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sábado, 8 de febrero de 2020

DE (Y SOBRE) EL LIBRO DE LOS CÁNTICOS

Noticia tomada de diversas fuentes.
  
1º ACTOR ITALIANO CANTA VERSIÓN PROFANA DEL LIBRO DE LOS CÁNTICOS
En el Teatro Ariston de la ciudad italiana de San Remo –contracción de Sant’Eremo di San Romolo– (donde desde 1951 se realiza el Festival de Música, tan famoso a nivel mundial) se presentó por primera vez en 9 años el cómico, director, libretista y actor Roberto Remigio Benigni Papini. En dicho escenario, el jueves 6 de Febrero, recitó el libro bíblico de los Cánticos, con ovación general.
 
   
Como de eso tan bueno no dan tanto… Benigni metióse a la polémica, como quiera que dijo en la introducción a su presentación:
«Quiero venir a cantar, pero para hacerlo quiero encontrar la canción más bella del mundo, y que nunca se haya cantado, ni un cover. Y la que he encontrado es la primera canción escrita en la historia de la humanidad, hace 2400 años: Es el “Cantar de los Cantares”, está en la Biblia. Habla de dos jóvenes que se aman. Es una obra maestra, pero ninguno la había cantado. Es como si tuviésiemos allí Yesterday de los Beatles y nnguno lo hubiese cantado. Exalta el erotismo, el amor físico, cosas fuertes. Es el ápice, la veta de la poesía de todos los tiempos. Es la primera canción escrita en la historia de la humanidad. Un famoso rabino [Akiva ben Yosef] dice que toda la historia del mundo no vale el día en el cual el Cantar de los Cantares fue donado a la humanidad.
  
Su presencia en la Biblia es una cosa extraña. Avergüenza. Para tenerlo en la Biblia, se han inventado cosas. Han comenzado a hablar de símbolos: él representaba a Dios, ella a la Iglesia. La verdad es que es un poema dedicado a la feminidad. La protagonista es una mujer: comentaristas autorizados [entre ellos Gianfranco Ravasi] piensan que una mujer fue su autora. Pensad, 2400 años ha, una cosa inaudita. Una mujer podría haber escrito el libro más bello y voluptuoso de la Biblia. Tras años de oscuridad y mortificación, donde el amor físico era considerado un pecado, se bendice la alegría del sexo. La Biblia es toda guerra, asesinatos. Después se llega al Cantar de los Cantares, y hay amor. ¿Y entonces por qué lo quieren quitar? En el Cantar de los Cantares hay amor, dulzura y amor físico, y esto da más miedo que las guerras.
   
Yo en cambio estaría precisamente para ponernos todos aquí, despojarnos y hacer el amor. También la orquesta, propiamente todos, dirigidos por Beppe Vessicchio, y donde se va se va.
  
El Cantar es el libro del deseo. Representa a todas las parejas que se aman: los hombres con las mujeres, las mujeres con las mujeres los hombres con los hombres.
   
La versión que yo os “canto” esta tarde es anterior, antes de todas las revisiones. Es aquella primitiva, después fueron atenuados todos los términos relativos al sexo».
Medios de la Iglesia Conciliar como AVVENIRE (de la Conferencia Episcopal Italiana) y ALETEIA hicieron fiesta por el acontecimiento, no sin mostrar (el primero) reservas a la apología a la homosexualidad por Benigni.

2º Mons. FRANCESCO SPADAFORA, Mons. ANTONIO MARTINI Y Mons. FÉLIX TORRES AMAT Vs. WOJTYŁA Y RATZINGER.

