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jueves, 2 de enero de 2014

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, POR EL PADRE MATEO CRAWLEY-BOEVEY (del mes de Enero)

Desde MILES CHRISTI
  
HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
  
  
II Enero
  
He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres... Contempladlo, hijos míos, saciado de oprobios, en esta Hostia en que Él palpita, entre incendios de caridad, por vosotros... ¡sólo por vosotros! Y no pudiendo soportar por más tiempo los ardores que lo consumen, ha querido entregarlo al mismo mundo que lo tiene atravesado con el dardo de la ingratitud del dolor... Éste es el supremo y último recurso de mi redención...
  
Aquí tenéis mi Corazón: os lo doy, os lo entrego sin reservas, en cambio del vuestro pecador e ingrato... ¡Oh, tengo sed, inmensa sed de ser amado, en este Sacramento del Altar... En él he sido hasta ahora el Rey del silencio, el Monarca del olvido... Pero ha llegado la hora de mis triunfos... Vengo a reconquistar la tierra... Sí, he de subyugarla, mal que pese al infierno, y la salvaré por la omnipotencia de mi Corazón. Aceptádmelo, os lo ruego... tendedme las manos y el alma para recibir este supremo don de mi misericordia redentora... Fuego vengo a traer a la tierra, fuego de vida, de amor sin límites, fuego de santidad, fuego de sacrificio, y ¿qué he de querer sino que arda?...
  
Poned los ojos en mi pecho herido... ahí tenéis el Corazón que os ha amado hasta los abatimientos de Belén... y más; hasta las humillaciones y oscuridades de Nazaret... mucho más aún; hasta las agonías afrentosas del Calvario... Es éste el mismo Corazón que dejó de latir en el Gólgota, sí, el mismo, que sigue amando en la hoguera inextinguible del altar... de la santa Eucaristía.
  
¡Y vosotros no me amáis! Por esto estoy triste hasta la muerte...
  
Por esto, me apena hasta la agonía que la viña de mis amores haya producido las espinas que circundan mi divino Corazón... Arrancádmelas en esta Hora Santa y amorosa, en esta hora feliz para vosotros, y también para este Dios-Cautivo, que brinda amor, que espera amor, que pide amor en el Sagrario. Desfallezco de caridad... acercaos y sostenedme en esta agonía sacramental de veinte siglos... ¡Sed mis ángeles consoladores!...
  
¡Os amo tanto, tanto..., y no me amáis bastante vosotros mis amigos, vosotros mis favorecidos!... ¡Ay! Y el mundo desconoce todas mis finezas... rechaza mis ternuras... malgasta y profana mis misericordias...
  
¡Estoy triste hasta la muerte..., venid, éste es el Corazón que jamás dejó de amaros... venid, aceptadlo en prenda de resurrección! Hijos míos, venid y dadme en cambio del mío vuestros corazones, vuestras almas, vuestras vidas, vuestras penas y alegrías... ¡Oh, sed todo míos!... ¡Y todos!... Os perdono... ¡pero amadme!... ¡Decídmelo de una vez... decidme que soy vuestro Rey y que aceptáis reconocidos el don incomparable de mi Sagrado Corazón!...
  
(Pausa)
  
(Somos indignos de ese don; humillémonos, y puesto que tan grande es su misericordia, reclamémosle el obsequio celestial que nos ofrece para santificarnos y darle gloria).
  
LAS ALMAS: Señor Jesús, no aguardes que, cediendo a tu reclamo, te ofrezcamos nuestros corazones pobrecitos... no. Tómalos, pues, que son tuyos; ¡ah, pero en cambio, danos para siempre tu Divino Corazón!
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a la Virgen María, dánoslo, Jesús, en las horas de fervor, cuando sintamos los deseos vehementes de amar y de sufrir como los santos.
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a San Juan, dánoslo, Jesús, en las horas tan contadas de paz, y cuando disfrutemos de la dulce tranquilidad de una conciencia pura... o perdonada...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a tus tres amigos de Betania, dánoslo, Jesús, en las horas del pesar y la tristeza, cuando caigan sobre nuestras almas las tormentas del dolor...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a los Apóstoles predestinados del Tabor y de Getsemaní, dánoslo, Jesús, en las horas de la exaltación o de la prueba...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a la arrepentida Magdalena y a las hijas compasivas de Jerusalén, dánoslo, Jesús, en las horas de flaqueza humana o cuando nos solicita la gracia del remordimiento...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a la obra de tu Iglesia, dánoslo, Jesús, en las horas del combate, cuando ella nos reclame el tributo de nuestro celo y también de nuestro sacrificio...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a los santos Bernardo, Agustín y Francisco de Sales, Matilde y Gertrudis, precursores felices de esta admirable devoción, dánoslo, Jesús, en las horas de las resoluciones, cuando Tú te acercas en demanda de mayor fervor...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
Por amor a tu Esposa y primera apóstol, Margarita María, dánoslo, Jesús, en todos los momentos de la vida, y sobre todo en el trance final de nuestra muerte...
(Todos en voz alta) Danos para siempre tu Divino Corazón.
  
¡Oh, sí!, entréganos tu Corazón como una vida, como un oasis, como un cielo... Y, aunque no lo merezcamos, confíanos, Jesús, con él todos sus tesoros de luz, de paz, de fortaleza, pues en este santuario divino queremos aprender a amarte... y a darte gloria... ¡Jesús, nos diste ya tu Cruz..., nos diste tu Madre... nos diste tu Sangre... danos ahora para siempre, Señor, danos, desde el destierro, el paraíso de tu Corazón! Con él, no ambicionamos ya nada más en el cielo ni en la tierra...
  
(Pausa)
  
(Pedidle gracia de fidelidad y gracia de generosidad para pagar al Señor el don incomparable de su Corazón... Rogadle que esta Hora Santa os traiga una nueva luz, una gran luz, para apreciar la amabilidad y largueza infinitas de un Dios, que os ofrece la fuente de su propia vida; para daros nueva vida... Humillémonos, confundámonos... y sobre todo, amemos a Aquel que nos ha amado tanto... Oigamos su voz...)
  
JESÚS: Me llamáis Señor y Maestro, y decís, verdad, porque efectivamente lo soy... ¡Pero aquí, en el Sagrario..., me siento feliz, hecho esclavo del hombre por amor del hombre ingrato!... Y al darme a vosotros, al llamaros ante mi altar... al solicitar vuestro cariño... al obsequiaros mi Sagrado Corazón... ¡ah! Yo que soy Señor del cielo y Maestro de la tierra, busco mi satisfacción y mi consuelo entre vosotros, flores del campo... arenas del desierto... Yo os amo... pero tanto... ¡tanto!... que me he creado una necesidad divina de vosotros... Sin vosotros, que me habéis ofendido... sin vosotros que me habéis olvidado... sin vosotros, que me habéis pospuesto a las vulgaridades de la tierra... sin vosotros, hijos pródigos de mi hogar, ¡Yo, Jesús, no podría vivir!... Mi cielo, sin vosotros, los redimidos de sangre, mi cielo... sería el destierro del Hijo del Hombre, si yo no tuviera por diadema de amor a esos mismos hombres. ¡Me costasteis tanto!
  
Reconocedlo así vosotros, los mejores del rebaño, confesádmelo en esta Hora Santa, porque el mundo no quiere persuadirse que lo amo en tanto grado... Decidme que aceptáis el tesoro de mi Corazón Divino, en obsequio mío, por mi triunfo, por mi gloria, porque Yo, Jesús, el Dios de los Tabernáculos, he creado el corazón humano para descansar en él, para convertirlo en el edén de todas mis delicias... Soy el Dios de la eternidad... y mi Corazón os necesita aquí en el tiempo... ¡Necesito convivir con vosotros mis hermanos!
  
Estoy fatigado... estoy herido y triste, no demoréis, venid con gran amor y brindadme, con fe viva, un hospedaje de ternura, de ardorosa fe, de caridad consoladora en vuestras almas... ¡Soy Jesús... tengo hambre de vosotros... habladme... abridme... amadme!... ¡oh! ¡Amadme sin medida!
  
(A esto cabalmente hemos venido; a hablarle, a abrirle el alma, o dársela encendida en gran amor... ¡Qué confesión la de Jesús; necesitarnos y... constituirse en mendigo de una caridad que le debemos en conciencia!... Respondámosle con una protesta de amor ardiente, apasionado... porque es más bien nuestro corazón quien lo necesita a Él).
  
LAS ALMAS: Al verte tan de cerca y tan benigno, lejos de exclamar como tu apóstol: “Apártate, Señor, aléjate, porque somos miserables pecadores...”, queremos, por el contrario, abalanzarnos a tu encuentro, acortar las distancias y estrechar la dichosa intimidad entre tu Corazón y los nuestros...
  
(Lento y cortado)
   
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando los soberbios gobernantes de la tierra maldigan de tu ley y de tu nombre... acuérdate que somos tuyos... que estamos consagrados a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando las muchedumbres agrupadas por Luzbel y lo sectarios, sus secuaces, asalten tu santuario y reclamen tu sangre... acuérdate que somos tuyos... que estamos consagrados a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando gimas por los vituperios y por las cadenas con que ultrajan a tu Iglesia santa los poderosos y aquellos mentidos sabios cuyo orgullo condenaste con dulcísima firmeza... acuérdate que somos tuyos... que estamos consagrados a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando millares de cristianos hagan caso omiso de tu persona adorable... y te lastimen cruelmente con una tranquila prescindencia, que es un puñal de hielo, clavado en tu pecho sacrosanto... acuérdate que somos tuyos... que estamos consagrados a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando tantos buenos y virtuosos te midan con avaricia su cariño, te den con mezquindad aborrecible su confianza... y te nieguen consuelo en sacrificio y santidad... acuérdate que somos tuyos... que estamos consagrados a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
¡Ven, Jesús... ven a descansar en nuestro amor, cuando te oprima la deslealtad, cuando te amargue la tibieza de las almas predestinadas, que, por vocación, debieran ser enteramente tuyas siendo santas...; entonces, como nunca, en esa hora de sin par desolación, acuérdate que somos tuyos... torna aquí los ojos atristados, suplicantes... no olvides que estos hijos estamos consagrados para siempre a la gloria de tu Divino Corazón!...
  
