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sábado, 4 de julio de 2026

EL GENOCIDIO Y EL MEMORICIDIO DE LA VANDEA

Tomado de INFOVATICANA.

  

El historiador francés Reynald Secher, uno de los principales especialistas en las guerras de la Vandea, sostiene que el exterminio llevado a cabo por el régimen jacobino contra la población católica de esta región durante la Revolución Francesa constituye «el primer genocidio moderno» y el antecedente de los grandes totalitarismos de los siglos XIX y XX.

En una entrevista concedida al diario italiano Il Sussidiario, Secher defiende que la represión desencadenada entre 1793 y 1794 no puede interpretarse como una simple guerra civil, sino como un plan deliberado del Estado revolucionario para eliminar a una parte de su propia población por razones ideológicas.

«La libertad o la muerte».
Autor de varios estudios sobre la Vandea, Secher explica que sus investigaciones comenzaron a raíz de Le genocide franco-français: la Vendeé-Vengé (El genocidio franco-francés: La Vandea Vengada), el trabajo desarrollado junto al historiador Jean Meyer, y de la recopilación de documentos oficiales, testimonios y archivos que, a su juicio, revelan la existencia de una cadena de mando perfectamente estructurada desde el Comité de Salvación Pública hasta las tropas encargadas de ejecutar las órdenes sobre el terreno.

Según el historiador, las autoridades revolucionarias consideraban a los habitantes de la Vandea un grupo «irrecuperable» por su fidelidad a la fe católica y a la monarquía, lo que llevó a adoptar una política de exterminio.

«Por primera vez en la historia un Estado soberano intentó conscientemente exterminar a una parte de su propio pueblo, no por lo que había hecho, sino por lo que representaba», afirma Secher.

El historiador considera que la definición de genocidio elaborada por el jurista Raphaël Lemkin —quien acuñó el término tras la Segunda Guerra Mundial— permite comprender jurídicamente lo sucedido en la Vandea.

La Constitución Civil del Clero y el origen de la insurrección
Aunque la leva obligatoria decretada por la Convención Nacional en 1793 suele señalarse como el detonante inmediato de la rebelión, el conflicto tenía raíces más profundas. Desde los primeros años de la Revolución, buena parte de la población de la Vandea había rechazado la Constitución Civil del Clero, aprobada en 1790, que subordinaba la Iglesia al nuevo Estado revolucionario.

La norma obligaba a obispos y sacerdotes a prestar juramento de fidelidad al régimen. Quienes aceptaron ese compromiso fueron conocidos como «sacerdotes juramentados», mientras que quienes permanecieron fieles al Papa fueron apartados de sus parroquias, perseguidos, deportados o ejecutados. En la Vandea, la población continuó respaldando mayoritariamente a estos sacerdotes «refractarios», convirtiendo la defensa de la fe y de la libertad religiosa en uno de los principales motores del levantamiento.

La persecución de la Iglesia, en el centro del conflicto
Para Secher, la dimensión religiosa resulta inseparable de la insurrección vandeana. Aunque recuerda que en otras regiones de Francia existieron levantamientos motivados también por razones políticas o territoriales, sostiene que en la Vandea la defensa de la fe católica y de la libertad religiosa constituyó el núcleo de la resistencia frente al poder revolucionario.

La implantación de la leva obligatoria fue el detonante inmediato de la rebelión, pero el historiador considera que la oposición a la persecución contra la Iglesia y el rechazo de las políticas anticristianas impulsadas por los jacobinos fueron elementos decisivos para explicar la movilización popular.

«Aquí están las raíces de los totalitarismos».
Secher sostiene que el proyecto revolucionario contenía desde sus orígenes una lógica totalitaria.

«Quien pretende crear un hombre nuevo no puede tolerar ninguna forma de desacuerdo con la ideología oficial», afirma, antes de asegurar que el lema revolucionario «la libertad o la muerte» sintetiza esa concepción política.

A su juicio, la voluntad de eliminar a quienes rechazaban el nuevo orden revolucionario convirtió a la Vandea en un precedente histórico de los regímenes totalitarios posteriores.

Un debate aún abierto en Francia
Más de dos siglos después de aquellos acontecimientos, el historiador considera que la Revolución Francesa continúa siendo un tema especialmente sensible en la vida pública francesa.

Aunque reconoce que en las últimas décadas varios investigadores han contribuido a revisar la interpretación tradicional de la guerra de la Vandea, lamenta que los manuales escolares y buena parte de los medios de comunicación sigan presentando aquellos hechos desde una perspectiva que, en su opinión, minimiza la persecución sufrida por la población vandeana.

Secher sostiene además que la fractura cultural surgida durante la Revolución no ha desaparecido por completo y que todavía persiste una confrontación entre quienes reivindican el legado revolucionario y quienes defienden las raíces cristianas de Francia.

lunes, 3 de febrero de 2025

MEMORICIDIO EN MARCHA: AYUNTAMIENTO EN FRANCIA QUIERE LAVAR LA CARA DE LA REVOLUCIÓN


El ayuntamiento extremista de Bouvron (3000 habitantes) en Bretaña quiere cambiar el nombre de la plaza Padre Nicolás Corbillé.
   
El padre Nicolás Corbillé Perio (1755-1794) fue asesinado en Bouvron por delincuentes vinculados a la Revolución Francesa.
   
Nicolás nació el 10 de Mayo de 1755 en en La Capilla de las Marismas (Bretaña), sexto de los siete hijos de Pedro Corbillé y Catalina Perio. Fue bautizado ese mismo día por el padre Felipe Thobye, vicario parroquial. Ordenado sacerdote el 9 de Junio de 1781 por Mons. Juan Agustín Frétat de Sarra, fue nombrado vicario en Bouvron en 1785. Después de negarse a tomar el juramento de la “Constitución Civil del Clero”, llevó a cabo su ministerio en secreto arriesgando su vida, oficiando en las sombras para responder al fervor religioso de la población local.
   
Los soplones lo denunciaron. Fue arrestado por la milicia revolucionaria y fusilado el 17 de Abril de 1794, jueves infraoctava de Pascua  en Bouvron, apoyado contra la pared de la iglesia. Su tortura ilustra la brutalidad del régimen revolucionario y la resistencia de los sacerdotes refractarios que se negaron a someterse a un poder hostil a su fe.

El padre Corbillé fue también el primer alcalde de Bouvron.

La señora Pedrina Couëron, viuda de Antonio Guitton, y su hija María Guitton, que lo habían escondido, fueron arrestadas y murieron poco después en prisión en Nantes. Para expresar su desprecio por la humanidad, los revolucionarios habían llamado a la prisión “Templo de la Humanidad”.

El padre Corbillé fue enterrado en el cementerio que rodeaba la iglesia. Más tarde el cementerio fue trasladado a su ubicación actual y transformado en una plaza. Como el sacerdote fue asesinado allí, la plaza fue nombrada en su honor.

Ahora, por odio a la Iglesia, el ayuntamiento de la ciudad extremista ha decidido eliminar este rastro de la historia, usando el pretexto de la “separación de la Iglesia y el Estado”, a pesar del hecho de que el sacerdote fue víctima de un Estado criminal.
  
La asociación Koun Breizh, que trabaja en defensa de la memoria bretona, , protesta contra lo que considera un intento de borrado histórico. El argumento esgrimido por el ayuntamiento –el laicismo– plantea interrogantes. ¿Deberíamos eliminar ahora todas las referencias a la religión en los espacios públicos? (En Bretaña, muchos nombres de lugares hacen referencia a la religión).
   
Detrás de esta decisión algunos ven un deseo de minimizar las atrocidades de la Revolución Francesa. El padre Corbillé es una de esas víctimas del Terror cuyo recuerdo perturba una cierta visión ideológica de la historia.

martes, 5 de noviembre de 2024

BERGOGLIO VISITA A ABORTISTA EMMA BONINO: «ESTÁ BIEN»

Noticia tomada de GLORIA NEWS.
   

Mientras persigue a los buenos católicos, Francisco Bergoglio ha vuelto a mostrar su preferencia por los representantes del mal.
    
Esta mañana, ni bien acababa de presidir la inauguración del curso académico de la Pontificia Universidad Gregoriana, visitó la casa de Emma Bonino Barge cerca de Campo de las Flores. Bonino, de 76 años, es una activista política italiana extremista y una de las figuras más malvadas de la vida pública italiana desde la Segunda Guerra Mundial.
   
Según el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni, Bergoglio dijo que Bonino “está muy bien”, que es “siempre muy simpática”. En el 2016, Bergoglio se refirió a Bonino como una de «los grandes de Italia de hoy» (sic) porque «ha ofrecido el mejor servicio a Italia para conocer África».
    
Bonino fue dada de alta del hospital del Espíritu Santo el pasado 30 de Octubre tras ser ingresada por dificultades respiratorias.
   
Llamar “asesinos” (Bergoglio) a las criminales que practican abortos y luego visitar a Bonino y darle su apoyo público es pura hipocresía.
    
Ella, que durante la mayor parte de su vida nunca ha pisado una iglesia, aprecia el deseo expreso de Bergoglio de “una iglesia pobre para los pobres”, que está llevando al Vaticano a la bancarrota.
   
En su perversa carrera política, Bonino (conocida como la “Margaret Sanger” italiana) ha promovido el asesinato de bebés no nacidos, la esterilización, la eutanasia, la legalización de las drogas, la expulsión de la Iglesia de la opinión pública italiana y la promoción del régimen de los oligarcas occidentales y, como consecuencia, el debilitamiento de la democracia.
     
Ha asesinado personalmente a bebés no nacidos y nunca se ha arrepentido. En la década de 1970 fue una de las figuras centrales de la campaña para “legalizar” el aborto en Italia, lo que finalmente se consiguió en 1978.
    
En 1975 cofundó el Centro de Información sobre la Esterilización y el Aborto (CISA), que “ayudaba” a las madres que abortaban a sus hijos, lo que violaba la legislación italiana de la época.
    
A lo largo de su carrera, Bonino ha mantenido su postura en defensa del supuesto derecho de las madres a abortar a sus hijos.
  
***
  
CADA CUAL CON SU PAREJA (O LA SORPRESA DEL PAPA) (Por Gianni Toffali, Pensionati Italiani)
  
De sorpresa (pero con un fotógrafo al lado) el martes 5 de Noviembre, el papa Francisco visitó a Emma Bonino, quien había sido recientemente dada de alta del hospital.
   