  
Mons. Francesco Spadafora, en su Diccionario Bíblico, presenta la siguiente entrada sobre el Cantar de los Cantares:
«En el índice de los libros sagrados, el Cantar es el 5 de los siete libros didácticos; en la Biblia hebraica, es el primero de los 5 opúsculos llamados Meguilot (מְגִלּוֹת) o pergaminos; y se lee en las sinagogas en el octavo día de Pascua. Ordinariamente es llamado el Cantar de los Cantares, traducción servil del hebreo Shir Hashirim (שִׁיר הַשִּׁירִים), que es un modo de explicar el superlativo (cf. Ex. 26, 34; Apoc. 19, 16): el cántico por excelencia, o aun mejor: el Cántico (ya Orígenes, PG 13, 37).
 
“Se nos presenta en la forma de un poema entre lírico y dramático, en el colorido de un  idilio, en el tenor de un canto amoroso; todas cualidades que le dan un puesto especial en el canon de las Escrituras, como por su belleza literaria es para poner entre las más preciosas páginas de poesía hebrea” (Alberto Vaccari SJ).
 
El Cántico celebra la resurgida teocracia, la renovada alianza entre Yahveh y el “resto” israelita, retornado del exilio. “La acción del Cántico es una parábola y un contraste; una parábola de fondo idílico, un contraste entre las dos vidas, entre dos amores. Una sencilla pastora ama con tierno e intenso afecto a un joven… del cuale es cordialmente amada… El mutuo afecto está cimentado en el común trasporto por la inocente vida de los campos, por el encanto de la natura virginal, entre la cual han crecido juntos. Es el idilio. A esta vida sencilla, a este afecto puro, se contrapone la ciudad con sus comodidades, la corte con sus seducciones, un rey potente (simbolizado aquí y allá en Salomón, el más rico y el más fastuoso rey que había conocido la historia de Israel), el cual querría traer a la joven pastora a su amor, al honor de ser su consorte. Pero la generosa pastora rechaza desdeñosamente las ofertas del rico monarca, y se contenta de la vida sencilla de los campos para permanecer eternamente fiel al su pastor, el solo objeto de su casto amor” (A. Vaccari).
 
Son seis escenas.
I. Anhelo del abrazo (1, 2-14); el primer encuentro (l, 15-2, 7).
II. En la campiña (2, 8-17); búsqueda nocturna (3, 1-5).
III. Salomón en todo su esplendor (3, 6-11). Retrato de la esposa (4, 1-6). El jardín místico (4, 7-5, 1).
IV. Visita nocturna (5, 2-9). Retrato del esposo (5, 10-6, 3).
V. Nuevas alabanzas de la esposa (6, 4-7, 1); carrera de caricias (7, 2-10); amor irremovible (7, 11-8, 4).
VI. Triunfo del amor (8, 5-7). Reminiscencias (8, 8-14). (División y títulos del P. A. Vaccari).
 
“Todo esto eclipsa el alma de Israel puesta en cimiento entre la fidelidad a su religión austera y los esplendores engañosos de la civilización pagana”. Es la fidelidad de la renacida teocracia al Dios de los padres, al Dios de la alianza del Sinaí. El “resto” que ha visto en el espéndido y poderoso imperio de los Caldeos, donde la solemnidad del culto era igual a la suntuosidad de los santuarios, ha visto la fascinación de la superior civilización neobabilónica, conservando su amor a Yahveh; y ha retornado entre las colinas, donde el mutuo afecto puede finalmente manifestarse y nutrirse seguro. El Cántico celebra el Israel resurgido; he aquí por qué no se hace ninguna mención a la infidelidad de ningún tipo (cf. Buzy, p. 292); ninguna sombra viene a turbar el cuadro. Los profetas que sin embargo han celebrado el idilio de los 40 años del desierto, siempre han lamentado las infidelidades de Israel, que no faltaron ni en aquel período complexivamente áureo (cf. Ez. 20, 13). Aquí, en cambio, el Cántico puede cantar sin reserva alguna, la fidelidad del Israel renacido a su Dios; en realidad, cualquier traza de idolatría desaparece después del exilio.
 
