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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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miércoles, 12 de agosto de 2026

TRIDUO EN HONOR DE LA ASUNCIÓN DE SANTA MARÍA

Dispuesto por D. José Sales y Vidal, Diácono y alumno interno del Seminario Conciliar de Tortosa, y publicado en Madrid por la Imprenta de la Esperanza a cargo de D. Antonio Pérez Dubrull en 1863, con licencia de la Autoridad Eclesiástica.

TRIDUO EN PREPARACIÓN A LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN
   

Se dará principio con la Señal de la Cruz y el Acto de Contrición, y después se dirá la siguiente:
  
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, porque sois mi Criador, mi Redentor y mi benigno Salvador, y porque sois mi amoroso Padre, me pesa en lo íntimo de mi corazón, con el más vivo dolor, de haber ofendido a vuestra infinita bondad, con los atrevidos ultrajes de mi delincuente malicia. Propongo, Señor, aprovecharme para mi enmienda de los poderosos auxilios de vuestra soberana misericordia, cuya dulce confianza me alienta, para ofreceros el sacrificio de mi fervorosa voluntad, con la que deseo padecer todas las afrentas, dolores y trabajos en satisfacción de mis repetidas culpas y pecados, y para cuyo perdón apelo, Padre amantísimo, inmenso tesoro de los méritos de vuestra preciosa y divina Sangre, esperando que vuestra gracia haga eficaces los firmes propósitos de mi debida perseverancia en vuestro santo servicio. Amén.
   
ORACIÓN PREPARATORIA
¡Oh Reina de los Ángeles y dulce encanto de los Serafines! ¡Oh Madre amabilísima de mi alma y tierno objeto de mi amor! Aquí me tenéis ante vuestras soberanas plantas. atraído dulcemente de los más vivos deseos de honraros y glorificaros con todo mi corazón en la próxima solemnidad de vuestra preciosa muerte y gloriosísima Asunción a los cielos; para que entrando de este modo en el espíritu que anima a la Santa Iglesia al tributaros en estos días tan solemnes cultos, merezca ser participante de aquellas gracias que tan copiosamente derramáis sobre vuestros devotos en el día de vuestro triunfo. Ea, pues, Madre mía; alumbrad mi entendimiento y encended mi voluntad para que, contemplando devotamente la inefable alegría que sintió vuestro Corazón y los dulces sentimientos que enajenaron vuestra benditísima alma al anunciaros un ángel de parte de vuestro Hijo el fin de vuestro destierro, me prepare y disponga para celebrar dignamente vuestra festividad. Y pues también ha de llegar un día para mí en el que he de abandonar este miserable mundo, desde ahora os pido me amparéis en aquella hora decisiva de mi eterna suerte. Esta es la gracia, Madre mía, que espero alcanzar de vuestra misericordiosa liberalidad en el día de vuestro más glorioso triunfo, y a este fin dirijo y ordeno todos los ejercicios y actos de piedad con que en estos días os honrare. Y ya que la mejor disposición para una buena muerte es una vida santa y virtuosa, dignaos, Madre de mi alma, adornar mi corazón con las virtudes de que Vos conocéis tengo mayor necesidad. Alcanzadme sobre todo una fe viva, una esperanza firme y una caridad ardiente, el desapego de los bienes terrenos, el espíritu de oración, un grande amor a Vos y tierna confianza en vuestra protección y perseverancia final. No desechéis, ¡oh Madre de Dios!, mis humildes súplicas; antes bien, atendedlas favorablemente. Amén.
  
