Meditaciones
dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español,
publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859.
Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador
del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
MEDITACIÓN 18.ª: Qui próprio Fílio suo non pepércit, sed pro nobis ómnibus trádidit illum. (El que aun a su propio Hijo no perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros. Romanos VIII, 32).
Considera
que habiéndonos dado el eterno Padre a su mismo Hijo por mediador, por
abogado cerca de Él mismo, y por víctima en satisfacción de nuestros
pecados, nosotros no podemos ya desconfiar de alcanzar de Dios
cualquiera gracia que le pidamos, valiéndonos del medio de un tal
intercesor: ¿Cómo no nos donó con este Redentor todas las cosas?, añade
San Pablo. ¿Qué cosa nos negara ya Dios, no habiéndonos negado a su
Hijo? Ninguna de nuestras súplicas merece ser oída ni atendida del
Señor; porque no somos dignos de gracias, sí es de castigo por nuestros
pecados; pero ciertamente merece ser oído Jesucristo que intercede por
nosotros, y ofrece todos los padecimientos de su vida, su Sangre y su
muerte. No puede negar cosa alguna el Padre a un Hijo tan amado, que le
ofreció un precio de infinito valor. Él es inocente, y aunque paga a la
divina justicia es para satisfacer nuestras deudas; y su satisfacción es
infinitamente mayor que todos los pecados de los hombres. No sería
justo que pereciese un pecador, el cual se arrepiente de sus culpas, y
ofrece a Dios los méritos de Jesucristo, quien las ha satisfecho por él
sobreabundantemente. Démosle, pues, gracias a Dios, y esperémoslo todo
en los méritos de Jesucristo.AFECTOS Y SÚPLICAS
No,
mi Dios y mi Padre, no puedo ya desconfiar de vuestra misericordia; no
puedo temer que me negueis el perdón de todas las ofensas que os he
hecho, y que no me deis todas las gracias que necesito para salvarme,
cuando me habeis dado a vuestro Hijo a fin de que os lo ofrezca por mí.
Vos puntualmente para perdonarme y hacerme merecedor de vuestras
gracias, me lo habeis donado y me mandais que os le ofrezca, y que por
sus méritos espere mi salvación. Yo os ofrezco, pues, los merecimientos
de vuestro hijo Jesús, y por ellos espero la gracia que repare mi
debilidad, y todos los daños que me he acarreado con mis pecados. Me
arrepiento, bondad infinita, de haberos ofendido; yo os amo sobre todas
las cosas, y de hoy en adelante os prometo no amar a otro que a Vos;
pero este mi propósito ¿de que servirá, si Vos no me ayudais? Por el
amor de Jesucristo dadme la santa perseverancia y vuestro amor; dadme
luz y fuerza para seguir en todo vuestra santa voluntad. Fiado en los
méritos de vuestro Hijo, espero que me oiréis. María, madre y esperanza
mía, también os suplico por amor del mismo Jesucristo que me alcanceis
estas gracias. Madre mía, escuchadme.
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