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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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domingo, 14 de noviembre de 2021

EL ATENTADO DEL QUE SALIÓ ILESA LA VIRGEN DE GUADALUPE

Fieles en la antigua basílica de Nuestra Señora de Guadalupe después del atentado del 14 de Noviembre de 1921 (fotografía de la época).

El lunes 14 de noviembre de 1921, alrededor de las 10:20h, después de celebrarse la posesión del canónigo Antonio Castañeda, Luciano Pérez Carpio, un fanático protestante pelirrojo y empleado de la secretaría particular de la presidencia (detentada por el anticatólico Álvaro Obregón Salido), vestido de un mono (overol) azul y protegido por soldados disfrazados de civiles, aprovechando que el capítulo de la basílica se retiró a la sacristía, entró al presbiterio y puso una bomba conformada por nueve tubos de dinamita encubierta con un arreglo floral a los pies de la imagen de la Virgen de Guadalupe (que estaba sobre el altar mayor de la Basílica). A diez minutos, la bomba estalló con tal poder que el estallido se oyó a un kilómetro a la redonda y afectó la cimentación del templo (de suyo débil por estar construido en el lecho de la antigua laguna que rodeaba Tenochtitlán), pero a la imagen no le pasó absolutamente nada. Como señal del milagro, el crucifijo (desde entonces conocido como «Santo Cristo del Atentado») y los seis candelabros de bronce sobre el altar se doblaron por la onda expansiva, quedando también mutilada la mano de la estatua del obispo Fray Juan de Zumárraga (cuyo báculo de bronce voló por los aires y fue remplazado por uno de plástico) y decapitada la de Juan Diego Cuauhtlatoatzin (al que le pusieron una «cabeza de jíbaro» en la restauración) que franqueaban el retablo de la sagrada imagen.
  
Imagen del «Santo Cristo del Atentado».
   
Estado del altar en la antigua basílica guadalupana después del atentado.
     
Pérez Carpio (que será conocido con el alias de “El Dinamitero”) fue detenido junto al novillero Margarito de la Rosa luego de ser cerradas las puertas de la Basílica, y conducido a la delegación municipal de la Villa de Guadalupe. Obregón ordenó mediante llamada telefónica al presidente municipal Edmundo González Aragón: «Dé usted garantías al preso que acaban de detener. Yo mando por él» (en efecto, lo mandó a un batallón del ejército), y a las pocas semanas fue dejado libre «por falta de méritos». Murió el 2 de Enero de 1957, en medio de señalamientos que cargaron incluso los seis hijos que tuvo con Josefina García, que fueron motejados como “Las chinampinas”. Obregón, que desde su primera estadía en la Ciudad de México en 1914 había expresado su intención de un día «limpiar su caballo con el ayate de la imagen de la Virgen de Guadalupe», fue posteriormente asesinado el 17 de Julio de 1928 por sus enemigos, y las fuerzas federales usaron como chivo expiatorio al cristero José de León Toral (quien en efecto disparó contra Obregón, pero en la necropsia se halló que habían heridas de balas de distinto calibre, destruyendo la teoría gobiernista del tirador solitario).
   
Joaquín Pérez Carpio “El Dinamitero”, autor material del atentado sacrílego.
   
A raíz del atentado la práctica de poner flotes ante la imagen se prohibió, salvo para el papa, que es el único que puede colocar una regalo en las escalinatas. En los días siguientes al sacrílego atentado, como si fuesen convocados por el tañer de las campanas, miles de peregrinos –procedentes de todos los rincones del país– llegaron hasta la Basílica sin otro propósito que desagraviar a nuestra Reina y Señora. El jueves 17, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana lideró una manifestación exigiendo que las investigaciones condujeran a los autores intelectuales del crimen; el viernes 18 fue declarado día de luto, se celebró un Te Deum en acción de gracias ante el altar, que fue custodiado por los Caballeros de Colón, las Damas Católicas y otras agrupaciones religiosas. Con todo, las autoridades eclesiásticas a la cabeza del Arzobispo José María Mora y Del Río y el abad de la basílica Feliciano Cortés y Mora escondieron la imagen en un ropero y la guardaron en casa del piadoso Ing. Luis Felipe Murguía Terroba, en la calle de República de El Salvador, dejando una copia hecha por el poblano Rafael Aguirre Moctezuma a la veneración pública (copia que hoy está en olvidado altar de la Catedral Metropolitana).
  