Sobre el altar de nuestro sacrificio, por tu gloria, queremos que se cante esta palabra: ¡VIVA TU SAGRADO CORAZÓN... VENGA A NOS TU REINO!
  
(Si sentís remordimiento de alguna falta íntima... de alguna recaída en una culpa, en una falta de generosidad que sabéis le hiere mucho, aprovechad y pedid al Señor Jesús un perdón generoso... Él lo sabe todo... pero quiere nuestra protesta de amor y de arrepentimiento... –Pausa–. No os canséis, volved a oír la voz del dulcísimo Maestro):
  
JESÚS: Todo mi afán, hijitos míos, es veros saborear mi vida... Os la di con mi sangre..., y quiero que la viváis... Os la doy con mi Corazón... que él sea vuestra nueva vida... Lo quiero porque me necesitáis en vuestras debilidades de conciencia... en la flaqueza de vuestros propósitos... en la inconstancia de vuestra caridad... Venid vosotros, los predestinados de mi Eucaristía... ¡Yo soy la Fortaleza!
  
(Lento y cortado)
  
Saboread mi vida; os la doy en mi Corazón, para cuando sintáis el embate de las tentaciones... No desmayéis, no cedáis a las insinuaciones del enemigo de vuestro cielo... sed fuertes, sosteneos en mi gracia, no me abandonéis, para no quedar solos en la lucha por la paz...Venid vosotros los predestinados de mi Eucaristía... Yo soy la recompensa, sólo Yo soy la Victoria. Saboread mi vida: os la doy en mi Corazón, para cuando sintáis el asalto de las creaturas que me disputan vuestro corazón, que quieren apegaros a la tierra, que ambicionan distraeros del pensamiento y del amor de vuestro Dios... Desengañáos, no prestéis oído a este mundo seductor y mentiroso... Resistid con valentía y venid vosotros los predestinados de mi Eucaristía... Yo soy vuestro solo confidente, vuestro Amigo fidelísimo....
  
Saboread mi vida... os la doy en mi Corazón para cuando sintáis el aguijón del remordimiento, cuando os rindáis al peso de vuestros pecados, cuando vuestra gran miseria os acuse y os abrume con pesadumbre de montaña justiciera... Levantaos de esa postración, no lloréis sin esperanza en las caídas de la culpa... pobrecitos, enfermos, pecadores... Venid, sois siempre míos por mi gran misericordia... Venid, sois los predestinados de mi Eucaristía... Yo soy el Perdón de Dios... ¡soy el amor!
  
Saboread mi vida: os la doy en mi Corazón, para que cuando sintáis el nublado espeso de la tristeza y el torcedor de la amargura... ¡Qué triste! ¡Oh, qué sombría e incierta es la vida...! No la maldigáis ni perdáis el tesoro de vuestras lágrimas preciosas... No os acongojéis en demasía, ni gimáis en desamparo y solos... Venid... ¡Oh, venid..., sois los predestinados de mi Eucaristía... no tardéis... Yo soy néctar y bálsamo... Yo soy el Consuelo... me llamo Jesús!
  
(Pausa)
  
(Nos da su Corazón, no sólo para buscarse un consuelo... nos lo da para brindarnos Fortaleza, nueva vida y gran misericordia; nos lo da para nosotros, en beneficio nuestro... Agradeced ese don, reclamadle con fervor para vosotros... conjuradle que os lo guarde en prenda de amor en el tiempo, en la muerte... y en la eternidad).
  
(Pausa)
  
LAS ALMAS: Gracias, Señor Jesús, por la misericordiosa ternura con que, previniendo nuestros males, nos ofreces el remedio prodigioso de tu Corazón... Gracias por la preocupación incomprensible de nuestros intereses que debieras olvidar, en castigo de nuestros propios olvidos y de tantas ofensas... Gracias, Jesús benigno y manso del Sagrario... Mira, en retorno del más íntimo reconocimiento, en desagravio de las ingratitudes ajenas y propias, queremos en esta Hora Santa, nosotros los preferidos de tu grey pequeñita, pensar con ansias de amor en tus sacrosantos intereses... Son tantos los conjurados que traman el complot deicida de la blasfemia, de la negación pública y social de tu realeza... Son tantos los culpables comprometidos, Jesús, en guardar un silencio que te condena con la hipocresía de quien no se digna siquiera nombrarte, o, lo que es más hiriente, de quien aparenta ni siquiera conocerte... Y te azotan... y te despojan... y te escupen... y por razones que llaman de justicia y de paz social, ¡piden tu destierro y decretan tu muerte! ¡No, Soberano del Amor, mil veces no! Aquí congregados como en un cenáculo, vivificados por el fuego del Pentecostés de tu Divina Eucaristía, protestamos de ese deicidio legal de nuestra época; e inflamados por el celo de la gloria de tu causa, te aclamamos Vencedor y Rey, te exigimos el triunfo de tu caridad, prometido a las huestes que combaten al grito de “VIVA EL SAGRADO CORAZÓN”... ¡No queremos que otro reine, sino sólo Tú!...
  
Acércate, dulcísimo Maestro y aquí, en medio de los tuyos, estrechándote tus hijos, recibe de su mano la diadema, que quisieran arrebatarte los que, siendo polvo de la tierra, se llaman poderosos, porque, en los abatimientos de tu humildad, se imaginan injuriarte de más alto...
  
Adelántate triunfante en esta ferviente congregación de hermanos... no borres las heridas de los pies ni de tus manos... no abrillantes, no hermosees, deja ensangrentada tu cabeza... ¡Ah!, y no cierres, sobre todo, deja abierta la profunda y celestial herida de tu pecho... sí, Rey de sangre, así, cubierto con esa púrpura de amor y con la túnica de todos los oprobios... sin transfigurarte..., Jesús, tal como eres, el mismo Jesús de la noche espantosa del Jueves Santo, preséntate, desciende y recoge el hosanna de esta guardia de honor, que vela por la gloria del Corazón de Jesús, Su Rey.
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los reyes y gobernantes podrán conculcar las tablas de tu ley, pero, al caer del sitial de mando, en la tumba del olvido, tus súbditos seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los legisladores dirán que tu Evangelio es una ruina, y que es deber eliminarlo en beneficio del progreso..., pero, al caer despeñados en la tumba del olvido, tus adoradores seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los malos ricos, los altivos, los mundanos, hallarán que tu moral es de otro tiempo, que tus intransigencias matan la libertad de la conciencia... pero, al confundirse con las sombras de la tumba y del olvido, tus hijos seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los interesados en ganar alturas y dinero vendiendo falsa libertad y grandeza a las naciones... chocarán con la piedra del Calvario y de tu Iglesia... y al bajar aniquilados a la tumba del olvido, tus apóstoles seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los heraldos de una civilización materialista, lejos de Dios y en oposición al Evangelio... morirán un día envenenados por sus maléficas doctrinas, y al caer a la tumba del olvido, maldecidos por sus propios hijos, tus consoladores seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
Los fariseos, los soberbios y los impuros habrán envejecido estudiando la ruina, mil veces decretada, de tu Iglesia... y al perderse derrotados en la tumba de un eterno olvido... tus redimidos seguiremos exclamando:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
¡Oh, sí!, que viva y, al huir de los hogares, de las escuelas, de los pueblos Luzbel, el ángel de tinieblas, al hundirse eternamente encadenado a los abismos, tus amigos seguiremos exclamando por los siglos de los siglos:
(Todos en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
  
¡VIVA EN EL TRIUNFO DE TU EUCARISTÍA Y DE TU IGLESIA!... ¡VIVA PARA SIEMPRE TU SAGRADO CORAZÓN!
  
Señor, tenemos que despedirnos dejándote confiado, en ese altar, a la adoración de tus ángeles y a las alabanzas de la Virgen Madre... Nos vamos, Jesús, de tu lado, mas dejando nuestros corazones en la llaga sangrienta y celestial del tuyo... ¡Ah!, y al despedirnos en esta tarde, “más hermosa que alborada”, consiente, Salvador y Hermano, Señor y Amigo, consiente, ¡oh Dios aniquilado!, que te recordemos a muchos desgraciados que no están aquí, a tus plantas, ¡ay!, que te han dejado culpablemente...
  
(Lento y cortado)
  
Eres tan dulce, Jesús-Eucaristía, da una victoriosa luz a tantos ciegos que no quieren ver tus maravillas... ni reconocerte a ti como el Camino... hazlo por tu Madre y por tu Corazón...
  
Eres tan tierno, Jesús-Eucaristía, da paz a tantos que la buscan extraviados en la orgía seductora de un mundo que, cantando, vende lágrimas y muerte... Sé Tú su esperanza... hazlo por tu Madre y por tu Corazón...
  
Eres tan compasivo, Jesús-Eucaristía, sacia el hambre de amor, de amor inmenso que ha desviado a tantos pródigos... Son infelices y ¡cómo no serlo... lejos del manantial de tus altares!... Vuélvelos a tu Costado... que reconozcan que Tú, que sólo Tú eres la vida y el amor... Hazlo por tu Madre y por tu Corazón.
  
Eres tan amoroso, Jesús-Eucaristía, endulza los llantos desesperados de aquéllos que por sufrir las horribles decepciones de la vida, sin el apoyo de tu gracia se han envenenado con sus lágrimas... y se encuentran ¡infelices! en un abismo muy distante de los goces de la tierra, y más distantes aún de las delicias de un eterno paraíso... Baja hasta esos desgraciados... búscalos, sal a su encuentro con aquellas palabras que hacen estallar torrentes, mares, cielos, de júbilo indecible, en las regiones de la eternidad... hazlo, Jesús, por tu Madre, hazlo por tu Corazón...
  
(Pausa)
  
¿Qué tengo yo, ¡oh Divino prisionero!, que Tú no me hayas dado?
¿Qué sé yo que Tú no me hayas enseñado?
¿Qué valgo yo, si no estoy a tu lado?
¿Qué merezco yo, si a ti no estoy unido?
¡Perdóname los yerros que contra ti he cometido!
Pues me creaste sin que lo mereciera.
Y me redimiste sin que te lo pidiera.
Mucho hiciste en crearme,
Mucho en redimirme,
Y no serás menos poderoso en perdonarme...
Pues la mucha sangre que derramaste,
Y la acerba muerte que padeciste.
No fue por los ángeles que te alaban,
Sino por mí y demás pecadores que te ofenden...
Si te he negado, déjame reconocerte;
Si te he injuriado, déjame alabarte;
Si te he ofendido, déjame servirte;
Porque es más muerte que vida,
La que no está empleada en tu santo servicio...
  
