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lunes, 10 de enero de 2022

LA ERA ISABELINA EN LA LITERATURA CATÓLICA INGLESA

Traducción del artículo publicado por Luca Fumagalli para RADIO SPADA.
   
Alegoría de Isabel I con la Muerte y el Padre Tiempo (Escuela Inglesa, antes de 1610).
   
Durante las eras victoriana y eduardiana, los ensayos históricos producidos por católicos ingleses tuvieron como su materia principal el siglo XVI y sus muchos mártires. De hecho, en esa época pocos estaban conscientes del baño de sangre causado por el infame gobierno de Isabel Tudor, y las historias de los que padecieron y murieron por su fe aún no eran parte de la conciencia nacional. Como escribió Evelyn Waugh, se creía en Inglaterra que la política anticatólica de Isabel era singularmente suave, y que en una época de salvaje intolerancia, ella y William Cecil se erigieron como ejemplos únicos de razonabilidad y moderación.
   
A mediados del siglo XIX, la histeria anticatólica causada por la restauración de la jerarquía “papista” en el Reino Unido ayudó a desarrollar una próspera literatura de odio, ejemplo famosísimo de la cual es Westward Ho! (1855) por el reverendo Charles Kingsley. En la novela, un elogio de Francis Drake, el ataque a los jesuitas es acompañado por una violenta denuncia de los alegados crímenes de la Inquisición; por otra parte, no se hace ni la más leve mención de las crueldades cometidas en nombre de la reina por sus sirvientes. Mártires como Roberto Southwell son ridiculizados, así como la historia de los sacerdotes clandestinos, forzados a celebrar los sacramentos en secreto, es considerada una leyenda para los crédulos.
   
En 1886, la beatificación de cincuenta y cuatro mártires ingleses por León XIII –a los cuales se agregaron otros nueve en 1895– cambió grandemente la percepción general de lo que realmente pasó durante la era isabelina. En las décadas siguientes, se publicaron varias obras sobre el tema: adicional a las nuevas ediciones de obras antiguas, John Hungerford Pollen publicó el volumen Lives of the English Martyrs Hitherto Unpublished en 1891, mientras que el benedictino Bede Camm, un ex-anglicano como Pollen, escribió Lives of the English Martyrs Declared Blessed by Pope Leo XIII (1904) y Forgotten Shrines (1910), un estudio brillante dedicado a las más importantes familias de recusantes [católicos que conservaron su fe aun a pesar de las persecuciones inglesas, N. del T.] y sus casas.
   
En este clima, el primer letrado que hizo oír su voz fue Mons. Robert Hugh Benson quien, por más de diez años, publicó algunas novelas históricas importantes que vendieron muchas copias y, aunque salpicadas por algunos errores y huecos, contribuyeron a propagar una imagen más correcta –y menos recomendable– de los Tudor.
  
Imitando a Benson, Hilaire Belloc escribió opúsculos sobre Tomás Wolsey, Oliver Cromwell y Tomás Cranmer, como también la interesante How the Reformation Happened (1928). El ensayo The Monstrous Regiment (1930) por Christopher Hollis, y la novela Tudor Sunset (1932) por la Sra. Wilfrid Ward [Josephine Mary Hope-Scott Ward, N. del T.] también contribuyeron a arrojar nueva luz sobre el reinado de Isabel. Sobre todo, el libro Edmundo Campion (1935) por Evelyn Waugh fue el retrato más exitoso del mártir jesuita del mismo nombre.
   
Una de las consecuencias de este ímpetu contracultural fue la elevación de la Reina María Estuardo como la nueva ídolo de los católicos: incluso Frederick Rolfe –alias Baron Corvo–, a menudo crítico de sus correligionarios, admiró la noble naturaleza de la soberana escocesa. No pocos poetas dedicaron sus mejores versos, entre otras cosas, a la reina; uno de estos fue Michael Field. Maurice Baring también escribió una novela sobre ella, evocadoramente titulada In My End is My Beginning (1931).
   
Hoy es difícil entender totalmente la extensión de la revolución disparada en el siglo XX por la literatura histórica católica inglesa. Uno tras otro, los clichés que habían perdurado por siglos cesaron de existir, y los gloriosos eventos de tantos mártires fueron conocidos por primera vez para el público general. Lo que se hizo entonces dejó una marca permanente y ayudó a forjar en Inglaterra esa identidad religiosa que, a pesar de todo, aún permanece fuerte hoy.

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Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)