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domingo, 12 de octubre de 2014

REFUTACIÓN A LA LEYENDA NEGRA CONTRA EL CATOLICISMO Y ESPAÑA POR LA CONQUISTA DE AMÉRICA (1492° ARTÍCULO))

HOMENAJE Y DESAGRAVIO A LA IGLESIA CATÓLICA, A LAS ESPAÑAS Y AL NUEVO MUNDO
 
  
Tomado de LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA (de Vittorio Messori)
    
MATANZA DE INDÍGENAS
    
Desde el siglo XVI las potencias nórdicas reformadas -Gran Bretaña y Holanda in primis- iniciaron en sus dominios de ultramar una guerra psicológica al inventarse la “leyenda negra” de la barbarie y la opresión practicadas por España, con la que estaban enzarzadas en la lucha por el predominio marítimo.
      
Pierre Chaunu, historiador de hoy, fuera de toda discusión por ser calvinista, escribió:
       
“La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana (…). La América protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América católica.”
     
Con ello no se pretende afirmar que la ocupación española -y portuguesa- de América del Sur fuera del todo pacífica. Para nada. Sin embargo, históricamente, ¿qué ocupación o conquista lo fue? Por poner un ejemplo: si bien la llegada de los europeos a estas tierras acarreó actos de violencia, dichos europeos se enfrentaron a su vez con usurpadores: el imperio de los aztecas y de los incas se había creado con violencia, y se mantenía gracias a una fuerte opresión sobre los nativos. En muchas ocasiones, los ibéricos fueron saludados como liberadores y recibieron el apoyo de los pobladores americanos; ello explica que sólo un puñado de españoles (con escasos cañones, armas que no funcionaban por la humedad, y caballos que no podían ser usados en grandes cargas) haya podido doblegar a miles de guerreros. Para juzgar la conquista europea de América, es preciso liberarnos de utopías moralistas.
    
Toda conquista implica guerra. Pero es de resaltar que los españoles fueron vistos como libertadores por los pueblos que gemían bajo el yugo del Huey Tlatoani azteca y del Sapa Inca.
  
Hay conquistas y conquistas, y a pesar de todo, la católica fue preferible a la protestante. Según Jean Dumont (historiador):
       
“Si por desgracia, España (y Portugal) se hubiera pasado a la Reforma (“lo dice la Biblia, el indio es un ser inferior, hijo de Satanás” –principio postulado y aplicado en América del Norte-), un inmenso genocidio habría eliminado de América del Sur a todos los pueblos indígenas”. 
  
Las cifras cantan: mientras que los pieles rojas que sobreviven en América del Norte son unos cuantos miles, en América ex española y ex portuguesa, la mayoría de la población o bien es de origen indio o es fruto de la mezcla de precolombinos con europeos y (sobre todo en Brasil) con africanos.
     
EL EXTERMINIO
     
Siguiendo con la Leyenda Negra de la colonización de América, volvamos a la población indígena: mientras en los Estados Unidos de hoy, donde están registradas como “miembros de tribus indias” aproximadamente un millón y medio de personas, en el sur la situación es exactamente la contraria; en la zona mexicana, en la andina y en muchos territorios brasileños, casi el noventa por ciento de la población o bien desciende directamente de los antiguos habitantes o es fruto de la mezcla entre los indígenas y los nuevos pobladores (y africanos, en el caso de Brasil).
    
Las formas de conquista de las Américas se originan precisamente en las distintas teologías: los españoles no consideraron a los pobladores de sus territorios como una especie de basura que había que eliminar para poder instalarse en ellos como dueños y señores. Los protestantes en cambio, influenciados por la teología de la predestinación (el indio es subdesarrollado porque está predestinado a la condenación, el blanco es desarrollado como signo de elección divina), no dudaron en exterminar a los nativos de los territorios que fueron conquistando. Así ocurrió no sólo en América y con los ingleses, sino en todas las demás zonas del mundo a las que llegaron los europeos de tradición protestante: el apartheid sudafricano, por citar el ejemplo más clamoroso, es una creación típica y teológicamente coherente del calvinismo holandés (sorprende que la Conferencia de obispos católicos sudafricanos se sumaran sin mayores distinciones a la “Declaración de arrepentimiento” de los cristianos blancos hacia los negros de aquel país).
    
