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lunes, 17 de febrero de 2020

GIORDANO BRUNO, ESPÍA Y APÓSTATA

 
El 17 de febrero del año 1600 fue quemado vivo en el Campo de las Flores en Roma el conocido filósofo y fraile dominico apóstata Giordano Bruno Savolino, natural de Nola, por obra del Tribunal Eclesiástico. Hoy nos viene presentado por la escuela y por buena parte de la historiografía como un mártir del librepensamiento caído víctima de la terrorífica máquina inquisitorial por sus tesis que se alejaban de la ortodoxia católica. ¿Pero quién fue verdaderamente Giordano Bruno?
  
Filippo Bruno –Giordano fue su nombre de religión, en honor a su maestro de metafísica Giordano Crispo– nació en Nola, no lejos de Nápoles, en 1548 del militar Giovanni Bruno y Fraulisa Savolino. Tras estudiar en el convento agustino local, ingresó al convento dominico de Santo Domingo Magno, y tras profesar en 1568, fue ordenado subdiácono en 1570, diácono en 1571 y sacerdote en 1572, y celebró su primera Misa en la iglesia conventual de San Bartolomé en Campania. Él no asumió la religión por vocación, sino porque sabía que en el convento había profusión de libros; años después escribió que la ciudad tenía en alta consideración a sus hermanos de religión, pero que en realidad eran “burros e ignorantes”. 
  
Conocido por su misoginia manifestada en su rechazo a la Virgen María (botó todas las imágenes en su celda menos el crucifijo, recomendó a otro novicio que dejase el libro devocional Historia de las siete alegrías de la Virgen –paráfrasis de unos versos latinos de San Bernardo– y se dedicase a leer otras obras más importantes como la Vida de los Santos Padres de Domenico Cavalca), Bruno, luego de obtener el lectorado en teología con una tesis sobre Santo Tomás de Aquino y Pedro Lombardo el año anterior, debió huir en marzo de 1576 del convento napolitano de Santo Domingo Mayor en el cual residía para evitar un proceso por herejía (en su celda hallaron libros de Erasmo de Róterdam –cuyos comentarios fueron puestos en el Índice–; y un día, discutiendo del arrianismo con fray Agustín de Montalcino, Bruno dijo que «Arrio decía que el Verbo no era creador ni creatura, sino medio entre el creador y la creatura, como el verbo es medio entre el dicente y el dicho, y sin embargo ser llamado primogénito ante todas las creaturas, no por el cual sino para el cual fueron creadas todas las cosas, no al cual sino para el cual se refieren y retornan todas las cosas al último fin, que es el Padre») y se establece en el convento de Santa María sopra Minerva en Roma, donde huye poco después que se le abriese un proceso por homicidio contra un cofrade suyo; viajando luego por Europa adquirió la fama de mago y de experto de la tradición hermética. Refugiándose en el 1579 en la Ginebra calvinista a invitación del marqués de Vico (Galeazzo Caracciolo de Leonessa, fundador de la comunidad protestante italiana en esa ciudad), inicialmente adhirió al calvinismo para después ser excomulgado por criticar una lección del profesor de filosofía Antoine de La Faye y tildar de “maestro de niños a los pastores calvinistas.
  
Trabajó enseguida bajo el alias de “Henry Fagot” como espía de sir Francis Walsingham (jefe de los “servicios secretos” ingleses de la época) en la embajada francesa en Londres para contrastar a los católicos ingleses, traicionando de un lado al embajador Michel de Castelnau que lo hospedó, y sin tener escrúpulos por el otro de utilizar el sayo dominico (entró en aquella orden a los 14-15 años) para obtener informaciones que pudiesen después repercutir en daño de los católicos en Inglaterra (por ejemplo, denunció a un ayudante del embajador español Bernardino de Mendoza que le había confesado haber querido asesinar a Isabel I Tudor).
    
Después de su actividad de espionaje en Londres, volverá a París por Enrique III de Valois (que siempre lo había acogido y protegido), pero fue expulsado en 1586 a causa de la enésima discusión degenerada en una riña (en el Colegio de Cambrai, el 28 de mayo, Bruno criticó duramente las tesis aristotélicas sostenidas por tal universidad, y el joven abogado parisino Raoul Callier le refutó severamente y le llamó Giordano “Bruto”). Se transfirió luego a Marburgo en Alemania, obteniendo una cátedra universitaria que fue obligado a abandonar a causa de un litigio con el rector, dirigiéndose por consiguiente a Wittemberg (ciudad donde Lutero fijó sus 95 tesis) y abrazando el luteranismo en una función anticatólica (quisiera recordar que 4 años antes en su libelo “El tráfico de la bestia triunfante, Bruno deseó que los luteranos fuesen “exterminados y eliminados de la faz de la tierra como langostas, cizañas y serpientes venenosas”). Una vez dejada esta ciudad fue a la Praga del emperador Rodolfo II, el cual a causa de su fascinación frente al esoterismo lo acogió, pero ni bien verificó que las “habilidades mágicas” por él tan decantadas no correspondían a un dato real, Bruno debió abandonar Praga dirigiéndose a la vuelta de Helmstadt en 1589, donde fue pronto excomulgado por el superintendente luterano local Heinrich Boethius.
  
