Vexílla Regis

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MIENTRAS EL MUNDO GIRA, LA CRUZ PERMANECE

LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

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NO AL ABORTO. ELLOS NO TIENEN LA CULPA DE QUE NO LUCHASTEIS CONTRA VUESTRA CONCUPISCENCIA

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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No hay forma de vivir sin Dios.

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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domingo, 17 de mayo de 2009

LUTERO, ¡NO Y NO!

Como celebramos los 50 años de la publicación de la obra "Revolución y Contra Revolución", del abogado, escritor y líder católico brasileño Plinio Correa de Oliveira (1908 - 1995), les presento uno de los artículos que este caballero de la Virgen de Fátima redactó en el diario Folha de Sao Paulo (Hoja de San Pablo). En esta editorial, Correa critica que Juan Pablo II haya viajado a visitar la tumba del maldito Martín Lutero (sabiendo que éste último blasfemó contra Yahveh Sebahot, Jesucristo Nuestro Señor, el Espíritu Santo, la Santísima Virgen María, la Real y Verdadera Presencia de Nuestro Señor Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad el Santísimo Sacaramento del Altar; y contra el Papado). Sin más preámbulo, leamos atentamente:
  

Plinio Correa de Oliveira (1908- 1995)
LUTERO, ¡NO Y NO!

Plinio Corrêa de Oliveira (*)

En 1974 tuve la honra de ser el primer firmante de un manifiesto publicado en algunos de los principales diarios de Bra­sil y reproducido en casi todas las nacio­nes donde existían las TFP, que eran once a la sazón.

En éste las entidades declaraban su respetuoso desacuerdo con la Ostpolitik conducida por Pablo VI y exponían sus razones pormenorizadamente. Sea dicho de paso que todo fue expresado de una manera tan ortodoxa, que nadie levantó ninguna objeción al respecto.

Para resumir al mismo tiempo, en una sola frase, toda la veneración y firmeza con la que declaraban su resistencia a la Ostpolitik vaticana, las TFP decían al Pon­tífice: “Nuestra alma es vuestra, nuestra vida es vuestra. Mandadnos lo que que­ráis. Sólo no nos mandéis que nos cruce­mos de brazos ante el lobo rojo que arre­mete. A esto nuestra conciencia se opo­ne.”

Me acordé de esta frase con especial tristeza al leer la carta escrita por Juan Pablo II al cardenal Willebrands (cfr. “L'Osservatore Romano”, 6-11-1983), a pro­pósito del quingentésimo aniversario del nacimiento de Martin Lutero, y firmada el 31 de octubre p. p., fecha del primer acto de rebelión del heresiarca en la iglesia del castillo de Wittenberg. Ella está tan llena de benevolencia y amenidad, que me pre­gunté si el augusto firmante se había olvidado de las terribles blasfemias que el fraile apóstata lanzó contra Dios, Cristo Jesús, Hijo de Dios; el Santísimo Sacra­mento, la Virgen María y el propio Papa­do.

Lo cierto es que él no las ignora, pues están al alcance de cualquier católico cul­to, en libros de buen quilate que todavía no se han hecho difíciles de obtener.

Tengo en mente dos de ellos. Uno es nacional: “La Iglesia, la Reforma y la Civi­lización”, del gran jesuita P. Leonel Fran­ca. El silencio eclesiástico oficial va dejan­do caer el polvo del tiempo sobre el libro y su autor.

El otro libro es de uno de los más conocidos historiadores franceses de este siglo: Funck-Brentano, miembro del Insti­tuto de Francia. Este autor, por más se­ñas, es protestante.

Comencemos citando trechos recogi­dos en “Luther”, obra de este último (Grasset, París, 1934, séptima edición, 352 páginas). Vamos directamente a esta blasfemia sin nombre: “Cristo —dice Lute­ro— cometió adulterio por primera vez con la mujer de la fuente de quien nos habla San Juan. ¿No se murmuraba en torno a El: "¿Qué hizo, entonces, con ella?"? Después, con Magdalena; ense­guida, con la mujer adúltera, que El absol­vió tan livianamente. Así, Cristo, tan piadoso, también tuvo que fornicar antes de morir” (“Propos de table”, núm. 1472, ed. de Weimar II, 107 - cfr. op. cit., pág. 235).

Leído esto, no nos sorprende que Lute­ro piense —como apunta Funck-Brenta­no— que “ciertamente Dios es grande y poderoso, bueno y misericordioso (...), pero estúpido —"Deus est stultissimus" ­("Propos de table", núm. 963, ed. de Weimar, I, 478). Es un tirano. Moisés procedía, movido por su voluntad, como su lugarteniente, como verdugo que nadie superó, ni aún igualó, en asustar, aterrori­zar y martirizar al pobre mundo” (op. cit., pág. 230).

Esto es estrictamente coherente con esta otra blasfemia que convierte a Dios en el verdadero responsable por la trai­ción de Judas y la rebelión de Adán: “Lutero —comenta Funck-Brentano— lega a declarar que Judas, al traicionar a Cris­to, procedió bajo la imperiosa decisión del Todopoderoso. Su voluntad (la de Judas) era dirigida por Dios; Dios lo movía con su omnipotencia. El propio Adán, en el paraí­so terrenal, fue obligado a proceder como procedió. Estaba colocado por Dios en tal situación, que le era imposible no prevari­car” (op. cit., pág. 246).
Aún coherente con esta abominable secuencia, en un panfleto titulado “Contra el pontificado romano fundado por el dia­blo”, de marzo de 1545, Lutero no llama­ba al Papa de “Santísimo”, según la cos­tumbre, sino de “infernalísimo”, y agrega­ba que el Papado siempre se mostró se­diento de sangre (cfr. op. cit., págs. 337-338).

No sorprende que, movido por tales ideas, Lutero escribiese a Melanchton, a propósito de las sangrientas persecucio­nes de Enrique VIII contra los católicos de Inglaterra: “Es lícito encolerizarse cuando se sabe qué especie de traidores, ladro­nes y asesinos son los papas, sus carde­nales y legados. Le complacería a Dios que varios reyes de Inglaterra se empeña­ran en acabar con ellos” (op. cit., pág. 254).

Por eso mismo también exclamó: “Basta de palabras. ¡El hierro! ¡El fuego!” Y añadió: “Castigamos a los ladrones a espada; ¿por qué no hemos de agarrar al Papa, a los cardenales y a toda la pandilla de la Sodoma romana y lavarnos las ma­nos en su sangre?” (op. cit., pág. 104).

Este odio de Lutero lo acompañó hasta el fin de su vida. Afirma Funck-Brentano: “Su último sermón público en Wittenberg es del 17 de enero de 1546: el último grito de maldición contra el Papa, el sacri­ficio de la misa, el culto de la Virgen” (op. cit., pág. 340).

No asombra que grandes perseguido­res de la Iglesia hayan festejado su me­moria. Así, “Hitler mandó proclamar fiesta nacional en Alemania la fecha conmemo­rativa del 31 de octubre de 1517, cuando el fraile agustino rebelde fijó, en las puer­tas de la iglesia de Wittenberg, las famo­sas 95 proposiciones contra la suprema­cia y las doctrinas pontificias” (op. cit., pág. 272).

Y a pesar de todo el ateísmo oficial del régimen comunista, el doctor Erich Hon­necker, presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Defensa (el primer hom­bre de la República Democrática Alema­na), aceptó encabezar el comité que, en plena Alemania roja, organizó las aparato­sas conmemoraciones de Lutero este año (cfr. “German Comments”, de Osnabrück, Alemania occidental, abril de 1983).

Nada más natural que el fraile apósta­ta haya despertado tales sentimientos en un líder nazi y más recientemente en el líder comunista.

Nada más desconcertante, y hasta ver­tiginoso, que lo que ocurrió en un escuáli­do templo protestante de Roma, con mo­tivo de la recientísima conmemoración del quingentésimo aniversario del naci­miento de Lutero, el día 11 del corriente.

Participó de ese acto festivo, de amor y admiración por la memoria del heresiar­ca, el prelado que el cónclave de 1978 eligió Papa; a quien incumbe, por tanto, la misión de defender los santos nombres de Dios y Jesucristo, la Santa Misa, la Sagrada Eucaristía y el Papado contra heresiarcas y herejes.

“Vertiginoso, espantoso”, gimió a pro­pósito de eso mi corazón de católico, que, sin embargo, redobló su fe y su venera­ción por el Papado.

* * *

Sólo me queda por citar, en el próximo artículo, “La Iglesia, la Reforma y la Civili­zación”, del gran sacerdote Leonel Franca.

(*) “Folha de S. Paulo”, 27 de diciembre de 1983.
OPINIÓN PERSONAL DE JORGE DE LA COMPASIÓN:
El ecumenismo y el diálogo interreligioso son trampas del demonio. Lo que el Vaticano debe hacer para sobrevivir es, simple y llanamente, aplastar a los herejes protestantes como cucarachas que son éstos.
Cuando nosotros hablamos de los herejes, siempre nos exigen que les respetemos su religión. Pero ellos hablan mal de nosotros, por eso ellos están en incapacidad de exigir respeto. Porque, ¿Para qué ellos exigen respeto, si no lo dan?
¡Viva la Iglesia Católica! ¡Viva María Santísima! ¡Viva el Papa! ¡Muerte a los luteranos! ¡Muerte a los enemigos de la Iglesia!

sábado, 16 de mayo de 2009

SAN SIMÓN STOCK, EL MENSAJERO DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

Hoy también recordamos a San Simón Stock, un monje inglés que vio a Nuestra Señora bajo la advocación de Reina del Monte Carmelo y recibió de manos de Ella el Escapulario carmelita. San Simón Stock es, con San Elías profeta, uno de los enviados de María Santísima en la orden carmelita.

