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LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

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NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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No hay forma de vivir sin Dios.

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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martes, 23 de abril de 2019

ORACIÓN “LANZA DE SAN JORGE”

  
  
San Jorge Mártir, conocido como el Miguel terrestre, poderoso defensor de la Iglesia en estos últimos tiempos contra los poderes oscuros del Averno y las logias. Esta oración puede rezarse como exorcismo al final o al comienzo de cada Rosario.
  
LATÍN
Potens Sancti Geórgii Mártyris!
Limen fortis supra Dei vivi!
Gládius acútus veritátis!
Sancti viri doléntem!
Maríæ Immaculátæ crucesignátis, qui dracónem vincit!
Réspice inimícos meos légio,
Hastam omnípotens tecum sum,
Potens sancti Geórge bellum.
  
Hastam in dǽmones, fúgite!
Flámmeum hastan flammis urget vincéndi.
Hastam, et missus est inférna tyránno.
Hastam, jacta malum cognoscéntibus in abýssum, terra, aeris, aqua, et ignis, occúltus in secrétus. Et satellítibus vetus gens maledícta, hastam.
A equus alátum montántes ad victóriæ tuæ, Crux.
Sancti Geórgii amplectáris, opérculum fidúcia. Amen.
   
TRADUCCIÓN
Poderoso San Jorge mártir,
Dintel fuerte del Dios Viviente,
Espada filosa de la Verdad,
Santo varón sufriente,
Cruzado de María Inmaculada,
Que vence al dragón.
Mira la legión de mis enemigos,
Contigo soy la lanza del Omnipotente,
Poderoso San Jorge, en la guerra.
 
Lanza contra demonios, ¡huid!
Lanza en llamas flamígeras, ¡urgente vence!
¡Lanza y arroja al Tirano* infernal!
Lanza al abismo a los malos conocidos en la tierra, aire, agua y fuego, y ocultos en secreto; y a sus secuaces de la vieja raza maldita, ¡lanza!
En tu caballo alado monto a tu victoria, ¡Cruz!
San Jorge, abrazo y cobertura de confianza. ¡Amén!
 
* Satanás.

lunes, 22 de abril de 2019

BERGOGLIO NIEGA LA RESURRECCIÓN

Traducción por don Antonio Moiño Munitiz del artículo publicado en Inglés por NOVUS ORDO WATCH. Tomado de AMOR DE LA VERDAD.
  
Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1 Cor. 15:17).
¿REALMENTE CRISTO RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS? CÓMO EL “PAPA” FRANCISCO NIEGA ASTUTAMENTE LA HISTORICIDAD DE LA RESURRECCIÓN.
   
 
La razón por la cual los modernistas han tenido tanto éxito en su destrucción de la Fe en las almas es que sus errores están típicamente camuflados. Las ideas escandalosas que proclaman a menudo las contradicen o relativizan en otros lugares; o usan suficiente ambigüedad en sus palabras para que aunque la mayoría de la gente tome la herejía de sus palabras menos claras (especialmente si las palabras están acompañadas de acciones heréticas), los apologistas de Francisco detectarán suficiente “denegabilidad plausible” en ellas si necesitan defender a su maestro de la acusación de envenenar almas.
  
Los errores de camuflaje no los hacen menos dañinos; por el contrario, los hace aún más peligrosos porque no son detectados o son excusados una y otra vez, mientras infectan a sus víctimas desprevenidas de todos modos.
  
Uno de los dogmas que más odian los modernistas es el de la Resurrección: la Resurrección de Jesucristo en el año 33 dC, así como la resurrección del cuerpo al final de los tiempos (para los elegidos, una resurrección para gloria, para los condenados, un resurrección para vergüenza, ver Jn 5, 28-29). Personas famosas como Walter Kasper, Gerhard Ludwig Müller y Joseph Ratzinger son todos culpables de negar la Resurrección tal como la define la Iglesia Católica:
Una táctica típica que a los modernistas les gusta usar para negar la Resurrección no es, por supuesto, decir rotundamente que la definición de la Iglesia sea falsa. Por el contrario, el método preferido es decir que la resurrección “realmente” significa ______ [inserte el galimatías modernista aquí].
  