DÍA PRIMERO – 12 DE AGOSTO
MEDITACIÓN DE LA ALEGRÍA QUE TUVO LA SANTÍSIMA VIRGEN AL SABER DEL CERCANO FINAL DE SU VIDA
Considera, alma mía, los ardientes deseos que tendría la Santísima Virgen de salir de este mundo y de gozar para siempre de la dulce compañía de su amantísimo Hijo. Estaría exclamando continuamente con David: «¡Oh cómo se alarga mi destierro! ¡Cómo se prolonga mi habitación en este mundo!» (Salmo CXIX, 5). ¡Qué suspiros, pues, exhalaría esta inocente paloma desde su retiro para ver y gozar de su Amado! Y, en verdad, ¿qué cosa podía entretener y divertir en este valle de lágrimas el purísimo Corazón de esta Señora, estando destinada para ser Reina de los cielos? ¿Qué consuelo podía tener en este destierro viéndose privada de la dulce compañía de su amado Hijo? El amor que tenía a la Iglesia recién nacida podía en alguna manera detenerla en este mundo; pero como la veía establecida y extendida por todo el universo, deseaba ya partirse de este destierro, y mucho más sabiendo que desde el Cielo podía socorrerla aún mejor. ¡Qué largos, pues, le parecerían sus días y cuán prolongada su habitación en este mundo!
   
Llegábase entre tanto el momento dichoso y feliz en que el Señor había determinado premiar a su bienaventurada Madre; y así tres días antes la envió un ángel que la anunciara su cercana muerte, trayéndola una palma en señal de la victoria. ¿Y quién podrá explicar la alegría que entonces inundó su Corazón? ¿Qué gozo tan grande no se apoderaría de su benditísima alma? Trasportada en un éxtasis amoroso, y arrebatada en vivísimos deseos de poseer a su Dios, exclamaría mejor que David: «Mi corazón se ha alegrado con esta nueva celestial; iré a la casa de mi amado Hijo, y gozaré de su presencia por toda una eternidad» (Salmo CXXI, 1). Anegada quedó la Santísima Virgen en un mar de dulzuras al recibir esta noticia, y su Corazón purísimo abrasado en amor divino se encendía más y más al considerarse tan cercano de ser morador de la Jerusalén celestial. Dios era el único objeto de su amor, y este amor era proporcionado al altísimo conocimiento que de Él tenía. Si pues el amor tiende a unir al amante con el objeto amado, haciendo que en esta unión encuentre el que verdaderamente ama su dicha y felicidad, ¿quién podrá ponderar y comprender la alegría que sintió la Santísima Virgen en este paso? ¡Ah!, considéralo, alma mía, y confúndete al mismo tiempo de ver que tus deseos sean tan diferentes de los de la Santísima Virgen. Mira bien lo que te enseña con su ejemplo, y aprende de esta divina Maestra a no amar los bienes vanos y perecederos de la tierra, y a suspirar únicamente por los eternos del Cielo.
    
Se meditará, y cada uno puede entretenerse en los afectos que sobre esta materia su devoción le sugiera; después se dirá la siguiente
   
ORACIÓN
¡Oh Madre de Dios y Reina de los Ángeles! Si tan grandes eran los deseos que teníais de trocar este destierro por la patria celestial, ¿quién será capaz de comprender el torrente de dulzura que inundó vuestro Santísimo Corazón cuando os fue revelada la hora de vuestra cercana muerte? ¡Oh, cuán gozosa y alegre estaríais viendo que se acordaba el fin de vuestro destierro, y que se llegaba el momento de uniros para siempre con vuestro dulcísimo Hijo! Y en verdad, ¿qué cosa os podía tener atada en este mundo? ¡Ah! Vos conocíais la vanidad y mezquindad de los bienes terrenos, y no podíais, por consiguiente, encontrar en ellos consuelo alguno, y así todas vuestras ansias se dirigían a gozar cuanto antes de la compañía de vuestro dulcísimo Hijo. ¡Ah Madre de mi alma! Confúndome y me avergüenzo al verme tan apegado a las cosas de la tierra y tan descuidado de los bienes del Cielo. Pero si hasta ahora me he dejado llevar del falaz atractivo de los placeres y riquezas que este mundo me ofrece, propongo firmemente de hoy en adelante mudar de vida, y dirigir todos mis pensamientos, afectos y deseos a la consecución de la eterna gloria. ¡Sí, Madre de mi alma! De hoy en adelante quiero tener mi corazón más en el Cielo que en la tierra. Alcanzadme, pues, esta gracia de vuestro Santísimo Hijo, y haced que use de tal modo de los bienes terrenos, que no poniendo en ellos el afecto, solo suspiro por el gozo eterno del Señor. Amén.
  
