Vexílla Regis

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LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

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NO AL ABORTO. ELLOS NO TIENEN LA CULPA DE QUE NO LUCHASTEIS CONTRA VUESTRA CONCUPISCENCIA

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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No hay forma de vivir sin Dios.

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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lunes, 3 de febrero de 2025

CINCO SERMONES SOBRE LA HUMILDAD, POR MONS. FERNANDO ALTAMIRA

Sermones predicados por el Ilmo. Sr. Obispo D. Fernando Altamira, Superior de la Sociedad de Santa María, entre el viernes 25 de Diciembre de 2024, día de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo; y el domingo 2 de Febrero de 2025, fiesta de la Purificación de Nuestra Señora.
  
PRÉDICA 1: LA HUMILDAD: (Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, 25 de Diciembre de 2024).
   
   
TODO EN MARÍA y POR MARÍA. Y por las BENDITAS ALMAS del PURGATORIO
  
Queridos hijos:
Otra vez, por un nuevo año más, tenemos la alegría y el honor de poder estar festejando el “Nacimiento de Dios Nuestro Señor Jesucristo”, el nacimiento de Dios en la tierra, y hacerlo con el homenaje más digno de todos: la Santa Misa de Navidad, el Santo Sacrificio de la Misa.
  
Esta prédica será hecha, con su gracia, para recalcar, en Él, algo que queremos pedirle, y que nuestro pedido tenga más fuerza por ser el día de la Santa Navidad: Para Navidad queremos pedir la virtud tan preciosa y tan importante de la Humildad, sí, la virtud de la Humildad.
  
Demos unos conceptos: Es la virtud que nos inclina a tratarnos como merecemos; está relacionada con la templanza: ella pone en su lugar y modera la inclinación desordenada de la complacencia en uno mismo (la auto-complacencia), el tenerse por una gran cosa (cuando en realidad somos nada). La Humildad es la virtud que nos pone en nuestro lugar, que nos da el perfecto conocimiento de nosotros mismos, de nuestra miseria, de nuestros pecados e imperfecciones, de la nada que somos, y para que procuremos en nosotros un cierto ocultamiento, no el mostrarnos, no el querer relucir; San Bernardo agrega que la Humildad, con ese perfecto conocimiento de nosotros mismos, hace que nos despreciemos, que conozcamos de verdad nuestra vileza.
  
[ 1 ] Hagamos notar esta virtud y cualidad, la Humildad, en Dios Nuestro Señor Jesucristo.
  
Como nuestras vidas se debe a Él, se deben a Dios, al Niño Dios que ha nacido, y en ese deseo que tenemos (y siempre debemos tener) de ir mejorando como hijos de Dios, como católicos, para avanzar en las obras buenas, para corregir pecados y defectos: La insistencia de hoy abarcará entonces uno de los rasgos más patentes y más importantes que muestra, Dios, naciendo aquí en la tierra, en carne mortal, en un Pesebre, en nuestra naturaleza humana que asume; y ese rasgo que se nos muestra tan patente en Dios Nuestro Señor Jesucristo es lo que dijimos: LA HUMILDAD.
  • Humildad que Dios Jesucristo, el todopoderoso, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se haya querido hacer hombre, asumiendo una naturaleza creada, finita, limitada, pasible, mortal; y que ello lo haya hecho por amor a nosotros (que tanto dejamos que desear), que Él lo haya hecho para hacer la Redención, de los pecadores, de los ingratos, y así entregarse “El Inocente” por los culpables, la famosa justicia vicaria (paréntesis: justicia vicaria que hace alergia a la falsa Iglesia Moderna del Concilio).
  • Humildad que Dios Jesucristo Omnipotente, haya querido utilizar el concurso de un ser humano para su Encarnación, aunque Ella era, y es, la creatura más santa, más sublime y más hermosa de todo lo creado: La Santísima Virgen María, Madre de Dios.
  • Humildad que Jesucristo Omnipotente, haya querido ser un bebé, sujeto a todas las limitaciones y necesidades de un bebé: ¡Esto es una humildad enorme!
  • Dios debía ser amamantado por su Madre Santa, y Jesucristo Dios da de comer a todos los seres vivos del orbe y sostiene el Universo. Dios debía ser cambiado en sus pañales como todo bebe: IN-CRE-Í-BLE: Dios sujeto a eso, como todo bebé, como todo ser humano: Debería caérsenos la cara de vergüenza al ver LO HUMILDE QUE ES DIOS, y lo soberbio que somos nosotros.
  • Humildad de Jesucristo Dios Omnipotente, que siendo el dueño y creador del Universo, ni siquiera haya dispuesto nacer en una casa o en un hospital, sino que el Creador nace en un lugar para animales, en un Pesebre, ninguno de nosotros (que somos nada) ha nacido en un lugar para animales, y Dios sí.
  • Humildad de Dios Jesucristo, que viene al mundo, que ocurre en el mundo el evento más importante, después de su Sacrificio en la Cruz, nacer en la tierra el Creador, “y el mundo dormía, y nadie sabía”: Dios naciendo en la tierra, y nadie sabía.
Serían interminables los actos de humildad para enumerar en Dios Nuestro Señor Jesucristo, pero sólo terminamos saltando en el tiempo 33 años y recalcamos, no ya del nacimiento, pero el acto más importante de todos: Su Sacrificio de la Cruz, la Redención y la Propiciación de nosotros los pecadores.
  
[ 2 ] Y como hay tanta humildad en Dios, y tanta soberbia en nosotros, queríamos transmitirles del libro de la Humildad que editamos, algunos conceptos de su autor, jesuita grande, jesuita verdadero: El Padre Alonso Rodríguez de Valladolid († 1616). Y lo hacemos pidiendo al Niño Dios, desde su cuna en el Pesebre, que nos alcance, como una gracia especial de esta Navidad y durante todo el 2025 y el resto de nuestras vidas, el ser humildes, el crecer siempre en la Humildad. Veamos, entonces como un segundo punto, algunas enseñanzas sobre la Humildad:
  
El Padre Alonso Rodríguez pone, como título de su Capítulo XXXIX, algo que ya “de primeras” es una enseñanza: Cuánto importa acogernos a la Humildad para suplir con ella lo que nos falta de virtud y de santidad (él usa la palabra perfección: que en los temas espirituales significa santidad). Y agrega en el mismo título: Y cuánto importa acogernos a la Humildad para que Dios no nos castigue, ni nos humille; este segundo punto —importantísimo— es muy ignorado por nosotros los católicos, y debemos ver —ojalá con las enseñanzas que siguen— la profundidad y la gravedad de lo que acabamos de decir: Dios castiga al que no es humilde. Veamos:
  • San Bernardo dice que es muy necio el que no confía sino en la Humildad, pues todos hemos pecado y ofendido a Dios en muchas cosas, y así sólo tenemos derecho a ser castigados por Él. En nuestro juicio particular no podemos, o no podremos, responder a uno solo de los mil cargos en nuestra contra, pues entonces qué nos resta y qué otro remedio nos queda sino acogernos a la Humildad, y suplir con ella todo lo que nos falta ante Dios. Lo que nos falta de buena conciencia, suplidlo con Humildad; lo que nos falta de fervor, suplidlo con la Humildad y con una Confesión pura de nuestros pecados.
  • Consideremos cuán poco nos pide Nuestro Señor y con cuán poco se contenta, pues nos pide, en concordancia con lo que realmente somos, que nos conozcamos a nosotros mismos y nos humillemos, que seamos humildes, pues tenemos harta materia para esto en lo que somos y cargamos dentro: “Dentro de vosotros, tenéis vuestra humillación” (Miqueas 6,14). Tal vez otras cosas no podamos, ¿pero puede uno excusarse que no tiene salud ni fuerzas ni talento para ser humilde? Suplamos con humillación y humildad lo que nos falta de santidad, y Dios se moverá a misericordia sobre nosotros [1].
Humillémonos nosotros mismos, antes de que nos humille Dios, que es cosa que Él suele hacer muy comúnmente con los soberbios, si queréis que Dios no os humille, humillaos vosotros mismos.
  • SAN GREGORIO dice: ¿Sabéis cuánto aborrece Dios la soberbia?, Él en primer lugar, por la soberbia que cargáis, permite que caigáis en pecados veniales y en muchas faltas pequeñas, para enseñarnos con esto que ni de los pecados y tentaciones pequeñas podemos guardarnos, sino que cada día tropezamos en ellos (ni pensar entonces cómo haremos con los pecados graves). Estemos así ciertos de que no tenemos fuerzas para evitar cosas mayores, por eso no nos ensoberbezcamos ni nos atribuyamos grandes cosas, sino que siempre andemos con humildad y temor [2].
  • SAN AGUSTÍN y SAN JERÓNIMO dicen que: Para domar la soberbia de los hombres y humillarlos, Dios creó animalejos o insectos y gusanos viles o parásitos que padecemos, y a los mismos egipcios soberbios Dios los humilló no con grandes animales sino con moscas, mosquitos o zancudos y ranas. Por eso, para que andemos humildes Dios o permite que seamos molestados por esos insectos o gusanos tan pequeños.
Pero atención con lo que sigue en la enseñanza de estos dos santos:
Para que andemos humildes, nuevamente, Dios permite que caigamos en pecados veniales (ojo Él nos deje solos y caigamos en los mortales) y Él permite que nos hagan guerra tentaciones (y qué sería si nos viniera una gran tentación). Por eso es que tenemos que sacar de estas cosas más humildad, el ser más humildes, y sería gran fruto que de estas cosas pudiéramos sacar ese fruto [3].
MAYOR ATENCIÓN AUN a lo que sigue en la enseñanza del Padre Rodríguez:
Pero si las anteriores cosas pequeñas no bastan para que seáis humildes, entended bien: Dios pasará adelante, y muy a costa vuestra, como Él lo suele hacer. Pues como Él aborrece tanto la soberbia, si no escarmentáis con lo pequeño, dicen los santos que por justo y secretísimo juicio de Él, Dios permite que uno caiga en pecados mortales para que se humille y sea humilde, e inclusive no en cualquier tipo de pecados mortales sino en los pecados carnales, que son más afrentosos y feos.
  
Dicen los santos: La soberbia secreta se castiga con manifiesta o notoria lujuria, peor así, porque otros sabrán y conocerán la lujuria en que caeréis. Y ponen el ejemplo dado por San Pablo (Romanos 1,24ss) de esos filósofos que, por soberbios, los entregó Dios a pecados nefandos y feísimos:
“25 tradúntur in própria desidéria: se entregaron a sus propios deseos, 26 trádidit Deus illos in passiónes ignomíniæ: Dios los entregó a pasiones de ignominia. Nam fœ́minæ eórum immutavérunt naturálem usum in eum usum qui est contra natúram: Pues sus mujeres cambiaron el uso natural por aquel uso que es contra naturaleza (eso es la peor denigración de la mujer). 27 Simíliter áutem et másculi, relícto naturáli usu fœ́minæ: Igualmente los hombres, abandonado el uso natural de la mujer... másculi in másculos turpitúdinem operántes: hombres con hombres haciendo cosas impuras-infames (la homosexualidad de la época y ni hablemos hoy; miren los castigos que vale y produce el ser soberbio: caer en ese horror)”; 
lo anterior fue la traducción de la Vulgata en latín, y este mismo pasaje en la traducción de Mons. Straubinger desde el griego dice así:
24 Por lo cual (por la soberbia) los entregó Dios a la inmundicia en las concupiscencias de su corazón, de modo que entre ellos afrentasen sus propios cuerpos... 26 Por eso los entregó Dios a pasiones vergonzosas, pues hasta sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza. 27 E igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrazaron en mutua concupiscencia, cometiendo cosas ignominiosas varones con varones, y recibiendo en sí mismos la paga merecida de sus extravíos. ...28 Dios los entregó a una mente depravada para hacer lo indebido...
Sigue diciendo ahora el Padre Rodríguez: pecados nefandos que Dios permitió por su soberbia y para que quedasen humillados, viéndose hechos bestias... ¿quién no temblará de este castigo tan grande, que ninguno hay ya mayor sino el Infierno? [4].
   