Viajó sucesivamente a Fráncfort (donde se refugió en el convento carmelita local), Zúrich (acogido por el noble Hans Heinzel von Tägernstein y del teólogo y alquimista Raphael Eglin) y Padua (donde en 1591 presentó oposición para la plaza de matemáticas en la universidad, que al año siguiente le fue otorgada a Galileo Galilei), para después llegar a Venecia en marzo 1592, hospedado por un círculo de nobles venecianos (entre los cuales despuntaba el mercader Giovanni Francesco Mocenigo, que estaba muy interesado en su método nemotécnico) deseosos de conocer los secretos del ocultismo y de la magia, pero Bruno no ansiaba más que sujetar al Papa Gregorio XIV a su visión religiosa y política por medio de… la magia. Aquí se concluye su suceso cuando Mocenigo lo hace arrestar por la Inquisición el 23 de mayo de 1592, de donde es reclamado por Roma el 12 de septiembre, y encarcelado en el castillo de Sant’Angelo.
   
El 12 de enero de 1599, fue invitado a abjurar ocho proposiciones heréticas, a saber:
  1. La declaración de «dos principios reales y eternos de la existencia: el alma del mundo y la materia original de la que se derivan los seres».
  2. La doctrina del universo infinito y los mundos infinitos en conflicto con la idea de la Creación: «El que niega el efecto infinito niega el poder infinito».
  3. La idea de que toda realidad, incluyendo el cuerpo, reside en el alma eterna e infinita del mundo: «No hay realidad que no se acompañe de un espíritu y una inteligencia».
  4. El argumento según el cual «no hay transformación en la sustancia», ya que la sustancia es eterna y no genera nada, sino que se transforma.
  5. La idea del movimiento terrestre, que según Bruno, no se oponía a las Sagradas Escrituras, las cuales estaban popularizadas para los fieles y no se aplicaban a los científicos.
  6. La designación de las estrellas como «mensajeros e intérpretes de los caminos de Dios».
  7. La asignación de un alma «tanto sensorial como intelectual» a la Tierra.
  8. La oposición a la doctrina de Santo Tomás sobre el alma: la realidad espiritual permanece cautiva en el cuerpo y no es considerada como la forma del cuerpo humano.
y Bruno quiso abjurar ex nunc (desde ahora) y no desde siempre, lo que no fue aceptado por la Congregación del Santo Oficio (aparte, que Bruno quería que pero a la vez exigió al Papa Clemente VIII que declarase herética la transubstanciación). El 10 de septiembre Bruno quiso abjurar, pero el 16 siguiente declinó; pero tras ser denunciada su fama como ateo en Inglaterra y que su libelo Expulsión de la bestia triunfante era contra el Papa, el 21 de diciembre rechazó abjurar sus errores.

Finalmente, el Papa Pablo V lo condenó como hereje el 20 de enero de febrero de 1600, y el 8 de febrero Bruno fue relajado al brazo secular. Caspar Schoppe, un luterano convertido al catolicismo y honrado por Clemente VIII como caballero de San Pedro y conde del Sagrado Palacio, relata que Bruno gritó con gesto amenazante luego de escuchar la sentencia: «Majóri forsan cum timóre senténtiam in me fertis quam ego accípiam» (¿Acaso vosotros que pronunciáis la sentencia tenéis más miedo que yo a recibirla?). Después de rechazar los auxilios de la religión, fue conducido amordazado al Campo de las Flores (que era el mercado público de Roma), donde la justicia secular le desnudó, le ató a la estaca y lo quemó vivo, arrojando sus cenizas al Tíber. Sus obras fueron incluidas en el Índice de Libros Prohibidos en 1603. Schoppe refiere:
«Él volvió el rostro lleno de desprecio cuando, estando para morir, le fue puesta delante la imagen de Cristo crucificado. Así murió quemado miserablemente, creo, para anunciar en los otros mundos que se imaginó en qué modo los Romanos suelen tratar a los impíos y blasfemos. He aquí, querido Rittershausen, el modo en el que procedemos contra los hombres, o mejor, contra los monstruos de tal especie» [Carta a Conrad Rittershausen, 17 de febrero de 1600].
Días antes de ser inaugurada la estatua fundida por el escultor y masón Ettore Ferrari en 1889 (sufragada por un grupo de estudiantes y políticos de izquierda, y excluidos los moderados y los pro-católicos de las elecciones administrativas para la alcaldía de Roma el año anterior) en la que es representado mirando con odio y arrogancia hacia el Vaticano, el Papa León XIII advirtió que si ello sucedía, abandonaría Roma para asilarse en Austria, a lo que el primer ministro italiano Francesco Crispi le respondió: «Si Su Santidad debiese salir de la Italia, no podrá volver más». Y el 9 de junio, fiesta de Pentecostés ese año, que fue la inauguración entre estandartes y consignas masónicas, el Papa permaneció todo el día orando y ayunando ante la imagen de San Pedro.
   