Es de advertir después de la «Revolución Mexicana» que derrocó a Porfirio Díaz (que mantuvo unas relaciones pacíficas con la Iglesia y emprendió la modernización del país), todos los gobiernos fueron rabiosamente jacobinos, especialmente a partir de 1920 con la llegada al poder del grupo llamado «de los sonorenses», conformados por Felipe Adolfo de la Huerta Marcor, Álvaro Obregón Salido y Francisco Plutarco Elías-Calles Campuzano, que lideraron el «Plan de Agua Prieta» con el que derrocaron y asesinaron al presidente Venustiano Carranza Garza (que promulgó la Constitución de Querétaro, piedra fundamental de la persecución de años posteriores), agravando la crisis económica y social que azotaba al país (sumada a la «gripe española», que llenó de duelo a muchas familias mexicanas). El atentado mostró que de los gobiernos anticatólicos cualquier cosa se podía esperar, y así fue: A instancia de la «Asociación Anticlerical Mexicana» (creada y dirigida por la comunista española Belén de Sárraga Hernández –iniciada en la logia «Severidad» en 1896– Obregón desterró al Delegado Apostólico Ernesto Filippi por el «delito» de consagrar la primera piedra del monumento a Cristo Rey del Cerro del Cubilete en 1923, y al año siguiente, Obregón intentó proscribir la celebración del I Congreso Eucarístico Nacional mediante un decreto de fecha 9 de Octubre expedido por el Secretario de Gobernación Enrique Colunga Meade. Obregón entregó el mando a Elías-Calles, que (además de su infame ley del 14 de Junio de 1926, detonante inmediatl de la Cristiada) intentó junto al Secretario de Industria, Comercio y Trabajo Luis Napoleón Morones Negrete (fundador de la Confederación Regional Obrera Mexicana –a que pertenecía “El Dinamitero”–; señalado como uno de los determinadores del atentado contra Obregón en 1928, fue obligado a renunciar a la cartera) un cisma en 1925 para el que usaron al sacerdote masón José Joaquín Pérez Budar (iniciado en la logia «Amigos de la Luz» de la ciudad de Oaxaca en 1881), el «Patriarca Pérez» y su «vicario» el español Manuel Luis Monge (cuya deserción, aunada a la aparición de una barragana, causaron descrédito al cisma, que se diluyó al terminar la Cristiada). Estos episodios conllevaron a la fundación de la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa y al Alzamiento Cristero, que puso en jaque al régimen.
   
Cien años después, asistimos a un atentado que si bien no es con dinamita, es más peligroso y devastador contra la Virgen Guadalupana, y qur se suma a las blasfemias de los herejes y ateos de todas épocas, a la negación de la historicidad del milagro de la aparición por prelados modernistas (como hizo el antiguo abad de la Basílica Guillermo von der Schulenburg Prado, después de una vida lucrando de ella): que al despropósito de la basílica modernista que hoy alberga el ayate donde está la milagrosa imagen y que actualmente es un simple destino más de las agencias de viajes seglares (y de presbíteros modernistas que la promocionan junto a destinos más terrenales como las playas de Cancún como si fuese compatible la devoción con la indulgencia de los sentidos), y que todos los días, todos los años, sea escenario tanto de danzas reminiscentes del paganismo hechas por los peregrinos (¡incluso dentro del templo!) como de aspirantes a hacerse famosos cantándole “Las Mañanitas” (no nos digamos mentiras, se hacen famosos por cómo visten o qué pifia hacen para la TV). Queremos desagraviar todo esto, recordando el juramento que hicieron nuestros antepasados de defender y propagar la devoción a la Virgen bajo esta advocación, por la cual se logró la evangelización de México:
«En nombre de la Santísima e Inefable Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de Jesucristo Nuestro Señor, Dios y Hombre verdadero, y de la Sacratísima Virgen María, Madre del Divino Verbo y en nombre del Arcángel Señor San Miguel, Príncipe de la milicia celestial y de todos los coros de los ángeles, y en especial del Santísimo Patriarca San José, Dignísimo Esposo de la Purísima Virgen, y en nombre en fin, de todos los Santos y Santas de la Corte Celestial, postrados delante de la Santísima Virgen de Guadalupe, juramos por Dios, Nuestro Señor, reverenciar, venerar y tener por nuestra especial Patrona a la Santísima Virgen María de Guadalupe; y en cuanto nuestras fuerzas alcanzaren, con el favor divino procurar su mayor culto y cumplir lo que hemos ofrecido para mayor honra y gloria de Dios, Nuestro Señor, y de su Purísima Madre, María Santísima de Guadalupe. Amén».
  
SANTA MARÍA DE GUADALUPE, REINA DE MÉXICO, CONSERVA NUESTRA FE Y SALVA NUESTRA PATRIA.
   
JORGE RONDÓN SANTOS
14 de Noviembre de 2021 (Año Mariano “Espada de Lepanto”).
Domingo XXV después de Pentecostés. Fiesta de San Josafat Kuncewicz OSBM, Archieparca de Polotsk de los Rutenos y Mártir de la Fe; de San José María Pignatelli de Moncayo SJ, Sacerdote, Confesor y Restaurador de la Compañía de Jesús; de San Rufo, Obispo de Aviñón; de San Serapio O. de M., Protomártir Mercedario; de San Lorenzo O’Toole, Arzobispo de Dublín y Confesor; de Todos los Santos de la Orden Carmelita; y de Todos los Santos de la Orden Benedictina. Natividad de San Juan Eudes, Sacerdote y Confesor; y de la Bienaventurada María Cristina de Saboya, Reina consorte de las Dos Sicilias. Martirio del Bienaventurado Nicolás Tavelić de Šibenik OFM. Tránsito de Su Fidelísima Majestad Miguel I de Braganza y Borbón “El Tradicionalista”, Rey de Portugal y Algarves. Inicio del XIV Concilio de Toledo. Milagrosa preservación de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

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Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)