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miércoles, 1 de agosto de 2018

EL ODIO DE MONS. BORTIGNON AL PADRE PÍO Y A FRAY LEOPOLDO

Traducción del artículo publicado en GLORIA.TV
  
Girolamo Bartolomeo Bortignon OFM Cap.

Mons. Bortignon, capuchino, Obispo de Belluno-Feltre y después de Padua, fue el enemigo declarado del Padre Pío. Fue un enemigo visible, público, que no celaba su aversión y diría incluso su odio por su cofrade capuchino del Gargano; Bortignon intentó cancelar los grupos de oración del Padre Pío en su diócesis, persiguió a sus principales responsables, los sacerdotes que amaban al fraile, y su hostilidad llegó hasta a calumniar al Padre Pío intentando demoler su fama de hombre de Dios y de santo fraile. Sin embargo, Mons. Bortignon provenía de una conocida familia católica que había dado 4 sacerdotes a la Iglesia. Él nació en 1905 con el nombre de Bartolomeo Bortingon, 15º de 16 hijos. En 1915, inicia el año del noviciado en Bassano del Grappa, después pasa al convento de Thiene. En 1925, va a Roma a estudiar teología en la Universidad Gregoriana. Tres años después, es ordenado sacerdote, termina los estudios de teología dogmática y retorna a la Provincia capuchina de Venecia donde es destinado a los estudios teológicos. En el 1935, Bortignon es electo IV Definidor; tres años más tarde, jovencísimo, es electo Ministro Provincial y reelecto incluso tres años después. En 1944, va a Roma donde Pío XII firma el decreto dea su nombramiento como Obispo titular de Lidda y Administrador Apostólico de las diócesis de Belluno y Feltre. En 1949, se convierte en Obispo de Padua, donde permanece hasta 1982. El fraile-obispo Bortignon viene descrito como austero, incisivo, seguro interiormente, amante de Cristo, de la Iglesia y de la Orden capuchina; culto y con una predisposición al mando. Pero hay también contradicciones: «Alguno lo define como uno de los protagonistas de la “primavera” del Concilio Vaticano II; algunos otros dicen que el Concilio fue acogido por el Obispo Girolamo con una cierta fagica. Alguien dice que fue un anticipador de los tiempos; otros que estuvo más bien ligado al pasado. Aliguno lo califica de agudo conocedor de las personas, otro en cambio dice que era un obispo que tenía cierta dificultad en el diálogo. (...) Sin embargo, creo que sea verdad que “de su episcopado en Padua hablarán luengo los historiadores”»[1]. «La fama de Bortignon había comenzado a difundirse en toda Italia en los años en que había gobernado la Provincia monástica Véneta. Entre los Capuchinos confiados a sus cuidados paternales estaba el Padre Leopoldo Mandić, un pequeño fraile que el cielo había colmado de gracias. Nacido en Castelnuovo (Herceg Novi, Montenegro) en 1886, el Padre Leopoldo había muy pronto revelado los tesoros de su propia alma y la gente advertía la bondad y la caridad y el profundo rigor moral que inspiraban todas sus palabras y acciones. En 1923, cuando comenzaron a desencadenarse las persecuciones contra el Padre Pío, este pequeño fraile valiente no dudó en levantar su propia voz en defenza del cofrade tan odiado, diciendo: “Dios lo ha signado; los estigmas hablan por sí solos: ¿Qué más queréis?”. Sus cofrades y sus Superiores, antes de arribo de Bortignon, amaban al pequeño fraile, de hecho, cuando él fue destinado a Fiume, el Obispo, mons. Elia Dalla Costa suplicó y obtuvo del Provincial Capuchino, padre Odorico de Pordenone, el dejarlo en Padua para bien de la diócesis y de sus fieles. Innumerables son los testimonios de altas personalidades vaticanas y de humildes fieles sobre los grandes dones celestiales de los que estaba lleno el Padre Leopoldo, sobre la profundidad de su doctrina, sobre la limpidez de su existencia, sobre firmeza de su moral. Tenía la facultad de leer en los corazones y en las conciencias de quienes iban a él, y sus profundas previsiones se revelaban siempre exactas. Pero, después de tantos años de bien, de