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sábado, 15 de junio de 2019

SANTA LUTGARDA, PRIMERA APÓSTOL DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

«Dulce corazón de mi Jesús, haz que yo te ame siempre más. Te ofrezco mi pobre corazón, con celestial y religioso amor, y te pido me des la resignación, y un buen puesto en tu corazón».
 
Abrazo de Santa Lutgarda a Jesús Crucificado
   
Entre las místicas más notables de los siglos doce y trece, no hay otra figura más amable que la de Santa Lutgarda. Junto con Santa Gertrudis y Santa Matilde, es una de las primeras propagadoras de la devoción al Costado Herido de Nuestro Redentor. Cinco siglos antes de las revelaciones a Santa Margarita María de Alacoque, fue la primera a quien el Señor le dio a conocer los misterios de su Sacratísimo Corazón, llegando a pedirle que le entregase el suyo para intercambiarlo con el de Él.
 
Su biografía fue escrita por el dominico Tomás de Cantimpré (fallecido en 1270) como parte de una colección de tres o cuatro de sus manuscritos del Acta Sanctórum, junio, vol. IV, y por su contemporáneo Willem von Affligem, cuya «Vita Lutgárdis» se conserva en la Biblioteca Kongelige de Copenhague.
  
INFANCIA Y ENTRADA EN RELIGIÓN
Hija de un ciudadano de Tongres, en Holanda, nació en 1182. A los doce años de edad fue encomendada a las monjas benedictinas del convento de Santa Catalina, cerca de Saint-Trond, no por piedad, sino porque el dinero que se conservaba para su dote matrimonial había sido perdido en un mal negocio de su padre y, sin él, era muy dudoso de que pudiese hallar un marido conveniente.
  
Lutgarda era una muchacha alegre que gustaba de las diversiones inocentes, sin ninguna vocación religiosa aparente, y en el convento vivía como una especie de pensionista, libre para entrar y salir cuando quisiera y para recibir las visitas de sus amistades.
  
Sin embargo, cierto día en que charlaba con una de ellas, tuvo una visión de Nuestro Señor Jesucristo quien, junto con mostrarle sus heridas, le pedía que lo amase sólo a Él. Lutgarda lo aceptó al instante como su Prometido celestial y, desde aquel momento, renunció a todas las preocupaciones de este mundo.
  
Algunas de las monjas que observaron su cambio repentino y súbito fervor, vaticinaron que aquello no duraría; pero estaban equivocadas. Su devoción aumentaba, y por momentos llegó a sentir tan vivamente la presencia del Señor que, al rezar, lo veía con sus ojos corporales, hablaba con Él en una forma casi familiar y, si acaso la llamaban sus hermanas para cumplir con algunas de las obligaciones prescriptas por la santa regla, decía sencillamente: «Aguárdame aquí, mi Señor; volveré tan pronto como termine esta tarea».
  
BENEFICIADA POR GRACIAS MÍSTICAS
Con frecuencia se le aparecía Nuestro Señor, y una vez tuvo una visión de Santa Catalina, la patrona de su convento; en otra ocasión vio a San Juan Evangelista con el aspecto de un águila. A menudo, durante sus éxtasis, se alzaba un palmo del suelo o bien irradiaba de su cabeza una extraña luz. Tuvo la gracia de que se le permitiera compartir, místicamente, el sufrimiento de nuestro Salvador, cuando meditaba sobre su Pasión; en esas ocasiones, aparecían sobre su frente y en sus cabellos minúsculas gotas de sangre.
  
