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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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domingo, 18 de julio de 2010

DEL ALZAMIENTO NACIONAL (18 DE JULIO DE 1936)

Desde El Blog del Cablido vía Devoción Católica


LEVANTAMIENTO

Con mucha frecuencia la Liturgia nos exhorta a levantarnos. Desde la —tal vez— más conocida de todas las peticiones, la del Viernes Santo, varias veces repetida: “Flectamus genua - Levate” / “Arrodillaos - Levantaos”, para orar por amigos y enemigos, hasta las no menos insistentes: “Levantad vuestros ojos al Señor…”, “Levantaos y orad…” y la palabra del Maestro Bueno al amigo muerto: “Levántate y anda”.

Podemos apoyarnos, pues, en estas invocaciones para recordar una vez más el día en que España se levantó. Más en este año, que el 18 de julio cae en domingo, el día del Señor, en el cual se levantó de su tumba.

El cenagal democrático que todo lo corrompe, pudre y degenera había arrodillado a los hombres de España. Sólo quedaban voces dispersas y anhelosas de alboradas, de montañas nevadas y flechas que buscasen cielo para remontarse por el Imperio hacia Dios. Pero esas voces se hicieron clarinazo que despertó a la piel de toro. Se levantaban las guarniciones africanas, las banderas legionarias de quien fuese el glorioso mutilado —Millán Astray— y quien habría de ser el glorioso Caudillo —Francisco Franco—, y tercios y caballeros, infantes y moros amigos subieron a la gloria —sin que nadie los viera en aquel momento— en el amanecer más nuevo y limpio que tuvo el siglo XX. Claro que junto a ellos, más invisibles todavía, subían también muchos siglos de la España que fuera martillo de herejes, forjadora de Covadonga y Lepanto, y hoy es la sentina socialista de los Sin Dios del siglo XXI.

Es que hace falta otro Levate. Levate, España, eleva los ojos al Señor y vuelve a sentir el relincho blanco del caballo de Santiago, convocando a cerrar España a toda costa.

Levate, España, que los amigos muertos —como Lázaro— volverán a tomar vida y alzarán banderas victoriosas, intangibles y eternas. Siempre habrá un hombre joven que convocará a las falanges a buscar el paraíso en lugar del descanso, y a alzar sus ojos para ver el cielo “tan sin celajes” de Castilla. Siempre habrá un Generalísimo de espada limpia que jure que por donde él esté no habrá comunismo, y sepa cumplir su juramento de fidelidad. Y siempre habrá una madre española de las que Pemán decía que si era por la patria, daban sus hijos sin llorar y con su sacrificio sublime robaban la victoria de las manos de Dios.

Levate, España. Que tus huesos no sigan en el pudridero de El Escorial. Que el recuerdo de Sagunto y Numancia sea espolón de nuevas andaduras. No pudieron Almanzor ni José Bonaparte contra los almogávares de todas tus épocas. Que no pueda decirse mañana que los Zapateros, Borbones y demás felones lograron lo que tantos demonios no fueron capaces en la tierra que fue trinchera de Cristo y de María.

Levate, España. Que no te perderás por siempre si recuerdas la promesa del Sagrado Corazón: Reinaré en España. Que no se pueden borrar las plantas divinas en el Pilar bendito, al lado de las bombas rojas que no se atrevieron a explotar. Que el brazo de Santa Teresa sigue firme, palma al cielo señalando la ruta iluminada. Que es hora de convocar a un nuevo amanecer.

Levate, España. No es la copa de fútbol ganada el domingo 10 lo que hacía falta. Lo que se precisa es el valor del 18 de julio, la fuerza nueva que acalló para siempre al “¡no pasarán!”, para cantarle luego el “Ya hemos pasao”.

Levate, España. Sal de la tumba de las Cortes y las Zarzuelas, levántate y anda por tus calles, para reinstalar en ellas el sabor y el tronío de la primavera hispana, toda risa y todo sol. Pero empieza, antes, por volver a levantar tus ojos al Señor, y todo lo demás lo recibirás por añadidura. Sé fiel a tu Dios y a tu 18 de julio. Tu honor debe llamarse fidelidad.

Levate, España. Como decía el poeta, “niña perdida y hallada en el templo de América”, tus hijos de ambos lados del Océano te acompañarán en el despertar, arma al brazo y en lo alto las estrellas. Pero despierta, España, mi querida España. Esta España mía, esta España nuestra.
 
Adrián F. Perrupato

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