continua oración, de ininterrumpida penitencia, la última fase de la misión de este Siervo de Dios fue contrasellada por durísimos padecimientos, por humillaciones atroces. Todo comenzó en el 1938, cuando Girolamo Bortignon fue electo Provincial en Venecia, y el Padre Leopoldo devino en súbdito de él. Bortignon tenía la necesidad de probar a prisa y con empeño la propia vocación de destruir y hacer sufrir a cualquiera que pudiese involuntariamente poner en sombra a su persona, dentro de la Orden Capuchina. El Padre Leopoldo le proporcionó una excelente ocasión para practicar, en vista de los pasos que lo esperaban contra el Padre Pío y sus hijos espirituales. No solamente Bortignon fue el único en entrenarse. El Secretario Provincial a su lado, por todos los seis años de su mandato como Provincial, fue aquel Padre Clemente de Santa María in Punta que devino después en el directo responsable de la última persecución al Padre Pío hasta su muerte. Bortignon, por tanto, se puso enseguida a la obra. Su primer acto fue desaconsejar a todos los estudiantes capuchinos de irse a confesar con el P. Leopoldo y de ponerse bajo su dirección espiritual. Y quien iba a confesarse con él, era considerado rebelde, desobediente y fanático por Bortignon y por el padre Clemente. El Padre Leopoldo fue acusado de ser un laxista, que no conocía y no sabía aplicar las más elementales normas de la moral católica y que, por tanto, debía ser considerado no un educador, sino un confesor que deformaba las almas y desviaba las mentes de los fieles. Así, el Padre Leopoldo, pocos años antes de morir, para poder continuar confesando, debía afrontar la confusión y la humillación de someterse a los exámenes de moral. Pero, en torno al convento de la Santa Cruz en Padua había nacido un movimiento espiritual intensísimo, innumerables almas en la celda del Padre Leopoldo habían reencontrado la Fe, llanto y sus pecados, y formulado sus propósitos de sincera vida cristiana. Mas para Bortignon todo esto era solo fanatismo. De hecho, aún en 1957, durante el Sínodo diocesano, afirmó ante casi mil sacerdotes que en torno al Padre Leopoldo nacía el fanatismo. Bortignon, por otra parte, sabía que no se puede iniciar una causa de beatificación de una persona donde se demuestre que esta haya sido objeto de veneración y de culto por parte de los fieles. Y esta fue el arma que usó por mucho tiempo en contra del P. Leopoldo. Cuando el Padre Leopoldo murió y se comenzó a hablar de su proceso de beatificación, Bortignon llegó a decir: “¡Antes de llegar a esto, el Padre Leopoldo ha de vérselas conmigo!”. Y no era un tipo de amenazas vacías. El proceso de beatificación del P. Leopoldo, de hecho, afrontó una injustificada suspensión, hasta que finalmente los documentos, los testimonios y las pruebas se revelaron definitivamente más fuertes incluso que el rencor de mons. Bortignon y el proceso pudo recomenzar»[2]. Este odio y esta persecución Bortignon la reversó, en seguida, sobre el Padre Pío, no solo porque su fama de santidad oscurecía su figura de Obispo-Capuchino, sino también porque las grandes obras puestas en marcha por Bortignon y el colapso financiero de la diócesis de Padua, causado por las diferentes inversiones usureras y por la quiebra del banquero Giovanni Battista Giuffrè, llevaron a la necesidad de enormes cantidades de dinero nuevo, que fluía en cambio, generosa, abundantemente y por todo el mundo, en las arcas de la “Casa Alivio del Sufrimiento” de San Giovanni Rotondo; el inmenso hospital que el Padre Pío había realizado precisamente en aquel período.

Anne McGinn de Cillis OFS, El secreto de la tumba vacía del Padre Pío.
  
NOTAS
[1] Lorenzo da Fara, “Le radici della vita - Mons. Girolamo Bortignon, Vescovo cappuccino”, Colibrì Editrice 1993, pág. 13.
[2] Francobaldo Chiocci y Luciano Cirri, “Padre Pio, storia d’una vittima”, vol. II, págs. 286-289.

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