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jueves, 13 de agosto de 2020

SAN JUAN BERCHMANS: UNA VIDA CORTA, UN VELOZ ASCENSO A LA PERFECCIÓN

     
«Se decía que él era un retrato de San Luis Gonzaga, y que al verlo parecíales ver a otro San Luis; y en el día en el cual se hizo la traslación del cuerpo de este Santo dese la capilla de la Virgen donde estaba hasta la capilla nueva que le fue dedicada, que fue el 15 de Junio de 1620, mientras todos los padres y hermanos iban procesionalmente por la iglesia, y nuestro Juan Berchmans era uno de los que portaban los ciriales, el padre Giacomo Croce, asistente de Italia, al verlo, dijo al padre Teodoro Buseo, asistente de Alemania, estas palabras: “este me parece otro San Luis”. Y por las cosas que hasta aquí se han dicho, y de las que se dirán, se puede conocer cuán meritoriamente hiciese este juicio.
   
Iba el feliz joven siempre creciendo de virtud en virtud, de perfección en perfección, así disponiendo Dios que planeaba pronto llamarlo a Sí; y donde en el año precedente 1620 había ejercido principalmente en la virtud de la santa humildad y conocimiento de sí mismo, en el último año de su vida, que fue el 1621, en la portada de un cuadernito en el cual planeaba anotar sus cosas espirituales de aquel año, escribió estas palabras: “Dixi, nunc cœpi” (Dije, ahora logré); y la virtud en la cual ejercía este año y sobre la cual hizo siempre el examen particular fue la caridad y la alegría espiritual, y todas las cartas estaban llenas de estas palabras: “Cháritas, Cháritas, est vivére in dies et horas” (Caridad, caridad, es vivir en días y horas), estas dos cosas conjugadas juntas: gracias a la caridad y amor de Dios que le había inflamado el corazón en forma tal que no pensaba más en vivir, sino que viviía a horas y jornadas resignado totalmente en el divino beneplácito, pero con amoroso suspiro aspirando a la posesión del infinito bien.
   
Fue en este tiempo con un padre grave del colegio [Romano] a visitar la iglesia de Santa María la Mayor; al regresar, entrados a discurrir de la gran seguridad con la cual bien frecuentemente mueren los religiosos, aportando aquel padre ejemplos de muchas personas a las que vio morir con gran franqueza en el colegio romano, agregó al fin estas palabras: “Ruego a Dios, oh hermano Juan, que moriátur ánima mea morte justórum” (muera mi alma con la muerte de los justos); a cuyas palabras Juan, súbitamente volviéndose con tanta reverencia, pero con cierta seriedad, le dijo: Padre mío, es necesario que digamos: “Vivat ánima mea vita justórum para que podamos decir después moriátur ánima mea morte justórum”: esto es, es necesario que digamos primero Viva mi alma la vida de los justos si queremos después poder decir Muera mi alma de la muerte de los justos. Aquel padre, oyéndose decir estas palabras de un jovencito modesto y que estaba acostumbrado a tenerle mucha reverencia y respeto, se movió a compunción y al mismo tiempo a veneración de la bondad del sabio joven, el cual por medio de una buena vida buscaba y esperaba llegar a una buena muerte.
  
Un mes antes que enfermara, razonando con un padre en la recreación, le mostró el desapego que tenía de este mundo y de la presente vida con decirle que si plugiese a Dios el llamarlo a la otra vida, no habría sentido fastidio ninguno en irse. Más allá llegó poco después, hablando con un maestro del colegio, el cual amaba tanto a Juan y gustoso trataba seguido por la utilidad espiritual que encontraba por sus razonamientos y santos ejemplos. A este dijo cómo se sentía inflamado de deseo de morir para unirse perfectamente con Dios y, preguntándole confidencialmente el maestro si se encontraba tan bien en la orden que no temía el paso de la muerte, Juan respondió. “Si me fuese concedido el hacerme las condiciones por mí mismo, yo gustoso elegiría hacer antes algunos días de ejercicios espirituales, pero cuando bien lo los pudiese hacer, de todas maneras moriría gustoso”. Estaba en estos últimos días como un hombre abstraído que tiene el pensamiento en otra parte, con el cuerpo en la tierra y con la mente en el cielo; y como Dios había ya establecido de llamarlo a Sí, así andaba suavemente disponiendo por medio de afectos amorosos y encendidos deseos, donde frecuentemente se encontraba en la boca y en el corazón aquellas palabras del Apóstol y de la Esposa [de los Cánticos]: “Cúpio dissólvi et amóre lángueo” (Anhelo disolverme y languidezco de amor), pero no osaba pedirlo absolutamente porque no sabía si fuese voluntad de Dios y mayor gloria de su divina Majestad.
   
Se complajo la divina voluntad de escuchar estos sus santos anhelos, y también darle indicio de lo que pronto le debía suceder. Con todo que en el último día de Julio, fiesta de nuestro padre y fundador San Ignacio, haciéndose en el colegio romano la acostumbrada distribución de los santos del mes de Agosto, le tocó a Juan en el santo aquella sentencia del Salvador que refiere San Marcos: “Vidéte, vigiláte et oráte: néscitis enim quándo tempus sit”. Ved, estad vigilando y haced oración, porque no sabéis cuándo sea el tiempo en el cual Dios ha resuelto llamaros. Entendió enseguida el aventurado hijo, y lo tomó por signo seguro del Cielo que el Señor lo quería llamar pronto a Sí, y fue con alegría a decirlo a su maestro de filosofía, y después lo dijo a otras personas. En breve se verificó todo, porque cinco días después se enfermó, y luego de ocho días de enfermedad murió, como se dirá en la siguiente narración.
   
Lo que debe ponerse aquí en consideración es que Juan era un joven de 22 años, y hacía cinco estaba en la Compañía. Se urdía aún la tela de su vida cuando fue cortada y truncada, pues no había llegado en gran parte a la edad de la consistencia. Había dado solo los primeros lineamientos de la vida religiosa, había esbozado una estatua de la vida común y de la común observancia. Si el principio de la tela parecía bello en maravilla, ¿cuál sería la tela toda si hubiese podido acabar de urdirla, de tramarla, de tejerla y de curarla? Si los primeros lineamientos tan vagamente explicaban, ¿cuál sería la figura si hubiese tenido tiempo de vestirla de perfectos colores? Si arrebataba los ojos el primer esbozo, ¿qué habría hecho la estatua si hubiese podido llegar a perfección? Y no menos en tan breve tiempo nos ha dejado tal trabajo, que cada uno de nosotros confesará encontrar qué aprender e imitar, y dará alabanza a Dios».
  
P. VIRGILIO CEPRARI SJ. Vita del venerabile servo di Dio Giovanni Berchmans, fiammingo, religioso della Compagnia di Gesù (Vida del venerable siervo de Dios Juan Berchmans, flamenco, religioso de la Compañía de Jesús), Brescia, 1847, págs. 139-143. Traducción propia.

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Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)