San Simón Stock con el escapulario carmelita

BIOGRAFÍA
Nació en Inglaterra. Desde mediados del siglo XIV las fuentes le aplican el sobrenombre “Stock”, con el cual relacionan el singular género de vida que habría observado antes de entrar en el Carmelo. Dice así la redacción larga del Santoral: «Antes de la llegada de los carmelitas a Inglaterra los esperó con espíritu profético, llevando vida solitaria en el tronco de un árbol: de ahí el nombre de Simón Stock con que es llamado». Esta sobria noticia supone todo un poema de ascetismo, que los biógrafos posteriores intentaron poner de relieve con piadosas amplificaciones.
  
Pero hay un documento que nos invita más bien a contar a San Simón entre los cruzados y peregrinos que por aquellos tiempos tomaron el hábito en el mismo Carmelo, atraídos por la vida de oración que llevaban los solitarios del santo monte, «como abejas del Señor en las colmenas de sus celdas fabricando miel de dulzura espiritual», según hermosa frase de Jaime de Vitry († 1240). En efecto, el dominico Gerardo de Fracheto, contemporáneo de nuestro Santo, después de contar una aparición del Beato Jordano de Sajonia a un religioso carmelita, acaecida en 1237, nota: «Esto lo contaron a nuestros religiosos el mismo que tuvo la visión y el prior de la misma Orden, el hermano Simón, varón pío y veraz». Con esta noticia concordaría el Viridárium de Juan Grossi, que extiende el generalato de San Simón del 1200 al 1250. Por ahora no estamos en grado ni de escoger entre las dos versiones ni de concordarlas razonablemente.
  
Con el agravarse de la situación de los cristianos en Palestina después de la tregua pactada por Federico II con el sultán de Egipto (1229), los ermitaños carmelitas se encontraron frente al urgente dilema de, o bien exponerse a la extinción en una tierra que iba quedando a merced de los mahometanos, o bien probar la aventura de un traslado a Europa. Algunos, los más perfectos (dice Grossi), «tenían miedo a tal aventura por el peligro que encerraba de una alteración del propio espíritu; pero graves razones aducidas hicieron prevalecer la opinión contraria, que fue reforzada con una aparición de la Santísima Virgen» (Guillermo de Sanvico). Así en 1238 empezó con carácter sistemático la emigración de numerosos carmelitas a los diversos países de Europa.
   
A Inglaterra se dirigieron dos expediciones, patrocinadas, respectivamente, por los barones Guillermo Vescy y Ricardo Grey y presididas por los venerables religiosos Radulfo Fresburri, e Ivo el Bretón, dando como primer resultado el establecimiento de dos conventos eremíticos, el primero en Hulne, cerca de Alnwick, y el segundo en Aylesford, en el condado de Kent. Esto sucedía entre 1241 y 1242. Fue entonces (según la primera versión antes mencionada) cuando Simón Stock, aureolado ya con la fama de eximia santidad, «dejó la vida solitaria y entró con gran devoción en la Orden de los carmelitas, que desde hacía mucho tiempo esperaba ilustrado por divina inspiración».
 
Ahora iba a ofrecerse a nuestro Santo un campo muy vasto en donde manifestar los dones recibidos de Dios. En 1245 se celebraba, precisamente en Aylesford, un Capítulo general, el primero reunido en Europa, y en él Simón Stock era llamado “milagrosamente” al oficio de prior general, oficio que sólo entonces adquiría pleno sentido, pues antes el prior del monte Carmelo era la suprema autoridad.
   
La Orden sufría en toda su gravedad las consecuencias del traslado a Europa. En el nuevo ambiente no encontraba la amorosa acogida que seguramente habían esperado y que tan necesaria era para empezar a echar raíces. Por otra parte, la experiencia demostraba que no era fácil conservar el tenor de vida contemplado en la Regla de San Alberto y con ardiente amor abrazado por los venerables moradores del Carmelo. Simón Stock afrontó heroicamente ambas dificultades. Respecto a la primera, se esforzó por acrecentar la estima hacia la Orden con repetidos recursos al Papa Inocencio IV y también a los próceres seculares. De hecho, desde 1247 a 1252 consiguió del Papa Inocencio IV tres preciosas cartas de recomendación que debieron contribuir no poco a la consolidación de la Orden, y en diciembre de 1252 otra del rey de Inglaterra Enrique III. En orden a la segunda dificultad impetró del mismo Inocencio IV una audaz reforma de la Regla que permitiera vivir a los carmelitas en las ciudades y participar en el servicio de las almas. Pero esta reforma suscitó en el seno de la Orden un hondo descontento que venía a agravar todavía más la situación tan comprometida por la hostilidad exterior. De este descontento tenemos la prueba en una amarga requisitoria que compuso el sucesor de nuestro Santo, Nicolás el Francés, y en las frecuentes deserciones de religiosos, que buscaban en otras Ordenes mayor garantía de salvación. En este momento histórico tuvo lugar el episodio culminante de la vida de San Simón Stock, la visión del santo escapulario, testificada por el antiguo Santoral y parcialmente corroborada por la Crónica de Guillermo de Sanvico. La relación más antigua está concebida en estos términos:
«San Simón... suplicaba constantemente a la gloriosísima Madre de Dios que diera alguna muestra de su protección a la Orden de los carmelitas, pues goza en grado singular del titulo de la misma Virgen, diciendo con toda devoción: “Flor del Carmelo, vid florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda y singular; oh Madre dulce, de varón no conocida, a los Carmelitas da privilegios, Estrella del mar” (Flos Carméli, vitis florígera, Splendor cœli, virgo puérpera, singuláris. Mater mitis, sed viri néscia Carmelítis da privilégia, Stella maris). Se le apareció la bienaventurada Virgen, acompañada de una multitud de ángeles, llevando en sus benditas manos el escapulario de la Orden y diciendo estas palabras: “Este será el privilegio para ti y para todos los Carmelitas, que quien muriere con este hábito no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará” (Hoc erit tibi et cunctis Carmelítis privilégium: quod in hoc hábitu móriens, ætérnum non patiétur incéndium, id est, in hoc móriens salvábitur)».
  
Nuestra Señora da el Escapulario a San Simón Stock (Anónimo)
  
Tal fue la gran promesa, que originariamente era una exhortación a la perseverancia dirigida a los descorazonados carmelitas, pero pronto fue acogida en toda la Iglesia como una de las manifestaciones supremas de la maternidad universal de María.
  
Lo restante de la vida de San Simón se confunde con la historia de la Orden del Carmen, historia de fundaciones y de gracias pontificias, índice de la casi definitiva consolidación en Europa, la grande obra que Dios le reservara.
  
Después de veinte años de gobierno (según un códice de Bamberga muy autorizado), por tanto, en 1265, murió en el convento de Burdeos el día 16 de mayo (o de marzo según algunos códices).
  
La fama de santidad que le había acompañado en vida se acrecentó después de la muerte. En los documentos su nombre nunca aparece sin el dictado de santo, y repetidamente se recuerda el don de hacer milagros. Su culto desde antiguo fue muy ferviente en Burdeos, donde se veneraban y se veneran aún sus reliquias. Una circunstancia providencial impidió que fuesen profanadas en tiempo de la Revolución Francesa. Su veneranda cabeza fue solemnemente trasladada el año 1951 al convento de Aylesford, recientemente recuperado, y allí es hoy meta de frecuentes peregrinaciones.
  
P. Fray Bartolomé Xibertá OCARM (Año Cristiano, Tomo II. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966).
  
ORACIÓN
Oh Dios, que cada año nos regocijas con la solemnidad de tu Confesor el bienaventurado San Simón, concédenos propicio que cuantos celebramos su nacimiento para el Cielo, imitemos también sus acciones. Por J. C. N. S. Amén.

SAN JUAN NEPOMUCENO, MÁRTIR DE LA CONFESIÓN


San Juan Nepomuceno (José Campeche)

San Juan Nepomuceno nació en Nepomuk, Bohemia (actual República Checa), en 1345. Desde niño fue objeto de las divinas predilecciones: padres santos, inteligencia y bondad, vocación sacerdotal, dones de profecía y milagros. Fue predicador y canónigo. La emperatriz de Bohemia, Juana de Holanda, lo escogió como confesor. San Juan es el mártir del secreto de la confesión y patrono de la buena fama. No resulta fácil acercarse al sacramento de la penitencia. Por eso Dios da una gracia especial al sacerdote para guardar el secreto de la confesión. El velo sagrado del sigilo sacramental jamás se ha descorrido. Ya lo afirmaba así San Juan Climaco en el siglo IV. Wenceslao, rey de Bohemia, era un mostruo, más que una persona. Cuando le acusaban de ser otro Nerón, decía que si no lo había sido, lo sería en adelante. Le presentaron una vez un ave mal asada. Y sin dar más explicaciones mandó asar al pobre cocinero. La historia le llama beodo y holgazán, pero debía llamarle la Bestia del Apocalipsis. Se complacía en afirmar, y tenia razones para ello, que el verdugo era su mejor camarada. Vivían en Palacio dos personas: su esposa, la Emperatriz, y Juan Nepomuceno, su confesor y director espiritual. Algún envidioso susurró al oído del Rey una infame sospecha gratuita sobre la infidelidad de la Emperatriz. Y Wenceslao quedó presa de terribles celos que ni la dulce presencia de su esposa ni la santidad del confesor podían disipar. Un día vio el Rey que la Reina se confesaba con el P. Juan, y que luego iba a comulgar. Entonces Wenceslao concibió el diabólico plan de asegurarse de la fidelidad de su esposa. Mandó llamar al confesor.—Padre Juan, vos conocéis la duda terrible que me atormenta, vos podéis disiparla. La Emperatriz se confiesa con vos. Me bastaría una palabra... —Majestad, contesta el Confesor ¿cómo es posible que me propongáis tal infamia? Sabéis que nada puedo revelar. El secreto de confesión es inviolable.

Juan sabe que le va en ello la vida. Nadie ha contradecido nunca al tirano. Sólo Juan otra vez se atrevió a oponerse a sus planes. —Padre Juan, vuestro silencio quiere decir que renunciáis a vuestra libertad.

