Vexílla Regis

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LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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No hay forma de vivir sin Dios.

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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lunes, 11 de julio de 2016

NOVENA EN HONOR A SAN ELÍAS PROFETA, FUNDADOR DE LA ORDEN CARMELITA

Adaptación de la Novena dispuesta por el Padre Juan José Ramírez de Arellano, capellán del Real Colegio Nuestra Señora de la Caridad, en México; y reimpresa en Barcelona en 1833.
  
ADVERTENCIAS PARA LA NOVENA
El tiempo más a propósito para comenzar la Novena es el dia once de Julio, para acabarla el dia diez y nueve, víspera de la Festividad del Santo, que es a veinte; pero también se puede hacer en cualquier tiempo del año, porque siempre que devotos buscáremos a San Elías lo hallaremos favorable.
Confesar y comulgar el primer y último día de la Novena, y los demás por consejo del Padre espiritual.
Ayunar todos los días de la Novena o los que se pudieren, en memoria de los cuarenta días que el Santo Profeta Elías ayunó.
Tomar disciplina, usar cilicio y otras mortificaciones, a imitación de las grandes austeridades de nuestro Santo Patriarca. Y los que por enfermedad no pudieren hacer estas obras penales, procuren mortificar sus sentidos y pasiones.
Rezar cada día tres Padres nuestros y Ave Marías con Gloria Patri a la Santísima Trinidad, en acción de gracias por haber criado un Santo tan admirable como este.
Tener cada día un rato de meditacíon, sirviendo de puntos para ella la virtud del Santo que le corresponde a cada día, leyéndola antes, pues con ese fin se pone una todos los días.
Hacer alguna limosna corporal, en reverencia de la que el Santo Profeta hizo a la viuda de Sarepta, multiplicándole la harina y el aceite, en el tiempo de su mayor necesidad. Y quien no pudiere, hará una limosna espiritual, procurando evitar en sus prójimos los pecados, imitando así algo del ardentísimo celo con que San Elías aborrecía las ofensas hacia Dios.
 
NOVENA EN HONOR A SAN ELÍAS PROFETA, FUNDADOR DE LA ORDEN CARMELITA
   
  
Por la señal de la Santa Cruz; de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
    
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Criador de todas las cosas, Redentor mío y de todo el género humano, mi Padre amoroso y mi Dios verdadero, en quien firmísimamente creo, de quien infaliblemente espero el perdón de mis pecados, y a quien amo sobre todo lo criado con todas las veras de mi corazón; me pesa entrañablemente de haberos ofendido tantas y tan innumerables veces con mis culpas, siendo Vos quien sois, tan bueno, tan Santo y por consiguiente tan digno de ser amado sobre todo amor: y yo tan vil, tan perverso, tan inicuo, el mayor de los pecadores y el más despreciable entre las criaturas. Me pesa, mi Dios y mi Señor, de haber tenido tan grande atrevimiento, con el que os he perdido el respeto que os debo tener como a mi amantísimo Padre, y os he faltado al honor que os debo como a mi verdadero Dios y Señor. Y al considerar mis yerros e ingratitudes contra un Dios tan bueno, quisiera que mi corazón se hiciera menudos pedazos de dolor y arrepentimiento. ¡Ojalá, Señor, fuera yo tan dichoso, que muriera de dolor de haberos ofendido! Ea, mi buen Dios, mi amoroso Padre, mi dulcísimo Redentor, concededme el perdón de mis culpas como os lo pido, y juntamente gracia para no volver a ellas, sino que os ame y adore como a mi único bien, ahora y siempre por toda la eternidad. Amén.
  
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Todopoderoso y Eterno Dios, que con inefable providencia destinaste en el pueblo hebreo por celador de tu honra divina al Santo Profeta Elías, y lo tienes reservado en carne pasible para que en los últimos siglos, acompañado del Santo Enoc, defienda tu honor en el cristiano pueblo contra la infernal bestia del Anticristo y sus secuaces malditos. Suplicámoste, Señor, que por sus méritos e intercesión nos concedas un ardentísimo celo de tu mayor honra y gloria, la exaltación de nuestra Santa Fe Católica, la conversión de los infieles y paganos, la reducción de los herejes al rebaño de la Iglesia Romana, la contrición y penitencia de los pecadores, para que tu Divina Majestad sea de todos adorado, amado y servido; y que todas nuestras obras, pensamientos y palabras, llenas del fuego de tu divino amor, no aspiren a otro fin que a honrarte, reverenciarte y glorificarte, a imitación del encendido amor y celo de tu amado siervo San Elías, que en todo y por todo solicitó tu mayor honra y gloria. Y si lo que te pedimos va dirigido a ese fin, humildemente te suplicamos nos lo concedas por tu infinita misericordia; y si no es así, te sirvas dirigir y encaminar nuestras peticiones para que ni pidamos ni deseemos otra cosa que tu mayor honra y gloria, para que seas alabado, amado y reverenciado, ahora y siempre en tiempo y en eternidad, por los siglos de los siglos. Amén.
 
DÍA PRIMERO - 11 DE JULIO
Meditación: DE LA HEROICA FE DE SAN ELÍAS.
La primera basa del edificio espiritual es la virtud de la Fe, porque sin ella, segun el Apóstol, es imposible agradar a Dios. La del Santo Profeta Elías fue tal y tan heroica, que por ella mereció ser en la tierra el primer defensor (que en el Cielo ya lo había sido el Príncipe San Miguel contra los ángeles apóstatas) en aquel público y general Auto de Fe que se celebró en el Monte Carmelo, cuando por orden del rey Acab se juntaron ochocientos cincuenta profetas falsos: los cuatrocientos cincuenta de Baal, y los cuatrocientos de los bosques, a quienes sustentaba Jezabel.
 
Estando, pues, todos juntos con el numeroso pueblo israelítico, les dijo el Santo Profeta Elías de esta suerte: “¿Que desalumbramiento es el vuestro, ¡oh Israelitas!, y que inconstancias, mudando cada dia la Fe y Religión de vuestros mayores? ¿para que cojeáis de entrambos pies? Si el Dios de Israel es el verdadero; seguidle con fe constante: y si Baal lo es, seguid a Baal. Y para vuestro total desengaño reduzcamos hoy a prueba nuestra fe. Los profetas de Baal son ochocientos cincuenta, yo solo he quedado de los Profetas que deben sacar la cara por el verdadero Dios. Tráiganse aquí dos bueyes, tomad vosotros uno, hacedle pedazos, y ponedlo sobre la leña del altar del sacrificio, sin ponerle fuego debajo, que yo haré lo mismo con el otro buey en altar diferente. Invocad vosotros el nombre de vuestro dios, que yo invocaré el del mío, y el Dios que oyere y enviare fuego sobre el altar, ese será tenido por Dios legítimo y verdadero”. Oyendo esto el pueblo, dijeron todos a una voz: “óptima proposítio”, bonísima es la proposicion. Los profetas falsos mal de su grado lo hicieron así y con repetidas voces clamaban diciendo: “¡Baal, óyenos!”, mas como era ídolo muerto no los oía por más que le gritaban. De lo cual burlándose el Santo Profeta Elías, les decía con santo y gracioso donaire: “Ea, levantad más la voz, porque es dios de paso, y quizá estará bajando en el mesón o en el camino. Gritad más recio, quizá está dormido, y así es bien despertarlo”.
 
Y poniendo Elías su altar; lo regó con abundancia de agua, puso en él su buey, y habiendo invocado el nombre del Señor, bajó fuego del Cielo que consumió hasta la misma agua. De lo cual admirado todo el pueblo, a gritos decía: “El Señor es Dios, el Señor es el Dios verdadero”. Mandó entonces el Santo Profeta Elías, que a los ochocientos cincuenta profetas falsos los llevasen al arroyo Cisón, fuera del Monte Carmelo, y alli los degollasen a todos, quedando en Israel limpia y pura la fe del verdadero Dios; y por eso apellidó San Bernardo a nuestro Santo Profeta, acérrimo defensor de la Fe: Fídei defénsor.
  
Aqui se rezan los tres Padres nuestros con sus Ave María y Gloria. Se rezará a continuación la Letanía de nuestra Señora.
 
ORACIÓN
Omnipotente Dios, trino y uno, en cuya fe divina protestamos vivir y morir, agradecidos a tu Soberana Majestad porque nos hicisteis Cristianos, humildemente suplicamos a las puertas de tu clemencia por los méritos y heroica fe de tu siervo San Elías, nos des fortaleza en la Santa Fe Católica, para que la mantengamos en nosotros pura y limpia de todos los errores que a ella se oponen. Y juntamente te pedimos conserves y dilates por toda la redondez de la tierra el sagrado depósito de la fe, para que desterradas las tinieblas de la herética pravedad y disipadas las sombras del gentilismo, a todos alumbre la antorcha de la fe cristiana, y mediante ella se haga de todos un rebaño, cuyo único y divino Pastor eres Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
  
ORACIÓN PARA OFRECER TODA LA NOVENA
Esclarecido Patriarca Elías, tú que eres la forma misma de la justicia, espejo de la santidad, ejemplo de la piedad, defensor de la Fe, Doctor del israelítico pueblo, maestro de los ignorantes, refugio de los oprimidos, Abogado de los pobres, Juez de las viudas, vista de los ciegos, lengua de los mudos, vengador de las ofensas de Dios, temor de los malos, gloria de los buenos, vara castigadora de los Poderosos, martillo de los tiranos, Padre de los Reyes, Sal de la tierra, luz de todo el mundo, Profeta del Altísimo, Precursor de Jesucristo en su segunda venida, Cristo del Señor, Dios de Acab, terror de los falsos profetas de Baal y rayo destructor de los herejes, por todas estas tus excelentísimas prerrogativas que el Señor puso en ti, te suplicamos rendidos interpongas con la Divina Majestad tu poderosa y eficaz intercesión para que mediante ella los justos consigan la perseverancia, los afligidos el consuelo, los desvalidos el amparo, los pobres el remedio, las viudas el alivio, los pecadores la penitencia, los ciegos vista, vida los muertos, enmienda los tiranos, los Reyes Católicos paz y concordia, los herejes arrepentimiento, los idólatras luz y conocimiento del verdadero Dios, y todos consigamos de su Divina Majestad los bienes que necesitamos así de alma como de cuerpo, y así de gracia como de gloria, para que todo lo que hemos pedido en tu Novena redunde en honra de Dios y provecho nuestro. Amén.
   
GOZOS
Si a la necia ceguedad
Vencerá vuestro fervor,
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
 
Sol brillante de Israel,
A quien la gracia previno
Para el más alto destino
Previsto antes de nacer:
Por ti hemos de merecer
Gozar de felicidad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
 
Siendo vos recién nacido,
Fue vuestro padre admirado
Por veros, niño sagrado,
Entre unas llamas metido:
Discreto, cuanto advertido,
Consultó la novedad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
Que seríais Juez prudente,
Dijo el oráculo santo,
Vuestro celo sin quebranto
En todo tiempo eminente:
Que os educara decente,
Con temor santo y verdad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
   
Con una firme esperanza
Salisteis desde Galaad
Para reprender a Acab,
Por su idolatría tanta:
Todo su reino se espanta
Al ver la gran sequedad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
   
Candados vuestro poder
En esas nubes echó,
Y la lluvia no cayó,
Atenta a vuestro querer:
Portentoso habéis de ser
Sin duda, en cualquier edad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
El hospedaje pagaste
A la viuda sareptana,
Cuando en virtud más que humana
Su hijo resucitaste:
Que fue mucha declaraste
Siempre vuestra potestad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
        
El fuego de su región
A vuestro imperio bajó,
Hechas cenizas dejó
La contumaz religión:
Dénos vuestra intercesión
El de ardiente caridad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
    
La idolatría postrada
A vuestras plantas quedó,
Cuando el fuego consumió
Vuestra víctima sagrada:
Acab, su altivez domada,
Veneró tal santidad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
   
Bajo un enebro rendido
Os miro, Padre sagrado,
Del camino fatigado,
De Jezabel perseguido:
Del Cielo favorecido
Con generosa piedad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
En prueba de vuestra pureza
Ángeles os acompañaban,
Y el sustento os llevaban
Huyendo de la fiereza
De Jezabel, en la empresa
Contra vuestra benignidad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
Con oración fervorosa
Conseguiste en el Carmelo,
Ver la nube del consuelo
Y abundancia prodigiosa:
Que hizo la suerte dichosa
De Adán y su posteridad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
El vaticinio que hicisteis
En aquella nubecilla
De la Virgen sin mancilla
Ser hijos nos merecisteis:
Bajo su amparo tuvisteis
A vuestra posteridad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
De tu fe los resplandores
Dieron luz a los errantes,
Que estando de Dios distantes
Daban a Baal loores:
La Iglesia con tus favores
Aumentó su claridad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
Masfa y Galaad son testigos
De tu austera penitencia,
La humildad y la obediencia
Alli trajo a tus amigos,
Y profesaron activos
La más pura castidad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
   
Paso el Jordán os franquea
De vuestra virtud forzado;
Diste espíritu doblado
A Eliseo, que posea:
Propicia también nos sea
Vuestra liberalidad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
Carroza os sirve de fuego,
Padre, por aquellos Cielos;
Premio que a vuestros desvelos
Envía Dios desde luego:
Alcanzad que el mundo ciego
Conozca su gran verdad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
   
Allá en el Monte Tabor,
Cercada de claridad,
Se os mostró la humanidad
De Cristo nuestro Señor:
Sin duda fue ese favor
Señal de grande amistad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
   
Todo encendido en amor
Vuestras palabras eran fuego,
Que daban la vista al ciego
Y pureza al pecador:
Todos como protector
Os piden con humildad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
Y pues tu predicacion
Fue y por último será,
Un rayo de Cristiandad
Que partirá el corazón:
Danos tu bendición,
Patriarca, con longanimidad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
Contra el perverso Anticristo
Y su doctrina feroz,
Predicará vuestra voz
La verdad de Jesucristo:
Por vos el mundo malquisto
Dejará su ceguedad.
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
   
Si a la necia ceguedad
Vencerá vuestro fervor,
Elías, danos favor,
Para vencer la maldad.
  
Antífona. Quitóse Elías su manto, y golpeó las aguas del Jordán, que se dividieron en dos partes, y transitaron él y Eliseo por terreno seco; y ascendió Elías al Cielo en un torbellino.
℣. Bienaventurados quienes te vieron.
℟. Y honraste con tu amistad.
    
