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viernes, 5 de noviembre de 2021

EL PECADO ORIGINAL, LA EVOLUCIÓN Y LA DOCTRINA DE LA IGLESIA

Traducción del artículo publicado por el Dr. Remi Ameluxen en TRADITION IN ACTION.
   
Hay una tendencia general en la “Iglesia” post-conciliar de negar el pecado original, un error que afecta a la vida espiritual de cada católico.
   
El cardenal Alfredo Ottaviani testificó que esa tendencia se estaba ampliamente infiltrando en la teología poco después del concilio. En una carta privada que envió en 1966 a todos los obispos del mundo, él enumeró 10 errores principales que preocupaban a la Iglesia en ese momento. El primero era la negación de la inspiración bíblica y la objetividad histórica de los textos revelados, incluidos los de Génesis sobre el pecado original.
    
El cardenal Ottaviani (1890-1979) es considerado por muchos tradicionalistas como un campeón de la ortodoxia. Fue nombrado cardenal por el Papa Pío XII en 1953 y fue también secretario del Santo Oficio entre 1959-1966. Él fue una de las voces “conservadoras” en el Concilio Vaticano II que señaló varias desviaciones doctrinales en sus documentos. Muy conocida en los ambientes tradicionalistas, es la intervención Ottaviani-Bacci, que mostraba los peligros progresistas de la “Misa del Novus Ordo”.
    
Por desgracia, en 1966, el prefecto del Santo Oficio aceptó el concilio por completo, sin reservas, diciendo en una carta a los obispos que el concilio había promulgado “muy sabios documentos sobre doctrina y disciplina”. También aconsejó a la jerarquía “que luchara con todo ahínco para poner en práctica todo lo que se propuso o decretó solemnemente por esa amplia reunión de obispos [el Concilio Vaticano II] bajo la guía del Espíritu Santo” (cursivas en el original).
    
La carta de Ottaviani a los Obispos les dice que acepten e implementen el Vaticano II.
   
Él continuaba diciendo que los documentos y decretos del concilio tenían que ser “interpretados correctamente”. Por lo tanto, el supuesto “campeón” de la ortodoxia instruyó a todos los prelados a aceptar y poner en práctica aquellas mismas enseñanzas del concilio que aprobó los errores que él antes había criticado en su carta, incluyendo la negación del relato del Génesis sobre el pecado original.
   
Negación del pecado original basada en la evolución
La advertencia de Ottavianni a los obispos acerca de la interpretación errónea de las Escrituras incluye el tercer capítulo del Génesis, es decir, donde se relata la caída del hombre, el pecado original. La negación que el progresismo hace del pecado original está incluida en el rechazo de la misma existencia de Adán y Eva, nuestros primeros padres. Este rechazo se basa en la creencia en la teoría de la evolución del hombre desde las formas inferiores de vida, propuesta por Charles Darwin en su obra de 1859 Sobre el Origen de las Especies. Una traslación de las especulaciones de Darwin a la doctrina católica fue intentada por el filósofo francés Henri Bergson y sus discípulos, los modernistas Edouard Le Roy y el jesuita Pierre Teilhard de Chardin.
    
Le Roy fue incluido en la condenación del modernismo, pero Teilhard escapó de la condenación directa e hizo renacer las mismas tesis en los años 1920 y 1930.
   
La teoría de la evolución se refuta fácilmente por la evidencia científica; muchos científicos prominentes, incluyendo premios Nobel en diversas ramas de la ciencia, la han rechazado [1]. No obstante, continua siendo abrazado y sostenida por los progresistas, a quienes los modernistas pasaron su antorcha.
   
Chardin con el Hombre de Piltdown que él ayudó a “descubrir” (luego demostrado que fue un fraude).
     
El primer efecto desastroso de esa teoría evolucionista aplicada a la doctrina católica es que se supone que Dios creó a un hombre imperfecto. El mal y el derramamiento de sangre que han asolado el mundo a través de los siglos es un factor negativo inherente a la etapa inferior de la evolución del hombre, y tiene poco que ver con la culpa moral. Esto no es lo que enseña la Iglesia.
   
La enseñanza de la Iglesia sobre el pecado original
En el Génesis leemos que después de crear al hombre, “Dios vio todas las cosas que Él había hecho y ellas eran todas muy buenas (1, 31). El hombre fue creado perfecto en su naturaleza y adornado con todos los beneficios sobrenaturales de la gracia divina. Esto es lo que la Iglesia llama el estado de inocencia o natura integra [el estado de la naturaleza sin defectos].
   
En el jardín del edén, un verdadero paraíso, nuestros primeros padres, Adán y Eva fueron sometidos a una prueba. Dios les dio a elegir entre el bien y el mal; ellos eligieron el mal y perdieron la gloriosa participación en la gracia divina y su estado de justicia original. El hombre se hizo propenso al error en su inteligencia, al mal en su voluntad y sujeto al desorden de sus pasiones; su cuerpo quedó sometido a las enfermedades y a la muerte (Génesis 3, 1-3; 14-20).
    
Miniatura del relato del Génesis.
    