El reciente comentario de Denis Buzy expresa así el tiempo en el cual el Cántico fue compuesto. «Si es verdad que una obra lleva siempre las trazas y la impronta de su tiempo, el carácter optimista del Cántico (Giuseppe Ricciotti, p. 163) coincidiría espontáneamente con el fervor religioso que suscitaron en la comunidad las reformas de Nehemías y Esdras, como con la paz política que gozó la Palestina durante todo el siglo IV hasta la ruina del reino persa bajo los golpes de Alejandro (330 a. C.). Este siglo IV ferviente y tranquilo, que habla de un hebreo aramizante, nos parece, con René Dussaud, Édouard Tobac y Ricciotti, el siglo literario del Cantar».
  
En realidad, el título (1, 1) que atribuye el Cantar a Salomón, es un simple artificio literario (seudonimia); y por demás no es seguro si es original; falta en la Vulgata. Más que los aramismos, que nunca son decisivos, vale el argumento de la alegoría misma aquí desarrollada, la falta de cualquier referencia a la infidelidad de Israel. El uso de refigurar la alianza entre Dios y su pueblo, los derechos y deberes relativos con el vínculo conyugal bien puede decirse particularmente de la literatura profética (Is. 54, 5 s.; 62, 4 s.; Jer. 2, 2; Ez. 16, 8-14; Os 2, 16-20 etc.), que la derivó probablemente de la misma carta de la alianza, el decálogo: Ex. 20, 5 “Yo soy un Dios celoso”, donde el término hebreo (קַנָּא, qannâ’) expresa el sentimiento de celosía del esposo hacia la propia esposa. La misma idea es implícita en la frecuentísima locución profética que a la infidelidad hacia Dios da el nombre de adulterio.
 
Otra imagen de los libros proféticos: Dios – pastor, Israel – su grey (Jer. 31, 10; Ez. 34; Zach. 11, 7).
 
“También en el Nuevo Testamento usaron un lenguaje similar (además de la imagen del Buen Pastor: Lc. 15, 4 ss.; Jo. 10) el Bautista (Jo. 3, 29), el evangelista San Juan (Apoc. 21, 9), San Pablo (2Cor 11, 2) y Jesús mismo (Mt. 9, 15), llamándose esposo y paragonando su presencia sobre la tierra a las fiestas nupciales. Por eso la interpretación alegórica o parabólica del Cántico (sostenida ya por la exégesis judía y –sustancialmente– por la mayor parte de los exégetas católicos) no es arbitraria (Vaccari), sino fundada en la literatura profética. También en Is. 5, 1 tenemos una alegoría, o mejor una parábola, expresamente reconocida y explicada como tal, que tiene con nuestro poema análogas similares; Dios es llamado “mi amado”, frecuentemente en el Cántico (30 veces); Israel es refigurado en una viña, como en el Cántico (1, 6; 8, 11 ss.); se intitula cántico precisamente como nuestro poema. Pero tal vez ningún libro del Antiguo Testamento presenta tanta diversidad de interpretaciones como el Cántico. Véase a Buzy, pp. 286-96. Del todo opuesta a la interpretación alegórica es la literal que considera el Cántico como un canto o un drama profano: buen número de los racionalistas modernos. El V Concilio ecuménico condenó a Teodoro de Mopsuestia [maestro del heresiarca Nestorio, N. del T.] que avanzaba una hipótesis similar. En realidad, nunca habría entrado entre los libros divinamente inspirados un poema erótico y profano. Mientras ninguna duda surgió nunca sobre el origen divino del Cántico, ni entre judíos ni cristianos; el mismo Teodoro de Mopsuestia no la negó (A. Vaccari, Inst. Bibl., p. 30 en nota).
 
