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miércoles, 3 de julio de 2019

BUGNINI ERA MASÓN, Y EL VATICANO LO ENCUBRIÓ: DOCUMENTOS VARIOS

Elementos tomados de VEJA y de RADIO CRISTIANDAD.
  
En la revista católica de lengua inglesa “Inside the Vatican”, el periodista Robert Moynihan describe su entrevista con un “monseñor” anónimo que le fue presentado por el cardenal Édouard Gagnon poco antes de la muerte de este último. El “monseñor” es el depositario del misterio relativo a la afiliación masónica de Bugnini (conocido también en los trabajos con el nombre código “BUAN”).
 
¡Pero no sólo! Sabemos de hecho por el libro de Mons. Marinelli (Via col vento in Vaticano) que Gagnon fue redactor de un detalladísimo dossier sobre los Masones en el Vaticano. Comentan “i Millenari”: «El material reunido era interesante, casi revolucionario. El presidente de la comisión monseñor Gagnon se pasó tres meses redactando el voluminoso informe que a la masonería vaticana le pareció de inmediato tremendamente grave y peligroso: se mencionaban los nombres y las actividades secretas de ciertos personajes de la Curia».
 
Este dossier fue robado entre el 31 de Mayo y el 1 de Junio de 1974 del escritorio de Mons. Mester (colaborador de Gagnon). El cardenal también rehizo el dossier de puño y letra, y pidió audiencia. No se le concedió, entendió la antífona y luego de algunos años regresó a Canadá.
  
Pero la cuestión de Bugnini es fundamental. Las cartas citadas y dirigidas a Bugnini por el Gran Maestro fueron publicadas por “30 Giorni” en 1991 en un artículo firmado por Andrea Tornielli. No logrando recuperar la edición italiana, se señala un artículo donde está traducido en inglés y otro en el que es legible en portugués.
  
El reportaje-entrevista de Inside the Vatican (tomado de FIDES ET FORMA, Parte 1 y Parte 2) fue desarrollado posteriormente y se afirma con certeza que Bugnini, autor de la Reforma Litúrgica, era estipendiado de la Masonería Italiana. Libertè, Egalitè, Fraternitè!
   
EL NOMBRE CÓDIGO: BUAN (EL CONCILIO VATICANO II, Mons. BUGNINI, LA MASONERÍA Y EL BABEL DE LA INFORMACIÓN)

Aníbal Bugnini CM (fecha de iniciación en la masonería: 23 de Abril de 1963, matrícula iniciática 1365/75, nombre código: BUAN)
  
La cuestión de la influencia masónica en los trabajos del Concilio Vaticano II fue ampliamente debatida: aquí quiero solamente proponeros un punto –que dejo a vuestra consideración- sobre un personaje que estuvo al centro de la reforma litúrgica y del cual hasta hoy permanecen dudas sobre su pertenencia masónica.
  
Distinguir entre noticias y contra-noticias no es sencillo, especialmente en sucesos tan complejos: y es precisamente esta confusión uno de los medios utilizados por la masonería, pero también por los servicios secretos, para hacer que las personas se cansen de buscar y no pregunten. Cosa que debemos en cambio hacer más a menudo y con mucha más obstinación.
  
Monseñor Annibale Bugnini, del que pude encontrar información biográfica en la Provincia Romana de la Congregación de la Misión (Padres paúles) y en Wikipedia, fue nombrado por el papa Pablo VI secretario de la Comisión para la Liturgia por el Concilio Vaticano II. Este crucial evento tuvo comienzo en 1962 bajo Juan XXIII y terminó en 1965 bajo Pablo VI. Los resultados fueron tanto imponentes como radicales en muchos aspectos: de la reforma que consideraba inicialmente más los aspectos formales de la modernización de la Iglesia, se transformó en una reforma que mutaba pasajes fundamentales de la liturgia destruyendo a menudo su significado.
 
Un vídeodocumental que trata este punto es por ejemplo “Lo que hemos perdido”, que ofrece aún detalles interesantes aunque un poco antiguos, visible en streaming con RealPlayer.
  
Protagonista del Concilio fue propiamente Mons. Bugnini, que aportó las modificaciones principales a la liturgia definiendo las “líneas guía” para el nuevo rito de la Misa, de la que salió el Missale Romanum de 1969 (Novus Ordo Missæ, Nuevo Ordinario de la Misa), que fue publicada por Pablo VI.
  
No se trata, como a menudo se dice, de solo cambios de forma, por ejemplo, el abandono del latín y la adopción de las lenguas nacionales, sino también de reformas sustanciales del rito, entre esas el acercamiento a las ideas protestantes con la abolición o la modificación de varias frases claves del rito eucarístico, por el cual el dogma de la transubstanciación, fundamento de la Misa católica, devino algo evanescente e “interpretable”: de aquí el descentramiento del tabernáculo (que conserva las hostias consagradas y por tanto subraya la presencia real de Cristo en medio de los fieles), quitado del puesto central y relegado siempre más a los márgenes de la iglesia. Las iglesias post-conciliares son reconocibles también por esto, más que por un ambiguo concepto de “creatividad arquitectónica”.
   
“Altar” de la iglesia de San Agustín en Galway (Irlanda)
 
Un examen de la nueva liturgia post-conciliar es el “Breve examen crítico del Novus Ordo Missæ” presentado a Pablo VI por los cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci, rechazado por el entonces Prefecto de la Fe, el cardenal Franjo Seper.
 
Durante los trabajos de la Comisión Litúrgica, diversos grupos externaron sus propias protestas (por ejemplo, la Fraternidad San Pío X fundada por Mons. Marcel Lefebvre, cuyos sacerdotes fueron suspendidos de sus funciones por los conciliares): ellos criticaban en particular las excesivas concesiones al Protestantismo en nombre del ecumenismo y la prohibición de celebrar la Misa según el antiguo rito tridentino, en vigor antes del Concilio Vaticano II.
  
