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sábado, 24 de enero de 2026

«TIMOTEO, GUARDA EL DEPÓSITO»: ADVERTENCIA PAULINA CONTRA LOS NOVADORES DOCTRINALES DE AYER (Y SOBRE TODO, LOS DE HOY)

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
   
San Pablo consagra obispo a San Timoteo (Fresco de Ludwig Glötzle en la catedral de San Ruperto de Salzburgo, Austria).
   
1. ¿Quién es Timoteo?
Timoteo, originario de Listra en Licaonia, de padre pagano y madre judía, instruido en las Escrituras, fue uno de los que San Pablo convirtió a Cristo durante su primera gran misión. El Apóstol lo eligió como su compañero de predicación (lo tuvo junto a sí aun durante la primera prisión romana) y, conferido el episcopado, le confió la Iglesia de Éfeso, que gobernó hasta el tiempo de Domiciano cuando fue lapidado en odio a la fe. La Iglesia Romana lo festeja el 24 de enero con el doble título de obispo y mártir. Sus restos están conservados en la catedral de Térmoli en la región de Molise (Italia). A él se dirigen dos cartas del epistolario paulino. La primera, escrita alrededor del año 65 en Laodicea, concluye con la siguiente advertencia de San Pablo: «¡Oh Timoteo!, guarda el depósito de la fe que te he entregado, evitando las novedades profanas en las expresiones o voces, y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal; ciencia vana que profesándola algunos, vinieron a perder la fe» (1.ª Tim. VI, 20-21).

2. ¿Cuál es el «depósito» que Timoteo debe conservar?
Así responde San Vicente de Lérins († 450): «¿Qué es el depósito? Es lo que te fue confiado, no lo que tú inventaste; lo que has recibido, no lo que has inventado; lo que no depende del ingenio sino de la doctrina; no de una apropiación privada, sino de la pública tradición; algo que ha llegado hasta ti, no que has producido; en lo cual no debes ser autor, sino guarda; no fundador, sino seguidor; no guía, sino imitador. Guarda, dice, el depósito. Conserva inviolado e intacto el talento de la fe católica. Lo que te fue confiado, consérvalo junto a ti, y sea por ti transmitido. Recibiste oro, transmite oro» (Conmonitorio, cap. XVII).

Santo Tomás de Aquino († 1274) agrega: «El depósito del hombre es todo bien que cada uno posee y que le fue confiado por Dios para que lo conserve y lo multiplique. Refiérese en particular a los prelados, que han recibido en depósito el cuidado del prójimo y de los fieles (Juan: “Apacienta mis ovejas”). Debe evitar los males que contaminan la fe. Como un príncipe seglar es puesto como custodio de la unidad del reino, así, el espiritual para la unidad espiritual. La paz del reino consiste en la justicia, mas la unidad de la Iglesia está en la fe; por eso lo amonesta principalmente a custodiar la fe» (Comentario sobre 1.ª Tim. VI, l. 4).

3. ¿Qué son «las novedades profanas en las expresiones o voces, y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal» que se deben evitar?
Santo Tomás de Aquino († 1274) responde: «La fe puede ser corrompida por la falacia. Esta puede nacer de las palabras o de los hechos. Por eso dice: “evitando las novedades profanas en las expresiones o voces”. Se tiene novedad cuando se introduce algo contra la fe. Así hizo Nestorio cuando usó el término Cristótocos (madre de Cristo) para negar que María fuese Madre de Dios (Teótocos). Otras veces, la fe es corrompida por razonamientos sofistas. Por eso dice: “y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal”, porque no es verdadera ciencia, sino aparente. La ciencia, por su naturaleza, considera solo las cosas verdaderas. Es imposible que la verdad sea contraria a la verdad; por tanto es imposible que lo que repugna a la verdad divina (que es la suma verdad) sea verdad» (Ibid.).

Para profundizar estos conceptos, es de mucha instrucción también un texto escrito por el gran exegeta antimodernista Mons. Francesco Spadafora († 1997).

lunes, 18 de noviembre de 2019

RECIBIR NOVEDADES PROFANA ES COSTUMBRE DE HEREJES

  
«Pero volvamos a la exhortación del Apóstol: “¡Oh Timoteo guarda el depósito, evitando las novedades profanas en las expresiones”. Evítalos, le dice, como se hace con una víbora, con un escorpión, con un basilisco, para que no solamente el contacto, pero ni siquiera su vista y su aliento te hieran.