—Jamás consentiré en tal sacrilegio. Mandad cualquier otra cosa. En esto digo lo mismo que San Pedro: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" . Pocas horas después Juan es arrojado a la cárcel. Es sometido a terribles torturas para hacerle ceder. La Reina obtiene la libertad y le cura sus heridas. Aún pudo predicar en la catedral, anunciando su muerte. Pues sabe que el tirano nunca le perdonará. Poco después Juan habia ido a postrarse a los pies de Nuestra Señora de Bunzel. Wenceslao le tiende una trampa para la vuelta. Los verdugos esperan al Mártir junto al puente y lo arrojan al río Moldava. Aún está allí la estatua para ejemplo y recuerdo. Era el 19 de abril de 1393. Las gentes decían que el río se tiñó de purpúreo y celestial resplandor, como anuncio de la gloria del Mártir. Su epitafio, en la catedral de San Vito, de Praga, dice así: "Yace aquí Juan Nepomuceno, confesor de la Reina, ilustre por sus milagros, quien, por haber guardado el sigilo sacramental fue cruelmente martirizado y arrojado desde el puente de Praga al río Moldava, por orden de Wenceslao IV, el año 1393". Su lengua se conserva incorrupta.

En 1725 (más de 300 años después de su muerte) una comisión de sacerdotes, médicos y especialistas examinó la lengua del mártir que estaba incorrupta, aunque seca y gris. Y de pronto, en presencia de todos, empezó a esponjarse y apareció de color de carne fresca, como si se tratara de la lengua de una persona viva. Todos se pusieron de rodillas y este milagro, presenciado por tantas personas y tan importantes, fue el cuarto milagro para declararlo santo. Fue canonizado por Benedicto XIII en el año 1729.Desde su muerte, siempre San Juan Nepomuceno fue considerado patrono de los confesores, porque prefirió morir antes que revelar los secretos de la confesión. También ha sido considerado patrono de la buena fama, porque prefirió el martirio, pero no permitió que la buena fama de una penitente fuera destrozada.En Praga, en el puente desde el cual fue echado al río, se conserva una imagen de este gran santo y muchas personas, al pasar por allí, le rezan devotamente.

P. RAFAEL MARÍA LÓPEZ-MELÚS
   
REFLEXIÓN
¿Quién no ve que este grandísimo milagro lo hizo Dios para glorificar aquella santa lengua fidelísima en guardar el sigilo sacramental? ¿Y quién no echa de ver también que este mismo prodigio soberano es uno de los argumentos divinos que autorizan el sacramento de la confesión? Divino es este sacramento, e instituido por Jesucristo Señor nuestro por aquellas palabras del Evangelio con las cuales dio a sus discípulos la facultad de perdonar los pecados a los penitentes sinceros, y de retenerlos a los indispuestos. Quiere, pues, que el pecador se humille para ser perdonado; y aunque este sacramento sea el blanco de las iras de los incrédulos y malos cristianos, Dios ha mandado a los hombres la humilde confesión de sus culpas, y no hay más remedio: o confesión o condenación.

ORACIÓN
Oh Dios, que por el invencible silencio sacramental del bienaventurado Juan Nepomuceno adornaste tu iglesia con una nueva corona del martirio; concédenos, por su intercesión y ejemplo, que moderemos nuestra lengua y suframos todos los males de este mundo, antes que el detrimento de nuestras almas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

viernes, 15 de mayo de 2009

LA CREMACIÓN ES CONTRARIA AL CATOLICISMO

Tomado de TRADICIÓN CATÓLICA
 
Pregunta: ¿Puede aceptarse la cremación siempre que el cuerpo permanezca inalterado durante el funeral y sólo sea cremado luego de la Misa de Responso?
  
Respuesta del padre Peter R. Scott, FSSPX: Es falso afirmar que la cremación es aceptable siempre que el cuerpo esté presente en el funeral.
 
Las leyes tradicionales de la Iglesia son muy explícitas en este punto. A aquéllos que hayan solicitado que sus cuerpos sean cremados, se les negará cristiana sepultura, a menos que hubieren dado alguna muestra de arrepentimiento (Canon 1240, §1, 5). Esto significa que se les negará cualquier tipo de Misa de Responso o ceremonia pública, incluso una Misa de aniversario (Canon 1241). La razón de este estricto reglamento se encuentra en el hecho de que los masones y los enemigos de la Iglesia, que no creen en la resurrección del cuerpo, alentaron esta práctica como una negación clara al respeto que se merece el cuerpo como templo del Espíritu Santo, que resucitará en el último día. Es una costumbre pagana, abominable a la santidad de la vida Católica.
 
Es cierto que en 1963, durante el Concilio Vaticano II, se flexibilizó esta ley. El Código de Derecho Canónico de 1983 refleja este cambio estableciendo que la cristiana sepultura sólo se le negará a aquellas personas que hayan elegido la cremación por razones opuestas a la Fe Católica (Canon 1184, §1, 2). Esta expresión ambigua abrió las puertas a la cremación sin control, con su consecuente falta de respeto por el cuerpo, sellado con la Santísima Trinidad en el bautismo.
  
Sin embargo, es una cuestión discutible, pues la Iglesia Conciliar ha abandonado cualquier Misa de Responso, y no sólo la de aquéllos que han sido o habrán de ser cremados. Aquí subyace la tragedia real, pues el Sacrificio de la Misa no se ofrece más por el eterno descanso de las pobres almas sufrientes del Purgatorio.
 
En lo que concierne a los verdaderos católicos, la cremación no es una práctica aceptable, excepto en casos extremos de peligro, como en el caso de plagas u otras enfermedades infecciosas. Tiene que seguir tratándose como una negación clara al dogma católico referente al cuerpo como templo del Espíritu Santo y la resurrección del cuerpo. Los sacerdotes tradicionales deben consecuentemente, rehusar celebrar los servicios de la cristiana sepultura y la Misa de Responso para todas aquellas personas que hayan solicitado que sus cuerpos sean cremados. Y más aún, los católicos tradicionales tienen el deber de explicar esta situación a sus familiares, para no encontrarse en la situación de tener que implementar la cremación o negar una Misa de Responso.

miércoles, 13 de mayo de 2009

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO DE FÁTIMA


Nuestra Señora del Rosario de Fátima (en la parte inferior los pastorcitos)

Hoy, 13 de Mayo, celebramos el aniversario de la primera aparición de Nuestra Señora de Fátima. Por eso tengo a bien contaros la historia y los mensajes de esta aparición de la Bienaventurada Virgen María.


¿DÓNDE QUEDA FÁTIMA?

Fátima es una parroquia situada en la diócesis de Leiría, perdida en uno de los contrafuertes de la Sierra de Aire, a 100 kms. al norte de Lisboa y casi en el centro geográfico de Portugal, Fátima tiene a su alrededor, en un radio de cerca de 25 kms., algunos de los monumentos más elocuentes y simbólicos de la historia portuguesa: el castillo construido por Don Alfonso Enríquez en Leiría, cuyas imponentes ruinas, altas murallas y fuertes y bellos torreones, se yerguen en la cumbre de una colina de 113 metros de altura; el grandioso Monasterio de la Batalla el cual, con sus amplios salones, soberbios arbotantes, pináculos y ornamentos, es ciertamente la más bella joya de la arquitectura medieval del país; el convento-fortaleza de Tomar, antiguo cuartel general de los templarios lusitanos y más tarde de la Orden de Cristo; no muy distante, circundada por murallas medievales y asentada sobre un cerro que domina la vasta planicie, la encantadora villa de Ourém, con sus estrechas y accidentadas laderas, ruinas góticas y lienzos de muralla del viejo castillo del señor feudal; por fin, construida en el austero y elegante estilo gótico, la gran abadía cisterciense de Alcobaça, una de las mayores de Europa que, en sus días de gloria fue centro de fervor religioso y de gran cultura, dando cabida a más de mil monjes. No muy distante de Fátima, hacia el océano, se encuentra el varias veces centenario pinar de Leiría, plantado por el rey Don Dionís en plena Edad Media. En el paisaje de la región predominan las colinas desnudas y pedregosas, salpicadas de encinas, viéndose aquí y allí pueblos de casas blancas, brillantes a la luz del sol y en los valles, algunos bosques de olivos, robles y pinos. Fue este escenario bucólico, tranquilo y denso en recuerdos, el escogido por la Madre de Dios para transmitir al mundo una de las más graves profecías de la Historia. Palabras venidas del Cielo, cargadas de advertencias, de misericordia y de esperanza.


UN DOMINGO COMO LOS DEMÁS PARA LOS TRES PASTORCITOS

Transcurría la primavera de 1917. La Primera Guerra Mundial, la grande y sangrienta guerra de las naciones, hacía más de tres años que extendía sus campos de batalla por casi toda la Tierra. Sin embargo, en aquella luminosa mañana del domingo 13 de mayo, las calamidades y horrores de la guerra parecían distantes para tres pastorcitos. Se trataba de Lucía de Jesús dos Santos, la mayor, con 10 años; Francisco y Jacinta Marto, con 9 y 7 años, respectivamente. Después de asistir a Misa en la iglesia de Aljustrel, caserío de la parroquia de Fátima, donde residían, salieron en dirección a la sierra y allí juntaron su pequeño rebaño de ovejas castañas y blancas. Lucía, al escoger el lugar de pastoreo para el día, dijo con aire de mando:— Vamos a las tierras de mi padre, en la Cova de Iría (Cueva de Irene). Obedeciendo, los otros pusieron en marcha las ovejas, y allí fueron los tres atravesando los matorrales que cubrían la Sierra de Aire. Los animales iban arrancando lo que encontraban a su alcance, y sus cencerros sonaban tristes en el silencio de la mañana clara. Era un bello domingo ese 13 de mayo, ¡mes de María! En el cielo límpido y translúcido, el sol se mostraba en todo su esplendor.El tiempo había pasado sereno y entretenido. Los pastorcitos ya habían comido su merienda, compuesta de pan de centeno, queso y aceitunas; habían rezado el Rosario, junto a un pequeño olivo que el padre de Lucía había plantado por allí. Cerca del mediodía, subieron a una parte más elevada de la propiedad y comenzaron a jugar…