Pero volvamos a mons. Annibale Bugnini y a su rol de promotor de la reforma litúrgica.
  
Su desarrollo se enlaza estrechamente con la del Concilio, por eso he decidido dar dos palabras sobre eso y hacer entender qué cosa estaba en juego.
  
Y aquí inicia también la parte más nebulosa de los hechos. Busquemos por tanto aclarar los puntos principales siguiendo un orden cronológico.
 
Según se afirmó en “Via col vento in Vaticano”, entre el 31 de Mayo y el 1 de Junio de 1974 un voluminoso dossier sobre la presencia masónica en el Vaticano fue robado del escritorio de mons. Mester, colaborador del autor del dossier, el cardenal Édouard Gagnon.
 
Édouard Card. Gagnon PSS
  
Mons. Gagnon no pierde el ánimo: reescribe él mismo todo el dossier y pide audiencia. No le es concedida.
 
Es el verano del 1975 cuando Mino Pecorelli, afiliado a la P2, publica en la revista “Osservatorio Politico” la fotografía de una carta, con tanto de matriz, del Gran Maestro del Gran Oriente de Italia, Lino Salvini. La asignación es en favor de Annibale Bugnini.
 
Grandes Maestros del Gran Oriente de Italia en los años 60 y 70: Giordano Gamberini y Lino Salvini
  
El mismo Mino Pecorelli informará enseguida los extremos de la afiliación de Bugnini al GOI (Gran Oriente de Italia): iniciado el 23 de Abril de 1963 con el número 1365/75 y el nombre código BUAN.
 
Recomiendo esta página web para profundizar los roles de los prelados presentes en la “lista Pecorelli” y los oscuros sucesos que le siguieron.
  
En Abril de 1976 el escritor católico Tito Casini publica un artículo donde sostiene que Pablo VI habría recibido informaciones sobre la afilación de Bugnini a la masonería. Estas acusaciones aparecen al día siguiente del alejamiento de Bugnini del Vaticano, siendo después nombrado nuncio apostólico en Irán.
  
Hubo que esperar hasta Octubre de 1976 para una desmentida de parte del Vaticano, luego que en Junio otros cien prelados vinieron acusados de hacer parte de la masonería (la “lista Pecorelli” aparece en la revista Panorama).
   
Pasa otra veintena de años antes de la enésima revelación: en el número del 19 de Julio de 2009 de “Inside the Vatican”, el dr. Robert Moynihan publica una conversación acaecida en el otoño del 2007 con un anónimo monseñor presentado por el cardenal Gagnon.
  
Es posible leer la traducción a continuación:
UNA CONVERSACIÓN INTERESANTE
Hace algunos años, un monseñor del Vaticano me dijo: «¿Cuál es tu objetivo?».
  
Estábamos sentados en una oficina del Vaticano, en salas donde otros hombres se sentaron y hablaron en siglos pasados, y si Dios quiere, se sentarán y hablarán en tiempos venideros.
  
«¿Qué quiere decir?», pregunté.
  
«¿Cuál es el objetivo de tu escrito?», repuso.
  
Sentí que quería saber, no solamente para sí, sino también para otros, para el Vaticano, digámoslo...
  
«La verdad», repliqué.
  
«¡Ah! ¡La verdad! Bueno, debías mejor ser cuidadoso…», dijo.
  
«¿Qué quiere decir?», dije.
  
«Primero que todo, la verdad es difícil de encontrar», respondió.
  
Asentí, pensando, bueno, tiene razón…
  
Continuó: «Puedes solamente encontrar una parte de ella, sólo fragmentos de verdad. ¿Qué harás entonces?»
  
«Bueno, escribiré la parte que veo", respondí.
  
«¿Pero qué de la parte que no veas?».
  
«No puedo escribir lo que no veo», dije.
  
«¡Ah! ¿Y si la parte que ves pudiera ser dañosa para la Iglesia?», dijo.
 
Estuve en silencio por un momento. «¿Por qué me está preguntando esto?», me pregunté. Le respondí, tratando de escoger mis palabras cuidadosamente, pero también persuadido de mi propio coraje y compromiso por la verdad completa: Bueno, la verdad nunca hará daño a la Iglesia. Aún escribiría la verdad, sabiendo que “la verdad os hará libres”… Como dijo el mismo Jesús…».
  
Dijo el monseñor: «Ah. Bueno, haz lo que pienses correcto, pero recuerda, hay almas en la balanza, las almas de los fieles sencillos. Y recuerda, la Iglesia es la Esposa de Cristo, debemos protegerla de los que la quieren dañar…».
  
Pregunté, perplejo: «¿Cómo puede una verdad ser usada contra la Iglesia, si es verdadera? Uno puede tener miedo a la mentira, porque puede causar daño injustamente. Pero… ¿la verdad?».
  
Monseñor estaba silencioso. «A veces, si es parcial, puede herir», repuso.
  
«Bueno, si le entiendo correctamente, quizás tenga que encontrar un camino para decir la verdad, sin causar daño…».
  
Dijo: «Sé prudente. Y siempre ama a la Iglesia sobre todo».
 
EL PORTAFOLIO ABANDONADO
He comenzado mi conversación con monseñor István Mester [1], que me fue presentado por el cardenal Édouard Gagnon antes de su muerte en agosto del 2007. Esta conversación tuvo lugar a finales del 2007.
 
«He quedado muy entristecido por la muerte del cardenal Gagnon», dije.
 
«Sí, también yo», dice el monseñor. «Fue un gran siervo de la Iglesia. Ha sufrido mucho».
  
