Carta del general Enrique Gorostieta a los obispos mexicanos sobre “los arreglos” (Archivos del GB Aurelio Acevedo Robles. En Jean André Joseph Meyer Barth, La Cristiada, vol. I “La guerra de los Cristeros”, 9.ª edición. Ciudad de México, Siglo Veintiuno Editores S. A. de C. V., 1985, págs. 316-320, nota al pie).
Desde que comenzó nuestra lucha, no ha dejado de ocuparse periódicamente la prensa nacional, y aun la extranjera, de posibles arreglos entre el llamado gobierno y algún miembro señalado del Episcopado mexicano para terminar el problema religioso. Siempre que tal noticia ha aparecido, han sentido los hombres en lucha que un escalofrío de muerte los invade, peor mil veces que todos los peligros que se han decidido a arrostrar, peor, mucho peor que todas las amarguras que han debido apurar. Cada vez que la prensa nos dice de un obispo posible parlamentario con el callismo, sentimos como una bofetada en pleno rostro, tanto más dolorosa cuanto que viene de quien podríamos esperar un consuelo, una palabra de aliento en nuestra lucha; aliento y consuelo que, con una sola honorabilísima excepción [Mons. José de Jesús Manríquez y Zárate, primer obispo de Huejutla. Consagrado en 1923, pasó 17 años desterrado desde 1927 y tuvo que renunciar a su diócesis, siendo misionero hasta su muerte en 1950, N. del E.], de nadie hemos recibido.Estas noticias que de manera tan irregular ha dado la prensa, y las que nunca han sido desmentidas de manera oficial por nuestros obispos, siempre han sido de fatales consecuencias para nosotros; los que dirigimos en el campo siempre hemos podido notar que a raíz de una de ellas se suspende el crecimiento de nuestra organización, y para volver a obtenerlo hemos debido hacer grandes esfuerzos. Siempre han sido esas noticias como duchazos de agua helada a nuestro cálido entusiasmo.Una vez más, en los momentos en que el déspota regresa chorreando sangre, después de dominar por malas artes (oro y apoyo extranjero) a un grupo de sus mismos corifeos que le fueron infidentes; ahora que a los cuatro vientos lanza la amenaza de hacernos desaparecer del mundo de los vivos; ahora que ante el fracaso de los sublevados del norte la nación tiembla de pavor ante la perspectiva del desenfreno del tirano; ahora que este pavor se comunica hasta a diversos grupos nuestros; ahora que los que dirigimos en el campo necesitamos de un apoyo moral por parte de las fuerzas directoras, de manera especial de las espirituales, vuelve la prensa a esparcir el rumor de posibles pláticas entre el actual Presidente y el Sr. arzobispo Ruiz y Flores, pláticas que tienden a solucionar el conflicto religioso y rumor que toma cuerpo con las ambiguas, hipócritas y torpes declaraciones de [Emilio] Portes Gil hechas en Puebla el día cinco del presente.No sé lo que haya de cierto en el asunto, pero como la Guardia Nacional es institución interesada en él, quiero de una vez por todas, y por el digno conducto de Uds., exponer la manera de sentir de los que luchamos en el campo a fin de que llegue a conocimiento del Episcopado mexicano, y a fin de que también sean ustedes servidos en tomar las providencias que sean necesarias para que llegando hasta Roma obtengamos de nuestro Santo Vicario un remedio a nuestros males, remedio que no es otro que el de obtener el nombramiento de un nuncio o el de un primado, que venga a poner fin al caos existente y que unifique la labor político-social de nuestros obispos, príncipes independientes.Creemos los que luchamos en el campo que los obispos, al entrar en pláticas con el gobierno, no pueden presentarse sino aprobando la actitud asumida sin género de duda por más de cuatro millones de mexicanos, y de cuya actitud es producto la Guardia Nacional, que cuenta por ahora con más de veinte mil hombres armados y con otros tantos que sin armas pueden seguramente ser considerados en derecho como beligerantes.Creemos también que el gobierno al tratar con ellos lo hace en la creencia de que su voz es capaz de terminar esta contienda; de hacer que la Guardia Nacional, que ya constituye una seria amenaza para su seguridad, entregue las armas que tiene, armas arrebatadas al mismo gobierno. Prueba de esto es que nunca quiso oírlos con antelación a nuestro movimiento. Prueba de ello el desprecio con que recibió el memorial de los prelados, y más tarde, el calzado por millones de firmas de católicos.Ahora bien, si los obispos, al presentarse a tratar con el gobierno, aprueban la actitud de la Guardia Nacional, si están de acuerdo en que era ya la única digna que nos dejaba el déspota, tendrán que consultar nuestro modo de pensar y atender nuestras exigencias; nada tenenos que decir en este caso, por tal camino, en labor conjunta y con la ayuda de Dios, algún bien hemos de lograr para nuestra patria, y los mismos señores obispos se convencerán al fin del poco común desinterés, tal vez único en la historia de México, y que ha constituido la médula de nuestra organización y de