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ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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martes, 6 de abril de 2010

WILLIAMSON, EL "HOLOCAUSTO" Y LOS DERECHOS DE LA VERDAD

Agradezco a Juan Carlos Monedero (h) el haberme enviado este artículo para publicarlo aquí (sin añadir ni quitar nada), luego de cumplir el voto de silencio por el Triduo Pascual.



Williamson, el Holocausto y los derechos de la Verdad

La Cuaresma está iniciada cuando escribimos estas páginas, y al tiempo que entramos en la Semana Santa, casi sin pena ni gloria, se cumple un año del desenlace del caso Williamson. Sin embargo, por diferentes que puedan parecer, estos dos temas –el caso de obispo y el tiempo litúrgico– se encuentran íntimamente entrelazados. Lo discutido y lo implicado en aquella polémica excede con creces la figura del pastor, razón por la cual creemos que es una oportunidad para plantear algunas cuestiones al respecto.

Momento para reflexionar en torno al Holocausto, lo cual no constituye —como cualquier observador imparcial sabe— única ni principalmente un debate histórico; oportunidad de desarticular el léxico político manejado hoy día, el cual, haciendo uso de la falsa ecuación antisemitismo=exterminio, pretende perturbarlo todo sin hacernos razonar demasiado. Ocasión, además, para una seria revisión de nuestro pensamiento en esta materia, en una época displicente, que se vanagloria de sostener que todo está sujeto a crítica.

Aunque pareciera que no todo. Queda abierta la puerta para preguntarse, y preguntarles a los transgresores, a los que demuelen tabúes, por qué existe uno que todavía no se atreven siquiera a rozar. De estos audaces pudo decir Nicolás Gómez Dávila que encarnaban el siguiente prototipo: “El inmoralista de este siglo crapuloso, es el asaltante heroico de una fortaleza sin defensores”.

No estará de más reflexionar acerca de la calculada indignación del mundo judío y sus innumerables voceros, que descubrió dos meses después de la entrevista de Mons. Richard Williamson que se ofendía la memoria de las invocadas víctimas.

La polémica en torno al Holocausto está conectada con una cuestión de legitimidad para las potencias aliadas, vencedoras de la Segunda Guerra Mundial; al decir esto, invariablemente entramos en el terreno político. Porque la mentalidad del hombre común –y no tan común– es insufriblemente maniquea. Allá los malos, aquí los buenos. Y si repiten su versión hasta el hartazgo, haciendo creer al mundo que son los buenos, automáticamente –por simple mecanismo psicológico– “los otros” quedan en el bando reprobado.

En la vereda de enfrente, Ian J. Kagedan lo confirma indirectamente cuando dice:

“El recuerdo del Holocausto es el elemento principal del Nuevo Orden Mundial”. (1)

El caso Williamson mostró, una vez más, cómo opera la guerra semántica: ambigüedades, imprecisiones e inexactitudes respecto de los términos políticos –y también religiosos– fueron utilizadas como estrategia capital de confusión. Resulta lamentablemente infructífero el esfuerzo de las autoridades católicas de tomar distancia respecto al Nacionalsocialismo en la discusión con sus acusadores judíos y no judíos, pues no se puede discutir razonablemente con quienes son impermeables a razones. No interesándoles distinguir ni discriminar con justicia, no hay argumento que valga.

Debe decirse que todo el montaje mediático en torno a lo sucedido –pero también en cualquier tema relacionado con los vencidos en la II Guerra– gira alrededor de una formidable petición de principio: “la realidad del Holocausto es indiscutible porque nos consta la perversidad intrínseca del Nacionalsocialismo; y la perversidad intrínseca del Nacionalsocialismo es indiscutible porque nos consta la realidad del Holocausto”. De modo que el fundamento de aquel amarillismo y obsesión periodística puede ser calificado, sin escrúpulos, como un inmenso sofisma.