ORACIÓN
Oh Dios Omnipotente, que elevaste al Cielo a tu profeta, nuestro Padre el bienaventurado Elías en un carro de fuego sin padecer la muerte; te suplicamos nos concedas por su intercesión, que mientras vivamos en este mundo, sean elevados nuestros corazones a las cosas eternas y podamos regocijarnos con él en la resurrección de los justos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
 
En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
 
DÍA SEGUNDO - 12 DE JULIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración inicial...
     
Meditación: DE LA FIRMÍSIMA ESPERANZA QUE TUVO SAN ELÍAS.
Si fue grande la fe del Santo Patriarca Elías, nada inferior es su firme esperanza en el Señor. Retirado estaba nuestro Santo Patriarca en Masfa en el Monte Galaad haciendo una vida solitaria, penitente y austera, cuando Dios le mandó fuese a reprender al rey Acab y a todo su reino, por las abominables idolatrías que sacrílegos cometían. No puso a ello excusa alguna San Elías, porque ni se lo permitía el grande celo de la honra del Señor, que en su pecho ardía, ni la segura y firme confianza que tenía en Dios, de que su Majestad le asistía. Puesto en presencia del rey Acab y de todo su pueblo, les dijo; “Vive el Señor Dios de Israel, ante cuyo acatamiento estoy, que no habeis de ver lluvia ni rocío del Cielo sobre vuestros campos, sino cuando, y como yo quisiere”. Y así sucedió a la letra, pues en tres años y medio estaban tan endurecidos los Cielos que ni una sola gota de agua cayó, hasta que haciendo Elías oración con segura confianza en su Divina Majestad mandó a los Cielos que dieran a la tierra sus lluvias, ejercitando sobre tierra y Cielo la potestad que el Señor le había concedido en premio de su firmísima esperanza. Y no solamente esto, sino que como se dejaba todo a la Providencia Divina, el Señor cuidaba aun de su sustento corporal, que fue lo mismo que cantó David: “Jacta super Dóminum curam tuam, et ipse te enútriet”. Díganlo aquellos misteriosos cuervos, que allá en el arroyo Carit le llevaban el pan y las carnes por orden de Dios para su sustento. Publíquelo tambien aquel Ángel que se le apareció al Santo Profeta, cuando huyendo de la impía Jezabel, de cansado se quedó dormido a la sombra de un enebro, y el Ángel le despertó, ofreciéndole un pan subcinericio y un vaso de agua, para remedio de la necesidad que de comida y bebida padecía: siendo en este caso el Ángel su refugio, como lo es San Elías de los que padecen oprimidos, como lo llamó San Bernardo: Refúgium oppressórum. Tres Padre nuestros, Ave María y Gloria; y la Letanía de Nuestra Señora.
 
ORACIÓN
Misericordiosísimo Dios, que nunca desamparas a quien de veras pone su esperanza en Ti: por los méritos de tu amado siervo San Elías, y especialmente por la firme confianza que tuvo en tu Providencia Divina, con la cual mandaba sobre los Cielos y la tierra, y sin cuidar de sí era alimentado por ministerio de tus Ángeles, te suplicamos nos concedas la excelentísima virtud de la esperanza, para que con ella esperemos de tu infinita liberalidad, no solamente los bienes corporales, sino también los espirituales, y sobre todo la dicha de verte y poseerte para siempre; pues el poseerte es el objeto y premio de nuestra cristiana esperanza, a que aspiramos en esta vida, hasta que por tu misericordia lo consigamos en la Gloria. Amén.
  
La Oración de ofrecimiento, los gozos y la oración final se rezarán todos los días.
  
DÍA TERCERO - 13 DE JULIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración inicial...
     
Meditación: DE LA ENCENDIDA CARIDAD DE SAN ELÍAS.
En amar a Dios sobre todas las cosas y a los prójimos como a nosotros mismos, se encierra toda la ley que profesamos los cristianos, como dice el Señor: “In his duóbus mandátis tota lex pendet, et Prophétæ” (San Mateo 22). Por eso, el Espíritu Santo dijo que el profeta Elías se levantó como un fuego “Surréscit Prophéta Elías quasi ignis” (Eclesiástico 48), porque ardía en el fuego del amor de Dios, en el celo de su honra y en la caridad de los prójimos, advierte el Docto Juan de Silveyra (Opúsculo 3, Resolución I, cuestión 2). Y que sus palabras, prosigue el Espíritu Santo, eran tan ardientes como una antorcha encendida, “Et verbum ipsíus quasi fácula ardébat”: porque como notó Nicolás Lirano, inflamaba con ellas los corazones de sus oyentes al amor de Dios: “Accendéndo auditóres ad amórem divínum”. Pues siendo esto así, bien se conoce cuál seria el fuego de la caridad y amor de quien despedía brasas encendidas que inflamaban y encendían en amor a los demás; y así no es mucho que siendo tierno niño lo alimentasen los Ángeles con fuego en vez de leche, como afirma San Epifanio (De Vitæ prophetæ veterum testamenti) ni menos el que en una carroza de fuego que tiraban encendidos caballos, lo arrebatase el Señor por esos Cielos, sin que el fuego le hiciese daño alguno (IV Reyes 2), porque si un fuego no tiene actividad con otro fuego, ¿cómo lo había de tener el fuego de aquel carro sobre el Santo Elías, que todo era fuego de caridad y amor? De amor para con Dios, como lo publican sus heroicas obras, dirigidas todas a la mayor honra y gloria de su Divina Majestad. De caridad para con los prójimos segun lo manifiestan aquellos avisos que nueve años despues de su subida en el carro de fuego, envió al rey Joram, exhortándolo a la enmienda de su mala vida, y lo refiere la Sagrada Escritura (II Paralipómenos 21); ya que él desde el Paraiso terrenal o el lugar donde Dios lo tiene depositado, está solicitando la salvación de los hombres como afirman San Basilio, San Gregorio y otros muchos: y ya finalmente porque en el tiempo del Anticristo ha de volver a convertir almas para el Señor, explicando a los mortales la verdadera Fe de Jesucristo segun sentir del doctísimo Nicolás de Lira y Dionisio Cartujano, y a aplacar la ira de Dios contra los hombres, como lo testifica el Espíritu Santo en el capítulo 46 del Eclesiástico, y lo asientan así los sagrados expositores. Luego si San Elías es todo fuego de amor de Dios y de los prójimos, ¿que mucho lo llame San Bernardo el Cristo o el ungido del Señor, que todo es caridad y amor? Cristus Dómini. Tres Padre nuestros, Ave María y Gloria; y la Letanía de Nuestra Señora.
  
ORACIÓN
Clementísimo Dios y Señor nuestro, que por el infinito amor y caridad con que amas a los hombres nos diste a tu Unigénito Hijo, y desde el Solio de tu Divinidad nos enviaste al Espíritu Santo, que es fuego de amor por esencia, concédenos por los méritos de tu siervo San Elías, que inflamados nuestros corazones como el del Santo Patriarca con este divino fuego, a Ti solo amemos sobre todas las criaturas, y a ellas por Ti, y que de tal suerte se encienda este soberano fuego en nuestras almas, que sin apagarse jamás, dure en ellas por toda la eternidad, para que así merezcamos ir a alabarte a la patria Celestial, donde vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
  
La Oración de ofrecimiento, los gozos y la oración final se rezarán todos los días.
  
DÍA CUARTO - 14 DE JULIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración inicial...
     
Meditación: DEL FERVOROSO CELO DE SAN ELÍAS.
Esta voz celo en el idioma latino significa imitación, enojo, amor o competencia: pero en la aceptación cristiana el celo legítimo no es otra cosa, dice Moreno, que un “estudioso deseo y amor solícito de un fin loable y justo”. Tal fue el fervoroso celo del Santo Profeta Elías para con Dios, que cuando su Divina Majestad allá en la cueva del monte Horeb le dijo “¿Que haces aquí, Elías?”, le respondió: “Señor, con gran celo he celado la honra del Señor Dios de los ejércitos, porque los hijos de Israel han dejado vuestro pacto, destruido vuestros altares, degollado a vuestros Profetas, y yo solo he quedado: ahora buscan mi vida para acabarla”. Donde se ve claramente que siendo el de Elías un estudioso deseo y amor de un fin honesto y loable como la honra de Dios, es propiamente verdadero celo el suyo. Y si el celo es acto lícito de la caridad, por lo cual el Angélico Doctor Santo Tomás dijo que el celo es un amor intenso, que no sufre cosa en la cosa amada (Suma Teológica, I. 2. quest. 28. art. 4.), siendo tal el amor de Elías para con Dios, ¿que tal y que tan grande sería su celo? Bien lo explicó el Santo Profeta en aquella repeticion de palabras, cuando dijo “con gran celo he celado” que denotan una grande vehemencia o un acto muy intenso de amor: por eso San Elías antonomásticamente se llama el Celador de la honra del Señor; y aún cuando alguno tiene grande celo de la honra de Dios, decimos que tiene el celo de Elías, y la razon es porque aunque en este Santo Patriarca resplandecen en heroico grado las virtudes de obediencia, pobreza, virginidad, humildad, fe, esperanza, caridad, y todas las demás; sin embargo, la que más sobresale entre todas ellas, es la virtud del fervoroso celo de la honra de Dios. Este le hizo mandar degollar en el arroyo Cisón aquellos ochocientos cincuenta profetas falsos. Este celo le obligó a mandar que bajase fuego del Cielo y abrasase a aquellos cincuenta soldados y a su Capitán, los cuales le iban a prender por orden del rey Ocozias: y después enviando este otro Capitán y otros cincuenta soldados, volvió el Santo Elías por la honra de Dios, haciendo bajar segunda vez el fuego del Cielo para que consumiera á estos como a los primeros. Este mismo celo le obligaba a reprender severamente a los reyes de Israel Acab, Joram y Ocozias, para que detestasen sus vicios e idolatría: y así lo elogió el Espíritu Santo diciéndole: “Tú arrojaste a los reyes a la perdicion, quebrantando con gran facilidad su poder y orgullo” (Eclesiástico 48); por eso la pluma de San Bernardo, como tan gran celador de la honra de Dios, apellida al Santo Profeta vengador de las ofensas y agravios del Señor: Ultor scelérum. Tres Padre nuestros, Ave María y Gloria; y la Letanía de Nuestra Señora.
  
ORACIÓN
Omnipotente y Eterno Dios, que para defensa de tu honra y gloria, concediste a tu siervo San Elías un espíritu tan ardiente y celoso; por sus méritos e intercesión, te suplicamos nos concedas este abrasado celo de Elías para que celando tu honra divina evitemos las ofensas contra Ti, y sea tu Majestad temida y adorada de todas las naciones y gentes, y que no busquemos otra cosa que tu mayor honra, que es para nosotros la mayor gloria. Amén.
  
La Oración de ofrecimiento, los gozos y la oración final se rezarán todos los días.
  
DÍA QUINTO - 15 DE JULIO
   
Por la señal...
Acto de contrición y Oración inicial...
     
Meditación: DE LA AUSTERA MORTICACIÓN DE SAN ELÍAS.
Gravísimos autores afirman que San Elías fue santificado en el vientre de su madre, como el sagrado Bautista, de quien dijo el mismo Jesucristo que era Elías: “Ipse est Elías” (San Mateo 11, y Flor del Carmelo: vida de San Elías), donde advierte de paso que si el Bautista fue el mayor santo entre los nacidos: “Inter natos muliérum non surréxit major Joánne Baptísta”; y este lo compara el mismo Dios con San Elías, “ipse est Elías”, ¿qué tal será entre los Santos nuestro Padre San Elías? Y si del Bautista no se dice su niñez, como notó San Ambrosio, sino su nacimiento admirable y su predicacion en el desierto, el mismo estilo guarda la Sagrada Escritura con San Elías, sin referir sus puericias, como que nunca hubiera sido niño. Y a la verdad que no lo fue por sus siempre maduras resoluciones: porque instruido de sus padres en la noticia y observancia de la verdadera ley, para guardarla mejor, no solamente se contentó con huir la compañía de los idólatras, sino que hasta de sus mismos padres se apartó. Retiróse al lugar de Masfa en el monte Galaad, donde había una casa que despues fue colegio de Profetas. En esta soledad vivió algun tiempo, y en ella comenzó su espíritu a obrar lo que obró después en el Bautista, que fue el olvido de sus padres, el amor a la soledad y el trato con Dios, y porque su carne no se rebelase contra él, la traía cercada de espinas y de rigores. La dura tierra era su cama, el vestido unas pobres pieles, las lágrimas su pan, su regalo el ayuno y el sueño tan parco, como se deja entender lo tendría quien casi siempre estaba en presencia de Dios, como el mismo Profeta: “Vivit Dóminus in cujus conspéctu sto”. Acompañando allí a aquellos fervorosos Profetas y Religiosos varones, que descuidados de lo temporal se empleaban en la oración, en las alabanzas divinas y en santos ejercicios: a los cuales añadió Elías la profesión de Nazareo perpetuo, y como tal al voto de castidad, abstinencia del vino y otras austeras observancias, dio tales realces, que todos lo veneraban como a superior. Las mismas mortificaciones hizo en el peñascoso collado de Carit, que era una asperísima soledad acompañada solo de un arroyo; en la cueva del monte Horeb y en el monte Carmelo observó las mismas austeridades. Y en fin, como verdadero Ermitaño, toda su vida fue una continuada penitencia y prolongada mortificación, para enseñar a los israelitas, como su verdadero Doctor, más con el ejemplo que con las palabras: Doctor Israëlis, como lo apellidó San Bernardo. Tres Padre nuestros, Ave María y Gloria; y la Letanía de Nuestra Señora.
   
ORACIÓN
Altísimo y Soberano Dios, que con singular providencia nos diste por vivo ejemplar de la virtud de la mortificacion y penitencia al Santo Profeta Elías, para que de él, como del mejor Maestro, aprendiésemos a mortificar nuestra carne, que contínuamente se rebela contra el espíritu, impidiéndonos las operaciones espirituales: concedednos por sus méritos e intercesión, que mortificados en el cuerpo te sirvamos en esta vida, y merezcamos ir a gozar de aquellos celestiales deleites y regalos que para los que te sirven tienes preparados en tu eterna gloria, donde en compañía de todos los Santos te alabemos por los siglos de los siglos. Amén.
  
