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A PESAR DE ESCRIBIR EN LATÍN...

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miércoles, 11 de mayo de 2016

GRITOS DE ADÚLTEROS DESDE EL INFIERNO

Para los que viven en concubinato, y para Bergoglio y Kasper.
  
GRITOS DE UN ADÚLTERO DESDE EL INFIERNO
  
Ponat te Dóminus sicut Sedecíam et sicut Achab, quos frixit rex Babylónis in igne: Pro eo quod fecérint stultítiam in Israël, et mœcháti sunt in uxóres amicórum suórum. (Jeremías Cap. 29 Vers. 22-23)
 
¡Ay de mí una, y mil veces! Y ay de mí, ahora más que nunca, tanto por cuanto aquí padezco, como por lo que padezco en emplearme a desviarte del adulterio, porque deseo inflexiblemente tu condenación; y como sé cuán cierta será si estás encartado en ese vicio, no quisiera que, amedrentado de oír lo que padezco yo por adúltero, dejases tú de serlo y te salvaras: pero fijo te sucederá lo que a mí, que este miedo solo me movía a proponer dejar la mala amistad, pero no a dejarla; y como tú te portes asi, yo no he menester más para salir con mi pretensión que es tu eterna ruina: porque, como con ese propósito nos condenamos todos los adúlteros, también tú te condenarás con él.
 
La razón porque este vicio nunca se piensa proseguir, y nunca se llega a dejar, es, porque cuando falta el deleite del apetito, se sigue por la estimación de la persona; y cuando uno y otro falta se continúa, porque en castigo de los pecados antecedentes, permite Dios los siguientes; y en pena de estos y aquellos, el morir (¡oh qué horror!) sin penitencia, o por falta de tiempo, o por sobrada confianza del perdón, o por no ver la puerta para entrar en él, muriendo tan ciegos como vivimos; motivo por qué en Grecia antiguamente castigaban al adúltero, arrancándole los ojos.
  
Con que ahora solo es mi temor, no sea cosa, que escarmentando en mí, no te contentes con el propósito, sino que rompas luego por todo, y ahora mismo cortes esa amistad, te arrepientas y confieses. Esto es lo que me da pena, porque esto es lo que a tí te ha de dar la Gloria; y no es solo por el odio que a tí tengo, sino por el que tengo a Dios; del cual, como no puedo vengarme en su Persona, quisiera verlo aquí arder en su estatua, que eres tú. Quisiera, porque veo en tí, como en espejo su Imagen, hacer pedazos el espejo, ya que no puedo la Imagen, y que ardieras como yo en estas atroces llamas, pero me obligan a que con ellas te desvíe de ellas, forzándome a que para esto te intime lo que Jeremías en el tema: Póngate Dios como a Sedequias, y Acab, que fueron freídos en el fuego por necios, porque adulteraron con las mujeres de sus amigos.
  
Repara, no en el fuego que ahí los quema, sino en el que aquí los abrasa, y pondera lo que va de fuego a fuego. Lo primero porque ese fuego es natural, y éste sobrenatural, y si a ese da tal vigor la naturaleza, ¿cuál y cuánto será el que a este dará el mismo Autor de la naturaleza montando en ira? Lo segundo por el fin; porque si ese fuego que crió, para sazonarte la comida, y para defenderte del frio es tan atroz, ¿qué será este, que lo crió Dios, no para defender, sino para ofender? ¿No para dar recreo, sino para tomar venganza? Lo tercero, porque si ese fuego hiere tanto sin entrañarse en el cuerpo, sino con tostar solo la superficie de él, ¿Qué impresión hará este, que abrasa desde afuera, y nace desde dentro, engendrándose en el vientre del mismo que padece?
  