Los comentaristas católicos que reconocen en el Cántico la unión de Yahveh y de Israel, han entendido esta alegoría aplicándola a Jesús y a la Iglesia; a Jesús y a cada alma fiel; en modo particular a la Virgen Santísima (desde Hipólito, Orígenes hasta San Bernardo, etc.). Es difícil hablar de sentido típico o espiritual. Buzy (p. 295) considera que se trata de sentido comprensivo. Tal vez es mucho más exacto cerrarse a una elevada y pía acomodación o aplicación. El Cántico va explicado a la luz del ambiente en el cual surge y sobre la base de la literatura profética en la cual se inspira. En cuanto a los detalles, téngase presente el género literario: el Cántico es una alegoría con muchos elementos parabólicos trazados, esto es, de la vida real, y puestos aquí con el solo fin de ornamento y de efecto dramático, sin el mínimo significado metafórico.
   
Estos diversos cuadros o escenas no tienen más que una portada o un significado junto. Si tal vez los parangones no satisfacen nuestro gusto clásico, “el lenguaje sin embargo es siempre tan elevado, tan noble, que no tiene nada de sensual, y no puede ofender sino a las almas ya corruptas. ¿El Cántico es un drama? ¿una lírica? Es un poco de todo esto; pero nada que responda exactamente a nuestras categorías literarias. Es un diálogo lírico acompañado de algún movimiento dramático”: (A. Vaccari). No es fácil establecer los versos del Cántico; y precisamente parece imposible disponerlos en estrofas, sin maltratar el texto hebraico. Se puede considerar en general que cada verso consta de dos estiquios: el 1º de tres y el 2º de dos acentos. Buzy (p. 286) sospecha que no sean auténticos, aunque inspirados, los siguientes versos: 2, 15 ss.; 3, 6-11; 4, 6; 8, 8-14; ellos se desvelarían como elementos adventicios y secundarios. El texto hebraico, en general es óptimo; solo en poquísimos casos dudoso o corrupto. Entre las versiones, la Vulgata es la mejor. La griega (LXX) es servil: a menudo no ha acogido el sentido. Muy numerosos los comentarios: los principales están indicados en Hopfl-Miller-Metzinger, Introd. V. T., 5ª ed., Roma 1946, p. 356 ss. En Italia la mejor versión es la del P. Alberto Vaccari, con la introducción anterior frecuentemente citada».
Mons. Antonio Martini OP, Arzobispo de Florencia y traductor de la Vulgata al Italiano, presenta en su Prefacio al Cántico este comentario contra los herejes y gnósticos que buscan el sentido literal:
«Establecido de una vez el sentido verdaderamente alegórico, es necesario que yo aquí censure la impiedad y las descaradas blasfemias de ciertos o Filósofos o Gnósticos de nuestros tiempos, los cuales incapaces (para usar la palabra de San Pablo) de entender nada en las cosas del Espíritu, se imaginaron de haber encontrado en la letra y en alguna frase o imagen de este libro tan bella ocasión de burlarse de la Religión y de insultar a la Iglesia. Estos Filósofos, estos grandes pensadores no son hombres como los otros de los cuales pueda pedirse razón de aquello que avanzan, ni que obligarse puedan a una rigurosa dialéctica. Uno o dos extractos que miran en algún libro de las Escrituras les parecen a ellos de provecho para reírse y burlarse, mas no se apenan si diez y cien otros pasajes que no leen cortan y mandan a humo sus extrañas imaginaciones: no les da pena tampoco si la misma letra, bien considerada y sometida a comparación con los textos originales, no dice ni puede decir aquello que quieren que haga decir. Nosotros podremos con toda evidencia mostrar que las más veces, las impías irrisiones aplicadas por alguno de ellos a cualquier pasaje de este libro Divino no tienen otro fundamento que una perversa malicia en conjunto con una vergonzosa ignorancia; donde podremos arrojarles en la cara aquel reproche del Sabio: De mendácio ineruditiónis tuæ confúndere (Avergüénzate de la mentira por ignorancia). Pero nosotros escribimos para los verdaderos fieles, los cuales aman y veneran las Escrituras, y por estas somos instruidos a no dar ocasión de escándalo por ver que de la Palabra de Dios, la cual es Espíritu y vida, tal vez abuse el impío y para su propia perdición la deprave, como advierte San Pedro. Empero, ¿de qué cosa santa y divina no ha sabido abusar el espíritu de mentira y de soberbia? Todo es puro para aquellos que son puros; para los impuros pues, y para los infieles, nada es puro, sino que es inmunda la mente y la conciencia de ellos (Tito I, 5)».
Mons. Félix Torres Amat, Obispo de Astorga y traductor de la Vulgata al Español, en su Advertencia sobre el Cantar, dice también:
«El Cantar de cantares, llamado así por los hebreos para expresar su excelencia [Modismo hebreo de carácter superlativo], se atribuye a Salomón; cuyo nombre lleva en el texto hebreo y en la antigua versión griega. La Escritura dice [III Reg. IV. v.32] que Salomón compuso muchos cantares, así como lo dice también de David, y el nombre de Salomón se encuentra en muchos pasajes del libro de los Cánticos o Cantares, de que tratamos. La Iglesia en el Oficio eclesiástico le cita en número plural, Cántica canticórum, tal vez para denotar que es un conjunto de siete cantares, que a manera de diálogos poéticos se cantaban en los siete días de las bodas. Cada uno de estos cantares incluye su acción o suceso propio, aunque todos forman un mismo epitalamio en la letra, y unos mismos misterios en el sentido espiritual.
 