La Oración de ofrecimiento, los gozos y la oración final se rezarán todos los días.
  
DÍA SEXTO - 16 DE JULIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración inicial...
     
Meditación: DE LA PUREZA VIRGINAL QUE CONSERVÓ SAN ELÍAS
A la pureza virginal llamó San Jerónimo virtud Angélica, porque tiene esta virtud muy estrecho parentesco con los Ángeles: “Ángelis cognáta virgínitas”; y por eso los Ángeles aman mucho a los vírgenes, como a sus compañeros y semejantes. Bien se conoce por aquí cuán extremada fue la virginal pureza de nuestro Santo Patriarca, pues tan acompañado de Ángeles lo hallamos siempre. Si le vemos en el monte Carit, Ángeles en figura de cuervos, dice el Padre Gaspar Sánchez, eran los que dos veces al día le llevaban pan y carne para su sustento. Si lo sube el Señor por esos Cielos, Ángeles son los que en figura de carro y fogosos animales lo suben, segun el Abulense y el eximio doctor Suarez, con otros muchos teólogos. Si va a intimarle la sentencia de muerte al rey Ocozías, Ángeles son los que le acompañan. Y si huyendo de la malvada Jezabel, en los desiertos del Dumea se quedó dormido con la fatiga y cansancio debajo de un arbol, un Ángel es quien cuida de traerle de comer un pan y un vaso de agua para refrigerar la sed. Luego si los Ángeles como tan amadores de la pureza, asisten con especialidad a los Vírgenes: siendo San Elías tan asistido de los Ángeles, ¿qué tal será su pureza virginal? Angélica ya se ve. Por eso, según advierte Silveira, el fuego del carro en que San Elías subió al Cielo ni le quemó ni le hizo daño alguno, para dar con esto a entender que a este Santo Profeta nunca le dañó el fuego de la concupiscencia: porque su pureza virginal fue perpetua, como enseñan San Ignacio Mártir, San Epifanio, San Jerónimo y comúnmente todos los Santos Padres, dice el doctísimo Gaspar Sanchez: “Elíam virginitátem coluísse perpétuam, commúnis est véterum Patrum, constánsque senténtia”. Y aun el primero que hizo voto de castidad virginal fue San Elías, segun San Isidoro (De Ecclesiasticis Officiis, Libro II, c. 18, 1) y Juan Jerosolimitano (Liber de institutione Monachorum cap. 9). Por eso San Bernardo viendo tan singular pureza en nuestro esclarecido Patriarca, lo apellida espejo puro de santidad: Sanctitátis spéculum. Tres Padre nuestros, Ave María y Gloria; y la Letanía de Nuestra Señora.
 
ORACIÓN
Amantísimo Señor de la pureza santa, que por amor de ella escogiste para Madre de tu Unigénito la más pura Virgen que se halló entre todas las mujeres, tan virgen antes como después del parto: por la pureza virginal de tu querido siervo San Elías, te suplicamos nos concedas esta angelical virtud, para que limpias nuestras almas de las inmundicias de la carne, vivamos en la tierra como los Ángeles en el Cielo, triunfantes y vencedores del fuego de la concupiscencia, para que así seamos llevados al lugar donde los Vírgenes acompañan al Cordero divino Jesús. Amén.
  
La Oración de ofrecimiento, los gozos y la oración final se rezarán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO - 17 DE JULIO
   
Por la señal...
Acto de contrición y Oración inicial...
     
Meditación: DE LA EFICAZ ORACIÓN DE SAN ELÍAS.
La eficacia de la fervorosa oración del Santo Patriarca Elías, nos la propone por ejemplar el Apóstol Santiago en su Epístola Canónica, diciéndonos que aunque Elías era hombre mortal como nosotros, pudo tanto el fervor y eficacia de su oración, que alcanzó de Dios que en tres años y medio no cayese ni una gota de agua del Cielo sobre los campos de Israel, y volviendo a orar hizo que se desataran en lluvias los Cielos. Si quería resucitar muertos, con su oración lo conseguía: pues él fue el primer Santo que hizo en el mundo este milagro de resucitar difuntos. Si quería que bajase fuego del Cielo para castigar a los idólatras, por tres veces lo alcanzó con la eficacia de su oración, segun se lee en la Sagrada Escritura (Eclesiástico 48). Con la oracion mereció que el Señor se le manifestase en la cueva del monte Horeb, en un aire delicado y suave marea que le regaló el alma y dilató el corazon: conociendo por este símbolo lo suave y blando que es Dios para los que le buscan. Con la virtud de su oración logró en el monte Carmelo ver aquella pequeñita nube que subía del mar, en la que se presentaba la Santisima Virgen Maria Madre de Dios, como enseñan los Expositores sagrados. Finalmente todos los empleos de su santa vida no fueron otra cosa que una continua oracion como dijo San Isidoro: “Elías in sancta meditatióne assíduus” (De vita et morte Sanctorum utriusque Testamenti) instituyendo como tan grande orador la sagrada familia de contemplativos Carmelitas. Y aún ahora en aquel lugar en que la Divina Providencia lo tiene reservado, ya sea en el Paraíso terrenal, segun algunos, o ya sea en otro lugar distinto según otros, allí está el extático Profeta Elías orando a Dios por los hombres, según sentir de San Gregorio, en divinos éxtasis, querúbicas y seráficas contemplaciones, suavísimos y dulces coloquios, recibiendo de su Divina Majestad en la oración abundantes y soberanas luces, para alumbrar con ellas a todo el mundo: que aun por eso San Elías es en pluma de San Bernardo luz de todo el Orbe: Orbis lumen. Tres Padre nuestros, Ave María y Gloria; y la Letanía de Nuestra Señora.
  
ORACIÓN
Todopoderoso y Eterno Dios, que para alcanzar de tu Divina Majestad todo cuanto te pedimos nos mandaste lo pidiesemos con la virtud y eficacia de la santa oración: humildemente te pedimos por los méritos de tu siervo San Elías, y por la fervorosa oracion que por nosotros hace a tu clemencia desde el lugar en que lo tienes reservado, nos concedas que nuestras oraciones presentadas en el tribunal de tu misericordia salgan despachadas, como deseamos, para mayor honra y gloria tuya, y aprovechamiento de nuestras almas; y juntamente que nos inspires lo que te debemos pedir, para que así te sean agradables nuestras oraciones, como lo son las de nuestro Patrón San Elías. Amén.
  
La Oración de ofrecimiento, los gozos y la oración final se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO - 18 DE JULIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración inicial...
     
Meditación: DE LA INFLAMADA PREDICACIÓN DE SAN ELÍAS.
Que el Santo Profeta Elías fue en la ley antigua Predicador del Señor, es cosa bien sabida y expresada en las Divinas Escrituras, porque a ese fin miraba el celo de nuestro Patriarca, a que se observase la santa y verdadera ley. Y que también había de ser Predicador y Apóstol de Jesucristo, en los tiempos venideros, cuando el anticristo persiga la Católica Iglesia, consta del capitulo 17 de San Mateo, donde el mismo Jesucristo Señor nuestro dice que vendrá Elías a restaurar para Dios todo lo perdido: “Elías quidem ventúrus est, et restítuet ómnia” (Malaquías 4), porque entonces vendrá (como lo profetizó tambien Malaquías) hecho Precursor de la segunda venida de Cristo al mundo, pues si el Santo Rey David dijo que vendría antes que el Divino Juez un fuego abrasador: “Ignis ante ipsum præcédet” (Salmo 96), ese fuego que ha de venir es San Elías que es todo fuego, como dijo el Espiritu Santo: “Surréxit Elías Prophéta tanquam ignis, et verbum ipsius quasi fácula ardébat” (Eclesiástico 45) porque con su predicación y fervorosa doctrina, confirmará a los fieles, reducirá a Dios los hijos de su pueblo, restituyendo las cosas al lugar de donde las hubiere desencajado el anticristo. Para cuyo fin tiene Dios reservados en carne pasible a San Elías y a Enoc, como Apóstoles de los siglos venideros, según lo que dice el Apostol San Pablo: “Puto quod Deus nos Apóstolos novíssimos osténdit”, esto es semejantes a Enoc y Elías, que esos son los novísimos Apóstoles, según expone la Glosa interlineal y la Ordinaria, según San Bruno, el Maestro de sentencias (Pedro Lombardo) y otros muchos: de suerte, que la Iglesia santa atribulada con las gravísimas persecuciones del anticristo comenzará a levantar cabeza con la predicación de nuestro Patriarca, porque reducirá a los de su pueblo a la fe verdadera de sus Padres, y a unos y a otros a Dios, reconociendo todos a Cristo por el verdadero Mesías, sacándolos de la perniciosa ceguedad en que tantos siglos han vivido. Para este fin, pues, tiene Dios reservado a San Elías, para su Apóstol y Predicador, no solamente del Testamento viejo y ley antigua, sino también del Testamento nuevo y ley de gracia, en compañía del Santo Enoc, a los cuales como a Predicadores y Apóstoles de Jesucristo les quitará el anticristo la vida, muriendo en Jerusalén como nuestro Redentor Jesús, según afirman varios santos Padres y Expositores, y sus cuerpos serán arrojados en la plaza, donde permanecerán sin ser sepultados el espacio de tres días y medio (conforme a la profecía del Evangelista San Juan en el capítulo 11 del Apocalipsis), después de los cuales resucitarán gloriosos, y en una luciente nube subirán en cuerpo y alma a los Cielos, a vista del anticristo y sus secuaces, de quienes y su tiranía es duro martillo el Santo Profeta, como San Bernardo lo apellida: Malleus tirannórum. Tres Padre nuestros, Ave María y Gloria; y la Letanía de Nuestra Señora.
 
ORACIÓN
Redentor Soberano de nuestras almas, que para salud y remedio de ellas no solamente bajaste del Cielo a la tierra a predicar y enseñar a los hombres el camino verdadero de la salvación, sino que también dejaste en ella Ministros Apóstolicos para empleo tan excelente: suplicámoste por la inflamada predicación de tu siervo San Elías, destinado Apóstol por tu divina Majestad en los pasados y para los venideros siglos, que aprovechándonos de la verdadera doctrina de tu Santo Evangelio, vivamos tan ajustados a sus sagradas leyes que nunca jamás nos separemos de ellas, antes bien, por ellas merezcamos la vida eterna, pues vida eterna son las palabras de tu doctrina evangélica. Amén.
  
La Oración de ofrecimiento, los gozos y la oración final se rezarán todos los días.
  
DÍA NOVENO - 19 DE JULIO
Por la señal...
Acto de contrición y Oración inicial...
     
Meditación: DEL ADMIRABLE RAPTO DE SAN ELÍAS.
Conociendo el Santo Profeta por divina revelación que la Majestad de Dios lo quería trasladar de este mundo a lugar más descansado, le dijo a su discípulo San Eliseo que se quedase en la ciudad de Gálgala, porque Dios le mandaba ir a Betel, pero Eliseo le respondió: “Vive el Señor Dios, y por tu vida que no haré yo tal”, y así le acompañó hasta Betel, en donde volvió él a decirle que se quedase, porque el Señor le mandaba ir a Jericó, mas tampoco convino en ello Eliseo, sino que se fue con él a Jericó. Volvióle allí a insinuar que se quedase, porque el Señor le mandada pasar el rio Jordán, y menos quiso Eliseo, sino que él y cincuenta varones hijos de los Profetas, lo siguieron hasta el Jordán: y estando a las orillas de él, tomó el Santo Profeta su capa o melota, y tocando con ella sus aguas se dividieron y les dieron paso franco; aquí fue donde se apareció una carroza de fuego, la cual tiraban unos caballos bañados todos de vivas llamas, y apartando de Eliseo al Santo Profeta, se lo llevaron por esos Cielos donde Dios sabe. Encubría Elías a su querido Eliseo tan singular favor como Dios le hacía, así porque era su humildad profunda, y sabía que se deben ocultar los favores divinos, como porque su grande caridad no le permitía ver llorar a su Eliseo en su partida. Esta carroza fue formada de nubes por ministerio de Ángeles, como con San Gregorio enseña San Ambrosio (Sermón 2, De Eliseo), a manera de un carro triunfal. Y no es mucho que en carro triunfal subiera San Elías por esos aires, porque si los emperadores Pompeyo el grande, Julio César y Alejandro Magno, porque vencieron varias naciones entraban en la ciudad en carros triunfales; con cuanta mayor razón San Elías, que no solo venció bárbaras naciones, sino que tambien triunfó de las pasiones humanas, había de tener un carro triunfal para festejo de sus victorias. Y es también muy congruente que fuese de fuego este carro: ya porque según San Crisóstomo (Homilía l de Elías), a un Santo de fuego como San Elías, le competía una carroza de fuego; ya porque si el fuego es símbolo de los Ángeles segun cantó David: “Qui facis Ángelos tuos, spíritus: et minístros tuos ignem urénten”, a San Elías, que es Ángel de la tierra y hombre del Cielo, segun el mismo Crisóstomo: “Ángelus terréstris homo cæléstis” (Ibid.), le venía muy bien un carro de fuego; o ya finalmente para dar a entender el dominio que San Elías tenía sobre el elemento del fuego, haciéndolo bajar de su esfera las tres veces que le pareció conveniente, como lo celebra la Sagrada Escritura en el capitulo 48 del Eclesiástico: “Et dejécit de Cœlo ignem ter”. Trasladado en fin Elías, no nos dice la Escritura Santa a que lugar fue trasladado: y supuesto que no es el Cielo, porque todavía está en carne pasible y así no puede gozar de la visión clara de Dios: y también porque antes que Cristo Señor nuestro subiera a los Cielos, ningún puro hombre entró allá, y el rapto de San Elías fue antes de la Ascensión del Señor, es duda comun entre los Sagrados Expositores. Unos afirman que está en el Paraíso terrenal, que dicen no pereció con el diluvio; otros sienten lo contrario, y tienen por cierto que está en otro especial lugar que solo Dios sabe. Pero dejando ahora la verdad de estas opiniones, que no me toca averiguar aquí, es cosa asentada que el Santo Elías está vivo en carne pasible en compañía del Santo Enoc, que también está vivo, aunque no fue arrebatado en carro de fuego como Elías, en una vida Angelical y santa, esperando que llegue el tiempo que Dios tiene determinado, en que estos dos esclarecidos Varones salgan a predicar a los hombres penitencia, para salvación de sus almas: y quiza por eso llamó San Bernardo a nuestro Santo Patriarca Maestro de ignorantes: Magíster insipiéntium. Tres Padre nuestros, Ave María y Gloria; y la Letanía de Nuestra Señora.
  