SAN GREGORIO pregunta, a propósito del pecado de David, por qué Dios, a los que Él ha escogido y predestinado para la vida eterna, y encumbrado con grandes dones suyos, permite algunas veces caer en pecados, y en pecados carnales y feos, y responde que:
La razón de esto es, porque algunas veces los que han recibido grandes dones caen en la soberbia, la cual a veces tienen tan entrañada dentro de sus corazones que ni ellos mismos lo entienden ni perciben, sino que estando con agrado de sí mismos y confiados en sí mismos, piensan que lo están de Dios.
  
Como le aconteció al Apóstol San Pedro, pues a él no le parecía que fuese soberbia las palabras que dijo “aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré de ti”, sino que él pensaba que eso era gran fortaleza de ánimo y grande amor a su Maestro.
  
Pues bien, para curar tales soberbias, tan secretas y disfrazadas, en las cuales uno ya está caído y no lo conoce, permite Dios que esas almas caigan en tales pecados exteriores y manifiestos y feos y deshonestos, porque esos pecados se conocen mejor y se ven más, y así esas almas vienen a ver que tenían también otro mal, el cual era secreta soberbia y que no la veían, y si no la solucionaban tal vez se hubieran condenado, y con una caída de esas manifiestas o pecados abiertos y públicos, se humillan ante Dios, y hacen penitencia de una y otra cosa, y logran el remedio para ambos males. Como San Pedro, que por esa caída exterior y manifiesta vino a conocer la soberbia oculta que tenía y a hacer penitencia y llorar por ambos pecados, y por eso le fue provechosa dicha caída o traición a Cristo.
  
Y lo mismo ocurrió con David, el cual dice: Señor, caro me costó, y lo confieso, pero bueno ha sido para mi el ser humillado (y lo fue públicamente ante todo el pueblo judío), para que yo aprenda cómo os tengo que servir de aquí en adelante, y que igualmente aprenda que tengo que desconfiar de mí; Ps. 118,71 “bonum mihi, quía humiliásti me, ut discam justificatiónes tuas”.
  
Por eso, Dios para sanar algunas almas altivas, las deja caer en culpas graves y exteriores, para que se conozcan y se humillen, y con el abatimiento de fuera, se curen de lo malo que tenían dentro.
La última enseñanza de hoy del Padre Rodríguez:
Oyendo estas cosas, tendríamos que tener temor, éstos son los grandes castigos de Dios, pero hay que saber que Dios no usa de estos castigos tan rigurosos, sino después de haber usado de otros medios más fáciles y suaves, después de haber usado medicinas y remedios más blandos para que tengamos humildad; a veces usa de enfermedades, otras de contradicciones y murmuraciones que debemos padecer, otras de la deshonra, y que a uno le bajen el copete, o pérdidas en sus bienes.
   
Y cuando lo anterior no basta, pasa a cosas espirituales, primero suaves y pequeñas, después permitiendo tentaciones fuertes y graves, y permite que tales tentaciones nos pongan pendiente de un hilo, y el riesgo grande de caer en pecados graves, y que uno vea que esas tentaciones no las puede vencer por sí mismo, y que entienda su flaqueza y la necesidad de que Dios le ayude, y desconfiando en sí venga a la Humildad.
  
Y cuando lo anterior tampoco basta, viene el castigo de ser dejado solo y caer en pecado mortal, vencido por la tentación.
  
Castigadme, Señor, con castigo de padre; curad mi soberbia con trabajos, enfermedades, deshonras y afrentas, y con cuantas humillaciones fuéredes servido, y no permitáis que yo caiga en pecado mortal.
   
[ 3 ] El punto tres: Palabras Finales:
  • -Queridos hijos (y esto vale para todos nosotros, nos incluimos): Con todas estas cosas esperemos se verá bien claramente cuánto importa el ser humildes.
  • -Quiera el Niño Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, darnos esta gracia tan hermosa de tener la Humildad, gracia pedida hoy en el día de su Nacimiento, Navidad, Él que desde su Concepción no ha hecho más que mostrarnos ejemplos de Humildad, frente a toda esta soberbia insoportable que cargamos; ojalá nos dé esa gracia de la Humildad.
Con el favor del Niño Dios, continuaremos enseñándoles estos temas en la siguiente prédica.
  
AVE MARÍA PURÍSIMA.
  
NOTAS
[1] Si uno es pobre, por lo menos sea humilde, porque ser pobre y soberbio ofende mucho a Dios; en Eclesiástico 25 se nos enseña que de tres cosas abomina Dios y la primera es ser pobre y soberbio.
[2] La nota 5 de San Gregorio sobre este tema es muy interesante, páginas 221 y 222 de nuestra edición: Plérumque Omnípotens Dóminus rectórum mentes quámvis majóri ex parte pérficit, imperféctas tamen in alíquibus esse pérmittit; ut licet miris virtútibus rútilent, imperfectiónes suæ tǽdio tabéscant; et de magnis se non extóllant, dum adhuc contra mínima inniténtes, laberéntur. Dénique cum extréma víncere non váleant, de præcípuis áctibus supérbire non áudeant.
[3] También en nuestra vida, cosas de poca monta nos dejan con inquietud y desasosiego para ser humillados y humildes, una palabrita que nos dijeron o el modo como nos la dijeron, o porque no hicieron caso, o un mosquito que nos molesta o inquieta en nuestra nada y pobre condición de seres mortales e imperfectos, ¿qué sería entonces si Dios soltara un tigre o un león cuando un mosquito así nos conturba y seguimos siendo soberbios?; ¿y qué sería si se nos viniera una gran tentación?
[4] Cuando Dios nos hace misericordia, unas veces es la pequeña misericordia que nos socorre las necesidades o miserias temporales, y cuando nos hace la gran misericordia socorre las grandes miserias que son las espirituales, las del alma. El Rey David cuando se sintió desamparado de Dios por el adulterio y homicidio que cometió, pidió a voces a Dios ayuda según su gran misericordia: (Ps 50,3) Misérere mei Deus secúndum magnam misericórdiam tuam. -De igual manera se habla de una ira pequeña de Dios y de una ira magna. La ira pequeña se da cuando Él castiga aquí en la tierra y en lo temporal, con adversidades, con pérdida de bienes materiales, de honra, pérdida de salud, y otras cosas semejantes que tocan sólo al cuerpo. La ira grande o magna llega en su castigo al interior del alma, como cuando dice Jeremías “el cuchillo llegó hasta el corazón, pervénit gládius úsque ad ánimam, hasta el alma (Jeremías 4,10); Zacarías dice de Dios: Yo me airaré con ira grande contra las gentes soberbias (Zacarías 1, ¿45? o creo que es ¿15?). Cuando Dios desampara a uno y le deja caer en pecados mortales, es ira grande, heridas no de Padre, sino de justo y riguroso Juez. Proverbios 22,14: Hoyo muy profundo es la mala mujer, y aquel con quien Dios estuviere airado caerá en él: Fóvea profúnda os aliénæ, cui irátus est Dóminus, íncidet in eam. -“Es tan mala cosa la soberbia y aborrécela Dios tanto, que dicen LOS SANTOS que algunas veces le es provechoso al soberbio que le castigue Dios con este castigo para que con eso sane de la soberbia que tiene. ASÍ LO DICE SAN AGUSTÍN: Atrévome a decir que le es útil y provechoso a los soberbios que les deje Dios caer en algún pecado exterior (“apértum: abierto”) y manifiesto, para que ellos se conozcan a sí mismos, y comiencen a humillarse y desconfiar de sí, los que por estar muy contentos y pagados de sí, ya interiormente habían caído por soberbia, aunque no lo habían sentido”, conforme a aquello de Proverbios 16, 18: “Contritiónem præcédit supérbia, et ante ruínam exaltátur spíritus: La soberbia precede a la contrición-arrepentimiento, y nuestro espíritu es elevado frente a la ruina. La cita de San Agustín dice en latín: “Áudeo dícere, supérbis esse útile cadére in áliquod apértum maniféstumque peccátum, unde sibi displíceant, qui jam sibi placéndo cecíderant”.

PRÉDICA 2: FUNDAMENTO Y EXCELENCIA DE LA HUMILDAD (Miércoles 1 de Enero de 2025, Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo y Octava de la Natividad):

  
TODO EN MARÍA y POR MARÍA. Y por las BENDITAS ALMAS del PURGATORIO

Queridos hijos: 
 
Hoy es Primero de Enero, Año Nuevo: Es LA OCTAVA DE NAVIDAD, y por eso es Misa de Guarda o de Precepto. En la Liturgia de la Santa Iglesia Católica, la octava de una fiesta es festejar nuevamente dicha fiesta, entonces hoy, 1° de enero, de este nuevo año 2025, estamos festejando nuevamente la Navidad, el Santo Día del Nacimiento de Dios sobre la tierra. Y habíamos anunciado que seguiríamos predicando sobre la Humildad.

Haciendo un paréntesis, y como reza el dicho: “Año Nuevo, vida nueva”, digamos dos palabras de ello. “Año Nuevo, vida nueva”, debemos buscar en este nuevo año “una vida nueva”, sí, pero vida nueva para Dios Nuestro Señor Jesucristo y para su Catolicismo, no para la bobada del mundo, no para la vida mundana. Por eso, hagan sus propósitos, deben hacer sus “propósitos”, para este nuevo año que empieza, “para que empiece para Dios”, porque pasan los años, “se nos pasa la vida”, y no hacemos los cambios que estamos necesitando ante Dios; escriban unos tres propósitos para cambiar (se los preguntaremos en las Confesiones), cosas que debo cambiar, cosas que debo mejorar, pecados que debo dejar de hacer, acciones buenas que no hice y debo hacer.
   
EL COMIENZO DE UN AÑO es el momento para tomar resoluciones y propósitos de vida, sobre “cosas que TODAVÍA LE ESTOY DEBIENDO A DIOS, sobre cosas que no hago y debería hacer para Él”.
  
[1] Ahora vamos al tema: Hace ocho días, en Navidad, les predicamos sobre la Humildad, esa virtud tan importante, que en nadie –por supuesto– brilló como en Dios Nuestro Señor, y que está tan ausente en nosotros, y por eso somos pecadores, porque el pecador es soberbio, porque pecado es hacer mi voluntad y no la de Dios, y eso es soberbia, el pecado es soberbia: mi voluntad y no la de Dios.
   
