ADVERTENCIA PREVIA
El autor del artículo que viene a continuación (publicado en
ADELANTE LA FE), el profesor César Félix Sánchez, hace alusión de la seudoencíclica
Humánæ Vitæ
como la última respuesta de los conciliares a las objeciones por las
cuales la “beatificación” e inminente “canonización” de Montini son
absolutamente nulas (por el procedimiento) y moralmente inaceptables
(porque Montini, quien llevó a término el Vaticano II e implementó sus
reformas-demoliciones, era judío, masón, comunista, modernista
-encubierto-, homosexual y asesino) toda vez que se piensa que tal
documento condena las políticas de planificación familiar y los métodos
anticonceptivos. Pero acontece que Pablo VI favoreció el control de la
natalidad mediante la denominada “Planificación Familiar Natural” (PFN),
que en últimas viene a tener la misma finalidad que los anticonceptivos
artificiales: evitar DELIBERADAMENTE la concepción cuando se realiza el
acto conyugal:
- Antipapa Pablo VI, Discurso con motivo del 25º aniversario de la FAO, 16 de noviembre de 1970: “…esto, entre otros efectos, sin duda favorecerá un control racional de la natalidad por parte de las parejas…”.
- Antipapa Pablo VI, Discurso en la apertura de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 24 de agosto de 1968: “Esta
norma [Humánæ Vitæ] no constituye una ciega carrera hacia la
superpoblación; ni disminuye la responsabilidad ni la libertad de los
cónyuges, a quienes no prohíbe una honesta y razonable limitación de la
natalidad, ni impide las terapéuticas legítimas ni el progreso de las investigaciones cientificas”.
- Antipapa Pablo VI, Humánæ Vitæ, #16, 25 de julio de 1968: “Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los
cónyuges están de acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole
por razones plausibles, buscando la seguridad de que no se seguirá” (de donde se colige que las parejas son perfectamente libres de no tener hijos si no lo desean).
- Antipapa Pablo VI, Populórum progréssio, #37, 26 de marzo de 1967: “Al fin y al cabo es a los padres a los que toca decidir, con pleno conocimiento de causa, el número de sus hijos,
aceptando sus responsabilidades ante Dios, ante ellos mismos, ante los
hijos que ya han traído al mundo y ante la comunidad a la que
pertenecen, siguiendo las exigencias de su conciencia, instruida por la ley de Dios auténticamente interpretada y sostenida por la confianza en él”.
La PNF, al igual que los demás anticonceptivos,
representa el rechazo de la primera finalidad del matrimonio (la
procreación y la educación de los hijos), y ha sido condenada por la
Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio Legítimo de la Iglesia:
- Génesis 30, 1-2: “Pero Raquel, viéndose estéril, tenía envidia de su
hermana, y así dijo a Jacob: Dame hijos, de otra manera yo me muero. A
la cual Jacob enojado respondió: ¿Por ventura estoy yo en lugar de Dios, que te ha privado de la fecundidad?”.
- Génesis 38, 8-10: “Entonces dijo Judá a Onán: Entra a la mujer de tu
hermano [que había muerto], tómala, como cuñado que eres, para suscitar
prole a tu hermano. Pero Onán, sabiendo que la prole no sería suya, cuando entraba a la [ex] mujer de su hermano se derramaba en tierra para no dar prole a su hermano. Era malo a los ojos de Dios lo que hacía Onán, y le mató también a él”.
- Tobías 6, 17: “[Dijo el ángel a Tobías]: Los que abrazan con tal
disposición el matrimonio, que apartan de sí y de su mente a Dios,
entregándose a su pasión, como el caballo y el mulo que no tienen
entendimiento; ésos son sobre quienes tiene poder el demonio. Mas
tú, cuando la hubieres tomado por esposa, entrando en el aposento, no
llegarás a ella en tres días, y no te ocuparás en otra cosa sino en
hacer oración en compañía de ella. … Pasada la tercera noche, te juntarás con la doncella, en el temor del Señor, llevado más bien del deseo de tener hijos, que de la concupiscencia…”.
- 1 Timoteo 2, 15: “Verdad es que [la mujer] se salvará por medio
de la buena crianza de los hijos, si persevera en la fe y en la caridad,
en santa y arreglada vida”.
