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miércoles, 29 de junio de 2022

EL DESPRECIO DE PABLO VI PARA LOS QUE NO ACEPTABAN SU “REFORMA LITÚRGICA”

Caricatura tomada de GLORIA CARTOON.
«Tengo la sensación que por alguna misteriosa, no, no es misteriosa, por alguna grieta, el humo de satanás ha entrado en el templo de Dios. Hay duda, hay incertidumbre, hay problemática, hay inquietud, hay insatisfacción, hay confrontación. […] Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. En cambio vino un día nublado, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre […] Buscamos cavar abismos en vez de llenarlos».
Estas palabras (que algunos como Miguel Ángel Malavia Martínez en el marista Vida Nueva Digital traen a recuerdo tendenciosamente con ocasión de la reciente carta bergogliana “Desidério desiderávi”) fueron parte de la homilía de Pablo VI Montini un día como hoy, hace 50 años, homilía que (dicho sea de paso) L’Osservatore Romano reportó en tercera persona, como si fuera un discurso menor, siendo que el 29 de Junio de 1972, aparte de ser la fiesta patronal de  los 9 años de su coronación papal.
   
Nosotros queremos recordar esa fecha trayendo al español estos otros discursos de Pablo VI Montini compilados en Documents on the Liturgy 1963–1979: Conciliar, Papal, and Curial Texts (Documentos sobre la Liturgia 1963–1979: Textos conciliares, papales y curiales), Frederick R. McManus, comp. Collegeville, MI, The Liturgical Press, 1982; y tomados de NEW LITURGICAL MOVEMENT, en los que él ataca a los que no aceptaron su reforma-demolición litúrgica, culpándolos de la división QUE ÉL MISMO CAUSÓ (cualquier parecido con Bergoglio es pura realidad):
  • Discurso a los Obispos italianos, 14 de Abril de 1964 (DOL 21): «La reforma litúrgica abre para nosotros un camino para reeducar a nuestro pueblo en su religión, para purificar y revitalizar sus formas de culto y devoción, para restaurar la dignidad, belleza, sencillez y buen gusto a nuestras ceremonias religiosas. Sin tal renovación interior y exterior puede haber poca esperanza para cualquier supervivencia prolongada de la vida religiosa en las condiciones cambiantes de hoy. … [P]romoved el canto sacro, los cantos religiosos y congregacionales del pueblo. Recordad: si los fieles cantan, ellos no dejarán la Iglesia; si no dejan la Iglesia, conservarán la fe y vivirán como cristianos».
  • Audiencia general, 13 de Enero de 1965 (DOL 24): «Por vuestro [de los laicos] propio esfuerzo en poner la Constitución sobre la Liturgia en efecto exacto y vital demostráis que tenéis ese entendimiento de los tiempos que Cristo recomendó a sus primeros discípulos (cf. Mat. 16, 4) y el cual la Iglesia de hoy está en proceso de despertar y reconocer en los adultos católicos.  […] Vosotros mostráis que entendéis el nuevo modo de religión que la actual reforma litúrgica planea restaurar  […]. La solicitud de la Iglesia hoy se amplía; hoy está cambiando ciertos aspectos de la disciplina ritual que ahora son inadecuados y está buscando audaz pero reflexivamente sondear su significado eclesial, las demandas de la comunidad, y el valor sobrenatural del culto eclesial. Para entender este programa religioso y disfrutar sus resultados esperados debemos cambiar nuestra forma establecida de pensar respecto a las ceremonias sagradas y prácticas religiosas que no requieren más que una asistencia pasiva y distraída. Debemos ser plenamente conscientes del hecho que con el Concilio nació una nueva pedagogía espiritual. Eso es lo nuevo sobre el Concilio, y no debemos vacilar en convertirnos primero en alumnos y luego en los maestros de esta escuela de oración ahora en su comienzo. Puede suceder que las reformas afectarán prácticas queridas para nosotros y todavía dignas de respecto; que las reformas demandarán esfuerzos que, desde el comienzo, son preocupantes. Pero debemos ser dedicados y tener confianza: el plano religioso y espiritual que la Constitución abre ante nosotros es estupendo en su profundidad y autenticidad doctrinal, en la racionalidad de su lógica cristian, en la pureza y riqueza de sus elementos estéticos, en su respuesta al carácter y necesidades del hombre moderno».
  • Discurso a los párrocos y predicadores cuaresmales, 1 de Marzo de 1965 (DOL 25): «Aquí hay algunos de los problemas: cambiar tantas actitudes que en varios aspectos son dignos de honor y aprecio en sí mismos; molestar a personas buenas y devotas presentándole nuevos modos de oración que no van a entender correctamente; ganar para un compromiso personal en la oración comunitaria a muchas personas acostumbradas a orar (o no orar) en la iglesia como les place; intensificar el entrenamiento en la oración y culto en cada congregación, esto es, introducir a los fieles a nuevos puntos de vista, gestos, prácticas, formularios y actitudes, equivalentes a una parte activa en la religión que muchos no están acostumbrados. En una palabra, el problema es comprometer al pueblo de Dios en la vida litúrgica sacerdotal. Nuevamente, decimos que es una cuestión difícil y delicada, pero añadiendo que es necesaria, obligatoria, providencial y renovadora. Esperamos que también sea renovadora».
