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miércoles, 5 de agosto de 2009

EL OPUS DEI, ¿UN FARISEÍSMO, UN SADUCEÍSMO, UN HERODIANISMO?

Tomado de CATÓLICOS ALERTA
  
EL OPUS DEI, ¿UN FARISEÍSMO, UN SADUCEÍSMO, UN HERODIANISMO?
Padre Raúl Sánchez Abelenda
 
PRIMERA PARTE: ORDEN GENERAL
La Iglesia católica hoy está sumergida en múltiples problemas. Lamentablemente estos problemas se han ido encarnando de quince años a esta parte y ya está institucionalizados, han tomado carta de ciudadanía y forman parte de la mentalidad de la gente. Ahora es muy difícil sacarla de allí. Cuando el último Cónclave, hablaba con amigos de Buenos Aires, y les decía que, si por un milagro Dios nos diera un Papa como San Pío X, que con mano enérgica y con celo quisiera arreglar las cosas, restituyendo, por ejemplo, el verdadero culto, que está en la Misa de siempre y cuya existencia tiene por lo menos, 1500 años (...) si quisiera arreglar eso, ese Sumo Pontífice se quedaría con diez personas, porque la misma gente que quiere que las cosas estén bien ya tiene la mentalidad cambiada. En la nueva misa, por ejemplo, lo único que no quieren es que haya guitarras, y el problema de la nueva misa nunca fue de guitarras. El problema es si se conserva o no se conserva el rito (...).
   
A raíz del Concilio Vaticano II, que fue la eclosión de algo muy sedimentado, la Iglesia se ha empapado de liberalismo, y no constituye una ofensa para nadie decirlo, porque en las mismas proclamas de las autoridades oficiales está el liberalismo. Incluso algunas emplean fórmulas que son marxistas, como la del “hombre nuevo” (también San Pablo habla del “hombre nuevo”), pero el “hombre nuevo” que ahora se menciona, nunca es colocado en una perspectiva sobrenatural, a ese “hombre nuevo” lo simplifican y ponen siempre en cosas temporales.
   
Dentro de ese liberalismo, decía, que tiene carta de ciudadanía en la Iglesia, está el llamado “liberalismo de tercer grado”.
   
El “liberalismo de primer grado” es el laicismo. El de “segundo grado”, que fue el que primó en los últimos ochenta años de nuestra cultura argentina, consistía en respetar un catolicismo de conciencia (que se enseñara el catolicismo en las parroquias, en las escuelas públicas después de las horas de clase, y también alguna provincia admitió la enseñanza religiosa, etc. etc.). De manera que se trata de un “liberalismo católico”.
   
Ahora bien, el “liberalismo de tercer grado” es el catolicismo liberal, y el catolicismo liberal ha sido condenado por la Doctrina de la Iglesia, y me remito a los Papas Gregorio XVI con la Mirári Vos, Pío IX con la Quánta Cura y con el Sýllabus (proposición 80).
   
Yo coloco al Opus Dei en el “liberalismo de tercer grado”: es un catolicismo liberal, y entre el liberalismo y el catolicismo no hay acuerdo posible. Me remito a la obra, que sigue vigente, “El liberalismo es pecado”, de Sardá y Salvany, y también a la formidable obrita del Cardenal Billot “El error del liberalismo”.
   
Y las tres tentaciones de nuestro Señor Jesucristo dan sentido a los múltiples problemas que vive la Iglesia. Fijémonos que el demonio no puede presentar la última tentación de golpe, tuvo, en cambio, que ir gradualmente (...) El demonio no pudo presentarle abiertamente la tercera tentación a Cristo; en cambio, es muy fácil que un católico con cierta espiritualidad, ejercitando vencer las pasiones, rehuya las tentaciones sensibles y no pueda resistirse a la invitación a “conquistar el mundo”. El diablo le dice entonces: «¡Conquista el mundo, porque tú, cuando conquistes el mundo, lo conquistarás para Cristo!».
   
Entonces yo pregunto: ¿con qué tipo de tentación está mechado el Opus Dei? Está mechado con la tercera tentación, que el diablo no puede presentar abiertamente ante nosotros. No se olviden de que eso de querer ganar al mundo para Cristo, aparece como muy apostólico...
   
Yo sostengo que el Opus Dei hace una síntesis de tres cosa que no son cristianas, y me remito en esto a la historia. ¿Cuáles fueron los enemigos clásicos de Jesucristo mientras vivió su vida pública? El fariseísmo, el saduceísmo y el herodianismo. Los herodianos aparecen menos, sin embargo dialectizan la obra de Jesucristo. «¿Hay que pagar el tributo al César?»... Se lo cuestionaron los herodianos, porque no querían la dominación romana, y entonces dialectizan a Nuestro Señor con los problemas de este mundo, y Nuestro Señor, la Sabiduría infinita, manda «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». O sea, que esa dialéctica entre lo temporal y lo sobrenatural, es de cuño herodiano.
   
El Opus Dei, dice Monseñor Escrivá de Balaguer, tiene que volcarse al mundo y secularizarse, y agrega que no debe haber dialéctica entre progresismo e integrismo, entre mundo y espiritualidad (...)
   
¿Cuáles son las objeciones que los saduceos le ponen a Jesucristo? los saduceos no creen en la resurrección de la carne (...) El saduceísmo es algo puramente temporal, y el Opus Dei tiene un cuño saduceísta con esa apetencia de lo temporal, de los poderes de la política, de la economía, el poder que da el dinero, etc., etc.
   
Y el fariseísmo, como dice el Padre Castellani repitiendo a San Gregorio Papa, es la corrupción de lo religioso. Y creer que yo me salvo porque pertenezco al Opus Dei, acusa una religiosidad muy malsana.
   
Pero pienso que, entre este herodianismo, este saduceísmo y este fariseísmo, la clave la da (y esto se le puede escapar a la gente del Opus Dei y a los que simpatizan con él) el saduceísmo. El saduceísmo fue algo que ya en tiempos de Jesucristo se arrastraba del Antiguo Testamento; por eso, al decir que el Opus Dei propugna un neosaduceísmo en los católicos militantes o practicantes, decimos que el Opus Dei está resucitando algo del Antiguo Testamento.
   
Y el saduceismo, aunque existan matices, viene a ser un sinónimo del calvinismo. El calvinismo aparece en el siglo XVI, recoge la reforma luterana, con su cultura clásica se propone darle un sentido clásico a eso burdo y salvaje que fue la doctrina de Lutero, y fundamenta la salvación estableciendo la predestinación.
   
¿Cómo hace Calvino para fundamentar esa predestinación? De un modo gráfico, él se pregunta: «¿Cómo me consta a mí, o cómo les consta a los cristianos calvinistas, que estoy, o que están salvados?». Se vale de, y recoge un contexto del Antiguo Testamento. Ustedes saben que Nuestro Señor tuvo que aplicar con los judíos, que eran de dura cerviz, una pedagogía que iba de lo interno a lo externo, de lo sensible a lo espiritual (pedagogía que luego irá depurando). Así, hacía uso de bienes materiales: quien es fiel a Dios, tiene bienes materiales (que en esa época estaban representados por la prole, manadas de ovejas, campos, embarcaciones, etc.). La bendición de Dios, en ese contexto, se manifiesta con bienes materiales, otorga poder.
   
Y en el libro de Job, encontramos un ejemplo claro. El protagonista, que no es hebreo, puede ser semita, y los especialistas sostienen que pudo haber sido idumeo, es probado por Dios. Dios permite que se quemen sus campos, que se mueran sus animales y sus hijos, que hasta se vuelva leproso y termine rascándose las úlceras con una teja en un estercolero, mientras sus amigo le reprochan: «Tú que fuiste siempre tan bueno con Dios y tan fiel a la Ley, ¿cómo es que Dios te castiga?». Claro ante sus contemporáneos, Job aparecía como maldito, ya que la señal de estar bendecido por Dios era ser rico. Job reniega del día de su nacimiento, pero -como dicen las Sagradas Escrituras. nunca pecó. Pasada la prueba, Dios bendice a Job devolviéndole aquello de lo que lo había privado, pero multiplicado. De manera que, en el Antiguo Testamento, el bendecido por Dios, era el hombre favorecido temporalmente. Y esto nos lleva a Calvino.
   
Max Weber señala al protestantismo como promotor del capitalismo liberal. Pero, ¿qué protestantismo? El protestantismo calvinista: no en balde el calvinismo influyó mucho en Inglaterra -dueña de dos mares y de la Commonwealth-, y en los Estados Unidos, tanto en su constitución como en su sistema de gobierno, y luego en su espíritu imperialista, que los impulsó a buscar extenderse hacia el oeste y hacia dominios mejicanos, españoles, etc.
   
Así entonces, el calvinismo recoge la figura del Antiguo Testamento y sostiene que el cristianismo calvinista (el “cristianismo verdadero”) que cree en el poder temporal, podrá sentirse seguro de estar salvado. La señal, entonces, es tener poder de las finanzas, los controles de la cultura, integrar un gabinete, fundar universidades, integrar los directorios de bancos, etc., etc. El calvinismo es una expresión depurada, y un poquito refinada, de ese saduceísmo brutal que existía en tiempos de Nuestro Señor, y que forma parte de la mentalidad judía.
   
Es la característica del Opus Dei: esa apetencia de dominar lo temporal, para luego, mediante ese dominio de lo temporal, hacer apostolado. Obviamente ellos no lo van a decir claramente porque suena un poco fuerte, pero sí van a insistir en que su espiritualidad es laical, es secular, en que hay que lograr una armonía con el mundo.
   
Bien, si yo procuro una armonía con el mundo, tengo que servirme de todo lo que me da el mundo. Es cierto que “para santificarlo”, como dice el Opus Dei, pero no puedo dejar de valerme de aquello que no solamente me brinda, sino que constituye la estructura del mundo. ¿Y cual es esa estructura que constituye el mundo? El poder.
   
El poder del dinero, de la cultura, de las influencias. El mundo es poder. Porque el mundo sabe que, después de él, no hay nada más. Decía San Pablo que «si no resucitamos para nuestra fe, comamos y bebamos» o sea, vivamos el espíritu del mundo, vivamos el poder, el poder material... con mucho “equilibrio”, por cierto, con mucha eutrapelia (buen humor), pero son esas las cosas “del mundo”, y esa es la postura del Opus Dei, que insiste en una espiritualilidad laical y en un compromiso con el mundo.
   
Se puede hacer frente a esto con tres frases del Evangelio. En primer lugar, Jesucristo pone como norma de oro que rige nuestra conducta aquello de «buscar primero el Reino de Dios», su ordenamiento, su santidad, eso significa la justicia, que es el objetivo de todo cristiano, lo que me hace justo ante Dios, y me hace justo porque la Sabiduría de Dios (no la voluntad de Dios), lo ha establecido como justo (la Sabiduría de Dios lo establece y la Voluntad divina lo impera), y lo demás «se dará por añadidura». El espíritu secular, mundano, calvinista, insiste y pone el tono en la “añadidura”, más que en el “Reino de Dios”.
   
¿De manera que yo busco primero la añadidura, canonizo, santifico, primordializo la añadidura, para luego buscar el Reino de Dios y su justicia? ¡Jesucristo no nos ha enseñado eso!
   