Poco después de la recepción, la ex líder radical escribió en Instagram: «Con gran sorpresa y llena de emoción, Su Santidad me hizo una agradable visita. Del Papa Francisco siempre emerge el aspecto humano extraordinario».

No debe haber sido fácil para Bergoglio encontrar a una mujer que encarnara exhaustivamente su verdadero pensamiento.

Ideas y conceptos que no siempre coinciden con los escritores fantasmas que generalmente usan los poderosos de la Tierra.

La elección seguramente llegó después de leer el prefacio de una de sus biografías donde la madre de la Ley 194 se define como «Radical ortodoxa y disidente, mujer de las instituciones y desobediente, profunda conocedora y amiga del mundo musulmán, en ella confían las segundas generaciones de inmigrantes y los viejos liberales, los enfermos terminales en busca de una muerte clemente, las niñas que sueñan con escapar de las mutilaciones genitales, las mujeres que quieren decidir si y cuándo procrear y que luego solo piden poder cultivar una planta para fumársela sin santos inquisidores».
   
No pasa un día sin que el hombre que ha venido del fin del mundo se “asombre”
    
La duda de Hamlet: ¿y si el respaldo a la feminista más conocida del mundo, era un paso indirecto de entregas? El nombramiento de la papisa Emma I aceleraría el advenimiento de la religión mundial única descrita en Apocalipsis 17:1-18.
   
No importa que la religión falsa domine a todas «las tribus, naciones y lenguas» de la Tierra (versículo 15), es decir, que tenga autoridad universal, si las Escrituras predican que esto se cumpla en algún momento.

jueves, 2 de mayo de 2024

RUSIA, VÍCTIMA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA


Rusia también, estrictamente hablando, pertenece al grupo de los Estados desgarrados por la revolución. Aquí la revolución aparece arriba desde ese despotismo que pisotea todo derecho por sagrado y solemnemente reconocido, y abajo prepara cada vez más, mediante el avance del nihilismo, el progreso de las sectas entre el pueblo y de la incredulidad entre las clases más altas, las que profesan reverencia. a la iglesia estatal sólo exteriormente, ya que se mantiene en pie gracias a la poderosa mano del zar. Esta iglesia estatal, silenciosa y desprovista de medios de renovación espiritual, tiene un clero en gran parte ignorante y muy pocas obras de teología, en las que utilizó autores protestantes en gran abundancia. Eugenio Bulgaris († 1806), arzobispo de Ekaterinoslav y Quersoneso, ardiente polemista contra los latinos, era griego de nacimiento. El arzobispo Platón II Levshin de Moscú († 1812) se hizo conocido, más que nada, por su Doctrina ortodoxa, una especie de catecismo, en el que se encuentran muchas similitudes con el protestantismo.
   
Card. JOSÉ HERGENRÖTHER HORSCH, Historia universal de la Iglesia, vol. 12: “La Revolución Francesa, la Restauración, y la fragmentación protestante”.

lunes, 17 de julio de 2023

BEATAS MÁRTIRES CARMELITAS DE COMPIÈGNE


Una hermana carmelita, sor Isabel Bautista, monja en el monasterio de Compiègne (Francia), tuvo una vez un sueño en el que, según dijo, se le habían aparecido todas las religiosas de su convento, en el cielo, cubiertas de resplandeciente manto blanco y sosteniendo en las manos una palma, símbolo o señal con que tradicionalmente la Iglesia indica la gloria del martirio.
   
Un siglo más tarde aquélla visión iba a concretarse en realidad. Y posteriormente un decreto de la Iglesia de Roma declaraba mártires con todos los honores de veneración a dieciséis carmelitas del monasterio de Compiègne que habían dado la vida por su fe.
   
El sueño de sor Isabel Bautista se había cumplido. Pero para que se cumpliese hubo necesidad de que el mundo pasara por una situación gravísima. Al siglo XVIII le faltaba una decena de años para terminarse. Francia comenzaba a padecer los primeros síntomas de la Revolución, y las ondas de aquel movimiento ideológico y social, provocado, al principio, por un déficit económico, dieron, al igual que contra otros muchos, contra los muros del convento de Compiègne, donde, desde la fundación en 1641, generaciones sucesivas de religiosas conservaban en santa y piadosa reclusión el espíritu de su regla.
   
La Asamblea Nacional Constituyente había hecho público un decreto por el que se exigía que los religiosos fueran considerados como funcionarios del Estado. Deberían prestar juramento a la Constitución y sus bienes serían confiscados. Era el año 1790. Miembros del Directorio del distrito de Compiègne, cumpliendo órdenes, se presentaron el 4 de agosto de aquel año en el monasterio a hacer inventario de las posesiones de la comunidad. Las monjas tuvieron que dejar sus hábitos y abandonar su casa. Cinco días después, obedeciendo los consejos de las autoridades, firmaron el juramento de Libertad-lgualdad. Los religiosos que se negaban a firmarlo eran deportados.
   
Después fueron separadas. Hicieron cuatro grupos y vivían en distintos domicilios, pero continuaron practicando la oración y entregándose a la penitencia como antes.
   
Era ya 1792. A menudo les venía a la memoria el sueño de sor Isabel. Un día la madre priora, entendiendo el deseo que cada día se hacía más patente en el corazón de sus monjas, les propuso hacer «un acto de consagración por el cual la comunidad se ofreciera en holocausto para aplacar la cólera de Dios y por que la divina paz que su querido Hijo había venido a traer al mundo volviera a la Iglesia y al Estado».
   
Las dos más ancianas rehusaron en el primer momento, horrorizadas por la idea de la muerte en la guillotina, más por el espantoso medio que por el sacrificio en sí. Pocas horas después, sin embargo, acudieron llorando a solicitar el favor de unirse en el ofrecimiento a sus hermanas en religión. La fe y la esperanza las habían ayudado a superar el humano miedo.
   
A partir de entonces, diariamente, renovaron este acto de consagración.
   
La regularidad y el orden de su vida, que reproducía todo lo posible en tales circunstancias la vida y horario conventuales, fueron notados por los jacobinos de la ciudad. En ello encontraron motivo suficiente para denunciarlas al Comité de Salud Pública, cosa que hicieron sin pérdida de tiempo.
   
El régimen del terror estaba oficialmente establecido en Francia y había llegado en aquellos momentos al más alto nivel imaginable. El rey había sido ejecutado y el Tribunal Revolucionario trabajaba sin descanso enviando cientos de ciudadanos sospechosos a la muerte.
   
La denuncia de las carmelitas decía que, pese a la prohibición, seguían viviendo en comunidad, que celebraban reuniones sospechosas y mantenían correspondencia criminal con fanáticos de París.
   
Convenía presentar pruebas, y con ese objeto se efectuó un minucioso registro en los domicilios de los cuatro grupos. El Comité encontró diversos objetos que fueron considerados de gran interés y altamente comprometedores. A saber: cartas de sacerdotes en las que se trataba bien de novenas, de escapularios, bien de dirección espiritual. También se halló un retrato de Luis XVI e imágenes del Sagrado Corazón. Todo ello era suficiente para demostrar la culpabilidad de las monjas. El Comité, pues, redactó un informe en el que explicaba cómo, «considerando que las ciudadanas religiosas, burlando las leyes, vivían en comunidad», que su correspondencia era testimonio de que tramaban en secreto el restablecimiento de la Monarquía y la desaparición de la República, las mandaba detener y encerrar en prisión.
   
El 22 de junio de 1794 eran recluidas en el monasterio de la Visitación, que se había convertido en cárcel. Allí esperaron la decisión final que sobre su suerte tomaría el Comité de Salud Pública asesorado por el Comité local. Entonces acordaron retractarse del juramento prestado antes, «prefiriendo mil veces la muerte mejor que ser culpables de un juramento así». Esta resolución las llenó de serenidad. Cada día aumentaba el peligro, pero ellas se sentían más fuertes. Continuaban dedicadas a orar y, gracias a estar en prisión, podían hacerlo juntas, como cuando estaban en su convento. Ya no se veían obligadas a ocultarse y ello les procuraba un gran alivio.
   
Transcurridos unos días, justamente el 12 de julio, el Comité de Salud Pública dio órdenes para que fueran trasladadas a París. El cumplimiento de tales órdenes fue exigido en términos que no admitían demora. No hubo tiempo para que las hermanas tomaran su ligera colación ni cambiaran su ropa, que estaba mojada porque habían estado lavando. Las hicieron montar en dos carretas de paja y les ataron las manos a la espalda. Escoltadas por un grupo de soldados salieron para la capital. Su destino era la famosa prisión de la Conserjería, antesala de la guillotina. Nadie ayudó a las monjas a descender de los carros al final del viaje. A pesar de sus ligaduras y de la fatiga causada por el incómodo transporte, fueron bajando solas. Una de las hermanas, sin embargo, enferma y octogenaria, Carlota de la Resurrección, impedida por las ataduras y la edad, no sabia cómo llegar al suelo. Los conductores de las carretas, impacientados, la cogieron y la arrojaron violentamente sobre el pavimento. Era una de las religiosas que dos años antes había sentido miedo ante el pensamiento de una muerte en el patíbulo y había dudado antes de ofrecerse en sacrificio. Pero en este momento era ya valiente y, levantándose maltrecha, como pudo, dijo a los que la habían maltratado: «Créanme, no les guardo ningún rencor. Al contrario, les agradezco que no me hayan matado porque, si hubiera muerto, habría perdido la oportunidad de pasar la gloria y la dicha del martirio».
   
Como si nada hubiese ocurrido, en la Conserjería prosiguieron su vida de oración prescrita por la regla. No se dejaban perturbar por los acontecimientos. Testigos dignos de crédito declararon que se las podía oír todos los días, a las dos de la mañana, recitar sus oficios.
   
Su última fiesta fue la del 16 de julio, Nuestra Señora del Monte Carmelo. La celebraron con el mayor entusiasmo, sin que por un instante su comportamiento denotase la menor preocupación. Por la tarde recibieron un aviso para que compareciesen al día siguiente ante el Tribunal Revolucionario. La noticia no les impidió cantar, sobre la música de La Marsellesa, unos versos improvisados en los que expresaban al mismo tiempo fe en su victoria, temor y confianza, y que se conservan en el convento de Compiègne.
   
Ante el Tribunal escucharon cómo el acusador público, Antonio Fouquier-Tinville, las atacaba durísimamente: «Aunque separadas en diferentes casas, formaban conciliábulos contrarrevolucionarios en los que intervenían ellas y otras personas. Vivían bajo la obediencia de una superiora y, en cuanto a sus principios y sus votos, sus cartas y sus escritos son suficiente testimonio».
   
