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sábado, 22 de agosto de 2020

EL TOTALITARISMO DE BERGOGLIO

Rescatado de FIDES ET FORMA por CORSIA DEI SERVI. Traducción propia. El artículo es neoconservador, pero el análisis es pertinente.
  
EL TOTALITARISMO VATICANO
  
Lucifer (Franz von Stuck. Galería Nacional de Arte Extranjero, Sofía-Bulgaria)
   
Lo que siempre he sufrido mal del progresismo liberal en el seno de la Iglesia, ha sido su arrogancia totalitaria. Con todo, cuanto vive hoy la Iglesia bajo la dictadura de Bergoglio y de su directorio, es otra cosa respecto a los empellones que el progresismo militante intentaba asestar al papado y al magisterio. Estamos en pocas palabras más allá de los habituales descaros, y luego también devino obsoleta la arrogancia que se ha transformado en protervia, en despotismo rencoroso, en intolerancia bolchevique.
   
De este fenómeno deberían preocuparse no tanto los denominados conservadores y aquella parte minoritaria de ellos que suele ser definida “tradicionalista”, sino precisamente a los ex-progresistas que han parido un monstruo ahora incontrolable y que amenaza fagocitarlos los primeros.
   
El progresismo católico ha hecho presa ciertamente en gran parte sobre hombres de Iglesia en buena fe, algunos que tienen un mayor involucramiento de la Iglesia en las batallas sociales, una flexibilización del aparato eclesiástico en lo esencial, una mayor cura pastoral de las almas descarriadas, habría favorecido un redescubrimiento del Evangelio auténtico, privado de supraestructuras humanas. De aquí el enamoramiento por Bergoglio, considerado un fautor de esta política eclesial, vuelta al descubrimiento de la “autenticidad” del cristianismo (instancias entre otras hacia la retroguardia, cerrada en los años ’60-’70).
    
Sin embargo para ellos, los progresistas deben hoy reconocer que sus instancias fueron usadas por Bergoglio y su directorio con un cinismo estratégico sin parangón para hacer recorrer a la Iglesia un camino opuesto. De antagonista de un mundo fundado sobre las inequidades y la prepotencia ideológica y económica de una élite, a su compañía de merienda. Esto amenaza en volverse la “nueva” Iglesia diseñada cotidianamente por los nuevos robespierres purpurados.
       
Y no por casualidad si los rangos del nuevo totalitarismo vaticano están constituidos principalmente por los diplomáticos, o sea, por aquellos obispos privados de la más mínima formación pastoral y habituados a tratar y confrontarse con embajadores, jefes de Estado, burócratas y funcionarios más que con familias en dificultad, desocupados, sufrientes, moribundos y oprimidos en general.
   
El proyecto por tanto va más allá del progresismo y el conservatismo, entrambas pulsiones internas en la Iglesia, y tiene como único objetivo el de transformar la Iglesia en un mero instrumento de control social al servicio de aquellas élites económicas y políticas que la Iglesia por principio debería contrastar apértis verbis.
   
En un mundo occidental siempre más encendido por apremiantes tensiones sociales y por una brecha creciente entre ricos y pobres, la Iglesia debe anestesiar las masas edulcorando sus condiciones, exaltando la pobreza y la igualdad sin nunca denunciar los poderes que las determinan, sin nunca contrastar la deriva moral que es un producto de aquellos poderes, ofrecido a las masas cual seguro instrumento de control y condicionamiento.
   
La Iglesia debería en cambio combatir fieramente la ideología deshumana aplicada en la vida cotidiana de los hombres, debería obstaculizar la tentativa de cambiar radicalmente el orden de la socíetas humana trasformándola en individualismo controlado y finalizado al consumo, debería en síntesis ser perpetuo testigo de aquel vínculo indisoluble entre Creador y criatura que impone a esta última los frenos y al mismo tiempo la valoriza por medio del reconocimiento de su dignidad espiritual.
   
