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jueves, 7 de agosto de 2014

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, POR EL PADRE MATEO CRAWLEY-BOEVEY (del mes de Agosto)

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
   
  
XIII Agosto Glosa de las Siete Palabras
  
Pongámonos en la presencia del Dios misericordioso del Calvario... Aquí, a dos pasos de nosotros, en esa Hostia divina, está Jesús, y ese altar es el Gólgota en que sigue redimiendo a un mundo que lo desconoce.
  
Acerquémonos, y recojamos, con amor y fe, sus últimas palabras como el testamento de su Corazón Agonizante...
  
(Haced con fe viva un breve acto de adoración)
  
(Breve pausa)
   
Llegados que fueron a la cumbre, crucificaron a Jesús, entre dos malhechores.
   
¡Qué hermoso será el cielo si tan bello y tan sublime es el Calvario, en la muerte del Señor Jesús!... Ved...: en este instante se ha descorrido el velo de misterio que nos ocultaba a Jesucristo, la Belleza increada, el Santo de los santos... Clavad con fe los ojos en aquel altar... Ése es, ¡oh maravilla!; sí, ése es el verdadero Gólgota, la montaña de la gran expiación... No temáis...; levantad vuestra mirada, y fijadla en aquella Hostia... Ángeles del Santuario, gemid en silencio... No turbéis la mística agonía del Amado... Sólo nosotros, sus redimidos, podemos hablarle con voces de amargura... Avancemos para recoger sus últimas palabras, pues tenemos derecho al postrer aliento de Jesús... Subamos al Calvario, María Dolorosa nos aguarda...; acerquémonos, la arrepentida Magdalena nos da dulcísima confianza... Oremos al lado de San Juan, el amigo fidelísimo del Maestro moribundo... “Ecce Deus...”. Así tenéis a nuestro Dios, clavado en el patíbulo... ¡Miradlo!...
  
(Cortado)
   
¡Ay! ¡Cuán cierta fue la palabra del Profeta: “De la cabeza a la planta de los pies no hay parte sana en su Cuerpo sacrosanto”! Su frente, ungida por los besos de María, destrozada por espinas...; abrasados por la sed de aquellos labios que, al sonreír, evocaron una aurora de paz divina en las almas afligidas...; lívida su boca, que tuvo néctar de dulzura para todas las heridas...; sus ojos, en los que brotó para el culpable el fulgor de la esperanza, velados por la nube roja de su sangre... En sus manos perforadas y en sus pies atravesados están escritas la historia de los pródigos, a quienes persiguió, sin tregua, el Corazón del Buen Pastor... ¡Ahí está seguramente nuestra historia de culpa y de perdón!... ¡Oh, qué gracia tan inmensa y tan poco meditada la de ese perdón de su ternura! Oídle: quiere renovar ahora esa absolución de caridad... Su cuerpo, convertido en una sola llaga, se estremece; gimiendo levanta su cabeza..., contempla, con mirada de infinita luz y de amor infinito, este mundo que lo mata y, dejando hablar su Corazón en aquella Hostia que adoramos, exclama sollozando:
  
¡PADRE, PERDÓNALOS, PUES NO SABEN LO QUE HACEN!
   
(Lento)
   
JESÚS: “No mires, Padre, las espinas de mi corona. Yo las he buscado, son los abrojos naturales de esta tierra desgraciada... Perdona la soberbia humana y la ignorancia de la misión que me confiaste... Perdona a mis verdugos y a mis amigos cobardes... Perdona las culpas de los grandes, de los pequeños y de los pobres... No castigues..., que las criaturas son polvo y son tinieblas... Perdona a los padres y a los hijos...: ¡son tantos los abismos del camino!... Olvida las flaquezas, perdona las perfidias, pues todos son ovejas mías. ¡Pobrecitas...! No las hieras, Padre, pues no saben lo que hacen...
    