Este pecado original de los primeros padres fue heredado por toda la posteridad de Adán por descendencia (a excepción de la Santísima Virgen María). La culpa de Adán se transmite a través de la herencia por línea de sangre. Para rescatar a la humanidad de esta culpa hereditaria, Cristo tomó carne humana, nació de la Virgen María, y fue crucificado en el Calvario y murió para alcanzar la redención de la humanidad. San Pablo habla de esto en el capítulo 5 de la epístola a los romanos.
   
El sacramento del bautismo nos restaura a la participación de la gracia divina por los méritos de la Redención de Jesucristo.
   
Esta ha sido la enseñanza constante de la Iglesia sobre el pecado original hasta el Concilio Vaticano II [2].
   
Fue la herejía de Pelagio, en el 415, que afirmó que el pecado original no se trasmitía de padre a hijo. Por su herejía, Pelagio fue excomulgado. Después de la condena de esa herejía, la transmisión del pecado original fue reafirmada en el Concilio de Trento el 17 de junio de 1546, así como por otros concilios de la Iglesia y por innumerables doctores, incluyendo a Santo Tomás de Aquino.
   
El rechazo del relato del Génesis se basa en la evolución
¿Qué razón hay para rechazar la creación del hombre en el Génesis?
   
Como se señaló anteriormente, esta denegación se basa en la arbitraria teoría de la evolución, una teoría que nunca ha sido probada.
   
A pesar de carecer de pruebas científicas sólidas, vemos que la teoría de la evolución se enseña como un hecho en nuestras escuelas desde la primaria hasta los niveles universitarios. Y lo que es más devastador para la fe, es que muchos profesores de seminarios “católicos” aseguran a sus alumnos que esta teoría, contraria a la realidad de los hechos, está demostrada.
   
El rechazo de la Sagrada Escritura y el magisterio sobre el creacionismo es una negación de las verdades contenidas en el Génesis. San Pío X, a través de la Comisión Bíblica, emitió una enérgica condena de esta herejía modernista, prohibiendo cualquier otra interpretación que no sea literal a la que aparece en los capítulos del Génesis [3].
   
Esta censura, junto con muchas otras, envió a los modernistas a refugiarse en los subterráneos por unas pocas décadas. Pero, poco después, los progresistas alegaron a favor de la posibilidad de una interpretación “científica” de los primeros capítulos del Génesis [4]. Después del concilio, los progresistas ―ahora con el apoyo del Vaticano que promueve la apertura al mundo moderno― comenzaron a promover y enseñar abiertamente las teorías evolucionistas.
   
Este gran énfasis en la evolución representa la virtual destrucción del catolicismo. Porque, si Adán y Eva no existieron, no existe tal cosa como el pecado original. Si se rechaza el dogma del pecado original, no habría necesidad de ser redimido de él. Si no hay necesidad de un Redentor, entonces no hay necesidad de que Nuestro Señor Jesucristo se haya hecho hombre y muerto en la cruz por nuestros pecados. De ello se desprende como consecuencia de que no hay necesidad de los sacramentos, que son una forma de distribuir las gracias de la redención. Además, en la misa no habría sacrificio, y sería suficiente la cena conmemorativa de los protestantes [5].
    
Además, si se niega el dogma del pecado original, automáticamente se rechaza el dogma de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, es decir, que Ella fue concebida sin pecado original. En 1854, el Papa Pío IX proclamó solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción y, cuatro años después, en 1858, Nuestra Señora dijo a Santa Bernardita Soubirous en Lourdes: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.
    
Negar el pecado original implica el rechazo del dogma de la Inmaculada Concepción.
   
En resumen, al seguir la moderna moda de la evolución, el progresismo arrasa con los siguientes dogmas: la infalibilidad de la Biblia en cuanto revelada por Dios, el pecado original, la Redención de Jesucristo, el valor del bautismo y los demás sacramentos, y la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora.
   
La herejía de Pelagio ha vuelto en nuestros días, mucho peor de lo que fue en el pasado. Los cánones de los concilios y los decretos papales han sido despreciados por los “teólogos” progresistas. Sin dudarlo, ellos niegan el pecado original y no tienen miedo a que sean expulsados de los seminarios “católicos”, donde ellos siguen enseñando que la evolución es un hecho y que no existe el pecado original. Estos clérigos no son pastores, sino lobos, que causan la pérdida de las almas inmortales.
   
Todavía queda por analizar la gran influencia de las tesis de Teilhard de Chardin, incluso en los cardenales, como el cardenal Pell de Australia, y los “papas”, como Benedicto XVI. Este será el tema del próximo artículo.
   
NOTAS
[1] Gerard Keane, Creation Rediscovered, Doncaster, Australia, Credis Pty Ltd., 1991, págs. 41, 79, 81, 101, 115, 123, 151.
[2] Esto se muestra en The Fundamentals of Catholic Dogma por el P. Ludwig Ott, y repite la enseñanza en Concilio de Trento, Decreto sobre el pecado original, sesión V, de 1546 que sigue las decisiones de los Sínodos de Cartago y de Orange, San Luis: Herder Book Co, 1960, 4.ª ed., pág. 108. Ver también el capítulo IV, 3 en Atila S. Guimarães, Ánimus Injuriándi II, pág. 212-213.
[3] Guimarães, Ánimus Injuriándi II, págs. 214-215, nota al pie 42.
[4] Como se ve en Ánimus Injuriándi II, ibid.
[5] P. John W. Flanagan, Introduction to A Periscope on Teilhard de Chardin.

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