Otra frase del Señor: «No ruego por el mundo, sino por estos que están en el mundo». Fueron las palabras testamentarias de Nuestro Señor, las que usó en su sermón de despedida con sus íntimos, cuando el Corazón del Salvador se abrió de par en par, antes de entregarse con plena libertad y por amor a su Padre y a nosotros, a su Pasión.
   
Y aquélla otra frase que pertenece a Nuestro Señor, aunque la dice San Pablo: «No queráis conformaros con este siglo». Esto lo dice la Palabra Revelada, y junto a ella, todas las éticas cristianas, tan múltiples, tan variadas, desde los Padres del desierto, pasando por todas las corrientes de espiritualidad legítimas, algunas muy fieles, otras quizás no tanto, han presentado esta separación del mundo.
   
Cuando la Iglesia orienta correctamente al individuo, evitando el clericalismo, siempre le dice que el cristiano, si bien tiene que cumplir sus tareas, sus deberes de estado en este mundo, no puede identificar su fin, su salvación eterna, su felicidad total, con el espíritu del mundo, O sea que el cristiano, aunque está en el mundo, no debe dejarse avasallar por el espíritu del mundo, porque el espíritu del mundo es contagioso y nos aparta del espíritu de Cristo.
   
Ahora bien, el calvinismo tiene otra inflexión, que resulta un poco más sutil.
   
El calvinismo se caracteriza por un voluntarismo. La teología y la filosofía cristianas, siempre han defendido la primacía de la inteligencia sobre la voluntad. No el primado racionalista cartesiano, que ya corresponde al mundo moderno (...). «Volúntas séquitur intelléctum», es decir, «La voluntad sigue al entendimiento», es un adagio, un apotegma de la filosofía y de la teología católica. El objeto de la voluntad es el bien, pero la voluntad no lo conoce, quien le presenta a la voluntad el bien para que lo desee, lo apetezca y lo alcance, es la inteligencia. La sana teología, y la espiritualidad se basa siempre en una sana teología, no es voluntarista, es intelectualista.
   
El calvinismo, por el contrario, se basa en un voluntarismo a ultranza. El voluntarismo ya empezó a manifestarse en la decadencia de la Edad Media, sobre todo el la obra de Guillermo de Ockam. Todo el pensamiento moderno no surge de pronto y por obra de René Descartes, sino que se arrastra de la misma corrupción de la escolástica medieval (en ella tuvo su causa y su proceso).
   
De tal voluntarismo se valdrá Calvino para fundamentar la teoría de la predestinación.
   
La teoría de la salvación calvinista es horrorosa, porque hace depender la salvación del antojo de Dios. Dios hace nacer a algunos hombres para que se condenen y a otros para que se salven. El que está destinado a salvarse, aunque sea un granuja, se salva; y el que está destinado al Infierno, aunque sea un santo varón, se condena.
   
La predestinación calvinista ha sido condenada por la Iglesia católica, felizmente y con términos claros, como debe proceder la autoridad cuando condena algo, y se debe proceder “dogmáticamente”, no “pastoralmente” (que es un término que han inventado ahora y que se presta a cualquier cosa). Cuando se defiende algo, se debe precisar la tesis y se debe obligar a los fieles, por lo menos intrínsecamente, a seguir esa definición si se quiere seguir siendo católico.
   
Pues bien, hay una predestinación católica, por supuesto que la hay, a ustedes les basta con ver el prólogo de esa bellísima carta de San Pablo a los Efesios. ¿Cómo Dios va a ignorar, en su acto simplísimo de saber, Dios que conoce la omnipotencia de su Sabiduría los futuros contingentes, si alguien está salvado o no? Y quienes se salvan, se salvan por los méritos de Jesucristo. ¿Qué diferencia la predestinación católica de la luterana? La predestinación católica salva la justicia divina: la Sabiduría divina rige a la voluntad divina, aunque todo se aúne en la simplicidad divina.
   
En cambio, para Calvino, la voluntad divina está sobre y se impone a la inteligencia divina. Y eso se manifiesta al comparar a Dios como legislador y como juez. Para nosotros, los católicos, y conforme a la doctrina de Santo Tomás de Aquino, Dios primero es Legislador, en el orden natural y en el orden sobrenatural. La inteligencia divina ha establecido un orden en el mundo. Creó al mundo y al hombre, rey de la creación, conforme a un orden. Un orden querido por Dios, pero no querido arbitrariamente. Cuando se dice orden, se está haciendo alusión directa a la inteligencia: es propio, y le corresponde al sabio, al que conoce, ordenar (...) De manera entonces que en la concepción católica permanece Dios como Legislador. Dios es nuestro juez, juzgará si nosotros, haciendo buen uso de la libertad en el tiempo, hemos o no hemos cumplido su ley. Dios nos juzgará en virtud de las leyes que nos hadado. No estamos obligados a obedecer ciegamente sus leyes: nos ha hecho libres de acatar o no sus órdenes. Si las hemos acatado, si hemos observado la ley divina, nos juzgará premiándonos. Si no la hemos observado (somos libres de no hacerlo), en ese caso, y no por un antojo, seremos condenados.
   
En Calvino las cosas se invierten: prevalece el “Dios-juez” sobre el “Dios-legislador”. Incluso extenderá esta idea a la concepción del Derecho, y llega a decir que al Derecho “lo hace la voluntad de los jueces”. No hay normas objetivas en el Derecho, aún en el Derecho humano, y con mayor razón no las habrá en el divino.
   
Este calvinismo voluntarista tiene que refugiarse en algo que implique y asegure el ejercicio dl poder, del dominio, en una concepción prometeica y voluntarista del hombre, porque la base de esa horrible predestinación de Calvino es su concepción voluntarista de Dios y de la economía de la salvación. Entonces Dios condena porque prevalece en Él la voluntad y hace lo que se le antoja, y lo que Dios hace es santísimo e inapelable.
   
Ahora bien, ¿cómo se asegura a un cristiano que está salvado?, ¿cómo se refleja en lo temporal esa Voluntad eterna?, ¿cómo se manifiesta que Dios ha decretado desde su “santísimo antojo” salvarme y no condenarme aunque yo sea un granuja? Dios me beneficiará con bienes materiales, poder, influencias, etc. O sea, se resucita la vieja concepción judía (que antes de Cristo le valió a Dios como pedagogía) trasladada ahora a una visión cristiana.
   
Esta idea del paralelismo entre el calvinismo y el “opusdeísmo” no es mía. El profesor Elías de Tejada y Espínola la expuso claramente en una de sus glosas, la número 3 de la lección 4, página 149 del segundo tomo de su “Filosofía del Derecho”. En ella, y a propósito de la concepción jurídica de un prominente hombre del Opus Dei, Álvaro d’Ors, hace notar que tiene su antecedente en el calvinismo, en el voluntarismo y saduceismo calvinistas. Elías de Tejada no emplea exactamente la palabra “saduceísmo”, pero en cambio ésta sí aparece en el libro de Wast, en la página 78, a propósito del poder de las finanzas de que se vale el Opus Dei.

Hago un resumen antes de pasar a la parte instrumental:
  • Hay múltiples problemas institucionalizados en la Iglesia, que la Iglesia oficial hoy quiere galvanizar, canonizando todo lo que se ha hecho con y a partir del Concilio Vaticano II.
  • En este momento de pseudoequilibrio que puede imantar, hipnotizar, adormecer a tantos católicos que son justos, que viven de su fe, que quieren ser católicos desde las entrañas, se introduce con peligro el Opus Dei, que recoge siempre, en los países católicos, sus feligreses, sus socios, en la derecha (no me gusta hablar de “derecha” e “izquierda”, ni siquiera en política, porque es un modo liberal de expresarse, pero como estos términos se usan, los tomo a modo instrumental), en nuestro ambiente de derecha tradicional, los cautiva con ese orden de fomentar la propia espiritualidad, de prepararlos para conquistar el mundo, porque ese mundo se conquista para Dios, y hay que tener “influencias en el mundo”.
  • El Opus Dei no acepta hacer dialéctica entre tradición y esta nueva postura ante el mundo, esta “apertura apostólica” que nos ha legado el Concilio Vaticano II.
  • Hay también un marcado herodianismo en ese compromiso con el mundo, que es el olvido de las palabras divinas: «buscad primero el Reino de Dios...»; y un fariseísmo con ese espíritu de ghetto que los caracteriza y que hace que les importe salvarse ellos y no a los demás, cuando el genuino espíritu católico es tener afán apostólico de salvar a todos, porque aún el monje, el anacoreta en el desierto, buscan la salvación de las otras almas. No en balde Pío XI declaró “Patrona de las Misiones Católicas” a Santa Teresita, una monjita recluida en un Carmelo, que, sin embargo, hizo tanto por las misiones como el incansable San Francisco Javier, que sí se esforzó materialmente. Todo espíritu de oración y de sacrificio no es de ghetto, sino que es para todos.
  • Y en esa perspectiva se inscribe el Opus Dei especialmente con su característica de “saduceísmo calvinista”, o de “neocalvinismo” que resucita al saduceísmo. con esa impronta, con esa tónica, con esa dominante, especialmente en el afán de lo temporal, por más que la gente del Opus Dei diga que se trata de conquistar el mundo para Cristo.
  • Es un calvinismo voluntarista, de ahí la convicción de estar salvado por la pertenencia al grupo, y que los demás revienten (disculpen la expresión un poco brusca), y que responde a esa concepción calvinista de la predestinación por la que Dios salva a quien quiere, y a quien quiere condena.
  
SEGUNDA PARTE: PARTE INSTRUMENTAL
Entre las cosas que el Opus Dei defiende, está el pluralismo.
    
Una santa doctrina católica no puede defender el pluralismo. Y en eso me acoto a lo que dice San Agustín: «Sólo la verdad tiene derecho, el error no tiene derechos». Me dirán: «Padre, el Concilio Vaticano II sacó un documento sobre la libertad religiosa, que canoniza en la letra, y no sólo en el espíritu, el pluralismo y la libertad religiosa».
   
Según esto, parece que el error tiene tanto derecho como la verdad... Y bien, ante este decreto del Concilio Vaticano II yo levanto la Quánta cura, en la que Pío IX comprometió su infalibilidad.
   
Como se ha dicho desde la suprema cátedra romana, lo ha dicho el Sumo Pontífice, este Concilio no fue dogmático, fue pastoral, y lo dogmático prevalece sobre lo pastoral. Cuando veo que lo pastoral va en contra de lo dogmático y lo oscurece, yo me atengo a lo dogmático, y Pío IX, como ya dije, en la Quánta cura compromete su infalibilidad.
   
De manera entonces, que el pluralismo no se puede defender (...).
   
El pluralismo está rechazado por la doctrina católica, mientras que el Opus Dei en el libro “Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer”, defiende el pluralismo.
   
Jesucristo nos manda que confesemos públicamente nuestro catolicismo. Es evidente que un católico no tiene necesidad de andar con un altavoz diciendo en todas las esquinas del pueblo: «¡Soy católico!». Pero Santo Tomás de Aquino en la “Suma Teológica”, cuando habla de la confesión de la fe (que es un acto de fe externo), sostiene que, cuando se pone en duda, cuando se tergiversa, cuando se enturbia la fe, hay obligación de confesar la fe. Y Jesucristo dice en San Lucas (hay lugares paralelos también en San Mateo y San Marcos): «A aquel que me confesare delante de los hombres, Yo lo confesaré delante de mi Padre».
   
