar que las semillas de discordias sembradas por doquiera en terreno bien dispuesto viniesen por fin a producir aquélla tan desastrosa guerra, que lejos de apagar con el cansancio los odios entre las diversas clases sociales, los encendió mucho más con la violencia y la sangre.

IV. REMEDIOS DE ESTOS MALES

Ya hemos enumerado brevemente, Venerables Hermanos, las causas de los males que afligen a la sociedad; veamos los remedios aptos para sanarla, sugeridos por la naturaleza misma del mal.

12. La paz de Cristo.
Y ante todo es necesario que la paz reine en los corazones. Porque de poco valdría una exterior apariencia de paz, que hace que los hombres se traten mutuamente con urbanidad y cortesía, sino que es necesaria una paz que llegue al espíritu, los tranquilice e incline y disponga a los hombres a una mutua benevolencia fraternal. Y no hay semejante paz si no es la de Cristo; y la paz de Cristo triunfe en nuestros corazones (Col. 3, 15); ni puede ser otra la paz suya, la que Él da a los suyos (Joann. 14, 17), ya que siendo Dios, ve los corazones (1.º Reg. 16, 7), y en los corazones tiene su reino. Por otra parte, con todo derecho pudo Jesucristo llamar suya esta paz, ya que fue el primero que dijo a los hombres: Todos vosotros sois hermanos (Matth. 21, 23), y promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres: este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado (Juan 15, 12): soportad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo (Gál. 6, 2).

13. La paz de Cristo, garantía del derecho y fruto de la caridad.
Síguese de ahí claramente que la verdadera paz de Cristo no puede apartarse de las normas de justicia, ya porque es Dios mismo el que juzga la justicia (Psal. 9, 5), ya porque la paz es obra de la justicia (Isa. 32, 17); pero no debe constar tan sólo de la dura e inflexible justicia. sino que a suavizarla ha de entrar en no menor parte la caridad que es la virtud apta por su misma naturaleza para reconciliar los hombres con los hombres. Esta es la paz que Jesucristo conquistó para los hombres; más aún, según la expresión enérgica de San Pablo, El mismo es nuestra paz; porque satisfaciendo a la divina justicia con el suplicio de su carne en la cruz, dio muerte a las enemistades en sí mismo…, haciendo la paz (Efes. 2, 14), y reconcilió en sí a todos (2.ª Cor. 5, 18; Eph. 2, 16) y todas las cosas con Dios; y en la misma redención no ve y considera San Pablo tanto la obra divina de la justicia, como en realidad lo es, cuanto la obra de la reconciliación y de la caridad: Dios era el que reconciliaba consigo al mundo en Jesucristo (2.ª Cor. 5, 18); de tal manera amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito (Joann. 3, 6). Con el gran acierto que suele, escribe sobre este punto el Doctor Angélico que la verdadera y genuina paz pertenece más bien a la caridad que a la justicia, ya que lo que ésta hace es remover los impedimentos de la paz, como son las injurias, los daños, pero la paz es un acto propio y peculiar de la caridad [2]. 

El reino de la paz está en nuestro interior.
Por tanto, a la paz de Cristo, que, nacida de la caridad, reside en lo íntimo del alma, se acomoda muy bien a lo que San Pablo dice del reino de Dios que por la caridad se adueña de las almas: no consiste el reino de Dios en comer y beber (Rom. 14, 17); es decir, que la paz de Cristo no se alimenta de bienes caducos, sino de los espirituales y eternos, cuya excelencia y ventaja el mismo Cristo declaró al mundo y no cesó de persuadir a los hombres. Pues por eso dijo: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma? o ¿qué cosa dará el hombre en cambio te su alma? (Matth. 16, 26). Y enseñó además la constancia y firmeza de ánimo que ha de tener el cristiano: ni temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma, sino temed a los que puedan arrojar el alma y el cuerpo en el infierno (Matth. 10, 28).

Los frutos de la paz. 
No que el que quiera gozar de esta paz haya de renunciar a los bienes de esta vida; antes al contrario, es promesa de Cristo que os tendrá en abundancia: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Matth. 6, 33; Luc. 12, 31). Pero: la paz de Dios sobrepuja todo entendimiento (Phillip. 4, 7), y por lo mismo domina a las ciegas pasiones y evita las disensiones y discordias que necesariamente brotan del ansia de poseer,
   
Refrenadas, pues, con la virtud las pasiones, y dado el honor debido a las cosas del espíritu, seguiráse como fruto espontáneo la ventaja de que la paz cristiana traerá consigo la integridad le las costumbres y el ennoblecimiento de la dignidad del hombre; el cual, después que fue redimido con la Sangre de Cristo, está como consagrado por la adopción del Padre celestial y por el parentesco de hermano con el mismo Cristo, hecho con las oraciones y sacramentos participante de la gracia y consorte de la naturaleza divina, hasta el punto de que, en premio de haber vivido bien en esta vida, llegue a gozar por toda una eternidad de la posesión de la gloria divina.

Fortalece el orden y la autoridad. 
Y ya que arriba hemos demostrado que una de las principales causas de la con fusión en que vivimos es el hallarse muy menoscabada la autoridad del derecho y el respeto a los que mandan –por haberse negado que el derecho y el poder vienen de Dios, creador y gobernador del mundo–, también a este desorden pondrá remedio la paz cristiana, ya que es una paz divina, y por lo mismo manda que se respeten el orden, la ley y el poder. Pues así nos lo enseña la Escritura: Conservad en paz la disciplina (Eccli. 41, 17), Gran paz para aquellos que aman tu ley, Señor (Psal. 118, 165), El que teme el precepto, se hallará en paz (Prov. 13, 13), y nuestro Señor Jesucristo, no sólo dijo aquello de: Dad al César lo que es del César (Matth. 22, 21), sino que declaró respetar en el mismo Pilato el poder que le había sido dado de lo alto (Joann. 19, 11), de la misma manera que había mandado a los discípulos que reverenciasen a los Escribas y Fariseos que se sentaron en la cátedra de Moisés (Matth. 23, 2). Y es cosa admirable la estima que hizo de la autoridad paterna en la vida de familia, viviendo para dar ejemplo, sumiso y obediente a José y María. Y de Él es también aquella ley promulgada por sus Apóstoles: Toda persona esté sujeta a las potestades superiores; porque no hay potestad que no provenga de Dios (Rom. 13, 1).

14. La Iglesia depositaria de esta paz.
Y si se considera que todo cuanto Cristo enseñó y estableció acerca de la dignidad de la persona humana, de la inocencia de vida, de la obligación de obedecer, de la ordenación divina de la sociedad, del sacramento del matrimonio y de la santidad de la familia cristiana; si se considera, decimos, que estas y otras doctrinas que trajo del cielo a la tierra las entregó a sola su Iglesia, y con promesa solemne de su auxilio y perpetua asistencia, y que le dio el encargo, como maestra infalible que era, que no dejase nunca de anunciarlas a las gentes todas hasta el fin de los tiempos, fácilmente se entiende cuán gran parte puede y debe tener la Iglesia para poner el remedio conducente a la pacificación del mundo.