En cuanto a la Humildad, ese día de Navidad, insistimos en la Humildad que tiene Dios, y cómo nos falta a nosotros. Pero lo interesante es que, ese mismo día, insistimos en algo que NO ES TAN CONOCIDO entre nosotros los católicos, o que directamente es “desconocido” por nosotros: Los castigos PROGRESIVOS que Dios va infligiendo a los que no son humildes, los castigos progresivos que Dios va infligiendo a los que son soberbios, y esos castigos van de menor a mayor, y pueden terminar en la Condenación Eterna.

En esa progresión o aumento de gravedad de los castigos que Dios aplica a los que son soberbios, de menor a mayor, tenemos que:
  • Primero Él comienza castigándolos haciendo que nos vengan enfermedades, muchos trabajos, hasta insectos que nos molestan o con gusanos y parásitos que padecemos; después humillaciones, tribulaciones, sequedades, contrariedades (“no nos salen nuestros planes), deshonras; también insultos y daños o malos tratamientos de nuestros prójimos, sus murmuraciones en nuestra contra (atención: cuando ocurren esas cosas, Dios no quiere el pecado que hace el prójimo –y sí que es pecado de ellos y también recibirán castigo–; pero si bien Dios no quiere el pecado que ellos comenten, sí quiere muchas veces la tribulación o cruz que nos llega con ello, porque la merecemos por soberbia, y es para nuestra corrección).
  • En segundo lugar, si seguimos siendo soberbios, Él, dejados a nosotros mismos, permite que caigamos en muchos pecados veniales, para que veamos que no somos capaces de mantenernos por nosotros mismos ni siquiera en cosas pequeñas sin pecar,y permite que sintamos tentaciones, y a veces fuertes tentaciones, tentaciones que no se nos van, que no desaparecen, que persisten, y que nos hacen pender de un hilo con el pecado mortal.
  • Y en tercer lugar, si todavía seguimos siendo soberbios, abandonados de Dios, Él permite que caigamos en pecados mortales, para que sepamos lo que somos, y no en cualquier tipo de pecado mortal, sino muchas veces en pecados vergonzosos de lujuria, y pecados manifiestos y externos, para que los demás lo sepan, y sea más patente lo que somos. El Padre Alonso Rodríguez ponía como ejemplo el adulterio y homicidio que cometió el Rey David (aunque él después fue santo). 
  • Pero, peor aun, y qué horror, el Padre Rodríguez advierte que por soberbia, si ello sigue, se termina cayendo incluso en los pecados de la homosexualidad, y pone como ejemplo lo que dice San Pablo en su Carta a los Romanos (su capítulo primero) donde se habla de dicho pecado antinatural. Y con estos pecados viene el riesgo de la Condenación Eterna.
  
Por eso: TENEMOS QUE SER HUMILDES.
[2] Para seguir avanzando en las enseñanzas sobre la Humildad [1], consideremos ahora el fundamento de ella. El fundamento de la Humildad es la Verdad y la Justicia.
  1. La Verdad: Ella nos muestra y hace que realmente sepamos lo que somos: Todo lo bueno que hay en nosotros es de Dios, todo lo bueno es dado por Él, sean los dones de la gracia o sobrenaturales (“todo es gracia”), sean los dones naturales (la vida, la salud, el poder trabajar, moverse, poder comer, que nuestro cuerpo esté sano).
      
    Pero, esto hay que saberlo, todo lo malo que hay en nosotros, pecados, imperfecciones, defectos, eso sí es propiedad exclusiva nuestra, eso es propiedad del ser humano. Lo bueno es de Dios (si tenemos algo bueno es don dado por Dios), y lo malo es lo exclusivo de nosotros.
  2. La Justicia: Ella hace que nos tratemos a nosotros mismos según eso que conocemos y que realmente somos: el ser humano es pecado. Por eso toda la honra, todo el honor, sólo deben ser para Dios, y el que quiere honra y honor para sí mismo, le está quitando, y hasta robando, la honra a Dios, la cual sólo a Él pertenece, y por querer la honra para uno y no para Dios (por no remitirla a Dios) muchas veces se reciben castigos.
      
    Hemos tenido el pecado original, hemos agregado muchísimos pecados actuales que cada uno hace, y nos quedarán hasta la muerte mil malas inclinaciones y malos impulsos, de allí que para ser humildes hemos de aceptar los castigos que nos vienen por todas estas cosas: Sean enfermedades, trabajos, contrariedades (no nos salen las cosas), persecuciones, menosprecios, tribulaciones, humillaciones, reprensiones, que murmuren contra nosotros; hemos de saber que llevamos dentro el germen de todos los pecados, la posibilidad de cometer cualquier pecado, sin límite alguno, cualquier aberración: entonces tenemos que ser humildes; también como castigo de nuestra soberbia o pecado hemos de recibir sequedades, desalientos, sentir desolaciones, soledad, abandono, sentir que Dios nos rechaza.
      
    Y escuchen esto que es muy importante: Cuando todo esto nos esté ocurriendo, dice el Padre Jean Olier (+1657), y tantos otros, debemos ponernos de parte de Dios, sí: debemos ponernos de parte de Dios, y no de parte nuestra, sino en contra de nosotros, sabiendo que todo lo merecemos, sabiendo que todo lo merecemos, y mucho más en realidad de lo que nos ocurre, porque la majestad de Dios que ofendemos con cualquier pecado (incluso venial), una majestad infinita, hace que merezcamos todo, todo lo que nos ocurre aquí en la tierra es justo y merecido;y en esos momentos que sufrimos algo debemos decirnos: “está bien lo que estoy padeciendo, lo que me está pasando, lo merezco, y siempre lo mereceré, Dios tiene razón en hacer o permitir esas cosas por mis pecados ya cometidos y por mi soberbia”; y tengamos mucho cuidado de rebelarnos contra Dios, porque el más mínimo pecado venial merece todo castigo, y si nos rebelamos puede ser gravísimo y hasta una blasfemia, y contra Dios nadie puede, y nos va a ir mal, y para Condenación Eterna.
   
[3] Veamos ahora la excelencia de la Humildad:
  1. La Humildad nos somete a Dios, nos somete a la Voluntad de Dios y todo lo que nos ocurra, aceptándolo, siempre aceptando. 
  2. La Humildad nos abre los tesoros de la gracia de Dios, pues hace que Dios nunca vaya a abandonarnos y con eso aseguramos el poder salvarnos, “Deus supérbis resístit, humílibus áutem dat grátiam: Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes” (I Pedro 5,5). 
  3. El humilde vuelve a Dios toda la gloria, como debe, y jamás roba o se apropia para sí la gloria, que es sólo de Dios, “glóriam meam álteri non dabo: no daré mi gloria a otro” (II Cor 10,5).
  4. La Humildad es el fundamento para todas las otras virtudes, porque no puede haber virtud si no hay antes humildad; 
    • La soberbia es un obstáculo para nuestra Fe y la daña; la humildad hace la Fe más firme “abscondísti hæc a sapiéntibus et revelásti ea párvulis: escondiste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeños”, y la Fe recíprocamente hace crecer la Humildad porque nos muestra realmente lo que las cosas son y lo que nosotros somos; 
    • La soberbia daña la Esperanza, porque hace confiar en sí mismo, en la bobada de “nuestras fuerzas” y en “lo que podemos”; el humilde hace crecer la Esperanza porque no la pone en sí sino en Dios y desconfía de sí mismo, y la Esperanza recíprocamente hace crecer la Humildad con una mayor conciencia frente a nuestra miseria, y conciencia de que los bienes sobrenaturales son tan por encima de nosotros, que sólo apoyándonos en Dios y en lo que Él nos da podemos alcanzarlos y salvarnos; 
    • La Caridad o Amor hacia Dios tiene como enemigo el amor a sí mismo, la soberbia, el orgullo; y la humildad, el propio desasimiento y la abnegación de uno mismo, hace crecer el amor a Dios y decrecer el amor propio; 
    • Y para ejercer la Caridad al prójimo nada como la humildad, la cual nos evita el desprecio hacia el prójimo (gravísimo) y el sentirnos mejores que él, y nos mueve a ser compasivos con sus miserias; 
    • Tener fortaleza hasta dar la vida por Dios si es necesario: sólo la tendrán los humildes, porque el ser humano es miserable, débil y traidor, el que cree poder ser fuerte solo (por sus fuerzas) casi que sin duda traicionará a Dios (miren San Pedro); mas si tenemos conciencia de nuestra nada y de que seguro que solos lo traicionamos a Dios, Él, por ser humildes, nos sostendrá y nos dará fortaleza, y sólo así con su gracia seremos capaces de dar la vida por Cristo (en ese trance de ser matados, asesinados, por ser católicos, debemos –tal vez– hacer una especie bloqueo mental entre uno y Dios, y olvidarse del resto,y decir interiormente: Dios mío, no me dejes traicionarte, Dios no me dejes traicionarte, Dios no me dejes traicionarte: y así por humildes creo que Él nos dará la gracia de morir por nuestra Religión);
    • La pureza y la castidad: el que no es humilde no podrá mantener la pureza y la castidad; y ya lo saben, el soberbio termina cayendo en los pecados contra la pureza, para guardar la castidad hay que ser humilde.
  
[4] A modo de conclusión: “Año Nuevo, vida nueva”:
  • ¡Las cosas que espera el Niño Dios de nosotros, las cosas que espera Dios Nuestro Señor Jesucristo!; ¡los cambios que debemos hacer en nuestras vidas!, ¡los cambios que tenemos que hacer en nuestras vidas y entre ellos sin duda la Humildad!; y cambiemos de una vez, cambiemos de una vez en nuestro mal obrar, en nuestros defectos, en nuestros pecados!, 
  • Hagan sus propósitos; y tengamos en cuenta cuánto espera Dios de nosotros, de nuestras vidas; empieza un nuevo año, ello tiene que llenarnos de esperanzas y de deseos de mejorar… para Dios, ¡para intentar ser buenos católicos y buenos hijos de Dios!
  
Las palabras finales serán una poesía de la amada, amadísima y catoliquísima que fue la Madre Patria, España, de su Siglo de Oro, cuando ella nos hizo: el glorioso Siglo XVI de España; y es una poesía de un alma consagrada, Fray Pedro de los Reyes, la cual ya hemos usado otras veces, y que muestra lo que el Niño Dios espera de nosotros: Santidad, y algo que podemos usar como sinónimo: Humildad.
  
Dicha poesía se llama “Yo para qué nací”, tiene 10 estrofas; usamos sólo las dos primeras que dicen así [2]:
Yo, ¿para qué nací? Para salvarme.
Que tengo que morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme
triste cosa será, pero posible.
   
Posible, ¿y río, y duermo, y quiero holgarme?
Posible, ¿y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago, en qué me ocupo, en qué me encanto?
¡Loco debo de estar, pues no soy santo!
Locos debemos de ser, hijos, pues no somos santos, siendo tanto lo que está en juego, siendo tanto lo que espera Dios de nosotros.
  
El Niño Dios nos dé la Humildad, para poder llegar a la Santidad.
  
AVE MARÍA PURÍSIMA.
  
NOTAS
[1] Utilizamos resúmenes del libro “Compendio de Teología Ascética y Mística”, del Padre Adolfo Tanquerey, edición en español, Año 1930, impreso por la Sociedad de Juan Evangelista, Desclee & Cía, Tournai (Bélgica): Apartado “II De la Humildad”, en el número 1127 y siguientes.
[2] Se encuentra en las páginas 221/222/223 de nuestro “Devocionario Católico”, en su nuestra última edición.