Beatos Francisco y Jacinta Marto


PRIMERA APARICIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN


Súbitamente, en medio de su inocente recreo, los tres niños vieron como una claridad de relámpago que los sorprendió. Contemplaron el cielo, el horizonte y, después, se miraron entre sí: cada uno vio al otro mudo y atónito; el horizonte estaba limpio y el cielo luminoso y sereno. ¿Qué habría pasado? Pero Lucía, siempre con cierto tono imperativo, ordenó:— Vengan, que puede venir una tormenta. — Pues vamos, dijo Jacinta. Juntaron el rebaño y lo condujeron descendiendo hacia la derecha. A medio camino entre el monte que dejaban y una encina grande que tenían delante, vieron un segundo relámpago. Con redoblado susto, apresuraron el paso continuando el descenso. Sin embargo, apenas habían llegado al fondo de la «Cova» cuando se pararon, confusos y maravillados: allí, a corta distancia, sobre una encina de un metro y poco de altura, se les aparecía la Madre de Dios. Según las descripciones de la Hermana Lucía, era «una Señora vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente». Su semblante era de una belleza indescriptible, ni triste ni alegre, sino serio, tal vez con una suave expresión de ligera censura. ¿Cómo describir con detalle sus trazos? ¿De qué color eran los ojos y los cabellos de esa figura celestial? ¡Lucía nunca lo supo decir con certeza! El vestido, más blanco que la propia nieve, parecía tejido de luz. Tenía las mangas relativamente estrechas y el cuello cerrado, llegando hasta los pies que envueltos por una tenue nube, apenas se veían rozando la copa de la encina. La túnica era blanca, y un manto también blanco, con bordes de oro, del mismo largo que el vestido, le cubría casi todo el cuerpo. «Tenía las manos puestas en actitud de oración, apoyadas en el pecho, y de la derecha pendía un lindo rosario de cuentas brillantes como perlas, con una pequeña cruz de vivísima luz plateada. [Como] único adorno, un fino collar de oro reluciente, colgando sobre el pecho y rematado casi a la altura de la cintura, por una pequeña esfera del mismo metal». Lo que ocurrió a continuación es así relatado por la Hermana Lucía: «Estábamos tan cerca, que quedábamos dentro de la luz que la cercaba, o que irradiaba. Tal vez a un metro y medio de distancia, más o menos. Entonces, Nuestra Señora nos dijo:— No tengáis miedo, no os haré mal.— ¿De dónde es Vuestra Merced? le pregunté.— Soy del Cielo.—¿Y qué quiere de mí Vuestra Merced?— Vengo a pediros que volváis aquí durante seis meses seguidos, los días 13 y a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Y volveré aquí aun una séptima vez. —¿Y yo también voy a ir al Cielo? — Sí, irás. —¿Y Jacinta? — También. —¿Y Francisco? — También, pero tiene que rezar muchos rosarios. Me acordé entonces de preguntar por dos niñas que habían muerto hacía poco. Eran amigas mías y [frecuentaban] mi casa [para] aprender a tejer con mi hermana mayor. —¿María de las Nieves ya está en el Cielo?— Sí, está. ¿Y Amalia? —Estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo. ¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que os quiera enviar, en reparación por los pecados con que Él es ofendido, y en súplica por la conversión de los pecadores? —Sí, queremos. —Vais, pues, a tener mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo. Fue al pronunciar estas últimas palabras 'la gracia de Dios, etc.', cuando abrió las manos por primera vez, comunicándonos una luz tan intensa, como el reflejo que de ellas procedía, que, peñerándonos en el pecho y en lo más íntimo del alma, nos hacía vernos a nosotros mismos en Dios, que era esa luz, más claramente que como nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior también comunicado, caímos de rodillas y repetimos interiormente: Oh, Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento. Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió: —Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra. Enseguida comenzó a elevarse serenamente, subiendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad de la distancia. La luz que la circundaba iba abriendo un camino en la obscuridad de los astros, motivo por el cual alguna vez dijimos que vimos abrirse el Cielo». Después que la Aparición se eclipsó en la infinitud del firmamento, los tres pastorcitos permanecieron silenciosos y pensativos, contemplando durante un largo rato el cielo. Poco a poco, fueron despertando del estado de éxtasis en que se encontraban. A su alrededor, la naturaleza volvió a ser lo que era. El sol continuaba fulgurando sobre la tierra, y el rebaño, esparcido, se había echado a la sombra de las encinas. Todo era quietud en la sierra desierta. La celestial Mensajera había producido en los niños una deliciosa impresión de paz y de alegría radiante, de frescura y libertad. Les parecía que podrían volar como los pájaros. De cuando en cuando, el silencio en que habían caído era interrumpido por esta jubilosa exclamación de Jacinta:— ¡Ay, qué Señora tan bonita! ¡Ay, qué Señora tan bonita! En ésta, como en las demás apariciones, la Virgen Santísima habló sólo con Lucía, mientras que Jacinta solamente oía lo que Ella decía. Francisco, sin embargo, no la oía, concentrando toda su atención en verla. Cuando las dos niñas le relataron el diálogo arriba transcrito, y la parte que se refería a él, se llenó de gran alegría. Cruzando las manos sobre su cabeza, el niño exclamó en voz alta:— ¡Oh, Señora mía! ¡Rosarios digo cuantos queráis! Los pastorcitos se sentían otros. Sus almas estaban ligeras y alegres.Ya los envolvían las penumbras del atardecer, mientras en la sierra se oían los ecos de las campanas tocando el Ángelus. Recogiendo sus ovejas, los tres niños abandonaron aquel sitio bendito. En el silencio del anochecer, que iba cubriendo las sierras, «se oía el sonido ronco del cencerro, y los pasos menudos del rebaño, camino abajo, eran como llovizna de verano en hojas secas...»

SEGUNDA APARICIÓN: 13 DE JUNIO DE 1917

El día señalado para la segunda aparición, los videntes se encontraron en Cova de Iría, donde ya se aglomeraban cerca de 50 curiosos, entre hombres y mujeres. Inmediatamente antes de que Lucía hablase con Nuestra Señora, algunos observaron que la luz del sol disminuyó, a pesar de que el cielo estaba despejado. A otros les pareció que la copa de la encina, cubierta de brotes, se curvaba como si soportase un peso. Y, según un testigo ocular, los circunstantes habrían oído algo como «una voz muy aguda, como un zumbido de abeja». La Hermana Lucía describe así lo sucedido: «Después de rezar el Rosario con Jacinta y Francisco, y las demás personas que estaban presentes, vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba (lo que llamábamos relámpago); y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina, igual [que en la aparición] de mayo. —¿Qué quiere Vuestra Merced de mí? -pregunté. —Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el rosario todos los días, y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero.Lucía pide la curación de un enfermo.— Si se convierte, se curará en el transcurso del año.— Quería pedirle que nos llevara al Cielo.— Sí, a Jacinta y a Francisco los llevaré en breve. Pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien la abrace, le prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas, como flores puestas por mí para adornar su trono. —¿Y me quedo aquí sola? —No, hija. ¿Y tú sufres mucho con eso? No te desanimes. Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios. Al decir estas últimas palabras, abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de aquella luz tan intensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el Cielo y yo en la que se esparcía por la tierra. Delante de la mano derecha de la Santísima Virgen había un Corazón rodeado de espinas que parecían clavárseles por todas partes. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de los hombres, que pedía reparación». Poco a poco, esa visión se desvaneció ante los ojos maravillados de los tres pastorcitos. La Señora, siempre resplandeciente de luz, comenzó entonces a elevarse del arbusto y, subiendo suavemente por el camino luminoso que su brillo incomparable parecía abrir en el firmamento, se retiró hacia el este, hasta desaparecer. Extasiados, los videntes la siguieron con la mirada, y Lucía gritó a los circunstantes:— Si la quieren ver, miren... va más para allá... Algunos que se encontraban más próximos notaron que los brotes de la copa de la encina estaban inclinados en la misma dirección apuntada por Lucía, como si las ropas de la Señora, rozándolas al partir, las hubiesen arrastrado y doblado. Sólo después de algunas horas volvieron a su posición normal.Una vez desaparecida por completo la visión. Lucía exclamó:— ¡Listo! Ahora ya no se ve; ya entró en el cielo; ya se cerraron las puertas. El público allí presente, aunque no hubiese visto a Nuestra Señora, comprendió que acababa de pasar algo extraordinario y sobrenatural. Algunos comenzaron a arrancar ramitas y hojas de la copa de la encina, pero enseguida fueron advertidos por Lucía para que tomasen sólo las de abajo, que la Santísima Virgen no había tocado. En el camino de vuelta a casa, todos iban rezando el Rosario en alabanza de la Augusta Señora que se había dignado descender del Cielo hasta aquel perdido rincón de Portugal...


TERCERA APARICIÓN: 13 DE JULIO DE 1917

Era un viernes el día en que se daría la tercera aparición de Nuestra Señora. Lucía, que hasta la tarde del día anterior estaba resuelta a no ir a la Cova de Iría, al aproximarse la hora en que debían partir, se sintió de repente impelida por una extraña fuerza, a la que no le era fácil resistirse. Fue a buscar a sus primos, que se encontraban en el cuarto, de rodillas, llorando y rezando:— Entonces ¿no vais? Ya es la hora.— Sin ti no nos atrevemos a ir. Vamos, ¡ven!— Pues yo ya iba...— Los tres niños se pusieron en camino. Al llegar al lugar de las apariciones se sorprendieron con la multitud que había acudido —más de dos mil personas— para presenciar el extraordinario acontecimiento.Según el Sr. Marto, padre de Francisco y Jacinta, en el momento en que la Santísima Virgen apareció, una nubecita cenicienta flotó sobre la encina, el sol empalideció y una brisa fresca comenzó a soplar, aunque fuese pleno verano. En medio del silencio profundo de la gente, se oía un susurro como el de una mosca en un cántaro vacío. Es la Hermana Lucía quien narra lo que entonces sucedió: «Vimos el reflejo de la luz como de costumbre y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la pequeña encina.— ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?-pregunté. — Quiero que vengáis el 13 del mes que viene, y que continuéis rezando el Rosario todos los días en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella los podrá socorrer.— Quería pedirle que nos dijera quién es y que hiciera un milagro con el que todos crean que Vuestra Merced se nos aparece.— Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre diré quién soy y lo que quiero, y haré un milagro que todos han de ver, para que crean. Entonces hice algunas peticiones [de parte de varias personas]. Nuestra Señora dijo que era necesario que rezasen el Rosario para alcanzar las gracias durante el año. Y continuó diciendo:— Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, sobre todo cuando hagáis algún sacrificio: ¡Oh! Jesús, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María».