Porque, instituida por Dios única intérprete y depositaria de estas verdades y preceptos, es ella únicamente el verdadero e inexhausto poder para alejar de la vida común, de la familia y de la sociedad la lacra del materialismo, tantos daños en ellas ha causado, y para introducir en su lugar la doctrina cristiana acerca del espíritu, o sea sobre la inmortalidad del alma, doctrina muy superior a cuanto enseña la mera filosofía; también para unir entre sí las diversas clases sociales y el pueblo en general con sentimiento de elevada benevolencia y con cierta fraternidad [3], y para elevar hasta el mismo Dios la dignidad humana, con justicia restaurada, y, finalmente, para procurar que, corregidas las costumbres públicas y privadas, y más conformes con las leyes sanas, se someta todo plenamente a Dios que ve los corazones (3.º Reg. 16, 7), y que todo se halle informado íntimamente de sus doctrinas y leyes, que, bien penetrado de la ciencia de su sagrado deber el ánimo de todos, de los particulares, de los gobernantes, y hasta de los organismos públicos de la sociedad civil, sea Cristo todo en todos (Col. 3, 11).

Las enseñanzas de la Iglesia aseguran la paz. 
Por lo cual, siendo propio de sola la Iglesia, por hallarse en posesión de la verdad y de la virtud de Cristo, el formar rectamente el ánimo de los hombres, ella es la única que puede, no sólo arreglar la paz por el momento, sino afirmarla para el porvenir, conjurando los peligros de nuevas guerras que dijimos nos amenazan. Porque únicamente la Iglesia es la que por orden y mandato divino enseña que los hombres deben conformarse con la ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan, lo mismo en la vida pública que en la privada, lo mismo como individuos que unidos en sociedad. Y es cosa clara que es de mucha mayor importancia y gravedad todo aquello en que va el bien y provecho de muchos.

Pues bien: cuando las sociedades y los estados miren como un deber sagrado el atenerse a las enseñanzas y prescripciones de Jesucristo en sus relaciones interiores y exteriores, entonces sí llegarán a gozar, en el interior, de una paz buena, tendrán entre sí mutua confianza y arreglarán pacíficamente sus diferencias, si es que algunas se originan.

15. La Iglesia sola tiene la autoridad de imponerla.
Cuantas tentativas se han hecho hasta ahora a este respecto han tenido ninguno muy poco éxito, sobre todo en los asuntos con más ardor debatidos. Es que no hay institución alguna humana que pueda imponer a todas las naciones un Código de leyes comunes, acomodado a nuestros campos, como fue el que tuvo en la Edad Media aquella verdadera sociedad de naciones que era una familia de pueblos cristianos. En la cual, aunque muchas veces era gravemente violado el derecho, con todo, la santidad del mismo derecho permanecía siempre en vigor, como norma segura conforme a la cual eran las naciones mismas juzgadas. 
   
Pero hay una institución divina que puede custodiar la santidad del derecho de gentes; institución que a todas las naciones se extiende y está sobre las naciones todas, provista de la mayor autoridad y venerada por la plenitud del magisterio: la Iglesia de Cristo; y ella es la única que se presenta con aptitud para tan grande oficio, ya por el mandato divino, por su misma naturaleza y constitución, ya por la majestad misma  que le dan los siglos, que ni con las tempestades de la guerra quedó maltrecha, antes con admiración de todos salió de ella más acreditada.

16. La paz de Cristo en el Reino de Cristo. Extensión y carácter de este reino.
Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, los mismo sobre los individuos que sobre las sociedades.

En esto consiste lo que con dos palabras llamamos Reino de Cristo. Ya que reina Jesucristo en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en los corazones por la caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos. Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituida por el sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma el nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la Familia de Nazaret. Reina finalmente Jesucristo en la sociedad civil cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de él el origen y los derechos de la autoridad para que ni en el mandar falte norma ni en el obedecer obligación y dignidad, cuando además le es reconocido a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor, a saber, de sociedad perfecta, maestra y guía de las demás sociedades; es decir, tal que no disminuya la potestad de ellas –pues cada una en su orden es legítima–, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas sociedades sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la prosperidad de los ciudadanos en esta vida mortal.

De todo lo cual resulta claro que no hay paz de Cristo sino en el reino de Cristo, y que no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo.

El programa papal. 
Cuando, pues, el Papa Pío X se esforzaba por «restaurar todas las cosas en Cristo», como si obrara inspirado por Dios, estaba preparando la obra de pacificación, que fue después el programa de Benedicto XV.

Nos, insistiendo en lo mismo que se propusieron conseguir Nuestros Predecesores, procuraremos también con todas Nuestras fuerzas lograr «la paz de Cristo en el reino de Cristo», plenamente confiados en la gracia de Dios, que al hacernos entrega de este supremo poder Nos tiene prometida su perpetua asistencia.
   
17. Medios especiales: Misión de los obispos y su cooperación.
Esperando que todos los buenos han de concurrir con su apoyo a esta obra, Nos dirigimos en primer lugar a vosotros, Venerables Hermanos, a quienes nuestro mismo Jefe y Cabeza, Jesucristo, que a Nos confió el cuidado de toda su grey, llamó: a una parte y la más excelente en Nuestra solicitud; a vosotros, puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios (Act. 20, 26); a vosotros honrados de manera principal con el ministerio de la reconciliación, y corno embajadores en nombre de Cristo (2.ª Cor. 5, 18. 20), hechos participen de su mismo magisterio divino y dispensadores de los misterios de Dios (1.ª Cor. 4, 1) y por lo mismo llamados sal de la tierra y luz del mundo (Matth. 5, 14), doctores y padres de los pueblos cristianos, verdaderos dechados de la grey (1.ª Pe. 5, 3), destina dos a ser llamados grandes en el reino de los cielos (Matth. 5, 19); a vosotros todos, en fin, que sois corno los miembros principales y corno los lazos de oro con que se levanta compacto y bien unido todo el cuerpo de Cristo (Eph. 4, 15), que es la Iglesia fundada en la solidez de la Piedra.

Insinuación de la Reapertura del Concilio Vaticano. 
Una nueva y reciente prueba de vuestra insigne diligencia y actividad la tuvimos cuando con la ocasión al principio mencionada, del Congreso Eucarístico de Roma y de las fiestas centenarias de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, vinisteis muchísimos de todas las partes del mundo a esta santa ciudad al sepulcro de los Apóstoles. Aquella reunión de Pastores, dignísima por su concurso y autoridad, Nos sugirió la idea de convocar a su tiempo en esta misma ciudad, Cabeza del orbe católico, una solemne asamblea de la misma clase para hallar reparo oportuno a las ruinas causadas en tan grande convulsión de la sociedad, y se aumenta la dulce esperanza de esta reunión con la proximidad de las alegres solemnidades del Año Santo.

No por eso, sin embargo, Nos atrevemos por ahora a emprender la reapertura de aquel Concilio Ecuménico, que en Nuestra juventud dio comienzo la Santidad de Pío IX, pero que no pudo llevarse a efecto sino en parte, aunque era muy importante. Y la razón a que también Nos, como el célebre caudillo de Israel, estamos como pendientes de la oración, esperando que la bondad y misericordia de nuestro Dios Nos de a conocer más claramente los designios de su voluntad.

18. Obra insigne del clero. Exhortación a superarse.
Mientras tanto, aun que sabemos muy bien que no hay necesidad de estimular vuestro celo y actividad, antes que son dignos de los mayores elogios, sin embargo, la conciencia del cargo apostólico y de Nuestros deberes de padre para con todos, Nos advierte y casi Nos fuerza a infla mar con Nuestros ardores el ya encendido celo de todos vosotros, de manera que venga a suceder que cada uno de vosotros ponga cada día mayor afán y empeño en el cultivo de aquella parte de la grey del Señor que le cupo en suerte apacentar.