(Pausa)
   
LAS ALMAS: Y ahora déjame, Jesús Crucificado, unirme a tu plegaria. Divino Salvador de las almas, cubierto de confusión, me postro en tu presencia, y, dirigiendo mi vista al solitario Tabernáculo, siento oprimido el corazón al ver el olvido en que te tienen relegado tantos de los redimidos. Pero ya que con tanta condescendencia permites que una mis lágrimas a las que vertió tu dulce Corazón, te ruego, Jesús, por aquellos que no ruegan, te bendigo por los que te maldicen, y con toda mi alma, te alabo y te adoro, en todos los Sagrarios de la Tierra.
   
Acepta, pues, el grito de expiación, que un pesar sincero arranca de nuestros corazones afligidos: ellos te piden piedad.
     
Por mis pecados, por los de mis padres, hermanos y amigos...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
        
Por las infidelidades y profanaciones de los días santos...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
        
Por las impurezas y escándalos públicos...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
        
Por los que corrompen la niñez y extravían la juventud...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
        
Por la desobediencia sistemática a la santa Iglesia...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
        
Por los crímenes de los hogares, por las faltas de los padres y de los hijos...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
        
Por los atentados cometidos contra el Romano Pontífice...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
        
Por los trastornadores del orden público social cristiano...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
        
Por el abuso de los sacramentos, y el ultraje a tu augusto Tabernáculo...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
        
Por la cobardía, o los ataques de la prensa, por las maquinaciones de sectas tenebrosas...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
        
Y, en fin, Jesús, por los justos que vacilan y por los pecadores obstinados que resisten a tu gracia...
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh Divino Corazón!
       
(Pausa)
         
Es tan blando el Corazón de Jesucristo, y qué bien se le habla, haciendo la Hora Santa, aquí a sus pies ensangrentados... Acabamos de reclamar piedad por los pecadores, y al instante, el eco dulce, benigno, de su voz, resuena como música de paz, que anuncia un cielo que se acerca...
          
El malhechor de la derecha le ha hablado en nombre de todos los caídos... Los que vamos a morir, y tal vez muy pronto, oigamos al amable Redentor, que nos responde, hablándonos del cielo: “HOY MISMO ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO...”. El arrepentimiento te ha abierto ya el cielo de mi Corazón...; aguarda, alma dichosa, que se disipe el sueño de esta vida y cantarás, te lo prometo, ¡oh, sí!, cantarás, con los penitentes y los ángeles, las misericordias de tu Dios...
         
Almas pecadoras que gemís, refugiaos en estas mis llagas, que abrieron vuestras culpas...; no temáis..., nunca es tarde para solicitar mi caridad... Queréis también nombrarme a hermanos vuestros, que luchan y agonizan..., hablad... Que para todos soy víctima, soy hermano vuestro..., soy Jesús.
          
(Lento y cortado)
          
Corazón de Jesús, dulcísimo con los infelices pecadores, un pecador te habla.
         
Corazón de Jesús, amabilísimo con los pobres, un mendigo aquí te espera.
          
Corazón de Jesús, salud de los dolientes, un enfermo te visita.
        
Corazón de Jesús, camino de los extraviados, un pródigo te busca.
        
Corazón de Jesús, suavidad de los que lloran, un desgraciado llama a tu santuario.
        
Corazón de Jesús, amigo fidelísimo del hombre, un amigo ingrato está aquí, y te llora.
         
Corazón de Jesús, quietud en las incertidumbres de la tierra, un alma combatida te llama en su socorro.
         
Corazón de Jesús, hoguera inextinguible del amor, un alma quiere abrasarse en los ardores de tu caridad.
          
Corazón de Jesús, agonizante, esperanza de los moribundos. “Memento”, acuérdate de los que en esta misma hora luchan con la muerte. Como el ladrón arrepentido, promételes, Jesús, que al expirar sobre tu pecho, quedarán contigo en ese incomparable Paraíso... Ten piedad de los agonizantes... Envíales, Señor, el ángel de Getsemaní, y acerca a sus labios, que ya no pueden llamarte, el cáliz de tu Corazón piadoso... Jesús, sé Jesús con los moribundos más desamparados.
     
