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viernes, 3 de abril de 2020

LA IGLESIA CONCILIAR, PROSTITUTA DEL MUNDO

Traducción del artículo publicado en ACCADEMIA NUOVA ITALIA. Aunque el autor no separa como entidades diferentes a la Iglesia Católica y a la impostora iglesia novusordiana, el análisis merece una lectura atenta.
  
EL CONCILIO FUE, Y HASTA AHORA ES, EL PROBLEMA DE LA IGLESIA
Por Francesco Lamendola
  
El problema de la Iglesia es ella misma; y más precisamente aquella parte de ella, devenida luego en mayoritaria pero que en la época era solo una minoría, la cual quiso el Concilio para hacer el caballo de Troya donde introducir las ideas del modernismo. Aquella minoría tenía sus objetivos precisos: estaba inscrita, o contigua, a la masonería; y además actuaba en estrecha conexión con la supermasonería judaica de la B’nai B’rith: su objetivo por tanto era el de desnaturalizar la Iglesia, de transformarla en lo que ella no fue nunca ni debía ser jamás, una aaemblea democrática sujeta a los quereres de la mayoría y a los humores del tiempo en los que estaba inmersa; y esto con la suma diabólica habilidad de obrar en modo que el fiel común no se diese cuenta. La cosa salió tan bien que desde aquel momento la Iglesia no era más la fiel Esposa de Cristo, sino la prostituta del mundo, pero con la convencida adhesión del clero y de los fieles: los cuales todos, engañadores o engañados, han colaborado en tal desnaturalización y en tal perversión, y sobre cada uno de los cuales, pues, desde el papa hasta el último laico, recae, en diverso grado y medida una parte de la responsabilidad por esta inaudita traición frente al Señor. Quien piensa en primer lugar en la traición de las cual fueron víctimas las almas, piensa ya en un hombre moderno y no por cristiano: cristianamente, la primera es culpa más grave, de la cual están manchados los sacerdotes y los fieles, fue la transgresión del primer mandamiento, la desobediencia hacia el único Dios verdadero, para hacerse adoradores enmascarados del mundo. Que después la máscara fuese removida gradualmente de la cara, hasta ceder el puesto a la proclamación abierta de la religión de la Madre Tierra y hasta a la entronización de los ídolos paganos dentro de la basílica de San Pedro, con el “santo padre” bendiciente y los obispos que llevan los simulacros de los demonios en solemne procesión, esta es solo la última deriva de una tendencia que ya era clara, si bien implícita, en la mirada antropológica del teólogo Karl Rahner y en las nuevas doctrinas proclamadas en el Concilio, la primera de ellas la denominada libertad religiosa, con la Dignitátis humánæ. Una vez hecha consistir la dignidad del hombre, entendida a la manera de los ilustrados, como la suma de derechos naturales que hacer valer en sentido absoluto y no como adecuación al proyecto divino y actuación de la semejanza e imagen del Creador, la deriva era inevitable y no podía sino conducir hasta donde hemos llegado ahora: a la afirmación orgullosa y luciferina de la prioridad del hombre y de su autodeterminación absoluta, también mediante acciones que equivalen a una revuelta contra Dios y por ende a una agresión contra el hombre mismo, desde el aborto a la eutanasia, desde la manipulación genética a la fecundación artificial.
   
¡El Concilio fue, y hasta ahora es, el problema de la Iglesia!
   