Fueron sometidas a un interrogatorio muy breve y, sin que se llamara a declarar a un solo testigo, el Tribunal condenó a muerte a las dieciséis carmelitas, culpables de organizar reuniones y conciliábulos contrarrevolucionarios, de sostener correspondencia con fanáticos y de guardar escritos que atentaban contra la libertad. Una de las monjas, sor Enriqueta de la Providencia, preguntó al presidente qué entendía por la palabra «fanático» que figuraba en el texto del juicio, y la respuesta fue: «Entiendo por esa palabra su apego a esas creencias pueriles, sus tontas prácticas de religión».
   
Era, sin la menor duda, su amor a Dios, su fidelidad a sus votos y a su religión lo que les había hecho merecer el castigo. Habían ganado heroicamente en la constancia el honroso título de mártires.
   
Una hora después subían en las carretas que las conducirían a la plaza del Trono. En el trayecto la gente las miraba pasar demostrando diversidad de sentimientos, unos las injuriaban, otros las admiraban. Ellas iban tranquilas; todo lo que se movía a su alrededor les era indiferente. Cantaron el Miserére y luego el Salve, Regína. Al pie ya de la guillotina entonaron el Te Deum, canto de acción de gracias, y, terminado éste, el Veni Creátor. Por último, hicieron renovación de sus promesas del bautismo y de sus votos de religión.
   
Una joven novicia, sor Constanza, se arrodilló delante de la priora, con la naturalidad con que lo hubiera hecho en el convento y le pidió su bendición y que le concediera permiso para morir. Luego, cantando el salmo Laudáte Dóminum omnes gentes, subió decidida los escalones de la guillotina. Una tras otra, todas las carmelitas repitieron la escena. Una a una recibieron la bendición de la madre Teresa de San Agustín antes de recibir el golpe de gracia. Al final, después de haber visto caer a todas sus hijas, la madre priora entregó, con igual generosidad que ellas, su vida al Señor, poniendo su cabeza en las manos del verdugo.
   
Era el día 17 de julio por la tarde. Fueron 16 monjas:
  1. Teresa de San Agustín (en el siglo Magdalena Claudina Ledoine), priora: Nació en París el 22 de Septiembre de 1752, y profesó en Mayo de 1775. Hija de un empleado del Observatorio de París, fue educada según se acostumbraba en la época, y destacaba por su talento en las letras. Su dote había sido pagada por la reina María Antonieta.
  2. María Francisca de San Luis (en el siglo María Ana [o Antonieta] Brideau), subpriora: Nació en Belfort el 7 de Diciembre de 1752, de un soldado profesional acantonado en el distrito de Compiègne. Profesó en Septiembre de 1771.
  3. Enriqueta de Jesús (en el siglo María Francisca Gabriela de Croissy), maestra de novicias: Nació en París el 18 de Junio de 1745, era sobrina nieta de Juan Bautista Colbert, ministro de finanzas de Luis XIV. Había sido rechazada inicialmente por ser demasiado joven, pero finalmente profesó en Febrero de 1764. Fue priora entre 1779 y 1785.
  4. María de Jesús Crucificado (en el siglo María Ana Piedcourt). Nació en 1715, y profesó en 1737. Subiendo al cadalso, dijo: «Os perdono tan fervorosamente como deseo que Dios me perdone».
  5. María Carlota de la Resurrección (en el siglo Ana María Magdalena Thouret), sacristana: Nació en Mouy el 16 de Septiembre de 1715, y profesó en Agosto de 1740. Era la de mayor edad del grupo de mártires. Ingresó al convento después de presenciar cuando joven una tragedia en medio de un baile. Fue subpriora en 1764 y 1778. Atendía a las monjas enfermas con tal dedicación hasta el punto que su salud se resiente. Se sanó milagrosamente de una intoxicación causada por exposición a pintura de plomo que la afectó por dos años.
  6. Eufrasia de la Inmaculada Concepción (nacida María Claudia Cyprienne). Nació en 1736 en Bourth. Profesó en 1757, un año después de entrar al carmelo de Compiègne. Durante 30 años mantuvo voluminosa correspondencia con sacerdotes y conocedores de la vida religiosa por dirección espiritual.
  7. Teresa del Santísimo Corazón de María (nacida María Antonieta Hanisset). Nació en Reims en 1740 ó 1742, y profesó en 1764. Hija de un fabricante de guarniciones para cabalgaduras, ella era la tornera del carmelo, es decir, la encargada de recibir las donaciones del exterior.
  8. Julia Luisa de Jesús (en el siglo Rosa Cristiana de la Neuville): Nació en Loreau (o Évreux), en 1741. Profesó probablemente en 1777, luego de enviudar prematuramente. Escribió cinco estrofas que recitaron las hermanas antes del martirio.
  9. Teresa de San Ignacio (nacida María Gabriela Trezel): Nació en Compiègne el 4 de Abril de 1743. Profesó en 1771. Era llamada «una mística con sentido del Absoluto».
  10. María Enriqueta de la Providencia (nacida María Ana Pelras), enfermera: Nació en Cajarc el 17 de Junio de 1760. Profesó en Octubre de 1786. Proveniente de una familia piadosa (cinco de sus hermanas eran religiosas, y dos de sus hermanos eran sacerdotes), perteneció a las Hermanas de la Caridad de Nevers, pero temiendo que su natural belleza fuese ocasión de peligro para la congregación, decidió la clausura.
  11. Costanza de Jesús (nacida María Genoveva Meunier): Nació en San Dionisio, el 28 de Mayo de 1765 ó 1766. Era la más joven del grupo. Cuando ingresó al convento, su hermano fue a sacarla porque la consideraba demasiado joven, pero ella convenció a la policía que ingresó por su propia decisión. No pudo profesar solemnemente porque la Revolución prohibió los votos religiosos, por lo que los profesó ante la madre Teresa de San Agustín antes de subir al cadalso.
  12. María de Santa Marta (nacida María Dufour), hermana conversa: Nació en Beaune, el 1 ó 2 de Octubre de 1742. Entró a la orden en 1772.
  13. María del Espíritu Santo (en el siglo Angélica Roussel). Nació en Fresnes el 4 de Agosto de 1742. Profesó como hermana conversa en 1769.
  14. Estefanía Juana de San Francisco Javier (nacida Julia Vérolot), hermana conversa: Nació en Laignes o Lignières, el 11 de Enero de 1764, y profesó en 1789. Aunque iletrada, se distinguió por su amor a Cristo y su celo. Ella atendía a las religiosas de avanzada edad.
  15. Catalina y María Teresa Soiron: Hermanas de sangre, se hicieron terciarias en 1772 y eran las porteras del convento. 
   
Sus restos fueron enterrados, con los de otros veinticuatro condenados, en lo que se llamó más tarde cementerio de Picpus. Una placa de mármol con el nombre de las mártires y la fecha de su muerte figura sobre la fosa y en ella hay grabada una frase latina que dice: «Beati qui in Dómino moriúntur», Felices los que mueren en el Señor.
   
La Iglesia declaró que el sacrificio de aquellas nobles mujeres no había sido en vano, puesto que «apenas habían transcurrido diez días de su suplicio cuando cesaba la tormenta que durante dos años había cubierto el suelo de Francia de sangre de sus hijos» (decreto de declaración de martirio, 24 de junio de 1905). En efecto, el 27 de Junio, Robespierre, instigador del Terror, cayó en desgracia y fue guillotinado junto a sus secuaces.
   
El cardenal Richard, arzobispo de París, inició el proceso de su beatificación el 23 de febrero de 1896. El 16 de diciembre de 1902 el Papa León XIII declaraba venerables a las dieciséis carmelitas. Se sucedieron los milagros, como una garantía de su santidad, y en 1905 San Pío X declaraba beatas a aquellas «que, después de su expulsión, continuaron viviendo como religiosas y honrando devotamente al Sagrado Corazón».

MARY G. SANTA EULALIA. Año Cristiano, tomo III. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.

sábado, 3 de septiembre de 2022

LAS MASACRES DE SEPTIEMBRE, POR UN CONTEMPORÁNEO

«La misma carnicería, las mismas atrocidades se repitieron al mismo tiempo en las prisiones y en todos los lugares donde gemían las víctimas del poder arbitrario: por todas partes se ejercían crueldades, siempre acompañadas de circunstancias más o menos destacables.
   
En el seminario de Saint-Firmin, los sacerdotes que estaban detenidos en la cárcel privada esperaban apaciblemente, como los otros sacerdotes detenidos en las Carmes, que la municipalidad de París les indicase el día de su partiea y la expedición de los pasaportes para salir de Francia, según los términos de un decreto reciente, que les hacía dicho mandato, concediéndoles tres libras por día durante su viaje.
   
Es incontestable que no faltaba sino que las autoridades del día que este decreto tuviese su ejecución antes de las masacres; pero los sacerdotes detenudos estaban designados y reservados para este día: fueron mutilados y desgarrados a jirones. En Saint-Firmin ellos hallaron placer en precipitar algunos del último piso sobre el pavimento.
   
En el hospital general de la Salpêtrière, estos monstruos  degollaron a trece mujeres, después de haber violado a varias.

En Bicêtre, el conserje, viendo llegar este canal de asesinos, quiso ponerse en deber de bien recibirlos: había preparado dos piezas de cañón, y en el instante en que se disponía a ponerle fuego, recibió un golpe mortal; los asesinos vencedores no dejaron un solo prisionero con vida.
    
En la prisión de Châtelet, misma carnicería, misma ferocidad: nada escapó a la ira de estos caníbales; todo el que estaba prisionero parecíales digno del mismo tratamiento.
    
En la prisión de la Force, estuvieron durante cinco días. La señora antes princesa de Lamballe estaba detenida: su sincera cetcanía con la esposa de Luis XVI era todo su crimen para los ojos de la multitud; no tuvo ningún papel en medio de nuestras agitaciones; nada podía hacerla sospechosa a los ojos del pueblo, donde era conocida por sus múltiples actos de beneficencia. Los escritores más feroces, y los declamadores más fogosos jamás la señalaron en sus periódicos.

El 3 de septiembre, la llamaron a la puerta de la Force; ella compareció ante el tribunal sangriento, compuesto de algunos particulares. Ante el aspecto aterrador de los verdugos cubiertos de sangre, necesitaba un coraje sobrenatural para no sucumbir.
     