- San Agustín, De las costumbres de los maniqueos, libro
segundo, #65: “No contentos solamente con la condenación de la unión de
los sexos, realizáis también la profecía del Apóstol reprobando las
nupcias, única y honesta justificación de la unión carnal. [...] De
donde se sigue que, si vosotros pretendéis tener una mujer, no es para
engendrar hijos, sino para satisfacer la concupiscencia. Pero el
matrimonio, según las leyes nupciales, es la unión de un hombre y de una
mujer con el fin de engendrar hijos; y a cualquiera que le parezca
mayor crimen la generación que la unión, por esto mismo prohíbe las
nupcias: hace de la mujer, más bien que esposa, una prostituta, que por
regalos se entrega al hombre para satisfacción de su concupiscencia. Allí donde la mujer es esposa, allí hay matrimonio; pero no hay matrimonio donde se impide la maternidad; allí no hay esposa”.
- San Agustín, Del matrimonio y la concupiscencia, libro primero, #17: “A veces llega a tanto esta libidinosa crueldad o, si se quiere, libido cruel, que emplean drogas esterilizantes,
y, si éstas resultan ineficaces, matan en el seno materno el feto
concebido y lo arrojan fuera, prefiriendo que su prole se desvanezca
antes de tener vida, o, si ya vivía en el útero, matarla antes de que
nazca. Lo repito: si ambos son así, no son cónyuges, y, si se
juntaron desde el principio con tal intención, no han celebrado un
matrimonio, sino que han pactado un concubinato. Si los dos no son así,
digo sin miedo que o ella es una prostituta del varón o él es un
adúltero de la mujer”.
- San Agustín, De las uniones adulterinas, libro segundo, cap. XII: “Porque ilícita
e impúdicamente yace, aun con su legítima mujer, el que evita la
concepción de la prole. Que es lo que hizo Onán, hijo de Judá, por lo
cual Dios le quitó la vida (cf. Gen. 38, 8-10)”.
- San Cesáreo de Arlés, Advertencia a los que, teniendo esposa, no se sonrojan de cometer adulterio:
“No le aprovecha el nombre de Cristiano a quien no solo no cumple lo
que el Señor le ordena, sino también a quien perpetra el mal contra sus
preceptos. Cada vez que él se une a su esposa sin un deseo de tener hijos… sin lugar a dudas que comete pecado”.
- San Cesáreo de Arlés, Sermón 54: “Ninguna mujer debe absorber drogas para provocarse un aborto, ni matar a sus hijos que van a nacer o ya han nacido, pues la que esto hace, sepa que tendrá que debatirse ante el tribunal de Cristo con aquellos que haya matado. Ni
tampoco deben absorber mezcla diabólica que las haga incapaces de
concebir posteriormente. Toda mujer que haga esto sepa que se hace
culpable de tantos asesinatos cuantos hijos hubiese podido dar a luz”
- Santo Tomás de Aquino, Comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo, Sentencia IV, distinción 32, al inicio: “El
uso contra la naturaleza del matrimonio es siempre pecado mortal, pues
los hijos no pueden ser engendrados y se frustra totalmente la intención
de la naturaleza”.
- Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, libro tercero, cap. CXXII: “Después
del pecado del homicidio, por el que la naturaleza humana ya existente
queda destruida, el pecado más grave es el de impedir que sea engendrada
una nueva naturaleza humana”.
- Beato Inocencio XI, Decreto contra el laxismo moral, 2 de marzo de 1679: “La proposición 9: El
acto del matrimonio, practicado por el solo placer, carece
absolutamente de toda culpa y de defecto venial – Condenada y prohibida,
tal como está, por lo menos como escandalosa y perniciosa en la
práctica”.
- Suprema Congregación del Santo Oficio, Decreto del 21 de mayo de 1851: “1º La proposición: Es lícito a los cónyuges usar del matrimonio, por razones honestas, con el uso de Onán (Gen 38, 8 ss.) – Escandalosa, errónea y contraria al derecho natural del matrimonio. 2º
La proposición: Es probable que este uso del matrimonio no esté
prohibido por el derecho natural – Escandalosa, y entre otras
implícitamente condenada por Inocencio XI (Decreto del 2 de marzo de 1679, proposición 49)”.