(Pedid por los agonizantes).
   
(Pausa larga)
      
Apoyada en la Cruz, fija la mirada en el divino agonizante, está María... Ella, que arrulló con cantares de paloma, rodeada de ángeles, a este mismo Jesús, entonces pequeñito, dormido en sus rodillas... ¡Cómo pasaron fugaces los días de Belén!... Se disiparon, como un éxtasis, los treinta años de Nazaret inolvidable... Sólo ayer, Él... sí, esta misma víctima de amor, Jesús Infante, le pedía un mendrugo de pan y un abrazo maternal... Sus cabellos, coronados ayer con las flores de sus besos, empapados hoy en la sangre del Hijo-Dios...
    
¡Ah!, pero Él es siempre su Jesús... Él la quiere con amor más fuerte que la muerte... Antes que ésta llegue a arrebatarle, quiere hablar a la Virgen Madre de un supremo encargo... Pueblo amante, recibamos de rodillas el legado venturoso de Jesús crucificado... “MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO Y A TUS HIJOS..., te los doy, son los redimidos con tus lágrimas; te los confío, son los rescatados con el precio de la sangre que me diste... Y tú, JUAN, APÓSTOL Y AMIGO REGALADO, AHÍ TIENES A TU MADRE, ámala en mi nombre, consuélala en mi ausencia, recógela en tu casa... y que Ella sea consuelo y Madre de todos, de todos los dolores... Almas compasivas que me rodeáis en el calvario de este altar, sabed que María es Madre vuestra y es también mi Madre: somos hermanos desde esta Hora Santa de amorosa Redención...”.
      
(Pausa)
   
LAS ALMAS: ¿Qué podré obsequiarte, buen Jesús, en retorno del don sagrado de tu Madre?... La recibo con amor del alma, y le doy asilo, bajo el mismo techo pobre que Tú no desdeñaste... Y, en retorno de agradecimiento, te ofrezco por sus manos virginales los dolores de estas almas que Tú tanto quieres...
   
¡Pobrecitas!... En nombre de Ella, por María Dolorosa, te ruego las visites en sus duelos, las alientes en sus incertidumbres, las ilumines en sus dudas... ¡Ah! Por ella, por la Virgen Mártir, te conjuro que endulces, compasivo, las lágrimas de tantas madres, de aquellas que lloran al borde de una tumba, siempre abierta, de algún hijo...; te ruego, por aquellas madres, sobre todo, que padecen mortales angustias por la vida espiritual, por la salvación eterna de sus hijos... Y puesto que el Corazón Inmaculado de María es el altar de sus predilecciones, permite Jesús, que en él te ofrezcamos una acción de gracias rendida, solemne, como desagravio de reconocimiento por la ingratitud humana... Por manos, pues, y en unión de tu dulce Madre, te decimos:
       
Por habernos prevenido con el don gratuito e inapreciable de la fe...
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
        
Por el tesoro de la gracia y por la virtud de la esperanza en aquel cielo que es término de los dolores de esta vida...
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
        
Por el arca salvadora de tu Iglesia, perseguida y siempre vencedora.
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
         
Por la piedad incomprensible con que perdonas toda culpa en los Sacramentos del Bautismo y de la Santa Confesión.
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
         
Por las ternuras que prodigas a las almas doloridas, que, sufriendo, te bendicen en sus penas y en la Cruz...
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
         
Por los ardides santos de tu caridad en la conversión maravillosa de los más empedernidos pecadores...
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
         
Por los bienes de la paz o de la prueba, de la enfermedad o la salud, de la fortuna o la pobreza, con que sabes rescatar a tantas almas...
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
         
Por los singulares beneficios de tantos ingratos, mal nacidos, que olvidan y que abusan de salud, de dinero y de talentos, que sólo a ti, Jesús, te deben...
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
         
Por el obsequio celestial que nos hiciste al confiarnos el honor y la custodia de tu Madre, el Corazón de María Inmaculada.
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
        
Por tu Eucaristía Sacrosanta, por ese cautiverio y por esa compañía tuya deliciosa, prometida hasta la consumación de las edades...
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
        
Y, en fin, por aquel inesperado Paraíso que quisiste revelarnos en la persona de tu sierva Margarita..., por el don maravilloso, incomprensible, de tu Sagrado Corazón.
(Todos, en voz alta) Gracias infinitas a tu amable Corazón.
         