El calvinismo (doctrina protestante dominante en los colonizadores ingleses y holandeses), partiendo de una interpretación carnal de la predestinación, consideró que los no blancos eran reservados para la condenación (lo que impulsará en los años siguientes el odio racial).
      
El término “exterminio” no es exagerado. Muchos ignoran que la práctica de arrancar el cuero cabelludo era conocida tanto por los indios del norte cuanto por los del sur, pero entre estos últimos, desapreció pronto, prohibida por los españoles. La enciclopedia Larousse dice “La práctica de arrancar el cuero cabelludo se difundió en el territorio de lo que hoy es Estados Unidos a partir del siglo XVII, cuando los colonos blancos comenzaron a ofrecer fuertes recompensas a quien presentara el cuero cabelludo de un indio fuera hombre, mujer o niño.” En 1703 el gobierno de Massachusetts pagaba doce libras esterlinas por cuero cabelludo, lo que motivó que la caza de indios -organizada con caballos y perros- no tardara en convertirse en una suerte de deporte muy rentable.
    
Los gobernadores ingleses en Norteamérica ofrecían recompensas por escalpar el cuero cabelludo de los enemigos de la Corona Británica; y esta práctica continuó aún en el Lejano Oeste del siglo XIX. (Proclama de Sir Spencer Phillips, Gobernador de Massachusetts, año de 1755)
      
Nadie niega que también hubo innumerables muertes de indios en América Central y del Sur, pero nunca como para estar al borde de la extinción, y este exterminio no se debió exclusivamente a las espadas de acero y armas de fuego (que por la humedad, no siempre funcionaban), sino a los invisibles y letales virus del Viejo Mundo.
    
El choque microbiano y viral que en pocos años causó la muerte de la mitad de la población autóctona de Iberoamérica fue estudiado por el grupo de Berkeley, formado por expertos de esa universidad. El fenómeno es comparable a la peste negra, que procedente de India y China, asoló Europa en el siglo XIV. Enfermedades como la tuberculosis, la pulmonía, la gripe, el sarampión o la viruela eran desconocidas en el nicho ecológico aislado de los indios, como también lo fueron para los españoles las enfermedades tropicales de aquéllos, frente a las cuales carecían de las defensas inmunológicas necesarias. Faltaba aún mucho para Pasteur.
      
LAS DENUNCIAS DE FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS
       
"Brevísima relación de la destrucción de las Indias", obra de Fray Bartolomé de las Casas, quien calificó así la colonización de América. ¿Se trata de una calificación cerrada y definitiva? Veamos.
   
Bartolomé de las Casas nació en Sevilla, en 1474, hijo del rico Francisco Casaus (apellido que delata orígenes judíos). El padre de Bartolomé acompañó a Colón en su segundo viaje al otro lado del Atlántico, quedándose en las Antillas, donde creó una gran plantación donde se dedicó a esclavizar a los indios (práctica que caracterizó el primer período de la Conquista, suprimida por Isabel la Católica). Después de estudiar en la Universidad de Salamanca, Bartolomé partió a América para hacerse cargo de la herencia paterna, y hasta los 35 años empleó los mismos métodos que más tarde denunciaría. Luego de su conversión, Las Casas se ordenó cura primero y luego dominico y dedicó el resto de su larga vida a defender la causa de los indígenas ante las autoridades de España.
          
El primer creador (sin saberlo él mismo), de la Leyenda Negra anticatólica y antiespañola: el converso e hijo de conversos Fray Bartolomé Casaus (cristanizado de Las Casas)
      
Con demasiada frecuencia se escribe la historia dando por sentado que sus protagonistas se comportan pura y exclusivamente de forma racional. Algunos estudiosos, al realizar un análisis psicológico de la “vociferante” personalidad de Las Casas han llegado incluso a hablar de un “estado paranoico de alucinación”; juicios severos que han sido defendidos por historiadores como el español Ramón Menéndez Pidal.
       
El sabio Menéndez Pidal describe a Las Casas como “paranoico, enfermo mental con vocación anormal y delirio de grandezas, melífluo al hablar de los indígenas y violento contra los españoles”.
  