PRÉDICA 3: PRÁCTICA DE LA HUMILDAD (Domingo 5 de Enero de 2025, Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús):
  
   
TODO EN MARÍA y POR MARÍA. Y por las BENDITAS ALMAS del PURGATORIO

Queridos hijos: 
 
Hoy es la Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús, no hay otro nombre, el único, por el cual podamos ser salvos, sólo Dios Nuestro Señor Jesucristo.
   
Anunciamos que queríamos avanzar en una tercera prédica sobre “La Humildad”, y queremos centrarnos en “La práctica de la Humildad”. Dediquemos las enseñanzas que podamos dar, y los dones o gracias de Dios que podamos recibir, en honor del Santísimo Nombre de Jesús, y deseando en este Año 2025, que recién comienza, el poder ser buenos hijos de Dios, poder ser buenos católicos, “hacer honor al Santo Nombre de Jesús”.
   
La práctica de la Humildad puede ser dividida en tres: “La Imitación de Dios Nuestro Señor Jesucristo”, esta prédica será toda para la imitación de Cristo, imitarlo en su Humildad; y quedarían pendientes para otra vez la lucha contra la soberbia, y el hacer actos de ejercicio de Humildad [1]
   
[1] Sabemos que nadie tan humilde como Dios Nuestro Señor Jesucristo. Hemos de procurar poner dentro de nosotros los mismos sentimientos de Humildad que tuvo Cristo Jesús: “Hoc enim sentíte in vobis quod et in Christo Jesu; qui, cum in forma Dei esset... exinánivit semetípsum: Esto sentid en vosotros, lo que en Cristo Jesús, el cual, aunque estuviese en la forma-naturaleza de Dios... se anonadó a sí mismo (tomando la forma de esclavo: la naturaleza humana; Filipenses 2,5-7)”.
Veamos los ejemplos de Él, en su vida oculta, en su vida pública, en sus sufrimientos y Pasión, y en el Sacramento de la Santa Comunión.
   
[2] Durante su vida oculta.
(1) Antes de nacer, veamos algunos de sus tantos actos de Humildad:
-(1) Se anonadó, siendo Dios, y siendo por quien subsisten la tierra y el orbe, para encerrarse por 9 meses en el vientre virginal de María, cubriendo y ocultando sus atributos de Dios, y permaneciendo en la misma situación de dependencia y fragilidad de los bebés en gestación, de los niños por nacer; pero el gran detalle es que era (y es) Dios y aceptó este estado de niño en el vientre de su madre.
-(2) Quiso cumplir con un edicto del César Romano para empadronarse en Belén, y debió ser sometida su Madre Santísima a un viaje en pleno embarazo y en tiempo cercano al alumbramiento. Cuando llegan a Belén, han de soportar el no tener fonda donde alojarse y sufrir esta escasez o necesidad, hasta
desprecios en Belén para su Madre y para San José, “non erat eis locus in diversório: no había lugar para ellos en el hostal (San Lucas 2,7)”; y era Dios el que padecía estas cosas junto con sus padres.
-(3) Un punto que a uno lo deja fuera de sí: EL MUNDO ENTERO DUERME mientras nacía Dios en la tierra, y en especial la ignorancia de su nacimiento por parte de su pueblo: “in própria venit, et sui non recepérunt: vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (San Juan 1,11)”; después de la Redención, el evento más impresionante de la Humanidad, el nacimiento de Dios en la tierra, que hasta el día de hoy –aunque rechinen de odio sus enemigos– ha dividido el tiempo en dos, antes de Cristo y después de Cristo; y ante un evento así, tan único e impresionante, el mundo entero dormía, estaba naciendo Dios y nadie sabía, la Humildad de Dios y la soberbia de nosotros los hombres.
   
-(2) En su nacimiento y después de él:
-(1) El Creador del Universo en su nacimiento -ya lo dijimos- mostró una gran Humildad, presentándose como un niño, pobre, fajado con pañales (¡el Creador del Universo fajado con pañales!), recostado en un lugar para animales: en un Pesebre (¡el Creador del Universo naciendo en un lugar para animales!; ¡ninguno de nosotros, hombres pecadores, ha nacido en un lugar así!), “inveniétis infántem, pannis involútum, pósitum in presépio: encontraréis al Niño, envuelto en pañales, y puesto en un pesebre (San Lucas 2,12); y ese Niño es Dios, y así se presenta, y así nace al mundo.
-(2) Ser circuncidado, la fiesta de hoy y de la Octava de Navidad: Cortan su carne y su sangre es derramada por primera vez en esta tierra, preludio de su futuro sacrificio en la Cruz; y siendo Dios, obviamente que Él no estaba obligado a este rito religioso; pero nos enseña, nos enseña, OBEDIENCIA, OBEDIENCIA, a Dios y a todo superior o autoridad: OBEDIENCIA, OBEDIENCIA, Humildad, Humildad [2]

-(3) En su vida oculta de Nazareth:
-(A) Dios ha nacido al mundo, “el Creador pisa y vive en esta tierra caduca”, y queda oculto e ignorado, ¡durante 30 años, durante 30 años: vive 33 en esta tierra y de ellos 30 es un total desconocido! Pasa su tiempo, como merecían, para estar, durante 30 años, solamente con las personas más santas que ha habido en esta tierra, su Santísima Madre y San José.
(B) ¿Y qué hacía? Pues hacía lo que toca, o debería tocar, a cualquier de nosotros:
  • (a) Ayudando a su padre adoptivo, San José, en las tareas de su oficio, haciendo oficio de carpintero: Cortando madera, lijando, poniendo clavos, armando muebles: Dios era conocido sólo como un carpintero, o como el hijo de un carpintero; qué Humildad de quien es el Creador.
  • (b) Y ayudando a María Santísima, su Madre, en las pequeñas tareas del hogar: Limpiar, poner la mesa, ayudar a lavar los platos: ¡y Él es Dios!).
  • (c) El Amo del Universo obedeciendo a dos criaturas: OBEDIENCIA, OBEDIENCIA, Humildad, Humildad; y nosotros somos unos espantosos desobedientes; y Él, Dios, sí que era obediente, obediente a José y a María: “et erat súbditus illis: y les estaba sometido (San Lucas 2,51)”.
(C) Y quien hace todo esto es Dios, no un hombre cualquiera, cuando podía tener un batallón de ángeles que hicieran todo para Él, para su Mamá, para San José.
   
Bossuet († 1704), y todos los autores espirituales dicen: “¡Soberbia humana ven a morirte de vergüenza ante este espectáculo; se nos tendría que caer la cara de vergüenza ante lo que es Dios de humilde y lo que somos nosotros de soberbios!”; y seguimos con nuestra soberbia, y seguimos con nuestra soberbia: qué problema el ser humano.
  
[3] En su vida pública. Allí practicó cuanto pudo, por Humildad, todo el anonadamiento y olvido de sí (abnegación), mas según se lo permitía el ejercicio de su misión y sin daño de ella; cuando uno tiene una misión pública debe a veces exigir y realizar ciertas cosas “renombradas”.
-(1) Nuestro Señor es Dios; y así Él debía proclamar con palabras y con obras que Él era Dios, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, y que Él era el Mesías. Lo manifestó lo suficiente para que los hombres de buena voluntad pudieran entenderlo, pero no lo hizo con toda la majestad y gloria que podía hacerlo y esto también tuvo Humildad. Esa majestad y gloria sí que serán manifestadas, pero en su Segunda Venida, la cual deseamos que este Niño Dios nos la otorgue próximamente.
-(2) Vemos en su vida pública Humildad por todas partes. Se rodeó de apóstoles poco instruidos, de pescadores, de un publicano. Mostró preferencia por aquellos que son despreciados por el mundo, por los pobres, por los pecadores, por los afligidos, por los niños. Vivió de limosnas, siendo el dueño de todo, y no tuvo casa propia, quien poseía el Universo entero; qué nos quería enseñar con todo esto: Humildad, Humildad. 
-(3) (a) Hizo muchísimos milagros, mas ellos no eran su herramienta principal. (b) Se presenta a las multitudes con austeridad, sin afectación; haciendo, viviendo y hasta comiendo lo que hace todo el mundo. (c) Huye de toda popularidad y no teme desagradar a otros si es preciso para la Verdad, incluso a sus propios discípulos: “durus est hic sermo: dura es esta palabra (San Juan 6,61)”. (d) Habla para enseñar la Verdad, la Doctrina Católica, la doctrina de su Padre. (e) No busca su gloria sino la de su Padre: “Ego... non quǽro glóriam meam: Yo no busco mi gloria (San Juan 8,50)”; y siendo el Señor del Mundo, Él servía a los demás: “non veni ministrári sed ministráre: no he venido para ser servido sino para servir (San Mateo 20,28)”.
   
[4] En su Pasión, en los padecimientos de su Muerte y su Cruz, se ve y se grita su Humildad. Él que era la santidad y la pureza misma, echó sobre sí todas nuestras iniquidades y pecados desde Adán hasta el último hombre que existirá sobre la tierra, y pagó por nuestros pecados el inocente (justicia vicaria): “Eum qui non novérat peccátum, pro nobis peccátum fecit: Él que no conocía el pecado, por nosotros se hizo pecado (II Cor 5,21)”.
-(1) En el Huerto de los Olivos, cuando cargó sobre sí todos los pecados de la Humanidad, desde Adán, de todos los pecados de todos los seres humanos que existieron y existirán, hasta el último hombre, toda esa masa “infame” de iniquidades de la Humanidad, todo pecado espantoso y aberrante, lo peor y más bajo de la Humanidad; allí Él, que no conocía pecado, se hizo pecado por nosotros; y toda la tristeza, abatimiento, sudor de sangre (que tendría que haberle producido la muerte): “cœpit pávere, tǽdere, mœstus esse... Tristis est anima mea usque ad mortem: comenzó a temblar, sentir tedio... -dijo- Triste está mi alma hasta la muerte (San Marcos 14,33-34)”.
-La Humildad de Dios que, siendo la máxima santidad y pureza, quiere ver, y con perfección, y hasta su máxima profundidad, todas las iniquidades y chanchadas más aberrantes que se cometieron ya y se cometerán en la Humanidad; y cargó sobre su conciencia purísima ese conocimiento, profundísimo, “pero de las peores cosas, ¡y con todos los detalles aberrantes!”, de lo peor de nosotros, de lo más bajo y vil; ¡y para pagar por ello ante el Padre, el inocente por los culpables, Dios por la vil creatura: Qué Humildad y qué amor de Dios!
-Y Él lo hizo para que nosotros nos salgamos de eso, y qué poca respuesta que damos, qué poco fruto, “quid utílitas in sánguine meo?: cuál fue el fruto de mi sangre, para qué sirvió?”, sí, muy pocos responden, y muchos de esos pocos responden, o respondemos, a medias a todo lo que Él hizo, toda esa generosidad, toda esa entrega, Amor y Humildad. Y Él sabiendo la poco respuesta y el poco fruto, los pocos seres humanos que se entregarían a Él con todo lo dado, igualmente lo quiso hacer: ¡Qué Humildad de Dios, y qué soberbia de nosotros, que podamos seguir en lo mismo!
-(2) Y su muerte en la Cruz, es el máximo acto de Humildad, dejarse matar por nosotros los gusanos; Dios Creador del Universo muriendo en la Cruz, matado por los seres humanos, la criatura contra el Creador, los judíos contra el Mesías, los romanos contra su Hacedor. Mil cosas se podrían decir de su Sacrificio en la Cruz, y es nuestra Santa Misa, pero hoy no nos extenderemos.
-(3) La pregunta es: Siendo Él, Dios, tan humilde e inocente, y padeciendo tanto injustamente: ¿Osaremos quejarnos nosotros, con los mil pecados que hemos hecho y a veces bien espantosos, osaremos quejarnos todavía, como soberbios que somos, de lo que nos viene de castigo y de cruz, y de oprobios y de humillaciones, y de contrariedades, y de enfermedades, y de todo lo demás, siendo que todo eso siempre será menos de lo que debemos, y lo merecemos por lo que ya hemos cometido, y siempre es poco en realidad?

