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miércoles, 17 de noviembre de 2021

BERGOGLIO ABANDONA A TAIWÁN (COMO YA HIZO CON HONG KONG)

Por Sandro Magister en SETTIMO CIELO (L’ESPRESSO - LA REPPUBLICA). Traducción por José Arturo Quarracino para GLORIA NEWS.
   
  
El papa Francisco, con sus silencios, sacrificó a Hong Kong en el altar liberticida de China. Pero también en Taiwán temen ser abandonados por él ante las crecientes amenazas de Pekín de reapropiarse de la isla.
  
La Santa Sede ha quedado sola, en Europa y en Estados Unidos, para mantener relaciones diplomáticas con Taiwán, junto con Paraguay, Guatemala, Nicaragua, Honduras, Belice, Haití y ocho estados insulares del Caribe y el Pacífico. Pero el pasado 21 de octubre una fuente anónima de la Secretaría de Estado del Vaticano declaró al Corriere della Sera que “China querría que rompiéramos las relaciones diplomáticas con Taiwán, prometiendo a cambio inaugurarlas con nosotros”. Y esto en un momento en que China intensificaba sus operaciones navales y aéreas en torno a la isla, con tal arrogancia que el presidente estadounidense Joe Biden aseguró por segunda vez en pocos meses que Estados Unidos estaría preparado para defender a Taiwán en caso de ataque.
  
Es cierto que, inmediatamente después, la misma fuente vaticana dijo que “siempre hemos respondido que Pekín debe permitirnos primero abrir una nunciatura apostólica en la capital” y, por tanto, “sólo en ese momento podemos revisar nuestras relaciones con el gobierno de Taipei”.
   
Pero en julio de 2020 una fuente anónima del Vaticano había declarado, esa vez al South China Morning Post, que “Taiwán no debería ofenderse si la embajada [del Vaticano] en Taipei vuelve a su dirección de origen en Pekín”.
    
El pasado 25 de octubre el Ministerio de Asuntos Exteriores de Taiwán emitió un comunicado en el que reafirmaba que las declaraciones difundidas por el Corriere della Sera no desmienten “la fuerte amistad y la solidez de las relaciones entre Taiwán y el Vaticano”, citando como prueba las ayudas mutuas durante la pandemia del coronavirus, los buenos deseos del Papa para la fiesta nacional del 10 de octubre y, sobre todo, la naturaleza “pastoral” y no política de los acuerdos entre el Vaticano y Pekín, con la esperanza de que “los fieles en China puedan disfrutar realmente de los valores universales de la libertad religiosa y de la protección de los derechos humanos fundamentales”.
   
También en el verano de 2020 el Vaticano expresó palabras de tranquilidad a Taiwán. Pero en ese mismo mes de julio la Santa Sede se abstuvo de sumarse a la petición de que Taiwán pudiera participar en la asamblea de la Organización Mundial de la Salud sobre el coronavirus, participación que fue impedida por el veto chino.
   
Al año siguiente, el 31 de julio de 2021, el papa Francisco pareció enmendar ese fracaso nombrando miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias al taiwanés Chen Chien-jen, ferviente católico, epidemiólogo de fama internacional, ex ministro de Sanidad y luego vicepresidente de la isla entre 2016 y 2020.
  
Pero también hay que señalar aquí que dos años antes, el 13 de octubre de 2019, cuando Chen, en esa época en el cargo de vicepresidente, estuvo en Roma para asistir a las canonizaciones, Francisco tuvo la oportunidad de saludarle a él y a su esposa después de la ceremonia. Sin embargo, la foto del saludo –la que se reproduce en la parte superior de este artículo– fue retirada rápidamente por todos los medios de comunicación del Vaticano, para no irritar a las autoridades chinas.
   
En el Vaticano, de hecho, la regla es que, en deferencia a China, debe haber un silencio sepulcral sobre la cuestión política de Taiwán. En los actos públicos del papa Francisco, previos al nombramiento de Chen, su última mención vaga –puramente geográfica– a la isla está en un video mensaje a una conferencia de la Asociación Marítima Cristiana Internacional, celebrada en octubre de 2019 en la ciudad taiwanesa de Kaohsiung.
   
Mientras que la penúltima mención está en el boletín de las audiencias papales del 14 de mayo de 2018, cuando Francisco recibió en visita “ad limina” a los siete obispos de la “Conferencia Episcopal Regional China”, nombre oficial en italiano e inglés de la Conferencia Episcopal Taiwanesa.
   
