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viernes, 17 de abril de 2026

TESTIMONIO DE LA SUPERSTICIÓN

Tomado de PERIÓDICO LA ESPERANZA.
   


A raíz del sermón pronunciado el 24 de octubre de 1875 en la Matriz de Catamarca con motivo de la instalación de la Convención Constituyente provincial encargada de la reforma de la Constitución local de 1855, el futuro obispo fray Mamerto Esquiú (1826-1883) recibió violentos ataques de parte de la prensa laicista, tanto de su provincia, como de Buenos Aires.

Esquiú era respetado por la dirigencia pues veintidós años antes, desde el mismo púlpito y ante la resistencia de varios sectores católicos, había alentado el acatamiento a la recién sancionada Constitución de 1853, base de la estructura política-jurídica del país [1].

Pero este caso era diferente, ya que el franciscano, decepcionado de la deriva republicana —incluso se había ido del país en 1861 tras la batalla de Pavón de 1861 en la que Buenos Aires triunfó sobre las provincias— señaló que «las naciones debían hacer del Evangelio el fundamento de sus leyes, el aroma de sus costumbres, el alma de su existencia, el principio regulador de sus destinos» [2].

El Andino de Catamarca, fundado en mayo de ese mismo 1875 por Félix Avellaneda, destacó la necesidad de modernizar la sociedad norteña y aprovechó la oportunidad para marcar las diferencias entre los católicos, ya que cuatro años antes José Manuel Estrada, el líder de los ultramontanos, en plena etapa liberal, había sostenido el principio de la Iglesia libre en el Estado libre [3].

La Tribuna (1853-1883) una de las publicaciones líderes de Buenos Aires, fundada por los hermanos Héctor y Mariano Varela, hijos de Florencio Varela y promotores de Julio Argentino Roca, fue más dura y sarcástica.
  
En un editorial del 27 de noviembre de 1875  definió a Esquiú como un fanático, hijo de «un pueblo postrado ante el altar de una imagen de piedra, mal pulimentada, casi rústica, la Virgen del Valle, vive creyendo que ese pedazo de piedra hace imposibles, o sea milagros. Cuentos ridículos hasta lo increíble son la leyenda de esa imagen y su foja de servicios. Distancias inmensas recorren esas gentes de rodillas (parece increíble, pero lo hemos visto) para ir a depositar a sus pies las promesas que le hicieron» [4].

Y como no podía ser de otro modo, el editorialista sacó a relucir la leyenda negra; el pueblo catamarqueño actuaba de ese modo porque estaba anclado en la era colonial. Por eso instaba a que se sancionasen leyes modernizadoras; era necesario «cambiar el catecismo del padre Astete por un libro de filosofía positiva, base de la Constitución de estos pueblos».
   
La dirigencia era clara con relación a los resabios religiosos, que por una concesión sociológica estaban presentes en el texto de la Constitución de 1853-60 vigente entonces; ya era hora de dejar atrás la niñez y aggiornarse.
   
En esas zonas ganadas todavía por la mentalidad hispánica, había que hacer una revolución, especialmente con libros y periódicos (la violenta ya se había ejecutado y se volvería a realizar cuantas veces lo requirieran las circunstancias). Pero ahora «es necesario que ese pueblo se escandalice de una vez por todas al oír la verdad insultante de sus creencias supersticiosas».
   
El Nacional (1852-1898), fundado por Dalmacio Vélez Sarsfield, otro periódico en donde escribían los principales personajes políticos de la época, se unió al ataque. En un editorial, “Una palabra de aliento”, del 2 de diciembre de 1875 subrayó la necesidad de combatir las supersticiones, llamando a acompañar «a quienes la conciencia obedece a la razón y solo aceptan como artículo de fe la verdad comprobada».
   
Paradójica afirmación en una publicación, en la que como denunciaba el mismo Esquiú «a la vuelta de la página en que se llama a la Cruz el signo eterno de retroceso, en la sección de avisos nos da el siguiente: “Verdadera adivina. La gran célebre adivina… tiene un estudio de consultaciones de adivinación en la calle…, recibe consultas desde las 8 de la mañana hasta las 11 de la noche. Adivina el pasado, el presente y el porvenir”» [5].

Al compás de la pérdida del sentido cristiano, el estrechamiento cada vez más pronunciado de los conceptos metafísicos, y la consecuente desintegración social, esas prácticas mágicas se diversificaron e intensificaron, llegando a influir en amplias capas de la población especialmente en las zonas urbanas [6]. Y en esa sociedad que se percibía adulta fue ganando terreno el espiritismo, en su versión moderna propalada por Allan Kardec (1804-1869), autor de “El libro de los espíritus” (1857) y “El libro de los médiums” (1861) entre otros libros, seudónimo del profesor francés Hippolyte Leon Denizard Rivail, ex racionalista y continuador de la obra de Johann Heinrich Pestalozzi [7].

La difusión no provino del pueblo sencillo, todavía en su mayor parte creyente, sino de intelectuales y escritores prestigiosos, influidos por las modas de los centros europeos y norteamericanos.