* Primera parte del secreto:

«Al decir estas últimas palabras —narra la Hermana Lucía— abrió de nuevo las manos como en los dos meses anteriores. El reflejo [de los rayos de luz] pareció penetrar la tierra, y vimos como un mar de fuego y, sumergidos en ese fuego, a los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que flotaban en el incendio llevados por las llamas que de ellas mismas salían juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados —semejante al caer de las chispas en los grandes incendios— sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor (Debe haber sido ante esta visión que solté aquel 'ay', que dicen haberme oído exclamar). Los demonios se distinguían por formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa.»

* Segunda parte del secreto:

«Asustados y como pidiendo socorro, levantamos los ojos hacia Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:— Visteis el Infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os diga, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a terminar. Pero, sí no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora en los primeros sábados. Si atienden mis peticiones, Rusia se convertirá y tendrán paz. Si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal se conservará siempre el dogma de la Fe, etc. Esto no se lo digáis a nadie. A Francisco, sí, podéis decírselo. Cuando recéis el Rosario, decid después de cada Misterio: ¡Oh! Jesús mío, perdónanos, sálvanos del fuego del Infierno, lleva nuestras almas al Cielo, especialmente a aquellos que más lo necesitan. Se siguió un instante de silencio, y pregunté:— ¿ Vuestra Merced no quiere nada más de mí?— No, hoy no quiero nada más de ti. Y, como de costumbre, comenzó a elevarse en dirección al este, desapareciendo en la inmensa lejanía del firmamento». Se oyó entonces, de acuerdo al Sr. Marto, una especie de trueno que indicaba haber terminado la aparición.


CUARTA APARICIÓN: 15 DE AGOSTO DE 1917

Habiendo sido secuestrados y mantenidos tres días bajo vigilancia por el Administrador de Ourém, que a toda costa —y en vano— deseaba arrancarles el secreto confiado por la Virgen, los tres videntes no pudieron comparecer a la Cova de Iría el día 13 de agosto, cuando se daría la cuarta aparición de la Santísima Virgen.Según el testimonio de algunas de las numerosas personas que acudieron al lugar, poco después del mediodía se oyó un trueno, más o menos como las otras veces, al cual siguió el relámpago y, enseguida, todos comenzaron a notar una pequeña nube, muy leve, blanca y muy bonita, que sobrevoló unos minutos sobre la encina, subiendo después hacia el cielo y desapareciendo en el aire. Los rostros de los presentes brillaban con todos los colores del arco iris; los árboles no parecían tener ramas y hojas, sino sólo flores; el suelo y las ropas de las personas también estaban del color del arco iris. Nuestra Señora parecía haber venido, pero no encontró a los pastorcitos.Leamos ahora el relato de la Hermana Lucía sobre la cuarta aparición de la Madre de Dios:«Andando con las ovejas, en compañía de Francisco y de su hermano Juan, en un lugar llamado Valinhos, y sintiendo que algo de sobrenatural se aproximaba y nos envolvía, sospechando que la Santísima Virgen nos fuese a aparecer, y teniendo pena de que Jacinta quedase sin verla, pedimos a su hermano Juan que la fuese a llamar. Mientras tanto, vi con Francisco el reflejo de la luz, a la que llamábamos relámpago y, llegada Jacinta un instante después, vimos a Nuestra Señora sobre una encina.— ¿Que quiere Vuestra Merced de mí?— Quiero que continuéis yendo a Cova de Iría el día 13 y que continuéis rezando el Rosario todos los días. En el último mes haré el milagro para que todos crean.— ¿ Qué quiere Vuestra Merced que se haga con el dinero que la gente deja en Cova de Iría?—Haced dos andas; una llévala tú con Jacinta y dos niñas más vestidas de blanco; la otra, que la lleve Francisco con tres niños más. El dinero de las andas es para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Lo que sobre es para ayudar a una capilla que debéis mandar construir.— Quería pedirle la curación de algunos enfermos. — Sí, curaré a algunos en el transcurso de este año. Y tomando un aspecto más triste, les recomendó de nuevo la práctica de la mortificación, diciendo, al final: — Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al Infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas». Tras pronunciar estas palabras, la Virgen María se retiró, como en las veces anteriores, en dirección hacia levante. Durante largos minutos los pastorcitos permanecieron en estado de éxtasis. Se sentían invadidos por una alegría inigualable, después de tantos sufrimientos y temores. Por fin, cuando fueron capaces de moverse y caminar, cortaron algunas ramas del arbusto sobre el cual había rozado la túnica de Nuestra Señora y los llevaron a casa. ¡Allí pudieron sentir que los mismos exhalaban un delicioso y magnífico perfume! Eran las «ramitas donde la Virgen Santísima puso los pies»...


QUINTA APARICIÓN: 13 DE SEPTIEMBRE DE 1917

A lo largo de las sucesivas apariciones de la Santísima Virgen en Cova de Iría, había ido aumentando el número de los que en ellas creían. Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más. Narra la Hermana Lucía:«Al aproximarse la hora, fui allí con Jacinta y Francisco, entre numerosas personas que nos hacían caminar con dificultad. Los caminos estaban apiñados de gente. Todos querían vernos y hablar con nosotros, pidiendo que presentásemos a Nuestra Señora sus necesidades. [...]Llegamos por fin a Cova de Iría, junto a la encina, y comenzamos a rezar el Rosario con la gente. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a la Santísima Virgen sobre la encina. [Nos dijo:]— Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día. — Me han encargado que le pida muchas cosas: la cura de algunos enfermos, de un sordomudo.— Sí, a algunos curaré, a otros no. En octubre haré un milagro para que todos crean.Y comenzando a elevarse, desapareció como de costumbre». Según el testimonio de algunos espectadores, con ocasión de esa visita de la Santísima Virgen, como en las otras veces, sucedieron diversos fenómenos atmosféricos. Observaron «a la aparente distancia de un metro del sol, un globo luminoso que en breve comenzó a descender hacia poniente y, de la línea del horizonte, volvió a subir en dirección al sol». Además, la atmósfera adquirió un color amarillento, verificándose una disminución de la luz solar, tan grande que permitía ver la luna y las estrellas en el firmamento; una nubecita blanca, visible hasta el extremo de la Cova, envolvía la encina y con ella a los videntes. Del cielo llovían como flores blancas o copos de nieve que se deshacían un tanto por encima de las cabezas de los peregrinos, sin dejarse tocar o coger por nadie. Aunque breve, la aparición de Nuestra Señora dejó a lo pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

SEXTA Y ÚLTIMA APARICIÓN: 13 DE OCTUBRE DE 1917

Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal. Cerca de las once y media, aquel mar de gente abrió paso a los tres videntes que se aproximaban, vestidos con sus trajes de domingo. Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió: «Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina. — ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí? — Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas. — Quería pedirle muchas cosas. Si curaba a unos enfermos y convertía a unos pecadores... — A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados. Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido. Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol». Habiendo la Santísima Virgen desaparecido en esa luz que Ella misma irradiaba, se sucedieron en el cielo tres nuevas visiones, como cuadros que simbolizaban los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos del Rosario. Junto al sol apareció la Sagrada Familia: San José, con el Niño Jesús en los brazos, y Nuestra Señora del Rosario. La Virgen vestía una túnica blanca y un manto azul. San José estaba también de blanco y el Niño Jesús de rojo. San José bendijo al pueblo trazando tres veces en el aire una cruz, y el Niño Jesús hizo lo mismo. Las dos escenas siguientes fueron vistas sólo por Lucía. Primero, vio a Nuestro Señor, transido de dolor en el camino del Calvario, y la Virgen de los Dolores, sin la espada en el pecho. El Divino Redentor también bendijo al pueblo. Por fin apareció, gloriosa. Nuestra Señora del Carmen coronada Reina del cielo y del universo, con el Niño Jesús en brazos. Mientras los tres pastorcitos contemplaban los personajes celestiales, se operó ante los ojos de la multitud el milagro anunciado. Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: «¡Miren el sol!». Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata. A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a «bailar». Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones. Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zigzag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada. Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zigzag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días. El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: «¡El milagro, los niños tenían razón!». Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas. El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones. Nuestra Señora de Fátima, «¡misterioso don del Cielo! En la hora [...] de los hombres en guerra, en la hora del pensamiento y del sentimiento religioso en crisis por el error, por los desvíos de la razón, por la incredulidad, por la ignorancia, por la frivolidad; por el libre pensar de muchos y por la irreligiosidad de tantos; [...] por las dudas, inquietudes, titubeos, perplejidades, indiferencias, apatías. En tal hora trágica, ante la perspectiva del naufragio en las tinieblas, en la anarquía, en la disolución, ¡desciende del Cielo la boya salvadora! ¡Ahí está Ella, toda Ella, en una esfera luminosa de brillante polvo de oro! Sus pies de rosa se posan en una rústica encina, en lo alto de una sierra árida, y sus labios divinos se mueven para hablar con una inocente pastora. Es hermosa y suave; dulce y triste. ¡Sobre su figura cae tanta luz blanca que sus vestidos quedan blanqueados, y sobre ellos brilla tanto el sol que centellean! [...]Apareció en su propio mes. Mayo florido, mayo fecundo de las simientes en tierras preparadas y labradas. Apareció en la hora fuerte del medio día, hora que anima el suelo; hora de milagro, que transporta las almas.»