Por eso el Padre Ratzinger, por ejemplo, afirma que «[san] Pablo no enseña la resurrección de los cuerpos, sino de las personas…» (Introducción al cristianismo [en español, Salamanca: Sígueme, 2016], página 281). Sin embargo, el Credo mismo no podría ser más claro en su refutación de tal noción: «Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna» (Credo de los Apóstoles). La resurrección del cuerpo es precisamente lo que la Iglesia enseña dogmáticamente (ver Catecismo de Trento, Parte I, Artículo XI), no una resurrección de “personas”, como Ratzinger, siempre teniendo comezón en los oídos (2 Tim. 4:3), lo tendría. [Ratzinger dice : «…la transformación de la historia iniciada con la resurrección de Cristo. Con este acontecimiento, como dijimos antes, se supera el límite del bios, es decir, de la muerte, y se abre una nueva dimensión: El espíritu, el amor que es más fuerte que la muerte, trasciende lo biológico». Ibid., pág. 281]
   
Por lo general, con el pretexto de proporcionar una comprensión más profunda o más precisa, los modernistas distorsionarán y negarán el dogma, en contradicción literal con el Concilio Vaticano I:
«Por lo tanto, también, la comprensión de sus dogmas sagrados debe mantener perpetuamente, lo que la Santa Madre Iglesia ha declarado una vez; y nunca se debe apartar de ese significado bajo el nombre engañoso de una comprensión más profunda. “Por lo tanto . . . que la comprensión, el conocimiento y la sabiduría de los individuos, como de todos, de un hombre como de toda la Iglesia, crezcan y progresen fuertemente con el paso de las edades y los siglos; pero que sea únicamente en su propio género, es decir, en el mismo dogma, con el mismo sentido y en la misma comprensión”». (Vaticano I, Constitución Dogmática Dei Filius, Cap. 4; Denz. 1800)
  
Con la trayectoria modernista de la Resurrección, no sorprende que el actual reclamante papal en Ciudad del Vaticano, Jorge Bergoglio, alias “Papa Francisco”, tenga que hacer su propia contribución para socavar este dogma. Sin embargo, a diferencia de sus predecesores y compañeros de trabajo, lo hace aún más sutilmente.
  
El 19 de abril de 2017, Francisco dio una catequesis sobre la Resurrección de Cristo durante su audiencia general. En lo que en gran medida es un texto muy bien escrito y ortodoxo, se las arregla para introducir dos graves errores:
«Si efectivamente todo hubiera terminado con su muerte, en Él tendríamos un ejemplo de devoción suprema, pero esto no podría generar nuestra fe. Ha sido un héroe. ¡No!* Murió, pero resucitó. Porque la fe nace de la resurrección. Aceptar que Cristo murió, y murió crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En cambio creer que resucitó sí [es un acto de fe]. Nuestra fe nace la mañana de Pascua». (Antipapa Francisco, Audiencia general, Vatican.va, 19 de abril de 2017. * La palabra “¡No!” de arriba no aparece en la traducción al inglés del Vaticano, pero es parte del original italiano, por lo tanto, la agregamos).
  
Para la mayoría de los oídos, esto puede parecer inocuo, pero no lo es. Los dos errores que Francisco ha incluido astutamente aquí son: (1) la negación de la crucifixión y la muerte de Cristo como artículos de fe; y (2) negación de la Resurrección como hecho histórico. Francisco no deja lugar a dudas de que se adhiere a estos errores, ya que incluso contrasta los dos para mostrar lo que él dice que es su diferencia esencial: la Pasión / Muerte de Cristo, por un lado, y luego, su Resurrección, por el otro. La primera idea no es como la segunda; la segunda es diferente de la primera.
  
Echemos un vistazo de cerca a ambos errores ahora.
  
Primero, es importante entender que algo puede ser aceptado por la razón, aparte de la Fe, y, al mismo tiempo, ser un artículo de Fe. Un buen ejemplo sería la existencia de Dios. Se puede demostrar a partir de las cosas creadas y, por lo tanto, es cognoscible por la sola razón (ver Papa Pío XI, Encíclica Studiorum Ducem, n. 16); sin embargo, también es un dogma de la fe (curiosamente, incluso es un dogma de la Fe que la existencia de Dios puede probarse solo por la razón, véase el Vaticano I, Constitución Dogmática Dei Filius, Denz. 1806, 1812).
 
La crucifixión y la muerte de Jesús de Nazaret son hechos históricos indiscutibles. Estos pueden ser probados usando la disciplina de la historia, y así pueden conocerse aparte de la virtud de la Fe divina. De hecho, están entre los llamados “motivos de credibilidad”.
  
Además de ser hechos históricos y motivos de credibilidad, la crucifixión y la muerte de Cristo también son dogmas de la fe, dogmas que obviamente se revelan divinamente en todo el Nuevo Testamento y en los que profesamos nuestra creencia cada vez que rezamos el Credo de los Apóstoles:  Creo en Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra; y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor; Que fue concebido por el Espíritu Santo, y nació de la Virgen María, padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado». El Concilio de Trento también enseña claramente que «nuestro Señor Jesucristo, “quien cuando éramos enemigos” [Rom 5:10], “por la gran caridad con que nos amó” [Ef. 2: 4], mereció la justificación para nosotros por su santísima pasión en el madero de la Cruz, y nos hizo la satisfacción de Dios Padre» (Sesión VI, Capítulo 7, Denz. 799).
  