- A una madre de muchos hijos, que estaba a punto de ser madre una vez
más y que estaba angustiada por su avanzada edad, San Juan Vianney le
dijo: “¡Consuélate, hija mía, si supieras de esas mujeres que se van al Infierno porque no trajeron al mundo esos niños que debían haber nacido!”.
- Papa Pío XI, Casti connúbii, #20, 31 de diciembre de 1930: “Ningún
motivo, sin embargo, aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que
va intrínsecamente contra la naturaleza sea honesto y conforme a la
misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma
naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del
mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la
naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta”.
Disculpar
lo extenso de este comentario (que ameritaría publicarse como artículo
independiente), pero si hubo necesidad de abundar en las citas es por
demostrar que Humánæ Vitæ es a leguas CONTRARIA A LA DOCTRINA SOSTENIDA POR LA IGLESIA CATÓLICA.
JORGE RONDÓN SANTOS
4 de Mayo de 2018.
Fiesta de Santa Mónica, madre de San Agustín -Doctor de la Gracia y Predestinación-; y Solemnidad de la Sábana Santa de Turín.
¿“SAN” PAULO VI?: LA HORA DE LAS TINIEBLAS
1. Introducción: entendiendo la virtud heroica
Entre la canonización de san Gregorio VII (1015-1085) en 1728 y la
de san Pío X (1835-1914) en 1954 mediaron más de dos siglos. La anterior
canonización de un papa había sido la de san Pío V (1504-1572) en
1712. El último papa beatificado, hasta las presentes locuras,
había sido Inocencio IX (1611-1689), el salvador de Hungría, por Pío
XII en 1956. ¿A qué se debe, que en medio de la abundante ciencia,
virtud y coraje para soportar persecuciones –como es el caso del heroico
Pío VI, muerto en cautiverio en 1799 luego de ser secuestrado por los
revolucionarios– y muchas otras virtudes de los papas, particularmente
de los postridentinos, haya sido la Iglesia tan reacia a canonizarlos?
¿E incluso, al hacerlo, haya demorado, en la mayoría de los casos,
varios siglos?
A que la Iglesia sabía que la virtud heroica era aquella practicada
por los fieles «cuyas virtudes y buenas obras grandemente sobrepasan las
de las personas buenas ordinarias»[1] puesto que, en palabras de Benedicto XIV, «para
que sea heroica una virtud cristiana debe permitir a su poseedor
realizar acciones virtuosas con diligencia fuera de lo común, con
facilidad y con agrado, por motivos sobrenaturales y sin respetos ni
razonamientos humanos, con abnegación y total control de sus
inclinaciones naturales»[2], es decir, un «hábito
de conducta que se ha convertido en una segunda naturaleza (…) más
fuerte que todas las inclinaciones innatas, capaz de hacer fáciles una
serie de actos, cada uno de los cuales sería realizado por un hombre
ordinario con mucha –si no irremontable– dificultad»[3]. Y, por tanto, así se explicaba cómo muchos cristianos, buenos y
admirables en muchos sentidos, no accediesen nunca a la canonización,
por razón, entre otras, de las dificultades en alcanzar el heroísmo en
la virtud en sus deberes de estado, especialmente en puestos de mando
tan delicados como el pontificado.
Ahora, en medio de los sainetes grotescos a los que nos tiene
acostumbrados, la Santa Sede de Francisco ha anunciado algo que venía
cocinado desde hace un par de años:
la canonización de Paulo VI,
con la rapidez y absoluta informalidad que caracteriza a estos procesos
últimamente, solo cuatro años después de haber sido, por decirlo de
alguna manera,
beatificado. Francisco ha batido récords: es el
papa que más
papas ha
canonizado, pues
canonizó a Juan XXIII y Juan Pablo II en el 2014. ¡Qué contraste con los tiempos precedentes de la Iglesia, antes de la
primavera francisquista! Parece ser que todos los papas anteriores al Concilio fueron una banda de bellacos comparados con esta
troika de
neosantos
que ha presidido sobre el mayor colapso moral, numérico, material,
doctrinal y principalmente espiritual de la Iglesia Católica en toda su
historia y que aun así son presentados como modelos de virtud para los
cristianos.