Así que Nuestro Señor nos pide la confesión pública de nuestra fe católica: cuando esta fe católica se ve atacada o enturbiada, yo no me puedo cruzar de brazos. Y aquí Monseñor Escrivá de Balaguer dice que no hay que confesar públicamente el catolicismo. Está en la página 72 y siguientes de la obra citada.
   
Con respecto a la libertad personal, encontramos una libertad personal hipertrofiada, que no está comprometida con nuestra fe católica.
   
En buena hora que usemos de nuestra libertad personal; hay que usarla, que para eso Dios nos hizo hombres. No habría historia humana si no existiera el agente de la historia que es el hombre, agente racional y libre (...). Pero nuestra libertad no es absoluta. Lo único absoluto es la verdad, y Jesucristo ha dicho “la verdad os hará libres”.
   
Yo no le voy a discutir a quien me hable de “dignidad humana”, pero según nuestro catecismo de la infancia, según Santo Tomás de Aquino, lo correcto es hablar de “dignidad de la naturaleza humana”. Sin duda, la naturaleza hunama se manifiesta en nosotros desde que somos personas, pero la oración que bendice el agua, la segunda oración hermosísima del Ofertorio de la Misa tradicional dice: «Oh Dios, que maravillosamente creaste la naturaleza humana y más maravillosamente la restituiste, bendice...», etc., vemos que habla de la “naturaleza humana”, y exalta la obra de restitución por encima de la de creación.   Pero aún en esa naturaleza humana primero está la verdad, primero está nuestra inteligencia, que está hecha para la verdad. Y si al hombre se le concedió libertad, será para que libremente busque y alcance el bien. Porque el hombre no puede buscar y abrazar la verdad si no es libremente. El modo de ser humano ante las grandes cosas es libre (a diferencia de las funciones vegetativas, que prescinden de la libertad).
   
Promover como un ideal, como un desideratus, como la esfera suprema del hombre, la libertad personal, al margen de la verdad católica, promover ese “liberalismo de tercer grado”, está patente en la obra que cité (“Conversaciones con...”) del fundador del Opus Dei, páginas 55 y 59 como así también en otra obra: “El Opus Dei y la libertad religiosa y de conciencia”, página 70.
   
A nosotros nos toca defender la escuela católica (...) no podemos a que nuestra universidad, nuestra escuela pública (primaria y secundaria) sea católica, porque el catolicismo debe primar en la enseñanza, como debe primar en toda la estructura cultural y política del país. Pues bien, el Opus Dei rechaza o hace caso omiso de la escuela católica. Llama la atención que ninguno de los colegios o universidades que han abierto en nuestro país lleven nombre religioso, y que no haya restos externos de pertenecer a un grupo que se dice católico.
   
Habla de la “autonomía universitaria”. Yo soy el primero en defender la autonomía de cátedra, siempre que se conforme a la verdad (una autonomía de cátedra para la subversión es inadmisible). Sin embargo el Opus Dei defiende una autonomía universitaria no comprometida con la verdad católica (página 117 y siguientes de la citada obra). Es la dialéctica que apunté al principio, a propósito, a propósito del herodianismo, dialéctica entre integrismo y progresismo. Dice Escrivá de Balaguer: «No tenemos que dejarnos llevar de la falsa dialéctica entre integrismo y progresismo, nosotros estamos por encima de esa dialéctica». Está en la página 43.
   
En cuanto al ecumenismo, hace gala del mismo.
   
Acabo de leer, en “Itineraires” nº 220, página 159, de febrero de 1978, que Louis Salleron habla del ecumenismo y dice: «el ecumenismo es la parte más importante y misteriosa del pontificado de Pablo VI» (que es cita de las mismas palabras de Pablo VI, quien dijera: «El ecumenismo es la parte más importante y misteriosa de mi pontificado»).
   
Entonces se pregunta el mencionado autor: «¿Por qué ese misterio? ¡Si lo más importante para un Pontífice, aquello que marca su pontificado, no puede tener un sentido misterioso, tiene que ser clarísimo!».
   
Ya sabemos para qué ha servido ese ecumenismo posconciliar. Y ese ecumenismo se conforma a la dinámica y realiza el espíritu del Opus Dei.
   
En la definición del Opus Dei está latente ese espíritu secularizante, universalizante (los protestantes y los no cristianos pueden integrar la filas del Opus Dei). “Amar apasionadamente”, son palabras de una homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer, pronunciada el 8 de octubre del año 1967, en el campus de la Universidad de Navarra (...).
   
Siguiendo con la obra que venimos analizando (“Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer”), el periodista que entrevista a Monseñor hace la siguiente pregunta: «¿Cómo se inserta el Opus en el ecumenismo?
   
Responde Monseñor Escrivá de Balaguer: «Ya le conté el año pasado a un periodista francés, y sé que la anécdota ha encontrado eco incluso en publicaciones de hermanos nuestros separados, lo que una vez le comenté al Santo Padre Juan XIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: “Padre Santo, en nuestra Obra siempre encontramos todos los hombres, católicos o no, un lugar amable, y no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”. Él se rió emocionado porque sabía que ya desde 1950 la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados cooperadores a los no católicos y aún a los no cristianos. Son muchos, efectivamente, y no faltan entre ellos pastores y obispos de sus respectivas confesiones, los hermanos separados que se sienten atraídos por el espíritu del Opus Dei y colaboran en nuestro apostolado. Y son cada vez más frecuentes, las manifestaciones de simpatía y de cordial entendimiento a que da lugar el hecho de que los socios del Opus Dei centren su espiritualidad en el sencillo propósito de vivir responsablemente los compromisos y exigencias bautismales del cristiano».
   
Dice Monseñor Escrivá de Balaguer que el “Camino”, que es el libro de espiritualidad del Opus, es como el Libro de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Así, “Camino” sería un libro “de los Ejercicios del siglo XX”.
   
Tuve la dicha de hacer los Ejercicios Espirituales de San Ignacio en un retiro de treinta días y, a pesar de admirarlos, no afirmo que sea la única forma de espiritualidad. Si "Camino" se asemeja al Libro de los Ejercicios ignacianos, no lo sé, lo que sí puedo afirmar es que no tiene nada de la “Imitación de Cristo” atribuida a Kempis.
   
Comprendo que la “Imitación...” pueda chocarle a algunas personas, ya que su visión antropológica, su concepción del hombre y su contorno, es un poco pesimista. Después de todo, es una obra escrita a fines del siglo XV, cuando ya la decadencia de la filosofía escolástica se manifestaba en el voluntarismo y se presagiaba la tormenta de la Edad Moderna. Admito todo eso. Pero no se puede negar que la “Imitación de Cristo” separa el espíritu del mundo del espíritu de Cristo. El Libro II de la “Imitación...”, tiene una bomba H de la vida espiritual, que si cumplimos, nos hacemos santos. Allí nos dice que «en aquello que vales y no te aprecien, si lo haces por amor a Cristo, poco te importará, y te quedarás en paz, y con la paz que te da Dios».
   
Bien, esta idea de la “Imitación...”, este “ama ser ignorado”, no se compagina con esas pequeñas pinchaduras de vanidad que nos da el “Camino”, cuando dice: «¡sé águila!»... Seremos águilas o seremos lo que Dios quiera cuando nos ubique en su gloria, si por su misericordia nos salvamos.
   
Respecto al pluralismo, en la página 101 del libro que venimos estudiando (de Editoral Rialp, que dicho sea de paso, es del Opus Dei) del año 1968, dice el entrevistador: «Aclarado este punto, quisiera preguntarle, Monseñor, cuáles son las características de la formación espiritual de los socios que hacen que quede excluido cualquier tipo de interés contemporal en el hecho de pertenecer al Opus Dei». Entre otras cosas, responde Escrivá de Balaguer: «Como consecuencia del fin exclusivamente divino de la Obra, su espíritu es un espíritu de libertad, de amor a la libertad personal de todos los hombres. Y como ese amor a la libertad es sincero y no un mero enunciado teórico, nosotros amamos la necesaria consecuencia de la libertad, es decir, el pluralismo». En el Opus Dei, como vemos, el pluralismo es querido y amado, no solamente tolerado, y en modo alguno, dificultado. Así que aquí Monseñor Escrivá de Balaguer habla expresamente de pluralismo.
   
Respecto a la confesión pública de la fe, una cita de la página 72: «Tuve ocasión, Monseñor, de escuchar sus respuestas a las preguntas que le hacía un público de más de dos mil personas reunidas hace año y medio en Pamplona. Insistió usted entonces en la necesidad de que los católicos vivan como ciudadanos libres y responsables y que no vivan de ser católicos. ¿Qué importancia y qué proyección le da usted a esa idea?».
   
Y contesta Monseñor: «Nunca ha dejado de molestarme la actitud del que hace profesión de llamarse católico, como la de quienes niegan el principio de la responsabilidad personal, sobre la que se basa toda la moral cristiana. El espíritu de la Obra y de sus socios es servir a la Iglesia y a todas las criaturas sin servirse de la Iglesia. Me gusta que el católico lleve a Cristo, no en el nombre, sino en la conducta, dando testimonio de vida cristiana. Me repugna el clericalismo” (¡Bueno!, hay muchas clases de clericalismo, a mí también me repugna “cierto” clericalismo). Y comprendo que, frente a un anticlericalismo malo, hay también un anticlericalismo bueno que procede del amor al sacerdocio, que se opone a que el simple fiel o el sacerdote use de una misión sagrada para fines terrenos. Pero no piense que con esto me declaro contra nadie, No existe en nuestra Obra ningún afán exclusivista, sino el deseo de colaborar con todos los que trabajan para Cristo y con todos los que, cristianos o no, hacen de su vida una espléndida realidad de servicio.
   
Por lo demás, lo importante no es sólo la proyección que le he dado a estas idas especialmente en 1928 (fecha de fundación de la Obra) sino la que le da el Magisterio de la Iglesia. Y no hace mucho, con una emoción para este pobre sacerdote que es difícil de explicar El Concilio ha recordado a todos los cristianos en la Constitución dogmática “Gáudium et Spes”, que deben sentirse plenamente ciudadanos de la ciudad terrena, trabajando en todas las actividades humanas con competencia profesional y con amor a todos los hombres, buscando la profesión humana a la que son llamados por el sencillos hecho de haber recibido el bautismo».
   
Evidentemente que aquí no nos conmina el ilustre Monseñor a que hagamos una confesión pública de nuestra Fe. Más bien dice que “no conviene”, porque cristianos o no, basta con que se trabaje con responsabilidad personal. Hay otros textos concordantes, pero los dejo para no extenderme.
  
Sobre la escuela católica
En la página 119 del libro le preguntan: «¿No opina usted que después del Vaticano II han quedado anticuados los conceptos de “colegios de la Iglesia”, “colegios católicos”, “universidades de la Iglesia”, etc.? ¿No le parece que tales conceptos comprometen indebidamente a la Iglesia o suenan a Privilegio?».
   
A esto Escrivá de Balaguer contesta, entre otras cosas: «He de confesar por otra parte, que no simpatizo con expresiones tales como “escuela católica”, “colegio de la Iglesia”, etc., aunque respeto a quienes piensan lo contrario. Prefiero que las realidades se distingan por sus frutos, no por sus nombres. Un colegio será efectivamente cristiano cuando, siendo como los demás, tratando de superarse, realice una labor de formación completa, también cristiana con el respeto de la libertad personal y con la promoción de la urgente justicia social».
   