Uno de aquellos que han tenido una vaga percepción –mucho, muy vaga– de aquello que el Concilio había realmente significado en la vida de la Iglesia, y de lo que sus ulteriores desarrollos habrían representado para la verdadera doctrina y por tanto para la fe verdadera, poniéndose de obstáculo sobre la historia de la salvación, fue el filósofo Jean Guitton (Saint-Étienne, Loira, 18 de agosto de 1901-París, 21 de marzo de 1999), profesor en la Sorbona de 1955 a 1968 y miembro de la Academia de Francia, también amigo personal de Juan XXIII (y más tarde de Pablo VI), por él conocido en los años en que Roncalli era nuncio apostólico en París, de 1944 a 1952, el cual tuvo el discutible privilegio de ser el primer observador laico invitado a presenciar el Concilio casi desde la sesión inicial. Lo que era ya un signo de los tiempos: Guitton, de hecho, era alumno, admirador y seguidor del filósofo hebreo Henri Bergson (verdadero nombre del padre: Bereksohn) cuyo pensamiento, y en particular el contenido en su tal vez la obra más famosa, La evolución creadora, que habría ejercitado una potente cuanto nefasta influencia sobre el jesuita Teilhard de Chardin, no concuerda para nada con el neotomismo, la filosofía hasta entonces enseñada en los seminarios y promovida por León XIII, con la encíclica Ætérni Patris del 4 de agosto de 1879, al rango de fundamento de cualquier filosofía inspirada en el catolicismo. Bueno, he aquí lo que pensaba Jean Guitton en 1963, en caliente, después de la primera sesión del Concilio (desarrollóse del 11 de octubre al 12 de diciembre de 1962) luego que, por la enfermedad y la muerte de Juan XXIII (3 de junio de 1963), no estaba claro si, o cómo, su sucesor lo habría retomado y llevado a término (de: J. Guitton, El Cristo dilacerado. Crisis y concilios en la Iglesia; título original: Le Christ écartelé, Paris, Librairie Académique Perrin, 1963; traducción del francés por Camillo de Piaz, Milán, Casa Editrice Il Saggiatore, 1964, págs. 193-195):
Por muchas señales se entrevé que la época, de la cual hemos pasado en resumen a grandes etapas y momentos culminantes, se ha cerrado, y que las revoluciones religiosas tomarán otra forma de ahora en adelante. Verdaderamente, se puede ahora suponer el caso de iglesias nacionales que se sebaran bajo el empuje del poder político, y en este sentido non son de excluir de los cismas, también considerables. Pero tales fenómenos no revestirán significado teológico alguno, porque serán privados de consecuencias en el campo dogmático; ninguna controversia sobre la divinidad de Cristo, sobre las relaciones entre la ‘justificación’ y la ‘santificación’, sobre el valor de los sacramentos. Esto porque la HEREJÍA, la controversia religiosa, la separación de los cristianos supone la existencia de una fe común subyacente. No se pueden oponerse en la fe sin una vasta base de acuerdo absoluto. Ahora la época en la cual nosotros estamos avanzando (habíamos entrado insensiblemente por tres siglos) se caracteriza por un enfriamiento de la fe. No hay bastante religión sobre la tierra para que pueda surgir una herejía explícitamente religiosa. Lo que haría suponer que el fin del mundo está tan cercano, si necesita dar un sentido preciso al lamento de Jesús: “Cuando el Hijo del Hombre vuelva, ¿encontrará la fe sobre la tierra?”.
  
Y si el Concilio Vaticano II no ha encontrado precisamente las herejías dogmáticas que condenar sino más que todo filosofías que ponen en peligro la razón, esto no es debido al hecho que la fe es más fuerte, si bien el hecho que el adversario lleva sus golpes a niveles más profundos, que su dinamita o más que todo su invisible obra de demolición ataca las subestructuras, aquellas bases naturales que un tiempo fueron un bien común de la humanidad.
  
La nueva época presenta una atenuación de la fe, al menos de la fe visible y constituida. Lo que la hace diferente de las épocas precedentes es el fin, o al menos el declinar, de un régimen en el cual la religión era sostenida por una institución o por un contexto distintos de ella: poder, estructura social, costumbre, usanzas, lengua, sensibilidad, una atmósfera dada.
   
No es fácil decir en qué medida la fe ha desaparecido, porque es difícil determinar, en los tiempos precedentes (en los cuales la fe coincidía con la institución), en cuál medida tal fe era conformismo o adhesión personal. No se llegará nunca a saberlo, y es inútil plantearse estos interrogantes insolubles: los mismos interesados, los hombres del pasado, si pudiesen ser interpelados, no podrían responderlos. Cuando todo un mundo piensa de la misma manera, el no conformismo queda en silencio.
  