nuestra existencia.Si los obispos, al tratar con el gobierno, desaprueban nuestra actitud, si no toman en cuenta a la Guardia Nacional y tratan de dar solución al conflicto independientemente de lo que nosotros anhelamos, y sin dar oídos al clamor de enorme multitud que tiene todos sus intereses y sus ideales jugándose en la lucha; si se olvidan de nuestros muertos, si no se toman en consideración nuestros miles de viudas y huérfanos, entonces levantaremos airados nuestra voz y en un nuevo mensaje al mundo civilizado rechazaremos tal actitud como indigna y como traidora, y probaremos nuestra aseveración. Personalmente haré cargos a los que ahora aparecen como posibles mediadores.Muchas y de muy diversa índole son las razones que creemos tener para que la Guardia Nacional, y no el Episcopado, sea quien resuelva esta situación. Desde luego, el problema no es puramente religioso, es éste un caso integral de libertad, y la Guardia Nacional se ha constituido de hecho en defensora de todas las libertades y en la genuina representación del pueblo, pues el apoyo que el pueblo nos imparte es lo que nos ha hecho subsistir; esto es innegable.Por contra, los señores obispos, alejados por cualquier motivo del país, han vivido estos años desconectados de la vida nacional, ignorantes de las transformaciones que esta etapa de amarga lucha ha sufrido el pueblo, y por lo tanto incapaz de representarlo en acto de tamaña trascendencia. Es mentira que una autoridad constituida antes de la lucha pueda por propio derecho arrastrar a todo un pueblo a sufrir las consecuencias de su criterio; es el pueblo mismo el que necesita una representación, es la voluntad popular la que hay que consultar, es el sentir del pueblo el que hay que tomar en consideración; de este paupérrimo pueblo nuestro que se bate en su propia patria contra un puñado de bastardos que se escudan con una montaña de elementos de destrucción y de tortura.No son en verdad los obispos los que pueden con justicia ostentar esa representación. Si ellos hubieran vivido entre los fieles, si hubieran sentido en unión de sus compatriotas la constante amenaza de su muerte por sólo confesar su fe, si hubieran corrido, como buenos pastores, la suerte de sus ovejas, si siquiera hubieran adoptado una actitud firme, decidida y franca en cada caso, para estas fechas fueran en verdad dignísimos representantes de nuestro pueblo. Pero no fue así, o porque no debió ser, o porque no quisieron que así fuera. Ahora será difícil, más bien nos parece imposible, que el Episcopado tome sin faltar a su deber una representación que no le corresponde, que nadie le confiere.La Guardia Nacional es el pueblo mismo; es la institución que en el pasado y el presente se ha hecho solidaria de la ofensa inferida al pueblo mexicano, en un tiempo indefenso por mexicanos traidores. La Guardia Nacional velará también en el futuro por los intereses de ese mismo pueblo de donde ha nacido. Tiene todos los elementos necesarios para hacerlo: la Guardia Nacional es el contrincante natural de todo lo que en México hay de indigno y de espúreo. La Guardia Nacional tiene ya algunas armas, y son éstas la única seguridad que tenemos de vivir en un relativo ambiente de justicia.Si se nos objetara que la fuerza material con que contamos no es de tomarse en consideración, podemos desmentir tal dicho con sólo hacer notar que es nuestra actitud la que provoca el intento del tirano para solucionar el conflicto. Esto está en la conciencia de todos. Pero aún hay más, nuestra fuerza está constituida por un pequeño ejército pobre en armas, riquísimo en virtudes militares, que lucha cada día con más éxito por liberarse de una jauría rabiosa que lo esclavizaba; por un pueblo entero que está decidido a conquistar todas las libertades y que tiene puestos sus ojos no en la promesa banal que puede hacerse al Episcopado, sino en la obligada transacción a que tiene que someterse el grupo que ahora mos tiraniza.Lo que nos hace falta en fuerza material no lo pedimos al Episcopado, lo obtendremos por nuestro esfuerzo; sí pedimos al Episcopado fuerza moral que nos haría omnipotentes y está en sus manos dárnosla, con sólo unificar su criterio y orientar a nuestro pueblo para que cumpla con un deber, aconsejándole una actitud digna y viril propia de cristianos y no de esclavos.Si desde un principio ésta hubiera sido la labor de nuestros obispos, si no se hubieran producido las fatales discrepancias de Querétaro, Tabasco, etcétera, que impidieron una acción conjunta y pujante, quizá en estos momentos el pueblo hubiera castigado ya a sus verdugos y se hubiera constituido en nación libre y soberana.Creo de mi deber declarar de una manera enfática y categórica que el principal problema que hayamos tenido que afrontar los directores de este movimiento no sea el de los pertrechos. El principal problema ha sido y sigue siendo eludir la acción nociva y fatal que en el ánimo del pueblo provocan los actos constantes de