Dice claramente entonces: «Yo no me comprometo con la expresión “escuela católica”», cuando nuestra obligación, máxime de un país liberal, es promover la escuela católica.
   
Sobre la dialéctica entre integrismo y progresismo
La posición del Opus Dei está en la página 43, y dice: «Cambiando de tema, nos importaría saber su opinión respecto del actual momento de la Iglesia, concretamente, ¿cómo lo calificaría usted? ¿Qué papel cree que pueden tener en esta hora las tendencias que, de modo general, han sido llamadas progresista e integrista?».
   
Y la respuesta que da Monseñor Escrivá de Balaguer: «En cuanto a las tendencias que usted llama progresista e integrista, me resulta difícil opinar sobre el papel que pueden desempeñar en este momento porque siempre he rechazado la conveniencia e incluso la posibilidad de que puedan hacerse catalogaciones de este tipo. Esa división que a veces se lleva hasta extremos de verdadero paroxismo o se intenta perpetuar como si los teólogos o los feligreses en general estuvieran destinados a una continua orientación bipolar, me parece que se debe en el fondo al convencimiento de que el progreso doctrinal y vital del pueblo de Dios sea resultado de una perpetua tensión dialéctica. Yo, en cambio, prefiero creer con toda mi alma en la acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere y sobre quien quiere».
   
En otras palabras, Monseñor rechaza esa oposición porque es bipolar, dialéctica. No quiere dialécticas porque el Espíritu de Dios está por sobre la dialéctica. O sea que él asume toda la virulencia de la dialéctica y le da un aspergeo de agua bendita.
   
Otro tema interesante: “amar al mundo apasionadamente”. La encontramos en toda la homilía pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra, es más, así se llama el texto en cuestión: “Amar al mundo apasionadamente”.

Sobre el fariseísmo de los socios 
Nos remitimos otra vez a la obra “Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer”. Pregunta el entrevistador: «¿De qué manera estima usted que la realidad eclesial del Opus Dei se inserte en la acción pastoral de toda la Iglesia y en el ecumenismo?».
   
Responde Escrivá de Balaguer: «Más que considerar, porque una completa exposición doctrinal sería larga, que al Opus Dei no le interesen ni votos, ni promesas, ni forma alguna de consagración para sus socios, diversa de la consagración que ya todos recibieron con el santo Bautismo. Nuestra asociación no pretende de ninguna manera que sus socios cambien de estado, que dejen de ser simples fieles iguales a otros para adquirir el peculiar status perfectiónis”. Al contrario, lo que sí procura es que cada uno haga su apostolado, y se santifique dentro de su propio estado en el mismo lugar y condición que tiene en la Iglesia y en la sociedad civil. No sacamos a nadie de u sitio, ni alejamos a nadie de su trabajo o de sus empeños y nobles compromisos de orden temporal».
   
Ustedes saben que a Monseñor Escrivá de Balaguer le costó mucho inscribir su instituto en la Próvida Mater Ecclésia de febrero del año 1947. Cundo Pío XII da carta de ciudadanía a los institutos seculares, porque no quería el Obispo que fuera una “Pía Unión”, ni que fuera un instituto secular. Le había dado una expresión sui generis, él lo llamaba “asociación de fieles”, o sea que, de jure el Opus Dei es un instituto secular, aunque de facto (que es donde ellos ponen la tónica) lo niegan.
   
Y agrega Monseñor: «No es quizás éste el momento histórico para hacer una valoración global de este tipo. A pesar de que se trata de problemas sobre los que se ha ocupado mucho, ¡con cuánto gozo de mi alma! el Concilio Vaticano II, a pesar de que no pocos conceptos y situaciones referentes a la vida y misión del laicado, han recibido ya del Magisterio suficiente confirmación y luz, hay todavía sin embargo un núcleo considerable de cuestiones que constituyen, aún para la generalidad de la doctrina, verdaderos problemas límites de la teología. A nosotros, dentro del espíritu que Dios le ha dado al Opus Dei, y que procuramos vivir con fidelidad, a pesar de nuestras intervenciones personales, nos parecen ya dignamente resueltos la mayor parte de los problemas discutidos, pero no pretendemos presentar esas soluciones como las únicas posibles».
   
O sea que, en buen romance, el Opus Dei nos dice: nuestros miembros son iguales que los otros, pero por otra parte sabemos que los caracteriza una obediencia total, un secreto total, un espíritu de ghetto, de grupo “ya salvado de antemano”. O sea, aparecen como los mejores cumplidores del Evangelio, pero con un espíritu de elite (y no estoy en contra de las élites, siempre en el mundo tiene que haber elites para todo) de muy extraño sabor evangélico. Y esto se inscribe en la actitud que observaban los fariseos en la época de Jesucristo. Jesucristo nunca dijo que los fariseos no cumplieran la ley, lo que les reprochó fue la motivación, el espíritu que los movía a hacer sus ayunos. Cuando Cristo señala en su parábola que el publicano salió justificado y el fariseo no, no dijo que el fariseo mentía, sin embargo no salió justificado (...).
   
Lo mismo podemos decir de las riquezas, las riquezas deberán honrar a Dios (lo ponen de manifiesto las palabras que Nuestro Señor pronuncia en el pasaje evangélico en el que la pecadora derrama óleo en sus pies). Ese espíritu de jerarquización, aún en las cosas materiales, tendrá que poner a Dios por encima de todo y esto no está claro en el Opus Dei, que incita a procurar los primeros puestos en todos los órdenes para luego (y si queda memoria) buscar la gloria de Dios. Existe entonces ese segmento de fariseísmo den esta actitud del Opus Dei.
  
Quiero terminar mi exposición con una frase del Reverendo Padre Meinvielle.
  
En el año 1974, la Editorial Dictio publicó en un solo tomo tres obras del Padre Meinvielle. Estas son: “La concepción católica de la política”, “Los tres pueblos bíblicos en su lucha por la dominación del mundo” y “El comunismo en la Argentina” (que es una compilación de conferencias pronunciadas entre los años 1958 y 1962). Bien, en la página 292 de esta edición encontramos esta frase:
«…el pueblo judío aprendió tan sólo una lección: la raza hispánica es imbatible de frente, pero sólo de frente. Puede ser traicionada si se acierta en proporcionarle un tratamiento debidamente dosificado de “cristianismo y mundo moderno”, con el que, bajo la apariencia de apostolado, se le inoculen los virus de la antirreligión y de la antipatria. Tal iba a ser la misión en la España franquista del Opus Dei. La heroica España del ’36 ha sido totalmente emputecida y envilecida, y hoy, en la década del 70, ha quedado totalmente ganada para el mundo judío».
  
El Padre Raúl Sánchez Abelenda nació en 1929 en Nogoyá, provincia de Entre Ríos, Argentina. Fue ordenado Sacerdote en 1953. Obtuvo el Doctorado en Filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y a partir del año 1968 pasó a depender de la Arquidiócesis de Buenos Aires. Durante el Concilio Vaticano II, donde participó como perito, defendió las tesis tradicionales frente al avance modernista. Defensa que se plasmó no sólo en las letras sino en su indeclinable defensa y permanencia en la Misa Romana Tradicional. Activo en la docencia y en la vida pública nacional, ocupó el cargo de decano de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, durante el gobierno justicialista derrocado en marzo de 1976. Apasionado defensor de la Fe de Siempre, falleció el 25 de Febrero de 1996. Sus restos descansan en el Seminario Nuestra Señora Corredentora de La Reja.

martes, 4 de agosto de 2009

SANTO DOMINGO DE GUZMÁN, CONFESOR Y FUNDADOR

“Brille vuestra luz ante los hombres, a fin de que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. (Mateo 5, 16).
  
Nuestro Angélico Padre, Santo Domingo de Guzmán

Nació en Caleruega (Burgos), a fines de 1171. Su padre se llamaba Félix de Guzmán, "venerable y ricohombre entre todos los de su pueblo". Y era de los nobles que acompañaban al rey en todas sus guerras contra los moros. Y muy emparentado con la nobleza de entonces. Su madre, la Beata Juana de Aza, era la verdadera señora de Caleruega, cuyo territorio pertenecía a los Aza por derecho de behetría. Mujer verdaderamente extraordinaria, era querida y respetada por todos, muy caritativa, sinceramente piadosa y siempre dispuesta a sacrificarse por la Iglesia y por los pobres. De ella recibió Domingo su educación primera.

Hacia los seis años fue entregado a un tío suyo, arcipreste, para su educación literaria. Y hacia los catorce fue enviado al Estudio General de Palencia, el primero y más famoso de toda esa parte de España, y en el que se estudiaban artes liberales, es decir, todas las ciencias humanas, y sagrada teología. A esta última se dedicó Domingo con tanto ardor que aun las noches las pasaba en la oración y el estudio sobre todo de las Sagradas Escrituras y de los Santos Padres. Sobre estos textos sagrados iba él organizando en sus cuadernos una síntesis ordenada de toda la doctrina teológica.

Vivía solo, con su pequeño mobiliario y sus libros. Y así podía distribuir mejor su tiempo en el día y en la noche. Para mayor mortificación suprimió el vino, que en su casa tomaba. Suprimir el sueño para estudiar no era para él mortificación, sino gozo, pues la doctrina sagrada le embelesaba. Por eso su estudio tenía tanto de oración y de meditación como de estudio propiamente dicho. Tenía fama de vivir tan recogido, que más bien parecía un viejo que un joven de dieciocho o veinte Su vida anterior le había preparado para ello, tanto en su propia casa como en la de su tío el arcipreste.

Por aquellos tiempos de guerras casi continuas con los moros y entre los mismos príncipes cristianos, con arrasamientos de campos, de pueblos y ciudades, con dificultades enormes para traer de fuera lo que en un pueblo o en una región faltaba, eran, como no podía por menos de suceder, frecuentes las hambres, y en ciertos momentos espantosas. Por toda la región de Palencia se extendió una de esas hambres terribles que llevaban a la muerte muchas gentes. Domingo convirtió su cuarto en una Limosna, como entonces se decía, o sea en un lugar donde se daba todo lo que había y todo lo que se podía alcanzar. Y, claro está, en esa su habitación no quedaron bien pronto más que las paredes. ¡Ah! Y los libros en que Santo Domingo estudiaba, su más preciado tesoro. Tan preciado, que de ellos podía depender su porvenir. No había entonces librerías para comprarlos; había que copiarlos o hacerlos copiar; y de estas dos clases eran los libros de Domingo. Pero, además, esos libros suyos estaban llenos de anotaciones y resúmenes dictados por él mismo. Labor, como se ve, de dinero y de trabajo, nada fácil de realizar. ¡Y cómo duele desprenderse de un manuscrito propio —al que se tiene mas cariño que a un hijo— para nunca más volverlo a ver!...
 
Pues cuando a estos libros de Domingo les llegó su vez, ahí está ese tesoro suyo del alma para venderse también. ¿Que el corazón se le desgarra al venderlos? "Pero, ¿cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas (pergaminos), cuando hermanos míos en carne viva se mueren de hambre?" Esta fue la exclamación de Domingo a los que le reprochaban aquella venta. Y bien vale la exclamación por toda una epopeya. Pero hay todavía más: Domingo vendió cuanto tenía. Pero, ¿y las palabras del Señor: "Amaos como Yo os he amado?" ¿Y no quiso el mismo Cristo ser vendido por nosotros y para nuestro bien? A la Limosna, que Domingo había establecido en su propia habitación, llega un día una mujer llorando amargamente y diciendo: "Mi hermano ha caído prisionero de los moros". A Domingo no le queda ya nada que dar sino a sí mismo, Pues bien; ahí está él; irá a venderse como esclavo para rescatar al desgraciado por el cual se le rogaba.
 