A partir del Renacimiento, devino muy visible la separación entre el universo del hombre y el universo del cristiano. Desde el momento que la humanidad había comenzado a tener la conciencia de sí misma y a pensarse, nació la idea de su unidad. Las mitologías contribuían a darle este sentido de la unidad: la humanidad, politeísta por cuanto miraba a los dioses, era en cuanto a sí misma monantrópica: existían múltiples dioses, no había sino una sola raza humana, un único primer hombre. Mas el concepto de pueblos “bárbaros”, la imposibilidad de hacer coincidir cronologías diferentes, la ignorancia de los orígenes, la incertidumbre sobre los fines, la ausencia del sentimiento del progreso, el mito del “eterno retorno”, todo contribuía a hacer difícil al Hombre total el autoconocimiento de sí. La Iglesia hizo posible este conocimiento, y, por largo tiempo, fue lo mismo pensarse como hombre y pensarse como cristiano, como miembro de esta Iglesia.
  
Hoy, en cambio, existe entre los dos puntos de vista un contraste tan grande que deviene difícil, y para algunos imposible, pensarse AL MISMO TIEMPO como hombre y como cristiano. No que se trate de una experiencia antes desconocida, pero el hombre moderno ha llevado esta división de los seres en sí mismo a la extrema potencia. Ellos pueden “concordar”: pero concordancia, concordato, y también CONCORDIA son términos ambiguos. Sirven sin duda para eliminar la sospecha de una rivalidad demasiado visible, pero no por esto quieren decir armonía, entendimiento, acuerdo. En muchos casos, el poder hace cuanto puede para hacer morir por asfixia a una religión que se guarda bien de perseguirla, porque prefiere ignorarla.
  
Decía antes que la herejía, siendo una divergencia en la fe, supone la fe, incluso un cierto ardor de fe, tal que hace juzgar tan importante la diferencia de las creencias (también si mira una “iota”) para no deber dejar ningún intento de sostenerla: la ruptura de la unidad, el recurso al poder secular, en un contexto en el cual no será difícil encontrar un poder para perseguirla ni un poder para ayudarlos a perseguir.
El filósofo Jean Guitton (Saint-Étienne, Loira, 18 de agosto de 1901-París, 21 de marzo de 1999)
     
Roncalli&Montini: ¿los dos papas del Concilio? Sintiéndose hundir, los hombres tornarán a volverse a Dios. Pero ¿a cuál Dios, si la religión fue adulterada y una falsa iglesa ha sustituido a la verdadera? He aquí por qué los padres conciliares debían servirse del anatema: para conservar, pura, la fe en el verdadero Dios. Pero tal vez era precisamente lo que no querían...

Guitton, por tanto, con el concilio apenas iniciado, está bastante lúcido para darse quenta de que eso no lanzará excomunión contra alguno, y da una explicación que, sobre el plano filosófico, no tiene una arruga. ¿De qué serviría anatemizar a alguien, en una época en la cual la fe de la sociedad en su complejo está tan enfriada, que la cristiandad no se apoya más sobre una base doctrinal realmente compartida, y por tanto las hodiernas herejías no son dirigidas explícitamente contra la religión, sino contra la razón natural que está en la base de la religión misma? En otras palabras, domina el relativismo: y como cada “católico” tiene sus opiniones no solo sobre la moral enseñada por la Iglesia, sino también sobre la doctrina transmitida por el sagrado Magisterio, y se regula por consecuencia sobre las bases del propio criterio, así falta un consenso general también sobre lo concerniente al principio de la verdad, desde la política a la cultura y desde la economía a la ciencia. En tales condiciones, el ataque que la Iglesia está afrontando es dirigido a niveles más profundos que las viejas herejías del pasado; tanto más que hoy ha venido a faltar el clima general de uniformidad que caracterizaba a la cristiandad, aunque siempre más fatigosamente, casi hacia las primeras décadas del siglo XX. Por tanto cada individuo es puesto de frente al interrogante; no tiene más el conformismo detrás del cual esconderse, debe hacer una elección y al hacerla el elemento religioso ejercita ahora un peso mínimo respecto a otras solicitaciones y otras presiones, incluso más macizas y capilares, que les vienen de la dimensión inmanente y secularizada. Y todavía, si bien el análisis sea justo, las conclusiones, a nuestro aviso, son erradas.
  