Y a la verdad cuántas cosas y cuán excelentes y cuán oportunas hayan sido sabiamente proyectadas, y felizmente iniciadas, y con gran provecho llevadas a cabo, y cuanto las circunstancias lo permitían gloriosamente terminadas, entre el Clero y el pueblo fiel, por iniciativa y a impulso de Nuestros Predecesores y vuestro, lo sabemos por la fama pública propagada por la prensa y confirmada por otros documentos y por las noticias a Nos llegadas, bien de vosotros, bien de otros muchos; y de ello damos cuantas gracias podemos a Dios.

El cuadro de las actividades pastorales. 
Entre estas obras admiramos especialmente las muchas y muy providenciales instituciones para instruir a los hombres con sanas doctrinas y para imbuirlos en la virtud y en santidad; lo mismo las asociaciones de clérigos y seglares, o las llamadas pías uniones, con el fin de sostener y llevar adelante las misiones entre infieles, de propagar el reino de Cristo Dios, y procurar a los pueblos bárbaros la salvación temporal y eterna; ya también las congregaciones de jóvenes, que han crecido en número y en devoción singular a la Santísima Virgen, y especialmente la Sagrada Eucaristía, junto con una fe, una pureza y un amor fraterno muy acrisolados. Añádanse las asociaciones, tanto las de hombres como las de mujeres, particularmente las eucarísticas, que procuran honrar el augusto Sacramento con cultos más frecuentes y solemnes y con muy magnificas procesiones por las calles de las ciudades; y también con la reunión de Congresos muy concurridos, regionales, nacionales e internacionales, con representantes de casi todos los pueblos, donde todos se muestran admirablemente unidos en la misma fe, en el mismo culto, oración y participación de los bienes celestiales.

Apostolado, caridad y Acción Católica. 
A esta piedad atribuimos el espíritu de sagrado apostolado, mucho más extendido que antes, es decir, aquel celo ardentísimo de procurar, primero con la oración frecuente y con el buen ejemplo, luego con la propaganda de palabra y por escrito, y también con las obras y socorros de la caridad, que de nuevo se tributen al Corazón divino de Cristo Rey, lo mismo que en los corazones de los individuos que en la familia  y en la sociedad, el amor, el culto y el imperio que le son debidos.

A eso se encamina también el buen certamen diríamos pro aris et focis, «por los altares y los hogares», que se ha de emprender, y la batalla que se ha de trabar en muchos frentes en favor de los derechos de la sociedad religiosa y doméstica, de la Iglesia y de la familia, derivados de Dios y de la naturaleza, sobre la educación de los hijos. A esto, finalmente, se dirige también todo ese conjunto de instituciones, programas y obras, que se conoce con el nombre de Acción Católica y que es de Nos muy estimada.

Todo eso es deber pastoral necesario y principal. 
Pues bien: todas estas cosas y otras muchas semejantes, que se ría muy largo referir, no sólo se han de conservar firmemente, sino que se las ha de llevar adelante cada día con más empeño y acrecentar con nuevos aumentos según lo exige la condición de las cosas y de las personas. Y si parecen cosa ardua y llena de trabajo para los pastores y para los fieles, empero son, sin duda, necesarias, y se han de contar entre los principales deberes del oficio pastoral y de la vida cristiana. Por las mimas razones aparece claro –tanto que estaría de más todo esclarecimiento– cuán relacionadas se hallan entre sí todas estas obras, y cuán estrechamente unidas con la deseada restauración del reino de Cristo y con la pacificación cristiana, propia tan sólo de este reino: Pax Christi in regno Christi, «La Paz de Cristo en el Reino de Cristo».

Aprecio del Papa y estímulo a mayor unión con Roma. 
Y sería Nuestro deseo que digáis a vuestros sacerdotes, Venerables Hermanos, que Nos, testigo y compañero en otro tiempo y partícipe de los trabajos denodadamente tomados en pro de la grey de Cristo, siempre tu vimos y tenemos en grande estima su magnanimidad en soportar los trabajos, y su industria en hallar siempre nuevos medios de subvenir a las nuevas necesidades que consigo trae el cambio de los tiempos, y que ellos estarán unidos a Nos con vínculo más estrecho de unidad y Nos a ellos con el de la paternal benevolencia, cuanto con adhesión más pronta y apretada, mediante una vida santa y una obediencia perfecta, se unan como al mismo Cristo a sus pastores, que son sus guías y maestros.

Papel del clero regular. 
No hay para qué extenderse en declarar, Venerables Hermanos, cuánto es lo que esperamos del Clero regular para poner por obra Nuestras ideas y proyectos, siendo cosa clara cuánto es lo que contribuye a esclarecer el reino de Cristo dentro y a dilatarle fuera. Pues siendo propio de los religiosos el guardar y practicar, no sólo los preceptos, sino también los consejos de Cristo, lo mismo cuando dentro del claustro se dedican a las cosas espirituales, que cuando salen a trabajar a campo abierto, por ser en su vida modelo de perfección cristiana y por renunciar, consagrados por entero al bien común, a los bienes y comodidades terrenas, para más abundante mente conseguir los bienes espirituales, son para los fieles un constante ejemplo que los incita a aspirar a cosas mayores; y felizmente lo consiguen merced también a las insignes obras de beneficencia cristiana con que atienden a las enfermedades todas del cuerpo y del alma. Y a tanto han llegado en este punto, a impulsos de la caridad divina, según lo atestigua la historia eclesiástica, que en la predicación del Evangelio dieron su vida por la salvación de sus almas, y con su muerte ensancharon los límites del reino de Cristo en la propagación de la unidad de fe y de la fraternidad cristiana.

19. Exhortación a los fieles. Misión de los seglares.
Recordad también a los fieles que, cuando tomando por guías a vosotros y a vuestro Clero, trabajan en público y en privado porque se conozca y ame a Jesucristo, entonces es cuando sobre todo merecen que se les llame linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista (1.ª Pe. 2, 9); que entonces es cuando, estrechamente unidos a Nos y a Cristo, al propagar y restaurar con su celo y diligencia el reino de Cristo, presta los más excelentes servicios para establecer la paz entre los hombres. Porque en el reino de Cristo está en vigor, florece una cierta igualdad de derechos, por la que distinguidos todos con la misma, nobleza, todos se hallan condecorados con la misma preciosa Sangre de Cristo, y los que parecen presidir los demás, siguiendo el ejemplo dado por el mismo Cristo nuestro Señor, con  razón, se llaman, y lo son, administradores de los bienes comunes, y, por ende, siervos de todos los siervos, especialmente de los más pequeños y del todo desvalidos.

Peligros sociales. 
Pero los cambios sociales que trajeron la necesidad, o la aumentaron, de tales colaboradores para llevar adelante la obra divina, han creado también a los poco peritos peligros nuevos, ni pocos ni ligeros. Pues apenas terminada la desastrosa guerra perturbados los Estados con la agitación de los partidos políticos, se enseñorearon de la mente y del corazón de los hombres, pasiones tan desenfrenadas e ideas tan perversas, que ya es de temer que aun los mejores de entre los fieles y aun de los sacerdotes, atraídos por la falsa apariencia de la verdad y del bien, se inficionen con el deplorable contagio del error.

Precave contra el modernismo moral, jurídico y social. 
Porque, ¿cuántos hay que profesan seguir las doctrinas católicas en todo lo que se refiere a la autoridad en la sociedad civil y en el respeto que se le ha de tener, o al derecho de propiedad, y a los derechos y deberes de los obreros industriales y agrícolas, o a las relaciones de los Estados entre sí, o entre patronos y obreros, o a las relaciones de la Iglesia y el Estado, o a los derechos de la Santa Sede y del Romano Pontífice y a los privilegios de los Obispos, o finalmente a los mismos derechos de nuestro Creador, Redentor y Señor Jesucristo sobre los hombres en particular y sobre los pueblos todos? y sin embargo, esos mismos, en sus conversaciones, en sus escritos y en toda su manera de proceder no se portan de otro modo que si las enseñanzas y preceptos promulgados tantas veces por los Sumos Pontífices, especialmente por León XIII, Pío X y Benedicto XV, hubieran perdido su fuerza primitiva o hubieran caído en desuso.

