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miércoles, 22 de noviembre de 2017

SAN MERCURIO, MÁRTIR DE LA FE

San Mercurio nació en la ciudad de Roma hacia el año 224. Sus padres, Noé y Safina, procedentes de Capadocia, lo llamaron Filopátor (que en griego significa “el que ama a su padre”) y le educaron en la fe cristiana (se dice que fue pariente de San Jorge, también soldado y mártir de la Fe). Cuando creció, fue enlistado en el ejército imperial en tiempos del pagano emperador Decio, ocupando el lugar de su padre, que había muerto meses después de ser liberado del cautiverio bereber. El Señor le dio a Filopátor fuerza y coraje en las armas, por lo cual ganó el aprecio de sus conmilitones y la satisfacción de sus superiores. Ellos le llamaron Mercurio y fue muy cercano al emperador.
 
Cuando los bereberes se alzaron contra Roma, Decio les salió a su encuentro, pero cuando vio que eran muchos, se aterrorizó. San Mercurio le aseguró diciendo: “No tengas miedo, porque Dios destruirá a nuestros enemigos y nos dará la victoria”. Cuando dejó al emperador, un ángel se le apareció en forma humana y vestido de blanco, diciendo: “Mercurio, siervo de Jesucristo, no temas. Toma esta espada de mi mano y combate con ella a los bereberes. No te olvides de tu Dios cuando vuelvas victorioso. Yo soy Miguel Arcángel, enviado por Dios para informarte que deberás sufrir por el nombre del Señor. Yo estaré contigo y te apoyaré hasta que completes tu testimonio. El nombre de Jesucristo nuestro Señor será glorificado en ti”. Luego nuestro santo tomó la espada que San Miguel le ofreció (por ello a San Mercurio se le conoce entre los cristianos coptos con el apelativo de Abu Sayfayn -en árabe أَبُو سُيُوف, “el portador de las dos espadas”: la espada militar y el poder de Dios-), y alcanzó la victoria.
 
Cuando el emperador Decio conquistó a sus enemigos y Mercurio regresó vencedor, San Miguel Arcángel se le apareció a este último y le recordó lo que le dijo antes, esto es, que se acordara del Señor su Dios. Era el año 249, cuando Decio comenzó la persecución a los cristianos, obligando a todo el mundo a que ofrecieran incienso a los ídolos. San Mercurio pasó a orar durante toda la noche, gozoso de dar la vida por la Fe, pero confesaba a Dios su debilidad.
 
La mañana siguiente, Decio envió algunos mensajeros a Mercurio para que acudiera a palacio so pretexto de discutir asuntos de Estado, pero él se excusó diciendo que estaba cansado. El día siguiente, el emperador mandó por él, diciendo: “Querido Mercurio, vamos a ofrecer incienso a los dioses que nos ayudaron a obtener la victoria en la guerra”. El santo, pasando en medio de la multitud, se retiró. Sin embargo, Catulo, uno de los guardias pretorianos, reportó su ausencia, y el emperador llamó a Mercurio y le preguntó: “¿Es verdad que te niegas a adorar a los dioses que nos ayudaron durante la guerra?”, a lo cual respondió: “Oh rey, yo no adoro a nadie excepto a mi Señor y Dios Jesucristo, a quien debemos la victoria, y no a los tontos ídolos hechos por mano de hombre”.
 
El emperador, viendo que no podía persuadirle, se puso furioso y ordenó que lo degradaran de su rango militar y golpearan con azotes y varas (de cuyas heridas fue curado milagrosamente en tres oportunidades), pero al ver que la gente de la ciudad y los soldados estaban a favor de San Mercurio, temió que se diera una revuelta. Por ello, decidió mejor atarle con cadenas de hierro y enviarlo a lomo de asno hacia Cesarea de Capadocia (actual Kayseri, Turquía) para ser condenado a muerte. Antes de ser decapitado, San Mercurio levantó sus brazos y oró fervientemente, pidiéndole al Señor que lo recibiera en su Reino. Entonces, vio al Señor Jesús en toda su gloria, rodeado de muchos ángeles, bendiciéndole. Esto llenó a nuestro mártir de tanto gozo que corrió a sus verdugos y les pidió que cumplieran inmediatamente el mandato imperial. Luego se arrodilló y dijo: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”. Así completó San Mercurio, el 22 de Noviembre del 250, a sus veinticinco años, el buen combate y recibió la corona de la vida en el Reino de los Cielos.
 
Una tradición refiere que el 26 de Junio del año 363, San Basilio el Grande oró ante un icono en el que San Mercurio era retratado como un soldado portando una lanza. Él le pedía a Dios que no permitiera que el emperador Julián Apóstata regresara de la guerra contra los persas y retomara su opresión contra los cristianos. La imagen de San Mercurio plasmada en el icono desapareció, sólo para reaparecer después con la lanza ensangrentada. Luego se supo que Julián Apóstata, en su campaña contra la Persia, fue herido por la lanza de un soldado desconocido, que inmediatamente desapareció. Julián, entre horribles dolores, pues la lanza le atravesó el hígado y los intestinos, expiró tras exclamar -se non è vero, è ben trovato- “Νενίκηκας, ω Γαλιλαῖε!” (en latín Vicísti, Galilǽe!, ¡Venciste, Galileo!).
 
Finalizada la persecución, el sepulcro del santo fue revelado. San Mercurio se apareció a un hombre pobre en la ciudad y le dijo: “Yo soy Mercurio, el mártir del Señor. Mi cuerpo está enterrado en los jardines de Capadocia, bajo la vieja casa en el camino al palacio real. Mi cuerpo luce blanco como la nieve, porque Jesús estuvo presente en la hora de mi martirio”. La mañana siguiente, el hombre cavó en el lugar donde le fue dicho, y comenzó a sentir el aroma del perfume, viendo el cuerpo del santo. La noticia se esparció rápidamente y muchos vinieron a verlo. Luego lo trasladaron temporalmente a la iglesia local, hasta que construyeron una nueva iglesia en su honor, donde fue sepultado con respeto y devoción, obrándose allí muchas sanaciones y conversiones.
  
Pocos años después del hallazgo, el Catholicós de Armenia visitó Egipto y se reunió con el Patriarca de Alejandría, quien le preguntó si podía darle parte de las reliquias de San Mercurio para ubicarlas en una iglesia que en su honor construyó en Egipto, siendo transferidas allí el 16 de Junio (9 de Paoni en el calendario copto). Otra parte de ellas son conservadas en el Santuario de Monte Vergine cerca a Avellino, en la iglesia del Santísimo Salvador de la ciudad de Toro, y en la iglesia de San Mercurio en Serracapriola (provincia de Foggia). Las monjas del monasterio de San Mercurio en El Cairo le atribuyen a su intercesión que el gobierno egipcio reversara una orden de confiscación de un terreno que tenían en Alejandría, el cual iba a ser destinado para un complejo vacacional de los oficiales del ejército.

ORACIÓN (del antiguo Misal de Maguncia)
Oh Dios, que sostuviste a tu glorioso mártir el bienaventurado San Mercurio con la virtud de la constancia en su pasión, concédenos que podamos imitarlo en despreciar por tu amor la prosperidad mundana, y a no temerle a la adversidad. Por J. C. N. S. Amén.

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)