(Pausa)
          
Tengamos tranquila resignación y paz en la Vía dolorosa de la vida... ¡Cuánto más horrendo fue el martirio de Jesús en su patíbulo!... ¡Qué espantosa soledad la del Maestro crucificado, en el abandono inconcebible de aquellos mismos que vivieron saciándose en el banquete espléndido de su amor, de su hermosura y de sus prodigios!... ¿Dónde están ahora?... ¡Ah! Pero hay algo mucho más desgarrador aún para su alma, anegada en todos los oprobios... Él mismo va a decíroslo en el grito de infinita angustia que se escapa del oprimido pecho del adorable Nazareno, que ya muere: “¡DIOS MÍO, DIOS MÍO! ¿Por qué Tú también has querido ABANDONARME?... Vine donde aquellos que me mandaste redimir...; no me recibieron, y han levantado en una cruz a su propio Salvador... PADRE, HÁGASE TU VOLUNTAD... Pero si ellos han desgarrado mis manos y mis pies. Tú, ¿por qué has querido abandonarme?...
     
¡No se haga, sin embargo, mi voluntad, sino la tuya!... Mas en cambio de este tu abandono, salva a todos los que me confiaste. Que, en mi Corazón herido, sean uno conmigo, como Tú, y yo somos uno en el amor... ¡Qué acerbo cáliz, Padre!... Mi Corazón estalla, torturado en esta soledad de lo infinito... Padre, ¿por qué has querido abandonarme?...”.
    
(Pausa)
     
LAS ALMAS: Buen Pastor, yo adivino cuál es el dolor que te arranca ese clamor de amargura indecible: es la muerte eterna del impío, que se pierde por abandonarte a ti. ¡Ah, y son tantos los que viven sumidos en el abismo de las sombras, sin fe, sin amor, sin esperanza!... Acuérdate, Jesús, de ellos. Por el abandono de tu Padre, no quieras, Redentor bendito, no quieras abandonarlos... Por ellos, por los descreídos del hogar; por ellos, por los negadores de la enseñanza y de la Prensa; por ellos, por los aborrecedores de tu nombre y los verdugos que maldicen tu Cruz y tus altares, te ruego, con todo el ardor de mi alma... suplícote, Jesús, que los atraigas, que los perdones, por la mansedumbre y la agonía de tu adorable Corazón.
       
(Pausa)
      
(Pedid por la conversión de los impíos).
     
¿Por qué, hoy día, ese inusitado movimiento de odio contra Jesucristo, el manso ajusticiado del Calvario? ¿Por qué esa cólera del pueblo y la blasfemia oficial de las alturas, y el encarnizamiento de los sabios en borrar tu nombre de sobre la faz de la tierra? ¡Ay! ¡Gemid, almas fervientes!... Sus implacables enemigos están acumulando todas las hieles de la ingratitud y de la perfidia, para aplicársela a aquellos labios, que después de veinte siglos de ignominia, no se cansan de repetir, desde esa Hostia una palabra en que nos lega toda su alma dolorida... Recogedla con cariño: “¡SITIO!... TENGO SED...”. Sed abrasadora de sentirme amado, sed ardiente de vivir vuestra vida trabajada, sed incontenible de daros paz, felicidad... y después un cielo eterno... Tengo sed de vuestras almas, sed quemante de vuestras lágrimas; lloradlas en mi pecho... Almas consoladoras, ¡oh!, dadme de beber, y en pago os abriré en mi Costado, las fuentes de la vida... ¡Amadme! ¡Tengo sed!...
   