[5] Por último, la Humildad de Dios Nuestro Señor en la Santa Comunión, en el Santo Sacramento del Altar.
-(1) Los seres humanos con todo lo malo que hacemos, tenemos, y Él lo quiso, su presencia continua, día y noche, sin descanso y siempre, cuando hay adoradores y cuando no los hay (en las horas de la noche). Su Presencia Real bastante olvidada y poco advertida; y hoy casi inexistente con toda esta falsa
Iglesia Moderna y toda la invalidez de las falsas misas modernas y sacramentos modernos; los fieles de Bogotá vienen mucho a Misa y a la Adoración, felicitaciones y está muy bien, pero deben venir más, más por la realidad de toda esta falsa Iglesia Moderna que padecemos los católicos.
-(2) El Santo Sacramento de la Comunión, Dios Jesucristo, todo el día dispuesto para los seres humanos, para nuestras oraciones, para nuestros pedidos: Qué Humildad. Mañana, tarde y noche, sin visitas todo el tiempo porque no podemos. El Creador del Universo encerrado en una cajita, o de madera, o en el mejor de los casos metálica con algunos adornos: Qué Humildad nuevamente del Creador, ¡y todo el día!; y desde el Sagrario, Dios soporta y sostiene el mundo entero, toda alma buena, todo sacerdote, todo obispo, todo misionero, todo mártir. 
-Cuánto respeto debemos tener, cuando le rezo, cuando paso en frente del Sagrario, cuando hago la genuflexión, la señal de la Cruz; hemos de tratar de nunca hacer estas cosas displicentemente, mal, mecánicamente, sino ser bien consciente que “se la hago a Dios, Dios está ahí”; con qué respeto debemos hacer todas estas cosas, lo intentemos desde ahora (mas sin caer en el pietismo, aquí hay tendencias al piestismo; en el Catolicismo se dice: piadoso sí, pietista no) [4].

(3) Y por último: Qué Humildad de Dios que recibe tantas faltas de respeto en su majestad por estar allí escondido en el Sagrario:
  • Los incrédulos hablan contra Él, y Él –por ahora– soporta callado: qué Humildad;
  • los blasfemos profanan su Cuerpo, mil veces a través de los siglos de la Historia ocurrió, y Él los soporta: qué Humildad de Dios;
  • los sacrílegos, los que se atreven a recibir a sabiendas la Comunión con pecado mortal, para que los vean sus esposas o sus novias o sus hijos, o los hijos, hijos que hacen eso para que los vean sus mamás que los controlan, o para que los vean el resto de las personas: “Es para que no me regañe mi esposa, es para que no me regañe mi mamá”; pues yo preferiría que mi mamá o mi esposa se enojen porque no comulgo, y no la ira de Dios por hacer una mala comunión, les aseguro que es un “poquito” más fuerte el enojo de Dios que la mamá o la esposa.
  • Y ni hablemos si las almas consagradas llegamos a hacer estas cosas malas o tener estas actitudes de olvido a Dios, Él nos ayude a jamás hacerlo [5]
Tienen allí entonces muchas consideraciones de la Humildad de Dios, contra la soberbia de nosotros los seres humanos: Él, que es el todo, es así; nosotros, que somos la nada, no; Humildad contra soberbia. Dios, el Niño Dios, nos ayude a ser humildes, quiera Él darnos esta gracia.
   
AVE MARÍA PURÍSIMA.
   
NOTAS
[1] Utilizamos resúmenes del libro “Compendio de Teología Ascética y Mística”, del Padre Adolfo Tanquerey, edición en español, Año 1930, impreso por la Sociedad de Juan Evangelista, Desclee & Cía, Tournai (Bélgica): Apartado II “De la Humildad”, en el número 1127 y siguientes.
[2] Tener que huir a Egipto ante la persecución de muerte de Herodes; soportar la matanza de los niños inocentes, los Santos Inocentes; qué Humildad y qué paciencia, y siendo Dios podía volver a la nada y al polvo a Herodes.
[3] Sus enseñanzas son profundísimas, las da Dios, pero sencillas, fáciles para las personas de buen corazón, con parábolas tomadas de la vida corriente, jamás pretendiendo la admiración sino sólo enseñar la Verdad.
[4] La Presencia Real, aunque escondida, de Dios Nuestro Señor Jesucristo, en la Santa Comunión es una mayor Humildad que lo que expresaba en la Cruz, como dice el Himno de Corpus: “in Cruce latébat sola Déitas, et hic latet simul et humánitas: en la Cruz se escondía la sola Divinidad, y aquí –en la Santa Comunión– se esconde incluso la Humanidad” de Cristo; Él es Dios y escondido desde el Sagrario soporta y sostiene el mundo entero, sostiene toda alma buena, todo misionero, toda alma consagrada, todos los mártires, y aplica el “nescíri, pro nihilo reputári: ser desconocido y ser reputado por nada”.
[5] Muchos, lo reciben con pecado mortal –sacrilegio– y Él soporta todo eso: Qué humildad. Cómo somos: para que mi esposa no me moleste o no se enoje, para que mi novia cree que estoy bien comulgando, para que mi mamá no se enoje y me regañe, comulgo con pecado mortal, ¿y no temo el enojo, la molestia y el castigo de Dios?, ¡hay que ser corto de mente; y no entender que los castigos de Dios van a ser un “poquito” más fuerte que el enojo de mi esposa, de ni novia, o de mi mamá!; qué Humildad de Dios que soporta todo eso. Y cuando somos las almas consagradas que hacemos esas cosas, o tener olvido de Él en el Sagrario: qué horror de nuestra parte si a eso llegamos, o qué ingratos por no estar con Él en el Sagrario; y otra vez: qué Humildad de Dios que soporta todo eso, “non potuístis una hora vigiláre mecum?: ¿no pudisteis estar en vigilia una hora conmigo? (San Mateo 26,40)”, y en vez de castigarnos nos sigue diciendo en el Sagrario: “veníte ad me omnes qui laborátis et oneráti estis et Ego refíciam vos: venid a mí todos los que estáis cargados con vuestros trabajos y con peso, y Yo os aliviaré (San Mateo 11,28)”.
  
PRÉDICA 4: CONSEJOS PRÁCTICOS SOBRE LA HUMILDAD (Domingo 26 de Enero de 2025, III Domingo después de la Epifanía y conmemoración de San Policarpo de Esmirna, Obispo y Mártir):

   
TODO EN MARÍA y POR MARÍA. Y por las BENDITAS ALMAS del PURGATORIO
  
Queridos hijos:
 
El gran tema para estar siempre cobijados por Dios, cobijados por su gracia santificante, gozar de su ayuda, para santificarnos, para poder alcanzar la Salvación Eterna, “ese gran tema” es que, sólo con su gracia, podamos alcanzar y tener en algún grado (ojalá elevado) la virtud de la Humildad, virtud clave y tan importante que logra para nosotros la bondad de Dios, y virtud que a veces está tan ausente en nuestras vidas.
   
La Virtud de la Humildad; hemos querido dedicarle varias prédicas, llevamos tres: (1) La primera, cuando festejábamos en el mundo entero nuevamente la “Navidad”, el nacimiento de Dios Nuestro Señor Jesucristo en la tierra. (2) La segunda, en “La Octava de Navidad”, el día 1° de enero, cuando comenzábamos este 2025; problemas del mundo “chibernético”: no salió el audio. (3) Tercera prédica, en la “Fiesta del Santo Nombre de Jesús” (domingo 5 de enero); nuevos problemas “cibernéticos”: se interrumpió la transmisión.
  
Hoy deseamos hacer la cuarta prédica, y centrarnos en LA PRÁCTICA DE LA HUMILDAD, practicar y ejercitar esta virtud capital. Esperemos que les ayude y nos ayude [1].
   
[ 1 ] Práctica de la Humildad para con Dios.
Primer punto: Practicar la Humildad para con Dios, por medio del espíritu de religión:
-(1) Hacemos así cuando vemos la Verdad de que toda nuestra vida debe ser oración; cuando realizamos la Verdad de que toda nuestra vida debe ser “un tributo a Dios: un tributo a Dios”; cuando vemos que nosotros no somos sino nada y pecado, en contraposición a la plenitud, omnipotencia y santidad de Dios; la Liturgia Católica dice: “Tu solus Sanctus, Tu solus Dóminus, tu solus Altíssimus: Tú solo eres el Santo, Tú solo eres el Señor, Tú solo eres el Altísimo”.
-(2) De lo anterior, debe surgir hacia Dios sentimientos de adoración, de amor, de oración, de entrega total, de respeto, de temor filial hacia Dios, y estas cosas nos hacen más humildes, la grandeza de Dios y mi nada.
-(3) Este espíritu de oración, para practicar y ser humildes, debe surgir también al contemplar las obras de la naturaleza, hechas por Dios: la Creación, toda esa hermosura; y más aun al contemplar las obras sobrenaturales de Dios, las obras de la gracia, participación de la vida divina; y esta contemplación de las obras de Dios debe llevarnos a una entrega y sumisión total hacia Dios, a quedar anonadados ante su poder, a ser más humildes.
  