(Nombradle aquí alguien cuya conversión os interese grandemente).
  
Y ahora, ocúltanos en él como una lágrima querida de tu Madre... No consientas que por nuestra flaqueza, te nos roben, de ese edén, las creaturas... Llámanos, mándanos venir a ti... y puesto que hemos conocido las bellezas del Corazón del Hermano, del Amigo, del Rey, de nuestro Dios, del benignísimo Jesús... queremos quedarnos ahí para siempre, pero, después que escribas en él nuestros nombres, ahora mismo, mientras te adoramos aquí en tu amado tabernáculo...
  
Señor, haz a tus hijos dulcísima violencia... esclavízanos en la prisión de caridad de tu Costado..., donde te adoremos y te amemos... donde vivamos de tu vida... donde te cantemos, Jesús, por los siglos de los siglos, glorificándote en las misericordias inefables de tu Sagrado Corazón: ¡VENGA A NOS TU REINO!...
  
(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes. Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).
  
(Cinco veces) ¡CORAZÓN DIVINO DE JESÚS, VENGA A NOS TU REINO!
  
(Lento y cortado)
  
Señor Jesús, hemos podido velar una hora contigo en Getsemaní y gustosos quedaríamos encadenados al Sagrario para siempre, si tu amor lo consintiera... Nos vamos llevando paz, mucha paz, consuelos divinos y nueva vida... ¡Ah!, pero, sobre todo, nos despedimos con la satisfacción de haberte dado a ti, amadísimo Maestro, alivio de caridad, desagravio de fe y reparación de amor que reclamaste, entre sollozos, a tu confidente Margarita María... Atiende, pues, los niños que comulgan... ¡sé su Amigo!... Señor Jesús, acoge manso y bueno, nuestra última oración:
  
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé la perseverancia de fe y de inocencia de los niños que comulgan... sé su Amigo!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé el consuelo de los padres del hogar cristiano... sé su Vida!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé el amor de la multitud que sufre, y de los pobres que trabajan... sé su Rey!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé la dulcedumbre de los afligidos, de los tristes... sé su Hermano!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé la fortaleza de los tentados, de los débiles... sé su Victoria!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé el fervor y la constancia de los tibios... sé su Amor!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé el centro de la vida militante de la Iglesia... sé su Lázaro triunfante!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé el celo ardiente y victorioso de tus apóstoles... sé su Maestro!
¡Corazón Agonizante de Jesús, triunfa... y sé en la Eucaristía la santidad y el cielo de las almas... sé su paraíso de amor... sé su Todo!
Y mientras llega el día eterno y venturoso de cantar tus glorias, déjanos, dulcísimo Maestro, sufrir, amar y morir sobre la celestial herida del Costado, murmurando ahí, en la llaga de tu amante Corazón esta palabra triunfadora: “¡VENGA A NOS TU REINO!”.
  
(Cinco veces en honor de las cinco llagas) ¡Corazón Divino de Jesús!
(Todos) ¡Venga a nos tu reino
   
Acto de consagración al Sagrado Corazón de Jesús y al Purísimo Corazón de María
  
Doy y consagro al Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo mi cuerpo, mi alma, mi vida, mis acciones, penas y sufrimientos, a fin de que todo cuanto hay en mí sólo se emplee en honrarle, amarle y glorificarle. Tengo la firme resolución de entregarme a Él sin reserva y de emprenderlo todo por su amor, renunciando gustoso, a todo aquello que pueda desagradarle. De hoy en adelante seréis Vos, oh Corazón adorable, el objeto único de mi amor, el protector de mi vida, la esperanza de mi salvación, el remedio de mi flaqueza y de mi inconstancia, el reparador de todas mis faltas, y mi más seguro asilo en la hora de mi muerte. Reconciliadme, pues, oh, Corazón bondadoso, con Dios vuestro Padre, y apartad de mí los dardos de su cólera. Oh, Corazón amantísimo, en Vos pongo toda mi confianza, porque, si mi malicia y mi debilidad son para mí un justo motivo de temor, vuestra bondad me hace esperarlo todo de Vos. Que vuestro sagrado fuego consuma en mí todo lo que pueda desagradaros y estorbar la libre acción de vuestra gracia. Que vuestro purísimo amor abrase de tal modo mi corazón, que no pueda jamás olvidaros ni separarme de Vos. Dignaos grabar en Vos mi nombre, porque mi más ardiente anhelo es que toda mi felicidad y mi gloria consistan en vivir y morir como esclavo vuestro.
  
Y Vos, oh Corazón de María, estrecha e inseparablemente unido con el Corazón de Jesús, mi deseo es que, después de vuestro Hijo, ocupéis el primer lugar en mi corazón, que desde ahora os ofrezco y os consagro. Vos seréis siempre el objeto de mi veneración, de mi amor y de mi confianza. Procuraré conformar mis sentimientos y afectos con los vuestros, y el estudio continuo de mi vida será imitar vuestras virtudes. ¡Oh Madre bendita! dignaos abrirme vuestro Corazón y recibirme en él junto con vuestros verdaderos hijos y vuestros fieles siervos. Alcanzadme la gracia que necesito para imitar vuestro admirable Corazón, así como Él ha imitado el de Jesús; amparadme en los peligros, consoladme en las aflicciones; enseñadme a sacar el provecho debido de los bienes y de los males de esta vida; protegedme siempre y sobre todo en la hora de mi muerte.
  
¡Oh, divinos Corazones de Jesús y de María! a cuyo servicio me consagro, haced que ahora y siempre sea vuestro verdadero hijo. Amén.

EL FINAL DE LA PRIMERA CRUZADA ESPAÑOLA: LA RENDICIÓN DE GRANADA

Por Pedro García Luaces para ALMANAQUE DE LA HISTORIA DE ESPAÑA
 
Rendición de Granada, por Francisco Pradilla
 
El 2 de Enero de 1492 se produce la rendición de Boabdil y la entrega del reino de Granada a los Reyes Católicos, que supuso el fin de la Reconquista. El reino de Granada era el único reino musulmán de la Península a finales del siglo XV. Abarcaba una gran extensión que empezaba en las montañas de Sierra Nevada y llegaba a la costa gaditana, adentrándose en la provincia de Málaga y en tierras de Córdoba, Jaén y Sevilla. Durante años había sobrevivido entre los poderosos reinos cristianos aprovechando las desavenencias que surgían entre ellos y pagando el correspondiente tributo. Sin embargo, tras una concienzuda pacificación interior, los Reyes Católicos pudieron ocuparse de la que consideraban la gran asignatura pendiente de la cristiandad: culminar la Reconquista.
 
El reino nazarí se adelantó en la contienda apoderándose, en 1481, de la fortaleza de Azahara. Los Reyes Católicos, que no tenían intención de renovar la tregua que mantenían con Granada, respondieron al ataque y emprendieron una escalada de refriegas fronterizas que ya no se detendría hasta la victoria final. Primero fueron Alhama y Loja, luego vendrían Ronda y Málaga. Durante el primer asedio de Loja, de graves pérdidas para los cristianos, sucedió algo inesperado en Granada. Los hijos de Abú-al Hassan, Abdalá y Yusuf, iniciaron una revuelta contra su padre. Abdalá, Boab­dil para los cristianos, se hizo con el control de Granada y su hermano con el fuerte en Málaga, presentando batalla común a Fernando el Católico.
 
Sin embargo, Boabdil cayó preso en la batalla de Lucena y los Reyes Católicos acordaron con él una tregua de dos años antes de dejarle en libertad. Los Reyes aprovecharon las discordias entre hermanos y su cercanía a Boabdil para acordar la rendición de Granada a cambio de tierras y títulos para el emir. Quedaba aún la resistencia de su hermano, apodado «El Zagal», que no cedió Málaga sin brindar una enconada resistencia. Tras la caída del Zagal sólo quedaba que Boabdil cumpliese con su parte del trato, aunque la ciudad no quiso rendirse y prolongó su resistencia hasta 1491. En Abril, el asedio cristiano se intensificó y en Noviembre, mermada la moral de los sitiados, Boabdil comenzó a negociar en secreto. La ciudad se rendía en Enero de 1492. La Reconquista había terminado.
 
El día 2 de Enero de 1492, el rey Boabdil hizo entrega al católico rey D. Fernando de las llaves de Granada, pronunciando, con voz sentida, estas memorables palabras: «Tuyos somos, Rey poderoso y ensalzado; estas son, señor, las llaves de ese paraíso». Este momento solemne inspiró a Pradilla su célebre cuadro, preciada joya del arte pictórico español, cuya copia luce en la capilla de los Reyes Católicos de la Catedral granadina.
 
Armas de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos

PADRE MATEO CRAWLEY-BOEVEY, APÓSTOL MUNDIAL DEL ENTRONIZAMIENTO DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Desde RADIO CRISTIANDAD, con algunas variaciones de MILES CHRISTI

El apóstol mundial del Sagrado Corazón de Jesús” (Pío XI)
 
Padre Mateo Crawley-Boevey
 
Nació en Sachaca (Perú) un 18 de noviembre de 1875. Fue su padre el caballero inglés Carlos Octavio Crawley-Boevey y su madre la arequipeña María Murga. A los 9 años emigraron a Valparaíso (Chile) y allí estudió con los religiosos de los Sagrados Corazones, en cuyo instituto ingresó posteriormente en 1891 y se ordenó de sacerdote en 1898. Ejerció como profesor en el colegio de la Orden.

De igual modo, atendió la Asociación de los Sagrados Corazones y animó espiritualmente varias obras sociales. Con el nombre de “Curso de Leyes” fundó una Facultad de Derecho que sería el embrión de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. A punto del estrés por su entrega desmedida para socorrer a los damnificados por el terremoto de 1906 en Valparaíso, sus superiores le enviaron a Europa en viaje de descanso.