RESOLUCIÓN PRÁCTICA PARA ESTOS TRES DÍAS
Muy vana e infructuosa será la oración, si de ella no procuramos sacar ciertas resoluciones o propósitos eficaces que, puestos por obra siempre que se presente la ocasión con valor y perseverancia, sean un fecundo semillero de obras meritorias y agradables al Señor, y nos habitúen poco a poco a la práctica de la virtud. Lo mismo, pues, debemos practicar en todas las meditaciones de estos ejercicios, si queremos sacar de ellos frutos de santidad sólidos y duraderos: podrán por consiguiente de las meditaciones de este Triduo sacarse las siguientes resoluciones, u otras semejantes:
  1. Pensar brevemente por la mañana, al medio día, si se puede, y por la noche, que no hemos sido criados para gozar de los bienes de este mundo, y que ha de venir un día en que necesariamente los hemos de dejar. Proponer no usar de ellos en ofensa de Dios. Dirigir todas las acciones, trabajos, cuidados de casa y demás negocios a la mayor gloria del Señor y cumplimiento de su santísima voluntad. Rezar un Ave María a la Santísima Virgen, para que nos alcance del Señor el verdadero desprendimiento de los bienes temporales, y la gracia para poner por obra estos propósitos.
  2. Renovarlos algunas veces entre día, si buenamente se puede, y especialmente al principio de las acciones más principales.
Jaculatoria: ¡Oh María!, desapegad mi corazón de la tierra, y atraedlo hacia Vos.
  
LETANÍA
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios Padre, Criador de los cielos, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Trinidad santa, que eres un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

Santa María, ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios, ruega por nosotros.
Santa Virgen de las Vírgenes, ruega por nosotros.
Madre de Cristo, ruega por nosotros.
Madre de la divina gracia, ruega por nosotros.
Madre purísima, ruega por nosotros.
Madre castísima, ruega por nosotros.
Madre intacta, ruega por nosotros. 
Madre incorrupta, ruega por nosotros.
Madre sin mancha, ruega por nosotros. 
Madre amable, ruega por nosotros.
Madre admirable, ruega por nosotros.
Madre del Buen consejo, ruega por nosotros.
Madre del Creador, ruega por nosotros.
Madre del Salvador, ruega por nosotros.
Virgen prudentísima, ruega por nosotros.
Virgen digna de reverencia, ruega por nosotros.
Virgen digna de alabanza, ruega por nosotros.
Virgen poderosa, ruega por nosotros.
Virgen clemente, ruega por nosotros.
Virgen fiel, ruega por nosotros.
Espejo de justicia, ruega por nosotros.
Trono de la sabiduría eterna, ruega por nosotros.
Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.
Vaso espiritual de elección, ruega por nosotros. 
Vaso digno de honor, ruega por nosotros. 
Vaso insigne de devoción, ruega por nosotros. 
Rosa mística, ruega por nosotros.
Torre de David, ruega por nosotros.
Torre de marfil, ruega por nosotros.
Casa de oro, ruega por nosotros. 
Arca de alianza, ruega por nosotros.
Puerta del cielo, ruega por nosotros. 
Estrella de la mañana, ruega por nosotros. 
Salud de los enfermos, ruega por nosotros.
Refugio de los pecadores, ruega por nosotros.
Consoladora de los afligidos, ruega por nosotros.
Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros.
Reina de los Ángeles, ruega por nosotros.
Reina de los Patriarcas, ruega por nosotros.
Reina de los Profetas, ruega por nosotros.
Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros.
Reina de los Mártires, ruega por nosotros.
Reina de los Confesores, ruega por nosotros.
Reina de las Vírgenes, ruega por nosotros.
Reina de todos los Santos, ruega por nosotros.
Reina concebida sin pecado original, ruega por nosotros.
Reina asunta al Cielo, ruega por nosotros.
Reina del Santo Rosario, ruega por nosotros.
Reina de la paz, ruega por nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, óyenos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
  
℣. Rogad por nosotros, Santa Madre de Dios.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que os dignasteis elegir por morada el seno virginal de la bienaventurada Virgen María, haced, os rogamos, que al amparo de su protección podamos asistir gozosos a su festividad. Vos que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
DÍA SEGUNDO – 13 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración preparatoria.
    