El asunto es claro: la Pasión y la Muerte de Cristo no son solo hechos históricos; también son dogmas de fe. Si los aceptamos solo bajo la autoridad de la historia humana y no también bajo la autoridad del Dios que todo lo sabe y enteramente es veraz, cometemos el pecado mortal de herejía.
  
Con respecto a la Resurrección de Cristo, es por supuesto un dogma de nuestra Fe, pero también es un hecho histórico. Lo contrario fue rechazado directa y explícitamente por el Papa Pío X. En su famoso Syllabus contra el Modernismo, San Pío X condenó el siguiente error: «La resurrección del Salvador no es propiamente un hecho del orden histórico, sino un hecho puramente del orden sobrenatural, ni demostrado ni demostrable, y que la conciencia cristiana deriva gradualmente de otras fuentes» (Decreto Lamentabili Sane, Error nº. 36; Denz., 2036).
  
Sin embargo, es este error el que Francisco introduce en las mentes de sus oyentes, especialmente porque lo contrasta con verdades que él dice que son hechos históricos. Es cierto que declara varias veces en la misma catequesis de la Audiencia General que la Resurrección de Cristo es “un hecho”, pero que obviamente no significa un hecho histórico, de lo contrario no habría nada que lo distinga en su mente de la Crucifixión de Nuestro Señor y Muerte.
   
No permitan que Francisco los engañe cuando parezca reconocer la resurrección como un hecho, porque si no es un hecho histórico, es decir, si no ocurrió objetivamente en la historia humana, entonces no es un hecho en absoluto. El “Cardenal” Gerhard Ludwig Müller, por ejemplo, probablemente estaría de acuerdo en que la Resurrección es un hecho, pero solo en el sentido de una “experiencia trascendental” -sea esto lo que sea- y no como un hecho histórico verificado empíricamente:
«Una cámara no podría haber realizado una grabación audiovisual de las manifestaciones pascuales de Jesús frente a sus discípulos, ni del evento de Resurrección, que, en esencia, es la consumación de la relación personal del Padre con el Hijo encarnado en el Espíritu Santo». (Gerhard L. Müller, Katholische Dogmatik, 8ª ed. [Friburgo: Herder, 2010], página 300, traducción nuestra, ver la imagen escaneada aquí).
 
El predecesor de Francisco, P. Ratzinger (también conocido como “Papa Emérito” Benedicto XVI), también impugna la verdad histórica de la Resurrección, afirmando que «no puede ser un evento histórico en el mismo sentido en que lo es la Crucifixión”. Para el caso, no hay ningún relato que lo describa como tal, ni está circunscrito en el tiempo sino por la expresión escatológica ‘el tercer día’ (Principios de la teología católica [Salamanca: Sígueme] pág. 181) [Ratzinger dice: «[Jesús]… murió crucificado y fracasado por motivos que no podemos reconstruir. Después sin que sepamos realmente cómo, surgió la idea de la Resurrección, es decir se creyó que vivía o que todavía significaba algo». Íbid. pág. 181]
  
Es importante entender, entonces, que el hecho de que un Modernista llame a la Resurrección un hecho o un evento no significa que con eso se refiera a un hecho objetivo, histórico y verificado empíricamente.
  
Sin embargo, toda la religión católica, de hecho, depende enteramente de la historicidad de la Resurrección de Cristo. Como San Pablo enseña tan bellamente en su Primera Carta a los Corintios, si la Resurrección no es un hecho histórico, entonces nuestra Fe es vana:
«Ahora bien, si predicamos a Cristo, que resucitó de entre los muertos, ¿cómo algunos de vosotros decís que no hay resurrección de los muertos? Pero si no hay resurrección de los muertos, entonces Cristo no resucitó. Y si Cristo no resucitó, entonces nuestra predicación es vana, y vuestra fe también es vana. Sí, seríamos testigos falsos de Dios: porque hemos dado testimonio contra Dios, que él ha resucitado a Cristo; a quien no resucitó, si los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana, así que todavía estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo, perecieron. Si en esta vida solo tenemos esperanza en Cristo, somos de todos los hombres más miserables. Pero ahora bien, Cristo ha resucitado de los muertos, las primicias de los que duermen…» (1 Corintios 15: 12-20)
  