ORACIÓN
Omnipotente Dios, admirable en tus Santos, que te dignaste de llevar el Santo Elías con tanto aparato de majestad y grandeza a donde Tú solo sabes: por aquella profunda humildad con que Elías ocultaba este tan extraordinario favor a su discípulo Eliseo, juntando a ella la caridad y amor del prójimo, la cual no le permitía contristarlo con su partida, concédenos misericordioso la virtud de la humildad, para merecer con ella tus favores divinos y saberlos ocultar, para que no nos despoje de ellos el huracán de la soberbia, y juntamente te pedimos el amor y caridad de nuestros prójimos, para que a ninguno contristemos, sino que en Ti y por Ti los amemos a todos, y que unidos con el vínculo de la caridad entremos todos triunfantes en la Gloria. Amén.
  
La Oración de ofrecimiento, los gozos y la oración final se rezarán todos los días.

domingo, 10 de julio de 2016

EL “Ralliement” DE LEÓN XIII, O POR QUÉ NO SE DEBE PRETENDER ENTENDIMIENTOS CON LOS ENEMIGOS DE LA FE

Reflexión del Prof. Roberto de Mattei - Traducción tomada de ADELANTE LA FE
  
 
León XIII (1878-1903) ha sido sin duda alguna uno de los papas más importantes de los tiempos modernos, no sólo por la duración de su pontificado –superada sólo por la del Beato Pio IX–, sino sobre todo por la amplitud y riqueza de su magisterio. Este comprende encíclicas fundamentales como Ætérni Patris (1879) sobre la restauración tomista de la filosofía, Arcánum (1880) sobre la indisolubilidad del matrimonio, Humánum genus (1884) contra la masonería, Immortále Dei (1885) sobre la constitución cristiana de los estados, y Rerum Novárum (1891) sobre la cuestión obrera y social.
 
El magisterio del papa Gioacchino Pecci se nos presenta como un corpus orgánico, en continuidad con las enseñanzas de su predecesor Pío IX y su sucesor Pío X. La verdadera originalidad y novedad del pontificado leonino tiene que ver por el contrario con la política eclesiástica y con la actitud pastoral frente a la modernidad. El reinado de León XIII se caracterizó en efecto por el ambicioso proyecto de reafirmar el primado de la Sede Apostólica mediante una redefinición de sus relaciones con los estados europeos y la reconciliación de la Iglesia con el mundo moderno. Dicho proyecto giró en torno a la política de ralliement, o sea, de acercamiento a la Tercera República francesa, de carácter masónico y laicista.
  
La Tercera República conducía a una violenta campaña de descristianización, sobre todo en el ámbito de la enseñanza escolar. Para León XIII, la responsabilidad de semejante anticlericalismo correspondía a los monárquicos que combatían a la República en nombre de su fe católica. De esa manera suscitaban el odio de los republicanos al catolicismo. Para desarmar a los republicanos, era preciso convencerles de que la Iglesia no era adversa a la República, sino tan sólo al laicismo. Y para convencerlos, no debía haber otro medio que apoyar las instituciones republicanas.
 
En realidad, la Tercera República no era una república abstracta, sino la república centralizada y jacobina hija de la Revolución Francesa, y el programa de laicización de Francia no era un elemento accesorio, sino la propia razón de ser del régimen republicano. Eran republicanos porque eran anticatólicos. En la monarquía odiaban a la Iglesia, del mismo modo que los monárquicos eran antirrepublicanos porque eran católicos y en la monarquía amaban a la Iglesia.
  
La encíclica Au milieu des sollicitudes, de 1891, con la que León XIII introdujo el ralliement, no pedía a los católicos que se hicieran republicanos, pero las instrucciones de la Santa Sede al nuncio y a los obispos, provenientes del Pontífice mismo, interpretaban la encíclica en este sentido. Se ejerció sobre los fieles una presión sin precedentes, hasta el punto de hacerles creer que quien seguía sosteniendo públicamente la monarquía cometía un pecado grave. Los católicos se dividieron en dos corrientes: la de los ralliés y la de los refractarios, como ya había sucedido en 1791 con la Constitución Civil del Clero. Los que se adhirieron al ralliement acogieron de buen grado las indicaciones pastorales del Papa porque le atribuían infalibilidad en todos los ámbitos, incluso en el terreno político y el pastoral. Los refractarios, que eran católicos con más formación teológica y espiritual, opusieron por el contrario resistencia a la política de ralliement, sosteniendo que por ser un acto pastoral no podía considerarse infalible, y podía tratarse por tanto de una política errónea. Jean Madiran, que ha desarrollado una lúcida crítica del ralliement (en Les deux démocraties, NEL, Paris 1977), ha observado que León XIII exigía a los monárquicos que abandonasen la monarquía en nombre de la religión a fin de librar con más eficacia la batalla en defensa de la fe. Pero lejos de librar dicha batalla, llevó a cabo con el ralliement una ruinosa política de distensión con los enemigos de la Iglesia.
  
A pesar del empeño de León XIII y de su Secretario de Estado Mariano Rampolla del Tindaro, esta política de diálogo fracasó estrepitosamente, no logró los objetivos que se proponía. La actitud anticristiana de la Tercera República se volvió más vehemente, culminando en la Ley de Separación de Iglesia y Estado del 9 de diciembre de 1905, conocida como Ley Combes, la cual suprimió toda financiación y reconocimiento públicos de la Iglesia; consideraba a la religión apenas en su dimensión privada y no en la social; y declaraba la incautación de los bienes eclesiásticos por parte del Estado, mientras los edificios de culto eran transferidos gratuitamente a “asociaciones de culto” elegidas por los fieles sin aprobación de la Iglesia. El Concordato de 1801, que había regulado durante un siglo las relaciones entre Francia y la Santa Sede, y que León XIII había querido preservar a toda costa, se hacía miserablemente pedazos.
  
A la batalla republicana contra la Iglesia le salió al paso, sin embargo, el nuevo papa Pío X, elegido al solio pontificio el 4 de agosto de 1903. Con las encíclicas Veheménter nos del 11 de febrero de 1906, Gravíssimo officii del 10 de agosto del mismo año y Une fois encore del 6 de enero de 1907, Pío X, ayudado por su Secretario de Estado Rafael Merry del Val, protestó enérgicamente contra las leyes laicistas y exhortó a los católicos a oponerse por todos los medios legales a fin de preservar la tradición y los valores de la Francia cristiana. Ante esta firmeza, la Tercera República no se atrevió a llevar a cabo la persecución con todas sus consecuencias, a fin de evitar mártires, y renunció a cerrar las iglesias y encarcelar a los sacerdotes. La política sin concesiones de Pío X resultó prudente y sagaz. La ley de separación no se aplicó jamás con rigor, y la exhortación papal contribuyó a un gran renacimiento del catolicismo en Francia en vísperas de la Primera Guerra Mundial. La política eclesiástica de san Pío X, contraria a la de su predecesor, supone una condena histórica e inapelable al ralliement.
  
León XIII no profesó jamás los errores liberales. Al contrario, los condenó explícitamente. No obstante, el historiador no puede dejar de ver una contradicción entre el Magisterio del papa Pecci y su actitud política y pastoral. En las encíclicas Diutúrnum illud, Immortále Dei y Libértas, reitera y desarrolla la doctrina política de Gregorio XVI y Pío IX, pero la política del ralliement contradecía sus premisas doctrinales. Más alla de cuáles fueran sus intenciones, León XIII alentó en la práctica las mismas ideas y tendencias que condenaba en el plano doctrinal. Si al discurso liberal atribuimos el significado de una actitud espiritual, de una tendencia política a las concesiones y avenencias, llegaríamos a la conclusión de que León XIII tenía espíritu liberal. Ese espíritu liberal se manifestaba sobre todo en el intento de resolver con las armas de la negociación diplomática y las concesiones los problemas que planteaba la modernidad, en vez de mantenerse firme en los principios y librar la batalla política y cultural. En este sentido, como he demostrado en en mi reciente libro Il ralliement di Leone XIII. Il fallimento di un progetto pastorale (Le Lettere, Firenze 2014), las consecuencias principales del ralliement fueron, más que de orden político, de orden psicológico y cultural. Esta estrategia fue la que adoptó el Tercer Partido eclesiástico que a lo largo del siglo XIX trató de asumir una postura intermedia en la contienda entre modernistas y antimodernistas.
 
El espíritu de ralliement o adhesión al mundo moderno persistió durante más de un siglo, y sigue constituyendo la gran tentación a la que está expuesta la Iglesia. En este aspecto, un Papa de sana doctrina como León XIII cometió un grave error de estrategia pastoral. La fuerza profética de san Pío X se mantiene, por el contrario, dentro de la estrecha coherencia de su pontificado entre la Verdad evangélica y la vida experimentada por la Iglesia en el mundo, entre teoría y práctica, entre doctrina y pastoral, sin ninguna concesión a las lisonjas de la modernidad.

jueves, 7 de julio de 2016

“PREFIERO MORIR ANTES QUE RECIBIR SACRAMENTOS DE HEREJES”

“San Hermenegildo en la prisión” (Francisco Aznar y García)
  
Algunos cuestionan el Sedevacantismo porque este proclama la invalidez de los sacramentos de la Falsa Iglesia y sus ministros, pero acontece que los más de ellos lo hacen sin más motivo que alguna mala experiencia. Por ello decidimos contestar con un ejemplo de un santo que ante la coerción hecha por los herejes mediante el mandamiento de la Comunión por Pascua, prefirió morir antes que renegar. Este santo es San Hermenegildo, patrono de los conversos al Catolicismo.
 
San Hermenegildo era hijo del rey visigodo Leovigildo, de religión arriana. Y por la oración, la piedad y la paciencia de su esposa Ingunda, Hermenegildo se hizo instruir por el arzobispo San Leandro de Sevilla y abandonó la herejía arriana, profesando públicamente la fe católica. Ante ello, el rey Leovigildo, instigado por su esposa Gosvinta, arrecia la persecución contra el catolicismo en la Hispania goda, por lo cual Hermenegildo se levanta para defender la fe. Tras tres años de luchas y reveses militares, San Hermenegildo es capturado en Córdoba y enviado a la cárcel en Tarragona, donde fue presionado para abandonar la fe (Leovigildo le prometía el indulto y restablecerlo en la sucesión del trono de Visigodia), mas todos los esfuerzos eran en vano.
  
En la Pascua de 585 (ese año correspondió al 13 de Abril), Leovigildo hizo el último intento para hacer que su hijo volviera a la herejía: le envió la sagrada comunión de manos del obispo arriano Uldila, pero Hermenegildo se negó a recibirla e increpó al ministro hereje como justamente merecía, así que su padre mandó decapitarlo por manos del capitán de guardias Sisberto con un hacha. Pero el martirio asegura la fe de los miembros presentes de la Iglesia y atrae a los futuros (aún a los perseguidores mismos): Leovigildo, en su lecho de muerte, recomendó a Recaredo la conversión al Catolicismo. De hecho, este último abrazó inmediatamente el catolicismo, y el 8 de mayo del 589, cuatro años tan sólo transcurridos desde el martirio de San Hermenegildo, la nobleza y el pueblo visigodo abjuraban solemnemente el arrianismo en el III Concilio de Toledo, unificando a España en el Catolicismo.
   
¿Qué nos enseña la historia de San Hermenegildo? Siendo gobernador de la Bética, él acuñó monedas con la inscripción “DEVÍTA HÆRÉTICUM HÓMINEM” (Evita a los herejes), y bajo esta consigna prefirió la muerte corporal antes que la apostasía que conduce al Infierno. Y ante la presente situación de privación de los Sacramentos que se vive en muchos lugares del mundo a causa de no haber Sacerdotes y Obispos Católicos legítimos y válidos -y la tentación de recibirlos adulterados de manos de los herejes (por ejemplo, asistiendo a una Misa “Una cum”)-, es mejor imitar el ejemplo de San Hermenegildo: sostenerse en la oración y rechazar cualquier componenda enemiga.

lunes, 4 de julio de 2016

EL OPUS DEI, CONTRARIO A LA ESPIRITUALIDAD TRADICIONAL

La señorita María del Carmen Tapia, una antigua miembro de alto rango en el Opus Dei, fue la secretaria y asistente personal que José María Escriba y Albás (o "San" Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, III Marqués de Peralta) “pescó” para seguirlo en todo momento y recoger todas sus palabras. Su justificación, de acuerdo a Tapia, fue que él (Mons. Escriba) pensaba que era un error que la gente que estuvo alrededor de ciertos Santos en el pasado no transcribiera las declaraciones que esos Santos le daban a los otros para su lectura en el futuro. Pero dejemos que ella misma nos lo relate:
"Monseñor Escrivá nos indicó (a María Luisa Moreno de Vega y a mí) también otro día en secretaría que fuéramos apuntando las cosas que él dijera 'porque servirían para la posteridad'. Y de hecho fue algo que siempre hice durante todos los años que estuve en Roma, pero especialmente hasta que se formó el gobierno central en Villa Sacchetti.
  
Esto que lo consideraba yo como una prueba de confianza, no se me pasaba por la cabeza que era la preparación personal que monseñor Escrivá empezaba a hacer para ir construyendo su propio altar. Y aquello eran solamente barruntos de lo que le oí decir más adelante, como 'vengo de estar sentado en mi tumba, hijas mías. Pocas personas tienen ese privilegio'".
  
(Es de saber que Escriba lógicamente debía estar pensándose como si estuviera en camino de santidad o muy posiblemente se creía un “santo viviente”, sólo por “contratar” una cronista en la srta. Tapia. Este despiegue de vanidad presuntuosa es la antítesis de la humildad y el pensamiento monástico en general -y el Carmelita en particular-, que enseña que el fundamento de la vida espiritual es la firme convicción de que tú eres nada y Dios es el Todo que en todo debe bastarnos). Escriba tenía a las monjas como tontas, María del Carmen Tapia lo recuerda (no sabemos si lo de "sor Lucía de Portugal" refería a Sor Lucía de Fátima o a la impostora Lucía de Coímbra, pero igual, el relato no tiene desperdicio):
A propósito de esto, monseñor Escrivá nos dijo que "las monjas eran tontas", agregando que a la única monja que él visitaba era a sor Lucía de Portugal, "no porque haya visto a la Virgen, sino porque nos quiere mucho". Y generalmente, añadía: "Es un poco tontucia, pero una buena mujer".   
También contó monseñor Escrivá, una de esas tardes, que sor Lucía de Portugal le había dicho en una ocasión: "Don José María, usted con lo suyo y yo con lo mío también nos podemos ir al infierno".
   