TERCER SECRETO DE FÁTIMA

La Virgen le dijo a Lucía: "Ve hija, di al mundo lo que pasará cuando se aproxime la fecha del número de la bestia (06 - 06 -06): pues los hombres están siendo dirigidos por el demonio, sembrando odio y cizaña por todas partes. Los hombres fabrican armas mortales que podrán destruir al mundo en minutos. La mitad de la humanidad podrá ser horrorosamente destruida. Habrá conflictos entre órdenes religiosas. Dios permitirá que todos los fenómenos naturales como el humo, el granizo, el frío, el agua, el fuego, las inundaciones, los terremotos, el tiempo inclemente,desastres terribles y los inviernos extremadamente fríos, acaben con la tierra poco a poco. Estos fenómenos naturales sucederán de todas maneras antes del año 2002 y seguirán de ahí en adelante. No podrán sobrevivir, los faltos de caridad hacia el prójimo y los que no se amen unos a otros como mi Hijo les ha amado. Muchos desearán haber muerto, pues millones perderán la vida en segundos. Los castigos que están frente a nosotros, en la Tierra, son inimaginables, pero vendrán, no hay duda. Dios ayuda al mundo, pero todo aquel que no de testimonio de fidelidad y lealtad hacia El, será destruido en forma irremediable" El Padre Agustín, quien reside en Fátima, recibió permiso del Papa Paulo VI, para visitar a la hermana Lucía. El padre Agustín expresa que ella lo recibió muy acongojada y le dijo: "Padre, Nuestra Señora esta muy triste por que nadie ha tomado interés en su profecía de 1917. Así, mientras los buenos tienen que seguir por un camino estrecho; los malos van por un camino amplio que los lleva directamente a la destrucción y créame padre que el castigo vendrá muy pronto. Muchas almas pueden perderse y muchas naciones desaparecerán de la Tierra. Pero en medio de todo esto, si los hombres reflexionan y llevan a cabo buenas acciones, el mundo podría tal vez, ser salvado. En caso contrario si insisten en proseguir sus maldades e inmoralidades; el mundo se podría perder para siempre. Ya ha llegado el tiempo para todos de transmitir el mensaje de Nuestra Señora a sus familiares, a sus amigos y al mundo entero. Estamos cerca del último minuto,del último día y la catástrofe se aproxima. ¿QUE NOS ESPERA? En todas partes se habla de paz y seguridad, pero el castigo vendrá. UNA GUERRA SIN SENTIDO PROVOCARÁ UNA DESTRUCCIÓN NUCLEAR. Esta guerra podría destruir todo. La oscuridad caerá entonces sobre nosotros durante 72 horas (3 días) y la tercera parte que sobreviva a estas 72 horas de oscuridad y sacrificio; empezará a vivir en una nueva era. Será gente buena. En una noche muy fría, 10 minutos antes de la media noche, UN GRAN TERREMOTO sacudirá la tierra durante 8 horas. Los buenos y los que propaguen la profecía de la Virgen de Fátima, NO DEBEN TEMER. ¿QUÉ HACER? La madre Lucía, dice que la Virgen pide: "No salgan de su hogar y no dejen a nadie extraño entrar en el. Por que solo lo bueno no estará en poder del mal y sobrevivirá a la catástrofe" La madre Lucía, prosigue según lo que se le ha revelado:Para que ustedes se preparen y puedan permanecer con vida, como hijos míos que también son; les daré las siguientes señales:La noche será muy fría. Soplarán fuertes vientos. Habrá angustia y en poco tiempo empezará un terremoto que hará temblar fuertemente la Tierra. En casa, cierren puertas y ventanas y no hablen con nadie que no esté dentro de ella. No miren hacia fuera, no sean curiosos, pues esa será la ira del Señor. Enciendan velas, ya que por tres días ninguna otra luz podrá alumbrar. El movimiento será tan violento que moverá la tierra 23 grados y luego la regresará a su posición normal. Entonces vendrá una absoluta y total oscuridad que cubrirá la Tierra entera. Todo espíritu maligno andará suelto haciendo mucho mal a las almas que no quisieron escuchar este mensaje y a los que no quisieron arrepentirse. Todo estará oscuro y aparecerá en el cielo una gran cruz mística, para recordarnos el precio que su Hijo pagó por nuestra redención. El Señor protegerá la propiedad de los elegidos. La madre Lucía sigue relatando lo que la Virgen le confió: Imploren lo siguiente: "Oh Dios perdona nuestros pecados, sálvanos del fuego del infierno y lleva al cielo todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia". Aquellos que crean mis palabras y lleven el mensaje a los demás, no deberán temer nada en el Gran Día del Señor. Hablen a todas las almas ahora que hay tiempo. Los que callen ahora, se harán responsables por ese gran número de almas que se pierdan por ignorancia. Cuando la Tierra ya no tiemble, aquellos que todavía no crean en nuestro Señor, morirán horriblemente. El viento traerá gas y lo regará por todas partes. Entonces saldrá el Sol. Puede que muchos vivan después de esta catástrofe. No olviden que si esto es un castigo de Dios, entonces es santo y que, una vez comenzado, no deben mirar hacia fuera, por ningún motivo, ya que Dios no quiere que ninguno de sus hijos vea cuando castiga a esos pecadores.


martes, 12 de mayo de 2009

LAMENTABLE

Tomado de SANTA IGLESIA MILITANTE
En cuanto a lo siguiente, como escribe otro Blogger que linkeamos al final, esperamos al respecto ser unos brutos, ignorantes, ineptos, incapaces e incompetentes; aspiramos a estar entendiendo mal, y que con el tiempo se aclare todo.
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Por una parte, los medios están pidiendo más sangre Cristiana para la sinagoga de Satanás y acusan al Papa de no pedir perdón por el anti semitismo, lo cual a priori habla bien, en parte, de este pontificado y lo distancia del precedente, propenso al ambiguo mea culpa.
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Sin embargo, el Papa, que no es infalible en todo, con sus dichos y actos en este viaje, los que de por sí bastan para un análisis pormenorizado que nos supera, pareciera enmarañarse en las redes de aquellos que odian a la Iglesia, y que siempre impíamente le pedirán estar más enredado en ellas.
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Con dolor decimos que este viaje papal está muy lejos de lo que esperábamos. Y lo lamentamos.
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Y un rumor apocalíptico y esperanzado nos llama a levantar las cabezas, pues se acerca nuestra liberación.
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Ver que están publicando al respecto:
Secretum Meun Mihi ¿La Iglesia desistirá a un mandato de su jefe?
Radio Cristiandad día negro y El papa habría aceptado paralizar las misiones en Israel y entre los judíos

NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA Y LOS DEBERES DEL PROPIO ESTADO DE VIDA

Traducción del artículo publicado por fray Thomas McGlynn OP en la revista Vision of Fátima, año de 1949 (tomado de AGE OF MARY).
  
LOS DEBERES DE ESTADO
 
«¡Cumple tu deber y todo marchará bien!» (Papa San Pío X)
  
Nuestra Señora del Rosario dijo en Fátima:
  • «Orad, orad mucho y haced sacrificios por los pecadores. Recordad que muchas almas van al Infierno porque no hay quien se sacrifique y ruegue por ellas».
  • «Ellos deben enmendar sus vidas, pedir perdón por sus pecados. No ofendáis más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido».
  
Este es el mismo triste, pero dulcemente persistente llamado oído en Lourdes hace muchos años: «¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!». Esta es la misma Madre que lloraba en la montaña de La Salette en 1846: «Si mi pueblo no quiere someterse, yo me veo forzada a dejar caer el brazo de mi Hijo. Es tan fuerte y tan pesado, que ya no puedo sostenerle». Seguramente la Madre de Dios se quejaría solamente de una cosa, y es el pecado.
 
¿Cuáles eran los pecados que la hacían llorar? El trabajo en los domingos, tomar el Nombre de Dios en vano, y no guardar las leyes eclesiásticas sobre el ayuno y la abstinencia. Ella dijo “Mi pueblo”, los campesinos de la Francia Católica —no los francmasones, herejes o ateístas—. ¿Qué eran estos pecados? Las violaciones de los Mandamientos de Dios y su Iglesia que se convirtieron en un modo de vida para estas pobres gentes: «Los que conducen carros no saben jurar sin poner en ello el nombre de mi Hijo». ¿Qué es más habitual que el tomar el Nombre de Dios en vano? ¿Trabajar los Domingos? ¿Violar la abstinencia de la Iglesia? ¡Seguramente estos pecados no “lastiman” a nadie! No, a nadie… sino a Dios y su Madre.
 
Atiende a las palabras dirigidas por Sor Lucía al Obispo de Leiría en 1943. La queja es todavía la misma, y más clara no puede ser:
«El buen Dios se queja amarga y dolorosamente por el pequeño número de almas en Su gracia que están dispuestas a renunciar a todo lo que la observancia de Su Ley requiere de ellos. Esta es la penitencia que el Señor pide ahora: el sacrificio que toda persona tiene que imponerse a sí misma para llevar una vida justa en observancia de Su Ley. Muchos piensan que la penitencia consiste en la práctica de grandes austeridades, y como no tienen ni la fuerza ni la generosidad para sobrellevarlas, se desalientan y caen en una vida de indiferencia y de pecado. Nuestro Señor me dijo: “El sacrificio requerido de cada persona es el cumplimiento de sus deberes de estado y la observancia de Mi Ley. Esta es la penitencia que ahora busco y demando”». (Sor Lucía de Fátima, Carta del 28 de Febrero de 1943)
  
Estas palabras son el significado de Fátima. Todo lo demás (el Rosario, la Consagración, la Devoción al Inmaculado Corazón de María, los Primeros Sábados) son medios a un fin. El Rosario no es un tiquete automático para la salvación eterna. Si conscientemente seguimos llevando una vida mundana y pecaminosa, si los misterios del Rosario no significan nada en nuestras vidas, ¿qué bien podemos hacer a nosotros mismos o a otros? ¿No seríamos sino contados entre estos falsos devotos que, como dice San Luis María de Montfort, «rezan muchos Rosarios, pero atropelladamente, [...] sin enmendar su vida, sin vencer sus pasiones» (Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen Santísima, 96)? No, la enmienda de la vida es la esencia e importancia de Fátima, la “penitencia” entendida como guardar los mandamientos de Dios y cumplir los deberes propios del estado de vida. Muy poco atractivo y nada emocionante, ¿cierto? Y quizá es por eso que perdemos el barco.
  
