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viernes, 11 de diciembre de 2020

ENCÍCLICA Redemptóris Nostri Cruciátus, SOBRE LOS SANTOS LUGARES

Habían transcurrido ocho meses que fuera creado de facto (de jure lo fue creado el 20 de Noviembre de 1947, por la resolución 181 (II) de las Naciones Unidas que estableció la participación de Palestina entre judíos y árabes) el Estado Sionista, y comenzaran las guerras con las naciones vecinas y los palestinos, y Pío XII, aun con el recuerdo reciente de la Semana Santa, publica otra encíclica sobre Tierra Santa en ocasión de los armisticios con Egipto (24 de Febrero), Líbano (23 de Marzo) y Trasjordania (3 de Abril) [con Siria se firmaría el 20 de Julio]. En ella expresa su preocupación por los palestinos que habían abandonado sus hogares y se hallaban recluidos en campos de refugiados, y exhorta a que se protejan los Santos Lugares y se garantice la libertad a los Católicos de poder peregrinar allí (particularmente ad portas del Año Santo de 1950, que fue el último Jubileo convocado y presidido por un Papa Católico) y conservarlos pacíficamente.
    
ENCÍCLICA Redemptóris Nostri Cruciátus, SOBRE LOS SANTOS LUGARES EN PALESTINA
      
    
Pío, por la Providencia de Dios Papa XII, a los Venerables Hermanos, Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en paz y comunión con la Sede Apostólica.
  
Venerables Hermanos, Salud y Bendición Apostólica.
   
La pasión de nuestro divino Redentor, que en los días de esta Semana Santa se representa como en una viva escena a nuestra mirada, reclama con intensa conmoción la mente de los cristianos aquella tierra que, preescogida por divino consejo a ser la patria terrena del Verbo encarnado, y testigo de su vida y de su muerte, fue bañada del su Sangre preciosísima.
   
Pero este año, al piadoso recuerdo de aquellos lugares santos, Nuestro ánimo está profundamente adolorido, por su crítica e incierta situación.

Ya en el año pasado con dos cartas encíclicas Nuestras, os habíamos exhortado encarecidamente, Venerables Hermanos, a decir públicas y solemnes oraciones, para aprestar la cesación del conflicto que baña de sangre la Tierra Santa, y obtener su justa solución, que asegurase plena libertad a los católicos, y la conservación y tutela de aquellos sagrados lugares.
   
Puesto que hoy las hostilidades han cesado, o por lo menos están suspendidas, luego de los armisticios recientemente concluidos, Nos damos ardentísimas gracias al Altísimo y expresamos Nuestro sentido aprecio por la obra de aquellos que se han esforzado noblemente por la causa de la paz.
   
Mas, con la suspensión de las hostilidades, aún se está lejos de restaurarse efectivamente en Palestina la tranquilidad y el orden. De hecho, aún llegan a Nos los lamentos de quien justamente deplora daños y profanaciones de santuarios y de imágenes sagradas, y destrucción de moradas pacíficas de comunidades religiosas. Todavía Nos llegan las imploraciones de tantos y tantos prófugos, de toda edad y condición, constreñidos por la reciente guerra a vivir en exilio, esparcidos en campos de concentración, expuestos al hambre, a las epidemias y los peligros de toda clase.
   
Nos no ignoramos cuánto se ha realizado generosamente por organismos públicos y por iniciativas privadas para aliviar la suerte de estas sufrientes multitudes; y Nos mismos, continuando la obra de caridad, organizada casi desde el inicio de Nuestro pontificado, habíamos hecho y hacemos cuanto es posible para ocurrir a sus más urgentes necesidades.
   
Pero la situación de estos prófugos es tan incierta y precaria, que no puede permitirse continuar más tiempo. Mientras, por eso, exhortamos a todas las personas nobles y generosas a socorrer según sus posibilidades a estos exiliados, sufrientes y privados de todo, dirigiendo un ferviente apelo a aquellos de que se espera proveer, para que se restituya justicia a cuantos, obligados por la tormenta de la guerra dejar sus casas, no piden sino reconstruir su vida en paz.
   