En su libro "Tras el Umbral. Una vida en el Opus Dei" (Continuum Publishing Co., 1999), que es una exposición de los años de formación del Opus Dei, la srta. Tapia documenta que Escriba le prohibió a los miembros del Opus Dei los escritos de San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia y cooperador con Santa Teresa en la fundación de los Padres Carmelitas Descalzos.
    
Este “ataque contra lo sobrenatural” comandado por Escriba, aporta aún más evidencia de su agenda totalmente liberal y anticatólica bajo la fachada de un canónigo conservador. Tras una madura reflexión es claro el por qué de tan absurda ordenanza dada por Monseñor Escriba a los miembros del Opus Dei (incluso, Ediciones RIALP, la editorial oficial del Opus, no ofrece en sus existencias ninguno de los escritos de San Juan de la Cruz). San Juan de la Cruz, quien es recordado como el mayor escritor místico de todos, enseñaba la negación de sí mismo, el desarraigarse del mundo y el amor a la pobreza evangélica (en una palabra, enseñaba el camino a la Santidad). Escriba, al contrario, enseña el autopromocionarse, la mundanidad y el amor a la suntuosidad desenfrenada (en una palabra, el camino al Infierno).

viernes, 1 de julio de 2016

CARTA COLECTIVA DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES A LOS OBISPOS DE TODO EL MUNDO CON MOTIVO DE LA GUERRA EN ESPAÑA

A continuación publicamos uno de los documentos (sino el único) que representa la posición de los legítimos obispos de España en defensa de la Cruzada Nacional contra la persecución organizada por la República Atea entre 1931 y 1939. Se trata de la "Carta colectiva de los Obispos españoles a los Obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en España, publicada en Pamplona el 1 de Julio de 1937. Una declaración que expone a grandes trazos la persecución que los republicanos (esbirros de la Judería internacional) movieron contra la Iglesia en España, causando miles de muertes entre obispos, sacerdotes, religiosos y legos, robos e incendios de iglesias y conventos, aunado a sacrilegios inauditos; y denuncia el sesgo de la prensa "católica" internacional frente a los hechos. Al mismo tiempo, se reconoce al Bando Nacional como defensor de la Fe Católica, y se recuerda que el comunismo es intrínsecamente perverso y siembra el odio contra Dios.
 
Conviene recordar esta carta como un testimonio contra los republiquetos, y sus defensores y nostálgicos que, habiendo perdido la guerra, pretenden a punta de leyes, sentencias judiciales y escritos de toda calaña amparados en una "Memoria Histórica" parcializada, proclamarse "víctimas de la represión" cuando en realidad fueron los causantes de todos estos males. Y acusa a los "Obispos" conciliares de España, que como hicieron algunos de sus antecesores (Pedro Segura y Sáez, Javier Irastorza, Mateo Múgica y Francisco Vidal y Barraquer), se han entregado a los enemigos de la Iglesia y de la Patria, haciéndose cómplices de sus crímenes.
    
CARTA COLECTIVA DE LOS OBISPOS ESPAÑOLES A LOS OBISPOS DE TODO EL MUNDO CON MOTIVO DE LA GUERRA EN ESPAÑA
   
Pamplona – Gráficas Descansa
1º de Julio de 1937
  
Venerables hermanos:
  
1º. Razón de este documento
Suelen los pueblos católicos ayudarse mútuamente en días de tribulación, en cumplimiento de la ley de caridad y fraternidad que une en un cuerpo místico a cuantos comulgamos en el pensamiento y amor de Jesucristo. Órgano natural de este intercambio espiritual son los Obispos, a quien puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios. España, que pasa una de las más grandes tribulaciones de su historia, ha recibido múltiples manifestaciones de afecto y condolencias del Episcopado católico extranjero, ya en mensajes colectivos, ya de muchos Obispos en particular. Y el Episcopado español, tan terriblemente probado en sus miembros, en sus sacerdotes y en sus Iglesias, quiere hoy corresponder con este Documento colectivo a la gran caridad que se nos ha manifestado de todos los puntos de la tierra.
  
Nuestro país sufre un trastorno profundo: no es sólo una guerra civil cruentísima la que nos llena de tribulación; es una conmoción tremenda la que sacude los mismos cimientos de la vida social y ha puesto en peligro hasta nuestra existencia como nación. Vosotros los habéis comprendido, Venerables Hermanos, y "vuestras palabras y vuestros corazones nos han abierto" diremos con el Apóstol, dejándonos ver las extrañas de vuestra caridad para con nuestra Patria querida. Que Dios os lo premie.
  
Pero con nuestra gratitud, Venerables Hermanos, debemos manifestaros nuestro dolor por el desconocimiento de la verdad de lo que en España ocurre. Es un hecho, que nos consta por documentación copiosa, que el pensamiento de un gran sector de opinión extranjera está disociado de la realidad de los hechos ocurridos en nuestro país. Causas de este extravío podría ser el espíritu anticristiano, que ha visto en la contienda de España una partida decisiva en pro o contra de la religión de Jesucristo y la Civilización cristiana; la corriente opuesta de doctrinas políticas que aspiran a la hegemonía del mundo; la labor tendenciosa de fuerzas internacionales ocultas; la antipatria, que se ha valido de españoles ilusos que, amparándose en el nombre de "católicos", han causado enorme daño a la verdadera España. Y lo que más nos duele es que una buena parte de la prensa católica extranjera haya contribuido a esta desviación mental, que podría ser funesta para los sacratísimos intereses que se ventilan en nuestra Patria.
   
Casi todos los Obispos que suscribimos esta Carta hemos procurado dar a su tiempo la nota justa del sentido de la guerra. Agradecemos a la prensa católica extrajera el haber hecho suya la verdad de nuestras declaraciones, como lamentamos que algunos periódicos y revistas, que debieron ser ejemplo de respeto y acatamiento a la voz de los Prelados de la Iglesia, las hayan combatido o tergiversado.
   
Ello obliga al Episcopado español a dirigirse colectivamente a los Hermanos de todo el mundo, con el único propósito de que resplandezca la verdad, oscurecida por ligereza o por malicia, y nos ayude a difundirla. Se trata de un punto gravísimo en que se conjugan no los intereses políticos de una nación, sino los mismos fundamentos providenciales de la vida social: la Religión, la Justicia, la Autoridad y la Libertad de los ciudadanos.
    
Cumplimos con ello, junto con nuestro oficio pastoral -que importa ante todo el magisterio de la Verdad- con un triple deber de Religión, de Patriotismo y de Humanidad. De Religión, porque, testigos de las grandes prevaricaciones y heroísmo que han tenido por escena nuestro país, podemos ofrecer al mundo lecciones y ejemplos que caen dentro de nuestro ministerio episcopal y que habrán de ser provechosos a todo el mundo; de Patriotismo, porque el Obispo es el primer obligado a defender el buen nombre de su Patria "terra patrum", por cuanto fueron nuestros venerables predecesores los que formaron la nuestra, tan cristiana como es, "engendrando a sus hijos para Jesucristo por la predicación del Evangelio"; de Humanidad, porque, ya que Dios ha permitido que fuese nuestro país el lugar de experimentación de ideas y procedimientos que aspiran a conquistar el mundo, quisiéramos que el daño se redujese al ámbito de nuestra patria y se salvaran de la ruina de las demás naciones.
   
2º. Naturaleza de esta carta
Este Documento no será la demostración de una tesis, sino la simple exposición, a grandes líneas, de los hechos que caracterizan nuestra guerra y la dan su fisonomía histórica. La guerra de España es producto de la pugna de ideologías irreconciliables; en sus mismos orígenes se hallan envueltas gravísimas cuestiones de orden moral y jurídico, religioso e histórico. No sería difícil el desarrollo de puntos fundamentales de doctrina aplicada a nuestro momento actual. Se ha hecho ya copiosamente, hasta por algunos de los Hermanos que suscriben esta Carta. Pero estamos en tiempos de positivismo calculador y frío y, especialmente cuando se trata de hechos de tal relieve histórico como se han producido en esta guerra, lo que se quiere -se nos ha requerido cien veces desde el extranjero en este sentido- son hechos vivos y palpitantes que, por afirmación o contraposición, den la verdad simple y justa.
    
Por esto tiene este Escrito un carácter asertivo y categórico de orden empírico. Y ello en sus dos aspectos: el de juicio que solidariamente formulamos sobre la estimación legítima de los hechos; y el de afirmación "per oppósitum", con que deshacemos, con toda caridad, las afirmaciones falsas o las interpretaciones torcidas con que haya podido falsearse la historia de este año de vida de España.
    
3º. Nuestra posición ante la guerra
Conste antes que todo, ya que la guerra pudo preverse desde que se atacó ruda e inconsideradamente al espíritu nacional, que el Episcopado español ha dado, desde el año 1931, altísimos ejemplos de prudencia apostólica y ciudadana. Ajustándose a la tradición de la Iglesia y siguiendo las normas de la Santa Sede, se puso resueltamente al lado de los poderes constituidos, con quienes se esforzó en colaborar para el bien común. Y a pesar de los repetidos agravios a personas, cosas y derechos de la Iglesia, no rompió su propósito de no alterar el régimen de concordia de tiempo atrás establecido. "Étiam dyscolis": A los vejámenes respondimos siempre con el ejemplo de la sumisión leal en lo que podíamos; con la protesta grave, razonada y apostólica cuando debíamos; con la exhortación sincera que hicimos reiteradamente a nuestro pueblo católico a la sumisión legitima, a la oración, a la paciencia y a la paz. Y el pueblo católico nos secundó, siendo nuestra intervención valioso factor de concordancia nacional en momentos de honda conmoción social y política.
  
Al estallar la guerra hemos lamentado el doloroso hecho, más que nadie, porque ella es siempre un mal gravísimo, que muchas veces no compensan bienes problemáticos, porque nuestra misión es de reconciliación y de paz: "Et in terra pax". Desde sus comienzos hemos tenido las manos levantados al cielo para que cese. Y al pueblo católico repetimos la palabra de Pío XI, cuando el recelo mutuo de las grandes potencias iba a desencadenar otra guerra sobre Europa: "Nos invocamos la paz, bendecimos la paz, rogamos por la paz". Dios nos es testigo de los esfuerzos que hemos hecho para aminorar los estragos que siempre son su cortejo.
    
Con nuestros votos de paz juntamos nuestro perdón generoso para nuestros perseguidores y nuestros sentimientos de caridad para todos. Y decimos sobre los campos de batalla y a nuestros hijos de uno y otro bando la palabra del apóstol: "El Señor sabe cuánto os amamos a todos en las entrañas de Jesucristo".
    
Pero la paz es la "tranquilidad del orden divino, nacional, social e individual, que asegura a cada cual su lugar y le da lo que le es debido, colocando la gloria de Dios en la cumbre de todos los deberes y haciendo derivar de su amor el servicio fraternal de todos". Y es tal la condición humana y tal el orden de la Providencia -sin que hasta ahora haya sido posible hallarle sustitutivo- que siendo la guerra uno de los azotes más tremendos de la humanidad, es a veces el remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz. Por esto la Iglesia, aún siendo hija del Príncipe de la Paz, bendice los emblemas de la guerra, ha fundado las Ordenes Militares y ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe.
   
No es este nuestro caso. La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó, y no creemos necesario vindicarla de la nota de "beligerante" con que en periódicos extranjeros se ha censurado a la Iglesia en España. Cierto que miles de hijos suyos, obedeciendo a los dictados de su conciencia y de su patriotismo, y bajo su responsabilidad personal, alzaron en armas para salvar los principios de religión y justicia cristiana que secularmente habían informado la vida de la Nación; pero quien la acuse de haber provocado esta guerra, o de haber conspirado para ella, y aún de no haber hecho cuanto en su mano estuvo para evitarla, desconoce o falsea la realidad.
 
Ésta es la posición del Episcopado español, de la Iglesia española, frente al hecho de la guerra actual. Se la vejó y persiguió antes de que estallara; ha sido víctima principal de la furia de una de las partes contendientes; y no ha cesado de trabajar, con su plegaria, con sus exhortaciones, con su influencia, para aminorar sus daños y abreviar los días de prueba.
   
Y si hoy, colectivamente, formulamos nuestro veredicto en la cuestión complejísima de la guerra de España, es, primero, porque, aún cuando la guerra fuese de carácter político o social, ha sido tan grave su represión de orden religioso, y ha aparecido tan claro, desde sus comienzos, que una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la religión Católica en España, que nosotros, Obispos católicos no podíamos inhibirnos sin dejar abandonados los intereses de nuestro Señor Jesucristo y sin incurrir el tremendo apelativo de "canes muti", con que el Profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la injusticia; y luego, porque la posición de la Iglesia española ante la lucha, es decir, del Episcopado español, ha sido torcidamente interpretada en el extranjero: mientras un político muy destacado, en una revista católica extranjera la achaca poco menos que a "la ofuscación mental de los Arzobispos españoles", a los que califica de "ancianos que deben al régimen monárquico y que han arrastrado por razones de disciplina y obediencia a los demás Obispos en un sentido favorable al Movimiento Nacional", otros nos acusan de "temerarios al exponer a las contingencias de un régimen absorbente y tiránico el orden espiritual de la Iglesia", cuya libertad tenemos obligación de defender.
    
No; esta libertad la reclamamos ante todo, para el ejercicio de nuestro ministerio; de ella arrancan todas las libertades que vindicamos para la Iglesia. Y; en virtud de ella, no nos hemos atado con nadie -personas, poderes o instituciones- aún cuando agradezcamos al amparo de quienes han podido librarnos del enemigo que quiso perdernos, y estemos dispuestos a colaborar, como Obispos y españoles, con quienes se esfuercen en reinstaurar en España un régimen de paz y justicia. Ningún poder político podrá decir que nos hayamos apartado de esta línea, en ningún tiempo.
   