MEDITACIÓN DE CÓMO SE PREPARÓ LA SANTÍSIMA VIRGEN PARA SU MUERTE
Considera, alma mía, cómo se prepararía la Santísima Virgen para su cercano fin. En aquellos tres días que mediaron desde la revelación de su próximo tránsito hasta que este se efectuó, no pensaría ya en otra cosa sino en el Cielo. ¡Oh, cuán olvidada estaría de todo del mundo, arrebatada en un continuo éxtasis de amor! ¡Cuán bien empleados pasaría los últimos momentos de su vida, y con cuánto fervor se dispondría para morir, sabiendo cuán cercana estaba la hora dichosa en que había de trocar este destierro por la Patria celestial! Porque, aunque es verdad que su purísimo Corazón nunca estuvo apegado a las cosas de la tierra, y que jamás estuvo distraída del objeto de todas sus atenciones y deseos, que era Dios; pero a la manera que el movimiento de un grave hacia su centro es más rápido cuanto más se acerca a él, así también crecerían por momentos los deseos en que se abrazaba de ver a Dios; y como su santidad fue siempre creciendo, multiplicándose al infinito, por decirlo así, todo el tiempo que vivió sobre la tierra crecería también su devoción y fervor según la misma medida. Y si fue perfectísima en todas sus obras, ¿cómo lo podía dejar de ser en los últimos instantes de su vida? ¡Mira, pues, alma mía, cómo se prepararía y dispondría para salir de este mundo y entrar triunfante en la Jerusalén celestial! ¡Ah!, ¿y te preparas tú también para la hora de la muerte? Tus gustos, inclinaciones y modo de vivir dicen que no. ¿Cómo, pues, vives tan descuidada en un negocio de tanta importancia, y más cuando sabes que a cualquier hora puede asaltarte la muerte y encontrarte desprevenida? Prepárate, pues, para morir bien, a imitación de la Santísima Virgen; y ya que la mejor disposición para la muerte es una vida santa y virtuosa, trabaja ahora para adquirir las virtudes, de que tanto necesitas, y desprende tu corazón de los bienes y demás objetos que en aquella hora necesariamente has de dejar.
    
Se meditará, y cada uno puede entretenerse en los afectos que sobre esta materia su devoción le sugiera; después se dirá la siguiente
   
ORACIÓN
¡Oh dulcísima Madre de nuestras almas, y Maestra soberana de la más alta perfección! ¡Qué lección tan admirable me dais de lo que debo hacer durante mi vida con lo que Vos practicasteis en los últimos momentos de la vuestra! Porque si Vos, que siempre estuvisteis tan íntimamente unida con Dios, os preparasteis para salir de este mundo con nuevos fervores, ¿qué debo hacer yo, miserable criatura, tan lleno de defectos como me encuentro y tan apasionado por los bienes de la tierra? ¡Ah Madre mía! Confúndome de haber sido tan negligente en cosa que tanto me importa, y ya que me precio de ser hijo y devoto vuestro, quiero imitaros, y hacer que toda mi vida sea una preparación continua para mi muerte. Sí, Madre mía; tal es la resolución que formo en este día ante vuestras plantas soberanas; y pues Vos os preparasteis para morir, no porque antes hubieseis vivido distraída en lo más mínimo y ocupada en las cosas terrenas, sino porque, deseando siempre amar más y más a vuestro Dios y Señor, este amor iba aumentándose continuamente, y tomó mayor incremento con la noticia de vuestro cercano fin; encended en mi corazón este divino fuego, que abrasaba vuestro santísimo pecho, y haced que, consumiendo en mi todo afecto y amor desmedido a las criaturas, me levante su fuerza a lo alto de la perfección, para que, no buscando ni deseando sino gozar cuanto antes de Dios y de Vos en el Cielo, esté siempre dispuesto para la muerte que me hade llevar allá. Amén.
  
Se renuevan los propósitos que se hicieron ayer, y se concluye con la Jaculatoria, la Letanía y la Oración.
      