Por esto no dice el Tema: que los adúlteros se asan en el fuego, sino que se fríen: porque a lo que se asa no le toca inmediatamente el fuego, sino su calor; pero a lo que se fríe, no solo toca el aceite ardiendo, sino que lo envuelve, y zabulle en sí, hasta que penetra, y enciende, las entrañas, y si un licor tan blando como el aceite recibe fuerza tan dura de este fuego mira, la fuerza que recibirá de éste un material tan acre como el azufre. En este, pues, oh adultero, has de arder, y has de rebullir, no solo asado en él, sino freído en él, cercado de él, y tan atravesado de él, que entrará quemando en tus entrañas, y saldrá quemando de ellas sofocándote el aliento la negra respiración de su espeso encarcelado humo, y contristándote el corazón su macilenta amarilla espantosa luz.
  
¿Quién creerá que aún es nada lo dicho, respecto de lo que es en la verdad; y qué lo dicho, y que lo que es en la verdad es menos, respecto de su extensión? Ya sé, no ignoras que es infinita, pero también sé, que no sabes qué cosa sea esta infinidad. Excede lo infinito a todo humano alcance, mayormente mientras la carne tápala vista del entendimiento; y asi nunca podrás comprender lo eterno hasta que lo padezcas; porque habiéndose de discurrir lo que pasa por lo que ahí ves, necesariamente has de errar la idea, pues ahí ves que el fuego acaba al paciente, y que cuanto el fuego es más grave, es más breve su pena; porque como lo priva antes de la vida, lo desocupa antes del sentimiento.
  
Para desacertar menos la idea, “figúrate a un hombre dentro de un horno encendido, en que está ardiendo siempre, y siempre viviendo, porque por milagro de Dios, ni el hombre muere, ni el fuego mengua”: figúrate lo qué está allí poseído todo de volcanes brotando por cada poro un surtidor de llamas, y que por no tener salida vuelven de reflexión a ingerírsele por todos sus sentidos; que Dios hace, que ni el humo, ni el fuego le entorpezcan, ni emboten el juicio, ni el sentimiento, sino que lo tenga tan vivo como tú ahora. Considera cuanto padecería si estuviera toda una noche de está lastimosa suerte, pues idéatelo asi, no una noche y sino todo un año; todo un siglo, en fin, gasta la vida en añadirle más años, y más siglos, padeciendo en ese estado eso que te parece insoportable por una noche, que tampoco harás imagen adecuada de lo que aquí has de pasar, tanto por lo que va de fuego a fuego, como porqué cuanta duración le des, toda será de tiempo que tenga fin, y esta no lo ha de tener: punto a que no puede llegar por limitado tu pensamiento.
 
Conoce ahora, oh adúltero, tu error, pues por un gozo tan limitado te arrojas a sufrir lo que no se puede pensar, pues por apagar una llamarada del cuerpo, despeñas cuerpo y alma al fuego de una duración tan infinita y de una tan exorbitante actividad: Poco es tratarte el Tema de necio; poco el tratarte la Escritura de ciego, de fatuo, de irracional y de insensible, pues todo esto aspira innatamente a su conservación, y huye de su ruina: ninguno y en fin, como dicen, es necio para su negocio y conveniencia. Solo tú, oh malaventurado, abandonas el negocio de tu mayor conveniencia por tu eterna perdición.
 
No haré tal, dices a esto, porque no espero sino ocasión para salir de semejante empeño, recogerme, y tratar de mi salvación, y esto lo haré antes de mucho, si Dios me da vida: luego si Dios no te la da, y te la quita antes, y quieres morir en tu pecado, y condenarte: luego quieres, mientras no suceda esto que dices, proseguir en negar a tu Dios la obediencia, y que después Dios te dé el Reino de los Cielos. ¿Esto puede hacerlo creer, ni aun el demonio? ¿Él puede persuadirte lo contrario que él experimentó? No lo creo, sino es apagándote antes la lumbre de la razón, y cegándote el entendimiento. Asi lo hace, para que asi te pierdas. Pues oye el pregón, que voz en grito promulga
 
Dice por San Pablo (I Cor. 6.): No os hagáis ilusiones, hombres, no queráis errar; sea manifiesto a todos, que los adúlteros no poseerán el Reino de los Cielos: los adúlteros no poseerán el reino de los cielos. Dios es quien lo dice, y no por mi boca, sino por la del Apóstol; y asi, no tienes sino tres salidas, o el no creer a Dios, o el apartarte de esa mala amistad, o el perder el Reino de los Cielos. Nota, que no dice no erréis, sino que no queráis errar; y es, porque aquí, muchos de nosotros gritamos, que lo erramos, porque nos faltó la luz de la noticia clara (Sapient. 5); y como San Pablo os la da, con esto dice, no que no erréis, sino que no queráis errar: Nóllite erráre; porque después de este aviso, si proseguís en el adulterio, ya será errar, no porque lo ignoráis, sino porque queréis errar: ya será condenaros, porque os queréis condenar; pues Nollite errare.