“Islandia no existe, porque sólo la vieron unos marineros estúpidos; y los marineros son estúpidos sólo porque vieron Islandia”, clamaba Chesterton desde las páginas de Ortodoxia, reemplazando Islandia por lo sobrenatural. Y explicaba cómo, haciendo uso de este razonamiento circular, los materialistas cierran el camino de sus inteligencias hacia lo que está por encima del hombre. En ninguno de los dos casos, algo se prueba mediante este recurso. El carácter indiscutible de estas convicciones es producto, exclusivamente, de la fuerza de la rutina y el acostumbramiento mediático.

Afirmamos, entonces, que se presenta una oportunidad importante para reflexionar, además, sobre la Filosofía, discurriendo respecto del significado de las palabras. En el nombre de la rosa, está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo, decía Borges en El Gólem. Pues bien, quien mire con atención el caso Williamson y sus implicaciones, advertirá de golpe la falsedad del nominalismo; porque tan importante es para los judíos la palabra Holocausto, que no están dispuestos a retroceder ante nada con tal que ella —y sólo ella— se mantenga incólume en su uso y significación.

¿No era que todas nuestras discusiones eran sólo palabras y no cosas? ¿Se advierte que no es indiferente el uso de determinados términos? ¿Se comprende, entonces, cuánta razón le asistía a San Atanasio al mantener firmemente el vocablo que hacía patente la divinidad de Cristo en el Credo? ¿Se ve qué importancia tiene expresarse mediante una correcta y clara semántica? ¿Se descubre el peligro de usar términos ideologizados para significar cosas buenas? ¿Se comprende que elegir correctamente las palabras no comporta un ridículo detallismo ni purismo sino una preocupación por evitar las confusiones? Evidentemente, a partir de 1945, la palabra “holocausto” adquiere un carácter indiscutible e intocable.

Indudablemente se plantea, como dijimos al inicio, toda una cuestión respecto de la libertad y de la crítica. La palabra libertad —ya deformada y convertida en un absoluto— parece encontrar ciertas limitaciones que sus mismos adoradores no hubiesen sospechado. Sin embargo, lo que habilita a criticar y a juzgar el Holocausto no es la libertad de expresión, sino los derechos de la Verdad.

No sería equivocado reflexionar, en plena Cuaresma, sobre la responsabilidad ineludible de Pilatos, que dándole la espalda a la Verdad, termina yendo a buscar la norma de su conducta en la turba mayoritaria. La quintaesencia de la soberanía popular, como reconoce el mismísimo Kelsen en la última página de su Esencia y valor de la democracia, citando precisamente el ejemplo del Viernes Santo. No, Pilatos, tus manos no estaban limpias aquella mañana. Como tampoco la de aquellos que aceptan la ley de la mayoría y pretenden desentenderse de sus efectos. Pilatos, tú no creías en la Verdad, y le diste la espalda cuando Ella se proclamó delante tuyo. Y la Verdad no insistió. “¡Temed a la verdad que se retira!”, grita Castellani en San Agustín y Nosotros.

El último enfoque del tema no puede ser sino sobrenatural. El misterio de la concurrencia de la sobrenaturaleza y la naturaleza queda patente en el caso Williamson. La Iglesia de Cristo goza de la promesa de su Divino Redentor y al mismo tiempo está conformada por unos miserables que somos nosotros. La Iglesia de Cristo, con sus luces y con sus sombras, con el pudor a la contradicción de sus mejores figuras y con el temor mundano de sus autoridades ante el poder judío; la Iglesia de Cristo, con su impecable doctrina en sus mejores teólogos y con sus defecciones diplomáticas y doctrinarias en los otros. Ésa, sí. A esa Iglesia amamos y queremos servir. Y por amor a Ella nos atrevemos a decirle estas cosas. Ni desesperanza ni derrotismo. Creemos firmemente en que las puertas del Infierno no prevalecerán. Cree más en Ella quien acepta y admite las defecciones de sus autoridades, manteniendo con todo su carácter sobrenatural, que quienes niegan sus errores, como si la verdad de nuestra fe dependiera de la bondad moral de la jerarquía. Practica mejor la obediencia quien sabe distinguirla de la obsecuencia.