La Resurrección de Cristo como hecho histórico es el último criterio que hace que la religión católica sea creíble. Monseñor. Joseph Clifford Fenton, quien recibió honores eclesiásticos del Papa Pío XII por sus destacadas contribuciones a la Sagrada Teología, llama a la historicidad de la Resurrección la “evidencia suprema” para la validez de la religión católica romana:
Jesús de Nazaret murió. El fue enterrado. Entonces Él vivió y caminó de nuevo. Esta verdad incontrovertible constituye la evidencia suprema de la fiabilidad de su enseñanza como revelación divina. Tan íntimamente está el hecho de la resurrección ligado a la credibilidad de la fe divina, que San Pablo podría afirmar que la aceptabilidad del mensaje cristiano como tal dependía de ello [véase 1 Cor 15: 13-20]. (Rev. Joseph Clifford Fenton, Nos encontramos con Cristo [Milwaukee, WI: Bruce Publishing, 1942], página 319; republicado como Dejando el Fundamento [Steubenville, OH: Emmaus Road, 2016], página 343)
  
En otras palabras, si la Resurrección de Cristo no fuera un hecho histórico, nuestra Fe carecería de fundamento, porque la Resurrección es la prueba definitiva de que Cristo es el Hijo de Dios y que, por lo tanto, todo lo que predicó es verdadero. Afirmar en cambio que debemos simplemente creer que Cristo resucitó de entre los muertos -sin ninguna evidencia racional- es afirmar la herejía del Fideísmo, por la cual se entiende un “sistema que exagera la función de la fe en el conocimiento de la verdad” (Pietro Parente, ed., Diccionario de Teología Dogmática, voz “fideísmo”).
  
La fe no es creer algo sin evidencia; la fe, en su sentido más general, es aceptar algo como cierto sobre la autoridad de otro. Pero para que esta aceptación de la autoridad de otro sea virtuosa y no irracional (véase Eccles [Sir] 19: 4), primero debemos establecer que el otro es digno de fe, es decir, que es competente, veraz y ha presentado testimonios sobre el asunto bajo consideración.
  
La Enciclopedia Católica de 1909 explica:
… incluso la autoridad de Dios, no puede ser el criterio supremo de la certeza, y un acto de fe no puede ser la forma primaria de conocimiento humano. Esta autoridad, de hecho, para ser un motivo de asentimiento, debe ser previamente reconocida como ciertamente válida; antes de creer en una proposición revelada por Dios, primero debemos saber con certeza que Dios existe, que Él revela tal y tal proposición, y que Su enseñanza es digna de asentimiento, todas las preguntas pueden y deben ser finalmente decididas solamente por un acto de consentimiento intelectual basado en evidencia objetiva. Por lo tanto, el fideísmo no solo niega el conocimiento intelectual, sino que lógicamente arruina la fe misma.
  
… La revelación, de hecho, es el motivo supremo de la fe en las verdades sobrenaturales, sin embargo, la existencia de este motivo y su validez tiene que ser establecida por la razón. (Enciclopedia católica, voz “Fideísmo”)
  
En otras palabras, la doctrina protestante del popular “salto de la fe” es una herejía.
  
El Concilio Vaticano I expuso claramente las enseñanzas católicas sobre la razonabilidad de la Fe contra los proto-modernistas, cuyos errores estaban principalmente enraizados en la falsa filosofía de Immanuel Kant (1724-1804):
Sin embargo, para que la “obediencia” de nuestra fe sea “consonante con la razón” [cf. ROM. 12: 1], Dios ha querido que a las ayudas internas del Espíritu Santo se unan pruebas externas de su revelación, a saber: hechos divinos, especialmente milagros y profecías que, debido a que claramente muestran la omnipotencia y el conocimiento infinito de Dios , son los signos más seguros de una revelación divina, y son adecuados para la inteligencia de todos. Por lo tanto, no solo Moisés y los profetas, sino especialmente Cristo el Señor mismo, produjeron muchos milagros y profecías genuinos; y leemos acerca de los apóstoles: “Pero ellos, saliendo, predicaron en todas partes; el Señor obraba y confirmaba su palabra con las señales que les seguían” [Marcos 16:20]. Y otra vez está escrito: “Y tenemos la palabra profética más firme: por la cual haces bien en aceptar como una luz que brilla en un lugar oscuro” [2 Ped. 1:19].
   