(Pausa)
    
LAS ALMAS: Jesús, también nosotros, cansados en la travesía del desierto, sentimos sed de aquellas aguas vivas que Tú nos prometiste: sed de ti..., que no será apagada sino cuando venga tu reinado en el triunfo de tu amante Corazón... No nos basta, Señor, tu misericordia. Tus intereses son los nuestros. Tenemos ansias, sed de tu reinado... Te pedimos, pues, que cumplas con nosotros las promesas que hiciste a tu confidente Margarita, en beneficio de las almas que te adoran en la hermosura indecible, en la ternura inefable, en el amor incomprensible de tu Sagrado Corazón. Por esto te gemimos con tu Santa Iglesia, te suplicamos por la Virgen Madre, te exigimos, por el honor inviolable de tu nombre, que establezcas ya, que apresures el reinado de tu amante Corazón.
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
   
(Las doce promesas):
      
1ª. Pronto, Jesús, sí, reina presto, antes que Satán y el mundo te arrebaten las conciencias y profanen en tu ausencia todos los estados de la vida.
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
      
2ª. Adelántate, Jesús y triunfa en los hogares. Reina en ellos por la paz inalterable prometida a las familias que te han recibido con hosannas.
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
       
3ª. No demores, Maestro muy amado, porque muchos de éstos padecen aflicciones y amarguras que Tú solo prometiste remediar.
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
       
4ª. Ven..., porque eres fuerte, Tú, el Dios de las batallas de la vida; ven, mostrándonos tu pecho herido, como esperanza celestial, en el trance de la muerte...
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
      
5ª. Sé Tú el éxito prometido en nuestros trabajos; sólo Tú, la inspiración y recompensa de todas las empreas.
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
      
6ª. Y tus predilectos, quiero decir, los pecadores, no olvides que para ellos, sobre todo, revelaste las ternuras incansables de tu amor...
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
      
7ª. ¡Ay, son tantos los tibios, Maestro, tantos los indiferentes a quienes debes inflamar con esta admirable devoción!...
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
      
8ª. “Aquí está la vida”, nos dijiste, mostrándonos tu pecho atravesado; permite, pues, que ahí bebamos el fervor, la santidad a que aspiramos...
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
      
9ª. Tu imagen ha sido entronizada, a pedido tuyo, en muchas casas...; en nombre de ellas te suplico sigas siendo, en todas, su amable Dueño y el sólo Soberano...
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
      
10ª. Pon palabras de fuego, persuasión irresistible, vencedora, en aquellos sacerdotes que te aman y te predican como Juan, tu apóstol regalado.
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
      
11ª. Y a cuantos propaguen esta devoción sublime, a cuantos publiquen sus inefables maravillas, resérvales, Jesús, una fibra de tu Corazón, vecina de aquélla en que tienes grabado el nombre de tu Madre.
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
       
12ª. Y por fin, Jesús, danos el cielo de tu Corazón a cuantos hemos compartido tu agonía en la Hora Santa... Por esta hora de consuelo y por la Comunión Reparadora de los Primeros Viernes, cumple con nosotros tu promesa infalible..., te pedimos que en la hora decisiva de la muerte...
(Todos, en voz alta) Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.
      
(Pausa)
    
JESÚS: “¡Que mi paz sea con vosotros!”, almas amigas de mi Corazón, pues tuve sed y me disteis de beber. Ahora sí, confiado el honor de mi nombre en vuestro celo, puedo exclamar: “TODO ESTÁ CONSUMADO”. Y si algo faltare a mi obra redentora, completo ¡oh, Padre! Lo que falta a mi pasión con la misericordia de mi Corazón inagotable... Te devuelvo, Padre, a los que me confiaste...; si alguno se ha perdido, no fue por falta de misericordia... Te pido, por mi cruz y mi ternura, que incrementes el número de los elegidos, de los santos en mi Iglesia... Consuma, Padre, la obra de este tu Unigénito Crucificado, glorificándome en la tierra que bebió mi sangre... Te devuelvo mi alma y las almas redimidas, pero déjales mi Corazón, herencia de los caídos, de los pobres y de cuantos sienten ansias de crecer en intimidad de amor conmigo...
    