En lo cual es preciso reconocer una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos con toda energía a una con aquel modernismo dogmático.

Hay, pues, que traer a la memoria las doctrinas y preceptos que hemos dicho; hay que avivar en todos el mismo ardor de la fe y de la caridad divina, que es el único que puede abrir la inteligencia de aquellas y urgir la observancia de éstos. Lo cual queremos que se lleve a cabo sobre todo en la educación de la juventud cristiana, y todavía más en especial en aquella que se está formando para el sacerdocio; no sea que en este tan gran trastorno de cosas y tanta confusión de ideas, ande fluctuando, como dice el Apóstol, y se deje llevar de aquí para elle de todos los vientos de opiniones por la malicia de los hombres, que engañan con astucia para introducir el error (Eph. 4, 14). 

20. Atraer a los que están fuera de la Iglesia.
Y mirando Nos en derredor desde esta como atalaya y a manera de alcázar de la Sede Apostólica, ofrécense todavía a Nuestra vista, Venerables Hermanos, muchos en demasía que, o por desconocer del todo a Cristo, o por no conservar íntegra y pura la doctrina o la unidad requerida, no son todavía de este redil, al cual, sin embargo, están destinados por Dios. Por lo cual el que hace las veces de Pastor eterno no puede menos que, inflamado en los mismos sentimientos, echar mano de las mismas expresiones, muy breves ciertamente, pero llenas de amor y de la más tierna compasión: Debo recoger también aquellas ovejas (Joann. 10, 16); y traiga a la memoria con la mayor alegría aquel vaticinio del mismo Cristo: y oirán mi voz, y se hará un solo rebaño y un solo pastor (Ibid.). Dios quiera, Venerables Hermanos, que lo que Nos con vosotros, y con la porción de la Iglesia a vosotros encomendada, con un mismo corazón imploramos en Nuestras oraciones, veamos con el resultado más satisfactorio realizada cuanto antes esta tan consola dora y cierta profecía del divino Corazón.

Aprecio universal con que se distingue hoy a la Santa Sede. 
Un como feliz augurio de esta unidad religiosa pareció haber brillado en el hecho memorable de estos últimos tiempos, por vos otros sin duda advertido, para todos inesperado, para algunos tal vez desagradable; para Nos y para vosotros ciertamente gratísimo, de que la mayor parte de los personajes principales y los gobernantes de casi todas las naciones, como si obedecieran a un mismo impulso y deseo de la paz, han querido como a porfía, o restablecer las antiguas relaciones con esta Sede Apostólica, o hacer con ella por primera vez pactos de concordia. Lo cual con razón Nos llena de gozo, no solamente por lo que se acrecienta la autoridad de la Iglesia, sino también por el esplendor que cobra su beneficencia y la experiencia a todos ofrecida del poder en ver dad admirable que sólo posee esta Iglesia de Dios, para procurar a la sociedad todo linaje de prosperidades, incluso la civil y terrena. 

Relación del poder eclesiástico con el civil. 
Porque, aunque ella por ordenación divina entiende directamente en los bienes espirituales e imperecederos, sin embargo, por la estrecha conexión que reina en todas las cosas, es tanto lo que ayuda a la prosperidad aun terrena, lo mismo de los individuos que de la sociedad, que más no ayudaría si para fomentarla hubiera sido primaria mente instituida.

Y si la Iglesia mira como cosa veda da el inmiscuirse sin razón en el arreglo de estos negocios tenemos y meramente políticos, sin embargo, con todo derecho se esfuerza para que el poder civil no tome de ahí pretexto; o para oponer se de cualquier manera a aquellos bienes más elevados de que depende la salvación eterna de los hombres, o para intentar su daño y perdición con leyes y decretos inicuos, o para poner en peligro la constitución divina de la Iglesia, o finalmente, para conculcar los sagrados derechos del mismo Dios en la sociedad civil.

Intangibilidad de los derechos de la Iglesia. 
Así que enteramente con el mismo propósito, y valiéndonos también de las mismas palabras que usó el muy llorado Predecesor Nuestro, Benedicto XV, a quien tantas veces Nos hemos referido, en su última alocución de 21 de noviembre del año pasado (1921), que versó sobre las relaciones mutuas entre la Iglesia y el Estado, Nos también declaramos, como él santamente declaró, y de nuevo confirmamos: «que jamás Nos consentiremos que en tales convenios se introduzca nada que desdiga de la dignidad y libertad de la Iglesia,. la cual que quede a salvo e incólume es de suma importancia, sobre todo en este tiempo aun para la misma prosperidad de la sociedad civil» [4].

La “Cuestión Romana” y los Estados pontificios usurpados. 
Y siendo esto así, no hay para qué decir con qué dolor vemos que entre tantas naciones que viven en relaciones amistosas con esta Sede Apostólica falte Italia; Italia, Nuestra patria querida, escogida por el mismo Dios, que con su providencia dirige el curso y orden de todas las cosas y tiempos, para colocar en ella la Sede de su Vicario en la tierra, para que esta santa ciudad, asiento un tiempo de un imperio muy extendido, pero al fin limitado a ciertos términos, llegase un día a ser cabeza de todo el orbe de la tierra. Puesto que, como Sede de un Principado divino, que por su naturaleza trasciende los fines de todas las gentes y naciones, abarca las naciones y los pueblos todos. Pero tanto el origen y la naturaleza divina de este principado, como el sagrado derecho de los fieles todos que habitan en toda la tierra, exige que este sagrado Principado no parezca hallarse sujeto a ningún poder humano, a ninguna ley (aunque éste prometa, mediante ciertas defensas o garantías, proteger la libertad del Romano Pontífice), sino que debe ser y aparecer bien clara y completamente independiente y soberano.

Pero aquellas defensas de la libertad, con que la divina Providencia, señora y árbitro de los acontecimientos huma nos había protegido la autoridad del Romano Pontífice, no sólo sin detrimento de Italia, sino con grande pro hecho suyo; aquellas defensas que por tantos siglos se habían mostrado muy a propósito para el designio divino de asegurar la dicha libertad, y para cuya sustitución ni la divina Providencia ha indicado nada a propósito hasta el presente, ni los hombres han hallado entre sus proyectos nada semejante; aquellas defensas fueron echadas por tierra por fuerza enemiga y siguen hasta ahora violadas, y con eso se han creado al Romano Pontífice condiciones de vida tan extrañas que tienen perpetuamente llenos de tristeza los corazones de los fieles todos esparcidos por todo el mundo. Nos, pues, herederos, lo mismo de los pensamientos que de los deberes de Nuestros Predecesores, investidos de la misma autoridad, a quien únicamente corresponde decidir en materia de tamaña importancia, movidos no ciertamente por una vana ambición de reino temporal (pues sería un motivo cuyo menor influjo Nos avergonzaría grande mente), sino que, puesto el pensamiento en la hora de Nuestra muerte, acordándonos de la rigurosa cuenta que hemos de dar al divino Juez, renovamos desde este lugar, según lo pide la santidad de Nuestro cargo, las protestas que hicieron Nuestros dichos Predecesores en defensa de los derechos y de la dignidad de la Sede Apostólica.