4º. El quinquenio que precedió a la guerra
Afirmamos, ante todo, que esta guerra la ha acarreado la temeridad, los errores, tal vez la malicia o la cobardía de quienes hubiesen podido evitarla gobernando la nación según justicia.
   
Dejando otras causas de menor eficiencia, fueron los legisladores de 1931, y luego el poder ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno, lo que se empeñaron en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia en un sentido totalmente contrario a la naturaleza y exigencias del espíritu nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en el país. La Constitución y las leyes laicas que desarrollaron su espíritu fueron un ataque violento y continuado a la conciencia nacional. Anulando los derechos de Dios y vejada la Iglesia, quedaba nuestra sociedad enervada, en el orden legal, en lo que tiene de más sustantivo la vida social, que es la religión. El pueblo español que, en su mayor parte, mantenía viva la fe de sus mayores, recibió con paciencia invicta los reiterados agravios hechos a su conciencia por leyes inicuas; pero la temeridad de sus gobernantes había puesto en el alma nacional, junto con el agravio, un factor de repudio y de protesta contra un poder social que había faltado a la justicia más fundamental, que es la que se debe a Dios y a la conciencia de los ciudadanos.
   
Junto con ello, la autoridad, en múltiples y graves ocasiones, resignaba en la plebe sus poderes. Los incendios de los templos en Madrid y provincias, en Mayo de 1931, las revueltas de Octubre de 1934, especialmente en Cataluña y Asturias, donde reinó la anarquía durante dos semanas; el período turbulento que corre en Febrero a Julio de 1936, durante el cual fueron destruidas o profanadas 411 iglesias y se cometieron cerca de 3000 atentados graves de carácter político y social, presagiaban la ruina total de la autoridad pública, que se vio sucumbir con frecuencia a la fuerza de poderes ocultos que mediatizaban sus funciones.
   
Nuestro régimen político de libertad democrática se desquició, por arbitrariedad del Estado y por coacción gubernamental que trastocó la voluntad popular, constituyendo una máquina política en pugna con la mayoría política de la nación, dándose el caso, en las últimas elecciones parlamentarias, Febrero de 1936, de que, con más de medio millón de votos de exceso sobre la izquierdas, obtuviesen las derechas 118 diputados menos que el Frente Popular, por haberse anulado caprichosamente las actas de provincias enteras, viciándose así en su origen la legitimidad del Parlamento.
   
Y a medida que se descomponía nuestro pueblo por la relajación de los vínculos sociales y se desangraba nuestra economía y se alteraba sin tino el ritmo del trabajo y se debilitaba maliciosamente la fuerza de las instituciones de defensa social, otro pueblo poderoso, Rusia, empalmando con los comunistas de acá, por medio del teatro y el cine, con ritos y costumbres exóticas, por la fascinación intelectual y el soborno material, preparaba el espíritu popular para el estallido de la revolución, que se señalaba casi a plazo fijo.
    
El 27 de Febrero de 1936, a raíz del triunfo del Frente Popular, el KOMINTERN ruso decretaba la revolución española y la financiaba con exorbitantes cantidades. El 1º de Mayo siguiente centenares de jóvenes postulaban públicamente en Madrid "para bombas y pistolas, pólvora y dinamita para la próxima revolución". El 16 del mismo mes se reunía en la Casa del Pueblo de Valencia representantes de la URSS con delegados españoles de la III Internacional, resolviendo, en el 9º de sus acuerdos: "Encargar a uno de los radios de Madrid, el designado con el número 25, integrado por agentes de policía en activo, la eliminación de los personajes políticos y militares destinados a jugar un papel de interés en la contrarrevolución". Entre tanto, desde Madrid a las aldeas más remotas aprendían las milicias revolucionarias la instrucción militar y se las armaba copiosamente, hasta el punto de que, al estallar la guerra, contaba con 150.000 soldados de asalto y 100.000 de resistencia.
    
Os parecerá, Venerables Hermanos, impropia de un Documento episcopal la enumeración de estos hechos. Hemos querido sustituirlo a las razones de derecho político que pudiesen justificar un Movimiento Nacional de resistencia. Sin Dios, que debe estar en el fundamento y a la cima de la vida social; sin autoridad, a la que nada puede sustituir en sus funciones creadoras del orden y mantenedora del derecho ciudadano; con la fuerza material al servicio de los sin Dios ni conciencia, manejados por agentes poderosos de orden internacional, España debía deslizarse hacia la anarquía, que es lo contrario del bien común y de la justicia y orden social. Aquí han venido a parar las regiones españolas en que la revolución marxista ha seguido su curso inicial.
     
Estos son los hechos. Cotéjense con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en justo juicio. Nadie podrá negar que, al tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común, -la Religión, la Justicia, la Paz-, estaba gravemente comprometida; y que el conjunto de las autoridades sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores elementos reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición que requiere el Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la dejemos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.
  
Respondemos a un reparo, que una revista extranjera concreta al hecho de los sacerdotes asesinados y que podría extenderse a todos los que constituyen este inmenso transtorno social que ha sufrido España. Se refiere a la posible de que, "de no haberse producido el alzamiento, no se hubiese alterado la paz pública": "A pesar de los desmanes de los rojos -leemos- queda en pie la verdad que si Franco no se hubiese alzado, los centenares o millones de sacerdotes que han sido asesinados hubiesen conservado la vida y hubiesen continuado haciendo en las almas la obra de Dios". No podemos suscribir esta afirmación, testigo como somos da la situación de España al estallar el conflicto. La verdad es lo contrario; porque es cosa documentalmente probada que en el minucioso proyecto de la revolución marxista que se gestaba, y que habría estallado en todo el país, si en gran parte de él no lo hubiese impedido el movimiento cívico-militar, estaba ordenado el exterminio del clero católico, como el de los derechistas calificados, como la sovietización de las industrias y la implantación del comunismo. Era por Enero último cuando un dirigente anarquista decía al mundo por radio: "Hay que decir las cosas tal y como son, y la verdad no es otra que la de que los militares se nos adelantaron para evitar que llegáramos a desencadenar la revolución".
  
Quede, pues, asentado, como primera afirmación de este Escrito, que un quinquenio de continuos atropellos de los súbditos españoles en el orden religioso y social puso en gravísimo peligro la existencia misma del bien público y produjo enorme tensión en el espíritu del pueblo español; que estaba en la conciencia nacional que, agotados va los medios legales, no había más recurso que el de la fuerza para sostener el orden y la paz; que poderes extraños a la autoridad tenida por legítima decidieron subvertir el orden constituido e implantar violentamente el comunismo; y, por fin, que por lógica fatal de los hechos no le quedaba a España mas que esta alternativa: o sucumbir en la embestida definitiva del comunismo destructor, ya planeada y decretada, como ha ocurrido en la regiones donde no triunfó el movimiento nacional, o intentar, es esfuerzo titánico de resistencia, librarse del terrible enemigo y salvar los principio fundamentales de su vida social y de sus características nacionales.
  
5º. El alzamiento militar y la revolución comunista
El 18 de Julio del año pasado se realizó el alzamiento militar y estalló la guerra que aún dura. Pero nótese, primero, que la sublevación militar no se produjo, ya desde sus comienzos, sin colaboración con el pueblo sano, que se incorporó en grandes masas al movimiento que, por ello, debe calificarse de cívico-militar; y segundo, que este movimiento y la revolución comunista son dos hechos que no pueden separarse, si se quiere enjuiciar debidamente la naturaleza de la guerra. Coincidentes en el mismo momento inicial del choque, marcan desde el principio la división profunda de las dos Españas que se batirán en los campos de batalla.
    
Aún hay más: el movimiento no se produjo sin que los que lo iniciaron intimaran previamente a los poderes públicos a oponerse por los recursos legales a la revolución marxista inminente. La tentativa fue ineficaz y estalló el conflicto, chocando las fuerzas cívico-militares, desde el primer instante, no tanto con las fuerzas gubernamentales que intentaran reducirlo como con la furia desencadenada de unas milicias populares que, al amparo, por lo menos, de la pasividad gubernamental, encuadrándose en los mandos oficiales del ejército y utilizando, a más del que ilegítimamente poseían, el armamento de los parques del Estado, se arrojaron como avalancha destructora contra todo lo que constituye un sostén en la sociedad.
   
Esta es la característica se la reacción obrada en el campo gubernamental contra el alzamiento cívico-militar. Es, ciertamente, un contraataque por parte de las fuerzas fieles al Gobierno; pero es, ante todo, una lucha en comandita con las fuerzas anárquicas que se sumaron a ellas y que con ellas pelearán juntas hasta el fin de la guerra. Rusia, lo sabe el mundo, se injertó en el ejército gubernamental tomando parte en sus mandos, y fue a fondo, aunque conservándose la apariencia del Gobierno del Frente Popular, a la implantación del régimen comunista por la subversión del orden social establecido. Al juzgar de la legitimidad del Movimiento Nacional, no podrá prescindirse de la intervención, por la parte contraria, de estas "milicias anárquicas incontrolables" -es palabra de un ministro del Gobierno de Madrid- cuyo poder hubiese prevalecido sobre la nación.
  
Y porque Dios es el más profundo cimiento de una sociedad bien ordenada -lo era de la nación española-, la revolución comunista, aliada de los ejércitos del Gobierno, fue, sobre todo, antidivina. Se cerraba así el ciclo de la legislación laica de la Constitución de 1931 con la destrucción de cuanto era cosa de Dios. Salvamos toda intervención personal de quienes no han militado conscientemente bajo este signo; sólo trazamos la trayectoria general de los hechos.
  
Por esto se produjo en el alma una reacción de tipo religioso, correspondiente a la acción nihilista y destructora de los sin-Dios. Y España quedó dividida en dos grandes bandos militantes; cada uno de ellos fue como el aglutinante de cada una de las dos tendencias profundamente populares; y a su alrededor, y colaborando con ellos, polarizaron, en forme de milicias voluntarias y de asistencia y servicios de retaguardia, las fuerzas opuestas que tenían divida a la nación.
   
La guerra es, pues, como un plebiscito armado. La lucha blanca de los comicios de Febrero de 1936, en que la falta de conciencia política del gobierno nacional dio arbitrariamente a las fuerzas revolucionarias un triunfo que no había logrado en las urnas, se transformó, por la contienda cívico-militar, en la lucha cruenta de un pueblo partido en dos tendencias: la espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la Patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la Religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima "civilización" de los soviets rusos.
   
Las ulteriores complicaciones de la guerra no han variado más que accidentalmente su carácter: el Internacionalismo comunista ha corrido al territorio español en ayuda del ejército y pueblo marxista; como, por la natural exigente de la defensa y por consideraciones de carácter internacional, han venido en ayuda de la España tradicional armas y hombres de otros países extranjeros. Pero los núcleos nacionales siguen igual aunque la contienda, siendo profundamente popular, haya llegado a revestir caracteres de la lucha internacional.
   
Por esto, observadores perspicaces han podido escribir estas palabras sobre nuestra guerra: "Es una carrera de velocidad entre el bolchevismo y la civilización cristiana". "Una etapa nueva y tal vez decisiva en la lucha entablada entre la Revolución y el Orden". "Una lucha internacional en un campo de batalla nacional; el comunismo libra en la Península una formidable batalla, de la que depende la suerte de Europa".
  
No hemos hecho más que un esbozo histórico, del que deriva esta afirmación: El Alzamiento cívico-militar fue en su origen un movimiento nacional de defensa de los principios fundamentales de toda sociedad civilizada; en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía coaligada con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso titular aquellos principios.
   
Consecuencia de esta afirmación son las conclusiones siguientes:
  
Primera:
Que la Iglesia, a pesar de su espíritu de paz, y de no haber querido la guerra ni haber colaborado en ella, no podía ser indiferente en la lucha: se lo impedía su doctrina y su espíritu el sentido de conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios, cuya obra ha de realizar la Iglesia en el mundo, y se causaba a la misma un daño inmenso en personas, cosas y derechos, como tal vez no la haya sufrido institución alguna en la historia; de la otra, cualesquiera que fuesen los humanos defectos, estaba el esfuerzo por la conservación del viejo espíritu, español y cristiano.
   
Segunda:
La Iglesia, con ello, no ha podido hacerse solidaria de conductas, tendencias o intenciones que, en el presente o en lo porvenir, pudiesen desnaturalizar la noble fisonomía del Movimiento Nacional, en su origen, manifestaciones y fines.
   
Tercera:
Afirmamos que el levantamiento cívico-militar ha tenido en el fondo de la conciencia popular de un doble arraigo: el del sentido patriótico, que ha visto en él la única manera de levantar a España y evitar su ruina definitiva; y el sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión.
   
Cuarta:
Hoy, por hoy, no hay en España más esperanza para reconquistar la justicia y la paz y los bienes que de ellas deriva, que el triunfo del Movimiento Nacional. Tal vez hoy menos que en los comienzos de la guerra, porque el bando contrario, a pesar de todos los esfuerzos de sus hombres de gobierno, no ofrece garantías de estabilidad política y social.
  
6º. Caracteres de la revolución comunista
Puesta en marcha la revolución comunista, conviene puntualizar sus caracteres. Nos ceñimos a las siguientes afirmaciones, que derivan del estudio de hechos plenamente probados, muchos de los cuales constan en informaciones de toda garantía, descriptivas y gráficas, que tenemos a la vista. Notamos que apenas hay información debidamente autorizada más que del territorio liberado del dominio comunista. Quedan todavía bajo las armas del ejército rojo, en todo o parte, varias provincias; se tiene aún escaso conocimiento de los desmanes cometidos en ellas, los más copiosos y graves.
   
Enjuiciando globalmente los excesos de la revolución comunista española afirmamos que en la historia de los pueblos occidentales no se conoce un fenómeno igual de vesania colectiva, ni un cúmulo semejante, producido en pocas semanas, de atentados cometidos contra los derechos fundamentales de Dios, de la sociedad y de la persona humana. Ni sería fácil, recogiendo los hechos análogos y ajustando sus trazos característicos para la composición de figuras de crimen, hallar en la historia una época o un pueblo que pudieran ofrecernos tales y tantas aberraciones. Hacemos historia, sin interpretaciones de carácter psicológico o social, que reclamarían particular estudio. La revolución anárquica ha sido 'excepcional en la historia'.
   