(Pausa)
 
LAS ALMAS: Tú lo has dicho, Jesús, tu Corazón nos pertenece... Consuma, pues, por Él tu obra, santificando a todos éstos que tienen voluntad de seguirte hasta el mismo sacrificio. Aumenta nuestra fe, aviva la esperanza, colma la medida de la caridad que te debemos...
   
Consuma, Jesús, tu obra en el triunfo social de tu santa Iglesia...; confunde a los poderes que la oprimen...; desbarata con tu soplo las huestes de los hipócritas, de los soberbios, de los impuros enemigos que la asaltan con furor...; habla, Dios de luz, y retrocederán los hijos de las tinieblas, de los errores, de las perversas doctrinas...; habla, Dios de amor, y será salvo tu Vicario...; y consumada tu obra, del uno al otro confín de la tierra, será aclamada la dulce e irresistible omnipotencia de tu Corazón vencedor...
   
Señor, consuma tu obra, aliviando los tormentos de un terrible Purgatorio...; apiádate, Jesús, y abrevia el plazo de las almas que sufren justiciera expiación..., de aquéllas sobre todo, que esperan en esas llamas el rocío de mis plegarias, parientes, benefactores y amigos, a quien debo el refrigerio de mis sufragios tan amados, benignísimo Jesús...
  
Tú me los arrebataste... ¡Bendito seas!... dales tu paz, no quieras olvidarlos...
  
(Pedid el triunfo del Corazón de Jesús en su Iglesia militante y en el Purgatorio).
   
(Pausa)
    
Así, de tinieblas, vestía la naturaleza en la Hora Santa del primer Viernes Santo de este mundo. Los cánticos de Jerusalén celestial han cesado...; el cielo entero ha descendido, y de rodillas, ante Jesús Hostia, espera recoger el último latido del Corazón del Hombre-Dios... Almas creyentes, estamos verdaderamente en la cumbre consagrada del Calvario: ¡es la Hora Santa!... Una gran voz resuena en las alturas, voz que dice: “¡EN TUS MANOS, PADRE, ENCOMIENDO MI ESPÍRITU!” E inclinando su cabeza destrozada, muere de amor Jesús Crucificado... Su corazón lo llevó a la muerte... ¡Viva su amante Corazón, que nos llevó a la vida!...
    
LAS ALMAS: ¡Oh, Jesús, amor de mis amores, acepta por manos de María Dolorosa la ofrenda de mi ser todo entero, de mi vida... Yo no me pertenezco, Señor, soy todo tuyo! Y en esta donación me olvido de mí mismo y me consagro por el triunfo de tu Divino Corazón... Acéptame, Jesús, y escucha ahora mi última plegaria:
   
(Cortado)
   
Cuando los ángeles de tu santuario te bendigan en la Eucaristía de mis amores... y yo me encuentre en la agonía..., acuérdate del pobre siervo de tu Divino Corazón...
   
Cuando las almas justas de la tierra te alaben y te lloren, encendidas en amor... y yo me encuentre en la agonía..., sus dolores y sus lágrimas son las mías, acuérdate del pródigo vencido por tu Divino Corazón...
   
Cuando tus sacerdotes, las vírgenes del templo y tus apóstoles te aclamen Soberano, te prediquen a las almas y te entronicen en los pueblos... y yo me encuentre en la agonía..., sus ardores y su celo son los míos... acuérdate del apóstol de tu Divino Corazón...
   
Cuando tu Iglesia ore y gima ante el Sagrario, para redimir contigo el mundo..., y yo me encuentre en la agonía..., acuérdate del amigo de tu Divino Corazón...
   