Los sacrificios inherentes al llevar una familia, en trabajar honestamente cada día, en mantener inviolados los votos matrimoniales, y practicar la castidad de acuerdo al propio estado; vencer el respeto humano cuando significa vivir nuestra Fe en una sociedad pagana, adherir intransigentemente a los estándares eclesiales de la modestia mariana, evitar las personas, lugares y cosas que nos sean ocasión de pecado, incluyendo lo que hoy en día llaman “recreación”, en fin, los cientos de “sacrificios” que Dios pide de nosotros en la simple vivencia diaria de nuestra Fe Católica. Estas son las “cosas pequeñas” que actualmente son obras heroicas, cosas que nos santifican y purifican mucho mejor que lo harían el cilicio y el flagelo. Esta es la “sustancia” de la cual se hacen los mártires.
  
En la simplicidad del mensaje de Fátima, es grandemente de temer que muchos no lo entiendan, o no lo quieran entender. Rusia no se ha convertido, y estamos lejos, muy lejos de la paz mundial [Para cuando se redactaron estas líneas, Pío XII no había realizado la Consagración de Rusia que la convertiría a la paz, consagración que se realizó en 1952. Y en cuanto a la “paz mundial”, ni hablar N. del T.]. Los pedidos de Nuestra Señora ho han sido contestados, a pesar de los millones que han prometido rezar el Rosario y vestir el Escapulario carmelita. Quizá pudiéramos ser más optimistas, millones habrían enmendado sus vidas. «¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros, en acto de desagravio por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?» (Palabras de Nuestra Señora a los pastorcitos, 13 de Mayo de 1917). Si tu respuesta es SÍ, recuerda lo que Nuestra Señora pidió a todos sus hijos… penitencia.
  
Dice Nuestra Señora a Lucía:
«Jesús quiere usarte para hacerme conocida y amada. Él quiere establecer en el mundo la Devoción a mi Inmaculado Corazón. Yo prometo salvar a todos los que la abracen, y sus almas serán amadas por Dios como flores puestas por Mí para adornar Su trono» (Segunda Aparición, 13 de Junio de 1917).
 
Tenemos que mirar honestamente a Fátima. No es lo que queremos que sea, sino lo que Dios planeó que fuera: «Mis pensamientos no son los vuestros, ni vuestros caminos son los míos, dice el Señor» (Isaías LV, 8).
  
Dios ha provado la verdad de Fátima con grandes milagros. Debemos aceptar la verdad o correr el riesgo de rechazar la gracia. Si encontramos que nuestro modo de pensar es distante a lo que Dios ha hecho saber en Fátima, será mejor que revisemos prontamente nuestro pensamiento. A nadie le gusta pensar en el Infierno; la Justicia divina es un atributo atemorizante que fácilmente ignoramos; la penitencia es perturbadora; la devoción al Inmaculado Corazón de María puede ser una novedad innecesaria; la discusión sobre Rusia puede ser imprudente; el Rosario algo monótono; y los Cinco primeros Sábados ser excesivamente matemático. Pero todo eso está en el mensaje de Fátima, y debemos ponerlo en práctica y entenderlo si queremos aceptar lo que Dios nos ha dicho a través de las apariciones en Fátima con la potente voz de los milagros y profecías.
 
Fátima es, primeramente, un llamado angustioso al mundo para que abandone el pecado. La enormidad de la rebelión de la humanidad contra Dios y la infinita aversión que Dios tiene al pecado forman el fundamento del mensaje de Fátima. Entonces Él le da al pecador la esperanza en la revelación de que aceptará el arrepentimiento hecho a través del Inmaculado Corazón de María. Fátima manifiesta los atributos peor entendidos de Dios: la justicia y la misericordia.
   
Los tres niños de Fátima vieron el Infierno. La visión no fue para su instrucción o advertencia, sino para nosotros; la Virgen Santísima les aseguró que ellos serían salvos. El acento del Infierno es tremendo. Es la primera parte del Secreto de Fátima; es la razón para el resto de las revelaciones. Nuestra Señora pasó a hablar de los castigos temporales con los que el mundo sería visitado si los hombres no enmiendan su vida. Los hemos visto llegar: guerra, hambre, persecución de la Iglesia, la destrucción de muchas naciones. De las palabras de Nuestra Señora debemos temer incluso mayores aflicciones a menos que cambie la conducta humana. Pero definitivamente perdemos “el significado espiritual de las cosas” si pensamos que Nuestra Señora vino a Fátima a decirnos cómo evitar una Tercera Guerra Mundial, o cómo convertir a Rusia, o cómo obtener tranquilidad en nuestra vida terrena. ¡Ella vino a decirnos cómo evitar el Infierno!
   
Los castigos temporales son secundarios; son castigos que extrañamente nos impresionan más que el Infierno. Pero todo el deramamiento de sangre, muerte, y desesperación de mil guerras no pueden igualar el desastre de la condenación de una sola alma. Y la condenación no es simplemente un posible mal que puede llegar si no hacemos lo que dijo Nuestra Señora de Fátima; hay actualmente clamando innumerables almas que no cumplieron, y ahora no podrán cumplir, el propósito de su existencia. Las apariciones de Fátima intentan detener esta devastación. Venga o no la guerra; es un mal, en últimas, sólo en la medida que lleve al único mal final, la pérdida de las almas.
  
«Visteis el Infierno, donde van a parar las almas de los pecadores», le dijo la Virgen Santa a Lucía. Este es el primer punto del mensaje de Fátima. Somos libres, hemos abusado de nuestra libertad, estamos en peligro de caer eternamente, debemos arrepentirnos. «No ofendáis más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido», dijo Nuestra Señora a Lucía mientras 70.000 personas vieron al Sol girar y caer.
   
En la aparición del mes de Agosto, dijo: «Orad, orad mucho y haced sacrificios por los pecadores. Muchas almas se pierden porque no hay quien se sacrifique por ellas». En cada aparición Ella urgía a los niños al sacrificio, y para su sacrificio les presentó dos motivos: la reparación de las ofensas contra la Divina Majestad, y la conversión de los pecadores. En la aparición de Julio, Ella les enseñó una oración que pidió rezar cada vez que se ofrezca un sacrificio: «Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María». Los niños respondieron con excepcionales obras de penitencia. Estamos llamados también a hacer penitencia, haciendo al menos los sacrificios necesarios para cumplir nuestros deberes.
  
Si el énfasis que hace el mensaje de Fátima sobre el peligro del Infierno y la necesidad de la penitencia es molesto, hay pocas consideraciones que puedan rectificar nuestro juicio. Nadie puede entender a cabalidad la gravedad del pecado porque debe ser medido por la santidad del Dios al que ofende el pecado. El apelo de Nuestra Señora en la colina de Fátima no es diferente al mandato de Nuestro Señor en otro monte:
«Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta, y amplio es el camino que lleva a la destrucción, y son muchos los que van por él» (Mateo VII, 13).
  
El fuego del Infierno no puede extinguirse por nuestra indiferencia a él; ni la justicia divina ser alterada por nuestra falla para entenderla. «Escuchad, pues, ¡oh casa de Israel!: ¿es Mi proceder el que no es justo, y más bien no es perverso vuestro camino?» (Ezequiel XVIII, 25). Debemos admitir el misterio y aceptar los hechos de la justicia divina y el castigo eterno. El crimen de no buscar el Cielo es muy grande. Es mucho mejor aterrarse ahora del Infierno y evitarlo, que ignorarlo ahora y descubrirlo después de morir. «¿Para qué perecer vosotros, oh casa de Israel?» (Ezequiel XVIII, 31).
 
«Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón». Esto resume la segunda parte del Secreto de Fátima. La advertencia del Infierno y los castigos en la tierra manifiestan la justicia divina, pero también es una expresión de la misericordia de Dios. La misericordia de Dios se manifiesta más claramente en la revelación del Inmaculado Corazón. La devoción al Inmaculado Corazón de María no es nueva. Fue practicada por Nuestro Señor: El Corazón de María fue honrado con su primer milagro. Fue la afectuosa consideración del corazón de Nuestra Señora por la pareja de esposos en Caná lo que la inspiró a fin de que Nuestro Señor convirtiera el agua en vino. El corazón de María es el símbolo de su amor. Amor que es sin mancha de ninguna clase, sin la menor traza de egoísmo. En una palabra, es Inmaculado.

El Ángel Gabriel honró el Inmaculado Corazón de María cuando la saludó como “Llena de Gracia”, porque la gracia es compartir la vida de Dios, y la vida divina en el alma cristiana es activa por medio de la caridad, que es el amor. El Inmaculado Corazón es el pleno florecer de la gracia que Dios le otorgó a su Madre en su Inmaculada Concepción.
 
Siempre hemos sabido que la Bienaventurada Virgen tuvo una íntima coparticipación en la obra de la Redención, y Dios quiere que por medio de ella los frutos de la redención se distribuyan a las almas de los hombres. Sabemos por Fátima que Dios desea que honremos el Corazón de Su Madre, o, dicho de otra manera, honremos a Su Madre, o Corredentora, por el título de su amor, su Inmaculado Corazón.

El Inmaculado Corazón de María sufrió por causa del pecado. En Fátima, ella le mostró a Lucía su corazón rodeado de espinas. Dios nos ha dicho ahora, por medio de las apariciones de Fátima, que podemos hacer reparación a Él si reparamos el dolor que le hemos causado a Ella. El Corazón que recibió la plenitud de participación en la vida divina, que conoció los afectos de una madre para con Jesucristo durante los años en Nazaret, que fue atravesado por la agonía de verle morir, que le honra en el Cielo más de lo que pudiera el resto de la creación, ahora es proclamado gloriosamente por Él a través de Fátima. El Señor desea establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. No debemos discutir la temporalidad o conveniencia de la devoción al Inmaculado Corazón; debemos esforzarnos en humilde oración para adquirirla.
  