Así, el caso Williamson se vuelve ocasión para reflexionar sobre la Humildad. La humildad es la verdad, y quien no entiende esto, anda en la mentira. Pues bien, ¿Qué es la verdad? Dice Castellani que con las mismas palabras con que se escribe esta pregunta, pero en latín, puede formarse esta otra oración: Est vir qui adest. «Es el varón que tienes delante», pudo haberle dicho Cristo a Pilatos.

Tenían a la verdad delante. Tenían a infinitos periodistas, hombres de negocios, cancilleres, jefes de gobierno, políticos, los más altas autoridades de la Iglesia, movilizándose a su gusto, acaso como un niño caprichoso que –sabedor de la debilidad de su familia– hace y deshace, exige y sube la apuesta, convencido de que maneja los hilos de la tiranía que danza y baila a su son. Entonces, ocurre toda esta movilización inaudita y ¿nadie sospecha nada? ¿Nadie olfatea nada? ¿Nadie se sorprendió de ver cómo la jerarquía católica volvíase de repente poseedora de una semántica unívoca, reacia a sucesivas interpretaciones? ¿Acaso no hubo escándalo cuando las autoridades, portavoces de la nueva enseñanza teológica, afirmaron que “quien niega la Shoah no conoce el misterio de Dios ni de la Cruz de Cristo”?

Nos quieren imponer que el Credo de Nicea se ha ampliado hasta reconocer en el orden de la fe sucesos que, de haber ocurrido, tuvieron lugar en pleno siglo XX. ¡Qué equivocados los mejores teólogos cuando enseñaron que la Revelación estaba cerrada con la muerte del apóstol Juan, autor del Prólogo del Verbo Increado, allá a fines del siglo primero! Apostaríamos que nadie puede explicar el nexo entre la Cruz y el Holocausto sin hacer uso de la picana intelectual.

Por lo dicho, es el momento de reflexionar sobre los límites de la autoridad. Ocasión para entender que algo es ley –o debería serlo– porque es bueno, y no es bueno porque es ley. Y ocasión, sobre todo, para desenmascarar la hipócrita utilización del argumento de “obediencia al Papa”, el cual en boca de algunos parece significar el rechazo y obstaculización del Summorum Pontificum de Benedicto XVI, la omisión de la fórmula de la consagración por muchos y la perturbación de la conciencia de los fieles que desean comulgar de rodillas.

Viene a cuento recordar cómo el mundo católico en las garras del progresismo puso el grito en el cielo ante la sola posibilidad de que la Fraternidad San Pío X quedara “incorporada” a la Iglesia. Leonardo Boff se expresó en estos términos: “Esta decisión del Papa me parece despreciable” (2). Hans Küng, afirmó que el Papa “ha cometido un error colosal acogiendo a los cuatro obispos que dieron la espalda al segundo Concilio Vaticano…” (3). Estos son los rebeldes contra el Papa: pseudo teólogos, falsos profetas, realmente. Hasta el mismísimo rabino Yehuda Levin, cabeza de 800 rabinos ortodoxos, declaró contra “el movimiento izquierdista disidente en la Iglesia Católica”, el cual “ha debilitado severamente las enseñanzas morales católicas sobre la vida y la familia durante los últimos cuarenta años”.

Y por eso dijo: “¿Qué está haciendo el Papa? Está intentando traer de regreso a los tradicionalistas porque tienen muchas cosas muy importantes para contribuir para el bien del catolicismo” (4). Hasta el rabino se da cuenta del daño que el progresismo le hace a la Iglesia, en particular lo relacionado con la cultura de la vida.

En el medio de tantas cosas sucedidas, en el medio de tal cruce de caminos, es un deber no añadir más confusión a la ya existente, porque de toda palabra ociosa deberemos dar cuenta en el Último Día. Y por eso publicamos estas líneas, esperando no escandalizar a quienes aman sinceramente a la Iglesia, con el deseo de deshacer la confusión en que los fieles nos hallamos.