El 24 de agosto de 1907 llega al santuario de Paray-le-Monial, lugar donde se apareció el Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque. Allí se recuperó de su quebrantada salud y vio claramente cuál sería la vocación para el resto de su vida: Conquistar todo el mundo para el amor del Corazón de Jesús, casa por casa, familia por familia, entronizándolo en todos los hogares. Cuando expuso el plan al Papa San Pío X, le complació tanto que le dijo: “No sólo te permito, sino que te mando, hijo mío, dar tu vida por esta obra de salvación social”.
 
Basílica del Sagrado Corazón de Jesús en Paray-le-Monial (Francia)
 
San Pío X alentó al Padre Mateo para que realizara el Apostolado de la Entronización del Sagrado Corazón de Jesús
 
Vuelve a América e inicia su cruzada en Valparaíso y la continúa por Chile y Perú. Fundó la revista “El Primer Viernes” y escribía artículos en otras revistas y periódicos. Posteriormente, su congregación lo destina a Europa para difundir el mensaje misericordioso del Corazón de Jesús; Inglaterra, Bélgica, Holanda, Suiza, Portugal y España se benefician de su encendida prédica. En 1914, llegando a París en el momento en el que las tropas alemanas se disponían a invadir la capital. Un dominico de Saint-Maximin resumió su impresión de esta manera:

“Al principio, uno queda desconcertado por esa oratoria que no es oratoria, por esas frases elípticas, esas imágenes inesperadas, esos gestos apasionados… y luego, uno está cogido, se pone al unísono, y cuando al final el predicador hace aclamar a Cristo Rey: “Te amo, Jesús, porque eres Jesús”, brotan lágrimas de muchos ojos”.
 
De Francia se trasladó a España, donde fundó treinta y ocho centros. En este último país promovió el gigantesco monumento en el Cerro de los Ángeles para consagrar la nación al Corazón de Jesús.
 
Cerro de los Ángeles, Santuario del Sagrado Corazón de Jesús (Centro geográfico y espiritual de España)
 
En su libro “Rey de Amor”, (13ª ed, Secretariado Nacional de la Entronización del Corazón de Jesús, Madrid, 1960) da algunos pormenores interesantes sobre la estatua del Corazón de Jesús del Cerro. El misionero llegó a España para pronunciar las tres conferencias del triduo preparatorio a la entronización oficial de 30 de mayo de 1919. En Madrid dio una serie de conferencias en el “Centro de Defensa Social” organizadas por Rafael María Lázaro y Severino Aznar. En una de ellas lanzó la idea de erigir el Monumento. La idea madura y probada por el Obispo de Madrid-Alcalá, don Prudencio Melo, del Secretariado de la Entronización se encargó de lanzarlo y organizarlo por todo el país, especialmente recaudar los fondos. El Secretariado funcionó en el Colegio de las Madres de los SS.CC. presidido por la Duquesa de la Conquista, dama de honor de Victoria Eugenia de Battemberg (esposa de Alfonso XIII de España). El P. Calasanz Baradat, SS.CC., director, recorrió el territorio español para impulsar el proyecto y organizar la suscripción. El Monumento sería como un estandarte de gloria cristiana en torno del cual almas y familias españolas debían agruparse aclamando en la vida del hogar y de la nación la Realeza Divina de Cristo Rey. El pueblo español, con el Rey a la cabeza, respondió generosamente y se obtuvieron medio millón de pesetas.

“Debo aquí, por noble, a poner de relieve un gesto bellísimo: El embajador del Perú ante la Santa Sede, señor Goyeneche, conde de Guaqui y grande de España, pagó la estatua colosal del Corazón de Jesús. Y en carta que me escribió a este efecto me decía: “Quede constancia que es mi intención honrar por cierto al Sagrado Corazón, pero manifestar también muy solemnemente la gratitud del Perú a aquella España católica que nos civilizó con la fe de Cristo y con la morar del Evangelio”. Un tío de este embajador fue el Arzobispo Goyeneche, de Lima. Pagado el Monumento, hubo un superávit, suma que el Secretariado invirtió en un rico y artístico copón destinado a la Comunión de los peregrinos que vendrían a asistir al Santo Sacrificio de la Misa celebrado en el Altar del Monumento nacional” p.440
 
Misa celebrada durante la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús
 
El nuevo Papa le dio la misión de instruir a los misioneros en la India, Ceilán (Sri Lanka), la China, Indochina (Vietnam), Japón y las islas Hawai. Fueron 50 años de ininterrumpida predicación. Fue padrino en la ordenación sacerdotal del Cardenal Landázuri. Promovió la “entronización del Sagrado Corazón de Jesús en los hogares”, la adoración nocturna en el hogar, así como los monumentos dedicados a Cristo en lugares visibles. Su objetivo era “hacer vivir en el hogar y por el hogar, célula social, el divino llamado: ‘Quiero reinar por mi Corazón’. Una de sus obras escritas fue “Horas Santas”, auténtica llamarada de amor a Cristo como muestra en esta oración:

“¡Jesús sigue revelando las maravillas de tu Corazón desde esa Hostia!…Avanza, Dios oculto y vencedor, avanza, conquistando en el comulgatorio alma por alma, familia por familia hasta que la tierra entera exclame, alborozada: ¡Alabado sea el Divino Corazón en su Eucaristía salvadora…; a Él, sólo a Él, en los altares, gloria y honor por los siglos de los siglos; venga a nos tu reino!”.
 
La propagación de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, particularmente su Entronización en los hogares, representa en sí el apostolado del Padre Mateo.
 
Narra Fernando Cordero Morales SS.CC., que Pío XI le concedió cinco audiencias y le envió otra carta autógrafa, como lo hiciera antes su predecesor Benedicto XV. En una de las audiencias, el P. Mateo regaló al Papa un medallón con la imagen del Sagrado Corazón. Pío XI le comentó: “La pondré en mi despacho y cuantas veces la mire te enviaré mi bendición”. Y aún más patente queda la gran estima que tenía el Papa al apóstol del Corazón de Jesús cuando el gobierno de Perú solicitó al Sucesor de Pedro el nombramiento del P. Mateo para Arzobispo de Lima: “¿Qué quiere el señor Presidente de la República -contestó el Papa-, que haga yo del Padre Mateo un coronel-comandante en plaza, o que le deje ser bombardero del Corazón de Jesús en todo el mundo?”

El Jueves Santo de 1949 sufrió el primero de los muchos ataques de corazón que habían de sucederse en los once años que aún le quedaban de vida. En enero de 1955 manifestaba: “Cada vez estoy más enfermo. Todo me cansa y debo suprimir muchas de las cosas bellas que debo hacer, reteniendo únicamente las indispensables. Quiero decir que debo dejar mis pocas fuerzas para poder celebrar la Misa y recitar mis plegarias”. A su enfermedad se añadió una úlcera en su pierna derecha. En 1959 ingresó en la clínica de Valparaíso donde un cáncer en la sangre le impidió celebrar el Santo Sacrificio, que constituía el centro de su vida. Los médicos le amputaron la pierna herida por aparecer la gangrena. La amputación se practicó el 14 de enero de 1960, pero la herida no se cerró y la gangrena apareció pronto en la otra pierna. Su Provincial expresaba en una carta: “El P. Mateo sufre atrozmente, pero todo lo soporta con un espíritu sobrenatural admirable”. Y el propio enfermo escribía: “¡El cielo se aproxima… y así yo cantaré las misericordias del Señor eternamente!”

El apóstol mundial del Sagrado Corazón de Jesús, según la denominación de Pío XI, murió en Valparaíso el 4 de mayo de 1960, a los 84 años de edad.

miércoles, 1 de enero de 2014

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, POR EL PADRE MATEO CRAWLEY-BOEVEY (Para comenzar el Año Nuevo)

Desde MILES CHRISTI
 
HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
I Año Nuevo

(Esta Hora Santa podría servir especialmente para comenzar el Año Nuevo, según el verdadero espíritu del Sagrado Corazón de Jesús, y para consagrárselo a su gloria. Este mismo método podría también ser muy útil en determinadas ocasiones, en ciertas horas decisivas y solemnes “del año o de la vida”, como, por ejemplo, en vísperas de contraer matrimonio o como preparación inmediata para ingresar al convento, al abrazar la vida religiosa. Podría, asimismo, ser de gran provecho “durante los ejercicios de un retiro”, para iniciar en ellos una etapa de vida espiritual nueva y más intensa).

He aquí que se levanta con la aurora del Año Nuevo el verdadero Sol de paz, de esperanza y de amor: el Corazón Divino de Jesús, sol de una nueva vida para su gloria y nuestra dicha... ¡Gloria a Él en las alturas, gloria a Él y sólo a Él aquí en la tierra!...

Adveniat, adveniat, adveniat regnum tuum!... ¡Venga a nos tu reino de paz, de amor y de justicia!”...

Es preciso que el año que comienza marque una nueva etapa de triunfo en el avance victorioso, social e íntimo del Corazón de Jesús...

Y ahora pongámonos en su presencia soberana mediante un acto de fe y de profunda adoración... A dos pasos de nosotros está el Maestro muy amado...

Su Corazón nos llama, nos aguarda... quiere hablarnos con santa intimidad...
  
Escuchemos aquella voz cuyas armonías deliciosas inundan de júbilo la eternidad del cielo...

(Que haya gran recogimiento, pues el Señor no habla a corazones disipados, distraídos).

JESÚS: “Pax vobis!”. ¡Que mi paz sea con vosotros todos, hijitos míos! Os la traigo grande y hermosa para vuestras almas que sufren, que luchan..., para todos los de buena voluntad...

Pax vobis!”. Sí, os la traigo Yo mismo para vuestros hogares enlutados por el dolor, heridos por las desgracias, patrimonio obligado de este valle de lágrimas...

Pax vobis!...”. Os la traigo para la sociedad doliente en cuyo seno vivís, pues bien sé Yo cuánta necesidad tiene de renovarse en el espíritu de mi Evangelio, de ser en espíritu y en obras la heredad de mi Corazón sacrosanto... Os la traigo para vuestra patria. ¡Oh!, pedidme que ésta llegue a ser para Mí, la Jerusalén de mis amores, la Jerusalén del Domingo de Ramos...