21. Deseos de pacífico arreglo de la Cuestión Romana y pacificación universal.
Por lo demás, jamás Italia tendrá que temer daño alguno de esta Sede Apostólica; pues el Romano Pontífice, séalo el que lo fuere, siempre podrá decir con toda verdad aquello del Profeta: Yo tengo pensamiento de paz y no de aflicción (Jer, 29, 11), de paz verdadera digo, y por lo mismo inseparable de la justicia; de modo que pueda añadirse: la justicia y la paz se dieron ósculo (Psal. 84, 11). A Dios, omnipotente y misericordioso, toca el hacer que llegue por fin a alborear día tan alegre, que será muy fecundo en toda clase de bienes, ya para la restauración del reino de Cristo, ya para el arreglo de los asuntos de Italia y del mundo entero; y para que no quede frustrado, trabajen diligentemente todos los hombres de recto sentir.

Oración por la paz en Navidad. 
Y para que cuanto antes se otorguen a los hombres los regalados dones de la paz, encarecidamente exhortamos a todos los fieles que a una con Nos insten con santas oraciones, especialmente en estos días del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, Rey Pacífico, en cuya venida a este mundo por primera vez cantaron las huestes angélicas: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz a los hombres de buena voluntad (Luc. 2, 14).

Bendición Apostólica. 
Finalmente, como una prenda de esta paz, queremos Venerables Hermanos, que sea Nuestra Apostólica Bendición la que presagian do a cada uno del clero y del pueblo fiel y también a los mismos Estados y familias cristianas, toda suerte de dichas, lleve la prosperidad a los vivos y a los difuntos descanso y felicidad eterna; bendición que como testimonio de Nuestra benevolencia damos de todo corazón a vosotros y a vuestro clero y pueblo.
   
Dado en Roma, junto a San Pedro, día 23 de diciembre de 1922, de Nuestro Pontificado el año primeroPÍO PAPA XI.
   
NOTAS
[1] San Agustín, Ciudad de Dios, 1, 4, c. 5.
[2] Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestión 29, art. 3.º, respuesta a la objeción 3.ª.
[3] San Agustín. De las costumbres de la Iglesia Católica, 1, 30. 
[4] Alocución “In hac quídem renováta lætítia”, pronunciada en el Consistorio Secreto del 21 de Noviembre de 1921; en Acta Apostólicæ Sedis 13 (1921), pág. 522.

lunes, 13 de octubre de 2025

NO SE DEBE ODIAR A LOS JUDÍOS, PERO SÍ SE LES DEBE RESISTIR


«Sin duda, “no debemos odiar a estos restos de la Jerusalén infiel sobre los cuales Jesucristo lloró” [1]. Pero no debemos, por una caridad mal organizada, entregar desprevenidamente, en manos pérfidas y rapaces, el cuerpo social al que pertenecemos y el tesoro de nuestras tradiciones religiosas y nacionales (2.ª Tes. 2, 15).
  
El judío, para nosotros, es un enemigo [2]. Bien aún nutra las ineptas doctrinas del Talmud con el odio secular [bimilenario] que nunca cesó de animarlo contra los discípulos del Nazareno, o bien, sometido a la acción corrosiva del libre pensamiento, ya no ponga sus esperanzas mesiánicas en la restauración —tomada en sentido literal— del reino de Israel, sí en el adviento de una humanidad-divinizada atiborrada de oro y de placeres [3], su influencia social es una amenaza para cualquier pueblo que penetre; es una calamidad para toda sociedad donde llegare a dominar.
  
Es, por tanto, nuestro deber, como canadienses —sea como cristianos, sea como ciudadanos—, esforzarnos para apartar este peligro.
   
Cristianos, recordemos la antigua legislación de la Iglesia, que, donde aún sea posible aplicarla, no puede ser letra muerta. Reavivemos su espíritu en nuestro celo discreto, a fin de preservar nuestras relaciones familiares, amicales y hasta comerciales del contacto judaico».
  
Mons. LOUIS ADOLPHE PÂQUET DEMERS, Protonotario Apostólico. Droit Public de l’Église - Principes généraux, 1908, pág. 279.
  
NOTAS (del original)
[1] Luis Veuillot, Mélanges religieux, historiques, politiques et littéraires, 2.ª serie, tomo V, pág. 149. — Cf. Padre Julio Cellier, Pour et contre les Juifs (1896).
[3] No debe entenderse esto de los judíos como individuos, pero sí en cuanto nación en general, y de sus disposiciones actuales.
[4]  Claudio Jannet, hablando de los judíos de los Estados Unidos, dice que la mayor parte, sobre todos los más ricos, pertenecen a una suerte de partido reformado. Para estos, «el Mesías no es más que un símbolo. La humanidad, en tanto que raza elevada, feliz, próspera, gozando de larga vida, de salud, de comodidad terrestre... he aquí el Mesías que ellos esperan, y que, según sus rabinos modernizados, Moisés y los profetas han designado bajo metáforas poéticas. Este es precisamente el fondo del ideal masónico. Los judíos de esta escuela pasaron rápidamente del deísmo al panteísmo» (États-Unis contemporains, t. II, pág. 372, 4.ª ed.). — Cf. Questions actuelles, tomo XV, págs. 170-175.

lunes, 20 de enero de 2025

LA TERCERA GUERRA MUNDIAL

Sermón predicado por el Ilmo. Sr. Obispo D. Fernando Altamira, superior de la Sociedad de Santa María, durante el II Domingo después de la Epifanía (domingo 19 de Enero de 2025, conmemoración de los Santos Mario, Marta, Áudifax y Ábaco, Mártires; y San Canuto, Rey de Dinamarca y Mártir).
   
  
¿LA TERCERA GUERRA MUNDIAL SERÁ ESTE 2025?
  
TODO en MARÍA y por MARÍA. Y por las Benditas Almas del Purgatorio
  
Queridos hijos:
   
El último libro de la Sagrada Escritura es el libro de “La Profecía por antonomasia”, “La máxima Profecía”, donde se nos narra hechos que hacen a los finales de la Historia, coronados por la Venida de Dios Nuestro Señor Jesucristo en gloria y majestad. Tiene asimismo el anuncio del cumplimiento de castigos muy grandes a la Humanidad –absolutamente merecidos–. Pero, aun así, es un libro de esperanza, y esto es capital y jamás puede ser olvidado por ningún católico: es un libro de esperanza. ¿Por qué, en última instancia, es un libro de esperanza, e incluso el libro de “la” esperanza?
  • Los castigos vendrán, pre-nunciados en esas profecías, pero esos castigos: Por un lado son bien merecidos por nuestros pecados. Y por el otro:
  • Dichos castigos son “dolores de parto”, y no “dolores de muerte”. Vale decir, como en el parto, esos dolores, aunque sean muy fuertes, terminarán, y terminan, en algo bueno, en algo hermoso, en algo nuevo, en un nuevo nacimiento, en una nueva creación, “cielos nuevos y nueva tierra” dice el Apocalipsis: 
  • El mundo no dejará de existir sino que será transformado, y eso lo hará Dios Nuestro Señor Jesucristo con su Parusía, para premio de sus elegidos, para premio de los que haya deseado y podido –sólo con su gracia– “ser fieles”, mantenerse como buenos hijos de Dios, como buenos católicos, en medio de todo este caos final. 
  • Ése es el punto para llamar al Apocalipsis “El Libro de la Esperanza”, el deseo de los premios, la visión de los premios, para estímulo nuestro, para seguir adelante, a pesar de los dolores de parto, pues tenemos un final de lleno de esperanza: Tenemos un final lleno de esperanza. 
  • Por eso debemos desear ardientemente –como los primeros católicos– la Parusía o Segunda Venida de Cristo, porque será nuestro triunfo, porque será nuestro premio, si es que logramos ser sus hijitos fieles: buenos católicos.
  