Estos actos de Domingo conmovieron a Palencia; y entre estudiantes y profesores se produjo tal movimiento de piedad y caridad que se hizo innecesario vender libros ni vender personas, sino que de las arcas, en que se hallaba escondido, salió en seguida dinero suficiente para todo. Y hasta salieron de aquí algunos que luego, al fundar Domingo su Orden, le siguieron, consagrándose a Dios hasta la muerte. Y no sólo por Palencia corrió la voz de estos hechos, sino por todo el reino de Castilla, dando lugar a que el obispo de Osma, don Martín Bazán, que andaba buscando hombres notables para su Cabildo, viniese a Domingo, rogándole que aceptase en su catedral una canonjía.
 
La aceptación de esta canonjía suponía para Domingo un paso decisivo hacia el ideal de vida apostólica con que soñaba. Estos Cabildos regulares bajo la regla de San Agustín, fundados durante el último siglo con espíritu religioso y ansias de perfección, con vida común y pobreza personal voluntaria, eran verdaderas comunidades religiosas, aunque en los últimos tiempos habían decaído mucho. El obispo de Osma, en cosa de seis años, tuvo que sustituir a nueve de sus doce canónigos por inobservantes. Por eso buscaba santos, como el joven Domingo, para sustituirlos. Y fue tan honda la reforma de este Cabildo, que perseveró en su vida de perfección hasta fines del siglo XV, en que todos los Cabildos de España se habían ya secularizado. Tenía Domingo unos veinticuatro años cuando aceptó esa canonjía. Y poco después, al cumplir la edad canónica de veinticinco, fue ordenado sacerdote.

Desde el primer momento el canónigo Domingo comenzó a brillar por su santidad y ser modelo de todas las virtudes; el último siempre en reclamar honores, que aborrecía, y el primero para cuanto significaba humillaciones y trabajos. Su virtud atraía. Y, como de él se dijo en su vida de apostolado, nadie se acercaba a él que no se sintiese dulce y suavemente atraído hacia la virtud. Era entonces prior del Cabildo don Diego de Acevedo, elemento importante de esta reforma y sucesor del obispo don Martín a su muerte en 1201. A Domingo debieron elegirle subprior sus compañeros apenas le hicieron canónigo, pues como tal subprior aparece bastante antes de la muerte del obispo Bazán. En 1199 aparece también, como sacristán del Cabildo, es decir, director del culto de la catedral. Estos dos cargos obligaron a Domingo a darse más de lleno al apostolado y ser modelo de perfección en todo.
 
A diferencia de los antiguos monjes, que alternaban la oración con el trabajo manual, los canónigos regulares debían dedicarse más de lleno que a la vida contemplativa, al culto divino y a los sagrados ministerios; a éstos, sobre todo, los que para ellos eran especialmente dedicados. Domingo, pues, como subprior del Cabildo y como sacristán, tendría a su cargo la enseñanza de la religión, que en la catedral se daba; la predicación no sólo en la catedral, sino también en otras iglesias que del Cabildo dependían, bautizar, confesar, dar la comunión, dirigir el culto, etc., todo ello junto con una vida de apartamiento del mundo y de pobreza voluntaria, teniéndolo todo en común a imitación de los apóstoles.

El rey Alfonso VIII había encargado al obispo de Osma, don Diego de Acevedo, en 1203, la misión de dirigirse a Dinamarca a pedir para su hijo Fernando, de trece años, la mano de una dama noble. El obispo aceptó. Y por compañero espiritual de viaje escogió a Domingo, subprior suyo, dirigiéndose con él por Zaragoza a Tolosa de Francia. Pero allí observaron que toda esta región, y aun, al parecer, toda Francia, Flandes, Renania, y hasta Inglaterra y Lombardía, estaban, grandemente infectadas de perniciosas herejías. Los cátaros, los valdenses o pobres de Lyón, y otras herejías procedentes del maniqueísmo oriental, lo llenaban todo. Tenían hasta obispos propios. Y hasta llegaron a celebrar un concilio, presidido por un tal Nicetas, que se decía papa, venido de Constantinopla. Los poderes civiles, en general, de manera más o menos solapada, les favorecían. Su aspecto exterior era de lo más austero: vestían de negro, practicaban la continencia absoluta y se abstenían de carnes y lacticinios. Negaban todos los dogmas católicos, la unicidad de Dios, la redención por la cruz de Cristo, los sacramentos, etc., etc. Con la afirmación de dos dioses, uno bueno y otro malo, su religión venía a ser solamente una actitud pesimista frente a la vida, de la cual había que librarse por esa austeridad y mortificaciones con las que deslumbraban a las muchedumbres.

Desde San Bernardo, sobre todo, se venía luchando contra ellos sin conseguir apenas resultado alguno. En esta zona de Francia se les llamaba albigenses, por tener en la ciudad de Albi uno de sus centros principales. Providencialmente la misma primera noche de su estancia en Tolosa tuvo Domingo ocasión de encontrarse cara a cara con uno de ellos, su propio huésped, quedando horrorizado. Le pidió razón de sus errores, y el hereje se defendió como pudo. Y así la noche entera. Hasta que, al fin, el hereje, profundamente impresionado por el amor y la ternura con que le hablaba Domingo, reconoció sus propios errores y abandonó la herejía. A la mañana siguiente Acevedo y Domingo continuaron su viaje a Dinamarca, donde cumplieron bien su misión, aunque el matrimonio, concertado así por poder o por procurador, no llegó jamás a consumarse, a pesar de un segundo viaje hecho en 1205 por los mismos dos embajadores. Los cuales habían descubierto al norte de Europa un mundo no ya de herejes, sino de paganos, con mucho mayores dificultades para su evangelización, mundo que ya no se borrará jamás de su alma.
  
Vueltos Acevedo y Domingo a Provenza, y conociendo más y más los estragos de la herejía, que todo lo iba dominando, pues se servía de toda clase de armas, la calumnia, el incendio, el asesinato..., decidieron quedarse allí. La lucha entre herejes y católicos era sumamente desigual. Pues, además de que los herejes no reparaban en medios, tenían bandas de predicadores que iban por todas partes propagando su doctrina. Por parte de los católicos, en cambio, sólo podían predicar los obispos o algunos delegados suyos; y algunos, muchos menos, delegados del Papa, pero siempre, y en todo caso, con misiones muy concretas de tiempos y lugares. Además, los herejes apenas tenían otros dogmas que negaciones. Pero, en cambio, alardeaban de practicar a la perfección la moral evangélica y acusaban a la Iglesia de no practicar nada de lo que enseñaba. Para esto se fijaban, sobre todo, en la forma como venían a predicarles los legados pontificios, que solían venir con grande pompa y boato, por creer que lo contrario hacia desmerecer su autoridad.
  
En el seno de la Iglesia hacía un siglo que se venían haciendo reformas en Cabildos catedralicios, como hemos visto, y en Ordenes religiosas, como la de Cluny, la del Cister y otras. Pero estas reformas no siempre lograban, mantenerse en el primer fervor y con frecuencia fracasaban por completo, a poco de haberse iniciado.
  
Además, estas comunidades, por mucha perfección que practicasen, vivían separadas del pueblo, mientras que los herejes vivían con el mezcladísimos. Por otra parte, al pueblo suelen preocuparle menos los dogmas que la moral, y cree siempre más en las obras que en las palabras. Cuando el obispo de Osma y el subprior llegaron a darse cuenta por completo de la situación, comenzaron a advertir al Papa que no era nada a propósito para combatir a los herejes presentarse como sus legados se presentaban. Entre aquella inmensa corrupción, que lo inundaba todo, comenzaban a sentirse por doquier ansias de verdadera vida evangélica, y se hacía cada vez más claro que para conquistar al mundo, tan extraviado y corrompido, había que volver al modo de predicar y de vivir que los mismos apóstoles practicaron.

En la primavera de 1207 hubo un encuentro en Montpellier entre algunos legados cistercienses del Papa, por una parte, y el obispo de Osma y Domingo, por otra, sobre el sistema a seguir en la lucha contra los herejes. El de Osma renunció a todo su boato episcopal para abrazar con Domingo la vida estrictamente apostólica, viviendo de limosnas, que diariamente mendigaban, renunciando a toda comodidad, caminando, a pie y descalzos, sin casa ni habitación propia en la que retirarse a descansar, sin más ropa que la puesta, etc., etc. Domingo por ese tiempo ya no quería que le llamasen subprior ni canónigo, sino tan sólo fray Domingo, y su obispo se había adaptado también perfectamente a esta pobreza de vida.

Con estas cosas el aspecto de la lucha contra los herejes fue cambiando más y más a favor de los católicos. Los misioneros papales aumentaron notablemente en cantidad y calidad, llevando una vida enteramente apostólica y repartiéndose por toda la región en torno a ciertos centros escogidos. Domingo se quedó en un lugarcito llamado Prulla, cerca de Fangeau, junto a una ermita de la Virgen y algunas pocas viviendas, pero con buenas comunicaciones. Era ya predicador pontificio y delegado del Papa para dar certificados de reconciliación con el sello de toda la Empresa Misional. Este sello contenía solamente la palabra Predicación. Al jefe de la misión, en este caso a Domingo, se le llamaba magister praedicationis. Se fundaron no pocos de estos centros; pero como el personal de la misión, en general, era temporero, a los pocos meses comenzaron a cansarse y se fueron a sus abadías, quedando en pie solamente el centro de Prulla, que dirigía y sostenía Domingo. Por este mismo tiempo comenzó Domingo a reunir en Prulla un grupo de damas convertidas de la herejía, a las que él fue dando poco a poco algunas normas y reglas de vida, que más tarde se convirtieron en verdaderas constituciones religiosas, calcadas sobre las mismas de los dominicos. Y habiéndose ido a sus abadías los abades cistercienses que formaban el grupo principal de la misión; habiéndose ido, por otra parte, a Osma don Diego de Acevedo para arreglar sus asuntos y volver a Francia, cosa que no pudo realizar por sorprenderle la muerte; habiendo sido asesinado el principal legado del Papa y director de aquella gran misión, las cosas cambiaron súbitamente, y Domingo, cuando más ayudas necesitaba, se quedó solo. El asesinato de Pedro de Castelnau se atribuyó al conde de Tolosa, por lo cual éste fue excomulgado, el Papa exoneró a sus súbditos de la obediencia debida y promovió contra él una cruzada, capitaneada por Simón de Montfort, que marca uno de los períodos más sangrientos y difíciles de toda esta época.

Domingo no era partidario de estos procedimientos; para defender la religión no aceptaba otras armas que los buenos ejemplos, la predicación y la doctrina; por lo cual, cuando toda aquella región era el escenario de una guerra de las más sangrientas, él se recluyó en Prulla, para sostener allí, cuando menos, un grupito de compañeros, que ya tenía, y otro grupo mayor de mujeres convertidas, base del convento de monjas que allí se estaba formando. En 1212 quisieron hacerle obispo de Cominges; pero él rehusó humildemente, alegando que no podía abandonar la formación de esta doble comunidad, en edad tan tierna todavía.
  