2. Un peligro para Europa… y para la Iglesia
«Si el canciller alemán Adenauer, en una conversación con un
diplomático francés, había considerado con temor la elección de Montini
como un ‘verdadero peligro para Europa’, su asunción al pontificado fue
saludada con satisfacción por los comunistas italianos y europeos…»[4]. Lamentablemente, Konrad Adenauer no era el emperador Francisco José y
el cónclave de 1963 no era el de 1903. ¿Cuál era la razón de que un
personaje, para nada integrista, como don Konrad, temiese la
asunción de Montini? Pues la fama explícita de personaje de simpatías
izquierdistas, cuya peligrosidad era patente en un periodo en que la
URSS y sus satélites pretendían expandir su dominación totalitaria y
genocida por todo el globo. Si a esto se añade, las múltiples intrigas
de espionaje y colaboración con poderes misteriosos que sucedieron a lo
largo de su gestión como pro-secretario de la Secretaría de Estado
(1953-1954), pues tenemos una perfecta justificación para considerar
como pavorosa su elección al Papado y como indeciblemente vergonzosa su beatificación y canonización. Pero eso no es lo más repugnante de la historia de su pontificado (1963-1978).
Cabe mencionar aquí, brevemente, las alegaciones respecto a su
moral, que no son una simple calumnia singular de un novelista
homosexual durante la cuaresma de 1976, sino que han sido refrendadas
por al menos tres fuentes independientes (el corresponsal del New York
Times, Paul Hoffman; el académico católico y antiguo corresponsal del
Osservatore Romano,
Franco Bellegrandi,
antiguo guardia noble; así como por el recordado abate Georges de
Nantes, entre otros). Incluso, entre enero y febrero de 2006, los
principales medios periodísticos italianos confirmaron, a través de la
consulta de los papeles póstumos del antiguo general de carabineros
Giorgio Manes la existencia de un intento de chantaje a Paulo VI, tan
temprano como en 1967, respecto a una relación homosexual suya con el
autor Paolo Carlini. Montini reaccionaría pidiendo ayuda a sus
poderosos amigos de la Democracia Cristiana, entre ellos el
misteriosísimo filocomunista Aldo Moro. La noticia, que ahora es
bastante difícil de encontrar en internet (aunque se puede consultar,
previa inscripción, en los
archivos del
Corriere della Sera, en una nota de Dino Martirano del 26 de enero de 2006, titulada
Dossier su un tentato ricatto a Paolo VI –puede verse una versión
copypasted en un foro ateo
aquí– y la primicia de
Espresso, titulada
Segreti da generale, por Riccardo Bocca, del 2 de febrero del mismo año –que puede verse
acá–) no puede ser más sórdida: pánico por parte del
Pontífice ante la
revelación de sus presuntos escándalos sexuales, mezclados con intrigas
de todo tipo, del tiempo de los
años de plomo.
¿Habrá revisado esta información la Congregación para los Santos,
suficiente, aun si le negamos veracidad, para paralizar otrora cualquier
proceso por muchísimo tiempo e incluso
sine die? Si bien hace ya mucho tiempo que las gentes en la Santa Sede se encuentran presas de una suerte de
ceguera preternatural,
tanta estupidez no puede ser gratuita. ¡Quién sabe si en estos mismos
instantes, el famoso expediente Montini compilado por la policía
milanesa o alguna otra prueba aún más comprometedora obra en manos de
alguna fuerza secreta, listo para ser revelado inmediatamente después
de la canonización, que será en octubre de este año, durante el llamado
Sínodo de los Jóvenes, que ya despierta alarmas por su posible tendencia
prohomosexualista! ¡Para que así, en medio del escándalo y de la vergüenza, sirva esta «revelación» de clarinada para la definitiva
svolta de la Jerarquía Eclesiástica hacia posiciones favorables al homosexualismo, con Montini como «santo patrono»!
Pero el horror no termina ahí. Fue Montini quien, contra todo derecho
humano y divino, desmanteló la vida litúrgica, disciplinar y
sacramental de la Iglesia y pretendió hacernos creer el gran bulo de que
la misa tradicional había sido abrogada y que su único reemplazo era el
Novus Ordo (cosa que incluso Benedicto XVI negó) y que, a punta de
sanciones que no se atrevía a imponer a toda suerte de heréticos,
abusadores y traidores, pretendió acabar con la resistencia de
sacerdotes y prelados que solo buscaban conservar la liturgia y la
doctrina de su ordenación.