«Lo conocí. Siempre me ha ayudado, especialmente en los inicios», dije.
 
«Era un hombre gentil».
 
Y pues habíamos comenzado nuestra acostumbrada conversación sobre el estado de la Iglesia, las últimas noticias del Vaticano y otras cosas. Nuestra plática se encaminó naturalmente a la publicación del Motu Proprio Summórum Pontíficum del 7 de Julio de 2007, que promovía un más amplio uso del rito antiguo de la Misa.
  
«Estoy confundido», dije.
  
«¿Por qué?», repuso.
  
«Por toda la cuestión. Lo que ha sucedido en el Concilio Vaticano II, la Constitución sobre la Liturgia, la Comisión establecida para revisar la Misa, Monseñor Bugnini... y ahora, 40 años después, parecemos todavía en un estado de confusión. Parece que todas las cosas que considerábamos sagradas -todas las cosas que amábamos- hubiesen sido alteradas».
  
«Estás demasiado triste», dijo, haciendo girar las manos como para querer desestimar mis conclusiones. «Sí, muchas cosas han sido cambiadas, pero lo esencial permanece. No se ha perdido el corazón».
  
«¿Lo esencial permanece? Mire a su alrededor. Tenemos algunos que no se interesan de hecho en alguna tradición, miran a la “Iglesia Antigua” con sentimiento de culpa y harían de todo para no volver atrás. Y tenemos muchos tradicionalistas que parecen focalizarse solamente sobre las cosas exteriores -y eso tal vez se asemeja a una idolatría del ritual…».
  
«No lo veo así en blanco y negro. Estás olvidando a todos los individuos, todos sus actos de sacrificio, su buen humor, sus oraciones. Has caído en la trampa. En la batalla por la verdad, no te olvides de la gracia. Recuerda que existe Dios, el Espíritu Santo, la Virgen…».
  
«¿Pero por qué tantos parecen indiferentes?».
  
«Algunos no tienen una opinión, algunos están persuadidos de que la Iglesia debía ser cambiada. Algunos simplemente han seguido la marea. Algunos están motivados por el dinero. Y después están los que sirven a los patrones. Este era el caso de Bugnini…».
   
Así comenzamos. No por lo que dice, visto que se trata de una antigua acusación, sino por el modo en que lo dice, como si fuese una cosa indiscutible y ahora consolidada.
  
«Naturalmente, he oído de eso, ¿pero por qué lo dice tan francamente, como si fuese cierto? ¿Pensaba que era solo una acusación?», dije.
  
«Es cierto, al menos, cierto como lo son las cosas de este mundo. Él se dirigió a una reunión con el Secretario de Estado con su portafolio. Era 1975. Más tarde aquella tarde, cuando todos se habían ido a casa, un monseñor encontró el portafolio que Bugnini había dejado. El monseñor decide abrirla para ver quién era su prorietario. Y cuando la abrió, encontró cartas dirigidas a Bugnini, llamado “hermano”, de parte del Gran Maestro de la Masonería Italiana [2]…», me dijo.
  
Pregunté: «¿Pero es posible que estas cartas fuesen falsas? ¿Alguno no podría haber abierto el portafolios, visto que era de Bugnini, y luego sembrado las cartas falsas, para difamarlo?».
  
«Bueno, teóricamente, supongo que sea posible [Nota a los lectores, tomada del original: Bugnini mismo siempre decía que las alegaciones eran falsas, que nunca fue masón, y que las acusaciones hechas contra él provenían de conservadores indignados que se oponían a su trabajo realizado en la liturgia]. Pero Pablo VI, al menos, no lo pensaba así. Cuando le fue llevada esta prueba, llegó a la conclusión de que Bugnini debía ser removido inmediatamente de su puesto. Así Bugnini fue nombrado nuncio apostólico en Irán. Después de más de 25 años dirigiendo la reforma litúrgica, fue despedido bruscamente y enviado a una nación en la cual de hecho no hay católicos. Era una forma de exilio».
   
«Eso es verdaderamente triste».
  
«No, es verdaderamente humano… Y hoy, 35 años después, pertenece al pasado. Es algo sobre lo cual no podems hacer nada», dice.
    
«Pero si es realmente verdadero, ¿entonces Pablo VI habría podido aprobar la Nueva Misa bajo “falsas pretensiones”, así como era? ¿Esto no habría debido suscitar preguntas sobre toda la reforma litúrgica? ¿Y por qué entonces Pablo VI no relevó a toda la Comisión preparatoria, si creía que cuandto Vd. me está diciendo fuese cierto?», dije.
  
«Mira, no importa cuántas derrotas sufra la Iglesia, no importa cuántas traiciones hayan, siempre habrá la esperanza…», dijo el monseñor.
  
«Pero las pérdidas son imensas, es como si nuestro vínculo con el pasado fuese interrumpido…», dije.
  
Me miró con fiereza: «¡No! Tú mismo eres la prueba de que ese vínculo no está roto. Y también lo soy yo. Y te digo que aunque tú caigas y traiciones la fe, y también si yo caigo, y aún si todos en el mundo cayesen, la Iglesia no será derrotada. ¡Ella prevalecerá! Non prævalébunt!»
  
Y lo miraba maravillado por su fe. Pero no le pregunté entonces sobre el dossier Gagnon.
  
«Mire, hay otra cosa que quisiera preguntarle…».
  
«¿Sí?», dice.
 
Hice una pausa. «Es una cuestión delicada».
  
Monseñor me miró tenso, esperando que yo hablase.
  
«Bien, antes debería relatarle sobre algo que ya había hecho. Fui a ver al cardenal Gagnon pocas semanas antes de su muerte. Partí a Montréal y le hice una visita…».
  
El monseñor estaba silencioso. Me parecía que tenía toda su atención.
  