  • Audiencia general, 17 de Marzo de 1965 (DOL 27): «¿Qué piensa la gente sobre la reforma de la liturgia? […] Primero, hay los que dan evidencia de un grado de confusión y por ende de incomodidad. Hasta ahora la gente estaba cómoda; podían orar en la forma que quisieran; todos eran familiares con el modo en que se realizaba la Misa. Ahora en todos lados hay cosas nuevas, cambios y sorpresas: incluso se ha llegado tan lejos como para eliminar el sonido de la campaña del Sanctus. Luego están todas las oraciones que nadie puede encontrar más; estar de pie para recibir la Comunión; el fin de cortarse abruptamente la Misa después de la bendición. Todos hacen las respuestas; hay mucho movimiento; las oraciones y lecciones se dicen en voz alta. En resumen, ya no hay más paz, las cosas se entienden menos que antes, y cosas por el estilo. No debemos criticar estas opiniones porque entonces tendríamos que mostrar cómo ellos revelan un pobre entendimiento del significado del ceremonial religioso y nos permite entrever no una verdadera devoción y un verdadero aprecio del significado y valía de la Misa, sino en cambio cierta pereza espiritual que no está preparada para hacer un esfuerzo personal de entender y participación dirigida a un mejor entendimiento y plenitud de este, el más sagrado de los actos religiosos, en el cual somos invitados, o más bien obligados, a participar».
  • Homilía en la parroquia de la Inmaculada Concepción en el Tiburtino, 27 de Marzo de 1966 (DOL 33): «El Concilio ha tomado la postura fundamental que los fieles deben entender lo que el sacerdote está diciendo y participar en la liturgia; no se r solo espectadores pasivos en la Misa sino almas vivas […]. Mirad alaltar, puesto ahora para el diálogo con la asamblea; considerad el notable sacrificio del latín, el repositorio invaluable del tesoro de la Iglesia. El repositorio ha sido habierto, pues el lenguaje hablado por la gente ahora hace parte de su oración. Los labios que frecuentemente habían estado cerrados, como si estuvieran sellados, ahora al fin han empezado a moverse, mientras la asamblea puede cantar su parte en el coloquio […] Ya no tenemos el triste fenómeno de la gente estando conversando y hablando sobre toda cuestión humana pero silenciosa y apática en la casa de Dios. ¡Cuán sublime es oír durante la Misa la recitación comunitaria del Padre nuestro! De esta forma, la Misa dominical no es solo una obligación sino un placer, no solo cumplida como un deber, sino afirmada como un derecho».
  • Audiencia general en Castelgandolfo, 13 de Agosto de 1969 (DOL 45): «A través de un intenso y prolongado movimiento religioso, la liturgia, coronada y, por decirlo así, canonizada por el Vaticano II, ha ganado una nueva importancia, dignidad, accesibilidad y participación en la consciencia y la vida espiritual del pueblo de Dios y, predecimos, esto continuará aún más en el futuro».
  • Audiencia general en Castelgandolfo, 20 de Agosto de 1969 (DOL 46): «Una segunda categoría, cuyas filas se han llenado con personas ansiosas después de la reforma conciliar de la liturgia, incluye a los suspicaces, los críticos y los descontentos. Molestados en sus prácticas devocionales, estos espíritus no solo se resignan a regañadientes a los nuevos caminos, sino que no hacen ningún esfuerzo en entender las razones para estos. Ellos encuentran desagradables las nuevas expresiones del culto divino. Ellos se refugian en su lamento, que aparta su antiguo sabor de los textos del pasado y bloquea cualquier gusto por lo que la Iglesia, en esta segunda primavera de la liturgia, ofrece a los espíritus que están abiertos al significado y lenguaje de los nuevos ritos sancionados por la sabiduría y la autoridad de la reforma post-conciliar. Un esfuerzo no muy difícil en aceptar y entender traería la experiencia de la dignidad, la sencillez y moderna antigüedad en las nuevas liturgia y llevaría al santuario de cada persona la consolación y la fuerza vivificante de las celebraciones comunitarias. La vida interior encontraría una mayor plenitud».
  • Audiencia general, 26 de Noviembre de 1969 (DOL 211): «Un nuevo rito de la Misa: un cambio en una venerable tradición que ha venido de siglos. Esto es algo que afecta nuestro patrimonio religioso hereditario, el cual parecía gozar el privilegio de ser intocable y arraigado. Parecía traer la oración de nuestros antepasados y de nuestros santos a nuestros labios y darnos la tranquilidad de sentirnos fieles a nuestro pasado espiritual, que mantuvimos vivo transmitiéndolo a las generaciones venideras.
          