Segundo: Practicar la Humildad para con Dios, por medio del espíritu de agradecimiento:
-(1) Debemos agradecer a Dios por todo y en todo momento; ello nos hará humildes. Dios es el origen y la fuente de todos los dones que recibimos y tenemos: Los dones naturales (el estar vivos, nuestro cuerpo sano y “funcionando”, más importante: nuestra alma, nuestras capacidades, cualidades, el poder vivir, caminar, poder trabajar, etc); y más aun, Dios es la fuente de los dones sobrenaturales, los dones de la gracia, los cuales, sabemos, sobrepasan totalmente nuestra naturaleza (el poder ser hijos de Dios, el poder ser católicos, el poder salvarnos y llegar al Cielo, el poder santificarnos, el poder ayudar al prójimo en su salvación, “todo es gracia: todo es gracia”).
-(2) Siendo así, como la Virgen humildísima, debemos agradecer todo el tiempo a Dios por los dones que nos ha dado: “Magníficat ánima mea Dómino: Mi alma engrandece al Señor. Et exsultávit spíritus méus in Déo salutári méo: Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Quia respéxit humilitátem ancíllæ súæ: Porque ha visto la Humildad de su esclava… Quia fecit mihi magna qui potens est: Porque ha hecho grandes cosas en mí el que es todopoderoso”.
-(3) Y así, en vez de atribuirnos a nosotros mismos esos dones y ser soberbios, hemos de devolver a Dios todo honor y toda gloria; ser agradecidos [2]
  
Tercero: Practicar la Humildad para con Dios, por medio del espíritu de dependencia; y ya esta sola expresión nos llena el alma, nos llena el alma de alegría: espíritu de dependencia; qué importante es, cuánto lo necesitamos, para ser buenos hijos de Dios, para ser humildes, para estar contra nuestra soberbia: espíritu de dependencia. Dependemos en todo de Él, de que Él nos sostenga, de que Él nos ayude; si no, nos caemos; si no, volvemos a nuestra nada, y miseria, y pecados, nos condenamos: Debemos ser humildes, y para esto el espíritu de dependencia.
-(1) Por este espíritu de dependencia, vemos la Verdad de que somos incapaces de hacer cosa alguna, ni en el orden natural, ni en el orden sobrenatural, si Dios no nos sostiene, no podemos nada por nuestras propias y solas fuerzas.
-(2) Sabiendo de esto, del espíritu de dependencia, no debemos comenzar obra alguna sin encomendarnos a Dios y/o a María Santísima, por la oración, a través de la oración: Rezar siempre al comenzar una acción o trabajo, y rezar al terminarlo; haciendo así, estamos pidiendo su gracia, su ayuda, nos encomendamos a su socorro, su sostén: su gracia es el único remedio para todo, para nuestra incapacidad, para nuestras limitaciones, ¡y para nuestra soberbia!
-(3) Por espíritu de dependencia, hemos de decirnos internamente a nosotros mismos, y con mucha frecuencia, que no podemos nada sin Él; hemos de manifestar frecuentemente la necesidad total que tenemos de Él.
-(3 bis) Por ejemplo, manifestar ese espíritu de dependencia cuando estamos sufriendo una tentación, diciendo en secreto, internamente, muchas veces: “Señor, no me dejes traicionarte; Señor, no me dejes traicionarte”, para contar con su gracia, para lograr no caer en la tentación, y sobre todo para no caer en pecado, en el pecado mortal. Así también, cuando tenemos trabajos u obras que realizar: “Señor, ayúdame; Señor ayúdame”. El espíritu de dependencia es importantísimo, Dios es todo y yo soy nada, necesito de Él, dependo de Él.
   
[ 2 ] Práctica de la Humildad para con el prójimo.
-(1) El principio que debe guiarnos con el prójimo es el siguiente: Hemos de considerar en él los dones naturales y sobrenaturales con que Dios le adornó, y admirarlos sin envidia, sino alegrándonos de ello: de sus virtudes, de sus triunfos, de sus cualidades, de sus logros; sobre los defectos que el prójimo tuviere, no estar determinándolos y más bien excusarlos –cuando podamos–, salvo que por nuestro cargo o autoridad estemos obligados a corregirlos.
-(2) Si vemos que un prójimo comete un pecado, no podemos justificar ningún pecado: una acción mala siempre será tal, pero tampoco hemos de tomar una actitud condenatoria de su persona y menos de su conciencia –lo cual corresponde solamente a Dios y es el ámbito de solo Dios–: 
-La acción mala hemos de verla como tal (para eso Dios da nuestro intelecto), pero su conciencia (culpabilidad, malicia o no) no podemos juzgar. 
-Y esto que sigue es muy importante para ser humildes: Hemos de ser conscientes de que nosotros podemos caer en el mismo pecado y en peores aun, y que ciertamente caeremos en ellos si no tenemos la gracia de Dios o no la usamos bien, que caeremos ciertamente en pecados si somos soberbios y orgullosos en vez de humildes. 
-El pecado del prójimo, más que una actitud condenatoria, debe darnos una cierta tristeza o melancolía de que las cosas sean así, y desear y rezar para que ello cambie, para que el prójimo salga de ello y se convierta. Debemos juzgarnos severamente a nosotros mismos (porque sí nos conocemos), y benignamente al prójimo (cuyo interior no conocemos, y sólo Dios conoce).
-Otra vez, las acciones malas debemos y estamos obligados a verlas como tales, pero el interior (conciencia, culpabilidad) no podemos juzgar: eso lo sabe sólo Dios; cambiando un poco el dicho (para bien): “cosas vemos, corazones no sabemos”.
(3) Podemos, y debemos, siempre considerarnos inferiores al prójimo, “si Dios no me diera su gracia, yo caería en peores cosas, en peores pecados que él, y tal vez dicho prójimo, con esa misma gracia de Dios, hubiera hecho mejor uso y con mayores frutos” [3]. No hay forma de saber qué tan bajo podemos llegar a caer, hasta donde podemos llegar con nuestros pecados; “no, yo nunca voy a hacer eso”: cuidado, cuidado, y más bien decir yo “deseo” con su gracia no caer en eso, pero sí que soy capaz, e incluso de hacer cosas peores [4].
   
[3] Práctica de la Humildad para consigo mismo.
-Un principio rector: Si bien hemos de confesar los bienes que hemos recibido de Dios, para dar gracias por ellos, debemos insistir en parar nuestra atención especialmente en nuestros pecados, defectos, debilidades, limitaciones, porque si no, probablemente no nos mantendremos en la Humildad; sí, así de imperfectos somos, que si nos paramos a ver los dones, no nuestros sino de Dios, que Él nos ha dado, también tenemos riesgos de caer en soberbia y vanagloria, al revés de la Virgen María.
    
La Humildad debe estar en nuestro espíritu, lo cual comporta:
-(1) Tener una justa desconfianza de sí mismo, ver nuestras falencias, nuestros errores, equivocaciones, limitaciones; ver los errores del pasado, ver los errores que puedo cometer en el futuro; no caer en el desorden de la autoconfianza: “yo lo puedo todo” (“tú no puedes nada, si Dios no te ayuda y te sostiene”), y está mal el no apoyarse en todo en Dios; hemos de saber que no debemos confiar en los dones que hemos recibido como si fueran mérito propio o de nuestra propiedad [5]: Todo es de Dios.
-(2) En el uso de nuestros talentos recibidos, no hemos de procurar relucir ni ganar admiración ni estimación; sino que ellos deben servir para la causa de Dios, para su gloria y para la salvación propia y del prójimo [6]
-(3) Otro consejo para tener humildad en nuestro espíritu, es someterse a las decisiones de otro; incluso someterse a las decisiones de nuestros inferiores siempre que nuestro cargo y autoridad lo permitan, y cuando eso no dañe el Bien Común (muchas veces esto de someterse a los inferiores no se podrá).
   
La Humildad debe estar en nuestro corazón:
(1) Se suele explicar que la humildad en el corazón abarca que no deseemos la honra y la gloria; el preferir vivir escondidos, en vez del relumbre; abarca el callar cuanto pudiera ser causa de estimación hacia nosotros: “recúmbe in novíssimo loco: ponte en el último lugar (San Lucas 14,10)”.
  
(2) La Humildad en el corazón es el “ama nescíri et pro níhilo reputári: ama ser desconocido y ser reputado por nada”.

(3) Escuchemos a San Vicente de Paúl en relación a lo que decíamos hace algunos momentos:
“No debemos… parar a considerar lo bueno que en nosotros hubiere, sino pararnos a considerar lo malo y defectuoso, y es éste un medio muy a propósito para conservarnos en la Humildad. El don de convertir almas, todos los otros talentos exteriores que en nosotros hubiere, no siendo nuestros no somos sino portadores de ellos, y aun con todo eso podemos muy bien condenarnos. Por esa razón, nadie debe gloriarse ni complacerse en sí mismo, ni tenerse en alguna estima, al ver que Dios obra grandes cosas valiéndose de él, sino que tanto más debe humillarse, y tenerse por desdichado instrumento del cual Dios se digna servirse”.
La Humildad debe estar en nuestro porte exterior:
-(1) La Humildad exterior debe ser la manifestación de nuestro interior. Pero hemos de saber, que también la Humildad en lo exterior influye y reafirma la Humildad en nuestro interior: hay una mutua influencia e interacción. Por eso es importante ejercitarse en la Humildad en lo exterior, y no debemos descuidar los actos externos de Humildad, para poder llevar a mayor Humildad nuestra alma y nuestro interior. Demos ejemplos:
-(2) Tener un aposento humilde; vestidos modestos (pero suficientes y adecuados a nuestro estado y condición). Al revés, aposentos y vestidos ricos nos influyen contrariamente a la Humildad, y a favor de una cierta vanidad (y por lo mismo, orgullo y soberbia).
-(3) El porte exterior, el rostro, el modo de nuestras acciones y movimientos, sin afectación, sin movimientos fuertes o violentos sino que ellos sean modestos [7], todo eso ayuda a tener Humildad; el no ser ruidosos, el no andar haciendo ruido en nuestras acciones, sino el ser silenciosos ayuda a la Humildad (las personas ruidosas –peor las almas consagradas– muestran que tienen tal vez algo de soberbia); las personas que hablan mucho, muestran muchas veces que no tienen mucha Humildad (no hay que hablar mucho, hay que tender a ser más bien de pocas palabras o lo justo).
-(4) Otra cosa bien importante que nos ayuda a tener Humildad es: Nuestras muestras de condescendencia, de educación, de cortesía, de deferencia, de amabilidad, de afabilidad, para con el resto de las personas, para con el prójimo: La buena educación para con el prójimo, esto es bien importante y nos aporta una buena dosis de Humildad.
-(5) Otra insistencia para la Humildad: En las conversaciones, dejar que los otros hablen, y hablar muy poco nosotros; y no hablar de nosotros mismos [8]
   
[Conclusión] En cuanto a consejos prácticos sobre cómo –valga la redundancia– practicar la Humildad, con la ayuda de Dios podemos dar otros tantos, y ello da sin duda para hacer una prédica más; solamente veremos si Dios nos da licencia para ello. Mientras tanto, aquí ya tiene material para reflexionar y para que, con su gracia, podamos llevarlo a la práctica para intentar ser más humildes.
  
Pedimos a María Santísima, la Reina de la Humildad, Regína humilitátis, que nos ayude con esto.
   
AVE MARÍA PURÍSIMA.
   