Varias voces se elevaron en medio de los espectadores, demandando gracia para la señora de Lamballe. Un instante indecisos, los asesinos retrocedieron; pero inmediatamente después ella fue cubierta de golpes: cayó bañada en su sangre, y expiró.
    
Luego, le cortaron la cabeza y los senos; su cuerpo fue abierto; le arrancaron el corazón, su cabeza fue puesta en la punta de una pica y paseada en París, a poca distancia arrastraron su cuerpo.
  
Los tigres que venían de la mutilación se dieron el placer bárbaro de ir al Temple y mostrar su cabeza y su corazón a Luis XVI y a su familia.
    
Todo lo que la ferocidad puede producir de más horrible y de más fríamente cruel fue ejercido sobre la señora de Lamballe.
   
Hay un hecho que el pudor apenas deja expresión para decir; pero debo decir por entero la verdad y no permitirme ninguna omisión. Luego que la Señora de Lamballe fue mutilada de cien maneras diferentes, luego que los asesinos se repartieron los restos sangrantes de su cuerpo, uno de estos monstruos le cortó la parte virginal y se la puso como bigote, en presencia de los espectadores llenos de horror y de espanto». Louis-Sébastien Mercier, Paris pendant la Révolution (1789-1798) ou le Nouveau Paris/París durante la Revolución (1789-1798) o el nuevo París, tomo I. París, Poulet-Malassis, 1868, págs. 85-88.

sábado, 23 de octubre de 2021

BEATAS CLOTILDE ÁNGELA Y COMPAÑERAS, MÁRTIRES URSULINAS DE VALENCIENNES

  
Durante la Revolución Francesa, la congregación ursulina vivió situaciones particularmente dolorosas. Experimentó los problemas que eran los de todas las comunidades religiosas en ese momento: represión de las comunidades religiosas y su desaparición forzosa, confiscación de sus bienes, presencia de un clero constitucional, etc. Estas dificultades aumentaron porque estaba establecida en una zona fronteriza, sufriendo la conmovedora marea de sucesivas conquistas durante la guerra entre Francia y Austria a partir de 1792.
  
En esta atormentada situación, las ursulinas de Valenciennes eligieron vivir, hasta la muerte, la fidelidad a su vocación y a los compromisos adquiridos durante su profesión religiosa, y mantener su vida en comunidad, confiando en la gracia de Dios y la fuerza de su espiritualidad ursulina, muy influenciada por un sentimiento de martirio.
    
Once de ellas fueron guillotinadas en octubre de 1794: cinco de ellas subieron al cadalso el 17 de octubre; seis más el 23 de octubre. Posteriormente, su Causa fue introducida en la diócesis de Cambrai en 1898 y condujo a la Beatificación de “Madre Clotilde Ángela y sus Compañeros, en 1920”.
  
Esta comunidad de enseñanza fue fundada en 1654 por cinco ursulinas de Mons y dos de Namur, gracias a las iniciativas de Charlotte y Marie d'Oultreman, dos mujeres destacadas de Valenciennes. Su escuela de las Ursulinas era la escuela de niñas más importante de Valenciennes en la época de la Revolución, y continuó expandiéndose. En su gran convento de la calle Cardon, recibieron a los internos que a veces venían de lejos, debido a la buena reputación de su internado, que se extendía mucho más allá de las fronteras. Sobre todo, en su escuela diurna, brindaron una educación gratuita y de alta calidad a varios cientos de niñas de clases sociales menos acomodadas, brindándoles una educación cristiana y primaria. Las ursulinas también proporcionaron una formación cristiana a los jóvenes sirvientes y obreros de su escuela dominical.
   
En 1790, esperaban la canonización de Ángela Merici. Fue el 15 de agosto de 1790 cuando se publicó el Decreto Papal De Tuto, que autorizaba la canonización de Ángela Merici, su fundadora, beatificada en 1768. Nacida en 1474 en el norte de Italia, Angela Merici fundada en Brescia, en 1535 , bajo el patrocinio de Santa Úrsula “una Compañía de vírgenes consagradas”, viviendo en el mundo, deseosas de dedicarse a la formación religiosa y moral de las mujeres y las niñas. Su instituto experimentó una expansión extraordinaria en Francia, durante los siglos XVII y XVIII, en forma de Orden monástica, con votos solemnes que requerían una vida enclaustrada. Había 350 monasterios ursulinos en Francia, en el momento de la Revolución.
   
Como muchas otras Superioras, la Madre Clotilde Paillot, que acababa de ser elegida Superiora de la comunidad, mantuvo correspondencia regular con la Madre Schiantarelli, Postuladora de la Causa de la futura canonización de Ángela Merici. Finalmente, las ursulinas de Valenciennes, mientras preparaban esta canonización, pudieron tomar más conciencia de su identidad religiosa como hijas de Santa Ángela.
   
La identidad religiosa fue cuestionada en Francia cuando el 13 de febrero de 1790 un Decreto declaró que «La Ley Constitucional ya no reconocerá los votos solemnes. En consecuencia, las Órdenes y Congregaciones regulares en las que se hacen estos votos, son y permanecen suprimidas en Francia sin que se establezcan otros similares en el futuro. Todos los individuos podrán dejarlos declarando sus intenciones ante los funcionarios de la ciudad, quienes proveerán su destino con una pensión adecuada».
   
El Decreto agregó, sin embargo, que no se cambiaría nada para las casas dedicadas a la educación pública, mientras se espera la decisión final. Por tanto, la comunidad ursulina no fue abolida por este Decreto, por ser docentes, pero era evidente que se trataba de una medida transitoria, que permitía al Estado establecer las estructuras necesarias para la educación, tal y como prevé la Constitución Civil del Clero.
    
El 20 de septiembre, el Alcalde se dirigió a las Ursulinas para recibir sus declaraciones de intenciones. Las monjas fueron interrogadas individualmente sobre su deseo de mantener su vida en comunidad, o aprovechar las nuevas leyes y abandonarlas.
   
Gracias a este documento conocemos la composición de la comunidad: 32 hermanas, entre ellas ocho laicas y dos novicias. Todas las hermanas enseñaban, excepto la Superiora y su Asistente, las Hermanas Laicas y tres hermanas muy ancianas. Catorce de ellas se dedicaron a las clases públicas (¡Esto significó muy pocos maestros para esta gran escuela diurna!), y seis se hicieron cargo de las internas.
   
La madre Clotilde, la primera llamada para declarar sus intenciones, manifestó que «quería terminar sus días en la forma y la casa que había elegido». Las dos novicias expresaron las mismas intenciones «aunque no pudieron pronunciar sus votos debido a la prohibición», agregaron.
  
Estas declaraciones específicas nos permiten captar la base de las decisiones de las hermanas. Se fundamentaron en el compromiso adquirido durante su Profesión religiosa, cuando pronunciaron sus votos solemnes. Fue un compromiso libre e irrevocable de toda su vida en la Iglesia que se expresó en ese momento, y abandonarlo ya no dependía de la propia voluntad ni de la de los demás.
   
La Asamblea Nacional había propuesto esta declaración de intenciones en nombre del principio de libertad personal y derechos humanos. Pero las hermanas no consideraron que bastaba un decreto de la Asamblea Nacional para que renunciaran a la vida en el convento. En primer lugar, estaban sujetas a la autoridad de sus superiores eclesiásticos, a las leyes canónicas y, sobre todo, al juicio de Dios.
   
La posición de Monseñor de Rohan, arzobispo de Cambrai, fue muy firme en este punto. Escribió en marzo de 1790 que «nada puede excusar el crimen de apostasía de las hermanas que han abandonado el convento». Hemos visto que la Comunidad de Ursulinas de Valenciennes fue perfectamente unánime en su deseo de ser fiel a su vocación religiosa. La mayoría de las comunidades de hermanas hicieron la misma elección. Sin embargo, algunas comunidades registraron sus declaraciones de abandono del convento. En general eran casas muy pobres, y de sus declaraciones se desprende que la pobreza llevó a estas comunidades a abandonar su vida religiosa, para gozar al menos del beneficio de una pensión.
    
La declaración de intenciones y los inventarios de bienes que siguieron crearon graves tensiones internas en algunas comunidades. Las autoridades civiles enviaron una carta a las hermanas de su Departamento recordándoles la obediencia que debían a sus Superioras. A esta carta, las ursulinas respondieron: «Nunca hemos perdido de vista el voto de obediencia que hemos hecho, y esperamos que con la gracia de Dios seamos fieles hasta nuestro último aliento». ¡Un testimonio conmovedor, cuando sabemos lo que iban a soportar!
    
Por tanto, estaba prohibido llevar un hábito religioso. Esta decisión encontró una profunda resistencia entre las hermanas. El hábito, que habían recibido solemnemente durante la Ceremonia de la Vestición, había sido el primer acto de compromiso con la comunidad. Tenía un gran significado simbólico, recordaba su Bautismo y el significado de una vida para Cristo, de deshacerse de la vida vieja y revestirse de la nueva, que es Cristo Señor.
   
Las ursulinas de Valenciennes nunca se sometieron a este decreto que prohíbe el uso de un hábito religioso. Cuando llegaron a Mons, vestían su hábito religioso “que nunca se han ido”. En su juicio, Madre Desjardins declaró que “nunca abandonó el hábito de la Orden”. Sin embargo, las hermanas debían subir al cadalso sin su ropa religiosa prohibida. El régimen revolucionario consideró muy importante la transgresión de esta prohibición. Usar un traje religioso era una razón para ser arrestado. Esto se puede encontrar en las listas de las cárceles. Sin duda, fue un motivo para condenar a las ursulinas juzgadas en Douai.
   
Dado que los bienes eclesiásticos habían sido nacionalizados, las ursulinas debían realizar un sinfín de esfuerzos para avaluar sus propiedades y edificios confiscados, a fin de calcular el monto de la pensión que se les podría asignar como compensación.
    
La Constitución Civil estableció un Clero Constitucional. Ahora serían obispos y sacerdotes elegidos por las comunidades. El 27 de noviembre de 1790 se exigió a todos los sacerdotes un juramento de fidelidad a la nación, sin referencia a su fe cristiana. El Papa condenó este juramento en 1791. En adelante, las diócesis seguirían el modelo de los Departamentos recién creados.
    