nuestros obispos y la más directa y desorientada que realizan algunos señores curas y presbíteros, siguiendo los lineamientos que a ellos señalan sus prelados. Nosotros hubiéramos contado com pertrechos y contingentes abundantísimos si en vez de cinco estados de la República responden al grito de muerte lanzado por la patria treinta o más diócesis. El decantado poder del tirano que nosotros estamos tan capacitados para medir hubiera caído hecho añicos al primer golpe de maza, tal vez con que hubiera logrado que por primera y única vez en la historia de nuestros martirios nacionales, los Príncipes de nuestra Iglesia hubieran estado de acuerdo únicamente para declarar que: La defensa es lícita y en su caso obligatoria…Aún es tiempo de que, enseñándonos el camino del deber y dando pruebas de virilidad, se pongan francamente en esta lucha del lado de la dignidad y del decoro. ¿Acaso no los ata ya a nosotros la sangre de más de doscientos sacerdotes asesinados por nuestros enemigos? ¿Hasta cuando se sentirán más cerca de los victimarios que de las víctimas?Estas y muchas otras razones que sería interminable considerar aquí nos hacen exigir, no solicitar, que se nos deje en nuestras manos la solución de un problema en cuyo planteo hemos trabajado más que nadie; que se deje al pueblo, a este pueblo mexicano que ha querido y sigue queriendo ser católico, a este pueblo que ha demostrado al mundo entero que es generoso con su sangre, su dinero y sus más caros intereses cuando se trata de defender su religión, a este pueblo abandonado por los aristócratas del dinero y del pensamiento, terminar su obra de liberación.Que los señores obispos tengan paciencia, que no se desesperen, que día llegará en que podamos con orgullo llamarlos en unión de nuestros sacerdotes a que vengan otra vez centre nosotros a desarrollar su sagrada misión, entonces sí en un país de libres. ¡Todo un ejército de muertos nos mandan obrar así!Como última razón creemos tener derecho a que se nos oiga, si no por otra causa, por ser parte constitutiva de la Iglesia católica de México, precisamente por ser parte importantísima de la Institución que gobiernan los obispos mexicanos.Ruego pues a sus señorías se sirvan hacer esto del conocimiento del Comité Episcopal y, a la vez, procuren por cuantos medios estén a su alcance hacer llegar mi voz hasta la más alta jerarquía de nuestra Iglesia, para ver si se logra poner fin a la eterna desorientación en que hemos vivido y se ayude siquiera en esta forma a la Guardia Nacional, en su labor por Dios y por la patria.Creo de mi deber hacer del conocimiento de Uds. que vamos a sufrir en los próximos meses la más dura prueba de toda esta epopeya; que tenemos que hacer frente a una agudísima crisis que señalará nuestro triunfo o nuestra derrota, y se hace necesario que todos pongamos a contribución el mayor esfuerzo, y aprontemos la mayor ayuda. Yo aseguro a Uds. que la Guardia Nacional cumplirá con su deber, pero pido que no se nos exija ir más allá del deber.Reitero a ustedes como siempre las seguridades de mi atenta y distinguida consideración.
Un mes después, se firmaron los desgraciados “acuerdos” mediados por el embajador estadounidense Dwight Whitney Morrow Johnson. Pero Gorostieta no lo verá, porque el día 2 de Junio, fue asesinado en Atotonilco el Alto (Jalisco) al ser delatada su posición por un infiltrado del ejército callista, y sustituido en la dirección de la Guardia Nacional por un general Jesús Degollado Guízar mucho más obsecuente. E igualmente, el gobierno no respetó los acuerdos, y empezó a matar a los cristeros que se acogieron a la amnistía, y a Gorostieta lo asesinaron ideológicamente, presentándolo como un masón, ateo y mercenario enlistado buscando venganza de la Revolución a la que había servido en el pasado (incluso el mismo Meyer y la película “Cristiada” –que se debe tomar con pinzas y guantes de malla de acero– repiten ese mismo relato, desmentido por su propia familia). ¿Y los obispos Ruiz Flores y Díaz Barreto (que en premio, este último fue nombrado arzobispo de México sucediendo a aquél), los jesuitas y el cardenal secretario de Estado vaticano Pietro Gasparri Sili? No dijeron ABSOLUTAMENTE NADA… no querían perder las treinta monedas del “modus vivéndi” recién ganado (y que, mal que bien, sus sucesores apóstatas aún hoy disfrutan), como los traidores que fueron, son y serán.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios deberán relacionarse con el artículo. Los administradores se reservan el derecho de publicación, y renuncian a TODA responsabilidad civil, administrativa, penal y canónica por el contenido de los comentarios que no sean de su autoría. La blasfemia está estrictamente prohibida, y los insultos a la administración constituyen causal de no publicación.
Comentar aquí significa aceptar las condiciones anteriores. De lo contrario, ABSTENERSE.
+Jorge de la Compasión (Autor del blog)
Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)