Añadimos que la hecatombe producida en personas y cosas por la revolución comunista fue 'premeditada'. Poco antes de la revuelta habían llegado de Rusia 79 agitadores especializados. La Comisión Nacional de Unificación Marxista, por los mismos días ordenaba la constitución de las milicias revolucionarias en todos los pueblos. La destrucción de las iglesias, o a lo menos, de su ajuar, fue sistemática y por series. En el breve espacio de un mes se habían inutilizado todos los templos para el culto. Ya en 1931 la Liga Atea tenía en su programa un articulo que decía: 'Plebiscito sobre el destino que hay que dar a las iglesias y casas parroquiales'; y uno de los Comités provinciales daba esta norma: 'El local o locales destinados hasta ahora al culto destinarán a almacenes colectivos, mercados públicos, bibliotecas populares, casas de baños o higiene pública, etc.; según convenga a las necesidades de cada pueblo'. Para la eliminación de personas destacadas que se consideraban enemigas de la revolución se habían formado previamente las "listas negras" . En algunas, y en primer lugar, figuraba el Obispo. De los sacerdotes decía un jefe comunista, ante la actitud del pueblo que quería salvar a su párroco: "Tenemos orden de quitar toda su semilla".
  
Prueba elocuentísima de que de la destrucción de los templos y la matanza de los sacerdotes, en forma totalitaria fue cosa premeditada, es su número espantoso. Aunque son prematuras las cifras, contamos unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Los sacerdotes asesinados, contando un promedio del 40 por 100 en las diócesis desbastadas en algunas llegan al 80 por 100 sumarán, sólo del clero secular, unos 6.000. Se les cazó con perros, se les persiguió a través de los montes; fueron buscados con afán en todo escondrijo. Se les mató sin perjuicio las más de las veces, sobre la marcha, sin más razón que su oficio social.
   
Fue "cruelísima" la revolución. Las formas de asesinato revistieron caracteres de barbarie horrenda. En su número: se calculan en número superior de 300.000 los seglares que han sucumbido asesinados, sólo por sus ideas políticas y especialmente religiosas: en Madrid, y en los tres meses primeros, fueron asesinados más de 22.000. Apenas hay pueblo en que no se haya eliminado a los más destacados derechistas. Por la falta de forma: sin acusación, sin pruebas, las más de las veces sin juicio. Por los vejámenes: a muchos se les han amputado los miembros o se les ha mutilado espantosamente antes de matarlos; se les han vaciados los ojos, cortado la lengua, abierto en canal, quemado o enterrado vivos, matado a hachazos. La crueldad máxima se ha ejercido en los ministros de Dios. Por respeto y caridad no queremos puntualizar más.
    
La revolución fue "inhumana". No se ha respetado el pudor de la mujer, ni aún la consagrada a Dios por sus votos. Se han profanado las tumbas y cementerios. En el famoso monasterio románico de Ripoll se han destruido los sepulcros, entre los que había el de Wifredo el Velloso, conquistador de Cataluña, y el del Obispo Morgades, restaurador del célebre cenobio. En Vich se ha profanado la tumba del gran Balmes y leemos que se ha jugado al fútbol con el cráneo del gran Obispo Torras y Bages. En Madrid y en el cementerio viejo de Huesca se han abierto centenares de tumbas para despojar a los cadáveres del oro de sus dientes o de sus sortijas. Algunas formas de martirio suponen la subversión o supresión del sentido de humanidad.
   
La revolución fue "bárbara", en cuanto destruyó la obra de civilización de siglos. Destruyó millares de obras de arte, muchas de ellas de fama universal. Saqueó o incendió los archivos imposibilitando la rebusca histórica y la prueba instrumental de los hechos jurídico y social. Quedan centenares de telas pictóricas acuchilladas, de esculturas mutiladas, de maravillas arquitectónicas para siempre deshechas. Podemos decir que el caudal de arte, sobre todo religioso, acumulado en siglos, ha sido estúpidamente destrozado en unas semanas, en las regiones dominadas por los comunistas. Hasta el Arco de Bará, en Tarragona, obra romana que había visto veinte siglos, llevó la dinamita su acción destructora. Las famosas colecciones de arte de la Catedral de Toledo, del Palacio de Liria, del Museo del Prado, han sido torpemente expoliadas. Numerosas bibliotecas han desaparecido. Ninguna guerra, ninguna invasión bárbara, ninguna conmoción social, en ningún tiempo: una organización sabia, puesta al servicio de un terrible propósito de aniquilamiento, concentrado contra las cosas de Dios, y los modernos medios de locomoción y destrucción al alcance de toda mano criminal.
    
Conculcó la revolución lo más elementales principios del "derecho de gentes". Recuérdense las cárceles de Bilbao, donde fueron asesinados por las multitudes, en forma inhumana, centenares de presos, las represalias cometidas en los rehenes custodiados en buques y prisiones, sin más razón que un contratiempo de guerra; los asesinatos en masa, atados los infelices prisioneros e irrigados con el chorro de balas de las ametralladoras; el bombardeo de ciudades indefensas, sin objetivo militar.
    
La revolución fue esencialmente "antiespañola". La obra destructora se realizó a los giros de "¡Viva Rusia!", a la sombra de la bandera internacional comunista. Las inscripciones murales, la apología de personajes forasteros, los mandos militares en manos de jefes rusos, el expolio de la nación a favor de extranjeros, el himno internacional comunista, son prueba sobrada del odio al espíritu nacional y al sentido de patria.
    
Pero, sobre todo, la revolución fue "anticristiana". No creemos que en la historia del Cristianismo y en el espacio de unas semanas se haya dado explosión semejante, en todas las formas de pensamiento, de voluntad y de pasión, del odio contra Jesucristo y su religión sagrada. Tal ha sido el sacrilegio estrago que ha sufrido la Iglesia en España, que el delegado de los rojos españoles enviado al Congreso de los "sin-Dios", en Moscú, pudo decir: "España ha superado en mucho la obra de los Soviets, por cuanto la Iglesia en España ha sido completamente aniquilada".
    
Contamos los mártires por millares; su testimonio es una esperanza para nuestra pobre patria; pero casi no hallaríamos en el Martirologio romano una forma de martirio no usada por el comunismo, sin exceptuar la crucifixión; y en cambio hay formas nuevas de tormento que han consentido las sustancias y máquinas modernas.
   
El odio a Jesucristo y a la Virgen ha llegado al paroxismo, y en los centenares de Crucifijos acuchillados, en las imágenes de la Virgen bestialmente profanadas, en los pasquines de Bilbao en que se blasfemaba sacrílegamente de la Madre de Dios, en la infame literatura de las trincheras rojas, en que se ridiculizan los divinos misterios, en la reiterada profanación de las Sagradas Formas, podemos adivinar el odio del infierno encarnado en nuestros infelices comunistas. "Tenía jurado vengarme de ti", le decía uno de ellos al Señor encerrado en el Sagrario; y encañonado la pistola disparó contra él, diciendo: "Ríndete a los rojos; ríndete al marxismo".
     
Ha sido espantosa la profanación de las sagradas reliquias: han sido destrozados o quemados los cuerpos de San Narciso, San Pascual Bailón, la Beata Beatriz de Silva, San Bernardo Calvó y otros. Las formas de profanación son inverosímiles, y casi no se conciben sin subestación diabólica. Las campanas han sido destrozadas y fundidas. El culto, absolutamente suprimido en todo el territorio comunista, si se exceptúa una pequeña porción del norte. Gran número de templos. Entre ellos verdaderas joyas de arte, han sido totalmente arrasados: en esta obra inicua se ha obligado a trabajar a pobres sacerdotes. Famosas imágenes de veneración secular han desaparecido para siempre, destruidas o quemadas. En muchas localidades la autoridad ha obligado a los ciudadanos a entregar todos los objetos religiosos de su pertenencia para destruirlos públicamente: pondérese lo que esto representa en el orden del derecho natural, de los vínculos de familia y de la violencia hecha a la conciencia cristiana.
    
Nos seguimos, venerables Hermanos, en la crítica de la actuación comunista en nuestra patria, y dejamos a la historia la fiel narración de los hechos en ella acontecidos. Si se nos acusaran de haber señalado en forma tan cruda estos estigmas de nuestra revolución, nos justificaríamos con el ejemplo de San Pablo, que no duda en vindicar con palabras tremendas la memoria de los profetas de Israel y que tiene durísimos calificativos para los enemigos de Dios; o con el de nuestro Santísimo Padre que, en su Encíclica sobre el Comunismo ateo habla de "una destrucción tan espantosa, llevada a cabo, en España, con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiese creído posible en nuestro siglo".
   
Reiteramos nuestra palabra de perdón para todos y nuestro propósito de hacerles el bien máximo que podamos. Y cerramos este párrafo con estas palabras del "Informe Oficial" sobre las ocurrencias de la revolución en sus tres primeros meses: "No se culpe al pueblo español de otra cosa más que de haber servido el instrumento para la perpetración de estos delitos"... Este odio a la religión y a las tradiciones patrias, de las que eran exponente y demostración tantas cosas para siempre perdidas, 'llegó de Rusia, exportando por orientales de espíritu perverso". En descargo de tantas víctimas, alucinadas por "doctrinas de demonios", digamos que al morir, sancionados por la ley, nuestros comunistas se han reconciliado en su inmensa mayoría con el Dios de sus padres. En Mallorca han muerto impenitentes sólo un dos por ciento; en las regiones del sur no más de un veinte por ciento, y en las del norte no llegan tal vez al diez por ciento. Es prueba del engaño de que ha sido víctima nuestro pueblo.
  
7º. El movimiento nacional: sus caracteres
Demos ahora un esbozo del carácter del movimiento llamado "Nacional". Creemos justa esta denominación. Primero, por su espíritu; porque la Nación española estaba disociada, en su inmensa mayoría, de una situación estatal que no supo encarnar sus profundas necesidades y aspiraciones; y el movimiento fue aceptado como una esperanza en toda la nación; en las regiones no liberadas sólo espera romper la coraza de las fuerzas comunistas que le oprimen. Es también nacional por su objetivo, por cuanto tiende a salvar y sostener para lo futuro las esencias de un pueblo organizado en un Estado que sepa continuar dignamente su historia. Expresamos una realidad y un anhelo general de los ciudadanos españoles; no indicamos los medios para realizarlo.
   
El movimiento ha fortalecido el sentido de Patria, contra el exotismo de las fuerzas que le son contrarias. La patria implica una paternidad; es el ambiente moral, como de una familia dilatada, en que logra el ciudadano su desarrollo total; y el Movimiento Nacional ha determinado una corriente de amor que se ha concentrado alrededor del nombre y de la sustancia histórica de España, con aversión de los elementos forasteros que nos acarrearon la ruina. Y como el amor patrio, cuando se ha sobrenaturalizado por el amor de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, toca las cumbres de la caridad cristiana, hemos visto una explosión de verdadera caridad que ha tenido su expresión máxima en la sangre de millares de españoles que le han dado la grito de "¡Viva España!", "¡Viva Cristo Rey!"
   
Dentro del Movimiento Nacional se ha producido el fenómeno, maravilloso, del martirio -verdadero martirio, como ha dicho el Papa- de millares de españoles, sacerdotes, religiosos y seglares; y este testimonio de sangre deberá condicionar en lo futuro, so pena de inmensa responsabilidad política, la actuación de quienes, depuestas las armas, hayan de construir el nuevo estado en el sosiego de la paz.
   
El movimiento ha garantizado el orden en el territorio por él dominado. Contraponemos la situación de las regiones en que ha prevalecido el Movimiento Nacional a las denominadas aún por los comunistas. De estas puede decirse la palabra del Sabio: "Ubi non est gubérnator, dissipábitur pópulus"; sin sacerdotes, sin templos, sin culto, sin hambre y la miseria. En cambio, en medio del esfuerzo y del dolor terrible de la guerra, las otras regiones viven en la tranquilidad del orden interno, bajo la tutela de una verdadera autoridad, que es el principio de la justicia, de la paz y del progreso que prometen la fecundidad de la vida social. Mientras en la España marxista se vive sin Dios, en las regiones indemnes o reconquistadas se celebra profusamente el culto divino y pululan y florecen nuevas manifestaciones de la vida cristiana.
  
Esta situación permite esperar un régimen de justicia y paz para el futuro. No queremos aventurar ningún presagio. Nuestros males son gravísimos. La relajación de los vínculos sociales; las costumbres de una política corrompida; el desconocimiento de los deberes ciudadanos; la escasa formación de una conciencia íntegramente católica; la división espiritual en orden a la solución de nuestros grandes problemas nacionales; la eliminación, por asesinato cruel, de millares de hombres selectos llamados por su estado y formación a la obra de la reconstrucción nacional; los odios y la escasez que son secuelas de toda guerra civil; la ideología extranjera sobre el Estado, que tiende a descuajarle la idea y de las influencias cristianas; serán dificultad enorme para hacer una España nueva injertada en el tronco de nuestra vieja historia y vivificada por su savia. Pero tenemos la esperanza de que, imponiéndose con toda su fuerza el enorme sacrificio realizado, encontraremos otra vez nuestro verdadero espíritu nacional. Entramos en él paulatinamente por una legislación en que predomina el sentido cristiano en la cultura, en la moral, en la justicia social y en el honor y culto que se debe a Dios.
   
Quiera Dios ser en España el primer bien servido, condición esencial para que la nación sea verdaderamente bien servida.
 
8º. Se responde a unos reparos
No llenaríamos el fin de esta Carta, Venerables Hermanos, si no respondiéramos a algunos reparos que se nos han hecho desde el extranjero.
   
Se ha acusado a la Iglesia de "haberse defendido contra un movimiento popular haciéndose fuerte en sus templos" y siguiéndose de aquí la matanza de sacerdotes y la ruina de las iglesias.  Decimos que no. La irrupción contra los templos fue súbita, casi simultánea en todas las regiones, y coincidió con la matanza de sacerdotes. Los templos ardieron porque eran casas de Dios, y los sacerdotes fueron sacrificados porque eran ministros de Dios. La prueba es copiosísima. La Iglesia no ha sido agresora. Fue la primera bienhechora del pueblo, inculcando la doctrina y fomentando las obras de justicia social. Ha sucumbido -donde ha dominado el comunismo anárquico- víctima inocente, pacífica, indefensa.
   