Asimismo, el norteamericano William S. Maltby, profesor de Historia de Sudamérica en una universidad de EEUU, y quien en 1971 publicó un estudio del tema en cuestión, escribió que “ningún historiador que se precie puede hoy tomar en serio las denuncias injustas y desatinadas de Las Casas”, concluyendo que
        
“En resumidas cuentas, debemos decir que el amor de este religioso por la caridad fue al menos mayor que su respeto por la verdad.”
       
Sea como fuere, tras su insistencia, las autoridades de la Madre Patria atendieron sus consejos y aprobaron severas leyes de tutela de los indígenas, lo que más tarde iba a tener un perverso efecto: los propietarios españoles, necesitados de abundante mano de obra, dejaron de considerar conveniente el uso de las poblaciones autóctonas que algún autor define hoy como “demasiado protegidas”, y comenzaron a prestar atención a los holandeses, ingleses y franceses que ofrecieron esclavos importados de África y capturados por los árabes musulmanes; esclavos a quienes posteriormente también llegaría una ley española de tutela.
 
La llegada de los africanos como esclavos a América fue por intermediación de los holandeses, ingleses y franceses, quienes los compraban a los musulmanes y los revendían.
      
Es preciso rescatar que Las Casas haya podido atacar impunemente y con expresiones terribles no sólo el comportamiento de los particulares sino el de las autoridades, lo que se debió, en palabras de Maltby “además de a las cuestiones de fe, al hecho de que la libertad de expresión era una prerrogativa de los españoles durante el Siglo de Oro, tal como se puede corroborar estudiando los archivos, que registran toda una gama de acusaciones lanzadas en público -y no reprimidas- contra las autoridades”. Más aún, este furibundo contestatario no sólo no fue neutralizado, sino que se hizo amigo íntimo del emperador Carlos V, y éste le otorgó el título de protector general de todos los indios, y fue invitado a presentar proyectos que, una vez discutidos y aprobados, se convirtieron en ley en las Américas españolas. Nunca antes un “profeta” había sido tomado tan en serio por un sistema político al que se nos presenta entre los más oscuros y terribles.
       
LA DESTRUCCIÓN POR LA FUERZA DE LAS RELIGIONES AUTÓCTONAS
    
Jean Dumont señaló respecto de Bartolomé de las Casas:
      
“El fenómeno de Las Casas es ejemplar puesto que supone la confirmación del carácter fundamental y sistemático de la política española de protección de los indios. Desde 1516, cuando Jiménez de Cisneros fue nombrado regente, el gobierno ibérico no se muestra en absoluto ofendido por las denuncias, a veces injustas y casi siempre desatinadas del dominico. El padre Bartolomé no sólo no fue objeto de censura alguna, sino que los monarcas y sus ministros lo recibían con extraordinaria paciencia, lo escuchaban, mandaban que se formaran juntas para estudiar sus críticas y sus propuestas, y también para lanzar, por indicación y recomendación suya, la importante formulación de las “Leyes Nuevas”. (…)”
   
Es más, Carlos V mandó nombrar a Las Casas obispo, y por efecto de sus denuncias y las de otros religiosos, en la Universidad de Salamanca se crea una escuela de juristas que elaborará el derecho internacional moderno, sobre la base fundamental de la “igualdad natural de todos los pueblos”. ¿Necesitaba la gente del Nuevo Mundo esta protección?
    
Jane Fonda, actriz norteamericana que desde la época de Vietnam intenta presentarse como “políticamente comprometida” se sumó al conformismo denigratorio que hizo presa de no pocos católicos frente a lo que llaman la “destrucción de las grandes religiones precolombinas”, afirmando que éstas“tenían una religión y un sistema social mejores que el impuesto por los cristianos mediante la violencia”.
  
Un estudioso, también norteamericano, le contestó en uno de los principales diarios recordándole cómo era el ritual de las continuas matanzas de las pirámides mexicanas:
   
”Cuatro sacerdotes aferraban a la víctima y la arrojaban sobre la piedra de sacrificios. El Gran Sacerdote le clavaba entonces el cuchillo debajo del pezón izquierdo, le abría la caja torácica y después hurgaba con las manos hasta que conseguía arrancarle el corazón aún palpitante para depositarlo en una copa y ofrecérselo a los dioses. Después, los cuerpos eran lanzados por las escaleras de la pirámide. Al pie, los esperaban otros sacerdotes para practicar en cada cuerpo una incisión desde la nuca a los talones y arrancarles la piel en una sola pieza. (…) Una vez curtidas, las pieles servían de vestimentas a la casta de los sacerdotes.”
    
