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jueves, 8 de abril de 2021

SANTA MARÍA MAGDALENA Y LA PERSEVERANCIA

Cristo resucitado y María Magdalena (Julius Schnorr von Carolsfeld)
   
«María Magdalena, “que fue pecadora en la ciudad” (Luc. 7, 37), amando la verdad, lavó con las lágrimas las manchas del pecado: y así se cumplió la palabra de la Verdad, que dice: “Le son perdonados muchos pecados, porque ha amado mucho” (Luc. 7, 47). De hecho ella, que antes había permanecido fría pecando, luego ardía en fervor amando. Cuando estaba vivo lo estrechó entre sus brazos; cuando estuvo muerto, lo buscaba. Y encontró vivo a aquel que buscaba muerto. ¡Encontró tal cantidad de gracia en él que fue ella quien llevó la noticia a los apóstoles, a los mensajeros de Dios! Cuando llegó al sepulcro y no encontró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo había llevado y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fueron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el evangelio acerca de ellos: “Los discípulos se volvieron a su casa”. Y añade, a continuación: “Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando” (Juan 20, 10). Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: “El que persevere hasta el final se salvará” (Mat. 10, 22; 24, 13). Por eso la Ley ordena ofrecer en sacrificio la cola de la víctima (Lev. 3, 9). De hecho, la cola es el final del cuerpo; y por eso la ofrece quien hasta el final conduce debidamente la buena obra del sacrificio. Por eso se describe que entre sus hermanos, José tenía una túnica talar (Gén. 37, 3). Precisamente la túnica hasta el talón es la buena obra hasta su consumación.

“María mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro”. Precisamente ella había visto el sepulcro vacío, ya había anunciado que al Señor se lo habían llevado: ¿por qué se inclina de nuevo, y desea ver todavía? Pero a quien ama no le basta haber visto una sola vez: porque la fuerza del amor multiplica las atenciones de la búsqueda. Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Esto es lo que dice del mismo Esposo la Iglesia en los Cánticos: “En mi lecho eché de menos por la noche al que ama mi alma; lo anduve buscando, y no lo encontré. Me levantaré, y daré vueltas por la ciudad, y buscaré por calles y plazas al amado de mi alma” (Cant. 3, 1). Se lamenta porque no lo encuentra, diciendo: “¡Ay!, lo busqué, mas no lo hallé” (Ibid). Pero como el hallazgo no se demora si no se desiste la búsqueda, agrega: “Me encontraron las patrullas que rondan por la ciudad, y les dije: ¿No habéis visto al amado de mi alma? Cuando he aquí que a pocos pasos me encontré al que adora mi alma” (Ibid., 3-4). Al amado lo buscamos, yacentes sobre nuestro lecho, en el poco reposo que deja la vida presente, el deseo de ver a nuestro Salvador nos hace suspirar por él. Le buscamos durante la noche, porque, si ya nuestro espíritu vela pensando en él, la oscuridad pesa todavía sobre nuestra vista. Pero si allí no se encuentra su amado, se levanta finalmente y da vueltas por la ciudad; esto es, las investigaciones de su espíritu dan vuelta en la santa Iglesia de los elegidos; lo busca por las calles y las plazas, esto es, observa a los que siguen los caminos estrechos y anchos, como si en ellos pudiera encontrar algunas huellas de aquel a quien busca, porque hay personas, incluso en la vida seglar, que tienen algo para imitar en la práctica de la virtud. Buscando, también nos encontramos con los centinelas de la ciudad, esto es, los Santos Padres, que vigilan por el estado de la Iglesia, acudiendo a nuestros buenos designios, para instruirnos con sus palabras y sus escritos. Y al poco de caminar, encontramos a nuestro Amado, porque nuestro Redentor, aunque igual a los hombres por su humanidad, por su divinidad siempre es superior a los hombres. Por tanto, viendo a los transeúntes, encontraremos al amado, porque vemos como igual entre los profetas y los apóstoles, a aquel que consideramos que por su naturaleza es Dios y está por encima de los hombres. Primero no encontraremos lo que buscamos, para tenerlo abrazado después de encontrarlo. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría, es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por esto dice David: “Mi alma tiene sed de Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Salmo 141, 3). Y también nos amonesta diciendo: “Buscad siempre su rostro” (Salmo 104, 4). También dice el profeta: “Mi alma te deseó en medio de la noche; y mientras haya aliento en mis entrañas, me dirigiré a ti desde que amanezca” (Isa. 26, 9). Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los cantares: “Estoy enferma de amor” (Cant. 4, 9). Porque es justo que por la visión del médico llegue la salud al que por su ausencia lleva en su pecho la herida de su amor. Por eso ella dice; y también: “Mi alma desfallece de amor, por encontrar a mi amado” (Ibid., 5, 6).

