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lunes, 27 de enero de 2020

UN BIBLISTA CONTRA LA “Biblia para todos”

Por Giuliano Zoroddu para RADIO SPADA. Dedicado a Bergoglio y sus seguidores, con motivo del “Domingo de la Palabra de Dios” celebrado por ellos el día de ayer.
  
Los modernistas se llenan la boca con la Biblia, con la Palabra de Dios. Se llenan la boca como los Protestantes. Y como los Protestantes, tienen como característica la de masacrar las Sagradas Escrituras hasta privarla de cualquier inspiración divina, y enseñar cosas que Ellas condenan. Contra este malsano biblismo publicamos las páginas iniciales del áureo folleto “BIBLIA Y NO BIBLIA” (1935) del padre Giuseppe Ricciotti (1890-1964), biblista de primer orden. Solamente agregamos que ahora ha aumentado el número de aquellos que se ocupan de la Biblia y, también dentro de la tolda eclesial, en manera siempre menos católica.
  
Padre Giuseppe Ricciotti
«Escribe San Jerónimo (y es bueno comenzar por él, para ab Jove inítium -empezar por lo importante-): “Los labradores, albañiles, herreros, carpinteros, hasta los cardadores y bataneros y demás artesanos adquieren con maestro los conocimientos necesarios… Solo la ciencia de las Escrituras es la que todos se atribuyen comunmente: Scribímus indócti doctíque passim!*. La viejezuela charlatana, el viejo caduco, o el locuaz sofista, todos se imaginan tener esta ciencia, y destrozan la Escritura, y la enseñan antes de haberla estudiado. Los unos con grande altanería y frases campanudas disertan entre sabiondas sobre las sagradas Letras. Otros ¡qué vergüenza! aprenden de las mujeres lo que deben enseñar a los hombres; y no contentos con esto, usando un liviano lenguaje, o más bien con procacidad, enseñan a otros lo que no entienden ellos mismos…” (A San Paulino de Nola, epist. 53)**. Y sigue todavía por un artículo; pero me parece que basta.
   
Era lo menos que pudiese escribir un Jerónimo. Pensad: pasar la vida entera estudiando la Biblia; desgastarse en viajes, vigilias, fatigas, visitar lugares, consultar códices, escuchar maestros, siempre con el intento de profundizar el sentido y aumentar el conocimiento del gran libro: después encontrar en toda esquina de calle a la viejezuela charlatana, al viejo caduco y demás compañía, que en materias bíblicas manotean sentencias y resuelven cuestiones enseguida. Seamos justos: era humillante; y verdaderamente no había necesidad de aquel su característico espíritu grosero para escribir así y peor. Jerónimo era un santo.
    
Esto sucedía hace dieciséis siglos. Hoy las cosas han cambiado. En las esquinas de las calles no se habla más de la Biblia: se discute en cambio de política, o al menos de fútbol, de boxeo, de caballos (y dado el carácter de aquella exégesis pizzera, la sustitución no es un gran mal). La Biblia ha quedado a los teólogos, a los escritores, a los predicadores, a cualquier alma piadosa: fuera de estos se ocupan algunos estudiosos especialistas, pocos en número y por lo más, entre los católicos, eclesiásticos.
   
Pero también después de dieciséis siglos, los principios han permanecido. El desdén de Jerónimo, suscitado por su expeiencia personal de las dificultades de la Biblia, se ha concretado en una serie de disposiciones prácticas emanadas por la Iglesia, la cual tiene una experiencia más amplia y más diuturna qu el hombre Jerónimo: aquél desdén y estas disposiciones exigen sustancialmente, que ninguno presuma de tratar la Biblia sin una adecuada preparación, y exhortan (especialmente las disposiciones, con datos fácticos) a hacer sí que sean muchos los provistos de tal preparación.
   
Son libres los protestantes ortodoxos [sic] de estimar la Biblia indispensable y accesible a todos, como única fuente de la Revelación, y por tanto de ponerla en manos de todos en sola traducción, sin presentaciones o comentario alguno. “Heilige Schrift!”. El estribillo resonó con la misma fanática entonación del otro, “¡Templo de Yahveh!”, que expresaba la fetichista seguridad de los Judíos en tiempos de Jeremías (Jeremías 7, 4); pero, como el antiguo estribillo judaico no había servido para preservar el templo y la ciudad de Yahveh de la destrucción realizada años después por los Caldeos, así también el protestante no impidió que el santuario de la Biblia fuese abandonado y después derrocado –¡oh ironía divina!– precisamente por los mismos protestantes. Véase, en algún comentario protestante moderno, cómo es tratada hoy la Biblia, y se comprobará cuánto de la antigua Heiligkeit (sacralidad) luterana le ha quedado. Ha habido quien, más lógico que todos, le ha cambiado el nombre, y la ha llamado en un título de libro Die große Täuschung (El gran engaño)***. ¡Esto se llama hablar con franqueza y disipar toda “ilusión”!
  
La Iglesia siempre ha pensado en la forma diametralmente opuesta a este canon fundamental del protestantismo. Casi desde los primerísimos tiempos (II Pedro 3, 15-16) ella ha insistido sobre la dificultad de entender rectamente la Biblia: ha sostenido que la lectura de este libro divino, confiado a la comunidad entera, no era indispensable a todos sus miembros individualmente considerados: ha multiplicado siempre más con el progreso del tiempo las salvaguardas a fin que, quien se asume el grato y proficuo honor de leerlo para sí mismo y especialmente a otros, esté bien preparado contra las distintas dificultades que aquella lectura presenta».
  
NOTAS DEL TRADUCTOR
* San Jerónimo adapta al efecto el verso «Scribímus indócti doctíque poëmáta passim» (Mas en llegando a hablar de poesía, lo mismo charla el tonto que el discreto) [QUINTO HORACIO FLACO, Epístolas, libro segundo, epístola I a Augusto César, 117. Traducción por D. Francisco Javier de Burgos y del Olmo, Madrid, Librería de José de Cuesta, año 1844, págs. 212-213].
** Traducción tomada de Mons. JEAN-BAPTISTE MALOU (Obispo de Brujas) La lectura de la Biblia en lengua vulgar, juzgada según la Escritura, la Tradición y la sana razón, tomo I, Barcelona, Librería Religiosa, 1866, págs. 281 a 282. Imprimátur por el Padre Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, 4 de Octubre de 1865.
*** Friedrich Delitzsch (Erlangen, 3 de septiembre de 1850 – Langenschwalbach, actual Bad Schwalbach, 19 de diciembre de 1922), hijo de Franz (teólogo y hebraísta luterano que realizó y publicó en 1877 Berit Hadasha -בְּרִית חֲדָשָׁה-, la primera traducción del Nuevo Testamento al hebreo) y Clara Delitzsch (nacida Silber). A diferencia de su padre Franz, quien a decir de su contemporáneo el profesor John Duncan «se mantuvo firme en sostener la autoridad e inspiración divinas de todo el Antiguo Testamento, cuando todos parecían rendirse», Friedrich era asiriólogo, y sostenía que el Antiguo Testamento era un producto cultural de la civilizaciòn babilónica –posteriormente se demostró que se basaba en argumentos inexactos– e invitaba a eliminarlo del canon bíblico cristiano, ideas que décadas después influirían en Hitler y otros líderes nazis.

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Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)