«Y habíamos tenido una breve plática, no obstante que estuvo muy debilitado. Durante la conversación, le hice una pregunta sobre su delicada misión realizada para Pablo VI en relación a la Curia...».
  
Monseñor me interrumpe: «Y para Juan Pablo II, cuando fue a visitar la comunidad de Monseñor Lefebvre en Suiza, Francia y más allá. Sé de sus visitas...».
 
«Bueno, no estaba interesado en estas visitas. Quería sobre todo saber más acerca de sus investigaciones sobre la Curia Romana en los años ’70, para Pablo VI», respondí.
  
«Sí, él se ocupó de estas investigaciones», dice cauteloso el monseñor.
   
«Bueno, he aquí la cuestión: cuando pregunté al Cardenal Gagnon sobre estas investigaciones, me dice que le fue ordenado destruir todas las copias de su reporte, y que él había obedecido...». Monseñor quedó en silencio.
 
Agregué: «Así, él destruyó todas las copias, y no quedó ninguna. Pero después le pregunté si había alguien vivo que conociese el contenido de aquel Reporte, alguien con quien hubiera podido hablar, alguno que hubiese trabajado a su lado... Y él asintió y me dio un nombre. Al comienzo no alcancé a oírlo, y él dijo el nombre otra vez, y era el suyo, Monseñor Mester».
  
Monseñor se irrigidì e stava per dire qualcosa, ma non disse nulla. «Él me dijo que Vd. trabajó con él, y conocía el contenido de su reporte. Por eso he querido preguntarle, si no está atado por el secreto pontificio, si hay algo que pueda decirme sobre aquel reporte».
  
«No», responde. «Nada. Sobre el Reporte, nada. Yo sé que él hizo las investigaciones, y escribió el Reporte, pero no conozco su contenido. Más tarde sé que visitó la comunidad de Lefebvre en 1987. Conozco el reporte que escribió en esa ocasión, pero no el otro». Fui sorprendido.
  
«Pero... le pido me perdone, pero no entiendo. Su Eminencia me ha dicho que él ha trabajado con Vd. cuando preparó el primer Reporte para Pablo VI en los años ’70», dije.
  
«No. No, no has escuchado correctamente el nombre», dijo firmemente el monseñor.
  
«Pero es cierto. Él hablaba de su nombre. No me equivoco», insistí.
  
«No. Estás equivocado, o tal vez Su Eminencia se equivocó, o cometió un error y confundió los dos reportes. Yo no he trabajado con él sobre la primera investigación... Solo muchos años después...», dijo el monseñor.
  
Pregunté: «¿Así que Vd. no sabe nada sobre el contenido del reporte?».
  
En el verano del 2009, llamé por teléfono otra vez al monseñor que me había indicado el cardenal Gagnon.
 
Durante una conversación global, me repitió que no tenía ningún conocimiento específico sobre el informe perdido, y no había prestado ninguna ayuda en su realización, pero ahora decía conocer en general su contenido.
 
«Contenía propuestas para una reforma general de la Curia Romana. Las propuestas pretendían modernizar, simplificar y racionalizar las operaciones de la Curia. Pienso que una de las sugerencias de Gagnon era que el Osservatore Romano, que estaba teniendo muchas pérdidas económicas, debía ser reestructurado o cerrado. Otra era que también la Radio Vaticana debía ser reorganizada o cerrada. Y además proponía una reforma general del Instituto para las Obras de Religión. Se trataba de una evaluación administrativa».
  
«¿Pero se trataba, como muchos han afirmado, de una investigación sobre posibles masones en el Vaticano?», pregunté.
  
Respondió «No. Podía ser de los masones, naturalmente. Todo es posible. Mas no fue compilada lista alguna. Su objetivo era otro. Supongo que estás pensando en estas listas de masones en el Vaticano que fueron publicadas…»
  
Lo interrumpí. «Sí, recuerdo una lista con casi 120 nombres…».
    
Dijo: «Si. Aunque aquellas listas son ciertamente poco creíbles. Incluso, nada. Fueron redactadas para crear confusión en la Iglesia. Mezclan nombres de toda clase. Deberíamos ser poco sabios para tomarlas seriamente... y acabaremos de hacerle el juego a los enemigos de la Iglesia. Después de todo, nuestros mismos pecados y debilidades son los más grandes peligros que encontramos: ¡nosotros somos nuestros peores enemigos! Esta es la amarga verdad, pero conforta en cierto sentido. Significa que la continua existencia de la Iglesia es el real trabajo del Señor y del Espíritu Santo».
 
Así en esta conversación aprendí un poco más acerca del reporte Gagnon y comprendí que ambicionaba una grande transformación de la administración del Banco Vaticano y a una revisión de la Curia Romana, en particular de la Secretaría de Esado -hechos que nunca sucedieron-.
  
En la conversación, el monseñor da por hecho la afiliación de Annibale Bugnini a la masonería:
«Algunos no tienen una opinión, algunos están persuadidos de que la Iglesia debía ser cambiada. Algunos simplemente han seguido la marea. Algunos están motivados por el dinero. Y después están los que sirven a los patrones. Este era el caso de Bugnini…»
 
[…]
 
«Él se dirigió a una reunión con el Secretario de Estado con su portafolio. Era 1975. Más tarde aquella tarde, cuando todos se habían ido a casa, un monseñor encontró el portafolio que Bugnini había dejado. El monseñor decide abrirla para ver quién era su prorietario. Y cuando la abrió, encontró cartas dirigidas a Bugnini, llamado “hermano”, de parte del Gran Maestro de la Masonería Italiana…»).
Luego de esta publicación se desencadena de nuevo la locura, como se puede leer por ejemplo en los blogs de Francesco Colafemmina y del Padre Giovanni Scalese, que vuelve sobre los hechos seguido de críticas lanzadas por el Padre Matias Augé.
  