Pax vobis!...”. Os traigo mi paz profunda, celestial y victoriosa, para la Iglesia siempre combatida... Rogad por Ella, pedid, hijitos míos, que llene los graneros de mi Padre celestial con una cosecha rica y escogida de almas, de familias...

Venid, amigos del alma, acercaos; no temáis como los apóstoles: acercaos más, mucho más...: buscad la dichosa intimidad del Corazón de vuestro Rey, de vuestro Hermano, de vuestro Amigo...: no temáis... Yo soy vuestro Jesús. Sí, acercaos con tal intimidad que toquéis las llagas de mis pies y de mis manos...; acercaos y penetrad en la llaga del Costado... ¡Oh!, poned en ella con confianza la mano querida, y más: entrad profundamente en ella con el alma y quedad ahí; abismaos para siempre en esta herida, morada vuestra en el tiempo y en la eternidad... Yo no he cambiado, hijitos míos no: soy el mismo dulce Jesús, bueno, misericordioso, nacido de la Virgen María, vuestra Madre... Soy realmente hijo suyo...; somos, pues, hermanos muy queridos: no me temáis.

Y ahora, sin recelos y con un corazón abierto, dócil, agradecido, aceptad en la alborada de este Año Nuevo, como obsequio y prenda de mi amor, como lección de mi sabiduría, un pensamiento grave, una reflexión austera y dulce a la vez y que os pido coloquéis como fundamento sobrenatural del camino que se inicia hoy...

Para recoger con fruto, consoladores míos, esta enseñanza que condensa todo mi Evangelio, para que sea realmente provechosa para este año y para la vida, vaciad ante todo el corazón, aligerad el alma de todo lo terreno y saboread en seguida la lección que quiero daros, en un gran recogimiento de espíritu... Oídme:

Almas amadísimas, hijos de mi Sagrado Corazón, meditad esta palabra, os la propone vuestro Dios: “Un año transcurrido quiere decir un año menos en la vida del tiempo, y un año más cerca del abismo de vuestra eternidad...”.

¡Oh, meditad durante esta Hora Santa en la vanidad de todo, absolutamente de todo lo que no sea la permanente realidad que soy Yo, Jesús!...

(Muy lento y entrecortadoTodo pasa y muere, menos Yo
Caducidad de la juventud, flor que vive un día y... muere. 
Caducidad de la ambición, humo que se esfuma y... pasa. 
Caducidad de la alegría humana, fulgor que brilla y desaparece como un relámpago. 
Caducidad de la fortuna dorada y versátil que se nos escapa. 
Caducidad de una situación brillante, que cambia de improviso y que se quiebra. 
Caducidad de los placeres, embriaguez que mata, desasosiega y huye. 
Caducidad de toda armonía terrena, de toda belleza creada, que engaña y perece. 
Caducidad del amor humano, que cambia, hiere y después olvida. 
Caducidad de la sabiduría del siglo, que lo falsifica todo y se convierte en tinieblas.

Vanidad de vanidades, y todo vanidad, excepto la realidad, que soy Yo, vuestro Jesús.

Y si dudarais, poned, hijos míos, un oído atento a aquella voz misteriosa de los siglos que yacen sepultados en su historia de glorias y mentiras... ¿Dónde están?... ¡Fueron sólo ayer, y ya no son!...

Su voz elocuentísima no es sino el eco de la mía...

Con ellos, Yo os digo: Vanidad de vanidades todo lo terreno..., todo lo que no sea la realidad verdadera, que soy Yo, vuestro Jesús.

Millares y millones de hombres jóvenes, valientes, arrebatados vertiginosamente del escenario de la vida por la tempestad de fuego de mil guerras fratricidas, os gritan y previenen, con la elocuencia de sus cenizas aventadas, que no os fiéis de la tierra... En ella todo es vanidad...

Sí, todo lo que no es la divina Realidad, que soy Yo, vuestro Jesús.

Y como esos ejércitos de soldados, aquel otro ejército más numeroso todavía de los heridos en el alma; aquellos mutilados del corazón, que son las viudas y los huérfanos, los desamparados y los sepultados vivos bajo los escombros de sus esperanzas e ideales...; la caravana inmensa de las almas hechas jirones, de los corazones náufragos del hogar y de la sociedad... Todos, ¡oh!, todos ellos, con un gemido desgarrador y que no engaña, os gritan a porfía: ¡Vanidad de vanidades todo lo caduco y todo lo terreno, todo lo que no es la divina Realidad, que soy Yo, vuestro Jesús!...

(Breve pausa)

Con todo, no quiero veros amargados con exceso, hijos míos, y menos aún no querría, ¡oh, no!, veros desanimados... Porque si es verdad que el mundo no es sino vanidad, sabedlo, meditadlo: Yo he vencido al mundo con la suprema y dichosa Realidad de mi Persona y de mi Amor.

Valor, pues, y adelante, adoradores míos, levantad muy en alto los corazones y el pensamiento, pues aquí mismo, en medio de este hacinamiento de ruinas, Yo soy, para vosotros todos, la Realidad eterna de las almas que me adoran y me aman. Sí, la única Realidad inmutable, divina, inmortal, soy Yo...

Y Yo he querido que esta Realidad lo supla todo..., ¡que Dios os baste!

Creedlo así, amigos de mi Sagrado Corazón, convenceos de ello en esta Hora Santa... El mundo, por desgracia, no razona así: Yo no le basto. De ahí que siendo Rey y Señor, se me posponga... ¡Cuán rara vez soy Yo el Amo, el primero en el corazón y en el hogar...!

No así vosotros, hijitos míos...; y puesto que para vosotros soy la Realidad, que lo llena todo y que lo suple todo, quiero que me lo digáis aquí ante mi altar con palabras del alma.

Amigos fidelísimos del Corazón de vuestro Salvador, meditad constantemente en la vanidad efímera de la juventud, primavera que dura apenas una mañana de sol, y que en seguida muere... Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis, y qué pedís?...
(Todos) La realidad suprema que eres Tú, Jesús.

Consoladores de mi Divino Corazón, meditad constantemente en la vanidad de la ambición falaz y traicionera que embriaga, hiere y desaparece luego... Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?...
(Todos) La realidad suprema que eres Tú, Jesús.

Apóstoles de mi adorable Corazón, meditad constantemente en la vanidad de los goces terrenales, que, como el lampo de luz o como el rocío, duran un instante y se desvanecen... Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?...
(Todos) La realidad suprema que eres Tú, Jesús.

Confidentes de mi Divino Corazón, meditad constantemente en la vanidad de la fortuna que pervierte tantas almas y que se escapa para no volver... Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?...
(Todos) La realidad suprema que eres Tú, Jesús.

Discípulos muy amados de mi Sagrado Corazón, meditad constantemente en la vanidad de los placeres sensibles que halagan un instante, que producen embriaguez de muerte y pierden pronto su dulzura... Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?...
(Todos) La realidad suprema que eres Tú, Jesús.

Adoradores fervorosos de mi amante Corazón, meditad constantemente en la vanidad de la belleza creada y transitoria que enamora tan fácilmente como desaparece y muere... Pero en compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?...
(Todos) La realidad suprema que eres Tú, Jesús.

Reparadores de mi entristecido Corazón, meditad constantemente en la vanidad tan funesta del amor terreno, que, siendo por naturaleza tornadizo e inconstante, hiere como una racha y huye como la brisa... Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?...
(Todos) La realidad suprema que eres Tú, Jesús

Hijos predilectos de mi Divino Corazón, meditad constantemente en la vanidad de la sabiduría humana, que con toques de luz ficticia, siembra tantos errores, luz siniestra que estalla frecuentemente en huracán... Pero en compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?...
(Todos) La realidad suprema que eres Tú, Jesús.

¡Oh, sí, Tú, Señor y sólo Tú, la dichosa, la inmutable y eterna Realidad!... Con ella, es decir, contigo, la vida, ya de por sí tan vacía de toda paz, tan pobre de verdadera belleza, nos será soportable, llevadera, no obstante las tumbas, las ruinas y los abrojos sembrados a lo largo del camino... ¡Ah, pero siempre contigo, Señor Jesús!

Este año que hoy comienza no nos inquieta, Maestro, a pesar de las mil vicisitudes azarosas que trae consigo; ¡pero... teniéndote a nuestro lado a Ti, Jesús!

Bien sabemos, Señor, que no podemos pretender el vivir en un paraíso terrenal, marchito, perdido para siempre...; ¡pero qué importa, ni nos hace falta, ya que en tu Corazón, Amor de los amores, lo hemos recuperado con usura!... ¡Oh, sí, Tu Corazón lo vivifica, lo ilumina, lo dignifica todo, Señor, y esto para la eternidad!...

(Pidamos con fervor y humildad de corazón la luz que nos haga comprender y apreciar la gracia que el cielo nos otorga con el nuevo año. Pero pidamos, sobre todo, la gracia de saberlo aprovechar debidamente para gloria del Divino Corazón y por los intereses eternos del alma).

(Pausa)

LAS ALMAS: La Hora Santa, Jesús adorable, la pediste Tú mismo, como la hora de las divinas confidencias con tu Corazón adorable... ¡Déjanos, pues, en consecuencia, abrirte el alma; déjanos contártelo todo, Señor, pues sentimos la necesidad imperiosa de vaciar nuestras almas en la tuya, aquí, a tus pies, ante el Sagrario!...

Bien pueden, Jesús, los vanidosos, los sensuales, los mundanos y los frívolos seguir soñando sobre las ruinas lamentables de sus quimeras insensatas... Entre tanto, nosotros, pobrecitos y a la vez más ricos que ellos, porque más favorecidos por tu gracia, tan gratuita como espléndida, queremos protestarte que, dejando el mundo de lado, Tú sólo nos satisfaces y nos bastas... Y alentados por el don de tu Corazón adorable, nos proponemos resueltamente comenzar una vida nueva con este Año Nuevo, viviendo más y más desengañados y desprendidos de los falsos bienes y de los placeres engañosos de la tierra... Por esto, Jesús, desde esta alborada, al iniciar un año que nos avecina a tu eternidad, nos arrojamos entre tus brazos y, con fe del alma, te protestamos que, de aquí en adelante, no queremos otro bien que Tú mismo Jesús...