NOTAS
[1] Utilizamos resúmenes del libro “Compendio de Teología Ascética y Mística”, del Padre Adolfo Tanquerey, edición en español, Año 1930, impreso por la Sociedad de Juan Evangelista, Desclee & Cía, Tournai (Bélgica): Apartado “II De la Humildad”, en el número 1127 y siguientes.
[2] Sabemos que hartas veces hemos hecho mal uso de los dones naturales y sobrenaturales que nos dio, cometiendo pecado. Para pecar hace falta tener un cuerpo y estar sano, poder usar de ese cuerpo (de estos pies que me llevan a donde peco; de esos brazos, manos y rostro con los que peco, etc), que si estuviera enfermo y postrado en cama, bastante más difícil me sería pecar.
[3 San Vicente de Paúl decía:
“Si pusiéramos empeño en considerarnos a fondo, echaríamos de ver que en todo cuanto pensamos, decimos y hacemos… estamos llenos (…) de motivos de confusión y desprecio; y… hallaríamos ser nosotros malvados más que hombre alguno, y aun peores, en cierto modo, que los mismos demonios del Infierno, porque si estos malaventurados espíritus tuvieran a su disposición las gracias y los medios que nosotros tenemos para ser mejores, harían mil y mil veces mejor uso de lo que hacemos nosotros”.
[4] ¿Cómo puede ser el considerarse siempre inferior al prójimo? Los santos lo han hecho, la Verdad ha de estar allí. El fundamento es que para uno mismo, uno sí puede, y debe, ser juez de sus acciones, y cuando uno se conoce a fondo, ve claramente que uno es gran pecador, y que además tenemos muy malas inclinaciones e impulsos; y de este estas dos cosas se ve que uno es bien digno de desprecio y de ser considerado en poco; en cambio, para con el prójimo, uno no puede ser juez, porque no conoce su interior, ni su conciencia, ni sus intenciones, ni sus circunstancias, ni los dones y gracias que Dios le dio o no. Por eso, debemos juzgarnos severamente a nosotros mismos (porque sí nos conocemos), y benignamente al prójimo (cuyo interior no conocemos): “Qué puedo saber yo, si con las mismas gracias que yo he recibido, él no habría producido ante Dios, muchos más frutos que yo y mejores. Con todas estas verdades, vemos que a fin de cuentas, sí podemos, y debemos, ponernos por debajo de todos.
[5] Eclesiástico 3,22: “no intentes lo que está sobre ti, ni investigues lo que está más allá de tus fuerzas: altióra te ne quæsíeris”.
[6] San Vicente de Paúl decía a sus sacerdotes misioneros: “hacer de otra manera [no remitir toda la gloria y la honra a Dios], es predicarse a sí mismo y no a Jesucristo… ¡un sacrilegio, ciertamente, un sacrilegio!... valerse de la palabra de Dios y de las cosas divinas para alcanzar honra y fama para uno, ¡en verdad que es un sacrilegio!”.
[7] Mons. Charles Gay (Vida y Virtudes cristianas, Tomo 1, de la Humildad) nos enseña: hay un porte exterior de Humildad, que el alma que es realmente humilde logra poner o mostrar en todo su cuerpo, es algo de recato, de retraimiento, de sosiego, que da a todo el rostro y demás rasgos la hermosura, armonía y encanto que llamamos modestia, y que hace modesta nuestra voz, la mirada, la risa, los movimientos… el alma así tiene ese porte porque sabe que Dios está cerca, vive en la presencia de Dios y sabe que Dios siempre la ve (vuestra modestia sea patente a todos los hombres porque el Señor está cerca: Filipenses 4,5).
[8] No se han de hacer extravagancias con el pretexto de la Humildad; San Francisco de Sales dice (Vida Devota, I.c. cap. V): “si algunos grandes siervos de Dios se fingieron locos para ser despreciados del mundo, debemos admirarlos pero no imitarlos; pues si llegaron a tal exceso, fue movidos por razones tan particulares y extraordinarias, que no pueden hacer regla para los demás”.

PRÉDICA 5: GRADOS DE HUMILDAD (domingo 2 de Febrero de 2025, Purificación de Nuestra Señora, y conmemoración del IV Domingo después de la Epifanía):

 
LA HUMILDAD (Prédica V)

TODO EN MARÍA y POR MARÍA. Y por las BENDITAS ALMAS del PURGATORIO

Queridos hijos:
 
Hoy es la Fiesta de la Candelaria, el último hito del Ciclo de Navidad, las fiestas por el nacimiento de Dios Nuestro Señor Jesucristo en esta tierra. 

El mismo día de la Navidad, sobre la Humildad, habíamos insistido en que nadie tan humilde como Dios Nuestro Señor, y por la importancia de dicha virtud para nuestra Salvación Eterna, habíamos querido dedicarle una serie de prédicas. En ésta, la número 5, queríamos seguir dando consejos prácticos para –valga la redundancia– practicar la Humildad, la cual nos gana el beneplácito de Dios (y así la Salvación), y ella hace que Él nos cobije. 
   
Nos basaremos principalmente en las enseñanzas de dos santos, San Benito y San Ignacio de Loyola; veamos entonces:
   
[1] En un primero punto, hemos tomado extractos de: “Los doce grados de Humildad de San Benito” († 547).
Ya el famoso Juan Cassiano († 435) había distinguido 10 grados de Humildad; San Benito agregó dos, quedando así 12 grados, 7 interiores y 5 exteriores. Escogeremos algunos.
   
Dentro de los 7 actos o grados interiores de Humildad, los cuatro primeros son alrededor de la OBEDIENCIA, pues el que es humilde obedece, obediencia a Dios, y obediencia a los superiores porque representan a Dios.
  • El 1er grado o acto interior de Humildad es: EL TEMOR DE DIOS. Para ser humildes, debemos comenzar por respetar a Dios, tener el máximo respeto hacia Él, y esto nos debe mover y mostrarse en el cumplimiento de los Mandamientos, “si yo respeto a Dios, si yo tengo el temor de Dios: cumplo los Mandamientos, sí, cumplo los Mandamientos, de lo contrario lo mío se convierte en una mentira”; el que es humilde: cumple la Ley de Dios, cumple los Mandamientos; y el que no los cumple es soberbio, “hace pecado”, el pecado es soberbia [1]. En la Sagrada Escritura hay expresiones y enseñanzas muy hermosas sobre el temor de Dios: “timor Dómini sanctus: el temor de Dios es santo” (Ps 18,10). “El temor del Señor es el principio de la sabiduría”, así en Proverbios 9:10: “Princípium sapiéntiæ timor Domini”, y en Provérbia 1:7: “Timor Dómini princípium sapiéntiæ: el temor del Señor es el principio de la sabiduría; sapiéntiam átque doctrínam stulti despíciunt: los estúpidos desprecian la sabiduría y la doctrina”; podemos agregar: los soberbios desprecian la sabiduría, y la única sabiduría verdadera es la de Dios y su Catolicismo.
  • El 2° grado o acto interior de Humildad es: LA OBEDIENCIA A DIOS. La obediencia a Dios es consecuencia y continuación de la anterior, pues si verdaderamente tuviésemos temor de Dios, haríamos en todo su voluntad, y: es Humildad manifestar obediencia, sumisión y dependencia de Dios.
  • El 3er grado o acto interior de Humildad es: LA OBEDIENCIA A LOS SUPERIORES POR MOTIVO DE DIOS. Obviamente que esto es clave, y nunca seremos humildes (y hasta tal vez nos condenaremos) si no obedecemos a nuestros Superiores (obedecer al papá y a la mamá en una familia; obedecer al Superior en una Comunidad Religiosa; al jefe en un trabajo, etc); todo lo que me mande un Superior, cualquier Superior, si no es algo malo, si no es un pecado, en realidad no es dicho del Superior, sino Dios usando dicho Superior, ¡hay que entender de una vez esto!; el límite es el pecado: si lo que me están mandando no tiene nada de malo, ¡hay que hacerlo, caramba!, porque no es el Superior sino Dios quien me lo ordena: “Monseñor, soy un orgulloso (u orgullosa) y no se me va la soberbia”, “por supuesto que no se le va, si usted es un (o una) desobediente”; el desobediente nunca será humilde y tiene riesgo de Condenación.
  • El 4° grado o acto de Humildad es otra vez la obediencia: LA OBEDIENCIA PACIENTE. La obediencia paciente es la que sufriendo injurias de parte del que manda, no se queja, y obedece la orden mandada, es la que acepta una humillación detrás de la obediencia, así la enseñanza de San Benito [2].
Los anteriores grados interiores se deben manifestar por actos o grados exteriores. Ya hemos enseñado que, aunque lo más importante es siempre lo interior, estos actos o grados exteriores, su ejercitación, ayudan sin duda para tener Humildad en lo interior, para influenciar lo interior, y de allí la importancia de tratar de realizar muchos de estos actos externos. San Benito, él enumera 5 grados o actos externos de Humildad; ellos son:
  • El 1er grado o acto exterior de Humildad es: EVITAR LA SINGULARIDAD, no querer singularizarse o llamar la atención, no querer hacer cosas extraordinarias, sino contentarse con lo que manda la Regla, cumplir la Regla o Reglamento con sencillez y ya. Lo anterior es para una Comunidad Religiosa, para las Hermanas o para los seminaristas, pero para un laico el equivalente sería cumplir sencillamente lo que me mandan mis padres, o en mi trabajo, o en mi institución, mis jefes o superiores al mando, y no querer llamar la atención.
       
    Atención: Lo anterior no significa que uno haga mal o en forma mediocre sus obligaciones; uno debe cumplir bien con su deber porque Dios exige eso, pero simplemente sin querer llamar la atención.
       
    [Contra el Naturalismo] Dicho sea de paso, en el cumplimiento del deber y en todas nuestras acciones, en cuanto al móvil de por qué hacerlas y hacerlas bien, dicho móvil no puede ser el Naturalismo (“el hombre”, el ser humano, la Humanidad, “la capacidad del ser humano”, la cabalidad y honestidad del ser humano). El móvil de toda acción humana, y de todo acto, el hacer bien y el ayudar al prójimo, etc, el hacerlo con virtud, en ello –decíamos– el móvil es y debe ser Dios Nuestro Señor Jesucristo, el fundamento de todas mis acciones deber ser Dios. Y si el fundamento de mis acciones no es Dios, sino el Humanismo o el Naturalismo, dichas acciones no sirven para la Salvación Eterna. Un masón, por Naturalismo y Humanismo, puede querer ser virtuoso, o querer dar ayuda a los pobres, pero eso será filantropía o altruismo, y no Caridad o acción basada en Dios, y el realizar por esos móviles nuestras acciones no sirve para la Vida Eterna.
  • El 2° grado o acto exterior de Humildad es: EL SILENCIO; sí, el silencio, así lo pone San Benito; pues en el silencio, en el ser silencioso o silenciosa hay humildad; y las personas ruidosas –peor si son almas consagradas– expresan lo contrario, expresan en algún grado soberbia y orgullo. Esto es importantísimo, más para el religioso o religiosa –como decíamos–:pero sirve en proporción para los laicos, no hay que ser un parlanchín, ni una persona que hace bullicio o ruido, ser ruidoso o ruidosa, sino personas “si-len-cio-sas”.
       
    Sobre el religioso, o la religiosa, la enseñanza de San Benito, para la Humildad, agrega que han de saber que tienen que ser personas silenciosas y no hablar (o no hablar mucho), han de saber callar cuando no fueran preguntados, o cuando no hay razón para hablar (pero sentido común: si el superior, o para un laico: el papá o la mamá en una familia, “deben” saber algo grave, yo debo hablar; puro sentido común).
      