Fue Montini, además, el que invitó a su gran amigo, el mafioso y asesino convicto
Michele Sindona,
a «reformar» el IOR, el Banco Vaticano, convirtiéndolo en una máquina
criminal de lavado de dinero y de financiamiento de operaciones
encubiertas.
Fue también el creador de la muy infame Ostpolitik,
resistida por las iglesias martiriales de la Cortina de Hierro, y que
consistía en entregar a millones de fieles y clérigos al directo control
de la KGB y del Partido Comunista de la URSS, condenada por prelados
heroicos como József Mindszenty (maltratado villanamente) y Josyf Slipyj –el
exiliado primado de la Iglesia grecocatólica de Ucrania– que, ante la
perfidia montiniana, tuvo que verse obligado a consagrar obispos sin
mandato papal en 1977, en aras de la supervivencia de una iglesia que no
podía permitir fuera entregada a sus enemigos más feroces.
¿No fue durante ese pontificado que notorios y confesos homosexuales como mons.
Rembert Weakland
de Milwaukee –a quien Montini conocía personalmente desde Italia
cuando se desempeñó como abad mayor de los benedictinos– fueron
elevados al episcopado, circunstancia que llevaría a incluso un
circunspecto neocón poco sospechoso de cualquier integrismo como George
Weigel a reconocer el desgobierno y absoluta incuria a la hora de
nombrar a obispos ineptos moralmente durante ese
pontificado[5]?
¿No fue durante el tiempo de Montini en que, como una maldición
demoníaca, se desenvolvieron la mayoría de casos de abuso sexual
homosexual en el clero? ¿No fue durante su pontificado, como el mismo
Benedicto XVI se atreve a afirmar, cuando dejó de cumplirse la ley
eclesiástica penal en el campo de los abusos contra sextum con las consecuencias horrorosas que todos conocemos?:
«Al respecto, me comentó algo muy interesante el arzobispo de
Dublín. Dijo que el derecho penal eclesial funcionó hasta los últimos
años de la década de 1950; que si bien no había sido perfecto –mucho hay
en ello para criticar– se le aplicaba, pero desde mediados de la década de 1960 dejó simplemente de aplicarse.
Imperaba la consciencia de que la Iglesia no debía ser más Iglesia del
derecho, sino Iglesia del amor, que no debía castigar. Así, se perdió la
conciencia de que el castigo puede ser un acto de amor».[6]
Aun si pretendiéramos, orwellianamente, procurar interpretar estos
hechos en el sentido menos comprometedor, la negligencia quedaría
patente y sería imposible presentar a Paulo VI como un papa modélico y
ejemplo de «virtud heroica». Quizás él mismo, que en sus declaraciones
siempre reveló los múltiples matices de su psicología atormentada, sería
ahora el mayor opositor a su candidatura a santo.
Por si alguno sostiene que basta la Humanæ Vitæ de 1968
para considerarlo como «un gran santo», le aconsejo que se remita a las
nociones de virtud heroica expuestas al inicio del artículo. ¿Hemos
caído tan bajo que el solo hecho de cumplir con el mínimo deber de
repetir la doctrina de la Iglesia en puntos específicos de moral
constituye un acto heroico para un pastor? De ser así, mejor canonicemos
a todos los papas anteriores, incluso a los del Siglo de Hierro.
El intento vomitivo de Francisco de canonizar el aggiornamento
canonizando a los dos papas del Concilio y a uno de sus más
significativos implementadores nos revela claramente que estamos en «la
hora de las tinieblas» (Lucas 22:53).
Prof. CÉSAR FÉLIX SÁNCHEZ
NOTAS
[2] Benedicto XIV, “De doctrína servórum Dei beatificatióne et beatórum canonizatióne”, citado en op. cit.
[3] Joseph Wilhelm, op. cit.
[4] Roberto de Mattei, Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta, Turín: Ed. Lindau, 2014, págs. 295-296.
[5] George Weigel, The Courage To Be Catholic: Crisis, Reform, and the Future of the Church, New York: Basic Books, 2002, pág. 67
[6] Benedicto XVI, Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los Signos de los Tiempos. Una conversación con Peter Seewald, Barcelona: Herder, 2010, págs. 38-39.