[1: La Tercera Guerra Mundial puede ser este año 2025 ] El primer punto es entender que la Tercera Guerra Mundial puede ser en este 2025.
 
Entre los castigos anunciados a la Humanidad por sus pecados, tenemos uno en particular que se muestra como el mayor de todos, y es a causa de dichos pecados, que hoy son los pecados más espantosos de toda la Historia del hombre, son los pecados más horrendos y aberrantes en número, cantidad y cualidad: Nunca se ha hecho 
tanto pecado como hoy, contra Dios, contra el Catolicismo, contra la Familia, contra el orden natural, contra los niños –qué horror–, y un gran etcétera.
   
Ese castigo temporal, el más grave de todos los anunciados en el Apocalipsis, está en el Capítulo 9 del mismo (y en otros lugares paralelos): “La Sexta Trompeta del Apocalipsis”.

Anuncia la muerte o el exterminio de un tercio de la Humanidad, por mano del hombre, por mano de la guerra, la Tercera Guerra Mundial, por medio de los armamentos de destrucción masiva de las masas. Hablamos de la muerte de 2.500 millones de seres humanos, un tercio de la Humanidad, y probablemente en muy poco tiempo, tal vez en instantes con las bombas atómicas [1].
 Para que se den cuenta de la magnitud de este castigo, ya lo hemos dicho: Si se mata todos los seres humanos de América, desde Alaska en el norte, hasta Tierra del Fuego en el sur, van recién 1.000 millones de muertes, vale decir: con semejante matanza no se ha alcanzado ni siquiera la mitad del total de los muertos anunciados en el castigo.
   
El cumplimiento de esta profecía del Capítulo, la Sexta Trompeta del Apocalipsis, puede ser con la Tercera Guerra Mundial.
   
¿Y cuándo será el cumplimiento? Pues bien, hijos, como hemos dicho, hay que saber que puede ser en este 2025. Repito, y bien serio, puede ser en este 2025.
    
CON LA GUERRA DE LOS JUDÍOS EN PALESTINA, más los otros datos que nos da la Biblia, dicha Tercera Guerra Mundial puede ser en este año de 2025.
   
Por eso, los padres de familia tienen que ir previendo para cuidar a sus seres queridos, y tal vez ir guardando alimentos no perecederos y alguna forma de almacenar agua, que son una de las primeras cosas que desaparecen o escasean en las guerras, y más en las grandes guerras. ¿Y si después no se da? Si no se da todavía en este 2025, después se consumen dichos alimentos, no hay mayor problema.
   
Y lo más triste de todo: ¿La Humanidad cambiará después de semejante cosa? Está anunciado en la misma profecía: La Humanidad después de ello, los que sobrevivan, seguirán con sus pecados; dice casi literalmente: Seguirán fornicando, rindiendo culto a los demonios, drogándose (salen las drogas allí), seguirán robando, etc. Estudiemos entonces este tema.
   
[1 bis: ¿Por qué tal vez en este 2025?] Expliquemos primero uno de los puntos de mayor interés: ¿Por qué puede llegar a ser en este 2025?
  
Dicho Capítulo 9, la Sexta Trompeta del Apocalipsis, nos da distintas informaciones: Habla de cuatro demonios de la guerra (para la Gran Guerra), habla de un ejército o combatientes en uno número gigantesco: 200 millones de combatientes, dice del número de muertos por la guerra: un tercio de los hombres. Pero da también el dato que hoy queremos recalcar, y poner como punto central; ese dato es el lugar geográfico que anuncia dicha profecía, al menos para el comienzo de dicha guerra: El Río Éufrates.  
  
La Guerra de los judíos hoy en Palestina entra de lleno en la zona del Río Éufrates. Esto ya fue así desde los comienzos de esta guerra, pero ahora, con la caída de Siria, es más explícito. 
   
Con los acontecimientos del último mes de diciembre, la caída de Siria, o la caída de Bashar al-Assad, el punto del Río Éufrates y la profecía se ha vuelto mucho más serio, mucho más concreto, o, como decíamos recién, mucho más explícito. 
   
El Río Éufrates nace en Turquía (fluye por sus montañas de Anatolia); atraviesa luego todo Siria; y termina en Irak (donde hacia su desembocadura se une con el Tigris, para desaguar en el Golfo Pérsico); tiene una longitud de 2.800 Km.
   
Como decíamos, la Guerra de los judíos es en toda esa región. Pero “de la noche a la mañana”, la zona geográfica específica del Río Éufrates entró de lleno y en forma explícita en el escenario; Siria, el país totalmente atravesado por el Río Éufrates; Turquía, el país donde nace el Éufrates; Irak, el país donde termina el Éufrates.  
  • Siria, con su líder Bashar al-Assad, al caer éste, se convirtió en instantes en un desorden y como un punto más del conflicto.
  • Rusia, el gran aliado y amigo de Bashar al-Assad, tiene dos mega-bases militares en Siria: su gran base naval de Tartús (única que Rusia tiene en el Mediterráneo), y su gran base aérea de Jmeimim; mas esta vez, a pesar de su poder de guerra, Rusia prácticamente no movió un pelo para evitar el derrocamiento de Bashar al-Assad, ¿por qué; qué intereses internacionales se han jugado para dejarlo caer?  
  • El ejército sirio prácticamente tampoco hizo nada para evitar el derrocamiento.
  • Irán, otros de los grandes aliados de Bashar al-Assad, prácticamente no hizo nada tampoco para salvarlo. ¿Qué intereses del Gobierno Mundial se han jugado allí para que cayera tan rápido y tan fácil Bashar al-Assad?
  • Siria hoy: Con todo lo anterior, Bashar al-Assad, en cuestión de días, en diciembre último, se retiró de Siria y se refugió en Rusia, y el país de Siria ha quedado en un caos: 
    1. Por el norte, con las injerencias e intereses de Turquía.
    2. Por el Sur, o Sur-Oeste, con las injerencias de Israel en “Los Altos del Golán”, y en otras zonas cercanas a Damasco. 
    3. En el centro de Siria y con Damasco, el nuevo líder Mohamed al-Golani, que pertenecía a los grupos islámicos terroristas de ISIS y Al Qaeda. 
    4. Los dos grupos más importantes Israel y Turquía se miran con recelos, y se escucha lo que haría Turquía ante problemas bélicos con Israel.
    5. El nuevo gobierno de EEUU con su presidente Donald Trump es casi un aliado incondicional de Israel.
    6. Irák, donde desemboca del Río Éufrates, tiene grupos que están atacando a Israel, lo que ha llevado a los judíos a decir que ellos pueden llegar a atacar también a Irak.
    7. Todo ello, todo lo narrado, muestra que la zona es un polvorín y un hervidero, y todo lo que está ocurriendo tiene una efervescencia tal, que en cualquier momento puede estallar la Gran Guerra o Tercera Guerra Mundial, y levantarnos un buen día en medio de las bombas… tal vez atómicas. El Río Éufrates que es el gran dato geográfico de esta profecía, la muerte de un tercio de la Humanidad, está ahora de lleno en el conflicto: ¿Será entonces este 2025, el año del cumplimiento? Padres de familia, cuiden a sus esposas e hijos, vayan viendo preventivamente de almacenar alimentos no perecederos y agua “por las dudas”; y deben estar atentos, y viendo las noticias de esta guerra, “vigilad” dice Dios en estas profecías, “vigilad”, “estad atentos”.