Monseñor de Rohan, arzobispo de Cambrai, se negó a pronunciar este juramento y fue destituido. Se exilió en Mons, en una parte de su diócesis situada en los Países Bajos austriacos. Fue reemplazado por Claude François Primat. El obispo de Rohan denunció enérgicamente a este obispo como un “intruso” y recomendó a los fieles de su diócesis que se abstuvieran de cualquier relación con él. Las ursulinas de Valenciennes se mantuvieron leales al obispo de Rohan y le obedecieron.
   
También se exigió juramento a las maestras ursulinas, consideradas servidores públicos. Se hizo obligatorio en el Departamento del Norte en diciembre de 1791, pero el municipio de Valenciennes no parecía haber pedido a las ursulinas que prestaran este juramento.
 
Debido a su apego a un clero rebelde, las ursulinas estuvieron expuestas a la hostilidad de los revolucionarios, debido a su negativa a permitir que un sacerdote que había prestado juramento, celebrara en su convento. Fueron multadas con 200 libras por haber violado el decreto de cerrar su capilla al público. Fueron interrogadas sobre la presencia de un sacerdote no juramentado y refractario en el convento. Incluso fueron denunciadas por un sacerdote jurado por enseñar a sus alumnas principios contrarios a la Constitución.
   
El 1 de octubre de 1792, un nuevo decreto puso fin definitivo a su vida en común, al decidir que a partir de esa fecha, las casas ocupadas por los religiosos debían ser evacuadas y puestas a la venta lo antes posible. La comunidad de las ursulinas de Valenciennes decidió entonces pedir hospitalidad a sus hermanas de Mons, con las que estaban especialmente unidas. Anteriormente habían pertenecido a la misma diócesis de Cambrai, y publicaron juntos su Directorio, especificando las formas de aplicar las Constituciones que les eran comunes. En 1732, las hermanas de Valenciennes habían participado en la fundación de las ursulinas en Roma, por las ursulinas de Mons. Por tanto, es fácil comprender que cuando se abolió la vida en el convento en Francia, las ursulinas de Valenciennes buscaron refugio entre sus hermanas en Mons.
   
Esta elección tuvo el gran mérito de permitirles mantener su vida en común, una vida que se estaba volviendo imposible en Francia, ya que las autoridades ya no toleraban que las hermanas vivieran juntas en la misma casa. Su decisión implicaba una perfecta confianza en la Providencia y en la caridad de sus hermanas en Mons. Dejar Francia, de hecho, significó renunciar a todos los medios de subsistencia y la pensión prometida. Las hermanas demostraron así que eran dignas hijas de Ángela Merici, que había dicho: «Ten por seguro que Dios no dejará de suplir tus necesidades corporales y espirituales, siempre que no falles ante Dios».
   
Las ursulinas abandonaron su convento a mediados de septiembre. La Madre Dominique Dewallers y la Madre Cécile Perdry, que eran demasiado mayores para irse, permanecieron en Valenciennes, cada una de ellas confiada a una hermana laica, así como a la Madre Marie-Thérèse Castillon. Preguntada por los jueces cuándo se fue de la comunidad, la Madre Clotilde respondió que «se fue cuando la comunidad fue reprimida, y que ese mismo día salieron con un pasaporte de los funcionarios de la ciudad que les permitía retirarse a donde pensaran que sería. bueno, incluso a Austria, y que se fue a Mons».
   
De hecho, los archivos de Valenciennes contienen pasaportes redactados en los mismos términos y que requieren que el portador “pase, permanezca y regrese libremente”. Además, es impensable que toda una comunidad pudiera haber cruzado la frontera sin esos documentos. En esta época de guerra, la frontera estaba severamente custodiada por el ejército.
    
Toda la comunidad de Valenciennes se incorporó a la casa de Mons, como relata la Madre Honnorez, una ursulina en Mons, autora de un “Informe sobre nuestra comunidad de ursulinas religiosas en Mons, durante la Revolución Francesa, escrito por una Hermana que fue testigo presencial”: «El 17 de septiembre, a las seis de la tarde, llegó el primer carro. Dijeron que los demás, que no tenían otro refugio, llegarían en media hora. Nuestras Madres de esa época no pudieron negarse a brindarles hospitalidad. Cuando llegaron todos, fueron a la iglesia, 26 de ellos, y todos en sus hábitos religiosos que nunca habían dejado, cantaron allí el Te Deum».
   
Las ursulinas de Mons recibieron con gran amabilidad a sus hermanas de Valenciennes, que se iban a encontrar muy apretadas por falta de espacio. Fueron “alimentados gratuitamente durante catorce meses”, dice el Informe. Algunas se dedicaron a la docencia, seis como asistentes en las clases diurnas, otras dos como profesoras de escritura y aritmética para las internas.
   
El 28 de octubre, las ursulinas de Valenciennes se alistaron en la “Cofradía para obtener una vida santa y una muerte feliz bajo la protección de Santa Úrsula y las once mil vírgenes”. Se dedicaron a Santa Úrsula con esta oración: «Santa Úrsula, te tomo como mi patrona y como mi abogada en el momento de mi muerte, y te pido que me ayudes especialmente en el último momento, del que depende mi eternidad».
   
Podemos ver la importancia esencial que se da a la preparación de la muerte, al juicio de Dios que sigue, del que depende la salvación eterna, y al papel de intercesores. Morir es presentarse ante Dios con toda la vida real y es importante prepararla.
   
En el momento de su muerte, las Ursulinas estaban rodeadas por sus hermanas quienes recitaban para ellas las Oraciones de los Moribundos escritas en el Ritual de las Hermanas de Santa Úrsula “para la administración de los Sacramentos de Confesión, Comunión, Extremaunción y visitas a los enfermos”. Las ursulinas encarceladas en Valenciennes las recitaron para las demás, el día antes de su muerte.
   
Al enrolarse en la Cofradía, las ursulinas aseguraron así la presencia de intercesores y defensores en el cielo. Esta devoción ciertamente jugó un papel importante en la preparación de su muerte. Las ursulinas de Valenciennes, dos años después iban a sufrir el martirio como su santa patrona.
   
Regresó la Revolución de la que habían huido las Ursulinas de Valenciennes. El 6 de noviembre de 1792, el general francés Dumouriez ganó la batalla de Jemappes y entró en Mons al día siguiente. El “país de Henao” fue anexado y formó el 86.º Departamento Francés como “Departamento de Jemappes” por un Decreto el 2 de marzo de 1793. Las Ursulinas habían regresado entonces a la tierra de Francia.
    
La recepción de las ursulinas de Valenciennes por sus hermanas en Mons fue una medida temporal. Las Ursulinas de Valenciennes fueron abordadas por la Superiora de las Ursulinas de Lieja para que vinieran a restaurar esta casa que jugó un gran papel en la difusión de la Orden por toda Europa y que entonces era una mera sombra de lo que fue. Las ursulinas de Valenciennes propusieron restaurar un internado y clases gratuitas allí. Este proyecto no tuvo éxito, porque una vez más, el viento de la historia había tomado otra dirección.
  
Después de la batalla de Neerwinden el 18 de marzo de 1793, los austriacos recuperaron sus antiguos territorios. Regresaron a Mons el 27 de marzo, y la Madre Honnorez escribió: «Nuestras hermanas de Valenciennes concibieron entonces la esperanza de volver a su convento».
    
La mitad del Departamento del Norte también fue anexada por los austríacos. Valenciennes capituló tras un asedio de varias semanas. Los austríacos hicieron que las regiones francesas anexadas se sometieran a la autoridad de una administración provisional, conocida como la “Jointe de Valenciennes”, que tenía, entre sus muchas responsabilidades, la de decidir la reintegración de las comunidades religiosas. Muchos sacerdotes de Valenciennes que se habían retirado a Mons, luego regresaron a su parroquia, recordados por sus fieles. Las ursulinas hicieron lo mismo.
   
La madre Leroux declaró durante su juicio que la comunidad ursulina había regresado a Valenciennes para obedecer las órdenes del arzobispo y atender las insistentes demandas de los habitantes de Valenciennes.  La madre Teresa Castillion, en nombre de la comunidad, recibió a través de la “Jointe de Valenciennes” la autorización para reanudar la vida religiosa en su hogar (esto no fue concedido a las brigidinas). El Vicariato de Cambrai «sabiendo que las ursulinas de Valenciennes están a punto de regresar a su casa, nombra al padre Leroy para presidir la elección de un superior al final del mandato de tres años de la Madre Clotilde  y recibir los votos de la Madre Lepoint, tan pronto como regresen».
  
Durante el asedio de Valenciennes, el convento de las ursulinas se convirtió en cuartel. Después de hacer las reparaciones necesarias, la comunidad regresó a su convento. «Estaban en el colmo de la alegría de volver a casa, todo estaba bien; una ex novicia hizo su profesión en Semana Santa. Luego dieron la bienvenida a nuevos candidatos y hubo una vestimenta religiosa».
   
El 26 de noviembre de 1793, Madre Clotilde fue reelegida para otro mandato de tres años, que sería trágicamente abreviado. Además, la novicia que no había podido pronunciar sus votos a causa de la prohibición, Emerante Lepoint, de religión Madre Angelique, hizo su profesión el 23 de abril de 1794. Sería la futura restauradora de la comunidad. En 1816, hizo comprobar su profesión de votos solemnes mediante un documento de un notario.
    
La comunidad recibió tres nuevos miembros durante este período. Los tres estarían entre los mártires: Josephine Leroux, hermana de Madre Escolástica. “Una clarisa urbanista”, que partió para Cambrai, cuando las comunidades fueron abolidas. Regresó a Valenciennes bajo ocupación austríaca y eligió el hábito de las ursulinas, «queriendo retomar su profesión religiosa», dijo. Dos monjas brigidinas, sor Marie Erraux y sor Liévine Lacroix, ambas de Pont-sur-Sambre, partieron hacia Mons, cuando estaban prohibidas, para entrar en la comunidad de Sainte-Marie. Al enterarse de que la comunidad de las ursulinas en Valenciennes había sido restaurada, entraron en esa casa.
  
Se produjo un nuevo cambio de régimen político.
El 26 de junio de 1794, los austriacos fueron derrotados en Fleurus por las tropas francesas del general Jourdan.
 
El 1 de julio, Mons capituló. Las cuatro ciudadelas del Norte se rindieron rápidamente esta vez. Las regiones ocupadas por los austriacos regresaron definitivamente al territorio francés.
   