Al examinar algunos, con la sola luz natural, el sentido literal o gramatical de este libro, le han creído puramente profano, y hecho únicamente por Salomón para celebrar sus amores con la hija del rey Faraón, la más querida de sus esposas. Tal fue el sentir del hereje Teodoro de Mopsuestia en el siglo IV, que han abrazado los anabaptistas, y algunos impíos de los últimos siglos.
 
El sabio y piadoso obispo señor Bossuet, y otros expositores [Commentárium in Cánticis. Lowth. De sacra poësi hebræórum prælectiónes 30 et 31. etc.] dicen que este libro es un epitalamio, esto es un poema que se hizo para ser cantada en los siete días que duraba entre los judíos la celebración de las bodas, como vemos en la Escritura [Gen. XXIX. v.27 y 28.— Judic. XIV. v.12.— Tob. XI. v.21.] que duraron las de Jacob, de Sansón, de Tobías, etc. En estos siete días los novios estaban acompañados, de día y de noche, de cierto número de jóvenes de su sexo y edad, que se les destinaban para su obsequio, y se llamaban amigos del esposo; de que se hace mención repetidas veces en las Escrituras. Durante estos días los recién desposados no se veían sino raras veces, y con mucha ceremonia. Y estas vistas de Salomón con su esposa en los siete primeros días, o siete noches, de las bodas, bajo diferentes formas o representaciones, hacen el objeto histórico de estos ocho capítulos o Cantares; cuya distribución en siete diálogos, o entrevistas de los esposos, explica el citado señor Bossuet.
   
Algunos protestantes, y sobre todo un famoso incrédulo del siglo pasado, han traducido tan maliciosamente este libro, como si hubiesen querido alarmar a todo lector honesto y piadoso, llamando siempre su atención a aquellas expresiones, que a primera vista pueden parecer a algún lector vicioso algo licenciosas o indecentes; sin hacerle observar que no lo parecían en aquellos remotos tiempos, y en pueblos de tan diversas costumbres, como son aun ahora mismo los del Oriente. Pero un crítico muy hábil en las lenguas orientales, el sabio Michaelis en sus notas sobre Robert Lowth [obispo anglicano de Londres], prueba casi con evidencia que el objeto del Cántico de Salomón no es el pintar el amor licencioso de dos personas libres, ni aun el de dos jóvenes esposos en el tiempo de sus bodas, sino el casto amor de dos esposos unidos ya de mucho tiempo con el vínculo del matrimonio. A la verdad no parece conforme esta última idea con nuestras costumbres; pero es muy análoga a las de los orientales, entre los cuales las mujeres de distinción, casi siempre encerradas, no ven todas las veces que ellas quieren a sus maridos, ni tienen comunicación alguna con los demás hombres; y por otra parte están sujetas a todas las pasiones que inspiran el ardoroso clima, el mismo encierro o reclusión en que viven, y la poligamia, que allí es común.
   