Ahora.
Imagino será un hilo confuso.
   
Si no lo es, permitidme exponer algunos de los motivos por los cuales considero natural sentirse confundido luego de semejante profluvio de fechas, eventos y personajes.
  
(Si tenéis también la sensación de que vuestras neuronas están próximas a hacer harakiri, ¡es el momento justo para prepararos un buen té antes de proseguir la lectura!)
  
Hay algunas preguntas que no son fáciles de responder con los pocos e inciertos elementos en nuestro poder. Y cada pregunta parece contradecir algún punto firme logrado anteriormente.
  
1) La cuestión del portafolio
Es este el punto más nebuloso de todo el relato. Parece incluso un típico elemento insertado ad hoc para despistar y confundir.
 
Sobre todo: si yo fuese un alto prelado afiliado a la masoneria y estuviese trabajando para subvertir la tradición católica, ¿traería conmigo cartas comprometedoras? Y si fuese tan tonto, ¿sería también tan despistado para olvidar mi portafolio con su precioso contenido precisamente en la “boca del lobo”, tanto que cualquiera pueda descubrirme? Por otro lado, las dos cartas son talmente brutales en su claridad que resultan grotescamente ingenuas. Si no olía esto a quemado, no sé qué otra cosa podía hacerlo.
   
Iglesia Nueva de San Pablo en Foligno (Italia)
  
En segundo lugar: ¿por qué las cartas son fotocopias sin encabezado? Si hubiese querido llevarme un documento que pudiese probar mi afiliación, habría escogido -si no los originales- al menos una copia fiel (pero volvamos al punto: ¿por qué llevar consigo en el Vaticano documentos tan candentes?).
  
Y finalmente: ¿por qué mons. Bugnini fue despedido a hacer de nuncio apostólico en un país como Irán? Si Pablo VI se convenció de su afiliación a la masonería, habría debido excomulgarlo. De otro modo, habría podido mantenerlo en el Vaticano, como signo evidente que consideraba infundadas todas las acusaciones.
  
2) La “lista Pecorelli”
 
Carmine “Mino” Pecorelli
  
Verdadero o no, la lista contiene los nombres de los más altos prelados vaticanos, cardenales del entorno papal que tenían en sus manos la dirección de la Iglesia. Si Pablo VI consideraba infundadas las acusaciones, ¿por qué no hubo alguna querella frente a quien publicó la lista, ni de los prelados individualmente considerados, ni mucho menos en forma de solicitud de investigación judicial? Si en cambio las acusaciones eran verdaderas, como parece al menos en el caso de algunos cardenales, ¿por qué no hubo una “depuración general” en las filas del círculo papal?
  
Pero, que “el humo de satanás” se había infiltrado en el Vaticano era claro al mismo Pablo VI ya de tiempo (“Por medio de alguna grieta el humo de satanás ha entrado en la Iglesia”, 29 de Junio de 1972). Y su sucesor, el papa Luciani, que declaró querer hacer una purga de prelados masones, murió después de 33 días de pontificado en aquel terrible Septiembre del 1978.
  
Pero son coincidencias…
   
3) La reforma litúrgica
Y volvemos al punto fundamental. Si el papa Pablo VI se convenció de las acusaciones contra Bugnini (recordemos que en el ’76 lo mandó a Irán), ¿por qué no rechazó la reforma que claramente era creatura suya? ¿Por qué no ponerla nuevamente en discusión, reabriendo el debate? Si la implantación de la reforma litúrgica fue ideada por un masón, hubiera sido necesario ante los fieles y de la misma Iglesia volver sobre los propios pasos y revisar todo. Por otra parte estaba en juego la esencia misma del rito de la Misa y el futuro de la religión católica.
  
Y si Pablo VI consideaba a mons. Bugnini un masón, ¿por qué enviarlo a Irán y no excomulgarlo, como habría debido hacer? Las pruebas de su afiliación parecían muy sólidas, después de todo. Las referencias a las fechas y a los códigos de iniciación tenían la apariencia de ser algo más que un montaje (y si era montaje, ¿a quién favorecería?).
  
Si consideramos el comportamiento ante el cardenal Gagnon y de su dossier sobre la masonería en el Vaticano, a quien no le fue concedida audiencia, todo el operar de Pablo VI ciertamente es iluminado por una nueva luz.
   
Pensemos también cuánto debía estar infiltrada la masonería en el Vaticano si estuvo en grado de sustraer el dossier del escritorio de Gagnon cuando comenzó a tornarse demasiado sustancial…
  
Ciertamente la historia de la maleta parece inventada a propósito para poner descrédito sobre mons. Bugnini. Pero las circunstancias en la cual este acontecimiento está inmerso son sin duda turbias. Tengamos presente además que aquellos eran los años del IOR, de Paul Marcinkus, Roberto Calvi y Michele Sindona: ya hacía tiempo que se hablaba de la masonería en el Vaticano.
  
Tal vez se atrevieron a deshacerse de todo antes que alguno tuviese en mente hacer verdaderamente la “limpieza de primavera” en el Vaticano. O tal vez, la parte más ligada a la tradición cristiana fue siempre una minoría en aquellas áureas lides…
  
En el mar de informaciones ambiguas que integran este suceso, emerge claro tal vez solo un punto: es esencial plantearse preguntas, preguntarse siempre el “por qué” de las cosas. A menudo la respuesta es simple, frente a un caos informativo puesto en buen lugar: es necesario buscar las justas conexiones lógicas.
  
