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sábado, 5 de diciembre de 2020

MES DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA - DÍA QUINTO

Tomado de la obra publicada por el P. Luis Ángel Torcelli OP, traducida y publicada por don Leocadio López en Madrid, año 1861, con aprobación eclesiástica.
 
MES DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
   
   
ORACIONES INICIALES
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
℣. Abrid, Señor, mis labios.
℞. Desatad mi lengua para anunciar las grandezas de la Virgen Inmaculada, y cantaré las alabanzas de vuestra misericordia.
   
℣. Venid en mi auxilio, oh Reina inmaculada
℞. Y defendedme de los enemigos de mi alma.
    
Gloria al Padre, gloria al Hijo y al Espíritu Santo, que preservó inmaculada a María por los siglos de los siglos. Amén.
   
HIMNO
    
Coro: Oh Madre dulce y tierna
Oye la triste voz,
La triste voz del mundo,
Que te demanda amor.
   
I
Salve, salve, Inmaculada,
Clara estrella matutina,
Que los cielos ilumina
Y este valle de dolor;
Tú, con fuerza misteriosa
Por salvar la humana gente,
Quebrantaste la serpiente
Que el infierno suscitó.
    
II
Salve, salve, Madre mía,
Tú bendita por Dios eres
Entre todas las mujeres
Y sin culpa original.
Salve, ¡oh Virgen! esperanza
Y remedio apetecido
Del enfermo y desvalido,
Y del huérfano sin pan.
    
III
Tú del nuevo eterno pacto
Eres arca y eres sello;
Luz espléndida, iris bello
De la humana redención.
Tú llevaste en tus entrañas
El que dio a la pobre tierra
Paz y amor, en vez de guerra,
Y a sus crímenes perdón.
    
IV
Eres bella entre las bellas,
Eres santa entre las santas,
Alabándote a tus plantas
Coros de ángeles están.
Resplandece tu pureza
Más que el campo de la nieve,
Y de ti la gracia llueve
Sobre el mísero mortal.
    
V
Virgen cándida, cual lirio,
Eres fuente cristalina
Donde el triste que camina
Va a calmar la ardiente sed.
Gentil palma del desierto,
Que da sombra protectora
Al que su piedad implora
Consagrándole su fe.
   
VI
¡Gloria al Padre, Gloria al Hijo,
En la tierra y en el cielo!
¡Gloria al que es nuestro consuelo,
Al Espíritu de Amor!
Y la Virgen sin mancilla
Siempre viva en la memoria,
Y en su honor repita Gloria
Nuestro amante corazón.
    
DÍA QUINTO - LAS DOS REINAS
Perfécti sunt coeli et terra et ómnia ornátus eórum (Génesis II, 1).
Si el primero de los días honró a la Reina de la creación prodigándola todas sus delicias, y alumbrando su camino con los rayos de un sol, que parecía inclinarse obsequioso en servicio suyo; y si, en suma, todo propendía a proclamarla Reina de la tierra, la primera de las noches apareció para decirla «tú no eres la Reina de los cielos». La infinidad de estrellas colocadas a una distancia demasiado grande, para ser examinadas segun el antojo humano, y obedientes a una ley admirable, de ningun modo sujeta al imperio del hombre, aunque inocente (Francisco Silvio, en Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte I, cuestión 96, art. 2). al paso que le imprimían en el más alto grado el sentimiento de la grandeza de Dios, le hacían conocer toda su pequeñez, como si le dijesen con su majestuoso silencio: «Tú no eres más que un gusanillo colocado en uno de los globos más pequeños, destinado a recorrer con nosotros el espacio del Universo». ¡Cuán diferente es la Reina de la redención!... Mientras que los cielos no cesan de narrarnos la gloria de Dios: mientras una fácil inducción nos impele a suponer en aquel prodigioso número de astros la existencia de seres semejantes a nosotros en algún modo: mientras que la ciencia nos hace componer de todo lo creado un coro inmenso, para entonar el himno eterno de la gloria inefable del Criador, cruza por nuestra mente el pensamiento de si entre aquellos maravillosos soles, que la mano del Omnipotente ha sembrado a millones por el espacio sin límites, se encontrará alguna criatura más grande, o al menos semejante a María. Acaso seres puros e inocentes viven en regiones no manchadas por la culpa ni heridas por la muerte... pero ¿qué más puro que ella, observa Santo Tomás (Libro I de las Sentencias, Distinción 44, cuestión 1, artículo 3, respuesta a la objeción 3ª), que es lo más puro que puede haber en todo lo criado? ¿Quién más inocente que la inmaculada María, Madre del Autor de toda vida, del principio de toda santidad? Esplendorosos habitantes, dotados de toda perfección, ofrecen alli quizá un espectáculo que excede en mucho a la limitada esfera de nuestra imaginación... pero ¿qué más esplendente que ella, añade San Ambrosio (De las Vírgenes, libro I, cap. II), que fue elegido entre los esplendores del Eterno? ¿Quién más perfecto que ella, en la cual, según dice el Doctor Angélico (Libro III de las Sentencias, Distinción 30, cuestión 2, artículo 1, cuestión I. Cor), aparece cuánto puede haber de más perfecto? Por más que nuestro pensamiento se afane en vagar por el espacio de los cielos, cuanto supongamos más grandioso, siempre será muy inferior a la Virgen Inmaculada (San Pedro Damián, Sermón de la Natividad de la Virgen María), y cuanto se pueda idear de más sublime, no llegará ni con mucho a su sublimidad (San Anselmo, Libro de las excelencias de la Virgen María). Esta Virgen gloriosísima, espejo más terso que el más tersísimo cristal, que la divina virtud ha formado para representar la sabiduría del supremo Artífice (Entre las obras de Santo Tomás de Aquino, Opúsculo 61, Del amor a Dios y al prójimo, cap. XXIII), no es aventajada sino por el Eterno (San Pedro Damián, loc. cit.), que quiso preservarla inmaculada, para hacerla su elegida Madre, las delicias de su bondad, la Virgen única unida a Él en tan sumo grado, que no se pudiese alcanzar otro mayor sino llegando a ser Dios (San Alberto Magno, Tratado de las alabanzas de la Virgen María). Si la sabiduría del Padre nos hubiese manifestado algunas menos de sus perfecciones, podríamos imaginar entre los astros alguna igual cuando menos a María. Pero el que hizo a María más bella que los querubines y los serafines, la elevó sobre todos los coros de los ángeles (San Epifanio de Salamis, Oración de las Alabanzas de Santa María). El que permitió a la ciencia investigar las leyes del firmamento, para hacer inmensa la idea de la divina Majestad, y para hacer resplandecer la gloria de María, parece haber querido dejar escrito de una manera misteriosa sobre la esfera de las estrellas. Única es la ley que gobierna los cielos y la tierra, como una mi naturaleza, una mi eterna operación y única tambien es la Reina de los cielos, única la perfecta mía (Cánticos VI, 8), la Paloma mía, la Inmaculada mía.
   