Observa dicho crítico que esta falta de sociedad o trato social entre los dos sexos, es causa de que los hombres acostumbran a expresarse con más libertad en las conversaciones que tienen ya entre ellos, ya con sus mismas esposas; y que las esposas no crean que ofende al pudor la viveza de sus expresiones amorosas para con sus maridos: libertad de hablar o licencia, que no hace allí más impresión que la casi total desnudez de los dos sexos, tan común en aquellos climas ardientes. Y de todo eso infiere cuán injustamente (aun mirado esto sin la luz de la fe) han querido algunos presentar como escandalosas ciertas expresiones de este libro, y otras semejantes del profeta Ezequiel, y de varios Libros sagrados; y se ve también la temeridad o indiscreción de algunos traductores de la Escritura en conservar ciertas metáforas, o modismos y locuciones de los hebreos en las modernas lenguas de los pueblos, cuyas costumbres y usos son tan diferentes de las de los antiguos orientales. Entre estos ha habido siempre poetas que han tratado las sublimes materias de la religión, de la teología afectiva o mística, bajo el velo de la alegoría, y en un estilo que parecería el de un grosero libertinaje en otras naciones o climas.
 
Los doctores de los judíos, y los santos Padres de la Iglesia han mirado, pues, con mucha razón este libro de los Cantares como un poema alegórico, y no como una obra profana. Los primeros, bajo la imagen de una perfecta unión conyugal, han visto la alianza de Dios con la Sinagoga. Ezequiel y otros profetas representaron esta unión del mismo modo; y este es el sentido que ha seguido la paráfrasis caldaica. Los Padres de la Iglesia han descubierto con mayor fundamento la alianza perpetua e indisoluble de Dios con la Iglesia; la cual en muchos pasajes del Nuevo Testamento se llama esposa de Jesucristo: y este mismo Señor nos representó el establecimiento de ella, bajo la figura de unas bodas [Matth. XXII. v.2.—XXV. v.1.—Apoc. XIX. v.7. etc.]. Solamente entendidos los Cantares de Salomón en este sentido, usa la Iglesia de ellos en el Oficio divino, y aun esto con todas las precauciones necesarias; y de aquí es que sus ministros y los fieles cristianos acostumbrados a no ver en este libro sagrado sino un sentido espiritual y alegórico, están bien libres de toda idea profana, contraria a la pureza y a la piedad [Bibl. d'Avignon, tom. VIII. p. 399].
 
Son muy débiles las objeciones que se han hecho contra la divinidad de este libro. Dícese que no se halla citado en el Nuevo Testamento, ni se encuentra en él el nombre de Dios. Pero otros libros hay del Viejo Testamento que tampoco se hallan citados en el Nuevo; y si el nombre de Dios no se lee expresamente, es porque todo su objeto es el mismo Dios. Por lo mismo que no debe leerse este libro con ideas profanas, tampoco debe reprenderse a aquellos que se forman una lección de piedad en cada capítulo de este libro. No nos le ha dado Dios para aumentar conocimientos de mera curiosidad, sino para excitarnos a la virtud. Así es como San Pablo nos dice que hemos de mirar las sagradas Escrituras. Toda Escritura divinamente inspirada, nos dice, es propia para enseñar, para convencer, para corregir, para dirigir en la justicia o virtud, para que el hombre de Dios sea perfecto, y esté apercibido para toda obra buena [II Timoth. III. v.16]. De poco nos serviría el Cántico de Salomón si nos ciñésemos al sentido que parece más literal. Debemos pues tener siempre presente que la mística y espiritual unión de Jesucristo con su Iglesia, y con las almas que están unidas con Él, no como quiera, sino con los más estrechos lazos de una viva, perfecta y encendida caridad, son el objeto principal de este divino Cantar; y por eso cuanto las almas están más íntimamente unidas con su Dios, y de consiguiente más separadas de todo lo carnal y terreno, tanto más gustan y se aprovechan de la lectura de este libro, hallando en él dulzuras y consolaciones inefables.
  