ANNIBALE BUGNINI (1912-1982)
“No se trata solamente de retocar una valiosa obra de arte sino, a veces, de dar estructuras nuevas a ritos enteros. Se trata, en realidad, de una restauración fundamental, diría casi de una refundición y, en ciertos puntos, de una verdadera creación nueva.” (Annibale Bugnini, Declaración de la Congregación de Ritos y del Consilium de liturgia del 4 de enero de 1967, citado por Louis Salleron en La Misa Nueva, Iction 1978, p. 217)
[…]
 
¿Quién era el Padre Bugnini?
Director de las Ephemerides liturgicæ, el Padre Annibale Bugnini, C.M. había sido miembro de la Commissio piana (1948-1960) y luego Secretario de la comisión preconciliar (1960-1962). Vale la pena mencionar que también era un profundo admirador de los trabajos del Centro de Pastoral Litúrgica francés. Pero en 1962, a instancias del Cardenal Arcadio Larraona C.M.F., Presidente de la comisión conciliar de la liturgia, Juan XXIII relevó a Annibale Bugnini de su cátedra de docencia de liturgia en Letrán: “me acusaban de iconoclasta”, confesó Bugnini (Citado por Mons. Bernard Tissier de Mallerais en Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002).
 
Juan XXIII no quiso guardarlo en sus funciones de secretario de la comisión conciliar, y nombró en su lugar al Padre Ferdinando Antonelli. Pero Pablo VI nombró a Bugnini Secretario del Consilium en 1968.
 
Monseñor Lefebvre solía contar a sus seminaristas una anécdota:
“En diciembre de 1967, durante una asamblea de la Unión Mundial de los Superiores Generales a la que asistió Monseñor Lefebvre, el Padre Annibale Bugnini fue invitado a exponer su misa normativa. Lo hizo con gran tranquilidad: para la participación de los fieles —dijo— había que cambiar toda la primera parte de la misa, suprimir el Ofertorio (que sobraba al lado del Canon) y las oraciones del sacerdote antes de la comunión, cambiar y diversificar las oraciones eucarísticas, etc. Mientras oía esa conferencia, que duró una hora (contaba Monseñor Lefebvre), me decía a mí mismo: ‘¡No puede ser que ese hombre tenga la confianza del Santo Padre, y que el Papa lo haya elegido para hacer la reforma de la liturgia!’. Teníamos ante nosotros a un hombre que pisoteaba la liturgia antigua con un desprecio y un descaro inimaginables. Yo, que suelo tomar la palabra con facilidad, como lo había hecho en el Concilio, no tuve valor para ponerme de pie; estaba consternado; las palabras se me atragantaban. Sin embargo, se levantaron dos Superiores Generales. El primero dijo: ‘¡Padre, si entiendo bien, después de suprimir el Confiteor y el Ofertorio, acortar el Canon, etc., una misa privada durará entre diez y doce minutos!’. El Padre Bugnini respondió: ‘¡Siempre se puede añadir algo más!’.
 
Bien se veía la poca importancia que le daba a la Misa y a la manera de decirla.
  
El segundo, un abad benedictino, intervino: ‘La partcipación activa, ¿es una participación corporal o espiritual? (Buena pregunta). La misa normativa está prevista en función de una asistencia de los fieles, pero nosotros, benedictinos, que decimos nuestra misa sin fieles, ¿qué haremos ahora?’. La respuesta de Bugnini fue la siguiente: ‘A decir verdad, no habíamos pensado en ello’. Eso dice bastante sobre el espíritu de esa reforma”. (Citada por Mons. Bernard Tissier de Mallerais en Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, p. 414-425)
 
Otro día, el Arzobispo escuchó de boca de Monseñor Cesario D’Amato, Abad de San Pablo Extramuros (nombrado en 1960 miembro de la Comisión preparatoria para la reforma litúrgica, de la que formaban parte Antonelli y Bugnini): “Monseñor, no me hable del Padre Bugnini, sé demasiado sobre él, ¡no me pregunte quién es!”.
  
Ante la insistencia del Prelado, el Abad le repitió: “No puedo hablarle de Bugnini”.
  
“Pero ¿quién es este Bugnini?”, se preguntaba Mons. Lefebvre. El Card. Antonelli decía de él:
“Podría decir muchas cosas de este hombre. Debo añadir que siempre ha sido sostenido por Pablo VI. No quisiera equivocarme, pero la laguna más notable en el P. Bugnini es su falta de formación y de sensibilidad teológica” (Revista Sí Sí No No de abril de 2000, Preciosa contribución a la historia de la Reforma litúrgica).
 
El Canónigo Andrea Rose, que trabajó a su lado, decía que
“Bugnini carecía de profundidad de pensamiento. Fue grave nombrar a un veleta como él en el puesto que desempeñaba. ¡Que la gestión de la liturgia estuviera en manos de un hombre semejante, de un superficial…! (…) Manipulaba a Pablo VI: iba a informarle, pero le contaba las cosas a su sabor. Luego volvía diciendo: ‘El Santo Padre desea esto, el Santo Padre desea aquello’; pero era él quien, por debajo de cuerda…” (Revista Sí Sí No No de marzo de 2005, Otra preciosa contribución a la historia de la Reforma litúrgica).
 
En una visita al Cardenal Amleto Cicognani, que aún era Secretario de Estado, en febrero de1969, para expresarle su inconformidad por los nuevos cánones, Monseñor Lefebvre le preguntó: “Eminencia, ¡no puede dejar pasar esto! Es una revolución en la liturgia y en la Iglesia”. “¡Ya lo sé, Monseñor! —le respondió el Cardenal, con la cabeza entre las manos—, pienso exactamente igual que usted. Pero ¿qué quiere que haga? ¡El Padre Bugnini entra y sale del despacho del Santo Padre y le hace firmar lo que quiere!”.
   