¿Se advierte aquí efectivamente se juega la teología? ¿Acaso el Holocausto podría ser una nueva verdad —intocable— de la fe?: 

“Pero aún cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema! Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema!” (5).

El caso Williamson, además, desafía nuestra comprensión de la Iglesia y de Cristo, por lo que se convierte en una ocasión para profundizar más acabadamente la naturaleza de la Iglesia, divina y humana a la vez, como su Redentor. Esta es nuestra fe. Creemos que Cristo se ha inmolado por muchos y que el requisito para ir al cielo es la santidad, a la que accedemos por la Gracia. Y esto porque admitir que Dios puede hacerse verdadero hombre, implica admitir la naturaleza humana y visible de su Cuerpo Místico, la Iglesia, lo mismo que sus limitaciones, imperfecciones, por desconcertantes que fuesen.

Es más perfecto el amor que ve los defectos que el que no los ve. El primero es un amor lúcido: ama a pesar de lo que ve. El segundo, negándose a admitir las limitaciones de aquello que ama, es notoriamente distinto. Aquí la tensión interior se vuelve dramática, resplandece la virtud de la fe: “«El objeto de la fe es la paradoja» (…) La fe es lo más fácil y lo más difícil que hay. También es lo más claro y lo más oscuro; y así todos los místicos hablan de «la luz de la Fe», y de «la noche oscura de la Fe» (…) Así, el fiel tiene que mantener todas las paradojas de la fe, que crean en él una tensión que a veces lo crucifica. Sin a veces. Siempre lo crucifica, cuando la fe ha ingresado de veras en la vida. (…) Interminable crucifixión interna, Crux intellectus”.

Nuestro amor debe ser lúcido, y así será superior, sin eludir las tremendas pruebas que supone el sacrificio de lo más alto que posee el hombre –el entendimiento– cuando movido por la fe es llamado a postrarlo ante una luz que no puede ser colmada. Castellani nos advierte entonces que “Cuando la fe toca el intelecto, se produce la lucha y la oscuridad…” (6).

Concluyamos hacia el punto principal.

Fue nuestro querido maestro, Antonio Caponnetto, el que desde valientes y esclarecedoras páginas puso el núcleo de la cuestión sobre el tapete (7), al señalar que la palabra Holocausto buscaba ser, en la teología judaica, atribuida exclusivamente al pueblo hebreo, de tal manera que su aceptación implicaba que Cristo ya no fuese el único y verdadero Holocausto:

“Según esta teología, Israel, no Cristo, es el Cordero Inmolado. Perseguido durante siglos y ofreciéndose en sacrificio permanentemente, alcanza el punto culminante de su ofrenda cuando muere masivamente bajo las tropelías del Tercer Reich. Tropelías antisemitas que, en esta cosmovisión mesiánica del Israel carnal, no tendrían sino como fundamento último las mismas enseñanzas católicas que durante siglos y siglos habrían predicado la culpabilidad hebrea en la muerte de Cristo. Al nazismo se llega por culpa del cristianismo; y bajo el nazismo la oblación mesiánica de Israel alcanza su punto culminante”.

¿Advertimos que la aceptación de esta falsa teología por parte de los católicos abre el camino para la deformación de toda la historia de la salvación?

Lo que se busca es —arguyendo una inexistente continuidad entre nazismo y catolicismo— quitar de las espaldas de los judíos el adjetivo de deicidas, disfrazando su injusta agresión contra la Iglesia con el ropaje de una legítima defensa.

El lugar de la Víctima pasa a ser ocupado por los victimarios.

Deliberadamente, se omite discutir la cuestión judía a la luz de la mejor teología católica, para reducirla a cuestiones políticas, raciales y aún mundanas, desfigurando y confundiendo las nociones que permitirían resolverla, e impidiendo un honesto acercamiento al tema.