Pero porque amaba y dudaba, veía y no conocía a aquel a quien el amor le mostraba, y la duda le escondía. Cuya ignorancia se expresa por lo que sigue: “Pero no sabía que era Jesús. Y él le preguntó: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”. Se le pregunta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor. “Ella, pensando que fuera el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo pusiste, y yo me lo llevaré”. Tal vez no se equivocaba esta mujer al errar, creyendo que Jesús era el hortelano. ¿Acaso no era él el hortelano espiritual, que por su amor sembraba en su pecho las vigorosas semillas de la virtud?

Pero al que al verlo creyó que era el hortelano, a quien no le ha dicho lo que buscaba, le dijo: “Señor, si te lo has llevado tú”, como si María ya le hubiera dicho lo que era la causa de sus lágrimas. Ella habla de “él” sin pronunciar su nombre. Esto es propio del amor: lleno de aquel que ama, el amante cree que todos los demás participan en la misma pasión del amor. Precisamente esta mujer, que no dice lo que busca, e incluso dice: Si tú te lo llevaste, no se imagina que alguien pueda ignorar la causa de su inmenso dolor. Jesús le dice “María”. Hace un momento la llamó con el nombre genérico de su sexo: “mujer”, y no se daba a conocer. Ahora la llama por su nombre propio, como si le dijera sin ambages: “¡Reconoce al que te conoce!”. Lo mismo decía Dios a Moisés, el hombre perfecto: “Te conozco por tu nombre” (Ex. 33, 12). “Hombre” es el nombre común a todos, pero “Moisés” es su nombre propio y el Señor le dice con toda claridad que lo conoce por su nombre. Parece que le quiere dar a entender: “Yo no te conozco como el conjunto de las personas, sino que te conozco personalmente”. María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: “Rabboni”, es decir, “maestro”, ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase.
 
María de Magdala se va a anunciar a los discípulos: “he visto al Señor”, y les contó lo que Jesús le había dicho (cf. Jn. 20, 18). El pecado de los hombres abandona el corazón de donde había salido. Pues, era una mujer que en el paraíso ofreció al hombre el fruto de la muerte. Es una mujer que junto a la tumba, anuncia la vida a los hombres y transmite las palabras de aquel que da la vida.
 
Está presente como testigo de la misericordia divina esta María de la que hablamos, de quien un fariseo querendo obstruir esta fuente de piedad dijo: “Si este hombre fuera un profeta, sabría quién es esta mujer que le toca y lo que es: una pecadora” (Luc. 7, 39). Pero las lágrimas de María han borrado la suciedad de su cuerpo y de su corazón; se lanzó a los pies de su Salvador, abandonando los caminos del mal. Estaba también sentada a los pies de Jesús y le escuchaba (Lc 10, 39). Cuando estaba vivo lo estrechó entre sus brazos; cuando estuvo muerto, lo buscaba. Y encontró vivo a aquel que buscaba muerto. ¡Encontró tal cantidad de gracia en él que fue ella quien llevó la noticia a los apóstoles, a los mensajeros de Dios! ¿Qué es lo que debemos ver ahí, hermanos míos, sino es la infinita ternura de nuestro Creador, que para avivar nuestra conciencia, por todas partes nos propone el ejemplo de pecadores arrepentidos? Pongo la vista sobre Pedro, miro al ladrón, examino a Zaqueo, me fijo en María, y no veo otra cosa en ellos que llamadas a la esperanza y al arrepentimiento. ¿Tu fe se ve acechada por la duda? Mira a Pedro que llora amargamente lo que negó por debilidad (Mat. 26, 75). ¿Estás inflamado de cólera contra tu prójimo? Piensa en el ladrón: en plena agonía se arrepiente y gana la recompensa eterna (Luc. 23, 43). ¿La avaricia te seca el corazón? ¿Has despojado a alguien? Mira a Zaqueo que devuelve cuatro veces más los bienes que había quitado a un hombre. ¿Preso de cualquier pasión, has perdido la pureza de la carne? Contempla a María que purifica el amor a la carne en el fuego del amor divino. Sí, el Dios todopoderoso nos ofrece por todas partes ejemplos y signos de su compasión. Tengamos horror a nuestros pecados, incluso los de hace más años. El Dios todopoderoso olvida gustosamente que hemos cometido el mal, y está siempre a punto de mirar nuestro arrepentimiento como si fuera la misma inocencia. Nosotros, que después de las aguas de la salvación, las hemos ensuciado, renazcamos por nuestras lágrimas... Nuestro Redentor consolará un día vuestras lágrimas en su gozo eterno, donde vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén».
    
SAN GREGORIO MAGNO, Homilía XXV sobre los Evangelios, dada en la basílica Lateranense el Jueves de Pascua; en Migne, Patrología Latina 76, cols. 1188-1196.

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