Pasando luego a la Congregación de Ritos, Monseñor Lefebvre habló de la comunión en la mano (cuyo decreto de autorización estaba en preparación en el Consilium con el Cardenal Benno Walter Gut, O.S.B., que le confesó: “Soy Prefecto de la Congregación de Ritos, pero no soy yo quien manda aquí. Adivine usted quién es el que manda… El omnipotente Padre Bugnini…”.
 
La influencia de Annibale Bugnini sobre Pablo VI y el modo “dictatorial” de sus decisiones, pasando por encima de los prefectos de la Congregación de Ritos, siguen siendo un enigma. “Es indudable —decía Mons. Lefebvre en 1974— que entre el Santo Padre y los organismos que están en manos de Monseñor Bugnini han sucedido algunas cosas inadmisibles. Algún día se sabrá todo”.
 
El Arzobispo creyó “saberlo” cuando Pablo VI, con motivo de la fusión de la Congregación del Culto Divino con la de los Sacramentos, el 11 de julio de 1975, puso fin a las actividades de Monseñor Bugnini, para nombrarlo, sólo seis meses después, Pro-nuncio en Teherán. Corrió la noticia de que una cartera comprometedora, que Annibale Bugnini había extraviado, revelaba su pertenencia a la masonería. Sin embargo, él aseguró a Pablo VI que no sabía nada sobre la masonería, “ni qué es, ni qué se hace, ni cuáles son sus fines” (Carta a Pablo VI, 22 de octubre de 1975, citada por el mismo Bugnini en La reforma de la Liturgia (1948-1975), p. 81).
 
En el año 1976 circuló la correspondencia apócrifa entre Bugnini y un supuesto Gran Maestre, y también circularon listas de afiliaciones de muchos prelados de la Curia y otros a una sociedad secreta romana, de 1963 a 1971.
 
Bugnini, “Buan” para los iniciados, se habría inscrito el 23 de abril de 1963. Monseñor Lefebvre dio crédito al rumor y a esos documentos sospechosos, y publicó lo siguiente: “Nos hemos enterado en Roma de que quien fue el alma de la reforma litúrgica es un masón”. El misterio o la mistificación perduran.
 
Incompetente, sin formación doctrinal, superficial, manipulador, sospechoso de masonería, “iconoclasta” y lleno de desprecio por la liturgia tradicional: tales parecen ser las “cualidades” del principal autor del N.O.M. Que se nos perdone la ironía, pero se nos viene a la mente el dicho: “A tal palo, cual astilla…”.
 
  
NOTAS
[1] La identidad de este prelado húngaro (quien fuera vicerector del Pontificio Instituto Eclesiástico Húngaro entre 1951 y 1953 y vocero de la Conferencia Episcopal  Católica Húngara hasta 1964) con el que habló el periodista Robert Moynihan está confirmada por Mons. Luigi Marinelli, quien bajo el seudónimo I Millenari escribió el libro Via col vento in Vaticano (traducido al español como El Vaticano contra Dios), en donde relata este episodio:
«Pablo VI, que no ocultaba la asfixia del humo satánico en el centro de la Iglesia, se vio obligado a principios de 1974 a crear una restringida comisión oficialmente encargada de estudiar la reorganización administrativa de la Curia romana; en realidad, le confió la secreta misión de averiguar la podredumbre que hervía en la olla.
   
Se eligió como presidente de la misma a un prelado canadiense tan cabal como recto y sincero, el arzobispo Edouard Gagnon, quien eligió como secretario, o más bien se lo endilgaron, al monseñor alemán (sic) István Mester, jefe de la Congregación para el Clero. Ambos pasaron por casi todos los departamentos de la Curia, invitando a los funcionarios a manifestar libremente sus opiniones acerca de sus superiores y de la marcha del despacho.
   
En cuanto se sintieron a sus anchas, fueron muchos los funcionarios que se atrevieron a denunciar las irregularidades y los delitos que conocían. El material reunido era interesante, casi revolucionario. El presidente de la comisión monseñor Gagnon se pasó tres meses redactando el voluminoso informe que a la masonería vaticana le pareció de inmediato tremendamente grave y peligroso: se mencionaban los nombres y las actividades secretas de ciertos personajes de la Curia. Tenían que inventarse algo para que la relación inquisitorial no llegara al papa Montini, que ya no andaba muy bien de salud. Todo se tenía que hacer con la máxima reserva. Forjaron el plan y lo pusieron en práctica: «Nessun dorma!», «¡que nadie duerma!».
   
Monseñor Gagnon, una vez terminado en todos sus distintos aspectos el duro trabajo de conjunto acerca del resultado conclusivo de la investigación, pidió, a través de la Secretaría de Estado, ser recibido por Pablo VI para exponerle personalmente y de palabra sus reflexiones acerca de ciertos desvíos en el interior del Vaticano. Pasaban los días y la respuesta no llegaba. Al final le comunicaron que, dado el carácter extremadamente reservado del asunto, convenía que entregara todo el dossier del informe a la Congregación para el Clero, donde el secretario monseñor István Mester se encargaría de guardarlo todo en un sólido arcón de doble cerradura del despacho. El valeroso arzobispo no comprendió la razón, pero obedeció la orden.
   
La mañana del lunes 2 de junio de 1974 monseñor Mester abrió la puerta y de inmediato comprendió que algo había ocurrido en la estancia: papeles esparcidos por el suelo, libros fuera de su sitio, legajos cambiados. Después observó que el gran arcón situado al lado del escritorio tenía las cerraduras desencajadas: en el estante faltaban los expedientes relativos a la investigación llevada a cabo por Gagnon. Dos días a disposición de los ladrones, la tarde del sábado 31 de mayo y el domingo 1 de junio, suficientes para trabajar con calma y discreción en el robo de los documentos.
   