En 1213, calmada un poco la guerra, aparece Domingo predicando la Cuaresma en Carcasona. En esta ciudad, emporio de la herejía, peligraba hasta la vida de los predicadores; se les escupía, se les tiraba piedras y barro, se les dirigía toda clase de insultos y calumnias; y precisamente por eso Domingo tenía a esta ciudad un especial cariño. El obispo le nombró vicario suyo in spirituálibus, es decir, en cuanto a la predicación, al confesonario, a la reconciliación de herejes, etc., pero no en causas judiciales o administrativas. Al año siguiente le nombró capellán suyo, es decir párroco en Fangeaux (25 de mayo de 1214). En 1215 el arzobispo Auch, con el voto unánime de sus canónigos, quiso hacerle obispo de Conserans, diócesis sufragánea suya. Domingo vuelve a resistirse con invencible tenacidad.
  
Estando en Fangeaux una noche en oración, parece haber tenido una revelación especial, de la cual, como es natural, no queda documento fehaciente; queda solamente un monumentito de tiempo posterior llamado Seignadou. Y allí parece haber tenido el Santo cierta visión que le impresionó grandemente. ¿La revelación del rosario? Los santos nunca suelen sacar al público estos secretos. Entrar con más detalles en esto de la fundación del rosario no es cosa nuestra. La tradición, unánime hasta tiempos muy recientes, avalada por gran multitud de documentos pontificios y con multitud de argumentos de toda clase, a Santo Domingo atribuye la fundación del rosario.
  
Desde 1214 vuelve Domingo a sus continuas andanzas de predicación y apostolado, y en plan verdaderamente apostólico. Los testigos del proceso de su canonización nos ofrecen datos abundantísimos. Nunca iba solo, sino con un compañero por lo menos, pues Jesucristo enviaba a sus discípulos a predicar de dos en dos. Solía llevar consigo un bastón con un palito atravesado en lo alto, como empuñadura. Uno de estos bastones se conserva todavía en Bolonia. Ninguna clase de equipaje ni bolsillos ni alforjas, sino tan sólo, en la única túnica remendada y pobrísima con que se cubría, una especie de repliegue sobre el cinturón, en el que llevaba el Evangelio de San Mateo, las Epístolas de San Pablo y una navajita sin punta, sin duda para cortar el pan duro que pidiendo de puerta en puerta le daban. Iba ceñido con una correa, a estilo de los canónigos de San Agustín a que pertenecía.

Caminaba siempre descalzo. Lo cual dio lugar a que un hereje se le ofreciese en cierta ocasión como guía para conducirle a un lugar desconocido, en que tenía que predicar. Lo llevó por los sitios más malos, llenos de piedras y espinos, de modo que al poco rato Domingo y su compañero llevaban los pies deshechos y ensangrentados. Domingo entonces comenzó a dar gracias a Dios y al guía, porque con aquel sacrificio, decía, era bien seguro que su predicación produciría gran fruto. Y así fue, porque hasta el mismo guía se convirtió.

En los caminos iba siempre hablando de Dios y predicando a los compañeros de viaje. Y cuando esto no era posible se separaba del grupo y comenzaba a cantar himnos y cánticos religiosos. Cuando el concilio de Montpellier, para diferenciarles de los herejes, prohibió a los predicadores católicos ir descalzos, Santo Domingo llevaba sus zapatos al hombro y sólo se los ponía al entrar en pueblos y ciudades. Ninguna defensa llevaba en sus viajes contra el sol, aun en lo más ardiente del verano, ni contra la lluvia o la nieve. Y cuando llegaba a un pueblo con su túnica de lana empapadísima y le invitaban a que, como todos los demás, se acercase al fuego para secarse, él se disculpaba amablemente yéndose a rezar a la iglesia. A consecuencia de lo cual solía estar lleno de dolores, en los que se gozaba. Sus mortificaciones eran continuas e inexorables. Su camisa estaba tejida con ásperas crines de cola de buey o de caballo, como declaran en su proceso las señoras que se la preparaban. Por debajo de ella tenía otros cilicios de hierro y, fuertemente ceñida a la cintura, una cadena del mismo metal, que no se quitó hasta su muerte. Con cadenillas de hierro también se disciplinaba todas las noches varias veces. No tuvo lecho jamás, y, cuando en sus viajes se lo ponían, lo dejaba siempre intacto, durmiendo en el suelo y sin utilizar siquiera una manta para cubrirse, aun en tiempos de mucho frío. En los conventos ni celda siquiera tenía, pasando la noche en la iglesia en oración en diversas formas, de rodillas, en pie, con los brazos en cruz o tendido en venia a todo lo largo. Para morir tuvieron que llevarle a una celda prestada. Parcísimo en el comer, ayunaba siempre en las cuaresmas a sólo pan y agua.
  
Jamás tuvo miedo a las amenazas que los herejes continuamente le dirigían. El camino que desciende a Prulla desde Fangeaux era muy a propósito para emboscadas y asaltos. Y, sin embargo, casi a diario lo recorría Domingo bien entrada la noche. Un día unos sicarios, comprados por los herejes, le esperaban para matarle. Mas providencialmente aquel día no pasó por allí el siervo de Dios. Y, habiéndole encontrado tiempo más tarde, le dijeron que qué hubiera hecho de haber caído en sus manos, a lo cual Domingo les respondió: "Os hubiera rogado que no me mataseis de un solo golpe, sino poco a poco, para que fuese más largo mi martirio; que fuerais cortando en pedacitos mi cuerpo y que luego me dejaseis morir así lentamente, hasta desangrarme del todo". ¡Qué grandeza! ¡Que amor a la cruz y al que en ella quiso por nosotros morir!
  
Dejemos a Domingo seguir en sus ininterrumpidas predicaciones. Por el mes de abril dos importantes caballeros de Tolosa se le ofrecieron a Domingo para seguirle, no como los demás discípulos que le acompañaban, sino incorporándose plenamente con él, con un juramento o voto de fidelidad y de obediencia. Uno de ellos, Pedro Seila, iba a heredar de su padre tres casas en la ciudad de Tolosa, y de aquí salió la primera fundación de dominicos, pues antes del año estaban las tres llenas de gente. El obispo, al aprobarles la fundación, había declarado a Domingo y a sus compañeros vicarios suyos en orden a la predicación, y esto en forma permanente y sin especial nombramiento, cosa hasta entonces completamente desconocida en la historia de la Iglesia. Como no podemos seguir paso a paso esta historia, baste recordar que, cuando, en vez del obispo, sea el Papa el que tome una determinación parecida en orden a Domingo y sus compañeros, la Orden de Predicadores quedará fundada. Los compañeros de Domingo eran todos clérigos y vestían, como él, túnica blanca, como los canónigos de San Agustín. Y Domingo se preocupó inmediatamente de buscarles un doctor en teología que les pusiera clase diaria, a fin de prepararles para la predicación. Primero doctores y luego predicadores.
  
Por el mes de noviembre de 1215 celebróse en Roma el IV Concilio de Letrán, el más importante acaso de la Edad Media. En este concilio, canon 13, se prohibió la fundación de nuevas Ordenes religiosas. ¿Qué sería de la recién nacida, aunque aún no confirmada por Roma, Orden de Predicadores? El Papa, sin embargo, declaró, como ampliación de ese canon prohibitivo, que admitiría fundaciones con tal de que se acogiesen a una de las antiguas reglas, completada en los detalles por especiales constituciones, para mejor adaptarlas a los tiempos. Esto lo dijo el mismo Inocencio III a Domingo, asegurándole que cuantas constituciones adicionales le propusiese él se las confirmaría. Pero, unos meses después, muere el Papa y es elegido Honorio III. Domingo había reunido a sus hijos el día de Pentecostés de 1216 para redactar esas nuevas constituciones, que son aún hoy la base de las constituciones de la Orden dominicana; pero, cuando quiso ir a Roma, para que el Papa cumpliese su palabra de confirmárselas, el Papa era nuevo y se resistía a prescindir de un canon del concilio para aprobar una Orden que con tantas novedades se presentaba. Sobre todo lo de la predicación, como privilegio concedido a los dominicos sólo por serlo, levantaba por todas partes una grande oposición. Había también en esta nueva Orden otras novedades, por ejemplo, las constituciones hechas por Domingo, a diferencia de las de todas las Ordenes religiosas existentes, eran leyes meramente penales, pues no obligaban a culpa, sino a pena. Además, la doctrina de las dispensas se cambiaba por completo. No sólo se dispensaba una ley por no poder cumplirla, sino también cuando, aun pudiendo, estorbaba a otra ley o precepto de orden superior y más directamente conducente al fin último de la Orden, etc., etc.
  
El Papa, sin embargo, quería y veneraba mucho a Domingo, y cuanto más le iba tratando más le veneraba y le quería. Y, al fin, después de algunas vacilaciones y muchas consultas, dio su bula de 21 de enero de 1217, concediéndole a Domingo la confirmación deseada. Y tan amigo de Domingo y protector de su Orden llegó a ser que desde esa fecha hasta 1221, por agosto, en que Domingo expiró, le fueron dirigidos por el Papa sesenta documentos entre bulas, breves, epístolas, etc., llegando a eximirle de pagar los gastos que todos estos documentos debían pagar en la curia pontificia.
  
Por este tiempo, estando Domingo en Roma, se le aparecieron una noche en oración los apóstoles San Pedro y San Pablo y, entregándole un báculo y un libro, le dijeron ambos a la vez: "Ve y predica". Esto lo refirió el mismo Domingo más tarde a alguno de sus hijos, que lo transmitió a la historia.
  
Confirmada la Orden, volvió Domingo a Francia, y el 15 de agosto de 1217 reunió a sus dieciséis discípulos en Tolosa, para dispersarles por el mundo contra la opinión de casi todos, incluso algunos obispos amigos. De estos dieciséis dominicos envió siete a París, dándoles por superior al único doctor con que hasta entonces contaba, fray Mateo de Francia, y poniendo, además, entre ellos dos con fama de contemplativos, uno de éstos su propio hermano. A España envió cuatro. Tres los dejó en Tolosa, y los otros dos se quedaron en Prulla, donde, además de las monjas, habían comenzado a congregarse hacía algunos años un grupito de discípulos. Poco tiempo más tarde envió también religiosos a Bolonia, al lado de la otra universidad de fama mundial que entonces brillaba.
  
En 1219 visitó Domingo su comunidad de París, que tenía ya más de treinta dominicos, varios de ellos ingresados en la Orden con el título de doctor. De este modo, no sólo tenían derecho a enseñar, sino que podían hacerlo en su propia casa, que ya entonces estaba establecida en lo que fue después, y vuelve a ser hoy, famosísimo convento de Saint Jacques. En Bolonia le sucedió una cosa parecida, pues en 1220, por la acción del Beato Reginaldo, doctor también de Paris, y otros varios, que por él habían ingresado, en la Orden, la universidad se encontraba en las más íntimas relaciones con los dominicos. Podemos decir que tanto el convento de París como el de Bolonia comenzó a ser desde el principio una especie de Colegio Mayor, o, aún más, una sección de la misma universidad, incorporada a ella totalmente.
  