GRITOS DE UNA ADÚLTERA DESDE EL INFIERNO
  
Et judicábo te judíciis adulterárum, et effundéntium sánguinem: et dabo te in sánguinem furóris et zeli. (Ezequiel Cap. 16, Vers. 38)
 
¡Oh! Mujeres, no necesitáis más que oír las Escrituras, para confundiros, porque en él para aterrar Dios al Pueblo que mató a Cristo, dice, que lo ha de juzgar con el rigor que a las adulteras, ¡Oh, qué asombro! Ved, cual será, oh adúlteras, el rigor con que se ha de juzgar esta culpa, cuando amenaza Dios con él para espantar a otros, ¿Cuál será, cuando aún en el divino idioma, se alza con la antonomasia de los rigores? ¿Cuál será, cuando guarda este rigor, para encarecer su ira? En fin, es el pendón negro, que enarbola su justicia, cuando se desafuera: “judicábo te judidíciis adulterárum”.
 
Repara, que no dice a juzgarlos con el castigo de los adúlteros, sino de las adulteras; y es, porque como es más grave esta culpa en la mujer que en el hombre, es también más grave su pena. Es más grave su culpa, ya porque rompe más frenos para caer, pues además de los espirituales quebranta los de su natural modestia; ya porque regularmente da ocasión al pecado, pues no surtiera efecto, si ella no hubiera dado, o permitido la causa. Por esto amenaza Dios con el castigo en las Escrituras, no de los adúlteros, sino de las adulteras: Adulterárum.
 
Prosigue diciendo, se portará como el marido celoso, que encuentra a su mujer adulterando. Notad, que en este delito, a diferencia de otros, se embravece el marido con una ira, que ni da, ni toma tiempo para la venganza, que ni la compasión lo mitiga, ni ruegos lo templan; antes, echando por tierra a cuantos se interponen, se arroja con una daga desesperado a ella; y después de haberla degollado, reproduce en su pecho tanta herida, que a no quedar sobradamente muerta del acero, muriera anegada de su sangre: Et dabo te in sánguinem. Usa Dios de este símil, porque entre los humanos es el más inexorable, no porque esta ira sea ni aun sombra de la suya. ¿Qué tiene que ver un castigó con otro? Pues allí, la adultera, ya (puede aunque no suceda) entre los agonizantes vuelcos de la muerte salvar con una contrición su alma; pero Dios quita la vida temporal, y el tiempo para la eterna. Esta sí que es venganza digna de temerse (Luc. 12, 5). “Voy a deciros a quién debéis temer: Temed aquel a aquel que, después de haber dado la muerte, tiene poder de arrojar en la Gehenna. Sí, os lo digo, a Aquel temedle”
 
En fin, para que conozcas el exceso, dice en las Escrituras, que no solo te ha de castigar cómo poseído de celos, sino de furor: Et dabo te in sánguinem furóris, celi. La ira de los celos compara la escritura al Infierno: Dura sicut inférnus emulátio. Luego, si a la ira del Infierno se añade la del furor, ya no hay con quien compararla por no haber extremo que aventaje a la ira del abismo. Considera, pues, a un Dios sumamente Omnipotente, sumamente sobre airado, celoso; sumamente celoso, enfurecido: ¿hasta dónde llegará con su venganza? Por esto le rogaba David no lo castigara tomado del furor: Ne in furóre tuo arguas me. ¿Y tú, oh delicada y pobre mujer, no temes lo que hacía temblar a un David, que no temía Osos, ni Leones?
 