Para empezar, se impone a todo el mundo el secreto pontificio acerca de lo ocurrido; nadie tiene que hablar. A continuación, son debidamente informados la Secretaría de Estado y el presidente Gagnon, quien, sin sorprenderse en absoluto, promete estar en condiciones de redactar en muy poco tiempo una copia del informe ya redactado. Por toda respuesta, lo dispensan de la tarea y le dicen que, en caso necesario, se lo pedirán enseguida. El mismo jefe de la oficina de vigilancia Camillo Cibin recibe el encargo de llevar a cabo la inspección, haciendo constar en acta el resultado de la misma y enviándolo todo a la Secretaría de Estado. Se informa al Papa del grave robo y de la desaparición del expediente. Entretanto, se haría caer el más absoluto silencio sobre lo ocurrido.
   
Pero la noticia del robo empieza a circular a primera hora de la tarde del martes 3 de junio: al parecer, unos ladrones habían forzado una caja de seguridad, se insinúa la desaparición de unos documentos redactados por encargo. Los periodistas reciben con escepticismo el desmentido del portavoz de la sala de prensa vaticana, doctor Federico Alessandrini. Los enterados saben que allí, cuando se apresuran a declarar que no saben nada acerca de lo que se dice, significa que hay algo oculto de lo que están al corriente, aunque lo desmientan. Es lo que se llama reserva mental sobre una verdad distinta. No siendo mentira, tampoco es un pecadillo.
   
La noticia se extiende como una mancha de aceite hasta el punto de que el Osservatore Romano, el órgano de prensa casi oficial de la Santa Sede, es invitado a facilitar una información acomodaticia: «Se ha tratado de un auténtico y vergonzoso robo. Unos ladrones desconocidos han penetrado en el despacho de un prelado y han robado unos expedientes guardados en un sólido arcón de doble cerradura. Un auténtico escándalo». La logia masónica conoce a los mandados y a los mandantes, que no eran del todo desconocidos para muchos. La situación de la Curia romana era por aquel entonces muy tensa y la comisión de monseñor Gagnon no contribuyó precisamente a tranquilizar el ambiente. El jefe de un dicasterio extranjero puso de patitas en la calle a cinco miembros de dicha comisión mientras otro cardenal declaró no estar dispuesto a permitir semejante investigación sobre el personal de su dicasterio. Lo cual significa que el dossier debía de contener opiniones y apreciaciones sobre el personal, los superiores y la marcha de toda la Curia. El robo había sido, por tanto, selectivo.
   
A pesar de que no se lo pidieron, el prelado Gagnon preparó otro informe similar al anterior; pidió ser recibido en audiencia privada por el Papa y una vez más no le fue concedida. Entonces rogó a la Secretaría de Estado que hiciera llegar en secreto el expediente a Pablo VI, pero el paquete tampoco llegó a su destino, pues le habían dicho al Pontífice que los documentos robados ya eran ilocalizables. La conspiración palaciega había decidido mantener al Papa al margen de los trapicheos de la Curia. Monseñor Gagnon, al verse engañado, consideró terminada su misión de permanencia en Roma, pidió el parecer de personas prudentes y rectas y tomó la radical decisión de regresar a Canadá, donde ya tenía pensada su jubilación. Volvió a su país considerándose un jubilado a todos los efectos. Sin embargo, el papa Wojtyla, enterado de la rectitud del personaje, lo mandó llamar de nuevo a Roma y lo nombró cardenal para poder servirse de sus consejos acerca de la limpieza del ambiente vaticano, desgraciadamente impregnado de dioxina satánica».
  
[2] Las dos cartas comprometedoras fueron publicadas en la revista italiana 30 Giorni. Aunque no contamos con el artículo original, el contenido de las mismas fue traducido al portugués, y son estas:
«Querido Buan, comunicamos el encargo que el Consejo de los Hermanos estableció para ti, de acuerdo al Gran Maestro y los Príncipes Asistentes al Trono, y te obligamos (…) a difundir la descristianización de los ritos y de las lenguas, y a poner a los sacerdotes, obispos y cardenales unos contra otros. La Babel lingüística y ritual será nuestra victoria, como la unidad lingüística y ritual fue la fuerza de la Iglesia (…) Todo debe acontecer en el plazo de diez años». [Carta a Annibale Bugnini, 14 de Junio de 1964].
  
«Gran Maestro incomparable (…) la desacralización prosigue rápidamente. Fue publicada otra Instrucción, que entró en vigor el día 29 de Junio próximo pasado. Ya podemos cantar victoria, porque la lengua vulgar es soberana en toda la liturgia, inclusive en las partes esenciales (…) Fue dada máxima libertad de escoger entre los distintos formularios, a la creatividad y al… ¡caos! (…) En resumen, con ese documento creo haber diseminado el principio del máximo libertinaje, según vuestras disposiciones. Luché duramente contra mis enemigos de la Congregación para los Ritos, y tuve que recurrir a toda mi astucia para que el Papa lo aprobase. Por suerte, encontramos el apoyo de los amigos y hermanos de Univérsa Laus [Asociación Internacional para el Estudio de la Música Litúrgica, N. del T.], que son fieles. Agradezco por la suma enviada y esperando veros en breve, os abrazo. Vuestro Hermano Buan» [Carta de Annibale Bugnini al Gran Maestro del Gran Oriente de Italia, 2 de Julio de 1967].
En los años ’60, época en que tuvo lugar este curioso intercambio epistolar, el Gran Maestro del GOI era Giordano Gamberini (valdense, fue expulsado del GOI en 1986 por sus vínculos con la P2), mientras que Lino Salvini era miembro del Supremo Consejo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado del GOI. El estilo de las cartas parecerá demasiado directo y grosero, pero Bugnini era reconocido por su carácter autoritario y pedante, y sumado a que el contenido se reflejó en los hechos posteriores, se colige de ello su veracidad.

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Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)