[2: Texto de la Sagrada Escritura, Capítulo 9 del Apocalipsis] Comencemos dando el texto del Capítulo 9 del Apocalipsis, en la parte correspondiente a la Sexta Tuba o “Sexta Trompeta del Apocalipsis”, versículos 13 a 21:
  
13 Et sextus ángelus tuba cécinit: et audívi vocem unam ex quátuor córnibus altáris áurei, quod est ante óculos Dei, 
14 dicéntem sexto ángelo, qui habébat tubam: Solve quátuor ángelos, qui alligáti sunt in flúmine magno Éuphrate.
15 Et solúti sunt quátuor ángeli, qui paráti erant in horam, et diem, et mensem, et annum, ut occíderent tértiam partem hóminum.
16 Et númerus eqüéstris exércitus vícies míllies dena míllia. Et audívi númerum eórum. 
17 Et ita vidi équos in visione: et qui sedébant super eos, habébant lóricas ígneas, et hyacínthinas, et sulphúreas, et cápita equórum erant támquam cápita leónum: et de ore eórum procédit ignis, et fumus, et sulphur. 
18 Et ab his tribus plagis occísa est tértia pars hóminum de igne, et de fumo, et súlphure, quæ procedébant de ore ipsórum. 
19 Potéstas enim equórum in ore eórum est, et in cáudis eórum, nam cáudæ eórum símiles serpéntibus, habéntes cápita: et in his nocent. 
20 Et cœ́teri hómines, qui non sunt occísi in his plagis, néque pœniténtiam egérunt de opéribus mánuum suárum, ut non adorárent dæmónia, et simulácra áurea, et argéntea, et ǽrea, et lapídea, et lígnea, quæ néque vidére possunt, néque audíre, néque ambuláre,
21 et non egérunt pœniténtiam ab homicídiis suis, néque a venefíciis suis, néque a fornicatióne sua, néque a furtis suis.
13 El sexto ángel tocó su trompeta: y oí una voz que provenía de los cuatro cuernos del altar de oro, que está delante de los ojos de Dios,
14 diciendo al sexto ángel, que tenía la trompeta: Suelta a los cuatro ángeles, que fueron atados en el gran río Éufrates.
15 Y fueron soltados los cuatro ángeles, los cuales habían sido preparados para la hora, y el día, y el mes, y el año, para que mataran la tercera parte de los hombres [una fecha muy precisa para que obren: hora, día, mes y año: muy precisa].
16 Y el número de ejército ecuestre era de 200 millones. Y yo escuché su número.
17 Y así miré en la visión caballos, y los que se sentaban sobre ellos, tenían corazas de fuego, y de jacinto [acero], y de azufre, y las cabezas de los caballos eran como las cabezas de los leones, y de la boca de ellos sale fuego, y humo, y azufre.
18 Y de estas tres plagas fue muerta la tercera parte de los hombres, por causa del fuego, y del humo, y del azufre, que procedían de la boca de ellos.
19 El poder de esos caballos está en la boca de ellos, y en las colas de ellos, pues las colas de ellos son semejantes a serpientes, las cuales tienen cabezas, y dañan con éstas.
20 Y los otros hombres, los que no fueron muertos por estas plagas, no hicieron penitencia por las obras de sus manos, para no adorar a los demonios, y a los simulacros-ídolos de oro, y de plata, y de bronce, y de piedra, y de madera, los cuales no pueden ver, ni oír, ni andar,
21 y no hicieron penitencia de sus homicidios, ni de sus brujerías, ni de su fornicación, ni de sus robos.
  
[3: Comentario del Padre Castellani del año 1947]
En el año 1947, el Padre Leonardo Castellani, en su obra “Los Papeles de Benjamín Benavides” (plena época del Papa Pío XII), en su parte llamada “La Gran Guerra”, su CAPÍTULO 2: LA GUERRA DE LOS CONTINENTES, nos dice [Ediciones “Dictio”, Buenos Aires, edición del año 1978, página 19 ss; nota: libro escrito en el año 1947]:
“la bomba atómica… [la Tercera Guerra Mundial:] Esa guerra es posible, más aún, probable. Está en la lógica de los hechos actuales; y lo que es peor, está anunciada en el Apokalypsis. En el último libro de la Escritura… está anunciada claramente una guerra descomunal, increíble de puro enorme, y además un período de guerras, que si no es el que estamos viviendo, yo no sé cuál puede ser… ¿no le llaman a esto la paz armada, que es lo mismo que decir guerra latente e inminente? ¿No llaman a la Guerra del 39 [a la Segunda Guerra Mundial] el segundo acto de la guerra del 14? ¿ES QUE NO HABRÁ UN TERCER ACTO? ¿YA ESTÁ DESENLAZADO EL DRAMA? Al contrario, los conflictos ideológicos –como dicen–, religiosos en realidad –y por cierto religioso-heréticos–, han quedado intactos y más fuertes que nunca… lo que está anunciado, ha de cumplirse. 
  
