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martes, 28 de julio de 2009

QUIZÁ DEBERÍAN IMPUGNAR EL NUEVO PADRE NUESTRO

Por Pedro Rizo para MINUTO DIGITAL

Estuve ayer en una misa de difuntos celebrada según el “rito ordinario”, de Pablo VI. Siempre elijo la tradicional, que en España sólo se garantiza en los prioratos de la Fraternidad Sacerdotal fundada por el obispo francés Mons. Lefebvre. Hay otras misas que se dicen según el misal de San Pío V, pero que sólo existen y viven como fruto de la firmeza de este obispo, sin cuya oposición a la Iglesia revolucionaria la misa tradicional jamás se habría rehabilitado. Más ciertamente, se lo debemos a la fuerza de su Fundación, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X nacida como obra de la Iglesia y así pletórica de crecimiento. Otra cosa son los avatares jurisdiccionales con las diócesis que, en este caso sí impunemente, desobedecen al Santo Padre y entorpecen sus propósitos.

Aprovechemos para matizar lo de ‘obispo francés’. Evidentemente el niño Marcel Lefebvre nació de una familia francesa, en un hogar francés de la ciudad de Lille, en aquella geografía tanto tiempo cristianizada por España… Pero, por encima de todo, S. E. Monseñor Lefebvre, fue y murió obispo de la Iglesia Católica, y como sucesor de los Apóstoles. Como lo es el Papa y todos los obispos fieles a la Tradición. Es así y no hay dogma conciliado con su contrario. Tan matemático como que la función crea el órgano, y no al revés.

La misa de Pablo VI es un rito de la Iglesia, implantada universalmente durante más de medio siglo. En su rito me integro cuando la necesidad lo manda, como es el caso que cito al comienzo. Y en ella recito en español el Padrenuestro según la traducción libre que le aplicó la jerarquía española. Cosa que siempre me causa escozores de repulsión. Recuerdo haber oído en unos Ejercicios Espirituales, allá por los años 50, que los sacerdotes liberacionistas de Hispanoamérica proponían el cambio de deudas por ofensas. Pensemos que no puede ser trivial intervenir la oración emblema que el mismo Jesús nos enseñó. ¡Tocar el Padrenuestro! Sin duda algo había detrás. Algo importante para la Iglesia progre entronizada en España por sus tutores los nuncios Luigi Dadaglio y Antonio Innocenti. Desde entonces los españoles no recitan el Padrenuestro como infinidad de otros católicos; al menos no igual que los fieles de lengua inglesa o italiana.

Lo que se lee en el nuevo Canon de la Misa (Novus Ordo) es: «[…] et dimítte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;» (”[…] y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.) Vamos, que en latín el misal nuevo dice lo siempre dicho. Pero la trampa se reservó para la traducción a las lenguas nativas. En español, y en gallego y en catalán, hemos de decir: «[…] perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Esta es una muestra más del método de “cambiar palabras para inducir pensamientos; transformar los pensamientos para influir en las voluntades”.

A la vista está que el Padrenuestro se pasó a manipular con orientación, esterilizadora de la combatividad propia del católico. Esa pólvora mojada de que no podemos hablar de Cristo a nadie porque le podemos molestar. Un pacifismo idiota que roza el escándalo en la traducción del Sanctus y su extraño “Dios del universo”, sin eco en la Escrituras donde se nos señala por partida doble al “Señor y Dios de los ejércitos”. El propósito oculto en la misa nueva era debilitar la fuerza educadora de la liturgia católica forzándola hacia objetivos sectarios, paradójicamente llamados ecuménicos. Porque conformarse en no ofender induce un espíritu de rácana pasividad, de dejar hacer y, por el contrario, las deudas implican una conciencia constructiva global. Con la nueva fórmula se nos propone el falso pacifismo del “yo no ofendo y déjenme en paz”, en sustitución del sentido de deuda que nos enseña “lo-que-debemos-hacer”.

Pero las ofensas son sólo ofensas e, incluso, puede haber quien crea - muchísimos - jamás haber ofendido a nadie. Incluso es al revés, tendemos a creer que hemos sido ofendidos. Pero “las deudas” del Padrenuestro, por el contrario, señalan un campo universal de actitudes pro-activas hacia el prójimo. Porque deudas las hay de todo tipo. No se limitan al perdón de una ofensa. Aparte de las de dinero, que cuentan pero, como decía San Agustín, no son tan importantes, hay muchas otras deudas. Como las de amor, de socorro, de compañía, de fidelidad a una promesa, de lealtad frente a toda justificación de huida. Lo son las de gratitud a quien nos ayudó algún día, las de humildad para aceptar nuestra inclinación al pecado. Las huidizas de la propagación del Evangelio, las de perdón a quien nos hirió, las de amistad buscada y las de amistad acogida. Deudas infinitas en horas y en detalles. Y, entre todas, las de estado, deber tantas veces abandonado por disculpa de elevadas miras que encubren simple vagancia o cobardía. Y la más importante de todas las deudas, por la que tenemos tanto que rogar a Dios: la de luchar contra nuestro acorchamiento interior que le entierra en la rutina de una religión simplemente social, convencional, ética…

La enseñanza del Padrenuestro es que la perfección cristiana se condensa en un camino de preciosas deudas. No es solamente el frío humanismo de los masones de no ofender para no ser ofendido sino, principalmente, el amar por Dios a todo lo que sin Él sería miserable. Las deudas con Dios, a través de lo que nos rodea, y siempre con respecto a nuestra relación con Él, son permanentemente reconocibles y abarcan la vida entera. Pero las ofensas al prójimo, y no digamos a Dios, son casi siempre confusas, difíciles de reconocer. Y siendo tan espinoso su reconocimiento todas las ambigüedades se hacen posibles. De nuevo en este cambio se enfrentan dos actitudes: la cómoda conciencia del fariseo y la humildad realista del publicano. Por cierto, curiosa casualidad es que en las misas del nuevo Padrenuestro se esté delante del Señor de pie, como el fariseo orgulloso, siendo su publicidad la de la llaneza. A la vista está que somos llanos en función de rebajar a Dios su majestad y situarnos iguales a Él en dignidad.

Cuando en su día se explicaron las traducciones alguien apuntó que serían gran remedio contra el “espíritu levantisco” de los españoles. Una mentecatez. La razón intrínseca era la nueva religión del hombre.

Pero de esto ya hemos hablado mucho.

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)