No temes nublado tan sangriento, porque te lo finges muy distante: ¡pero oh desventurada, cuán presto caerá sobre tí este aguadero de tempestades! ¿Tiénete consolada la seguridad de que no hay riesgo de que tu marido, vea, sepa, ni castigue tu traición, y no te aflige el que la Ve, la sabe, y la ha de castigar todo un Dios, armado de ira, furor, y celos?
 
Un remedio tienes para tu enmienda, que es temer a Dios más que a tu esposo; asi no ofenderás a tu esposo, ni a Dios; porque a diferencia del marido, Dios siempre te verá, y tu esposo por no ser a su vista desleal, (por no verte) siempre le parecerás fiel. Y no harás mucho con esto; pues si temes más a una araña, que te corre por el hombro, que a un mosquito, porque la araña te puede hacer más daño; más debes temer a Dios, que al marido, pues cuantas muertes podía darte éste, son un mosquito, respecto del mal que puede hacerte Dios; pues todo el mal de aquel no puede pasar del cuerpo: razón por que no merece ser el más temido; pero el de Dios se extiende a la perdición eterna, y temporal de tu alma y cuerpo; que como es todo lo que hay que perder, es solamente lo que es digno de todo tu temor: No te digo más, que lo que Cristo por San Mateo 16, 26: Porque ¿De qué sirve al hombre si gana el mundo entero, más pierde su alma?... Verdad es, que no ha de ser un temor de Dios, como el asido con alfileres, que en llegado la tentación te lo desprendas, sino un temor clavado en el pecho, como lo pedía David. Y si el motivo era el temor de los juicios, adúltera, ¿cuál ha de ser el tuyo? No hay otro medio para evadirlo, que desde ahora clavar este temor de Dios en tu corazón, y tu corazón en él, como Susana, que se resolvió a perder la vida, mas no la honra suya, y de los suyos, por no cometer un adulterio, un adulterio que no lo había de saber la tierra entera; y nada temió, según el Crisóstomo, por temer solo a quien nada se le esconde, que es Dios. Y esta honrada y generosa determinación le valió no perder la honra, ni la vida con que le amenazaban, y ganar para con los hombres; honra, mientras el mundo fuere mundo; y para con Dios honra, y alabanza, mientras Dios fuere Dios.
Ya, pues, oh casada, te mostré el agua, y el fuego y extiende a tu elección la mano, hacia el agua de la pureza que te salve, o hacia al fuego de la lascivia, para que te abrase, y te condene. Dios, que es verdadero por naturaleza, te desengaña para que no te dejes engañar del hombre, que por su naturaleza es mentiroso. Ese amor que te muestra el hombre, sabe que no es a tí sino a sí mismo: no ama tus méritos, sino a su pasión.
 
No caigas en el error que yo, (condenada por adultera) y no trates de apegarte de esas ficciones. Mira con qué ansia, con qué sed, y a costa de qué inclemencias solícitas sigue un cazador a la perdiz o liebre, las cuales, aun sin discurso no estiman, antes huyen de quien las busca, por saber no las siguen, ni desean por afecto a ellas, sino por satisfacer su gusto al Cazador que es el de quitarles la vida.
  
Considera, oh simple mujer, que por lo mismo, y para lo mismo te obsequia, sigue y busca ese mal hombre, no por admiración a tu persona, sino para satisfacer a su apetito; no para darte obsequio sino, para quitarte la mejor vida.
 
¿Cómo puedes creer que te quiera bien, aunque lo exprese el que te solicita, y desea tanto mal? ¿Pues qué, si supieras lo que en su concepto desciendes, si condesciendes, no es ponderable lo que bajas, aun en su estimación misma, qué será en la de los que, o lo saben, o lo presumen? Con que para con ninguno ganas, y pierdes para contigo, para con Dios, para con los hombres, y aun para con el mismo cómplice: Y después de perdición tan universal en esa vida, te espera en esta un juicio, y rigor, que no tiene ejemplar, y que sirve de ejemplar para explicar Dios con él sus rigores más graves, y juicios más horrendos.

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)