Lo que más ardientemente desea Nuestro corazón y el de todos los Católicos, especialmente en estos días santos, es que finalmente vuelva a brillar la paz sobre aquella tierra, donde vivió y derramó su Sangre Aquel que por los Profetas fue anunciado como «el Príncipe de la paz» (Isa. 9, 6) y por el apóstol Pablo proclamado «la Paz» (cf. Efe. 2, 14).
   
Nos hemos invocado repetidamente esta paz, verdadera y duradera; y, para apresurarla y consolidarla, ya declaramos en Nuestra carta encíclica In multiplícibus «es, pues, oportuno que se conceda a Jerusalén y sus alrededores donde se conservan los venerables monumentos un régimen estatuido y consolidado por el derecho “internacional” el cual en las actuales circunstancias en forma suficiente y apta parece poder proteger esos monumentos sagrados».
    
Ahora no podemos sino renovar aquella Nuestra recomendación, que quiere ser también invitación a los fieles de cualquier parte del mundo para obrar con todo medio legal, a fin que sus gobernantes y todos aquellos de quienes se espera la decisión de tan importante problema se persuadan a dar a la Ciudad Santa y a sus alrededores una situación jurídica conveniente, cuya estabilidad, en las presentes circunstancias, puede ser asegurada y garantizada solamente por un entendimiento común de las naciones amantes de la paz y respetuosa de los derechos ajenos.
   
Pero además es necesario proveer a la tutela de todos los lugares santos, que se encuentran no solo en Jerusalén y en sus cercanías, sino también en otras ciudades y aldeas de la Palestina.
   
Puesto que no pocos de ellos, luego de los sucesos de la reciente guerra, fueron expuestos a graves peligros y han sufrido daños notables, es necesario que aquellos lugares, depositarios de tan grandes y venerables memorias, fuente y sustento de piedad para cada cristiano, sean convenientemente protegidos por un estatuto jurídico, garantizado por una forma de acuerdo o de compromiso internacional.
   
Sabemos cuánto desean retomar Nuestros hijos los tradicionales peregrinajes a aquella tierra, que los lances casi universales han suspendido por largo tiempo. Y el deseo de Nuestros hijos se hace más ardiente ahora, en la inminencia del Año Santo; porque es natural que en aquel tiempo los cristianos suspiren por visitar aquella región, que fue espectadora de los misterios de la divina redención. ¡Quiera el cielo que este ardentísimo deseo fuera escuchado pronto!
   
Mas para que esto se verifique, es menester que se adopten todas aquellas medidas que hagan posible a los peregrinos acceder libremente a los distintos santuarios; llevar a cabo sin obstáculo alguno públicas manifestaciones de piedad; viajar sin peligros y sin preocupaciones. No quisiéramos que los peregrinos deban afrontar el dolor de ver aquella tierra profanada por lugares de diversión mundanas y pecaminosas: eso redundaría en injuria al divino Redentor y ofensa al sentimiento cristiano.
    
También las muchas instituciones católicas, de la cual es rica la Palestina para la beneficencia, la enseñanza y la hospitalidad de los peregrinos, deberán, como es su derecho, poder continuar desarrollando, sin restricciones, aquella su actividad, con la cual adquirieron tantos méritos en el pasado.
   
Finalmente, no podemos no hacer presente la necesidad de que sean garantizados todos aquellos sobre los lugares santos que los Católicos han adquirido por muchos siglos, que siempre han defendido decidida y repetidamente, y que Nuestros predecesores han afirmado solemne y eficazmente.
   
Estas son, ¡oh Venerables Hermanos!, las cosas sobre las cuales hemos creído oportuno reclamar vuestra atención.
   
Exhortad por eso a vuestros fieles a tomar siempre más en cuenta la suerte de los palestinos, y a hacer presente a las Autoridades competentes sus deseos y sus derechos. Pero especialmente con una insistente oración imploren el auxilio de Aquel que dirige a los hombres y las naciones. Dios guarde benigno al mundo entero, pero especialmente aquella tierra, bañada con la Sangre del divino Redentor, a fin que la caridad de Cristo, que es la única que puede aportar tranquilidad y paz, triunfe sobre los odios y rencores.
   
Entre tanto, en auspicio de los celestiales favores y como testimonio de Nuestra benevolencia, de corazón impartimos a vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestros fieles, la Bendición Apostólica.
   
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de Abril, Viernes Santo, del año 1949, XI de Nuestro pontificado. PÍO XII.

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