En 1220 las herejías de cátaros, albigenses, etc., se habían extendido muchísimo por Italia, especialmente por la región del norte. El papa Honorio III, para detener los progresos de la herejía, determinó organizar una gran Misión. Pero, en vez de poner al frente de ella algún cardenal como legado suyo, o algunos abades cistercienses, encomendó la dirección a Domingo, no sólo con facultad para declarar misioneros a cuantos quisiese de sus propios hijos, sino también para reclutar misioneros entre los mismos cistercienses, benedictinos, agustinos, etc. Esto era una novedad que, aunque presentida, llamó mucho la atención. Seguir las peripecias de esta gran misión nos es absolutamente imposible. Domingo acabó en ella de agotar sus fuerzas por completo. Venía padeciendo mucho de varias enfermedades, sin querer cuidarse lo más mínimo ni dejar de predicar un solo día muchas veces y a todas horas.
  
El día 28 de julio por la noche llegó a su convento de Bolonia verdaderamente deshecho y casi moribundo. Pero no quiso celda ni lecho, sino que, como de costumbre, después de predicar a los novicios, se fue a la iglesia a pasar la noche en oración. El 1 de agosto no pudo levantarse del suelo ni tenerse en pie, y por primera vez en su vida aceptó que le pusieran un colchón de lana en el extremo del dormitorio, y poco después en una celda, que le dejaron prestada, pues en la Orden no hubo nunca dormitorios corridos, sino celditas, en las que cabía un colchón de paja —de lana para los enfermos— y un pupitre para estudiar y escribir. La intensidad de la fiebre le transpone a ratos. Otras veces toma aspecto como de estar en contemplación y otras mueve los labios rezando, otras pide que le lean algunos libros; jamás se queja; cuando tiene alientos para ello habla de Dios, y la expresión de su rostro demacrado sigue siempre dulce y sonriente.
 
El 6 de agosto habla a toda la comunidad del amor de las almas, de la humildad, de la pureza, condición necesaria para producir grande fruto. Después hace confesión general con los doce padres más graves de la comunidad, que más tarde declararon no haber encontrado en él ningún pecado, sino muy leves faltas.
  
Después, ante la sospecha, que le sugirieron, de que quisieran llevar a otra parte su cuerpo, dijo: "Quiero ser enterrado bajo los pies de mis hermanos”. Y viéndoles a todos llorar, añadía: "No lloréis, yo os seré más útil y os alcanzaré mayores gracias después de mi muerte". Y ante una súplica del prior levantó las manos al cielo, diciendo: "Padre Santo, bien sabes que con todo mi corazón he procurado siempre hacer tu voluntad. He guardado y conservado a los que me diste. A Ti te los encomiendo: Consérvalos, guardalos". Y volviéndose a la comunidad, preparada para rezar las preces por los agonizantes, les dijo: "Comenzad". Y, al oír: "Venid en su ayuda, santos de Dios", levantó las manos al cielo y expiró. Era el 6 de agosto de 1221, cuando no había cumplido aún cincuenta años. Ofició en sus funerales el cardenal Hugolino, legado del Papa, al que había de suceder bien, pronto, y que le había de canonizar.
  
Una de las monjas admitidas por él en el convento de San Sixto, de Roma, hace de Domingo la siguiente descripción, confirmada por el dictamen técnico que sobre su esqueleto se dio en 1945, al abrir su sepultura, por temor de que fuese Bolonia bombardeada: "De estatura media, cuerpo delgado, rostro hermoso y ligeramente sonrosado, cabellos y barba tirando a rubios, ojos bellos. De su frente y cejas irradiaba una especie de claridad que atraía el respeto y la simpatía de todos. Se le veía siempre sonriente y alegre, a no ser cuando alguna aflicción del prójimo le impresionaba. Tenía las manos largas y bellas. Y una voz grave, bella y sonora. No estuvo nunca calvo, sino que tenía su corona de pelo bien completa, entreverada con algunos hilos blancos."
  
Fue canonizado por Gregorio IX en 1234. Y sus restos descansan en la magnífica basílica del convento de Predicadores de Bolonia, en una hermosísima y artística capilla.
 
ALBINO GONZÁLEZ MENÉNDEZ-REIGADA, O. P.

MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SANTO DOMINGO
I. Se ve brillar una estrella sobre la frente de Santo Domingo inmediatamente después de su bautismo. Era el presagio del fulgor admirable que debía proyectar sobre la Iglesia de Dios. En efecto, desde tierna edad, edificó a cuantos lo rodeaban por su piedad, su austeridad y la práctica de las virtudes cristianas en general. ¿Has consagrado tú como Santo Domingo las primicias de tu vida a Dios? ¡Desgraciado el tiempo en el que no te amé, oh Dios mío! (San Agustín).

II. Este astro, tan radiante al levantarse, brilló con esplendor más deslumbrador aun a su mediodía. Santo Domingo alumbró y abrasó toda la tierra con el fuego del amor divino, con sus predicaciones y las de los religiosos de su Orden. Si tu profesión no te obliga a trabajar por la salvación de las almas mediante la predicación del Evangelio, debes por lo menos trabajar seriamente por tu propia salvación, y edificar al prójimo con tus buenos ejemplos.
 
III. Los astros no por ocultarse a nuestra vista pierden sus rayos: su fulgor no es menor a su ocaso que a su mediodía. Santo Domingo trabajó hasta su muerte por la gloria de Dios y la salvación de las almas, sin desalentarse por los obstáculos y sin perder nunca su primer fervor. Trabaja tú, mortifícate, haz penitencia hasta el último suspiro; y si alguien te invita a disiparte y a abandonar las austeridades de la penitencia, respóndele: Eso está bien para los bienaventurados; pero, para mí, que he ofendido a Dios, me hace correr el riesgo de perecer para toda la eternidad. (San Paciano).

El celo por la salvación de las almas. Orad por las órdenes religiosas.
 
ORACIÓN
Oh Dios, que os dignasteis esclarecer la Iglesia por los méritos y la doctrina de vuestro confesor Santo Domingo, haced, por su intercesión, que nunca se vea privada de los socorros temporales, y que siempre logre nuevos progresos en las obras espirituales. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 3 de agosto de 2009

¿QUÉ TAL ESTO?

Espere más detalles en nuestra próxima emisión.

SEÑOR RATZINGER, LAS CRUZADAS NO FUERON “MALOS ENTENDIDOS” COMO Vd. DICE

Por Julio Alvear Téllez para Denuncia Profética.
     
¿TODAS LAS RELIGIONES AGRADAN A DIOS?
 
9 de mayo de 2009. Benedicto XVI ingresa a la principal mezquita de Amán, Jordania, para pronunciar uno de esos discursos ecumenistas tan característicos de su Pontificado. Benedicto XVI se encuentra en el significativo templo de una religión cuya historia -quiérase o no- consiste en haber casi aniquilado a la Cristiandad de Oriente (salvo en los lugares donde se levantó una resistencia salvífica apenas tolerada) y en haber puesto en jaque a la Cristiandad de Occidente. Los pueblos hispánicos saben muy bien de esto pues su propia supervivencia y alma les vino en ello: desde el siglo VIII hasta el siglo XV, las Españas configuraron su unidad a partir de la heroica resistencia al Islam invasor y de la posterior reconquista religiosa y política. Desde Don Pelayo hasta el Cid, desde San Fernando III hasta Isabel La Católica y Don Juan de Austria, España se convirtió en la espada de la Cristiandad contra los ataques del Islam.
  
Momento del discurso de Benedicto XVI en la Mezquita Rey Hussein (Amán, Jordania)
 
Pero hoy ¡qué tiempos! Tiempos vanos en donde todo es fluido. La modernidad necesita ser líquida (Z. Bauman) para dominar. Y los católicos nos hemos integrado a este proceso claramente a partir del Concilio Vaticano II. Hemos terminado por licuar nuestras antiguas convicciones. Pero no lo hemos hecho solos. Y ese es nuestro mayor drama. Desde las sagradas alturas de la Cátedra de Pedro se nos ha instado a ello. Y es ese nuestro mayor dolor. Porque es un dato certísimo que desde la maléfica declaración Nostra Ætáte, del Concilio Vaticano II, promulgada el 28 de octubre de 1965 por Pablo VI, los Pontífices -Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI- han sembrado en el pueblo católico el ideario del ecumenismo humanista y naturalista, soñado por los revolucionarios del siglo XVIII. En la teología conciliar este ideario se llama propiamente “ecumenismo” cuando se refiere a las religiones cristianas; tratándose de religiones no cristianas le llaman “diálogo inter-religioso”, pero viene a ser lo mismo. En pocas palabras: se nos sugiere, se nos simboliza y a veces se nos dice como en susurro y discretamente que todas las religiones son más o menos iguales en lo que se refiere a sus aspectos salvíficos.
  

En el encuentro de Asís de 1982, la cumbre ecuménica organizada por Juan Pablo II, se sustituyó la cruz de Nuestro Señor Jesucristo por un “arbusto de la paz”, por obra del propio Pontífice. Los líderes religiosos del mundo aparecieron con el arbusto como si no fuera verdad que Dios fundó una única Iglesia para salvar a los hombres y sanar a las sociedades temporales con el don de la paz cristiana.
 
Se me dirá que los Papas conciliares nunca han renunciado a la Fe. Que se sigue profesando el Credo. Que Benedicto XVI sigue rezando el Ángelus todos los miércoles en audiencias generales. Pero no puedo dejar de observar que cada vez que el Santo Padre reza el Credo o el Ángelus de acuerdo al ideario ecumenista, profesa nuestra fe amoldada a una verdad relativa: la que afirma que cada cual se salva según su propia religión, porque en el fondo todas las religiones son buenas, y no es cierto que exista una sola religión verdadera, única salvífica. Asimismo, no puedo dejar de recordar que el término “diálogo inter-religioso” no aparece ni una sola vez en las Escrituras. Nuestro Señor dijo “Id y predicad a todos los pueblos”, no “Id y dialogad”. Predicar significa “decir fuerte”, “decir con voz alta” las verdades de la fe. No es delicuescencia, sino consecuencia, lo que se nos pide. Benedicto XVI cada vez que entra a un lugar de culto no católico “dialoga”, y no “predica”. En eso es muy moderno. Modernidad líquida. El Pontífice siempre muestra señales explícitas de que considera tales lugares como sagrados por derecho propio, es decir, lugares donde se encuentra al verdadero Dios. Por ello, en sus discursos ecumenistas -que no ecuménicos- el Pontífice siempre hace alguna reserva sobra alguna actitud militante de la Iglesia en el pasado.
 
Su discurso en la Mezquita de Amán no fue una excepción. Se refirió a los siglos de lucha de la fe católica contra el Islam sólo como ‘malentendidos’. Estas fueron sus palabras (Para un informe más completo sobre esta visita y otras partes de su discurso -en inglés-, hacer click aquí):
“Musulmanes y cristianos, precisamente por la carga de nuestra historia común tan a menudo marcada por la incomprensión, debemos hoy hacer lo posible para ser conocidos y reconocidos como siervos de Dios fieles a la oración deseosos de conservar y vivir por los decretos del Todopoderoso, misericordioso y compasivo…”.
Sólo desde el ideario ecumenista se comprende por qué el actual Pontífice renuncia en este discurso (como en tantos otros del género) a mostrar a los seguidores de Alá la verdad esencial de nuestra Fe: la Santísima Trinidad. Benedicto XVI no dice “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” sino que habla, invoca, los “decretos del Todopoderoso, misericordioso y compasivo”, es decir, en un lugar de culto islámico invoca al Dios del Islam, el Dios de Alá. Para comunicarse con ellos, habla como lo haría un mulá seguidor de Mahoma. Sin embargo, cuando los seguidores de Mahoma hablan con el Santo Padre invocan al Dios de ellos, no a la Santísima Trinidad, que como se sabe, consideran una blasfemia, un residuo de paganismo politeísta.
  