    Otro consejo en esto del silencio: Dejar siempre que los demás hablen, no querer tomar la palabra (salvo necesidad o utilidad del prójimo).
  • El 3er grado o acto exterior de Humildad, enseña San Benito que es: EL RECATO EN EL REÍR. S. Benito no condena la risa en cuanto manifestación de gozo espiritual, pero sí la risa grosera, la risa burlona, el reír ruidosamente, lo cual implica poca presencia de Dios y por lo mismo poca Humildad.
  • El 4° grado o acto exterior de Humildad, en la enseñanza de San Benito, es: EL RECATO EN EL HABLAR. Cuando se ha de hablar, que ello sea poco, ser personas de pocas palabras, no ser –como decíamos recién– parlanchines (o “parlanchinas”), hablar mansa y humildemente, nunca a gritos, sino con la gravedad y sobriedad del sabio, sin grandes estridencias, sopesando las palabras.
  • El 5° grado o acto exterior de Humildad, dice San Benito que es: LA MODESTIA O RECATO EN EL PORTE EXTERIOR. Que nuestro porte exterior sea siempre humildes, al caminar, estar sentado, estar de pie, moverse, hacer todo eso siempre con modestia; los ojos, el mirar, hacerlo también con modestia, etc. Y al monje se le recomienda estar con la cabeza ligeramente baja.
  
[2] En un segundo punto, o ejemplos y prácticas de Humildad veamos: Los tres grados de Humildad de San Ignacio de Loyola († 1556).
   
San Ignacio los explica en sus “Ejercicios Espirituales”; y están hacia el fin de la Segunda Semana, antes de las reglas para la elección de estado.
  • Primer grado de Humildad abarca el cumplimiento de la Ley de Dios y MORIR ANTES DE HACER UN PECADO MORTAL: Dice San Ignacio que consiste en “que [yo] así me baje y así me humille, quanto en mí sea posible, para que en todo obedezca a la ley de Dios Nuestro Señor; de tal suerte, que aunque me hiciesen señor de todas las cosas criadas en este mundo, ni por la propia vida temporal, [yo] no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento, quier divino, quier humano, que me obligue a pecado mortal”; grado esencial para la Salvación Eterna, y para evitar la Condenación al Infierno.
  • Segundo grado de Humildad abarca, entre otras cosas, MORIR ANTES DE HACER UN PECADO VENIAL (agregamos: venial deliberado): Dice San Ignacio que este segundo grado “es, a saber, si yo me hallo en tal punto que no quiero, ni me afecto, más a tener riqueza que pobreza; a querer honor que deshonor; a desear vida larga que corta, siendo igual servicio de Dios Nuestro Señor y salud de mi alma: y con esto, que por todo lo criado, ni porque la vida me quitasen, [yo] no sea en deliberar de hacer un pecado venial”; este grado es mucho más perfecto que el primero y pocas almas llegan a él.
       
    Aclaremos que se refiere a un pecado venial “deliberado”, ese pecado venial que se hace con plena consciencia de que estoy obrando mal y no me importa, sigo adelante; estos pecados son bien feos y tienen una malicia bien fea, suelen terminar llevando al pecado mortal.
  • Tercer grado de Humildad: “La tercera es humildad perfectísima; es a saber: quando, incluyendo la primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la Divina Majestad, por imitar y parecer más actualmente a Christo Nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Christo pobre, que riqueza; oprobios con Christo lleno dellos, que honores; y desear ser más estimado por vano y loco por Christo, que primero fue tenido por tal, que [ser estimado] por sabio ni prudente en este mundo”; es el grado de los santos, éste es el amor de la Cruz y el amor de los desprecios, en unión con Jesucristo y por amor suyo.
   
[3] Veamos un punto más, que nos ayude a ser humildes: MIS PECADOS, sí, mis pecados.
  
La realidad de mis pecados me tiene que ayudar a ser humilde; entender –¡caramba!– que somos pecadores, entender que “he pecado”. El hecho de los pecados que he cometido, ya que eso es la peor parte de los seres humanos, me tiene que ayudar a ser humilde y colocarme en mi lugar, sin soberbia, sin altanería, sin vanagloria, sin la auto-estima desordenada. Y mientras peores hayan sido, o sean, mis pecados propios, ¡con mayor razón eso me debería hacer humilde! Mientras más espantosos hayan sido, ¡más aun, más aun: ser humilde, ser humilde!
   
Pero no; el ser humano tiene la capacidad de hacer las peores barbaridades, y dos minutos después volvemos a ser “la octava maravilla del mundo”: es increíble como somos. Mientras más feos hayan sido, o sean, mis pecados, más humilde yo debería ser. ¡Caramba: los peores pecados que hayamos cometido, siempre nos tendrían que poner en la Humildad!
   
Decirse mil veces: “he pecado, he pecado, yo hice eso, y eso, y eso, ¿por qué mi soberbia; cómo puedo ser soberbio? Un pecado venial vale los peores castigos, por la majestad de Dios despreciada por mi mala acción; ¡uno venial! Ni hablemos si he cometido pecados mortales que valen la eternidad del Infierno, ¡cómo podemos ser soberbios!; con cuánta facilidad nos olvidados las cosas –tal vez espantosas– que hemos hecho, qué amor propio sin límites, sin límites. 
   
Y porque así somos de pecadores, debemos procurar el desprecio de nosotros mismos y que los demás nos desprecien, en vez de quejarnos de los problemas que tenemos, de las humillaciones que sufrimos, de los malos tratos, calumnias, difamaciones, insultos, murmuraciones; si al fin hemos merecido también el Infierno, y sólo por la bondad de Dios no estamos ya muertos y condenados.
   
“Cometí pecado mortal o pecados mortales”: merezco el Infierno, y si tuve la gracia de confesarme y hacer la paz con Dios, para expiar esos pecados debo estar dispuesto a aceptar y desear todas las humillaciones y daños contra mí, y los cuales siempre serán menos de lo que merece un pecado mortal al ofender la majestad de Dios, y habiéndole ofendido tantas veces (muchos pecados mortales), cuál no ha de ser mi conformidad con la Voluntad Divina cuando pueda o tenga que sufrir cosas y recibir oprobios, para pagar en algo la ofensa, y máxime considerando que en esta vida esos males siempre “duran poco”.
   
Todos mis pecados, sean veniales, sean mortales: Aunque pasemos todo el resto de nuestra vida en la práctica de la humildad, nunca podremos devolver a Dios (Él es infinito) la gloria que le hemos robado y negado haciendo pecados, un pecado venial, peor el venial deliberado, y mucho peor aun el pecado mortal. 
    
Si estos conceptos parecen demasiado, pensemos en las penitencias enormes que hicieron los santos que sólo cometieron pecados veniales, y que nunca creyeron hicieron bastante para purificar su alma y reparar ante Dios.
  
Y para ser humildes pensemos, finalmente, en los castigos, específicos, que Dios va dando, castigos progresivos, a los que son soberbios: recuerden las primeras prédicas sobre este tema.
Por eso, para ser humildes, más de una vez, casi una vez al mes, nos tendríamos que quedar tranquilos aquí en la Capilla, pensando en todos los pecados graves, mortales, que hemos hecho en nuestra vida; haciendo una especie de meditación o examen de los pecados más graves que hemos cometido en nuestras vidas, para tener más presente lo que somos, porque tan fácilmente olvidamos las cosas que ya hemos hecho; y esto, considerar los pecados quehemos cometido, nos ayudará más a saber lo que realmente somos, y a ser humildes.
   
Pequeño paréntesis: En cuanto a eso de recordar los pecados cometidos para ser humilde, si alguien ha cometido pecados de impureza o de lujuria, el consejo que dan los autores espirituales es recordarlos solamente en forma difusa y genérica: simplemente sabiendo que se hizo eso y ya; sin el recuerdo endetalle, porque en esos pecados el detalle se puede convertir en nueva tentación; cuidado.
    
[Un apartado final] A modo de conclusión, una última consideración, y una súplica a la Virgen: Reina de la Humildad.
  
La consideración última, para ayudarme en la Humildad, es ver que, ¡a todos: a-todos!, no nos salen las cosas, “sí, no nos salen las cosas”, y hemos de aceptar esto por Humildad y para la Humildad.
  
Tenemos mil proyectos, mil anhelos, mil deseos, mil planes, y la mayoría de las cosas no se pueden cumplir, y no se nos dan, “no nos salen las cosas”; cosas que no tenemos ni alcanzamos aunque las deseamos mucho, cosas que no alcanzamos: esperanzas, sueños, planes para nuestras vidas. Ése es el día a día de cualquier ser humano. Y aquí hay también un misterio de Dios para que podamos alcanzar la Salvación:
  • (a) Si nos salieran todas las cosas, si en todo tuviésemos éxito, creo que seríamos unos soberbios insoportables, con vanagloria, etc. 
  • (b) Además, si no nos salen las cosas, nuestros planes: en ello también puede entrar una cuota de castigo, por nuestra soberbia, y debemos saber aceptarlo. 
  • (c) “Pero yo quiero que me salgan mis cosas, cosas buenas, qué tiene de malo, aunque sea lo mínimo que necesito”. Por supuesto que, en sí, no tiene nada de malo; pero por motivos misteriosos, que no podemos saber y que sólo Dios conoce, no me salen las cosas, sea por mis pecados del pasado que ya he hecho y para pagar por ellos, sea porque tengo una actitud soberbia ante Dios (y eso es insoportable), sea para mi santificación por medio de la Cruz y tribulaciones: Debemos ser capaces de aceptar ello con Humildad, aunque no lo entendamos, no podemos pretender que Dios nos rinda cuentas: ¡por favor!
  • (d) “Si las cosas son así, entonces, yo me enojo, y le digo cosas a Dios, y me pongo a pelear con Dios, y me alejo de la Religión, y no practico más, y no voy más a Misa, y no me confieso, y no rezo más el Rosario, etc, etc, etc”: Pues eso es otra vez soberbia, y “terminará mal y peor”; recordemos los castigos progresivos que Dios va dando a los soberbios y que pueden terminar –si no cambio– en la condenación eterna. 
  • (e) Tengo que ser capaz de aceptar, con Humildad, todo lo que me pasa, todo lo que me ocurre, porque los seres humanos, en última instancia, merecemos todo: to-do; por mis pecados, por un solo pecado venial, ni hablemos si hemos cometido pecados mortales. Y por otro lado, si algo no recomendamos, es el estar peleando con Dios, con Dios no se juega, sino que se lo respeta con Humildad; y obviamente que si peleamos con Dios podemos salir “un poquito mal heridos”.
   
Respetemos a Dios, aceptemos las cosas que nos ocurren, y debemos desear mucho la Humildad. Así pedimos a la más santa de todas las creaturas, así pedimos a la más santa y sublime, a la Santísima Virgen María, Reina de la Humildad, Regina Humilitatis; quiera Ella darnos “algo”.
   
AVE MARÍA PURÍSIMA.
  
NOTAS
[1] El temor de Dios ha de ser primero: temor al castigo, después ha de ser temor reverencial (temer y respetar a Dios por la majestad de Él), y finalmente ha de acabar en la adoración y amor o temor filial (donde hay respeto, pero por amor a Él).
[2] Los otros grados interiores: 5) La declaración al Superior de las faltas secretas fuera de la Confesión Sacramental, incluso las de pensamiento, y esto es un freno muy poderoso al pecado; pero posteriormente la Iglesia, con el canon 530, limita esto, diciendo que los Superiores Religiosos no deben llevar a sus inferiores a que les manifiesten su conciencia, pero es bueno que los inferiores hablen con confianza con su superior. 6) Aceptar de corazón todas las privaciones y oficios viles. 7) Tenerse sinceramente por el último de todos los hombres; grado que difícilmente se alcanza; los santos llegan a él considerando que si otros hombres hubieran recibido tantas gracias como ellos, serían mejores.

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