Cuando, en la Hora Santa, tus almas regaladas, sufriendo y reparando, te hagan olvidar abandonos, sacrificios y traiciones... y yo me encuentre en la agonía..., sus coloquios contigo y sus holocaustos son los míos..., acuérdate de este pobre altar y de esta víctima de tu Divino Corazón...
   
Cuando tu divina Madre te adore en la Santa Eucaristía, y repare ahí los crímenes sin cuento de la tierra..., y yo me encuentre en la agonía..., sus adoraciones son las mías... acuérdate del hijo de tu Divino Corazón... ¡Oh, sí!, acuérdate de esta miserable criatura que Tú tanto amaste; acuérdate que le exigiste se olvidara de sí misma por tu amor... Mas no, Señor..., olvídame, si quieres, con tal que me dejes olvidado para siempre en la llaga hermosa de tu dulce Corazón.
  
(Pausa)
    
¿Qué tengo yo, Señor Jesús, que Tú no me hayas dado?... Despójame de todo, de tus propios dones, pero abísmame en las llamas de tu Santo Corazón.
  
¿Qué sé yo, que Tú no me hayas enseñado?... Olvide yo la ciencia de la tierra y de la vida; pero conózcate mejor a ti, ¡oh amable Corazón!...
   
¿Qué valgo yo, si no estoy a tu lado?...
   
¿Qué merezco yo, si a ti no estoy unido?... Úneme, pues, a ti con vínculo más fuerte que la muerte...; renuncio a todas las delicias de tu amor, en cambio de este otro Paraíso, el de tu tierno Corazón... Y en él sepulta, sí, los yerros que contra ti he cometido... y castiga y véngate de todos ellos, hiriendo mortalmente, con dardos de encendida caridad, al que tanto te ha ofendido... Y si te he negado, déjame reconocerte en la Eucaristía en que Tú vives...; si te he ofendido, déjame servirte en eterna esclavitud de amor eterno...; porque es más muerte que vida la que no se consume en amar y en hacer amar tu olvidado, tu adorable, tu Divino Corazón... ¡VENGA A NOS TU REINO!
   
(Pausa)
   
(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes. Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).
  
(Cinco veces) ¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!
   
Acto final de consagración
  
Jesús dulcísimo, Redentor del género humano, míranos postrados humildemente ante tu altar. Tuyos somos, tuyos queremos ser, y a fin de estar más firmemente unidos a ti, he aquí que hoy día cada uno de nosotros se consagra espontáneamente a tu Sagrado Corazón.
  
Muchos, Señor, nunca te conocieron; muchos te desecharon, al quebrantar tus mandamientos. Compadécete, Jesús, de los unos y de los otros, y atráelos a todos a tu Santo Corazón. Sé Rey, Señor, no sólo de los fieles que jamás se separaron de ti, sino también de los hijos pródigos que te abandonaron; haz que vuelvan pronto a la casa paterna, no sea que perezcan de miseria y de hambre.
  
Sé Rey de aquéllos a quienes engañaron opiniones erróneas y desunió la discordia; tráelos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que luego no quede ya más que un solo rebaño y un solo pastor.
   
Sé Rey de los que aún siguen envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo. A todos dígnate atraerlos a la luz de tu Reino.
   
Mira, finalmente, con ojos de misericordia, a los hijos de aquel pueblo, que en otro tiempo fue tu predilecto; que también descienda sobre ellos, como bautismo de redención y vida, la sangre que reclamó un día contra sí.
   
Concede, Señor, a tu Iglesia incolumidad y libertad segura, otorga a todos los pueblos la tranquilidad del orden; haz que del uno al otro polo de la tierra resuene esta sola aclamación: ¡ALABADO SEA EL DIVINO CORAZÓN, POR QUIEN HEMOS ALCANZADO LA SALUD; A ÉL GLORIA Y HONOR, POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS! Así sea.
   
(Cinco veces, en voz alta) ¡CORAZÓN DIVINO DE JESÚS, VENGA A NOS TU REINO!

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)