¡Oh, ven a visitarnos, Maestro, con la aurora de este Año Nuevo, y al recibirte te prometemos que, en la enfermedad o en la salud, aceptaremos tu Corazón, Señor Jesús! 
(Todos) Aceptamos tu Corazón, Señor Jesús.

¡Oh, ven a visitarnos, Maestro, con la aurora de este Año Nuevo, y al recibirte te prometemos que, en la pobreza o en la abundancia, bendeciremos sólo tu Corazón, Señor Jesús. 
(Todos) Bendeciremos sólo tu Corazón, Señor Jesús.

¡Oh, ven a visitarnos, Maestro, con la aurora de este Año Nuevo, y al recibirte te prometemos que, en la tristeza o en la alegría, buscaremos sólo tu Corazón, Señor Jesús!
(Todos) Encontraremos sólo tu Corazón, Señor Jesús.

¡Oh, ven a visitarnos, Maestro, con la aurora de este Año Nuevo, y al recibirte te prometemos que, en la prosperidad como en la Cruz, adoraremos sólo tu Corazón, Señor Jesús!
(Todos) Adoraremos sólo tu Corazón, Señor Jesús.
  
¡Oh, ven a visitarnos, Maestro, con la aurora de este Año Nuevo, y al recibirte te prometemos que, en la vida como en la muerte, aclamaremos sólo tu Corazón, Señor Jesús! 
(Tres veces) Aclamaremos sólo tu Corazón, Señor Jesús.

Jamás se acude en vano a Aquel que es la Bondad increada... Ved, a dos pasos está ya Jesús...; lo llamamos, y helo aquí anhelando desbordar la vida de su Corazón adorable en los nuestros... ¡Recojamos con santa avidez sus palabras!

(Que haya un gran silencio: el silencio de las almas...).

JESÚS: ¿Con qué podré pagaros, amigos muy amados, fidelísimos, el bálsamo que vuestro amor ha sabido poner en mis heridas?... ¡Gracias! ¡Mi corazón os bendice! ¿Sabéis apreciar esta palabra?... ¿Sabéis quién es Aquel que os la dirige?... ¡Ah, soy Yo mismo; Yo, vuestro Dios y vuestro Rey, vuestro Padre y vuestro Amigo; soy Yo, Jesús, que os habla!... ¡Ved cómo me acerco a vosotros!... Sí, mi corazón adorable es el sol de ventura que para vosotros se levanta sobre la colina de este altar, trayéndoos sus luces y sus ardores como presente de Año Nuevo!...

Ved, me llego a vosotros, derrochando mercedes; vengo en busca vuestra para colmaros, para enriqueceros, si posible fuese, hasta empobrecer. Yo mismo, depositando en vosotros todos mis tesoros...

Me acerco a vuestras almas, como una nube cargada con un diluvio de gracias que quisiera derramar a profusión y sin medida sobre vosotros y vuestros hogares, a fin de que este año que comienza sea un año de bendiciones y de gracia... Pero para ello espero una palabra todavía de vuestra parte... ¡Abrid, ¿queréis?, abrid de par en par el Tabernáculo de mi Sagrado Corazón y pedid sin temor de importunar, pedid confiados! ¿Qué gracia solicitáis que Yo os conceda, qué favor esperáis del tesoro de mis misericordias infinitas?
(Todos) Para nosotros, tu adorable Corazón. Para Ti, Jesús, inmensa gloria.

No dudo, hijitos, de la sinceridad del corazón; pero esta generosidad os la dicta tal vez el entusiasmo que os infunde mi Sagrario... Mas cuando os alejéis de aquí, una vez a distancia y en plena lucha contra el mundo frívolo, ¿me diréis entonces otro tanto?... Ah, sobre todo para esa hora de refriega, ¿qué fuerza divina de victoria reclamáis?... ¡Habladme todos!
(Todos) Para nosotros, tu adorable Corazón. Para Ti, Jesús, inmensa gloria.

Pero si el mundo se empeña en alejaros de mi pecho, en arrebataros de mis brazos... Y si en su tiranía osara exigiros que escojáis definitivamente entre sus placeres vanos y mi Ley, decidme, amigos, ¿qué tesoro escogeríais?...
(Todos) Para nosotros, tu adorable Corazón. Para Ti, Jesús, inmensa gloria.
  
Mas suponed que el mundo no ceje, que la lucha recrudezca y que por causa de vuestra fidelidad tengáis que sufrir cruces y baldones... ¿con qué grito del alma llamaríais entonces en socorro vuestro?...
(Todos) Para nosotros, tu adorable Corazón. Para Ti, Jesús, inmensa gloria.
  
¡Oh, qué hermosura cristiana, qué nobleza divina la vuestra!... Pero decidme con toda intimidad: esos sentimientos, ¿animan también a los vuestros?... En el hogar querido, ¿piensan y hablan todos así?... Si así no fuera reclamad para ellos mi gracia: ¿qué pedís para ellos en testimonio de mi amor?...
(Todos) Para nosotros, tu adorable Corazón. Para Ti, Jesús, inmensa gloria.

¿Por qué esa tristeza, hijitos míos? ¡Qué! ¿Tal vez tenéis en el hogar algún enfermo del alma a quien amáis mucho, pero que no me ama a Mí?... ¡Pobrecito! Yo quiero salvarlo, él no pide, pero vosotros pedís por él. ¿Qué fortuna queréis para el hogar?...
(Todos) Para nosotros, tu adorable Corazón. Para Ti, Jesús, inmensa gloria.

Creed en mi amor y Yo los salvaré en recompensa a vuestra fe y a la plegaria de esta Hora Santa, deliciosa... ¡Ah! Pero pensad también en vosotros: día llegará, y tal vez muy pronto, en que la muerte golpeará a vuestras puertas... Para entonces, para esa hora suprema de justicia, ¿qué galardón esperáis de mi sentencia?... Reclamadlo ahora mismo: ¿qué esperáis de mi misericordia?...
(Todos) Para nosotros, tu adorable Corazón. Para Ti, Jesús, inmensa gloria.

(Aquí puede entonarse un cántico al Sagrado Corazón). 
  
HIMNO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

CORO: Corazón, el más puro y más Santo;
Corazón de mi dulce Jesús.
Tú eres siempre mi dicha y encanto.
Tú eres siempre mi paz y mi luz.
 
Si quisiste, mi fiel compañero,
en el valle de llanto y dolor,
ser mi hermano y amigo sincero,
el más puro ideal de mi amor.
 
Desde el Santo Sagrario donde moras,
me bendices doquiera que voy.
Y me dices: “Yo soy el que adoras;
nada temas, contigo estoy”.
  
Cariñoso consuelo del triste,
del mortal desdichado, esperanza;
del que sufre, total bienandanza;
del que llora, dichosa mansión.
  
Yo te busco, Jesús, y te llamo,
ya no quiero volver a pecar;
no me dejes, Señor, yo te amo,
no permitas te vuelva a olvidar.
  
(Entre tanto que los Príncipes de la Corte celestial ofrecen al Rey de los Reyes presentes dignos del Paraíso, Jesús, enamorado de los humanos, pensando en sus pequeñuelos, toma el camino de la tierra y sale a nuestro encuentro, colmadas sus manos divinas con presentes de Cielo... Nos trae, especialmente, tres inmensos y riquísimos tesoros, ofrenda valiosa de su amable Corazón. ¿Querríais meditar unos instantes en el valor inestimable de esos tesoros?... Hagámoslo considerando brevemente tres cuadros, tres escenas del Evangelio. ¡Oremos meditando! ¡Meditemos amando!).

I. DON DE LUZ. ¿Recordáis lo que decía el ciego? “¡Señor, haz que vea!”. Mucho más ciego que este desdichado Nicodemo, ciego del alma, calla y teme... ¡Oh, con qué fulgor victorioso debieron brillar los ojos de Jesús, mirando con dulzura a Nicodemo en la primera entrevista misteriosa! ¿Imagináis la turbación que la proximidad estrecha y las palabras del Maestro divino provocarían en el alma tímida de ese ciego, temeroso de sanar?... Pero, ¡cuán fuerte, cuán irresistible debió ser la atracción del imán, de los ojos y del Corazón de Jesús! Cada palabra suya era una saeta de luz que lo traspasaba, conquistándolo... Con infinita suavidad, el Sol divino avanza, penetra en los abismos de esta alma recta... Pero a pesar de su rectitud, de su buena voluntad, hubo ciertamente un primer momento de sorpresa, de resistencia secreta, de lucha... ¡Era tan fuerte en ella el respeto humano!

El Maestro condesciende: su Corazón es suavísimo... se concierta una entrevista...; pero ésta será de noche... Ya están faz a faz, solos, Jesús y Nicodemo. Al separarse, el Salvador debe haber dicho a Nicodemo: “¡Ya sabes que te amo...; iré pues, a tu propia casa!” Y en una segunda entrevista, lucharon frente a frente las tinieblas y la luz... 
 
Las palabras de Jesús despiden fulgores, soles de claridad que brotan de su pecho, pasando por sus labios... Y poco a poco, esas claridades penetran y luego disipan las nubes de tinieblas... Lenta, pero profundamente, traspasan esa alma del Rabino, derriten sus hielos, calcinan la roca... ¡Ved: el Sol, Jesús, ha triunfado; Nicodemo, vencido, le adora! ¡Qué enseñanza!... En la medida en que el famoso Rabbi, Nicodemo, se olvida y se desprende de sus prejuicios, de sus propias ideas y pasiones...; en la medida en que muere a sí mismo, una luz, una inmensa luz invade todo su ser...

Cuando Nicodemo apaga sus luces, el Señor prende la suya. Esa será también nuestra propia historia.

No seremos los verdaderos hijos de la luz sino en la medida en que sepamos desprendernos, desasirnos de nosotros por una perfecta inmolación de espíritu. La luz no llega al fondo de un alma sino por la cruz de Jesús. Pero, ¡gracias también a nuestras propias cruces!... Se repite, pues, con ligeras variantes, la historia de Saulo en el camino de Damasco: la misericordia del Señor nos sorprende en el camino de tinieblas, nos asalta, nos echa por tierra, nos obliga a morder el polvo... Sólo entonces, humillados y en la Cruz, somos capaces de oír y de comprender en el fondo de nuestras almas estas palabras de luz inefable: “¡Yo soy Jesús de Nazaret!”.