 
Si alguien dice que la revelación divina no puede ser creíble por los signos externos, y por esta razón los hombres deben ser movidos a la fe solo por la experiencia interna de cada uno, o por inspiración privada: sea anatema. (Vaticano I, Dei Filius, Cap. 3; Denz. 1790, 1812)
 
Es función de la disciplina teológica de la apologética demostrar la razonabilidad de la fe. Monseñor. Fenton explica:
… [Es] el propósito central y esencial de la apologética señalar las evidentes indicaciones de que el dogma católico, ofrecido como un mensaje de Dios al hombre, en realidad ha sido revelado por Dios mismo. Debido a que esta enseñanza se presenta como una revelación media en lugar de inmediata, no podemos confiar únicamente en la experiencia de aquél que ha recibido directamente la comunicación divina. Podemos establecer la autoría divina apropiada de este mensaje a la luz de la razón natural, sólo de la misma manera que podemos discernir la autoría de cualquier otra comunicación que nos llega a través de canales indirectos…
  
La Iglesia misma hace un llamado definitivo a todos estos motivos de credibilidad. Sin vacilar, ella afirma que su enseñanza es racionalmente aceptable como revelación divina porque está garantizada por signos inequívocos del testimonio de Dios a este efecto. (Fenton, Nos encontramos con Cristo, págs. 64,66; Laying the Foundation, págs 69, 71)
  
El propósito de los motivos de credibilidad es hacer que el acto de la Fe divina sea razonable y prudente, en lugar de arbitrario o basado en el sentimiento:
El asentimiento de la fe es un acto de virtud. Por lo tanto, debe ser prudente y estar de acuerdo con la razón. Pero la prudencia dicta que no se cree firmemente en nada, a menos que las pruebas lo hagan creíble. Por lo tanto, los misterios de la fe que se nos ordena creer más firmemente deben ser evidentemente creíbles. (Rev. Reginald Garrigou-Lagrange OP, The Theological Virtues, volumen 1 [Ex Fontibus Co., 2016], pág. 104)
  
Nuestro Señor Jesucristo mismo respaldó sus milagros como motivos de credibilidad para la verdad de sus afirmaciones y su revelación: “Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si lo hago, aunque no me creas, cree en las obras: para que puedas saber y creer que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn. 10: 37-38).
  
El Papa Pío IX detalla el papel de los motivos de credibilidad en guiar a las almas a la fe en su primera carta encíclica:
Nuestra religión santa no fue inventada por la razón humana, sino que fue revelada misericordiosamente por Dios; por lo tanto, uno puede entender muy fácilmente que la religión misma adquiere toda su fuerza de la autoridad de Dios que hizo la revelación, y que nunca puede ser alcanzada o perfeccionada por la razón humana. Para no ser engañados y desviarse en un asunto de tanta importancia, la razón humana debería investigar cuidadosamente el hecho de la revelación divina. Habiendo hecho esto, uno definitivamente estaría convencido de que Dios ha hablado y por lo tanto le mostraría obediencia racional, como el apóstol enseña muy sabiamente [Rom 13: 1]. Porque quien no puede saber que toda la fe debe ser dada a las palabras de Dios y que está en pleno acuerdo con la razón misma para aceptar y apoyar firmemente las doctrinas que ha determinado haber sido reveladas por Dios, quien no puede engañar ni ser engañado.
  
Pero cuántas pruebas maravillosas y brillantes están listas para convencer a la razón humana de la manera más clara que la religión de Cristo es divina y que “todo el principio de nuestras doctrinas ha echado raíces del Señor de los cielos arriba”; por lo tanto, nada existe más definido, más establecido o más santo que nuestra fe, que descansa sobre los cimientos más fuertes. Esta fe, que enseña por la vida y apunta hacia la salvación, que expulsa todos los vicios y es la madre y enfermera fructífera de las virtudes, ha sido establecida por el nacimiento, la vida, la muerte, la resurrección, la sabiduría, las maravillas y las profecías de Cristo Jesús, ¡su divino autor y perfeccionador! Brillando en todas direcciones con la luz de la enseñanza desde lo alto y enriquecida con los tesoros de las riquezas celestiales, esta fe se hizo famosa y notable por las predicciones de tantos profetas, el brillo de tantos milagros, la firmeza de tantos mártires, y la gloria de tantos santos! (Papa Pío IX, Encíclica Qui Pluribus, nn. 7-8)
  
En 1855, la Sagrada Congregación del Índice afirmó contra Agustín Bonnetty: “El uso de la razón precede a la fe y conduce a los hombres a ella con la ayuda de la revelación y de la gracia” (Denz., 1651). La tendencia a negar la credibilidad racional de la fe católica y la deriva hacia el fideísmo es uno de los sellos distintivos del modernismo, y vimos esto en plena exhibición cuando el “arzobispo” vaticano Georg Gänswein afirmó heréticamente que la existencia de Dios no podía ser probada por razón.
  