Pero hay algo que nadie puede cambiar, y es lo que se desprende de las Sagradas Escrituras:

“Bien sé que sois la posteridad de Abrahán, y sin embargo, tratáis de matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros” (Jn. VIII, 37); “Sin embargo, ahora tratáis de matarme a Mí, hombre que os he dicho la verdad que aprendí de Dios” (Jn. VIII, 40); “Vosotros sois hijos del diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él fue homicida desde el principio…” (Jn. VIII, 44); “Entonces tomaron piedras para arrojarlas sobre Él” (Jn. VIII, 59); “De nuevo los judíos recogieron piedras para lapidarlo” (Jn. X, 31); “Desde aquel día tomaron la resolución de hacerlo morir” (Jn. XI, 53); “¡La sangre de Él, sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mt. XXVII, 25); “Tenga, pues, por cierto toda la casa de Israel que Dios le ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hc. II, 36); “Vosotros negasteis al Santo y al Justo y pedisteis que se os hiciera gracia de un homicida. Pero matasteis al autor de la vida…” (Hc. II, 14-15).

Si los judíos no son deicidas, Cristo y la Biblia han mentido.

* * *

“¿Qué hemos de hacer, hermanos?” preguntaron los judíos afligidos, luego de escuchar al vigoroso Cefas. “Pedro les contestó: Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hc. II, 38).

Si los judíos no necesitan convertirse, Cristo está de más. Y si Cristo está de más, la Iglesia misma no es divina. Vana es nuestra fe.

“Cuando descubrimos que no podemos huir de Tí, huimos hacia Ti”. Vayamos corriendo a abrirle a la puerta al Señor en esta Cuaresma, sin responder mañana le abriremos, sino yendo derechamente a la Verdad, si acaso la hemos visto. El Cardenal Pie ponía en boca de un Cristo triste las siguientes palabras: “Si queréis venir a mí oblicuamente, yo también iré oblicuamente a vosotros”.

No vayamos a Nuestro Señor de costado, zigzagueando; no vayamos al Verbo con palabras anfibológicas; no vayamos al Crucificado sin asumir la realidad de la Cruz, las presentes y las futuras, las propias y ajenas.

“Si el mundo no te persigue, señal que el infierno no te teme”. Monseñor Williamson fue perseguido por las verdades que dijo. No convirtamos los signos de aprobación en signos de reprobación; sería tanto como decir Cristo expulsó a los demonios por el poder del Príncipe de los demonios. Que nuestra palabra se convierta en luz para los que buscan la verdad y en cólera para los que la niegan con empecinamiento. Y que nuestras oraciones sean para todos, porque también es un precepto el amor a los enemigos.

Muy cercanos al Viernes Santo, pedimos, rogamos, imploramos por la conversión de los judíos, para que —rechazando la más injusta sentencia dictada por tribunal humano alguno, tal como los hermanos Lehman— vuelvan sus corazones, sus inteligencias y voluntades a la Verdad, la única excomulgada, y reconozcan a Jesucristo como el Mesías, Salvador del Mundo, incorporándose a las filas de su Santa Milicia.


Juan Carlos Monedero (h)

27 de marzo de 2010


NOTAS

(1) Ian J. Kagedan, Director de Relaciones Gubernamentales de la B´nai B´rith de Canadá, Toronto Star, 26.11.1991.

(2) http://infocatolica.com/blog/meradefensa.php/leonardo_boff_desprecia_lo_que_hace_el_p

(3) http://www.webislam.com/?idt=12208

(4) http://sacristanserrano.blogspot.com/2009/02/imperdible-el-rabino-lefebvrista.html

(5) Carta a los Gálatas 1, 8-9.

(6) Las ideas de mi Tío el Cura, Padre Leonardo Castellani, Editorial Excalibur, Buenos Aires, 1984, págs. 224-225. Ideal comunista o ideal cristiano, capítulo 11: “Las paradojas de la fe”.

(7) Cfr. El juramento antinegacionista, Antonio Caponnetto, http://revistacabildo.blogspot.com/2009/03/caso-williamson.html

2 comentarios:

  1. Joachim von Ribbentrop6 de abril de 2010, 15:00

    Tötet die juden. Wir können nicht stillstehen bis sie alle tot sind!

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  2. Joachim von Ribbentrop, sie sind das, was sagte.

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