A los participantes de la 15.ª peregrinación “Summórum Pontíficum” les fue negada manu militári la entrada a la Basílica de San Pedro el día de hoy.
En llegando los más de mil participantes, provenientes de las filas de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro, el Instituto del Buen Pastor, el Instituto Cristo Rey y Sumo Sacerdote, los Ca comités “Summórum Pontíficum” y otros movimientos tradimodernistas, los guardias vaticanos los detuvieron con una barricada de contrachapado en el obelisco de la plaza de San Pedro, negándoles la entrada al recinto.
Lejos de sacudirse el polvo y enseñarles el dedo del medio, mostraron una lealtad masoquista al hombre que ellos creen es su “Santo Padre” cantando allí el Credo, el himno “Christus vincit”, y tras recibir la bendición, partieron a Santa María la Mayor, donde a última hora les prohibieron la Misa pontifical programada en el altar mayor cambiándola por una ídem prelaticia (la Misa rezada de los obispos) dentro del perentorio espacio de una hora por el “obispón volante” Atanasio Antonio Schneider Trautmann ORC, auxiliar de la inexistente archidiócesis de María Santísima de Astaná (Kazajistán), sin fotografía oficial (¿será para no perturbar al cadáver de Bergoglio enterrado allí? «Yo diría que sí, Kent»).
El día anterior, Christian Marquant, presidente de la organización francesa “Paix Liturgique”, dijo en un evento en el Augustinianum de Roma que el veto emitido por la Secretaría de Estado el 7 de Agosto fue porque León XIV Riggitano-Prévost caracterizó el rito roncalliano como “instrumentalizado” en la audiencia que le concedió a Schneider el pasado Diciembre.
Irónicamente, el reciente documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe del Vaticano “Veníte ad Me” sobre la transmisión de la fe sin la Fe tiene esta parrafada en el número 94 (negrillas fuera del texto):
«Se deberá prestar especial atención, en cada diócesis, para permitir a los fieles y quienes se acercan o vuelven a acercarse a la comunidad de creyentes entrar en contacto con las diversas sensibilidades litúrgicas presentes en la tradición de la Iglesia católica. Respetando las normas litúrgicas vigentes, los pastores están llamados a poner en valor la riqueza del patrimonio litúrgico católico —pensemos, por ejemplo, en la variedad de estilos musicales que lo caracterizan— de tal manera que puedan entrar en contacto con las diversas sensibilidades de sus contemporáneos. Además, deberá prestarse una atención específica a un acompañamiento capaz de bendecir las etapas más destacadas de la vida humana. En Occidente, sobre todo, se está produciendo una pérdida progresiva de la memoria colectiva de los ritos y las prácticas rituales, en favor de un individualismo muy radical, pero esto no suprime la necesidad antropológica de la ritualidad, a la que el ser humano siempre ha sabido responder de diversas maneras. La comunidad cristiana crece y se edifica a través de las prácticas rituales, y el rico patrimonio espiritual de la Iglesia representa, en este sentido, un recurso precioso e inagotable».
Que, para ellos, no fue más que puro papel mojado.


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