En cambio hoy, la Iglesia de Bergoglio y de su directorio está totalmente prona a los intereses de las élites que condicionan el sentir y el querer de las masas y que buscan cumplir al pie de la letra un proyecto ya individualizado y descrito por Aldous Huxley en su “Mundo Feliz” de 1932. Huxley aclaraba sucesivamente en “Nueva visita a un mundo feliz” que el papel de la religión en la futura configuración de la dictadura de los mercados sería el de una “distracción social”: «Ni en la misma Roma había nada que se pareciera a la distracción ininterrumpida que proporcionan actualmente los diarios y revistas, la televisión y el cine. En “Un Mundo feliz” se utilizan deliberadamente, como parte de un plan, distracciones ininterrumpidas del carácter más fascinante, con el objeto de impedir que la gente dedique una excesiva atención a las realidades de la situación social y política». Así, para cambiar el rostro a la Iglesia servía una propia y verdadera revolución, una suerte de golpe de Estado, iniciado mucho antes de las dimisiones –claramente forzadas– de Ratzinger en el 2013.
   
Lo demuestran las características totalitarias del régimen de Bergoglio. Sobre todo el culto de la personalidad que circunda a este líder revolucionario, construido atentamente en el escritorio por algunos movimientos iniciales (la idea de decir misa cada día en Santa Marta, de habitar allí que no en el Palacio Apostólico, etc. etc.).
    
En segundo lugar el envilecimiento de las sedes tradicionales del poder devenidas nada más que simulacros empolvados donde colocar personajes las más veces desconocidos que tienen por solo objetivo favorecer las decisiones del régimen.
    
Agréguese a esto la creación de un directorio oficial y de uno oficioso. El oficial (el consejo de los ocho) y aquel oficioso (una suerte de círculo mágico hecho de amigos, intelectuales fronterizos, ex-revolucionarios frustrados, periodistas hipnotizados por el querido líder). No falta entre otros la presencia de una suerte de policía secreta (ver el caso de los Franciscanos de la Inmaculada).
    
Otra característica fundamental de este régimen es la ausencia de referencias sustanciales al pasado. En una manera un poco a lo maldita sea y un poco estudiada se ha actuado un paso radical de un Papa teólogo a un Papa que habla como un frutero de plaza de mercado o el pensionado del Bar Sport. El latín y las citas patrísticas son consideradas inútiles oropeles. Luego se debe comentar el Evangelio reinterpretándolo día por día en Santa Marta, improvisando, disparando a ráfagas una serie impresionante de “regalitos” que tienen como nexo la criminalización de los católicos (independientemente de su colocación).
    
Los últimos pasajes son aquellos más fastidiosos pero menos imprevistos: las purgas. Primero Mauro Piacenza –que buscando recuperar las citas en el régimen, ha citado ciertas aperturas del Sínodo–, después Antonio Cañizares, ahora –clamorosamente, en verdad– Raymond Burke. Mañana tal vez tocará a Gerhard Müller.
   
Lo que particulariza a Bergoglio y sus compañeros es por otro lado un ansia casi milenarista: el ansia de realizar un cambio radical y definitivo entendido como una auténtica misión divina. No por casualidad, en estilo plenamente joaquinita, no hace sino mencionar el “Espíritu” que movería este giro y sus hombres.
   
He aquí por qué todos los obstáculos son removidos, porque son obstáculos para el propósito, también cuando se rehagan en las verdades de la fe, en el magisterio y en el Evangelio (no aquel naïf de las prédicas de Santa Marta). Los obstáculos son removidos por otra parte sin que esto pueda suscitar protestas o simple perplejidad: en el nuevo régimen vaticano un crimen legítimamente perseguible es el no conformismo a las voluntades y a la misión milenarista de Bergoglio y del directorio. Por ende, no hay nada de malo. Ahora se trata de una acción meritoria. Porque empuja a la Iglesia hacia adelante, sí, directamente al barranco…
  
FRANCESCO COLAFEMMINA
10 de Noviembre de 2014

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