En Francia, durante el año 1793, el régimen revolucionario se endureció fuertemente y también mostró un deseo de no cristianizar la región. Los sacerdotes jurados celebraron a puerta cerrada; se estableció el culto a la Razón. Se diseñó un ritual republicano para borrar todo rastro del catolicismo: un calendario republicano, celebraciones de “décadas”, cambio de nombre de pueblos, calles, cementerios… En algunos lugares, hubo verdaderas persecuciones religiosas.
       
Tan pronto como los franceses llegaron a las puertas de Valenciennes, el comandante austríaco de la plaza capituló y comenzó a discutir su rendición con el enemigo. Creado en 1793, los Representantes del Pueblo en Misión recibieron poderes excepcionales: tenían autoridad sobre todas las administraciones locales, ofensivas militares y rendición de cuentas solo ante París. También encarcelaron a las personas acusadas de actividades contrarrevolucionarias y también establecieron tribunales excepcionales con comisiones militares.
   
A medida que se acercaban las tropas francesas, un gran número de habitantes de Valenciennes abandonaron la ciudad para buscar refugio en territorio austriaco por temor a represalias. Las ursulinas no recibieron instrucciones de su obispo. El obispo de Rohan se exilió en Nimega. El obispo Primat fue destituido en 1793. El padre Parisis, su capellán, también emigró más allá del Rin. Sólo el Padre Lallemand les aconsejó: «Hijas mías, ¿creéis que tenéis fuerzas suficientes para no flaquear ante la muerte? Es mejor huir de la persecución que ceder a la apostasía. Yo me quedaré aquí porque soy pastor y mis ovejas están en la boca del lobo. Pero solo tenéis vuestras almas para salvar».
   
Este no fue el consejo que pusieron en práctica. Después de una discusión con su Consejo y con la comunidad, la Madre Clotilde decidió el curso de acción de la comunidad diciendo: «Porque le prometimos a Dios que nos quedaríamos en el convento hasta la muerte, lo haremos» y agregó: «Sin resistencia a los poderes externos, pero mientras no nos veamos obligados a irnos, estamos obligados a quedarnos».

Arrestadas, encarceladas, juzgadas
Los franceses llegaron a la ciudad el 1 de septiembre. El Representante del Pueblo en Misión, Jean Baptiste Lacoste, esperaba encontrar un gran número de emigrantes en la ciudad. Escribió: «Este fue un malentendido, no hubo emigrantes, solo unos pocos sacerdotes que habían evitado su arresto al salir de Francia y asumir sus funciones en el país conquistado, y monjas ursulinas que habían pensado que podían regresar a su antiguo convento…».
   
Se creó una Comisión para realizar detenciones y encarcelar a personas. «Rara vez las familias no deploraron la detención de uno de sus miembros. Fueron detenidos todos los clérigos y monjas, así como todos los que habían desempeñado funciones civiles, judiciales y militares. En consecuencia, las cárceles estaban llenas y la iglesia de San Juan, y la de San Pedro y los recoletos se establecieron como cárceles sucursales.
    
Un comisario fue a la casa de las ursulinas y les dio la orden de abandonar el convento en 24 horas. Cuando llegaron los franceses y pidieron salir de su casa dentro de las veinticuatro horas, las que tenían familiares en la ciudad abandonaron la casa ese día, pero las que no pudieron encontrar ningún asilo para refugiarse, habiendo dormido todavía en la casa, al despertar, estaban bastante asombradas de ser arrestadas, así como varios otros dispersos en la ciudad».
   
El primer lugar de detención de las Ursulinas fue su propio convento, también convertido en prisión, debido a la cantidad de presos. «Fueron encarceladas en el área de las aulas donde todo estaba sellado». Allí permanecieron varias semanas.
   
El 9 de octubre, la Madre Clotilde todavía estaba presa en la “Casa de las Ursulinas” con las dos Madres Leroux y las Hermanas Erreaux y Barret. Las madres Vanot, Prin, Bourla, Ducret y Desjardin permanecieron encarceladas en la “Maison Saint Jean”. Estos fueron los dos grupos de religiosas que fueron guillotinadas: las de la “Maison Saint Jean” martirizadas el 17 de octubre; las de la casa de las ursulinas, martirizadas el 23 de octubre. Durante los últimos días de su encarcelamiento, las ursulinas fueron reunidas en la prisión de la ciudad por orden de la Comisión Militar.
     
La vida en estas cárceles superpobladas era espantosa. El informe del Comité nos informa de la lamentable situación de los presos: «Los presos carecen de pan, no se les da ningún reparto diario». «Falta paja en las cárceles». «Todos los presos piden pan y paja; muchos están tirados en el suelo». La comisión hizo un llamamiento urgente a la Dirección para que suministre paja, para hacer cumplir un Decreto que obliga a los presos más ricos a pagar las comidas de los más pobres y permiten que los presos sean alimentados por sus familiares y amigos. Las Ursulinas recibieron la ayuda de Elisabeth Clais, quien ayudó a escapar a la Madre Angelique Lepoint, esta última restauró la comunidad.
   
Sin embargo, las condiciones de reclusión siguieron siendo deplorables y se declararon graves epidemias de sarna, fiebre y disentería. Dos funcionarios de salud examinaron a los prisioneros y enviaron a algunos a lugares donde fueron curados. Este fue el caso de algunas hermanas de la comunidad. El Dr. Vandendriesche, médico de Valenciennes, albergaba a dos hermanas ursulinas, a las que luego ayudó a escapar.
    
Las hermanas contaron a las ursulinas de Mons "cómo estaban detenidas en iglesias, con un número infinito de sacerdotes y otros, cómo se confesaron de pie, a la vista de todos».
   
Lacoste nombró una Comisión Popular de 12 miembros para examinar los motivos de la detención de todos estos sospechosos y establecer nuevas condiciones: liberación de algunos y motivos para encarcelar a otros después de ser juzgados. El acusador público del Juzgado Penal del Norte lamentó que “su trabajo es muy incompleto e irrespetuoso”.
   
Al final del juicio, la madre Leroux escribió que querían que abandonaran su religión. “11 monjas, nuestras futuras mártires, han sido acusadas de emigración”, acusación especialmente grave. Otras fueron llevadas ante el Tribunal Penal del Norte: la Madre Marie-Therese Castillion, que nunca había salido de Valenciennes, la Madre Felícitas Messina, de Peruwe, y la Hermana Régis Lhoir de Mons, ambas de los Países Bajos austriacos.
    
Fue ante una Comisión Militar que las hermanas acusadas de emigración afrontaron su juicio. Se permitió a las comisiones militares, compuestas por cinco miembros seleccionados del ejército, juzgar a los rebeldes y los emigrantes armados, y más tarde, a los sacerdotes acusados ​​de haber abandonado Francia.
   
Las Comisiones fueron abolidas debido al abuso de poder por parte de algunas personas que representaban al pueblo, pero hubo exenciones posteriores en la zona fronteriza. El proceso se desarrolló sin testigos ni jurado. No hubo apelación después de que se dictó la sentencia. En 24 horas, se tuvo que ejecutar una sentencia de muerte.
   
Jean-Baptiste Lacoste creó una comisión militar formada por el general Drut y su estado mayor para juzgar a los emigrantes apresados ​​con las armas en la mano, como escribió a la Convención. La Comisión iba a juzgar una lista de las personas que condenaba. Sobre el “24 de vendimiario del año II” (el 24 de octubre de 1794), encontramos: «Todos los emigrantes que son designados por el artículo 74 de la Ley de 28 de marzo de 1793, agregando sacerdotes u otros deportados y personas que regresan al territorio francés y los que actuaron militarmente contra Francia», es decir, 116 personas, 34 sacerdotes o religiosos, 13 religiosas y 69 laicos.
   
Encontramos allí a diez hermanas de la comunidad de las ursulinas de Valenciennes que iban a ser guillotinadas: «Louise VANOT, Rennette PRIN, Hyacinthe BOURLA, Geneviève DUCRET, Magdeleine DESJARDINS» bajo la misma declaración, con las palabras “ex-religiosa” y más: «Clotilde PAILLOT, Marguerite LEROUX, Josephine LEROUX, Marie ERRAUX, Liévine LACROIX» también con las palabras “ex-religiosa”. La hermana Cordule BARRE no estaba incluida en esta lista, pero también fue llevada ante la comisión militar. De este grupo de 116 personas, todos laicos, no fueron guillotinados, así como cinco sacerdotes y tres religiosas.

“Acusadas de emigración”, las ursulinas del primer grupo fueron llevadas casi de inmediato ante la comisión militar. La legislación en este ámbito fue particularmente severa: «La Convención Nacional establece que todos los emigrantes franceses son desterrados para siempre del territorio de la República y que aquellos que, desafiando esta ley, regresen serán castigados con la muerte…».
    
Los 4 historiadores especialistas en la historia de la Revolución, llamados a declarar ante el Tribunal Diocesano de Información sobre la acusación de emigración realizada contra las ursulinas, declararon esto infundado, con argumentos que las sustentan.
    
Debido a la ley del “22 de pradial del año II” (10 de junio de 1794), las ursulinas tuvieron que prescindir de un abogado. Esta ley eliminó cualquier forma de autodefensa por parte de los imputados. La Corte podría condenarlos sin instrucción previa, sin defensores y sin testigos.
   
Las ursulinas, sin embargo, parecen haber recibido consejos sobre su defensa. Charles Verdavaine, fiscal de la ciudad, escribió: «Varias monjas fueron colocadas en mi despacho en espera de su comparecencia ante la comisión militar; les observé que tenían medios para defenderse, que habían acordado regresar a su comunidad, cuando durante el invasión del enemigo, su superior les había recordado que, de acuerdo con las reglas de su orden, todavía estaban sujetos a la obediencia».
    
La propia Madre Clotilde indicó a sus hermanas un curso de acción firme sobre su emigración: «Si nos preguntan al respecto, debemos responder para no traicionar la verdad, que hemos estado en Mons con pasaporte del municipio y que regresamos a Valenciennes para poder servir a los habitantes, educando a sus hijos». Y luego: «Di que si hubieras sabido que te incriminarían por haber regresado a Francia, te habrías quedado en el extranjero. Pero si te piden algo contrario a la sumisión debida a nuestro Santo Padre el Papa o a tus votos religiosos, resistir».