Su amor comprendía a todos los que Cristo había venido a redimir, y sentía como propios los dolores y penurias de cualquiera de los seres humanos. Y en verdad, eran tan ardientes y tan apasionadas sus intercesiones por otros, que le pedía a Dios quitarle la vida antes que rehusar su misericordia al alma por la que suplicaba. Según la beata María de Oignies (1177 – 1213), Lutgarda era una intercesora sin igual por los pecadores y las almas del Purgatorio.
PERFECCIÓN RELIGIOSA
Hacía doce años que Lutgarda vivía en el convento de Santa Catalina, cuando se sintió inspirada a abrazar la regla más estricta de los cistercienses. Hubiese querido entrar a un convento donde se hablara el alemán, pero por consejo de su confesor y de su amiga, la Beata Cristina “La Admirable” (1150-1224), que también se hallaba en el convento de Santa Catalina, decidió ingresar a la casa del Císter en Aywiéres. Ahí no se hablaba más que el francés, una lengua que Lutgarda nunca dominó, pero gracias a su ignorancia del idioma, pudo rehusar diversos altos cargos que le ofrecieron en Aywiéres y en otras partes.
  
En todo momento, su humildad fue extraordinaria; continuamente se quejaba de su impotencia para responder como era debido a las gracias que el Cielo le concedía. Cierta vez, fueron tan vehementes las plegarias en las que ofrecía su vida a Dios que, por el impulso de su pasión, se reventó una de sus venas y tuvo una fuerte hemorragia. En aquel momento, le fue revelado que, en el Cielo, su efusión de sangre se aceptaba como un martirio.
 
A causa de este cambio de orden religiosa es que se la representa indistintamente con hábito negro y blanco.
  
COMUNIÓN DE CORAZONES
En ella observamos una manifestación mística sin precedentes, nunca antes vista ni después conocida con estas características, como fue el intercambio de corazones.
  
Lutagarda poseía el don de curación y por eso muchos acudían a ella; esto le impedía tener tiempo para su oración y entonces, un día, le dijo a Jesús:
-“¿Cuál es la ventaja de mi don de curación, si hace imposible mis visitas a Ti? Por favor tómalo, y dame en cambio algo mejor”.
El Señor le respondió: -“¿Qué deseas?”
Lutgarda hizo algunas peticiones a Su Señor y al final, Éste le volvió a preguntar: -“¿Qué más deseas?”
Lutgarda le pidió Su Corazón. Y el Señor le respondió que Él también anhelaba vehementemente el corazón de ella.
Lutgarda aceptó que fuera así: -“Tu amor y el mío; que sean uno y el mismo. Sólo entonces me sentiré a salvo”.
Luego se produjo el intercambio de corazones.
  
(Acta Sanctórum, Jun. IV (1707), 193. Trad. Pierre Debongnie CSSR 156.)
 
ÚLTIMOS AÑOS Y MUERTE
Once años antes de morir, perdió la vista y recibió esa desgracia con evidente regocijo, como una gracia de Dios para desprenderla más del mundo visible. Poco después de haber quedado ciega, emprendió el último de sus prolongados ayunos.
 
En el curso de aquella penitencia, se le apareció Nuestro Señor para anunciarle su próxima muerte y las tres cosas que debía hacer para prepararse a recibirla. Ante todo, tenía que dar gracias a Dios, sin cesar, por los bienes que había recibido; con igual insistencia, tendría que orar por la conversión de los pecadores; y para todo, debería confiar únicamente en Dios, en espera del momento en que habría de poseerlo para siempre.
  
Tal como lo había predicho, Santa Lutgarda murió en la noche del sábado posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad, precisamente cuando comenzaba el oficio nocturno para el domingo. Era el 16 de junio de 1246.
 
Venerada en Aywières durante siglos, sus reliquias fueron exhumadas en el siglo XVI, e inscrita en el Martirologio Romano en 1584.
  
El 4 de diciembre de 1796, como consecuencia de la Revolución Francesa, sus reliquias fueron trasladadas a Ittre, donde permanecen hasta hoy.
  
ORACIÓN
Concédenos, Señor, por la intercesión de que Santa Lutgarda, que siempre te fue agradable por el mérito de su castidad, la práctica de las virtudes y obtener así tu Indulgencia. Por Jesucristo tu Hijo, Nuestro Señor, quien contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)

Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)