Nos requieren del extranjero para que digamos si es cierto que "la iglesia en España era propietaria del tercio del territorio nacional, y que el pueblo se ha levantado para librarse de su opresión". Es acusación ridícula. La Iglesia no poseía más que pocas e insignificantes parcelas, casas sacerdotales y de educación, y hasta de esto se había útilmente incautado el Estado. Todo lo que posee la Iglesia en España no llenaría la cuarta parte de sus necesidades, y responde a sacratísimas obligaciones.
  
Se le imputa a la Iglesia la nota de "temeridad y partidismo" al "mezclarse en la contienda que tiene dividida a la nación". La Iglesia se ha puesto siempre del lado de la justicia y de la paz, y ha colaborado con los poderes del Estado, en cualquier situación, al bien común. No se ha atado a nadie, fuesen partidos, personas o tendencias. Situada por encima de todos y de todo, ha cumplido sus deberes de adoctrinar y exhortar a la caridad, sintiendo pena profunda por haber sido perseguida y repudiada por gran número de sus hijos extraviados. Apelamos a los copiosos escritos y hechos que abonan estas afirmaciones.
   
Se dice que "esta guerra es de clases, y que la Iglesia se ha puesto del lado de los ricos". Quienes conocen sus causas y naturaleza saben que no. Que aún reconociendo algún descuido en el cumplimiento de los deberes de justicia y caridad, que la Iglesia ha sido la primera en urgir, las clases trabajadoras estaban fuertemente protegidas por la ley, y la nación había entrado por el franco camino de una mejor distribución de la riqueza. La lucha de clases es más virulenta en otros países que en España. Precisamente en ella se ha librado de la guerra horrible gran parte de las regiones más pobres, y se ha ensañado más donde ha sido mayor el coeficiente de la riqueza y del bienestar del pueblo. Ni pueden echarse en el olvido nuestra avanzada legislación social y nuestras prósperas instituciones de beneficencia y asistencia pública y privada, de abolengo español, y cristiano. El pueblo fue engañado con promesas irrealizables, incompatibles no sólo con la vida económica del país, sino con cualquier clase de vida económica organizada. Aquí está la bienandanza de las regiones indemnes, y la miseria, que se adueñó ya de las que han caído bajo el dominio comunista.
   
"La guerra de España, dice, no es más que un episodio de la lucha universal entre la democracia y el estatismo; el triunfo del movimiento nacional llevará a la nación a la esclavitud del Estado. La Iglesia de España -leemos en una revista extranjera- ante el dilema de la persecución por el Gobierno de Madrid o la servidumbre a quienes representan tendencias políticas que nada tiene de cristiano, ha optado por la servidumbre". No es éste el dilema que se ha planteado a la Iglesia en nuestro país, sino éste: La Iglesia, antes de perecer totalmente en manos del comunismo, como ha ocurrido en las regiones por él dominadas, se siente amparada por un poder que hasta ahora ha garantizado los principios fundamentales de toda sociedad, sin miramiento ninguno a sus tendencias políticas.
   
Cuanto a lo futuro, no podemos predecir lo que ocurrirá al final de la lucha. Sí que afirmamos que la guerra no se ha emprendido para levantar un Estado autócrata sobre una nación humillada, sino para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los tiempos viejos. Confiamos en la prudencia de los hombres de gobierno, que no querrán aceptar moldes extranjeros para la configuración del Estado español futuro, sino que tendrán en cuenta las exigencias de la vida íntima nacional y la trayectoria marcada por los siglos pasados. Toda sociedad bien ordenada basa sobre principios profundos y de ellos vive, no de aportaciones adjetivas y extrañas, discordes con el espíritu nacional. La vida es más fuerte que los programas, y un gobernante prudente no impondrá un programa que violente las fuerzas íntimas de la nación. Seríamos los primeros en lamentar que la autocracia irresponsable de un parlamento fuese sustituida por la más terrible de una dictadura desarraigada de la nación. Abrigamos la esperanza legítima de que no será así. Precisamente lo que ha salvado a España en el gravísimo momento actual ha sido la persistencia de los principios seculares que han informado nuestra vida y el hecho de que un gran sector de la nación se alzara para defenderlos. Sería un error quebrar la trayectoria espiritual del país, y no es de creer que se caiga en él.
    
Se imputan a los dirigentes del Movimiento Nacional crímenes semejantes a los cometidos por los del Frente Popular. "El ejército blanco, leemos en acreditada revista católica extranjera, recurre a medios injustificados, contra los que debemos protestar... El conjunto de informaciones que tenemos indica que el terror blanco reina en la España nacionalista con todo el horror que representan casi todos los terrores revolucionarios... Los resultados obtenidos parecen despreciables al lado del desarrollo de crueldad metódicamente organizada de que hacen prueba las tropas". El respetable articulista está malísimamente informado. Tiene toda guerra sus excesos; los habrá tenido, sin duda, el movimiento nacional; nadie se defiende con total serenidad de las cosas arremetidas de un enemigo sin entrañas. Reprobando en nombre de la justicia y de la caridad cristianas todo exceso que se hubiese cometido, por error o por gente subalterna y que metódicamente ha abultado la información extranjera, decimos que el juicio que rectificamos no responde a la verdad, y afirmamos que va una distancia enorme, infranqueable, y entre los principios de justicia, de su administración y de la forma de aplicarla entre una y otra parte. Más bien diríamos que la justicia del Frente Popular ha sido una historia horrible de atropellos a la justicia, contra Dios, la sociedad y los hombres. No puede haber justicia cuando se elimina a Dios, principio de toda justicia. Matar por matar, destruir por destruir; expoliar al adversario no beligerante, como principio de actuación cívica y militar, he aquí lo que se puede afirmar de los unos con razón y no se puede imputar a los otros sin injusticia.
   
Dos palabras sobre el problema de nacionalismo vasco, tan desconocido y falseado y del que se ha hecho arma contra el Movimiento Nacional: Toda nuestra admiración por las virtudes cívicas y religiosas de nuestros hermanos vascos. Toda nuestra caridad por la gran desgracia que les aflige, que consideramos nuestra, porque es de la Patria. Toda nuestra pena por la ofuscación que han sufrido sus dirigentes en un momento grave de su historia. Pero toda nuestra reprobación por haber desoído la voz de la Iglesia y tener realidad en ellos las palabras del Papa en su Encíclica sobre el comunismo: 
  • "Los agentes de destrucción, que no son tan numerosos, aprovechándose de estas discordias (la de los católicos), las hacen más estridentes, y acaban por lanzar a la lucha a los católicos los unos a los otros". 
  • "Los que trabajando por aumentar las disensiones entre católicos toman sobre sí una terrible responsabilidad, ante Dios y ante la Iglesia". 
  • "El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, los que quieren salvar la civilización cristiana". 
  • "Cuanto las regiones, donde el comunismo consigue penetrar, más se distingan por la antigüedad y grandeza de su civilización cristiana, tanto más devastador se manifestará allí el odio de los 'sin - Dios'".
  
En una revista extranjera de gran circulación se afirma que "el pueblo se ha separado en España del sacerdote porque éste se recluta en la clase señoril; y que no quiere bautizar a sus hijos por los crecidos derechos de administración del Sacramento". A lo primero respondemos que las vocaciones en los distintos Seminarios de España están reclutados en la siguiente forma: 
 
Número total de seminaristas en 1935: 7401; 
Nobles, 6; 
Ricos, con un capital superior de 10.000 pesetas, 115; 
Pobres, o casi pobres, 7280. 
  
A lo segundo, que antes del cambio de régimen no llegaban los hijos de padres católicos no bautizados al uno por diez mil; el arancel es modicísimo, y nulo para los pobres.
 
9º. Conclusión
Cerramos, Venerables Hermanos, esta ya larga Carta rogándoos nos ayudéis a lamentar la gran catástrofe nacional de España, en que se han perdido, con la justicia y la paz, fundamento del bien común y de aquella vida virtuosa de la Ciudad de que nos habla el Angélico, tantos valores de civilización y de vida cristiana. El olvido de la Verdad y de la virtud, en el orden político, económico y social, nos ha acarreado esta desgracia colectiva. Hemos sido mal gobernados, porque, como dice Santo Tomás, "Dios hace reinar el hombre hipócrita por causa de los pecados del pueblo".
   
A vuestra piedad, añadid la caridad de vuestras oraciones y las de vuestros fieles; para que aprendamos la lección del castigo con que Dios nos ha probado: para que se reconstruya pronto nuestra Patria y pueda llenar sus destinos futuros, de que son presagio los que ha cumplido en siglos anteriores; para que se contenga, con el esfuerzo y las oraciones de todos, esta inundación de comunismo que tiende a anular al Espíritu de Dios y al espíritu del hombre, únicos polos que han sostenido las civilizaciones que fueron.
   
Y completad vuestra obra con la caridad de la verdad sobre las cosas de España. "Non est addénda afflíctio afflíctis"; a la pena por lo que sufrimos se ha añadido la de no haberse comprendido nuestros sufrimientos. Más, la de aumentarlos con la mentira, con la insidia, con la interpretación torcida de los hechos. No se nos ha hechos siquiera el honor de considerarnos víctimas. La razón y la justicia se han pesado en la misma balanza que la sinrazón o la injusticia, tal vez la mayor que han visto los siglos. Se ha dado el mismo crédito al periódico asalariado, al folleto procaz o al escrito del español prevaricador, que ha arrastrado por el mundo con vilipendio el nombre de su Madre Patria, que a la voz de los Prelados, al concienzudo estudio del moralista o a la relación auténtica del cúmulo de hechos que son afrenta de la humana historia. Ayudadnos a difundir la Verdad. Sus derechos son imprescriptibles, sobre todo cuando se trata del honor de un pueblo, de los prestigios de la Iglesia, de la salvación del mundo. Ayudadnos con la divulgación del contenido de estas Letras, vigilando la prensa y la propaganda católica, rectificando los errores de la indiferente o adversa. El hombre enemigo ha sembrado copiosamente la cizaña: ayudadnos a sembrar profusamente la buena semilla.
   
Consentidnos una declaración última. Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo a la Iglesia y a la Patria. Son hijos nuestros. Invocamos ante Dios y a favor de ellos los méritos de nuestros mártires, de los diez Obispos y de los miles de sacerdotes y católicos que murieron perdonándoles, así como el dolor, como de mar profundo, que sufre nuestra España. Rogad para que en nuestra Patria se extingan los odios, se acerquen las almas y volvamos a ser todos unos en los vínculos de la caridad. Acordaos de nuestros Obispos asesinados, de tantos millares de sacerdotes, religiosos y seglares selectos que sucumbieron sólo porque las milicias escogida de Cristo; y pedid al Señor que dé fecundidad a su sangre generosa. De ninguno de ellos se sabe que claudicara en la hora del martirio; por millares dieron altísimos ejemplos de heroísmo. Es gloria inmarcesible de nuestra España. Ayudadnos a orar, y sobre nuestra tierra, regada hoy con sangre de hermanos, brillará otra vez el iris de la paz cristiana y se reconstruirán a la par nuestra Iglesia, tan gloriosa, y nuestra Patria, tan fecunda.
  
Y que la paz del Señor sea con todos nosotros, ya que nos ha llamado a todos a la gran obra de la paz universal, que es el establecimiento del Reino de Dios en el mundo por la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, de la que nos ha constituido Obispos y Pastores.
  
Os escribimos desde España, haciendo memoria de los Hermanos difuntos y ausentes de la Patria, en la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, 1º de Julio de 1937.

ISIDRO, Card. GOMÁ Y TOMÁS, Arzobispo de Toledo; 
EUSTAQUIO, Card. ILUNDAÍN Y ESTEBAN, Arzobispo de Sevilla; 
PRUDENDIO, Arzobispo de Valencia; 
MANUEL, Arzobispo de Burgos; 
RIGOBERTO, Arzobispo de Zaragoza; 
TOMÁS, Arzobispo de Santiago; 
AGUSTÍN, Arzobispo de Granada, Administrador Apostólico de Almería, Guadix y Jaén;
ADOLFO, Obispo de Córdoba, Administrador Apostólico del Obispado-Priorato de Ciudad Real; 
JOSÉ, Arzobispo-Obispo de Mallorca; 
LEOPOLDO, Obispo de Madrid-Alcalá; 
MANUEL, Obispo de Palencia; 
ENRIQUE, Obispo de Salamanca; 
VALENTÍN, Obispo de Solsona; 
JUSTINO, Obispo de Urgel; 
MIGUEL DE LOS SANTOS, Obispo de Cartagena; 
FIDEL, Obispo de Calahorra; 
FLORENCIO, Obispo de Orense; 
RAFAEL, Obispo de Lugo; 
FÉLIX, Obispo de Tortosa; 
FR. ALBINO, Obispo de Tenerife; 
JUAN, Obispo de Jaca; 
JUAN, Obispo de Vich; 
NICANOR, Obispo de Tarazona, Administrador Apostólico de Tudela; 
JOSÉ, Obispo de Santander;
FELICIANO, Obispo de Plasencia; 
ANTONIO, Obispo de Quersoneso de Creta, Administrador Apostólico de Ibiza; 
LUCIANO, Obispo de Segovia; 
MANUEL, Obispo de Zamora; 
MANUEL, Obispo de Curio, Administrador Apostólico de Ciudad Rodrigo; 
LINO, Obispo de Huesca; 
ANTONIO, Obispo de Tuy; 
JOSÉ MARÍA, Obispo de Badajoz; 
JOSÉ, Obispo de Gerona; 
JUSTO, Obispo de Oviedo; 
FR. FRANCISCO, Obispo de Coria; 
BENAJAMÍN, Obispo de Mondoñedo; 
TOMÁS, Obispo de Osma; 
FR. ANSELMO, Obispo de Teruel-Albarracín; 
SANTOS, Obispo de Avila; 
BALBINO, Obispo de Málaga; 
MARCELINO, Obispo de Pamplona; 
ANTONIO, Obispo de Canarias;
HILARIO YABEN. Vicario Capitular de Sigüenza; 
EUGENIO DOMAICA, Vicario Capitular de Cádiz; 
EMILIO F. GARCÍA, Vicario Capitular de Ceuta; 
FERNANDO ÁLVAREZ, Vicario Capitular de León; 
JOSÉ ZURITA, Vicario Capitular de Valladolid.