Sin embargo, es importante comprender que el asentimiento de la Fe divina es esencialmente distinto y superior al consentimiento dado a los motivos de credibilidad. El alma es capaz de captar la verdad y la fuerza de los motivos de credibilidad a la luz de la razón natural, incluso sin ayuda de la gracia. Estos motivos apuntan hacia la Fe, pero no la crean. La fe no es la suma total de los motivos de credibilidad. Más bien, por Fe aceptamos, con la ayuda de la gracia de Dios, las verdades sobrenaturales que Dios ha revelado porque Él las ha revelado, que no pueden engañarnos ni confundirnos.
  
Como Mons. Fenton explica:
[La Iglesia] se da cuenta, por supuesto, que el asentimiento de la fe divina, como la aceptación de una doctrina que es intrínsecamente sobrenatural, debe hacerse con la ayuda de una gracia intrínsecamente sobrenatural que proviene de Dios mismo. Esta ayuda esencialmente sobrenatural, que permite al hombre asentir firmemente a la verdad de una doctrina revelada que está absolutamente más allá de la competencia natural de cualquier criatura, real o posible, es lo que la Iglesia denomina la ayuda interna del Espíritu Santo. Según las enseñanzas del Concilio Vaticano, los motivos de credibilidad son bastante distintos de estas ayudas internas del Espíritu Santo. Es su función hacer que el servicio de nuestra fe sea algo razonable y prudente. (Fenton, Nos encontramos con Cristo, págs. 66-67; Laying the Foundation, pág. 72)
  
En su Syllabus de 1907, el Papa San Pío X condenó la siguiente proposición: “El asentimiento de la fe en última instancia depende de una acumulación de probabilidades” (Lamentabili Sane, Error nº. 25, Denz. 2025). En 1679, el Beato Papa Inocencio XI condenó la afirmación de que el asentimiento de Fe solo produce conocimiento probable (ver Denz. 1171).
  
El asentimiento de la Fe divina es un acto sobrenatural y salvífico y requiere la gracia divina, por lo que es un “regalo precioso” (Sab 3:14) y “el comienzo de la salvación humana” (Denz. 801):
Además, aunque el asentimiento de la fe no es en absoluto un movimiento ciego del intelecto, sin embargo, nadie puede “acceder a la predicación del Evangelio”, como debe hacerlo para alcanzar la salvación “, sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo. , que da dulzura a todos al consentir y creer en la verdad “[Segundo Concilio de Orange]. Por lo tanto, la “fe” misma en sí misma, incluso si “no obra por caridad” [cf. Galón. 5: 6], es un don de Dios, y su acto es una obra perteneciente a la salvación, mediante la cual el hombre ofrece una obediencia gratuita a Dios mismo al aceptar y cooperar con su gracia, a la que él podría resistir.
  

  
Si alguien dice que el asentimiento de la fe cristiana no es libre, sino que necesariamente se produce mediante pruebas del razonamiento humano; o, que la gracia de Dios es necesaria solo para esa fe viviente “que obra por la caridad” [Gal. 5: 6]: que sea anatema. (Vaticano I, Dei Filius, Cap. 3, Denz. 1791, 1814)
  
Por lo tanto, entendemos que los motivos de credibilidad son el fundamento de la Fe en la medida en que hacen que nuestra Fe sea razonable y creíble; impiden que la Fe sea arbitraria, ciega e infundada. Los motivos de credibilidad pueden ayudar a provocar un acto de Fe; no son, sin embargo, la causa de la Fe, que es “Dios moviendo interiormente al hombre por la gracia” (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q.6, a.1 c).
  
Debido a que nuestra Fe es razonable y creíble, se puede hacer una investigación racional sobre las verdades divinas, que es lo que concierne a la ciencia de la Sagrada Teología. Y porque el Dios que nos reveló la verdad sobrenatural es el mismo Dios que nos dio la razón, la fe y la razón nunca pueden estar en conflicto:
Pero, aunque la fe está por encima de la razón, sin embargo, entre la fe y la razón no puede existir ninguna disensión verdadera, ya que el mismo Dios, que revela misterios e infunde fe, ha otorgado al alma humana la luz de la razón; además, Dios no puede negarse a Sí mismo ni contradecir la verdad con la verdad. Pero, una apariencia vana de tal contradicción surge principalmente de esto, que o los dogmas de la fe no han sido entendidos e interpretados de acuerdo con la mente de la Iglesia, o las opiniones engañosas son consideradas como las determinaciones de la razón. Por lo tanto, “toda afirmación contraria a la verdad iluminada por la fe, definimos que es totalmente falsa” [Quinto Concilio de Letrán]. (Vaticano I, Dei Filius, Cap. 4; Denz. 1797)
 
La fe, entonces, es un don de Dios sobrenatural e inmerecido, no en contradicción con la razón sino ayudándose de ella, perfeccionándola a medida que la gracia perfecciona la naturaleza: “Porque por gracia sois salvos por la fe, y no por vosotros, porque es don de Dios; no por [merecido por nuestras propias] obras, para que ninguno se jacte” (Efesios 2: 8-9); “Pero santificad al Señor Cristo en vuestros corazones, preparándoos siempre para satisfacer a todos los que os demandan la razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15).
  
