«Si debo escribir la verdad, soy de tal modo que rehúyo toda asamblea de obispos, ya que jamás he visto la conclusión de un sínodo gozosa y favorable, ni una que haya resultado en la eliminación de males en lugar de su aumento e incremento. Porque siempre hay contiendas y sed de poder —y os ruego que no me consideréis duro o molesto al escribir estas cosas— que no se pueden explicar con palabras; y es más fácil para alguien ser acusado de su integridad al ofrecerse como juez de otros que tener éxito en reprimir su maldad. Por esta razón, me he recompuesto y he juzgado que para mí la seguridad de mi alma reside únicamente en la quietud y la soledad. Ahora, la enfermedad se suma a esta decisión mía, ya que casi todos los días exhalo mi último aliento y soy incapaz de valerme de mis fuerzas para nada. Por esta razón, que vuestra grandeza de alma nos perdone y tome medidas para asegurar que el piadosísimo emperador no nos condene por inercia y pereza, sino que perdone nuestra debilidad; por lo cual sabe bien que nos ha concedido, a quienes se lo pedimos, la facultad de retirarnos como si fuera un beneficio en lugar de cualquier otra recompensa» SAN GREGORIO NACIANCENO, Carta 130 (3.ª a Procopio, prefecto de Constantinopla). En Migne, Patrología Græca XXXVII, cols. 225-226.

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Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)