Divisó Enrique VIII que la usurpación del primado papal fuese detestada por todos los católicos, e incluso por Lutero y Calvino, y por tanto ordenó que se escribiera un libro en defensa de su autoridad, y se hallaron muchos, unos espontáneamente, y otros por fuerza. Quería incluso que su pariente el cardenal Reinaldo Pole escribirse en su favor, pero él valientemente se negó, y en cambio escribió cuatro libros titulados Por la defensa de la unidad eclesiástica, con los que se granjeó tanto odio del rey que lo declaró traidor a la patria y reo de lesa majestad, y buscó muchas veces hacerlo asesinar; y al no conseguirlo, hizo matar a su madre Margarita Plantagenet, a su hermano Enrique Pole, 1.º barón de Montagu, y a su tío, y por esa causa su familia fue afligida y casi extinta.
Persiguió tiránicamente a los religiosos por la misma razón, y precisamente a los cartujos, los franciscanos y los brigidinos, quienes en esa persecución fueron convertidos en mártires [1] junto con Juan Fisher, obispo de Rochester, y Tomás Moro, a quienes mandó decapitar en el año 1534 [2]. Fisher, estando en prisión, había sido nombrado cardenal por Pablo III; Enrique, al enterarse de esto, rápidamente lo mandó condenar a muerte.
Está escrito que Fisher, cuando tuvo que salir de prisión para ir a la ejecución, se visitó con sus mejores ropas, diciendo que así iba a su boda, y como era viejo y estaba demacrado por los sufrimientos de la prisión, necesitaba un bastón en el que apoyarse, pero cuando vio el cadalso, dijo estas palabras arrojando el bastón: «Eja, pedes, offícium fácite, parum itíneris jam restat» (Ea, pies, haced vuestro oficio, que ya queda poco camino). Y luego, de pie en el cadalso, antes de ser decapitado, alzó los ojos al cielo y entonó el Te Deum laudámus, en acción de gracias a Dios que le permitía morir por la santa fe; y habiendo terminado, generosamente sometió su cabeza al hacha, que luego fue colocada en un poste y expuesta en el Puente de Londres; y se dice que cuanto más tiempo permanecía allí, más floreciente y viva parecía, por lo que se ordenó que la retiraran de allí lo antes posible [3].
Similar a esta gloriosa muerte fue la de Tomás Moro. Cuando le informaron del día en que el obispo de Rochester fue condenado a muerte, dijo: «Señor, no soy digno de tanta gloria, pero espero que me hagas digno de ella». Su esposa Margarita fue a tentarlo a prisión para complacer al rey; pero él la rechazaba constantemente. Después de catorce meses en prisión fue llevado a juicio; respondió allí con fortaleza y fue condenado a perder la cabeza. Entonces, encontrándose ya cerca del cadalso, dijo amablemente a un hombre que estaba cerca: «Amigo, ayúdame a subir, pues para bajar no necesitaré ayuda». Subió al cadalso y allí protestó ante la audiencia que moría por la fe católica; y después de haber recitado el Miserére, tal hombre fue decapitado en medio de los lamentos de toda Inglaterra [4].
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. Historia de las herejías, cap. XI “Herejías del siglo XVI”, art. 4.º “Del cisma de Inglaterra”, § 1, n. 112.
NOTAS
[1] Card. VICENTE LUDOVICO GOTTI OP, La verdadera Iglesia de Jesucristo demostrada por signos y dogmas, tomo I, cap. CXIII, §. 2, n. 22. NATALE ALEXANDRE OP, Historia eclesiástica, tomo XIX (edición revisada y corregida por Costantino Roncaglia, Lucca, 1739), cap. XIII, art. 3.º, n. 5.
[2] Mons. SANTIAGO BENIGNO BOSSUET, Historia de las variaciones de las iglesias protestantes, lib. VII, n. 11. GOTTI, loc. cit.
[3] NICOLÁS SANDERS, Historia y progreso del cisma anglicano, lib. I, pag. 135. GOTTI, ibid.
[4] SANDERS y GOTTI, loc. cit., n. 23.

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