Al contrario de todo esto, a los modernistas de la secta del Vaticano II les encanta hablar de la fe como “experiencia”, especialmente como “encuentro”. Si nos fijamos en los sermones y discursos pronunciados por el “Papa” Francisco sobre la fe y asuntos relacionados, verá una apelación incesante a la experiencia. La fe rara vez es un asentimiento intelectual para los Novusordianos; por lo general se describe como algo parecido a un sentimiento, un evento, un proceso o un encuentro.
  
Por lo tanto, por ejemplo, encontramos que Padre Ratzinger escribe: “La oración ‘Jesús ha resucitado’… expresa esa experiencia primitiva sobre la cual se basa toda la fe cristiana …” (Principles of Catholic Theology, edición española ibid. págs. ss.). Este es el tipo de cosas que San Pío X tenía en mente cuando escribió: “La tradición, tal como la entienden los modernistas, es una comunicación con los demás de una experiencia original, a través de la predicación por medio de la fórmula intelectual” (Encíclica Pascendi, n. 15). Obviamente, el dogma de que Jesús resucitó de los muertos no expresa alguna experiencia; expresa un hecho histórico, un evento que tuvo lugar en la historia y fue testificado por aquellos que lo vieron o interactuaron a consecuencia de ese hecho: “Pero el autor de la vida … Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual somos testigos “(Hechos 3:15; ver 2 Pedro 1:16).
  
Con todo esto en mente, podemos ver cuán peligrosa es la afirmación del “Papa” Francisco: que la Resurrección es una verdad revelada pero no tan históricamente cierta como la Pasión y la Muerte de Cristo. No importa si el resto de su catequesis del 19 de abril de 2017 es bastante hermosa y ortodoxa. El Papa León XIII nos advirtió contra los herejes que pervierten la verdadera fe por una sola herejía: “No puede haber nada más peligroso que esos herejes que admiten casi todo el ciclo de la doctrina, y sin embargo, por una palabra, como con una gota de veneno , infectar la fe real y simple enseñada por nuestro Señor y transmitida por la tradición Apostólica” (Encíclica Satis Cognitum, 9).
  
Tampoco servirá argumentar que Francisco ha admitido, si acaso lo ha hecho, la Resurrección como hecho histórico en alguna otra ocasión. En 1794, el Papa Pío VI denunció esto como una táctica de engaño utilizada por aquellos que tratan de socavar la enseñanza católica:
[No] se puede excusar de la manera en que se ve que se hace, bajo el pretexto erróneo de que las afirmaciones aparentemente impactantes en un lugar se desarrollan más a lo largo de líneas ortodoxas en otros lugares, e incluso en otros lugares corregidos; como si permitiera la posibilidad de afirmar o denegar la afirmación, o de dejarla a las inclinaciones personales del individuo, ese ha sido siempre el método fraudulento y audaz utilizado por los innovadores para establecer el error. Permite tanto la posibilidad de promover el error como de excusarlo. (Papa Pío VI, Bula Autorem Fidei, introd.).
  
Podemos ver, entonces, que para Francisco contrastar la Pasión y la Muerte de Cristo con la Resurrección es doblemente erróneo y extremadamente peligroso: por eso hace parecer que la Resurrección no fue un hecho histórico sino solo aceptado en la Fe, lo que sugiere la herejía del fideísmo y privar a la religión católica de toda credibilidad racional. Además, da la impresión de que la crucifixión y la muerte de Cristo no necesitan ser aceptadas en la fe. El hecho (sin juego de palabras) del asunto es simplemente que las tres doctrinas, la Crucifixión, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son igualmente históricas y por lo tanto cognoscibles aparte de la Fe, y también son igualmente una cuestión de Fe para ser aceptadas en la autoridad de Dios revelado.
  
Por lo tanto, la yuxtaposición completa de Francisco de la Pasión con la Resurrección es altamente engañosa. Los motivos para aceptar ambos son completamente los mismos: debemos aceptalas tanto por la autoridad de la historia humana como por la revelación de la autoridad de Dios, que no puede “engañar ni ser engañado” (Acto de fe).