El periodista y escritor Cosme Mariño (1846-1927)[8] fue quien ejerció el liderazgo, acompañado por otros conspicuos intelectuales como Rafael Hernández, Felipe Senillosa (h), y Ovidio Rebaudi. Ellos no tuvieron inconveniente en proclamarlo y defenderlo públicamente, mientras que otros miembros de la elite positivista tuvieron posiciones pendulares o vergonzantes, lo practicaban en secreto como lo denunció Mariño en su libro “El espiritismo en Argentina”.

Muy activo, en 1883 Mariño tradujo y publicó el “Catecismo de moral y religión” del francés M. Bornnefont, una libro básico para difundir el espiritismo, también entre los niños.

Desde las páginas de La Unión, el dirigente católico Pedro Goyena atacó duramente esa publicación y denunció la proliferación de ideas contrarias a la Fe, que confundían a la población con manifestaciones extravagantes, al tiempo que moralistas.

La página ultramontana dedicó tres editoriales al tema en el año de aquélla edición. El 17 de junio alertaba sobre «el contrabando de supersticiones» a que estaba siendo sometida la población. Subrayaban que el pitonismo, la magia y el espiritismo escondían la acción del demonio.

«El estremecimiento de los médiums, mesas parlantes y las mil circunstancias que rodean las supersticiones espiritistas ponen al descubierto al rebelde vencido y maldito».

Denunciaban los engaños y advertían de que si bien algunos lo consideraban «supercherías destinadas a engañar a personas débiles», pero muchos más, «los que flotan entre la Fe y la incredulidad son seducidos por la moralidad de algunas máximas difundidas a nombre de los espíritus revelados», y otros la ven «como la manifestación triunfante de la otra vida, suficiente por sí sola para redimir a las almas oprimidas por las doctrinas materialistas».

El 26 de junio y el 1 de agosto La Unión reprodujo partes del libro “¿Qué hay sobre el espiritismo?” del padre Félix Sardá y Salvany (1872), editado en Barcelona.

La propaganda espiritista era engañosa y contradictoria, al tiempo que se presentaban como un polo espiritual frente al ambiente materialista y denunciaban el fariseísmo de ciertos jerarcas eclesiásticos, sus miembros, pertenecientes a las logias, simpatizaban con el protestantismo, atacaban a la Iglesia Católica y por supuesto sostenían sin fisuras al sistema liberal [9]. De hecho Mariño fundó en 1895 con el apoyo de miles de adherentes, el partido Liberal Democrático [10],

Los alienistas lo consideraron una ideación delirante, tendiente a provocar una monomanía religiosa, y otros intelectuales positivistas tuvieron reparos ante estas nuevas energías, ectoplasmas, materializaciones o realidades paralelas, pero el ornato de sus sesiones sus médiums en penumbras y un mobiliario especialmente preparado, los fascinaba. Como la ciencia positivista estaba más al servicio de la secularización que de la investigación y verificación, todo ayudaba a la configuración de esa nueva sociedad soñada —cada vez más dura— en combate sin tregua contra la tradición hispánica.

HORACIO M. SÁNCHEZ DE LORIA PARODI.
  
NOTAS
[1] Esquiú se enteró de esas publicaciones a través de las copias que le envió su amigo porteño Octavio Benito Amadeo (1847-1924), militante católico del ochenta: Su nieto Octavio Amadeo me regaló gentilmente dos cartas inéditas que el franciscano le envió a su abuelo, una fechada en Catamarca el 15 de enero de 1876 y la otra en Rosario el 4 de marzo de 1876.
[2] Era una cita textual del libro “Estado sin Dios” de Auguste Nicolás, en su traducción española de José Vicente Caravantes editada en 1872.
[3] Esquiú respondió a los redactores de El Andino que esa posición de Estrada era contraria al magisterio de la Iglesia, destacando las enseñanzas de la encíclica Quanta Cura y el Syllabus errorum anexo del 8 de diciembre de 1864.
[4] En desagravio por esta publicación de La Tribuna, Esquiú decidió publicar una año después tres sermones dedicados a la Virgen. «Quiera la Virgen del Valle aceptarlas como un voto de reparación y el pueblo de Catamarca, y todos los devotos de la Inmaculada y Santísima Virgen María apresúrense a cumplir esa reparación tributando cultos más fervientes a su Buena Madre». Horacio M. Sánchez de Loria, “Dos cartas inéditas de fray Mamerto Esquiú a Octavio Benito Amadeo”, en Separata de Investigaciones y Ensayos 61, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 2015, p. 491.
[5] Mamerto Esquiú, Sermón del Valle. Tres pláticas dichas los días 3, 7 y 9 de noviembre de 1875, Catamarca, 1876.
[6] Con sus variantes en todos los países hispanoamericanos. Un caso especial fue Brasil en donde se entremezcló con prácticas de las culturas africanas.
[7] El seudónimo aludía a un druida de la época de Julio César del que se consideraba la reencarnación.
[8] Fundador con José C. Paz en 1869 del diario La Prensa de Buenos Aires y autor de gran cantidad de libros.
[9] Cosme Mariño, Concepto espiritismo del socialismo, Buenos Aires, Editorial Víctor Hugo, 1960, p. 72.
[10] Tuvieron su órgano de difusión, la revista Democracia. Alejandro Parra, “Notas históricas del espiritismo en Argentina: científicos e intelectuales confrontando a los espiritistas (1880-1920)”. En Revista de Historia de la Psicología 44 (2), 18-27. DOI: 10.5093/rhp2023a6

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