Ese es el final del ecumenismo en la actual situación. Es algo peor que el cuento de los tres anillos de Boccaccio. Porque por el ecumenismo terminamos por licuar -progresivamente y casi sin darnos cuenta- nuestras convicciones más caras. Por él se nos insta a reducir su lógica. A detener todas las exigencias universales del amor de Dios. Ya quisieran los maestros laicos del espíritu ecumenista que todas las religiones se plegaran a él. ¿Lo lograrán? Es una incógnita. Mientras tanto, el Santo Padre sirve a sus deseos, y el catolicismo autodemuele su propia regla de fe mientras reza el Credo. Sí señores! Seguimos siendo católicos, pero no en Belén, en el Tabor y en el Calvario sino cooperando con un “stand” en el gran supermercado mundial de las religiones.

EL PAPA ELOGIA A ARZOBISPO HOMOSEXUAL DE POLONIA

Por Atila Sinke Guimarães para Denuncia Profética


El 28 de junio de 2009, el Papa Benedicto XVI envió un cálido mensaje de elogio a Juliusz Paetz, antiguo Arzobispo de Poznań (Polonia), al cumplirse el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal. ¿Quién es Paetz? ¿Qué hizo para merecer este honor?
 
Desde el año 2000, Paetz ha sido acusado repetidamente de abuso sexual a sus seminaristas del Seminario de Poznań. Los cargos en su contra se hicieron públicos en febrero de 2002 después de un reportaje en el periódico polaco Rzeczpospolita. Dicho reportaje sostiene que el comportamiento de Paetz fue tan notorio y censurable que el rector del seminario prohibió a Paetz visitarlo.
  
Cuatro seminaristas hicieron acusaciones formales describiendo los casos en que Paetz presuntamente los indujo a contactos sexuales. En vista del escándalo que estaba sacudiendo a Polonia, 43 intelectuales polacos de Cracovia y Varsovia firmaron una carta pidiéndole al Arzobispo cediera su cargo hasta que la situación fuese clarificada.
  
El periódico también afirmó que las cartas que describían aquellos cargos contra el Prelado, habían sido enviadas a comienzos del 2000 al secretario privado del Papa, el Obispo Stanisław Dziwisz –hoy Cardenal de Cracovia– y al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal Joseph Ratzinger –el Papa actual–. Aquellas cartas simplemente fueron ignoradas.
  
Como la presión continuó aumentando, se envió a Poznań una comisión vaticana para hacer una investigación al respecto. Más de 40 testigos fueron interrogados en total. Según fuentes no oficiales, la mayoría de ellos confirmó las acusaciones (ver Vatican II, Homosexuality and Pedophilia, págs. 284-285).

Debido a esa investigación y al creciente clamor contra ese escandaloso comportamiento, el Arzobispo Paetz presentó su renuncia a la edad de 67 años. Fue aceptada por Juan Pablo II en marzo de 2002. No obstante, permaneció en la Curia de Poznań participando en muchos eventos públicos.
 

El Arzobispo Paetz, retirado por abusar sexualmente a seminaristas, ahora es honrado por el Papa.
 
Bajo el pontificado de Benedicto XVI, el Arzobispo Paetz ha seguido disfrutando de una buena posición. En mayo de 2006 fue mostrado por la televisión saludando al Papa durante su peregrinación a Polonia. En junio de 2007 fue una figura top en la jornada de la juventud en su país. También ha asistido a varias audiencias con el Papa Benedicto en Roma, donde es dueño de un lujoso apartamento. En abril de 2009 –como prelado en condiciones normales– se le vio participando en la celebración de aniversario de la Facultad de Teología en Poznań. (The Tablet, 4 de julio de 2009, pág. 31).
  
Pero los cargos contra Paetz incluyen más que abusos sexuales de seminaristas. De hecho, en noviembre de 2008 una comisión parlamentaria polaca fue creada para investigar su pasado después de que la prensa reveló que Juliusz Paetz había actuado como informante para el régimen Comunista mientras trabajaba en el Vaticano entre los años 70 y 80.
   
Dado este pasado tan turbio, ¿cómo explicar la decisión de Benedicto XVI de honrar a este Prelado? No tengo una explicación precisa, pero el hecho es que el 28 de junio de 2009 le envió a Paetz un mensaje por el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal. Su telegrama fue publicado por el semanario de la Arquidiócesis de Poznań Przewodnik Katolicki. En él, Benedicto lo felicita por su “fructífero” y “saludable trabajo por el bien de la Iglesia” que ha realizado en Polonia y en el extranjero. Benedicto también dijo, “guiando vuestro rebaño, disteis un testimonio de fe en la resurrección de Cristo que alejó todo temor”. Además, añadió que “venerando a María como Madre de la Iglesia y Reina de Polonia con un amor de hijo y la piadosa veneración de los santos y beatos de vuestra tierra junto con otros, trabajasteis para el progreso espiritual”. (The Tablet, ibídem).
  
El P. Pawel Deskur, editor del semanario de la arquidiócesis, confirmó que el Arzobispo Paetz estaba “todavía activo” en la Jerarquía Polaca y que el Prelado ha solicitado personalmente que el telegrama del Papa fuese publicado. La Televisión Católica Polaca (KAI) emitió la Misa solemne en la Catedral de Poznań por la celebración del 50º aniversario de la ordenación de Paetz.

¿Cuál es el motivo de esta complacencia?
Comentando sobre el mensaje del Papa, el diario de circulación masiva Gazeta Wyborcza señaló que esas apariciones públicas del Arzobispo Paetz ha causado “desagrado entre muchos habitantes locales”. El diario Polska dijo que el “gran respeto” del Papa por el Arzobispo fue “sorprendente en vista de las severas declaraciones de Benedicto XVI sobre el clero que viola el voto de castidad” (The Tablet, 4 de julio de 2009, pág. 31).
  
Considero que los lectores tienen el derecho de saber acerca de esta nota de felicitación que hasta ahora no se ha visto en nuestros medios de comunicación.Quizás no sea superfluo recordar aquí que en un reciente documento del Vaticano donde se autoriza a los Obispos a apartar a los sacerdotes escandalosos, se afirma cuidadosamente que aquellas facultades no se aplican en los casos de sacerdotes homosexuales y pedófilos, sino que tales casos deben ser juzgados por la propia Santa Sede. La misma protección ofrecida a los sacerdotes homosexuales y pedófilos parece también aplicable a los Prelados con vicios análogos. Lo menos que se puede decir por dicho procedimiento es que es muy coherente, en efecto…

ACTUALIZACIÓN: En Junio de 2010, Benedicto XVI rehabilitó al arzobispo Paetz; y aunque se le exhortó a abstenerse de asistir a actos públicos de la Iglesia polaca, ello no obstó para que participara en el 1050 aniversario de la evangelización de Polonia, celebrado en Poznań el 15 de Abril de 2016.

domingo, 2 de agosto de 2009

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

“El celo por tu casa me devora”. (Juan, 2, 17).
 
San Alfonso María de Ligorio

San Alfonso María de Ligorio, nacido en Nápoles en 1696, dejó el foro por el sacerdocio. Obró un gran número de conversiones y fundó la Congregación del Redentor. Toda su vida estuvo consagrada a ganar almas para Jesucristo, a inspirar a los fie les una tierna devoción a la Pasión del Salvador, a la Santa Eucaristía y a la Virgen Madre de Dios. Empleó los momentos que le dejaba la predicación de la palabra de Dios en la composición de gran número de obras de teología y piedad, que lo hicieron elevar al rango de los Doctores de la Iglesia, por disposición de Pío IX. Murió en 1787.

MEDITACIÓN SOBRE LAS CUALIDADES DEL VERDADERO CELO


I. Todos debemos estar animados de un ardiente celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Quien ama a Dios no puede ver con indiferencia que se ataque su honor. Si ve a su prójimo internado por mal camino, hace todo por volverlo al bien; y, si no lo logra, gime y reza por él. ¿Así haces tú? Si no tienes celo, deduce que careces de amor. “El celo es la señal de que Dios ha descendido a un alma”. (San Bernardo).

II. No basta que nuestro celo sea ardiente; es menester, para que dé fruto, que sea tierno y compasivo. Los pecadores, decía San Alfonso, son ovejas descarriadas que Jesucristo iba buscando por entre las zarzas del camino y que volvía a traer al redil llevándolas sobre sus hombros para ahorrarles las fatigas del retorno. Es el modelo que se propuso en toda su conducta; de ese modo, ¡a cuántas ovejas descarriadas recondujo al ovil del divino Pastor! Mira si en las advertencias que haces a tus hermanos y en todas las buenas obras que realizas, no entra tu amor propio en gran medida en vez del a amor de Dios y del prójimo. Que sea la caridad la que inflame tu celo.

III. En fin, nuestro celo debe ser constante. San Alfonso, al fundar su Congregación del Redentor, hizo voto de no perder nunca el tiempo. Quería que Dios no hallase en su vida ni una sola hora que no estuviese consagrada a su gloria y a la salvación de las almas. ¿Qué intereses persigues tú? ¿Son los tuyos o los de Jesucristo? ¿Cuánto tiempo dedicas a ellos? No te olvides de la suerte reservada para el servidor que enterró su talento. Fue acusado, no de haberlo perdido, sino de haberlo dejado improductivo. “No te canses de ganar almas para Jesucristo, pues tú mismo fuiste ganado por Jesucristo”. (San Agustín).

El celo. Orad por el éxito de las misiones.


ORACIÓN
Oh Dios, que habéis inflamado de celo apostólico al bienaventurado Alfonso María, vuestro confesor pontífice, y os servisteis de su ministerio para dar una nueva familia a la Iglesia, haced, os lo suplicamos, que instruidos por sus saludables consejos y fortificados con sus ejemplos, podamos llegar a Vos dichosamente. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 1 de agosto de 2009

SANTAS FE, ESPERANZA Y CARIDAD Y SU MADRE SABIDURÍA, MÁRTIRES



La viuda romana, santa Sabiduría y sus tres hijas sufrieron el martirio en tiempos del emperador Adriano. Santa Fe, que tenía doce años y, por fin, murió decapitada. Santa Esperanza, de diez años, y santa Caridad, que tenía nueve, salieron ilesas de un horno ardiente y fueron decapitadas. Probablemente todo esto se trate de un simple mito. La leyenda pasó del Oriente a Roma, donde empezó a hablarse de dos grupos. El primer grupo era una familia cuyos miembros padecieron el martirio en tiempos de Adriano y fueron sepultados en la Vía Aurelia, en el sitio que ocupó más tarde la iglesia de San Pancracio. Los nombres griegos de las mártires eran: Sofía, Pistis, Elpis y Agape. El segundo grupo compuesto por Sabiduría, Fe, Esperanza y Caridad, sufrió el martirio en fecha desconocida; dichas mártires fueron sepultadas en el cementerio de San Calixto, en la Vía Apia. El Martirologio Romano hace memoria de Fe, Esperanza y Caridad el 1º de Agosto, y de su madre (acerca de cuyo martirio nada dice), el 30 de noviembre. La basílica Santa Sofía, en Constantinopla, no tiene que ver con esta santa ni con ninguna otra del mismo nombre, ya que está dedicada a la "Santa Sabiduría", es decir, al Verbo de Dios, Jesucristo Nuestro Señor.