    Es en momentos como este que debemos tener un mejor entendimiento del valor de la tradición histórica y la comunión de los santos. Este cambio afectará las ceremonias de la Misa. Debemos estar conscientes, tal vez con algún sentimiento de fastidio, que las ceremonias en el altar ya no pueden ser realizadas con las mismas palabras y gestos a los cuales estábamos acostumbrados, tal vez tan acostumbrado que ya no advertíamos nada de ellos. Este cambio también toca a los fieles. Está planeado para interesar a cada uno de los presentes, para sacarlos de sus acostumbradas devociones personales o su letargo usual.
          
    Debemos prepararnos para este inconveniente polifacético. Es el tipo de molestia causado por toda novedad que rompe nuestros hábitos. Podemos notar que las personas devotas son las que están mayormente perturbadas, porque teniendo un modo respetable de asistir a la Misa, se sentirán obligadas a abandonar su piedad acostumbrada para seguir otra práctica. Los sacerdotes mismos también encontrarán problemática esta situación. Entonces, ¿qué debe hacese en esta ocasión especial e histórica? Primero que todo, debemos prepararnos. Esta novedad no es poca cosa. No debemos dejarnos sorprender por la naturaleza, o incluso la molestia, de sus formas exteriores. […]
          
    Es la voluntad de Cristo, es el soplo del Espíritu Santo que llama a la Iglesia a hacer este cambio. Un momento profético está ocurriendo en el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Este momento está agitando la Iglesia, levantándola, obligándola a renovar el arte misterioso de su oración.
          
    Es aquí que la gran novedad va a notarse, la novedad del lenguaje. El latín ya no será más el lenguaje principal de la Misa, sino la lengua hablada. Para quien sabe la belleza, la potencia, la sacralidad expresiva del latín, ciertamente la sustitución de la lengua vulgar es un gran sacrificio: perdemos la lóquela de los siglos cristianos, devenimos casi intrusos y profanos en el recinto literario de la expresión sacra, y así perderemos gran parte de aquel estupendo e incomparable hecho artístico y espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos, sí, razón de amargarnos, y casi de extraviarnos: ¿qué sustituiremos a esta lengua angélica? Es un sacrificio de inestimable precio. ¿Y por cuál razón? ¿Qué cosa vale más que estos altísimos valores de nuestra Iglesia?
         
    La respuesta parece banal y prosaica; pero es válida; porque es humana, porque es apostólica. Vale más la inteligencia de la oración, que no las vestiduras séricas y vetustas de las cual está regiamente vestida; vale más la participación del pueblo, de este pueblo moderno saturado de palabras claras, inteligibles, traducibles en su conversación profana. Si el divo latin mantuviese por nosotros segregada la infancia, la juventud, el mundo del trabajo y de los negocios, si fuese un diafragma opaco, en vez de un cristal trasparente, nosotros, pescadores de almas, ¿haremos buen cálculo en conservarle el exclusivo dominio de la conversación orante y religiosa?».
  • Audiencia general, 3 de Noviembre de 1971 (DOL 53): «La Iglesia orante (Ecclésia orans) ha recibido en el Concilio su más espléndida idealización. No debemos olvidar mirar esa conmovedora realidad de la reforma litúrgica. Gran peso, incluso considerando las condiciones espirituales del mundo de hoy, es debido a esa reforma por su intento pastoral originario para reavivar la oración entre el pueblo de Dios. Esto es para que haya una oración pura y compartida, esto es, interio y personal, pero al mismo tiempo pública y comunitaria. Significa que no es simplemente una cuestión de ritual, perteneciente a la sacristía o una erudición arcana y meramente litúrgica. La oración debe ser una afirmación religiosa, llena de fe y vida: una escuela apostólica para todos los buscadores de la verdad vivificante; un desafío espiritual lanzado ante un mundo ateo, pagano y secularizado».

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)