Las primeras hermanas de la comunidad fueron llevadas ante la comisión militar el 16 de octubre y ejecutadas al día siguiente. El 22 de octubre fue el turno de la Madre Clotilde y cinco de sus hermanas. Soportaron su juicio y ejecución al día siguiente. El interrogatorio de las hermanas se prolongó brevemente y podemos encontrar preguntas idénticas en los expedientes de sacerdotes y religiosos interrogados por este Tribunal. Las preguntas se referían al momento en que abandonaron la comunidad y a dónde fueron, el juramento del voto, las razones para regresar a Francia, un delito grave.
   
Las hermanas se defendieron con gran firmeza y siguieron con bastante atención los consejos que les dieron. Evidentemente, su elección de vida lejos del mundo, y por tanto su desconocimiento de toda la legislación vigente, y la ausencia de abogado, no les permitía utilizar todos los argumentos legales que les daban una ventaja.
     
Todas explicaron que acudieron a Mons “con pasaporte municipal”, como afirmaron varias de ellas. Dos razones se expresaron como motivos de su regreso a Valenciennes: las insistentes peticiones de los habitantes y la obediencia a sus Superiores.
   
En cuanto a la violación de las leyes al regresar a Francia, muchos enfatizaron el hecho de que en ese momento Valenciennes ya no era parte de Francia, y la Madre Josephine Leroux afirmó que nunca abandonó Valenciennes excepto para una estadía de tres meses en Cambrai.
    
Varias hermanas explicaron la base religiosa de su comportamiento. Madre Leroux decía que «quería reencontrar sus funciones de monja», Madre Erraux: «que no tenía otro motivo que volver a su estado y religión». La madre Clotilde concluyó el interrogatorio afirmando que «al comportarse como lo hizo, sólo quería salvar su religión y no ser apóstata».
  
Todas habían sido condenadas a muerte por emigrar y ponerse bajo la protección del enemigo, actividades que anteriormente estaban prohibidas.

Subiendo el andamio
Tan pronto como regresaron a la prisión después de haber sido interrogadas, las ursulinas que iban a ser ejecutadas el 17 de octubre se prepararon para su muerte. Ellas eran:
  • Marie-Louise Vanot, de 66 años, en religión Madre Marie-Nathalie, de Valenciennes
  • Hyacinthe Bourla, de 48 años, en religión, Madre Marie-Ursule, de Condé
  • Marie-Madeleine Dejardin, de 34 años, en religión, Madre Marie-Augustine, de Cambrai
  • Marie-Geneviève Ducrez, de 38 años, en religión Madre Marie-Louise, de Condé
  • Jeanne-Queen Prin, de 47 años, en religión Madre Marie-Laurentine, de Valenciennes
«La Madre Clotilde entonces no hizo más que ayudar a las que iban a morir, a presentarse ante Dios».
    
«Todas se arrodillaron, colocando un pequeño crucifijo en medio de ellas. La Madre Nathalie comenzó a recitar las Oraciones de los Moribundos; las otras monjas también comenzaron a orar a Dios por ellas».
   
Durante toda la noche, recitaron juntas las Oraciones de los Moribundos y el Oficio de Difuntos. En estas Oraciones por los Difuntos, recogidas en su Ritual, las Ursulinas leen la Pasión según San Juan, recitaban las Letanías de la Virgen y especialmente los 7 salmos penitenciales (Salmos 6, 31, 37, 50, 101, 129, 142) incluyendo el Miserére y el De Profúndis que tenían un lugar importante.
   
En el momento de la despedida, pidieron perdón a sus hermanas, agradecieron a la Superiora y solicitaron su última bendición.
  
La ejecución de las ursulinas fue un recuerdo vivo y ferviente en la memoria de quienes la presenciaron. Fueron muchas las declaraciones sobre este tema en el juicio canónico, y todos estos testimonios expresan en conjunto lo que conmovió a todos los testigos de la ejecución: la alegría y el coraje con que las ursulinas fueron a la muerte cantando, y el hecho de que fueron despojadas de su religión. hábito.
    
Sin embargo, el clima de angustia que había surgido con el montaje de la guillotina en la Plaza de Armas se hizo aún más intenso cuando se supo que estas mujeres eran religiosas, sus antiguas maestras para algunas, que iban al cadalso…
   
«Apenas nos atrevíamos a hablar y mirar, por miedo a preocuparnos»; dijo un testigo.
   
Los habitantes de Valenciennes vieron con tristeza y consternación a las hermanas salir de la prisión, «con las manos atadas a la espalda, en enaguas y camisas, con cintas en la cabeza».
   
Pero la actitud de las propias víctimas contrastaba por completo con una atmósfera general de desaliento.
   
Términos de alegría y coraje aparecen en todos los testimonios que caracterizan sus actitudes fundamentales. Y lo que afectó profundamente a la audiencia fue el hecho de que las hermanas cantaron la Letanía de la Santísima Virgen y el Misérere. Al pie del cadalso, cantaron el Te Deum.
  
La madre Nathalie Vanot fue llamada primero y subió los escalones del andamio con firmeza. La Madre Laurentine y la Madre Agustín, así como la Madre Marie-Louise y la Madre Marie Ursule fueron las otras cuatro ursulinas que fueron guillotinadas ese día.
   
Y un testigo dijo: «Mientras quedaran dos monjas, cantaron el himno del martirio. Todo lo que pudimos escuchar fueron sus voces y su canto; el resto estaba en un silencio sepulcral. Un grito, una queja: era el patíbulo…».
   
En sus cartas de despedida, Madre Clotilde escribió con orgullo maternal: "Fueron a la muerte como si fuera un triunfo muy grande. Volaron a sus tormentos con una alegría y un coraje que llenó de admiración a los verdugos».
    
Las ursulinas, aún en prisión, sabían que pronto también serían guillotinadas, aprovecharon este breve respiro para escribir cartas de despedida, cinco de las cuales nos han llegado: una carta de la Madre Erraux a su hermano, dos de la Madre Scholastique Leroux a las hermanas de Mons y dos de Madre Clotilde.
   
Expresan su deseo de martirio, para identificarse con Cristo hasta el final, en su pasión y en su muerte.
  
La Madre Escolástica escribió: «Hijas de Santa Úrsula, daremos nuestra vida como ella lo hizo, por Su amor (por el amor del Señor), y en amor, le devolveremos la muerte por la muerte».
  
Ante tanta generosidad, el Señor respondió llenándolas de su gracia. Se encontraron llenas de la fuerza y ​​la alegría del Espíritu Santo: «No puedo expresarles la paz y la alegría de mi corazón», escribió la Madre Erraux a su familia.
  
«Soy la persona más feliz del mundo», escribió Madre Clotilde.
  
El 22 de octubre se interrogó a las ursulinas en prisión. Éstas incluyen:
  • Clotilde-Joseph Paillot, de 55 años, en religión Madre Clotilde Angèle Joseph de Saint Borgia, de Bavay
  • Anne-Joseph Leroux, de 47 años, en religión Madre Anne-Joseph, de Cambrai,
  • Marie-Marguerite Leroux, de 45 años, en religión Madre Marie Scholastique, de Cambrai,
  • Jeanne-Louise Barré, de 44 años, en religión Madre Marie-Cordule, de Sailly-en-Ostrevent,
  • Marie-Augustine Erraux, de 32 años, en la religión Madre Anne-Marie, de Pont-sur-Sambre,
  • Marie-Liévine Lacroix, de 41 años, de religión Madre Françoise, de Pont-sur Sambre.
Interrogadas el 22 de octubre, fueron juzgadas y condenadas el 23 y ejecutadas el mismo día.
   
Once ursulinas subieron al cadalso y poco después de su muerte fueron comparadas con las once mil vírgenes que acompañaron a Santa Úrsula al martirio.
  
Ellas también pasaron su última noche en oración. Se reunieron para la “Última Cena”, como la que celebró el Señor el día antes de su muerte. Se alegraron de pensar que al día siguiente estarían en el cielo. Y tuvieron la felicidad de poder recibir la Sagrada Comunión por última vez, gracias a un sacerdote encarcelado con ellos.
   
Durante esta octava de la fiesta de Santa Úrsula, tuvieron una confianza particular en su patrona. Partieron hacia el cadalso con cuatro sacerdotes que también iban a ser guillotinados. La madre Scholastique dijo: «Perdonamos a nuestros jueces, a nuestros enemigos y a nuestro verdugo».
    
Sor Marie-Cordule Barré había sido olvidada en la cárcel. Después de que los demás se fueron, suplicó poder compartir el destino de sus hermanas. Le respondieron: volvieron a buscarla, le ataron las manos a la espalda y se unió a sus hermanas. «Mi vida, nadie la quita, pero yo la doy», dijo Jesús en el Evangelio según San Juan. Siguiendo sus pasos, las ursulinas martirizadas transformaron su cruel muerte en un regalo total de amor puro.
    
En el camino, cantaron los Salmos penitenciales y las Letanías de la Santísima Virgen. La Madre Clotilde agradeció a los soldados de la escolta: «Os estamos muy agradecidos, porque este es el día más hermoso de nuestra vida. Rogamos a Dios que os abra los ojos».
 
Las dos hermanas, la Madre Scholastique Leroux y la Madre Anne-Joseph Leroux, que habían hecho profesión el mismo día, ofrecían juntas el sacrificio de su vida. Las dos brigidinas de Pont-sur-Sambre, Madre Françoise Lacroix y Moher Anne-Marie Erraux que las acompañaron, también estaban juntas para su martirio. La hermana Cordule dio su vida como lo hizo su patrona. Se unió a sus hermanas en el martirio, según su deseo.
  
La madre Clotilde quiso ser ejecutada en último lugar, para animar hasta el final, a quienes le habían sido confiadas. El verdugo le arrebató la pequeña cruz que llevaba al cuello.
  
Cuando llegaron al cadalso, cantaron el Magnificat, expresando tan bien en su corazón el cántico: «Mi alma exalta al Señor, mi Espíritu se alegra en Dios mi Salvador”. El Magnificat se elevó alto en el cielo y luego se debilitó gradualmente según el ritmo de las ejecuciones.
  
El 23 de octubre fue el aniversario de la profesión solemne de Madre Clotilde. Treinta años antes, se había confiado a Dios mediante el don total de sí misma. En este aniversario ratificaba la consagración de su juventud. Su fidelidad nunca fue interrumpida, nunca negada. El sacrificio supremo de su vida ocurrió durante su martirio. ¡Lo había anhelado con un deseo tan profundo y gozo espiritual! En este bendito día, hizo suya la oración que se encuentra en el Ceremonial: 
«Dios mío, ahora ratifico con todo mi corazón el regalo que te hice de mí mismo por los votos que pronuncié durante mi Profesión. Recíbeme como sacrificio por la muerte que espero de ti, como cumplimiento de mis votos».
 