—¿Dónde está anunciado? —En tres lugares del Apokalypsis, el Caballo Rojo [del cap. 6, segundo sello], la Tuba Sexta [o Sexta Trompeta del Apocalipsis del cap. 9], (y) la Sexta Fiala [del cap. 16]: tres lugares paralelos clarísimos. Eso no se puede entender sino de una gran guerra, que será a la vez un período bélico, un suceso desos que mudan la historia y un castigo de Dios a la humanidad…” [2].
En esa misma obra, “Los Papeles de Benjamín Benavides”, pero en su capítulo siguiente, CAPÍTULO 3: GUERRAS Y RUMORES DE GUERRAS, el Padre Castellani nos agrega [Ediciones “Dictio”, Buenos Aires… ut supra]:
La Parusía, la Venida de Cristo, “es imprevisible y es previsible a la vez… Y si no ¿para qué… dio el Salvador sus señas y exhortó que abriésemos los ojos? De la higuera aprended un parangón; cuando veis los brotes y las hojitas tiernas, sabéis que viene el verano; así cuando veáis estas cosas, sabed que estoy a las puertas… [La Segunda Venida de Cristo:] Es imprevisible desde lejos y en cuanto al tiempo exacto; pero a medida que se aproxime se irá haciendo… inminente. Se olerá en el aire… pero no por todos ciertamente, sino por muy pocos… Nuestra época ha visto a la guerra instalarse tranquilamente “como institución permanente y normal de la sociedad humana”, como la definió el Papa Benedicto XV… y llaman a esta falsa paz con razón paz armada… El anhelo más profundo de toda la humanidad actualmente es la paz; y en ese anhelo justamente hará palanca el Anticristo… [El Anticristo] dará al mundo la paz: (pero) una paz sacrílega y embustera, durante la cual se perseguirá a sangre y fuego casi hasta la extirpación a la Iglesia de Dios, [a la Iglesia Católica]… [será] la guerra total que no perdona a nadie, ni a los civiles, ni a los ancianos, ni a las mujeres y niños… ¡La era atómica!... los hombres tienen en sus manos el medio de destruir «la tercera parte de los hombres». Y si tienen ese medio, ¿cree usted que dejarán de emplearlo?”.
[4: Comentario del Padre Castellani del año 1963]
Años después, en 1963, el Padre Leonardo Castellani, en otra obra, “El Apocalypsis de San Juan”, en el título VISIÓN QUINTA: LAS SIETE TUBAS, nos vuelve a enseñar sobre el tema [la 1.ª Edición de este libro apareció por primera vez en 1963; la presente edición es la 4.ª, Editorial Vórtice, Buenos Aires, año 1990, pág 130 ss]:
  • “La Guerra de los Continentes. Los cuatro Ángeles atados [junto al] río Éufrates… El ejército de 200 millones de hombres (veinte mil veces diez mil)… los intérpretes antiguos tuvieron este número por inconcebible; el cual se ha vuelto posible… Un ejército de 200 millones de unidades blindadas –que corresponden hoy a la caballería de la época de San Juan–, la China sola puede suministrarlo [atención: el Padre Castellani dice esto en el año 1963, ¡qué diría hoy sobre el potencial de China: 60 años después!]; [de esos 200 millones de combatientes] nada digamos si son cuatro reinos asiáticos, pongamos China, India, Persia y Rusia [sobre Persia, el actual Irán: recordemos que el libro es de 1963, y el último Sha de Persia fue derrocado en 1979 por el Ayatollah Khomeini y la Revolución Iraní, dieciséis años después de terminado este libro, con lo cual Persia se acabó como nación y comenzó a llamarse Irán]”.
  • “(…) «y vi en mi visión los caballos, los jinetes en ellos, llevando corazas color acero [color jacinto], y de fuego y de azufre. Las cabezas de los caballos como cabeza de leones, y de las bocas de ellos salía fuego, humo y azufre Y destas tres plagas fue muerto un tercio de los hombres… el poder de los caballos está en sus bocas y en sus colas, pues sus colas son como serpientes y tienen cabezas y con ellas dañan». Un hebreo del Siglo I no puede describir mejor nuestros actuales tanques de guerra, que son simplemente los carros de guerra de la caballería antigua…”.
  • “(…) [fuego y humo y azufre, y destas tres plagas fue muerto un tercio de los hombres…] Y EL RESTODE LOS HOMBRES, los que no murieron de estas plagas, NO SE ARREPINTIERON DE LAS OBRAS DE SUS MANOS para no adorar más a los demonios y a sus ídolos de oro y plata, de cobre, de piedra y de palo… y no se convirtieron de sus homicidios –incluye eso los abortos de hoy–, ni de sus drogas mágicas –ni hablemos sobre hoy en día y el mundo de las drogas–, ni de su fornicación –siguieron pecando sin problema de lujuria de todo tipo, abarca el fomentar de hoy al infinito la homosexualidad–, ni de sus robos” [¡NO SE ARREPINTIERON: qué increíble cómo somos los seres humanos, semejante castigo, semejante mortandad, y “no se arrepiniteron”, y “que siga el baile nomá!”]. [este mismo fragmento, traducido por Mons. Straubinger: “murió la tercera parte de los hombres… (pero) el resto de los hombres, los que no fueron muertos con estas plagas, no se arrepintieron de las obras de sus manos, y no cesaron de adorar a los demonios, y a los ídolos de oro y de plata y de bronce y de piedra y de madera… Ni se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías [otro drama de hoy: ¡cuánta brujería y ocultismo que hay: culto a los demonios!], ni de su fornicación, ni de sus latrocinios” [La Humanidad así de fuerte es castigada, y todo siguió o sigue igual].
Sigamos ahora con el Padre Castellani:
“Es obvio que el mundo de hoy idolatra, aunque no sobre estatuas de Júpiter, de Venus, de Buda o las horrendas máscaras del Tíbet –aunque también adoran eso muchos todavía–. Pero la mayoría adora la obra de sus manos, la Técnica, el Estado, el Dinero, la Raza o la Patria, en quienes ponen la confianza que sólo Dios merece. De donde cunden innúmeros pecados y toda clase de vicios. Dos grandes guerras no han escarmentado a esta humanidad idólatra, respetadora de los demonios; más bien parece al contrario [año 1963: otra vez, qué diría entonces hoy, el Padre Castellani, 60 años después]. [Sigue diciendo el Padre Castellani:] Y el dios de la violencia, Maozín, que, según Daniel, el Anticristo venerará, hoy día recibe el culto de los ingentes armamentos: Maozín, dios de los armamentos y municiones. ¿Será evitada la Gran Guerra Tercera –la Tercera Guerra Mundial–?... [el inglés] Roberto Hugo Benson (…) pone en su gran novela EL SEÑOR DEL MUNDO que la Gran Guerra con el Oriente será evitada justamente por el Anticristo (Juliano Felsenburgh) que por esa proeza diplomática se convierte en Presidente de Europa, y Emperador del mundo entero, menos la Argentina. Pero lo malo para esta opitimista (?) opinión es que San Juan taxativamente dice «fueron muertos un tercio de los hombres»…”.
[5: Conclusión] No nos extendemos más, la prédica está muy extensa, allí tienen material suficiente para reflexionar.
   
Este 2025 se puede cumplir la Profecía que hemos desarrollado sobre la Tercera Guerra Mundial y un tercio de los seres humanos muertos. Hoy, la Guerra de los judíos, abarca el marco geográfico que Dios nos dio para saber cómo empieza esa Guerra Mundial, el Río Éufrates; toda esa zona es un bullir de guerra y de odios. Creemos que por prudencia al menos, los padres de familia deben cuidar a sus seres queridos (esposa, hijos), y prever los alimentos y de alguna manera el agua. “Vigiláte” dice Dios en la Biblia, “vigilad, estad atentos”, para ver si tal vez este 2025 es el año de la Guerra Mundial, y poder “precaveros”. AVE MARÍA PURÍSIMA.
  
NOTAS
[1] Las profecías de la Biblia, Revelación Pública, están dadas por Dios para nuestro bien, para ayudarnos. Por eso, el católico debe estudiar las Profecías. Por eso, los sacerdotes y obispos debemos enseñar las Profecías de la Sagrada Escritura, que al ser la Revelación Pública, ellas son con la fuerza de Dios, tienen la autoridad y fuerza de Dios. -Al revés de las profecías privadas o mensajes o apariciones, o palabras del instrumento o visionario, que hay por todas partes (más en Colombia), y que no se pueden seguir salvo que tengan la aprobación de la Iglesia Católica. Y la última en ser aprobada fue las Apariciones de la Virgen de Fátima, y ya no hay más, ni habrá más, ¿por qué? Hoy ya no se dará más una aprobación oficial en estos tiempos, porque estamos en los tiempos de la falsa Iglesia Moderna del Concilio Vaticano II, y si se diera alguna “aprobación” por estos falsos papas, no tendría ningún valor.
[2] “…el Espíritu Santo por el Apóstol profetizó… un ejército envuelto en fuego, humo y azufre… con caballos que matan con la boca y con las colas, y pone la cifra exacta y enorme de 200 millones de jinetes y dice que fue muerta la tercera parte de los hombres… ésa es una guerra que aún no ha acontecido y tan enorme que hasta ahora lo comentaristas no osaban creer pudiese acontecer… Pero nuestra desdichada época ha hecho esa guerra posible y concebible: en la reciente guerra mundial han luchado cerca de 200 millones de hombres, si contamos los obreros de los arsenales, que eran verdaderos combatientes de retaguardia… el profeta habla de 200 millones de jinetes, tropas de caballería… ¿Y las tropas motorizadas? Los ejércitos modernos consisten por entero en aviones con infantería motorizada… ¿Quiere que San Juan en Patmos citara también al mariscal De Gaulle… dijera: Vi un ejército compuesto de veinte mil divisiones motorizadas… las torrecillas de los carros eran imponente, y los tripulantes estaban defendidos por blindajes maravillosos de acero… usaban pólvora… cosas que ahora no se conocen pero con el tiempo se inventarán; y tenían artillería delante y detrás…? ¿Cree usted que en el Siglo I de nuestra era se puede describir más exactamente un ejército moderno… Cómo puede describirme usted mejor, vamos a ver, en estilo escriturístico, una pieza de artillería que diciendo: Una cabeza de león, de cuya boca salen fuego, humo y azufre, que mata a los hombres?...”.