Este es sustancialmente el significado de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima. Hay otros detalles, de hecho, pero los detalles no deben oscurecer la esencia del mensaje de Fátima, específicamente: nuestra propia salvación, la conversión de los pecadores, la expiación de nuestros pecados, y el que Dios quiere que honremos el Corazón de Su Madre.
  
Los otros detalles tienen que ver con el medio de honrar el Inmaculado Corazón de María y con las sanciones divinas de esta devoción: los castigos que se siguen si la oferta misericordiosa de Dios es despreciada y se ignora la devoción al Inmaculado Corazón de María. El primer medio declarado en Fátima para rendir homenaje al Inmaculado Corazón es el Rosario, que ciertamente es la oración favorita de Nuestra Señora, y no es difícil encontrar la razón para ello: el alma del Rosario es meditar los misterios de la Encarnación, Pasión redentora y glorioso Triunfo de Nuestro Señor. Es su oración favorita porque representa en nosotros a Nuestro Señor.
  
La devoción de las Comuniones Reparadoreas de los Cinco Primeros Sábados fue dada a conocer e insistida a lo largo de tres apariciones distintas a Lucía. Ello ha simplificado el modo en el cual podemos cumplir las demandas de Fátima. Y fue hecha una gran promesa: nos ha asegurado la ayuda necesaria para la salvación si realizamos una serie de actos devotos con la intención de hacer reparación a Dios por el pecado a través del Inmaculado Corazón de María. La petición no es vaga; es definida. De esta definición puede derivarse el descanso de alcanzar una seguridad de que hemos atendido el llamado de Fátima. Se nos pide que recibamos los sacramentos de la Confesión y la Santa Comunión (la Confesión puede hacerse la semana antes o después) el primer Sábado de cada mes durante cinco meses seguidos; y, en los primeros Sábados, rezar un tercio [cinco decenas del Rosario, que tiene quince] y, aparte del Rosario, pasar quince minutos meditando uno o más misterios del Rosario.
   
Nuestra Señora anunció en Fátima que Rusia esparciría sus errores por todo el mundo y que el resultado serían guerras y persecución a la Iglesia. Esto no significa qur Rusia sea el enemigo de la paz; en cambio significa que Rusia es —inconscientemente, de hecho— el instrumento de la justicia divina. El enemigo de la paz no es Rusia, si no el pecado, que abunda en todas las fronteras.
  
Nuestra Señora de Fátima ha profetizado absolutamente que un día Rusia se convertirá y que un período de paz le seguiría. No hay indicación en su mensaje que esto se logrará antes de otra guerra. Fátima no debe ser malentendida como una simple garantía de paz. La paz un día llegará; su arribo se acelerará si los hombres se arrepienten y honran el Corazón de María. Si no lo hacen, el mundo continuará sufriendo los castigos de la justicia divina.
  
Pero el triunfo del Inmaculado Corazón de María en tu alma y en la mía, y en el alma del hombre en la tienda de ultramarinos, o de la mujer que cruza la calle en el tranvía, o la del niño en el salón de clases, o la del ejecutivo en su escritorio, no tiene que esperar la consagración de Rusia; sólo espera la consagración individual a Dios en penitencia y reparación por el Corazón de María.

viernes, 8 de mayo de 2009

ALGUNOS ERRORES DE LA LLAMADA RENOVACIÓN CARISMÁTICA "CATÓLICA"

Visto y Tomado de Semper Fidelis
“Los jefes, los conductores del pueblo de Dios, han desdeñado la oración y la penitencia y el diablo les ha ofuscado la inteligencia; se han transformado en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola, para hacerlos perecer (...) los espíritus de las tinieblas difundirán por todas partes un relajamiento universal para todo lo que se relacione con el servicio de Dios; adquirirán un enorme poder sobre la naturaleza; habrá iglesias al servicio de esos espíritus”. Nuestra Señora de la Salette
  
 
Creo que la mayoría de los seguidores de la llamada Renovación Carismática Católica -RCC- son sinceros, aunque engañados por y en la RCC, en sus posiciones. Sería conveniente leer los propios libros de la RCC, para comprender como ese movimiento, nacido de errores pentecostales protestantes se distancia, y se opone a la doctrina católica. Por ejemplo, leer lo que está escrito en el libro Los Carismas cuyos autores son teólogos famosos y favorables a la RCC. Vease como en ese libro se confiesa que la RCC es de origen protestante:
Damos por supuesta una continuidad entre el neopentecostalismo católico y el pentecostalismo protestante de los años 1900, bien como entre éste y el «revivalismo» americano del siglo XIX”. Esa continuidad es verificable y declarada (aunque relativizada en la declaración). (Claude Gérest et allii, en Los Carismas; ensayo “La Hora de los Carismas”, en Revista Concilium, 1977, Número 109. Ed. Vozes, Petrópolis, p. 16).
Y aún:
Una larga historia de oposición a las herejías, a las tendencias sectarias, a los abordajes místicos, a las utopías mesiánicas modeló la actual faz de la Iglesia. Esa, esa Iglesia está marcada por la preponderancia de la institucionalización sacramental, cuyo elemento organizador es el ministerio sacerdotal o episcopal. El poder eclesiástico se concentra en las manos de los que se impusieron plenamente en el funcionamiento de la institución al punto de renunciar a la fundación de una familia y, hasta una fecha reciente, al ejercicio de una profesión (...) Entre la institucionalización y la interioridad no existe termino medio”. (Editorial de la Revista Concilium, N° citado, pág. 3)

¿Se entienden bien esos textos? En ellos se declara:
  1. Que la RCC tiene claramente origen protestante;
  2. Que la RCC se opone -sin termino medio- a las autoridades de la Iglesia institucional (Papa, Obispos, Sacerdotes), colocando énfasis en los carismas místicos, y no en la organización de la Iglesia, como institución.

En esa misma revista, el Padre Christian Duquoc afirma:
El Dios del Nuevo Testamento trajo innovaciones, si se compara al Dios manifestado en el Antiguo Testamento. El Dios de Jesús no es un legislador, sino un Padre. Perdona sin exigir compensaciones; perdona porque, siendo los hombres sus hijos, los ama. En compensación, los hombres son fieles a él, no para evitar el castigo infligido por un Juez, sino porque es su Padre. Así la religión según el orden de la Ley es substituida por un lazo familiar irracional” (Christian Duquoc O. P. “Los carismas, formas sociales del carácter imprevisible de la gracia” En Carismas, ed. cit. Pág. 94).
  
Se entiende bien lo que escribió ese sacerdote: Dios nada exigiría en compensación del pecado. Ahora bien, Cristo nos dice que “si no hiciereis penitencia pereceréis todos del mismo modo”. (Lucas, XIII, 5).

Y aún explica el Padre Duquoc que “El Espíritu Santo no estipuló que se manifestaría únicamente por la mediación de las instituciones eclesiales, o por los sacramentos” (op. cit., pág. 95). ¿Comprendemos lo que ahí se dice? Que el Espíritu Santo no asiste sólo a la Iglesia, y sólo en la Iglesia. Se comprende que lo que ese sacerdote quiere enseñar es que no es necesario ser católico para tener la gracia y los carismas del Espíritu Santo. Y que la RCC se opone a las autoridades es reafirmado por el Padre Duquoc, en el libro citado, diciendo: “Ejercer un ministerio en la Iglesia es un carisma, no un derecho, en el sentido atribuido hoy...” (Op. cit., pág. 100)... Traduciendo: está afirmando que la autoridad ministerial en la Iglesia, hoy, es atribuida por el Derecho Canónico al Papa, Obispos y Sacerdotes, pero que, de hecho, debería ser atribuida a los que tienen un carisma. Se ve bien que, cuando a alguien le inculcan que la RCC no está contra las autoridades, en la Iglesia, le están ocultando algo, ya que los teólogos de la RCC quieren dar el poder a quien dice tener carisma. Y en la RCC cualquier “hijo de vecino”, muchas veces sin la más mínima instrucción religiosa, aparece de la noche a la mañana con carismas imponiendo las manos. Por eso, si una mujer es quien tiene carisma, ellos son favorables a que ella tenga la autoridad, y sea ordenada sacerdotisa, contra todo lo establecido por N. S. J. C. y que siempre han enseñado y determinado los Papas, Juan Pablo II, inclusive.
Excluir a las mujeres del acceso al ministerio sería, de hecho, volver a legalizar el carisma. Sería crear una ley según la cual se determinase que los seres humanos, en razón de su sexo -una condición natural, por lo tanto- son a priori, excluidos de cualquier apropiación por el Espíritu Santo, en vista de ayudar a la comunidad de forma ministerial o sacerdotal. No es el carisma que hace brotar aquí, lo institucional, sino que es lo institucional que limita el carisma” (C. Duquoc., op. cit., pág. 100. El negrito es mío)....
 
Y hasta la Eucaristía es negada por esos seudoteólogos carismaticos de la RCC:
“«Tomad y comed... esto es mi cuerpo. Tomad y bebed... esta es mi sangre». Ahora, es forzoso reconocer, para la casi totalidad de los laicos esas palabras no tienen un sentido inmediatamente perceptible; este sentido no es en sí ni estimulante ni entusiasmante. Tomadas al pié de la letra, vemos inmediatamente cuánto comportan de peligros de equívocos, pues evocan casi siempre, aún que a título simbólico, magia y antropofagia” (Paul Abela, “Celebrar la Eucaristía y poner manos a la obra” En revista cit, pág. 106)...
  
Esta aclaración se alarga, aunque se podrían dar muchas otras pruebas de las herejías de los teólogos de la Renovación Carismatica Católica, por hoy, quedemos aquí. Espero que se reflexione. Y que no nos engañemos por el hecho de que en muchos casos aún no se enseñen explícitamente esas herejías en el grupo carismático que cada uno frecuenta. Ellos acostumbran a destilar sus errores gota a gota, lentamente.

ORLANDO FEDELI
 
“Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán” (Mateo XXIV, 5).