Los sacrificios humanos que practicaban casi diariamente los aztecas inspiraron a sus súbditos un gran odio, y a los españoles un horror indescriptible (sólo comparable al que causa el Infierno).

Menos sanguinarios eran los Incas. Como recuerda un historiador: “Los incas practicaban sacrificios humanos para alejar un peligro, una carestía, una epidemia. Las víctimas, a veces niños, hombres o vírgenes, eran estranguladas o degolladas, en ocasiones se les arrancaba el corazón a la manera azteca”.
   
Volviendo a Las Casas y la conquista, a diferencia de los anglosajones, que se limitarían a exterminar a aquellos “extraños” que encontraron en el Nuevo Mundo, los ibéricos aceptaron el desafío cultural y religioso -tantas veces difamado- con una seriedad que constituye una de sus glorias, no pretendiendo con ello ocultar los errores que efectivamente se cometieron: por primera vez en la historia, los europeos se enfrentaban a culturas muy distintas y muy lejanas.

Independientemente de si Colón y sus hombres hubieran llegado a Catay y Cipango (China y Japón respectivamente) o descubrieran un Nuevo Mundo, el reto era el mismo: estar frente a frente con culturas distantes y disímiles a la acostumbrada.
   
DESPREOCUPACIÓN POR EL ALMA DE LOS INDÍGENAS
        
Resulta significativo cuanto escribe el protestante Pierre Chaunu sobre la colonización española de las Américas y las denuncias como las de Las Casas:
      
“Lo que debe sorprendernos no son los abusos iniciales, sino el hecho de que esos abusos se encontraron con una resistencia que provenía de todos los niveles -de la Iglesia, pero también del Estado mismo- de una profunda conciencia cristiana”.
      
Resulta lamentable que obras como "Brevísima relación de la destrucción de las Indias" de fray Bartolomé fueran utilizadas sin escrúpulos por la propaganda protestante y después, por la iluminista, cuando en realidad constituyen el testimonio de la sensibilidad hacia el problema del encuentro con un mundo absolutamente nuevo e inesperado.
      
Ahora bien, sobre el triste panorama que pinta la obra de Las Casas sobre la conquista, Luciano Perena, de la Universidad de Salamanca señala que:
     
“Las Casas se pierde siempre en vaguedades e imprecisiones. No dice nunca cuándo ni dónde se consumaron los horrores que denuncia, tampoco se ocupa de establecer si sus denuncias constituyen una excepción. Al contrario, en contra de toda verdad, da a entender que las atrocidades eran el único modo habitual de la Conquista.”
    
Una empresa como la conquista de América jamás se habría podido realizar con buenas maneras. Hernán Cortés, quien puso fin al imperio de los aztecas y a quien Las Casas presenta de modo pesimista, fue quien vio bajar de las pirámides el río de sangre humana de las víctimas sacrificadas. Sea como fuere, como buen converso, Las Casas estaba más preocupado por la salvación de las almas de los nativos (sólo si se los trataba de forma adecuada iban a aceptar el bautismo), de ahí que no sea posible presentarlo como una suerte de precursor de la “teología de la liberación” al estilo marxista.
   

La preocupación de España por la salvación de las almas de los nativos no tuvo precedente, y hasta que la corte de Madrid no sufrió la contaminación de masones e “iluminados”, no reparó en gastos ni en dificultades para cumplir con los acuerdos con el Papa, que había concedido los derechos de patronato a cambio del deber de evangelización. Los resultados hablan: gracias al sacrificio y al martirio de generaciones de religiosos mantenidos con holgura por la Corona, en las Américas se creó una cristiandad que es hoy la más numerosa de la Iglesia Católica y que ha dado vida a una fe “mestiza” encarnada por el encuentro vital de distintas culturas. A pesar de los errores y los horrores, se trató de una de las más grandes aventuras religiosas y culturales que tuvo una feliz evolución.
 