Un testigo presencial informó: «Todavía la veo de rodillas en el cadalso. Ella fue la última, creo. Todavía escucho a esta mujer intrépida animando a sus Hermanas y cantando con ellas las alabanzas de Dios, hasta el momento en que no se escuchó nada en toda la ciudad, salvo un silencio de consternación».
   
Y el Ritual decía: «Deja que la tropa de Ángeles de luz venga a recibir tu alma, cuando sale de tu cuerpo. Que Jesús te muestre su rostro de bondad y alegría, y te coloque entre los que siempre están en su compañía».
 
MARIE-CHRISTINE JOASSART-DELATTE OSU. Conferencia dada el 23 de Octubre de 2019.

ORACIÓN
Oh Dios, que te dignaste coronar con el resplandor del martirio la sobreabundante caridad en la instrucción de las jóvenes por tu bienaventurada virgen Clotilde Ángela y sus Compañeras, concédenos, te suplicamos, que por sus ruegos, siendo fortalecidos por tu amor, no nos apartemos de Ti por cualquier adversidad. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 16 de octubre de 2021

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE MARÍA ANTONIETA

Por Israel Viana para ABC (España).
  
   
Ejecución de María Antonieta
   
La mañana del 16 de octubre de 1793 se reunieron en la plaza de la Revolución de París –actual plaza de la Concordia– más de diez mil personas. Era un espacio «gigantesco», tal y como lo definía Stefan Zweig en su famosa biografía sobre María Antonieta. Más de 350 metros de largo y 210 de ancho en los que, sin embargo, no cabía un alfiler. Era como si toda la ciudad hubiera corrido hasta allí para coger sitio en la función siniestra que estaba a punto de representarse y que el escritor austriaco contaba así:
«Todo el mundo se encuentra allí de pie, desde muy temprano, para no perderse aquel espectáculo único de ver cómo una reina es ‘afeitada por la navaja nacional’. Horas enteras lleva ya de espera la curiosa muchedumbre. Para no aburrirse, se charla un poco con una linda vecinita, se ríe, se bromea y se ojea el periódico más reciente con titulares como este: ‘El adiós de la María Antonieta a sus pequeños’. Se trata de adivinar, en voz baja, qué cabezas caerán aquí, en el cesto, en los días siguientes. Mientras tanto, compran limonada, panecillos y nueces a los vendedores callejeros. La gran escena bien merece un poco de paciencia».
    
La que había sido Reina de Francia hasta hace poco estaba a punto de ser decapitada en el centro de París. Una muchedumbre esperaba ansiosa presenciar una de las ejecuciones más famosas de la historia, solo superada por la de su marido, el Rey Luis XVI, nueves meses antes. Era la culminación del proceso que se había iniciado en 1789 con la Revolución Francesa.
    
El Tribunal Revolucionario dictó sentencia dos días antes. Maria Antonieta fue declarada culpable y condenada a muerte por traición en la guillotina. Se la responsabilizaba de promover todo tipo de conspiraciones, satisfacer sus desmesurados caprichos, arruinar las finanzas del país y haber mantenido una relación incestuosa con su hijo Luis Carlos, el delfín de Francia. Se encontraba recluida en la Torre del Temple a la Conciergerie, una antigua fortaleza convertida en prisión de la República, desde agosto de ese mismo año.
   
La despedida de sus hijos
«Ahora ya nada puede hacerme daño», se lamentó en repetidas ocasiones, según el relato de Cristina Morató en ‘Reinas malditas’ (Plaza & Janés, 2014). Sabe que ha llegado la hora y se despide con aplomo de su hija María Teresa, de 14 años, y de su cuñada la princesa Isabel a quien confía el cuidado de sus pequeños. No le permitieron, en cambio, despedirse de su hijo Luis.
   
Al llegar a su nueva cárcel con un fardo en la mano como único equipaje, el guardián la inscribió como la prisionera número 280. Después la condujo a su celda sin darle ninguna explicación. Esa fue su última morada antes de ser guillotinada tres meses después. Era una mazmorra sucia y llena de moho donde tenía que soportar temperaturas muy bajas. Todo ello sin que le permitieran ver a nadie de su familia. La suerte estaba echada. Pasaba las horas tumbada, tapada con una manta y la mirada perdida.
   
María Antonieta camino de su ejecución, por François Flameng (1887)
    
«A sus 37 años aparenta 60 y su salud está severamente deteriorada como consecuencias de las hemorragias que sufre», asegura Morato. En aquellos últimos días estaba convencida de que su vida estaba marcada por la fatalidad y los acontecimientos parecían darle la razón. Había nacido el Día de los Difuntos de 1755, en Viena, como si de una señal se tratara. El parto había sido difícil y agotador. Este se produjo la víspera de un fuerte terremoto en Lisboa que dejó la ciudad en ruinas. Los Reyes de Portugal, de hecho, iban a ser sus padrinos, pero no pudieron acudir al bautizo por la tragedia.
   
Cuenta la autora que aquella niña despertó más odios y temores que ninguna otra soberana de la época: «De ser una de las princesas más bellas y afortunadas del continente, pasaría a ser declarada culpable de traición y morir en la guillotina antes de cumplir los cuarenta años».

Escuálida y cadavérica
Cuando el Tribunal Revolucionario le leyó la sentencia dos días antes de su ejecución, María Antonieta solo acertó a decir: «Yo era una reina y tú me quitaste mi corona. Mataste a mi esposo y me has privado de mis hijos. Solo me queda mi sangre: tómala, pero no me hagas sufrir más tiempo». En ese momento iba vestida con un sencillo y desgastado vestido negro. Estaba escuálida, pálida y con un aspecto cadavérico. Al público que abarrota la sala le resulta difícil reconocerla.
    
En su última carta antes de subir al cadalso le escribió a su cuñada, la princesa Isabel: «Me acaban de condenar, no a una muerte honrosa, que solo lo es tal para los criminales, sino a que me reúna con vuestro hermano, el Rey. Al igual que él, soy inocente, y espero poder mostrar la misma firmeza que él en los últimos instantes. Me siento tranquila como cuando la conciencia nada os puede reprochar. Me embarga un profundo pesar por tener que abandonar a mis pobres criaturas».
    
Cuando terminó la misiva, besó cada página varias veces. Después la dobló y se la dio al director de la prisión, Monsieur Bault. El gendarme que montaba guardia fuera de la celda había observado este hecho y se la confiscó al alcaide. Isabel, por lo tanto, nunca recibiría el último testamento de la Reina.
   
Da la sensación de que la Reina está cogiendo fuerzas para afrontar sus últimos minutos de vida. Su imagen está muy lejos de la frivolidad que había mostrado a lo largo de sus 37 años de vida. Poco antes había entregado un saquito con un buen puñado de perlas grises, brillantes y rubíes a su amiga del alma, Lady Elizabeth, condesa de Sutherland. Sabía que a ella nadie la registraría por su inmunidad diplomática. María Antonieta debía albergar una mínima esperanza de recuperar aquel pequeño tesoro algún día, cuando pudiera escapar de sus carceleros.
   
Grabado de María Antonieta, frente al Tribunal Revolucionario, en 1793 - Theodor Meyer-Heine
    
El verdugo
A las 11 de la mañana del 16 de octubre de 1793, apareció el verdugo, llamado Henri Sanson. Era hijo de Charles-Henri Sanson, que había ejecutado a su esposo. A continuación, la mujer del director de la prisión le cortó con cuidado el pelo. El encargado de accionar la cuchilla de la guillotina se escondió los mechones en su bolsillo. Después la subieron a un carro junto al padre François Girard, párroco de Saint-Landry y sacerdote constitucional designado por el Tribunal Revolucionario. Aunque María Antonieta se negó a confesarse, debido a que no le habían dejado escoger a un sacerdote propio, este la acompañó durante todo el trayecto.
    
El verdugo se situó detrás de la Reina en la carreta. Al abandonar el patio de la Conciergerie, el vehículo se abrió paso lentamente a través de una multitud situada a ambos lados de la calle. Más de 30.000 soldados formaban una barrera a lo largo del trayecto. María Antonieta iba con las manos atadas a la espalda, como si de un preso cualquiera se tratara. Al pasar, todo el mundo la abucheaba e insultaba. Ella permanecía en silencio. Los vecinos llenaban los balcones y se apostaban en los tejados con el objetivo de presenciar alguno de los macabros detalles de la escena.
    
La condenada entró en la plaza de la Revolución a mediodía. Zweig describía la escena con cierta licencia literaria:
«Sobre este hervidero de curiosos, negro y ondulante, se elevan rígidamente dos siluetas, las únicas cosas sin vida en aquel espacio cargado de animación humana. Por un lado, la esbelta línea de la guillotina, con su puente de madera que lleva del más acá al más allá. Por otro, en lo alto de su yugo centellea, bajo el turbio sol de octubre, el brillante indicador del camino, la cuchilla recién afilada. Ligera y esbelta, su figura se recorta contra el cielo gris como un juguete olvidado de un dios horrendo. Los pájaros, que no sospechan el tenebrosa significado de aquel cruel instrumento, juguetean despreocupadamente sobre él en su revoloteo».
     
«Señor, le pido perdón»
Una vez llegado al lugar donde se ubicaba la estructura de la guillotina, descendió de la carreta y subió la escalera que conducía a la plataforma. La Reina destronada, calificada de «sanguijuela» por los franceses, compareció pálida y derrotada por el cansancio ante los 10.000 espectadores morbosos. El sol cegaba sus ojos acostumbrados desde hace dos meses a la oscuridad y perdió uno sus zapatos. Este se conserva hoy en el Museo de Bellas Artes de Caen. Con el otro pisó accidentalmente el pie del verdugo. «Señor, le pido perdón, no lo hice a propósito», comentó.
   
María Antonieta, al contrario que Luis XVI, no se dirigió a sus antiguos súbditos. Los ayudantes de Sanson la colocaron sobre la plancha de madera de la guillotina y le sujetaron la cabeza con un cepo con forma de media luna. Pocos segundos después dejó caer la cuchilla, que segó la cabeza de un solo golpe. A continuación la recogió para mostrarla a la muchedumbre. Eran las 12.15 horas. Toda la plaza gritó: «¡Viva la República!». La multitud permaneció en silencio mientras abandonaba la plaza.