¡Oh, si entre estos amigos del Señor hubiera alguno que le tema demasiado, que por esto vacila en acercarse, que se acerque sin recelos, que busque la vecindad, ¿qué digo?, la intimidad del Maestro!... ¡Ah, sobre todo, que no resista al llamamiento amoroso que le hace Jesús en esta Hora Santa... Que si teniendo las dulces exigencias de su Amor, tomara la fuga, el camino extraviado de Damasco, el Amor de los amores saldrá a su encuentro, lo herirá en el corazón, y por esta herida de amor penetrará la luz! ¡Oh, mil veces felices aquellos a quienes fustiga e hiere Jesús; felices las almas a quienes el Señor hace llorar! Por estas lágrimas les revelará un día el esplendor de su Belleza soberana.

Eterna y divina historia: esta lluvia de lágrimas, lluvia saludable, purifica e ilumina el cielo de las almas, arranca la venda de escamas que, nublando los ojos, nos impedía ver a las claras a Jesús... Entonces sí que el alma que ha llorado se encontrará frente a frente de Jesús, y éste le dirá: “¡Mírame, soy Yo la luz!... ¡Sígueme y no andarás en tinieblas!...”.

(Breve silencio)

(Todos, tres veces) ¡Señor, haz que yo vea!
(Tres veces) ¡Señor, Dios de luz, haz que te vea!
(Tres veces) En mi cruz y por mis penas quiero verte, Jesús...

II. DON DE MISERICORDIA. Para mejor apreciar este don, el de más aplicación práctica de nuestra vida, hagamos una glosa de la bellísima parábola del Buen Samaritano, aplicándola a la economía del Corazón de Jesús con relación a las almas... ¡Esta historia es tan realmente la nuestra!... 
  
(Con unción)

En un recodo del camino yace por tierra, herido, despojado, un pobrecito... Viajeros sin entrañas van y vienen; pero todos pasan indiferentes, desdeñosos, a su lado: se justifican de dicha indiferencia declarándose a sí mismos irresponsables de la desgracia de ese hombre... Lo miran sin detenerse... y continúan sin inmutarse, tranquilos, su camino... Puesto que el desgraciado yace por tierra y está herido, culpa suya debe ser, parecen decirse interiormente todos, a medida que desfilan... Y si es culpable, que debe serlo, ¡pues que expíe su pecado!... ¡Tal es la justicia que pretende hacer el mundo! 
 
Pero he aquí que por fin alguien se detiene: ¿Quién será?... Una luz suavísima parece irradiar de Él, y le precede... Ved: ya está junto al herido... ¡Qué belleza de majestad dulcísima, conquistadora, envuelve toda su persona!... ¡Oh, qué compasión tan honda revela su mirada y qué bondad indecible, arrobadora, relampaguea en su rostro, de hermosura más que humana!... Al verle se diría que es un hombre que va a estallar en sollozos... ¡Oh, se diría más bien un Dios de una ternura, más que inmensa, infinita!... ¡Quién puede ser sino... Jesús!... ¡Oh, sí, es Él!... Se llama a Sí mismo el Hombre-Dios de todos los dolores, y nosotros le llamamos el Hombre-Dios de todas las misericordias... Aparece como Señor de la majestad en el camino de sus ángeles..., y se presenta como el Señor de todas las ternuras en el camino de los mortales, de los hombres, sus hermanos...

Contempladlo; se inclina hacia el herido...; se arrodilla a su lado mismo... Ved; le da a beber como refrigerio sus preciosas lágrimas, y lo envuelve en los pliegues de su propia túnica... ¡Ah, ese Señor no es bueno, no; Él es la Bondad encarnada!...

Observadlo todavía; lo ha tomado entre sus brazos; lo estrecha con deliquios de ternura, y, rico y dichoso con el tesoro del desdichado herido, corre..., vuela... ¡Pero, entre tanto, abrazándolo, comienza a reanimarlo, a darle nueva vida al calor de su amante Corazón!...

¿Y qué hará en seguida?... ¿Conducirlo tal vez a una hospedería?... ¡Ah, no!... Lo lleva a su propia casa: le da su hogar... Una vez en ella, no llama a gente mercenaria que lo cuide, ni se atreve, en su inmenso amor, a confiarlo a sus propios ángeles... ¡Llama a María, la Reina, y lo deposita suavemente entre sus brazos maternales, pidiéndole, rogándole que cuide al hijo herido, como le cuidó a Él mismo en la cuna de Belén... y en la cima del Calvario!... Pero al entregarlo así a su Divina Madre, Jesús no se aleja; queda inspirando desvelos y ternuras al lado de la Reina del Amor Hermoso; no da tregua a su Corazón de Salvador, que desvela noche y día sobre el dichoso desdichado... ¡Observad con qué misericordia, ayudando a la celestial Enfermera, venda Él mismo con sus manos creadoras las heridas: ved cómo pone en ellas el vino y el aceite de su sangre y el bálsamo exquisito de sus besos!... ¡Ved cómo lo lava y purifica en la piscina de su adorable Corazón!...

¡Y una vez convaleciente, le da ropaje de príncipe! Y cuando sana, lo retiene en su palacio, lo sienta en su mesa... ¡Más, mucho más todavía; lo trata como amigo íntimo, como hijo mimado, y un día lo declara y constituye su heredero!...

¿No es verdad que ésta es vuestra historia?... ¡Oh, cuán cierto es que no hay sino un sólo Jesús, uno solo; pero Él nos basta! Por esto, cediendo al impulso de nuestra inmensa gratitud, cantemos y alabemos la compasión y la misericordia infinita del Corazón del Salvador...

(Poned el alma entera en cada palabra...)
 
LAS ALMAS. ¡Oh, Jesús adorable, Rey, Hermano y Amigo, creemos, ¡oh, sí!, que Tú bajaste del cielo para traernos la vida y para dárnosla superabundante... Creemos que viniste en busca de los enfermos gravísimos y sin remedio, de aquellos que ya parecían como náufragos abandonados... Sí, viniste para ellos sobre todo, para sanarlos, y, una vez curados y embellecidos por tu gracia, para devolverlos al Padre que te los confió. ¡Ay, con sentimientos de humildad y de arrepentimiento debemos y queremos reconocer, Maestro adorable, que hemos sido nosotros las ovejas extraviadas, el hijo pródigo, la dracma perdida, la caña rajada, la mecha humeante, el acreedor rebelde, el servidor culpable y la roca empedernida que rechazó la simiente, regada con tu sangre!...

De rodillas, pues, y llorando nuestras culpas, te decimos: ¡Perdón, Jesús, Salvador!... ¡Perdón, Jesús, oh, Buen Pastor! ¡Perdón, oh, Padre de misericordia infinita por el sinnúmero de infidelidades de nuestra vida pasada!... ¡Perdón!

Hemos pecado, Señor, abusando del tesoro inagotable de tu paciencia y bondades... ¡Perdón!... Y para pagar ahora mismo la compasión y caridad con que nos has tratado sin merecerlo, querríamos arrebatarte esa misma misericordia, haciendo violencia a tu dulce Corazón en favor de tantos otros que no te conocen y te ultrajan... ¡Acuérdate, Jesús, que Tú mismo nos los diste como hermanos nuestros!... Míralos compasivo, Maestro, en lucha desesperada y sin fruto, entre los abrojos del mundo y sus pecados...

¡Escúchanos, pues, benigno, oh, amable Salvador!... 
  
¡Ten piedad, Señor, de aquellos niños pequeñitos todavía, pero cuya inocencia ha perecido ya, agostada en un hogar sin fe y de desventura!... ¡Por la Reina del Amor Hermoso, ten piedad de todos ellos!... ¡Corazón de Cristo-Rey: sé Jesús para ellos todos!
(Todos) Sé Jesús para ellos todos.

¡Ten piedad, Señor, de tantos jóvenes que, en plena lozanía, son ya ramas desgajadas, muertas del árbol de la vida de tu Divino Corazón!... ¡Mira compasivo a tantos que se revuelcan en el lodazal de sensualismo y de pecado, sin jamás volver a Ti una mirada suplicante!... ¡Por la Reina del Amor Hermoso, ten piedad de todos ellos!... ¡Corazón de Cristo-Hermano: sé Jesús para ellos todos!
(Todos) Sé Jesús para ellos todos.

¡Ten piedad, Señor, para tantos hogares infelices que luchan, cantan y lloran, sin las luces ni los consuelos de la fe, sin la gracia y fortaleza de tu santo amor!... ¡Por la reina del Amor Hermoso, ten piedad de todos ellos!... ¡Corazón de Cristo-Amigo: sé Jesús para ellos todos!
(Todos) Sé Jesús para ellos todos.

Ten piedad, Señor, de la caravana incontable de ciegos voluntarios... y también de tantos otros que jamás tuvieron, ni en el hogar ni en la escuela, la gracia inestimable de oírte, de conocerte... No olvides a tantos que te conocen apenas de nombre..., a gran distancia, y que no saben, ¡pobrecitos!, cuán dulce y bueno eres siempre Tú... ¡Por la Reina del Amor Hermoso, ten piedad de todos ellos!... ¡Corazón de Cristo-Salvador: sé Jesús para ellos todos!
(Todos) Sé Jesús para ellos todos.

Ten piedad, Señor, de los agonizantes, y muy especial de aquellos que no han sido perversos, sino débiles e ignorantes... Inclínate, en particular, hacia aquellos que tuvieron caridad con los pobres y los dolientes; ¡oh!, hazles Tú mismo caridad... ¡Por la Reina del Amor Hermoso, ten piedad de todos ellos! ¡Corazón de Cristo agonizante: sé Jesús para ellos todos!
(Todos) Sé Jesús para ellos todos.

(Pedid por la conversión de vuestros seres queridos).

III. EL DON DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. Como si los inapreciables dones de luz y de misericordia no bastaran para probarnos su liberalidad, he aquí que Jesús se propone resumir todas sus larguezas en el don inefable, sublime de su Sagrado Corazón. Para explicarnos tanta belleza, acudamos una vez más al Evangelio, ya que la sabiduría como la elocuencia humana quedan cortas y en extremo pobres para darnos una lección cumplida.