Finalicemos estas líneas recordando las palabras del Papa León XIII en su Alocución “Quod nuper” al Consistorio del 30 de junio de 1889, comentando la inauguración de la estatua en honor del fraile apóstata Bruno (Fuente: RADIO SPADA): 
«[…] Después de las públicas revoluciones de Italia y la violenta ocupación de Roma, vemos sucederse una luenga serie de injurias contra la santísima religión y la Sede Apostólica. Mas las impías sectas miran fijamente a objetivos peores, todavía no logrados. Ellos intentan decididamente hacer de Roma, capital del mundo católico, el centro de toda profana costumbre e impiedad. Aquí concentran por todas partes las ardientes llamas del odio para que, asaltada esta fortaleza de la Iglesia Católica, les tornó más fácil derribar, si fuese posible, la misma piedra angular sobre la cual está fundada. De hecho, como si en tantos años no hubiesen causado bastante ruina, han buscado superarse a sí mismos en la audacia escogiendo uno de los días más solemnes del año cristiano para elevar en público un monumento que sirva para glorificar, ante la posteridad, el espíritu de revuelta contra la Iglesia, y sea signo a un  tiempo de la lucha a ultranza que se quiere conducir contra la religión católica.
  
La cosa dice claramente de suyo los entendimientos de aquellos que han promovido y favorecido la iniciativa. Se profusionan honores a un hombre doblemente apóstata, condenado como hereje, cuya obstinación contra la Iglesia ha arrastrado hasta en la muerte. Y por estos títulos se ha querido honrarlo, no obstante no resulta que en él existiesen dotes verdaderamente apreciables. No era de alto valor científico, porque sus obras lo muestran fautor del panteísmo y del torpe materialismo, y en contradicción a menudo consigo mismo. No estuvo dotado de apreciables virtudes, porque también sus costumbres han quedado a la posterioridad cual ejemplos de la extrema maldad y de la corrupción a la cual las desenfrenadas pasiones pueden empujar un hombre. No fue autor de grandes obras ni de apreciables servicios a favor del bien público, en cuanto sus cualidades habituales consistieron en el fingir y en el mentir, preocupado únicamente de sí mismo, intolerante con quien no fuese de sus ideas, adulador, abyecto y perverso. Por tanto, los honores extraordinarios tributados a tal personaje dicen alto y claro que es llegado ahora el tiempo de romper con la revelación y con la fe cristiana: la razón humana quiere emanciparse de la autoridad de Jesucristo. Tales precisamente son el ideal y la aspiración de las malvadas sectas, las cuales quieren a todo costo alejar de Dios todos los cuerpos sociales, y con odio infinito, hasta el extremo límite, combaten contra la Iglesia y el Pontificado romano. Y para que se tornase más solemne el ultraje y más evidente el significado, se quiere hacer la inauguración en medio de grandes pompas y con notable concurso de personas. Roma vio en aquellos días, entre sus muros, una relevante multitud de gente hecha venir aquí de todas partes; banderas ultrajantes para la religión eran ondeadas descaradamente por las calles y, lo que es más horrible, no faltaron insignias con las imágenes del pérfido que, cabeza de los sediciosos e instigador de toda rebelión, negó la obediencia en el cielo al Altísimo.
   
Al sacrílego delito se agrega la arrogancia de discursos y de escritos en los cuales, sin pudor y sin mesura, insúltanse las cosas más santas, y anéganse con fuerza en aquella libertad de pensamiento que es la prolífica madre de las perversas opiniones y que, junto con las costumbres cristianas, arrasa los fundamentos del orden y de la convivencia civil.
  
Una empresa tan miserable fue planeada con larga preparación, y fue ejecutada no sólo con el conocimiento de las públicas autoridades, sino también con el favor y el apoyo abierto de las mismas. Es muy doloroso y casi monstruoso que por esta alma Ciudad, en la cual Dios puso la sede de su Vicario, se oda al pregonero de la razón humana que se rebela contra Dios, y en el lugar por donde el mundo está acostumbrado a recibir la incorrupta enseñanza del Evangelio y los consejos de la salvación, derribar inicuamente las cosas, se inauguran impunemente monumentos dedicados a nefastos errores y a la misma herejía. A esto Nos hano llevado los tiempos: de ver la abominación desoladora en el lugar santo.
   
Frente a tantas indignidades, puesto que Nos ha sido confiado el deber de gobernar la Cristiandad y de custodiar y tutelar la Religión, protestamos por la ofensa inferida a Roma y por el ignominioso ultraje dirigido a la santidad de la Fe cristiana: denunciamos con desdén e indignación a todo el mundo católico el sacrílego delito. […]».

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)