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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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A PESAR DE ESCRIBIR EN LATÍN...

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jueves, 10 de abril de 2014

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA - VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE PASIÓN

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA
     
Tomado de "Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles", P. André Hamon, cura de San Sulpicio (Autor de las vidas de San Francisco de Sales y del Cardenal Cheverus). Segundo tomo: desde el Domingo de Septuagésima hasta el Segundo Domingo después de Pascua. Segunda Edición argentina, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1962.
         
VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE PASIÓN
    
RESUMEN PARA LA VÍSPERA EN LA NOCHE
       
Meditaremos mañana: 1º En los dolores que sufrió María al pie de la Cruz; 2º En las virtudes que allí practicó; 3° En las palabras que Jesucristo le dirigió.
       
—Tomaremos en seguida la resolución: 1º De honrar siempre, con piadosas aspiraciones, los dolores de la Santísima Virgen: 2º De imitar hoy, con algún acto particular, la paciencia, la humildad y el espíritu de sacrificio de que nos da ejemplo este misterio; 3° De agradecer a Nuestro Señor el habernos dado por madre a María. Nuestro ramillete espiritual será la oración de la Iglesia: “¡Oh Madre, fuente de amor, siento yo vuestro dolor, con Vos hacedme llorar!”
     
MEDITACIÓN DE LA MAÑANA
     
Transportémonos en espíritu a la santa montaña del Calvario, al pie de la Cruz, junto a María. Saludemos a la Madre de los Dolores como a la Reina de los mártires, porque no admite otro nombre en este misterio: “No me llaméis más Noemí, es decir hermosa; sino Mara, es decir amarga, porque el Señor me ha llenado de amargura”.
        
PUNTO PRIMERO - DOLORES QUE PADECE MARÍA AL PIE DE LA CRUZ
      
Todo lo más cruel que han padecido los mártires es ligero en comparación de las agonías que soportó María. Los mártires, al menos, no padecieron sino en su cuerpo, y aun la unción de la gracia suavizaba sus tormentos, a tal punto, que se les vio llenos de alegría en los crueles suplicios; pero, en María, fue el alma misma traspasada por una espada de dolor, sin ser endulzada con ningún consuelo. Y ¡De qué dolores, Dios mío! Si una madre que ve expirar a su hijo entre sus brazos, sufre dolores indecibles, ¿Qué sería en María, que tuvo a Jesús un amor que la naturaleza y la gracia habían elevado al más alto grado? La naturaleza, mostrándole en Jesús el más amable de los hijos y el más santo y perfecto de los hombres; la gracia, revelándole en Él al Dios infinitamente bueno e infinitamente amable. Y a este hijo tan amado tuvo que verle arrastrado por las calles de Jerusalén, conducido a casa de Caifás, de Pilatos y de Heredes, en donde fue insultado, abofeteado, escupido y despreciado; le vio azotado, coronado de espinas, proclamado por el pueblo digno de muerte y peor que el ladrón y asesino Barrabás: le acompañó al Calvario, cuando subió la montaña cargado con la Cruz, exhausto de fuerzas y de sangre, cubierto de heridas, polvo e inmundas salivas.
     
¡Y no pudo darle alivio! ¡Qué martirio para una madre como María! Fue preciso que le viera tendido en la cruz; que oyera los golpes de martillo, con que le traspasaron con duros clavos sus pies y sus manos; que le contemplara cubierto de heridas y elevado entre el cielo y la tierra, agonizando durante tres horas; que oyera sus adioses postreros y dar su último suspiro, sin poder morir con Él. Y, lo que aún es más, padece por los dolores que causa ella misma a su Hijo con su extrema aflicción, y por los dolores indecibles que causa al corazón del Hijo la vista de todos los pecados y de las muchas almas que se condenarán a pesar de tantos medios de salvación. “¡Oh hija de Jerusalén! ¿Con qué comparar el exceso de vuestra aflicción? Ella es grande como el mar”. Obtenedme la gracia de compartir vuestros dolores, ¡oh Madre mía! Es un deber para mí: 1º PORQUE UN HIJO DEBE TOMAR PARTE EN LAS PENAS DE SU MADRE; 2° PORQUE NO AMARÍA A JESÚS QUIEN FUERA INSENSIBLE A LOS DOLORES DE MARÍA; 3º PORQUE MIS PECADOS SON, A LA VEZ, LA CAUSA Y EL OBJETO DE LOS DOLORES DE VUESTRO HIJO Y DE LOS VUESTROS, ¡OH MADRE AFLIGIDA!
       
PUNTO SEGUNDO - VIRTUDES QUE PRACTICÓ MARÍA AL PIE DE LA CRUZ
       
1º Desde luego, SE VE EN MARÍA UNA PACIENCIA INQUEBRANTABLE. Estuvo de pie durante toda esta tremenda tempestad, como una roca durante una tormenta, en medio de las olas que la combaten sin derribarla. Ni el abismo de sus dolores, ni el espectáculo de la muerte, ni el furor de los hombres, ni la rabia de los demonios pudieron abatirla. Se mantuvo con resolución y valor, sin exhalar una sola queja; adora en silencio los designios de Dios y se somete a ellos. Mirémonos en este hermoso espejo de paciencia, y confundámonos. ¡Bastan tan pocas cosas para abatirnos, para acobardarnos, para que prorrumpamos en quejas y murmuraciones! 2º LA HUMILDAD EN MARÍA ES IGUAL A SU PACIENCIA. Una madre cuyo hijo está condenado al último suplicio se ruboriza de aparecer en público; teme que la ignominia del hijo caiga sobre ella, y se esconde: María, al contrario, se presenta, y hela ahí al pie de la cruz. Allí saborea todos los desprecios, todos los insultos, feliz porque gusta con Jesús el cáliz de sus humillaciones y lo bebe hasta las heces. ¡Qué lección para nosotros! 3° MARÍA NOS ENSEÑA EL ESPÍRITU DE SACRIFICIO. Sabiendo que es voluntad de Dios que Jesús muera para salvar al mundo, acepta con toda el alma los designios divinos. “Padre celestial, dice, tomad vuestra espada; herida la víctima, desgarrad mis entrañas y arrancadme el corazón quitándome a mi hijo tan amado; me resigno a todo esto por vuestra gloria y la salvación del mundo”. ¡Sublime ejemplo de espíritu de sacrificio!
     
PUNTO TERCERO - PALABRAS DE JESÚS A MARÍA
    
Mientras que María sufría tan grandes dolores y practicaba tan altas virtudes, Jesús, volviendo sus ojos a San Juan, y viendo en él, dicen los Padres, al representante de todos los fieles: “MUJER, DICE A MARÍA, VED AHÍ A VUESTRO HIJO, LO SUSTITUYO EN MI LUGAR”. ¡Benditas palabras por las cuales Jesús nos da a su Madre por Madre nuestra! Él, que nos había dado ya a su Padre por padre nuestro, quiere ahora que Él y nosotros tengamos también una madre común. Palabras que deben llenar nuestro corazón de confianza, de consuelo y de felicidad. ¡Oh María, Vos sois mi Madre; nada temo; ya soy feliz, ya espero!