Contemplemos aquella escena cuya soberana hermosura conmovió a los ángeles testigos de ella, en la última Cena.

Jesús acaba de instituir la divina Eucaristía... Una sombra de infinita tristeza... casi de agonía, nubla su fisonomía adorable...: es que ve ahí a Judas; el ingrato tiene ya en su poder la suma que ha recibido para entregar a su Señor.

Diríase que Juan, el predilecto, lo ha adivinado todo, leyendo ya esta historia de perfidia en los ojos de su Amigo Divino... Y como quien se ofrece para pagar con creces, para reparar esa infamia, ved cómo se acerca, cómo se estrecha a Jesús... Y más; con una confianza espontánea y sencilla descansó amorosamente su cabeza sobre el Corazón de Jesús...

¡Ah, y ciertamente Jesús, complacido y consolado, recompensó esa intimidad reclinando su adorable Corazón en el de Juan, su apóstol... y su amigo!... ¡En ese momento de gloria se lo confió, sin duda, se lo dio por entero... y desde entonces, Jesús y Juan se unieron con vínculo eterno... más allá de la vida y más allá de la muerte!...

¿Creéis que Juan tenía derecho a tanto privilegio?... Verdad es que era puro y casto de espíritu y de corazón, pero... apenas si entonces había comenzado a amar. No había tenido aún, por cierto, ni tiempo ni oportunidad de probar a su Maestro con obras de martirio cuánto le amaba... ¡Ah, pero Jesús, dueño de su propio Corazón, tiene el derecho soberano de adelantarse, de amar Él primero... de dar gratuitamente más amor!...

En realidad, éste es un misterio tal que nos abisma y confunde... ¡Es preciso ser Jesús para amar de esta suerte, para ofrecer gratuitamente un don semejante... y que sólo Él nos puede hacer!...

Mas, si desalentados os dijerais que tanto favor fue la recompensa a la inocencia de Juan, que las almas de lirio, como la del apóstol predilecto, son contadas... y que no pudiendo presentar ni su pureza, ni su generosidad, debierais renunciar al don del Corazón de Jesús...; ¡Oh!, retractad este pensamiento y poned los ojos jubilosos y asombrados en otro cuadro, que completa el primero, que lo realza...
 
¡Jesús agoniza en el Calvario!... ¡A sus pies, cerca de Juan... más cerca aún de la Reina Inmaculada, está... Magdalena!... ¡A un lado, la inocencia conservada, y del otro, la inocencia recobrada!... ¡Y ambos, Juan y Magdalena, por testigo la Reina Inmaculada, reciben igualmente, en testamento supremo, el Corazón de Jesús!

¿Quién de los dos recibió la mejor, la óptima parte?... ¿Quién?... Nadie lo sabe, nadie lo sabrá acá abajo sino Jesús... ¿Y por qué no serían ambos iguales en fortuna?... ¿Por qué?... ¡En todo caso, ese silencio elocuentísimo no es sino el llamamiento constante, reiterado que, con ligeras variantes, con tonalidades distintas, llama a unos y a otros, a inocentes y a penitentes, y los urge para que en caravana inmensa, incontable, avancen resuelta y confiadamente por el camino del Calvario, hacia el Tabor de gloria eterna!...

¡Oh!, terminemos por esto la Hora Santa dando rienda suelta a nuestro júbilo, a nuestra confianza y gratitud... ¡Que nuestra última plegaria tenga la cadencia de un verdadero himno, cántico de alabanza, de acción de gracias y de amor, al Corazón de Jesús Sacramentado!

¡Nos has bendecido, Jesús amado, como no bendijiste jamás a tu paso las flores de los campos y los lirios de los valles de tu Patria, y en pago hemos sido nosotros las zarzas y las espinas de tu corona! Pero no te canses de nosotros; acuérdate que eres Jesús para estos pobres desterrados.

¡Nos has bendecido, Jesús amado, como no bendijiste jamás las mieses, las viñas y los jardines de Samaria y Galilea, y nosotros te hemos pagado siendo tantas veces la cizaña culpable de tu Iglesia; pero... no te canses de nosotros: acuérdate que eres Jesús para estos desterrados!

¡Oh, Jesús amado, tu Corazón nos ha bendecido como no bendijiste jamás las aves del cielo ni los rebaños de Belén y Nazaret... y nosotros te hemos pagado huyendo de tu redil y temiendo la blandura de tu cayado amorosísimo... ; pero... no te canses de nosotros; acuérdate que eres Jesús para estos pobres desterrados!

¡Oh!, en este día venturoso, déjanos porque hemos sido ingratos contigo, Jesús Sacramentado, déjanos ofrecerte un himno de alabanza en el tono inspirado del Profeta-Rey; en su lira te cantamos con la Madre del Amor Hermoso.

Espíritus angélicos y santos de la Corte celestial, bendecid al Señor en la misericordia infinita con que nos ha colmado. ¡Hosanna al Creador, convertido en creatura y Hostia por amor!
(Todos) ¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!

Sol, luna y estrellas, desplegad vuestro manto de luz sobre este Tabernáculo, mil veces más santo que el de Jerusalén, lleno de la majestad de su dulzura... bendecid al Señor en la misericordia infinita con que nos ha colmado. ¡Hosanna al Creador, convertido en criatura y Hostia por amor!
(Todos) ¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!

Fulgor de la alborada, rocío de la mañana, lampos de luz muriente del crepúsculo, glorificad la majestad del silencio del Rey y del Sagrario... bendecid al Señor en la misericordia infinita con que nos ha colmado. ¡Hosanna al Creador, convertido en criatura y Hostia por amor!
(Todos) ¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!

Océano apacible, océano rugiente en tempestad; profundidades vivientes del abismo, proclamad la omnipotencia del Cautivo de este altar; bendecid al Señor en la misericordia infinita con que nos ha colmado. ¡Hosanna al Creador, convertido en criatura y Hostia por amor!
(Todos) ¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!

Brisas perfumadas, tempestades devastadoras, flores de la hondonada, torrentes y cascadas, cantad la hermosura soberana de Jesús Sacramentado. ¡Hosanna al Creador, convertido en criatura y Hostia por amor!
(Todos) ¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!

Nieves eternas, selvas, volcanes y mieses, colinas y valles, ensalzad la magnificencia del Dios aniquilado del altar...; bendecid al Señor en la misericordia infinita con que nos ha colmado. ¡Hosanna al Creador, convertido en criatura y Hostia por amor!
(Todos) ¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!
  
Creación toda entera, ven, acude presurosa en nuestro auxilio; ven a suplir nuestra impotencia; los humanos no sabemos cantar, bendecir ni agradecer; ven y con cantares de naturaleza ahoga el grito de blasfemia, repara el sopor, la indiferencia del hombre ingrato, colmado, con la misericordia infinita de Jesús Eucaristía. ¡Hosanna al Creador convertido en criatura y Hostia por amor!
(Todos) ¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!
  
¡En reparación de tantos como le olvidan, amemos más, amemos con amor más fuerte que la muerte!... ¡CORAZÓN DIVINO DE JESÚS, VENGA A NOS TU REINO!
  
Una Salve invocando a la Reina del Amor Hermoso.
  
(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes. Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).

(Cinco veces) ¡CORAZÓN DIVINO DE JESÚS, VENGA A NOS TU REINO!

ALOCUCIÓN DE AÑO NUEVO

 
Hermanos muy amados en Jesús y María, damos gracias a Dios porque una vez más nos ha concedido llegar al año 2014 de Nuestro Señor. Hemos de agradecer que este haya sido un año muy activo y devoto.
 
El año pasado se llamó "ÁNIMO EN SEGUIR LA MISIÓN", porque visto el tiempo difícil en que está la Iglesia, quedarse de brazos cruzados es pecado. No sólo publicamos muchos artículos de formación y de análisis sobre la actualidad. También hubo importantes espacios para la oración y la reflexión espiritual.
 
Pero hemos de decir que fue en ciertas cosas, un año malo, en el sentido en que hemos visto ataques de muchos frentes enemigos, tanto externos como internos de la Resistencia. Y por no hablar de los conciliares, que causaron tantos escándalos que a veces quisieramos que fueran sólo un mal sueño, pero es LA TRISTE REALIDAD. Con todo, nos sobrepusimos y buscamos ante todo que la Resistencia sea más fuerte. Jesús, María y José nos han auxiliado mucho. Agradecemos por ello. 
 
Hubo polémicas y las habrá, pero conviene alejarse de ellas. Nosotros no nos dejamos llevar por las peleas que se han suscitado durante el año anterior. El enemigo conciliar quiere vernos divididos para imponer su apostasía en más personas. La guerra es con él, NO ENTRE NOSOTROS MISMOS.
 
Retomamos varios proyectos inconclusos y aspiramos, Deo juvante, emprender nuevos proyectos con un objetivo: LA EDIFICACIÓN ESPIRITUAL Y EL COMBATE A LOS ENEMIGOS DE LA FE. Así las cosas, siguiendo la línea del año anterior, esto es, "ÁNIMO EN SEGUIR LA MISIÓN", comenzaremos este mes la serie "Enseñanza de la Fe: El Catecismo Católico", de la cual la Encíclica Acerbo Nimis fue una introducción. Dedicaremos varios artículos para la difusión del Catecismo Católico, porque PARA AMAR Y DEFENDER LA FE, HAY QUE CONOCERLA Y CREERLA. De ahí que resolvimos llamar este año como "CRUZ DE BATALLA". Intensificaremos la defensa de la Fe tradicional, y combatiremos a los enemigos sin descanso, con las armas de la Cruz y el Santo Rosario. "Con el Santo Rosario se ganan batallas", decía Padre Pío. Nuestra batalla es espiritual, aunque la guerra es terrenal y espiritual. Sabemos que estos son tiempos apocalípticos, pero al final Cristo vencerá.
 
Sin más por el momento, pedimos oración y que el fruto del Santo Sacrificio de la Misa en extraviados lugares del orbe, aproveche para nuestra salvación.
 
En unión con los Sagrados Corazones de Jesús y María,
 
Frater Jorge Rondón Santos
 
Año del Señor 2014, a 1 de Enero, XXXV de la Santa Cruzada.