Ahora bien: ¿qué significa evitar? “Con gente así no debéis ni tomar bocado” (1Co 5,11). Y también: “Si viene alguno a vosotros, y no trae esta doctrina -¿y qué doctrina, sino la católica universal, que permanece siendo única e idéntica a través de los siglos, en una incorrupta tradición de verdad, y que permanecerá así siempre?- no le recibáis en casa, ni le saludéis. Porque quien le saluda participa en sus acciones perversas” (2Jn 10-11).
   
El Apóstol nos hablaba de novedades profanas en las expresiones. Ahora bien, profano es lo que no tiene nada de sagrado ni religioso, y es totalmente extraño al santuario de la Iglesia, templo de Dios. Las novedades profanas en las expresiones son, pues, las novedades concernientes a los dogmas, cosas y opiniones en contraste con la tradición y la antigüedad; su aceptación implicaría necesariamente la violación poco menos que total de la fe de los Santos Padres. Llevaría necesariamente a decir que todos los fieles de todos los tiempos, todos los santos, los castos, los continentes, las vírgenes, todos los clérigos, los levitas y los obispos, los millares de confesores, los ejércitos de mártires, un número tan grande de ciudades y de pueblos, de islas y provincias, de reyes, de gentes, de reinos y de naciones, en una palabra, el mundo entero incorporado a Cristo Cabeza mediante la fe católica, durante un gran número de siglos ha ignorado, errado, blasfemado, sin saber lo que debía creer. Evita, pues, las novedades profanas en las expresiones, ya que recibirlas y seguirlas no fue nunca costumbre de los católicos, y sí de los herejes.
  
En realidad, ¿qué herejía no ha surgido bajo un nombre en un lugar y en una época determinada? ¿Quién jamás ha fundado una herejía sin separarse antes del acuerdo con la universalidad y la antigüedad de la Iglesia Católica?

Los ejemplos nos muestran esto de manera evidentísima. En efecto, ¿quién nunca, antes del impío Pelagio, tuvo la presunción de atribuir al libre albedrio el poder tan grande de pensar que el auxilio de la gracia no es necesario para cada uno de los actos, para llevar a cabo las buenas obras? ¿Quién, antes de su monstruoso discípulo Celestio, negó que todo el género humano está contaminado por el pecado de Adán?

Antes del sacrílego Arrio, ¿quién tuvo la audacia de rasgar la unidad de la Trinidad o de confundirla, como el pérfido Sabelio? Antes del rigidísimo Novaciano, ¿quién había dicho que Dios era cruel, porque prefería la muerte del agonizante a que se convirtiese y viviese?

¿Quién, antes de Simón Mago, duramente castigado por la reprimenda apostólica (cf. Act 8,9-24) -y de quien proviene la antigua riada de torpezas que, por sucesión ininterrumpida y oculta, ha llegado hasta Prisciliano-, se atrevió a decir que el Dios creador es el autor del mal, es decir, de nuestros delitos, de nuestras impiedades, de nuestros vicios? Este afirma que Dios, con sus propias manos crea la naturaleza humana estructurada de manera que, por movimiento espontaneo y bajo el impulso de una voluntad necesitada, no puede más, no quiere más que pecar. Agitada e incendiada por las furias de todos los vicios, se ve arrastrada con ansia inagotable a los abismos de toda suerte de crímenes.

Ejemplos como éstos los hay para nunca acabar, pero dejémoslos en aras de ser breves. Demuestran a todos con evidencia que la actitud normal y ordinaria de cualquier herejía es gozarse en las novedades profanas y sentir hastío ante los dogmas de la antigüedad, hasta el punto de naufragar en la fe a causa de las discusiones de una falsa ciencia. En cambio, es propio de los católicos custodiar el depósito transmitido por los Santos Padres, condenar las novedades profanas y, como muchas veces repitió el Apóstol, descargar el anatema sobre quien tiene la audacia de anunciar algo diverso de lo que ha sido recibido».

(SAN VICENTE DE LÉRINS, El Conmonitorio, n. 24 “Estar en guardia ante los herejes”).