CÁNTICO 
Alabad a María, vosotros, los que estais en los cielos; alabad y celebrad a vuestra inmaculada Reina.
Alábala, sol, con tus destellos de la mañana, tu resplandor del mediodía, y con los últimos rayos de la tarde.
Alábala, oh luna, con la plenitud de tu luz; alabadla, estrellas, con vuestro brillo en el firmamento.
Alabad a María, cielos de los cielos; alabadla y ensalzadla por todos los siglos.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo que preservó a María inmaculada, por los siglos de los siglos. Amén.
    
ORACIÓN
¿De qué me serviría, oh inmaculada María, el que hayáis sido elevada a tan alto grado de perfección, si yo hubiese de permanecer envuelto en tantas imperfecciones como las que rodean mi corazón? ¿De qué me serviría el que vos seais más bella que las estrellas del firmamento, si yo prosiguiese en asemejarme cada vez más a las tinieblas del abismo? ¿De qué me aprovecharía el que seais vos la gloria más sublime de toda la creación, si yo hubiese de ser su oprobio? ¡Ah, Vos, purísima entre todas las criaturas, sed esa inmaculada Esposa, que enamore mi corazón con una prerrogativa tan bella, que pudo haceros digna de ser Madre de un Dios! Vos, más resplandeciente que la estrella de la mañana, sed ese inmaculado esplendor que ilumine mi espíritu con la luz de una gracia, de que un Dios misericordioso os hace dispensadora benigna. Vos, la Virgen más sublime de la tierra y del cielo, sed la inmaculada protectora que eleve mi mente, para que despreciando las cosas fútiles y mezquinas de acá abajo, pueda nutrir con las cosas más elevadas del cielo el resto de mi vida, que ya se aproxima al punto que vuestro divino Hijo ha establecido como término de su peregrinación sobre la tierra. En aquella hora tremenda, oh María, en esa hora de amargura y de terror, ¿cuál sería mi confusión si no pudiese confiar en vuestra protección, oh amable refugio de los pecadores, oh inagotable consuelo de mi corazón, oh dulce esperanza del alma mía? Asistidme, pues, desde ahora, oh Virgen bendita, a fin de que teniendo fija mi vista en Vos, espejo tersisimo de toda santidad, e imitando con vuestro auxilio vuestras virtudes, pueda al fin de mis días descansar en paz en vuestro inmaculado regazo, y en vuestros brazos ser presentado ai Señor Jesucristo que, aunque juez severísimo, es también vuestro afectuosísimo Hijo. Tres Ave Marías.
   
CONCLUSIÓN PARA CADA UNO DE LOS DÍAS
 
Después de la Letanía Lauretana, se concluirá así: 
  
LATÍN
Tota pulchra es, María,
Et mácula originális non est in Te.
 
Tu glória Jerúsalem,
Tu lætítia Ísraël,
Tu honorificéntia pópuli nostri,
Tu advocáta peccatórum.
  
O María, Virgo prudentíssima,
Mater clementíssima,
Ora pro nobis,
Intercéde pro nobis ad Dóminum Jesum Christum.
  
℣. In Conceptióne tua, Virgo, immaculáta fuísti;
℞. Ora pro nobis, Patrem, cujus Fílium peperísti.

ORATIO
Deus, qui per immaculátam Vírginis conceptiónem dignum Fílio tuo habitáculum præparásti: † quǽsumus; ut, qui ex morte ejúsdem Fílii tui prævísa, eam ab omni labe præservásti, nos quoque mundos ejus intercessióne ad te perveníre concédas. Per eúmdem Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
 
TRADUCCIÓN 
Sois toda hermosa, María,
Y no hay en vos mancha original.
 
Sois la gloria de Jerusalén,
Sois la alegría de Israel,
Sois la honra de los pueblos,
Sois la abogada de los pecadores.
   
Oh María, Virgen prudentísima,
Madre de toda clemencia,
Rogad por nosotros,
Interceded por nosotros con Jesucristo, nuestro Señor.
   
℣. En vuestra concepción, Virgen Santísima, fuisteis inmaculada.
℞. Rogad por nosotros al Padre, cuyo hijo disteis a luz. 
   
ORACIÓN
Dios mío, que por medio de la inmaculada concepción de la Virgen preparasteis una habitación digna para vuestro Hijo, concedednos por su intercesión que conservemos fielmente inmaculado nuestro corazón y nuestro cuerpo para vos, que le preservasteis de toda mancha. Por el mismo Jesucristo, Señor nuestro. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

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