DÍA TERCERO – 14 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración preparatoria.
   
MEDITACIÓN DEL ARDIENTE DESEO QUE TENÍA LA SANTÍSIMA VIRGEN DE QUE LLEGARA LA HORA DE SU TRÁNSITO
Acercábase ya la hora feliz en que María Santísima había de salir de este valle de lágrimas para ir a gozar de la compañía de su amantísimo Hijo en el Cielo. ¡Con qué ansias deseaba esta Señora tan dichoso momento, y cuán alegre estaba esperando la venida de su dulce Jesús, en cuyos brazos, como en ligeras y suaves alas, debía subir a la gloria! ¡Cuán preparada, pues, estaría para salir de este mundo! Y así, toda unida y ocupada con Dios, todas sus ansias y deseos serian verle cara a cara y poseerle para siempre. Cada momento, cada respiración se encendía más y más en amor de su divino Esposo, y cuanto más crecía la llama de su amor, tanto más vehementes eran los impulsos que sentía de verse libre de los lazos de la carne y volar al seno de su Creador.
    
Considera también, alma mía, el sentimiento de todos los fieles y Apóstoles cuando supieron la cercana muerte de su Señora y Maestra. Cuán grande sería su desconsuelo viendo que perdían de vista a la que amaban como a su tierna y cariñosa Madre, a la que recorrían en sus dudas y con la que se consolaban en los trabajos de su predicación. Considera bien todo esto, alma mía, y arrancando de tu corazón todo afecto y afición a las cosas vanas y perecederas de la tierra, entra en espíritu en la humilde habitación de María Santísima, y mezclando tus sentimientos y afectos con los de los Santos Apóstoles, suplícale humilde te dé su santa bendición, y que te dispensa su favor y amparo desde el Cielo. ¡Ahí Mañana recordamos el glorioso triunfo de María, y celebramos aquel momento feliz en que se le dio la debida recompensa que merecían sus altísimas virtudes! Feliz, pues, el alma que sepa pedir en este día a las puertas de su misericordiosa liberalidad: alcanzará sin duda el remedio de sus necesidades y encontrará el camino de la salvación; porque escrito esta que quien la hallare, hallará la vida y alcanzará salud del Señor (Proverbios VIII, 35).
    
Se meditará, y cada uno puede entretenerse en los afectos que sobre esta materia su devoción le sugiera; después se dirá la siguiente
   
ORACIÓN
¡Oh María, templo sagrado del divino amor! ¿Quién podrá comprender la alegría de vuestro Corazón al ver tan cercana la hora de uniros perpetuamente con vuestro divino Hijo, y los ardentísimos deseos en que os abrasabais de que llegase la hora de que esta unión se consumase? ¡Ah! Madre de mi alma, no es esto para entendimiento humano; porque si, según doctrina de vuestro tierno amante San Bernardo, era necesario un milagro continuo para que no murierais a la fuerza del divino amor en que estuvisteis abrasada desde el primer instante de vuestra Inmaculada Concepción, mucho más necesario fue este milagro en los últimos momentos de vuestra vida. Y naciendo, pues, los deseos que teníais de gozar de Dios de este amor, ¿qué habremos de decir, Madre mía, sino que era necesario un milagro para que la vehemencia de estos deseos no rompiera los lazos que unían vuestra alma con el cuerpo? Adoro, pues, este milagro de la divina Omnipotencia, y entre tanto, Madre mía, permitid que una mis sentimientos con los que tenían los Apóstoles y demás fieles cuando postrados a vuestras plantas soberanas derramaban tiernas lágrimas porque os ausentabais de ellos, y que os diga con todo mi corazón: No me dejéis, Madre mía, solo en este mundo a la merced de mis enemigos. Dadme vuestra santa bendición, y con ella vendrá la paz del Señor a mi alma, y la caridad y gozo del Espíritu Santo. Y de esta manera, desapegado mi corazón de los bienes terrenos, volará en alas de amor a lo alto de la perfección, hasta posarse algún día a vuestras plantas soberanas. Amén.
  
Se renuevan los propósitos que se hicieron ayer, y se concluye con la Jaculatoria, la Letanía y la Oración.

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)