Pero en cuanto al sentido literal, es siempre muy difícil su inteligencia. Porqueprimeramente, como observa muy bien el Mtro. Fr. Luis de León en su prólogo a este libro, se halla muy grande dificultad en todas aquellas Escrituras, “a donde se explican algunas grandes pasiones o afectos, mayormente de amor, que al parecer van las razones cortadas y desconcertadas; aunque a  la verdad, entendido una vez el hilo de la pasión que mueven, responden maravillosamente a los afectos que explican, los cuales nacen unos de otros por natural concierto. Y la causa de parecer así cortadas es, que en el ánimo enseñoreado de alguna vehemente pasión, no alcanza la lengua al corazón, ni se puede decir tanto como se siente; y aun esto que se puede, no se dice todo, sino a partes y cortadamente, unas veces el principio de la razon, y otras el fin sin el principio: que así como el que ama, siente mucho lo que dice, así le parece que apuntándolo él, está por los demás entendido; y la pasión con su fuerza, y con increíble presteza le arrebata la lengua y corazón de un afecto en otro. Y de aquí son sus razones cortadas y llenas de oscuridad. Parecen también desconcertadas entre sí, porque responden al movimiento que hace la pasión en el ánimo del que las dice, la cual, quien no la siente o ve, juzga mal de ellas; como juzgaría por cosa de desvarío y de mal seso los meneos de los que bailan, el que viéndolos de lejos no percibiese el son a quien siguen. Lo cual es mucho de advertir en este libro, y en todos los semejantes.
  
Lo segundo que pone oscuridad, prosigue el citado Mtro. León, es ser la lengua hebrea, en que se escribió, de su propiedad y condición lengua de pocas palabras, y de cortas razones, y ésas llenas de diversidad de sentidos; y juntamente con esto, por ser el estilo y juicio de las cosas en aquel tiempo, y en aquella gente, tan diferente de lo que se platica ahora. De donde nace parecernos nuevas y extrañas, y fuera de todo buen primor, las comparaciones de que usa este libro, cuando el Esposo o la Esposa quieren más loar la belleza del otro: como cuando compara el cuello a una torre, y los dientes a un rebaño de ovejas, y así otras semejantes. Como a la verdad cada lengua y cada gente tenga sus propiedades de hablar, adonde la costumbre usada y recibida hace que sea primor y gentileza, lo que en otra lengua y a otras gentes pareciera muy tosco. Y así es de creer que todo esto que ahora por su novedad y por ser ajeno de nuestro uso, nos desagrada, era todo el bien hablar, y toda la cortesanía de aquel tiempo entre aquella gente. Porque claro es que Salomón era no solamente muy sabio, sino rey, y hijo de rey; y que cuando no lo alcanzara por letras y por doctrina, por la crianza sola, y por el trato de su casa y corte, supiera hablar su lengua mejor y más cortesanamente que otro ninguno”. Hasta aquí el sabio Mtro. León: con cuyas oportunas advertencias y el espíritu de sólida e ilustrada piedad, con que debe leerse este divino libro, podrán sacar mucho fruto de su lectura las almas que, abrasadas en amor divino, se acerquen a beber las aguas puras de esta cristalina fuente; a la que no pueden ni deben aplicar sus impuros labios los que sumidos en el cieno de sus pasiones, no piensan ni siguen otra cosa que la inmundicia de las obras de la carne».