En realidad, en la página web de esta conferencia episcopal, su nombre en chino es “Conferencia Episcopal Católica de la Región de Taiwán”. Pero ésta es sólo una de las muchas variantes de nomenclatura con las que el Vaticano se relaciona con Taiwán, por un lado, para reconocer la realidad y, por otro, para no irritar a Pekín.
  
El nombre oficial de Taiwán es “República de China”, mientras que el de China continental es “República Popular de China”. Pero en el Anuario Pontificio, que es el “Quién es quién” de la Santa Sede, la nunciatura apostólica en Taipei figura bajo el simple epígrafe “China”, al igual que la embajada de Taiwán ante la Santa Sede.
   
En cambio, en el mismo Anuario, la lista de las diócesis chinas está bajo el epígrafe “China continental”, mientras que la de las diócesis taiwanesas está bajo el epígrafe “Taiwán”. Con la advertencia inicial de que se trata de una titulación puramente “geográfica” y “práctica”, que prescinden de la pertenencia de las diócesis a los territorios de los distintos Estados.
   
El establecimiento de relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y China, con intercambio de embajadores, se remonta a 1946. Pero en 1949 las fuerzas comunistas de Mao Zedong tomaron el control del continente y el gobierno anterior terminó confinado en la isla de Taiwán, que las autoridades de Pekín reivindican como propia desde entonces. En 1951 el nuncio apostólico también fue expulsado de China y repatriado a Taiwán, trasladando allí también la nunciatura. Pero desde 1971, cuando la República Popular China fue sustituida en las Naciones Unidas por la República de China, la nunciatura ha sido dirigida por un simple encargado de negocios.
  
Los católicos son el 1% de los 24 millones de habitantes de Taiwán y, como la gran mayoría de la población, se oponen a estrechar los lazos políticos con la China comunista, y mucho menos a una reunificación.
   
Pero este es precisamente el miedo que más les pesa. Y el acuerdo provisional y secreto firmado entre el Vaticano y Pekín en septiembre de 2018 sobre el nombramiento de obispos en China ha aumentado esta preocupación, expresada hace un año en un comunicado del ministerio de Asuntos Exteriores taiwanés, que denunció los efectos nocivos de ese acuerdo, en términos de pérdida de libertad religiosa y de “nacionalización” forzada de la religión católica.
   
Además, el silencio de la Santa Sede sobre Hong Kong hace temer que no llegue ninguna ayuda de Roma para Taiwán, y mucho menos del papa Francisco, que nunca ha dicho una sola palabra en defensa de las no pocas personalidades católicas líderes de la resistencia de la ciudad, todas los cuales han acabado en prisión, y ni siquiera ha querido recibir al intrépido cardenal Joseph Zen Zekiun, quien voló inútilmente a Roma en septiembre de 2020 para ser escuchado por el Papa.
  
También se prohibió a Hong Kong celebrar la fiesta nacional de Taiwán, el 10 de octubre, en memoria del levantamiento de Wuchang de 1911, que llevó a la caída del Imperio chino y, al año siguiente, al nacimiento de la República de China, de la que Taiwán es heredera de facto.
   
Mientras tanto, el destino de la Iglesia católica en China ha sido testigo del reciente nombramiento de un nuevo obispo en Wuhan, uno de los subordinados al régimen e impuesto por éste, pero también del incesante acoso a los insubordinados, desde la enésima detención del obispo de Xinxiang, Joseph Zhang Weizhu, hasta el enésimo secuestro y adoctrinamiento forzado, esta vez durante dos semanas, del obispo de Wenzhou, Peter Shao Zhumin.
   
En Taiwán las libertades están plenamente protegidas, incluso para la Iglesia. Además de ser una democracia madura, la isla es una potencia económica. Es el primer productor mundial de semiconductores, elemento clave de la industria de alta tecnología. No sorprende que quiera unirse al Acuerdo de Libre Comercio del Pacífico, o CPTPP, con el pleno apoyo de muchos de los países que ya forman parte de él, encabezados por Japón y Nueva Zelanda. De hecho, cumple con todos los requisitos para ser admitida, requisitos que China no cumple: desde la protección de los derechos de los trabajadores hasta el respeto al medio ambiente, pasando por la protección de la propiedad intelectual y el libre acceso de los inversores extranjeros.
   
Pero hay quienes temen que la cuenta regresiva ya haya comenzado. Con la China de Xi Jinping cada vez más impaciente por reconquistar y subyugar la isla y con el Papa Francisco que calla y tolera.

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