El encuentro entre España y América (y los esfuerzos de la Evangelización) significó una nueva cultura y un modo particular de espiritualidad (como lo refleja el arte colonial)
     
A diferencia de lo ocurrido en Norteamérica, en Sudamérica el cristianismo y las culturas precolombinas dieron vida a un hombre y a una sociedad realmente nuevos respecto a la situación precolombina. Fue sin duda un abuso instrumentalizar a Las Casas como arma de guerra contra el “papismo”, fingiendo ignorar que contra España se utilizaba la voz de un español escuchado y protegido por el gobierno y la Corona de esa misma España.
     
GUERRA PSICOLÓGICA DE LOS MASONES
      
“Arma cínica de una guerra psicológica” es como define Pierre Chaunu el uso que las potencias protestantes hicieron de la obra de Las Casas. Los motivos fueron políticos, pero también religiosos: la separación de Roma efectuada por Enrique VIII había dado lugar a una iglesia de Estado bastante poderosa y estructurada como para ponerse al frente de las demás comunidades reformadas de Europa.
    
Los Países Bajos y Flandes desempeñaron un papel importante en esta “guerra psicológica”. Precisamente fue Theodor De Bry -flamenco- quien diseñó los grabados que acompañarían muchas ediciones de la Brevísima relación; dibujos en los que los ibéricos aparecen entregados a todo tipo de sádicas crueldades contra los pobres indígenas, y que no sólo tienen su origen en la imaginación del autor, sino que son prácticamente las únicas imágenes antiguas de la Conquista, al punto de seguir siendo reproducidas hasta hoy.
  
La mente sádica de Theodor de Bry (que era flamenco, protestante y ocultista; y que JAMÁS PUSO UN PIE EN AMÉRICA), lo impulsó a dibujar las “atrocidades” españolas contra los indígenas, al puro estilo del Infierno de su coterráneo El Bosco ¡PARA JUSTIFICAR QUE INGLATERRA ERA MEJOR COLONIZADORA QUE ESPAÑA!

Para ahondar aún más en el tema, es preciso indagar acerca de qué ocurrió con las colonias luego del dominio español. Luego de ser invadida por Napoleón, España tuvo que desatender los extensos territorios americanos. Luego de reconquistar su gobierno, ya era demasiado tarde para restablecer el statu quo de las tierras de ultramar. La Burguesía criolla siempre había mantenido relaciones tensas con la Corona, por abocarse esta última a “defender demasiado” a los indígenas e impedir su explotación; sentimiento que se hizo extensivo a la Iglesia debido a los esfuerzos de las órdenes religiosas para velar por el respeto y la mejora de las normas que protegían a los indios.
      
Debido a esta oposición a la Iglesia, vista como aliada de los indígenas, la élite criolla que condujo la revolución contra la Madre Patria estaba profundamente contaminada por el credo masónico que dio a los movimientos de independencia un carácter de duro anticristianismo que se mantuvo hasta nuestros días. Los jefes de la insurrección contra España fueron todos altos exponentes de las logias; un análisis de las banderas y los símbolos estatales de América Latina permite comprobar la abundancia de elementos de la simbología de los “hermanos”.
   
Todos los símbolos patrios de los países latinoamericanos reflejan  la influencia de los francmasones ingleses y franceses (quienes apoyaron la “independencia” de éstos). (Tabla creada por el editor)
  
Resulta innegable el hecho de que en cuanto se liberaron de las autoridades españolas y de la Iglesia, los criollos invocaron los principios de hermandad universal masónica y de los “derechos del hombre” de jacobina memoria para liberarse de las leyes de tutela de los indios. Casi nadie dice la amarga verdad: pasado el primer período de la colonización ibérica, fatalmente duro por el encuentro-desencuentro de culturas tan distintas, no hubo ningún otro período tan desastroso para los autóctonos sudamericanos como el que se inicia en los albores del siglo XIX, cuando sube al poder la burguesía supuestamente “iluminada”.
     
Cuando la burguesía latinoamericana subió al poder, los indígenas padecieron la expropiación de sus resguardos, que por ley pasaron a ser propiedad de hacendados y señores de la guerra (en el caso de Colombia, destacan entre muchos los masones Tomás Cipriano de Mosquera y José Hilario López Valdés).