¡El jesuita Teilhard de Chardin: con Karl Rahner estuvo entre los más nefastos inspiradores de la “Revolución” conciliar!
   
Guitton individua en la modernidad el proceso que ha golpeado no sólo la posibilidad racional de la fe, sino que ha socavado cualquier otro punto de referencia cierto y estable, porque, habiendo mitificado la idea del progreso al puesto de la fe en lo trascendente, es “obligada” a destruir y rediseñar continuamente el mapa conceptual, moral, estético y afectiva de los hombres. La modernidad ha creado una escisión en el hombre, particularmente entre su parte religiosa, que aspira a lo trascendente, y aquella profana, que se apega de lo inmanente. Además ha elaborado, bajo la acción de la filosofía cristiana, la idea de la unidad de la familia humana; pero, habiendo puesto entre paréntesis, o precisamente abolido la paternidad divina, no sabe dar cuenta del por qué los hombres deberían aspirar a la armonía y todo lo que ha llegado a teorizar son la tolerancia iluminista o la concordia masónica. Siempre, sin embargo, a nivel teórico; porque en la esfera práctica una sociedad impregnada de relativismo no puede hacer más que reconocer la legitimidad de cada aspiración y deseo individual, siempre sobre el metro del bien entendido subjetivamente: del bien objetivo ni la sombra porque, si lo hubiese, tornaría a aparecer evidente la necesidad de un criterio moral compartido, precisamente aquel que ella ha abolido y que constituye el alarde de su “madurez” y de su “emancipación”.
   
¡El engaño conciliar salió tan bien que desde aquel momento la Iglesia no era más la fiel Esposa de Cristo, sino la prostituta del mundo, pero con la convencida adhesión del clero y de los fieles: los cuales todos, engañadores o engañados, han colaborado en tal desnaturalización y en tal perversión, y sobre cada uno de los cuales, pues, desde el papa hasta el último laico, recae, en diverso grado y medida una parte de la responsabilidad por esta inaudita traición frente al Señor! 
    
Y es por esto que hoy el poder político prefiere ignorar la religión en vez de perseguirla: persiguiéndola, le reconocería un cierto estatuto ontológico, una cierta legitimidad en el ámbito de los posibles. Ha descubierto el poder regirse muy bien también sin el apoyo de la religión y no quiere ser deudor de nada a nadie. Pero se equivoca: sin la religión, ni un código moral compartido, el poder se muestra, sin velos, en su desnuda esencia de voluntad de dominio acaba en sí mismo: no hay nada más que lo entienda, que atenúe la ferocidad y sobre todo que lo justifique. ¿Resolver los conflictos sociales? Pero no es capaz de hacerlo, dado que se ha inclinado al dogma de la libertad subjetiva y se prostituyó al verdadero poder que queda en el campo, el financiero. Guitton enlista los factores pasados de cohesión y armonía social: más allá del poder (político), estructura social, costumbres, usanzas, lengua, sensibilidad, una atmósfera dada. Pero la globalización las está destruyendo todas, inexorablemente. Sintiéndose hundir, los hombres tornarán a volverse a Dios. Pero ¿a cuál Dios, si la religión fue adulterada y una falsa iglesa ha sustituido a la verdadera? He aquí por qué los padres conciliares debían servirse del anatema: para conservar, pura, la fe en el verdadero Dios. Pero tal vez era precisamente lo que no querían... 
   
1 de Abril de 2020

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)