Comparemos a estos tres Obispos, con la visión naturalista, materialista, corpórea, erótica y profana del texto sapiencial por Wojtyła y Ratzinger:
  • «Según la interpretación hoy predominante, las poesías contenidas en este libro [Cántico] son originariamente cantos de amor, escritos quizás para una fiesta nupcial israelita, en la que se debía exaltar el amor conyugal». (Joseph Ratzinger Tauber/Peintner, Antipapa Benedicto XVI. Encíclica “Deus cáritas est, sobre el amor cristiano, #6, 25 de Diciembre de 2005).
  • «Aunque el análisis del texto de este libro nos obligue a colocar su contenido fuera del ámbito de la gran analogía profética, sin embargo, no se puede separar de la realidad del sacramento primordial… Ya los primeros versículos del “Cantar” nos introducen inmediatamente en la atmósfera de todo el “poema”, donde el esposo y la esposa parecen moverse en el círculo trazado por la irradiación del amor. Las palabras de los esposos, sus movimientos, sus gestos, corresponden a la moción interior de los corazones. Sólo bajo el prisma de esta moción se puede comprender el “lenguaje del cuerpo”, con el que se realiza el descubrimiento al que dio expresión el primer hombre ante la que había sido creada como “ayuda semejante a él” (cf. Gén. 2, 20. 23) […] Incluso un análisis somero del texto del Cantar de los Cantares permite darse cuenta de que se expresa en esa fascinación recíproca el “lenguaje del cuerpo”. Tanto el punto de partida como el de llegada de esta fascinación –recíproco estupor y admiración– son efectivamente la feminidad de la esposa y la masculinidad del esposo en la experiencia directa de su visibilidad. Las palabras de amor que ambos pronuncian se centran, pues, en el “cuerpo”, no sólo porque constituye por sí mismo la fuente de la recíproca fascinación, sino también y sobre todo porque en él se detiene directa e inmediatamente la atracción hacia la otra persona, hacia el otro “yo” –femenino o masculino– que engendra el amor con el impulso interior del corazón». (Karol Wojtyła Katzorowski, Antipapa Juan Pablo II. Audiencia general # 2-3, 6 de Junio de 1984).
  • «En el Cantar de los Cantares el “lenguaje del cuerpo” se inserta en el proceso singular de la atracción recíproca del hombre y de la mujer, que se expresa en frecuentes retornelos que hablan de la búsqueda llena de nostalgia, de solicitud afectuosa (cf. Cant. 2, 7) y del recíproco encuentro de los esposos (cf. Cant. 5, 2) […] En el Cantar de los Cantares el eros humano desvela el rostro del amor siempre en búsqueda y casi nunca saciado. El eco de esta inquietud impregna las estrofas del poema: “Yo misma abro a mi amado; / abro, y mi amado se ha marchado ya. / Lo busco y no lo encuentro; / lo llamo y no responde" (Cant 5, 6). “Muchachas de Jerusalén, os conjuro / que si encontráis a mi amado / le digáis..., ¿qué le diréis?..., / que estoy enferma de amor” (Cant 5, 9). Así, pues, algunas estrofas del Cantar de los Cantares presentan el eros como la forma del amor humano, en el que actúan las energías del deseo. Y en ellas se enraíza la conciencia, o sea, la certeza subjetiva del recíproco, fiel y exclusivo pertenecerse». (Karol Wojtyła Katzorowski, Antipapa Juan Pablo II. Audiencia general # 2-3, 6 de Junio de 1984).
Ciertamente el nivel no está igual entre la lascivia sobre el palco del Teatro Ariston, pero en parte el pensamiento de Wojtyła y Ratzinger coinicide en la afirmación de que el Cántico concierne al amor carnal, y no solo y exclusivamente aquella caridad perfecta por la cual la Iglesia-Esposa está indisslublemente conjunta en místicas nupcias con Cristo-Esposo.

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Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)