DEL INCENDIO DE NOTRE DAME DE PARÍS

Compilación de varias notas:
  
1º IMÁGENES ¿PREMONITORIAS?
El presbítero venezolano en el exilio y activista contra la narcodictadura comunista de Maduro, José de Jesús Palmar Morales, en su cuenta de Twitter publicó el siguiente trino:
La Catedral de Notre Dame y la sede del Vaticano en llamas. Son profecías dadas a los pequeños Videntes de la Salette Maximin (Maximino) y Melanie (Melania) Calvat en 1846 en Francia. Esta estampa es del año 1956 [sic].
 
   
En el secreto de Nuestra Señora de La Salette aparece lo siguiente: «Francia, Italia, España e Inglaterra estarán en guerra; la sangre correrá en las calles, el francés combatirá con el francés, el italiano con el italiano; luego habrá una guerra general que será espantosa. Por un tiempo Dios no se acordará de Francia ni de Italia, puesto que el Evangelio de Jesucristo no se conoce ya más. Los malvados desplegarán toda su malicia; se matará, se masacrará mutuamente hasta en las casas… París será quemado y Marsella engullida… Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo». Y además se concatena con la Apostasía de Roma predicha también en el Trercer Secreto de Fátima y cumplida con el Vaticano II, hecho mucho peor que un eventual incendio/voladura de la Basílica de San Pedro.
  
La estampa, que a juzgar por los uniformes (¿franceses republicanos? ¿italianos garibaldinos?) y el estilo de los bordes tejidos es mediados del siglo XIX, «dedicada a las almas reparatrices de la Guardia de Honor [del Sagrado Corazón de Jesús]», muestra con el telón de fondo de Notre Dame y San Pedro en llamas, a un sacerdote y una monja ante el pelotón de fusilamiento dentro de un cementerio, mientras en el primer plano una mujer con un velo blanco (el Remanente fiel) llorando de rodillas ante Jesús, quien mira el hecho y señala su Corazón como consuelo.
  
Otra imagen es El incendio de la catedral de Reims:
  
 
El pintor, escultor, ilustrador y diseñador de carteles belga (nacionalizado francés) Gustave Fraipont (9 de Mayo de 1849 - 29 de Abril de 1923), entre muchas obras, destacan sus trabajos para el periódico L’Illustration durante la Gran Guerra Europea, ilustrando la destrucción de los Salones de Ypres, la Catedral de Reims y el Ayuntamiento de Arras.
  
La Catedral de Nuestra Señora de Reims (a 140 kilómetros de París) fue bombardeada el 20 de Septiembre de 1914 por el Reichsheer alemán con el fin de dar un golpe moral a los franceses, lo que provocó el incendio inmediato, incendio acelerado por un andamio que había sido dispuesto en la torre norte. Fraipont en su obra plasmó el momento en que la población acudió a combatir el fuego que consumía su catedral, famosa por ser el lugar de coronación de los reyes de Francia.

2º REFLEXIÓN DE UN SACERDOTE DE LA RESISTENCIA: “LA CATEDRAL VIOLADA FUE LIBERADA POR EL FUEGO” (Fuente: CATHINFO, traducción de NON POSSUMUS).
Queridos feligreses y amigos de Aldergrove, Post Falls y otros lugares:
  
Abajo hay un enlace a un artículo del sitio web de Alex Jones. Aparentemente, su fuente ha hablado con un amigo jesuita cercano al personal de la Catedral, quien le dijo que algunos miembros del personal le dijeron que el fuego había sido provocado intencionalmente. Este hombre entonces publicó un tweet sobre ello, y ahora el tweet ha sido borrado. Pero todavía se puede ver en InfoWars (Alex Jones). (Esta no es la primera iglesia incendiada en Europa en los últimos años) https://www.infowars.com/notre-dame-cathedral-in-paris-on-fire-worker-claims-it-was-deliberately-started/

  
Life Site News revela que hay una extraña “coincidencia”:
“Aunque los detalles son actualmente escasos y no se conocen pruebas de que el incendio fuera intencional, esto ocurre dos días después de que Inés Madani, de 22 años de edad, fuera condenada a ocho años de prisión por su participación en una conspiración en 2016 para detonar un coche lleno de bidones de gas cerca de la catedral”. https://www.lifesitenews.com/news/notre-dame-cathedral-burning

Es una tragedia, por supuesto, ver el sitio de tantos días gloriosos y hazañas católicas en llamas, incluyendo obviamente las obras de arte medievales que han permanecido como testimonio de la fe a pesar de la apostasía de los Pastores de la Iglesia. Quién sabe cuántas veces la gracia de Dios ha podido tocar los corazones de los turistas, que no hubieran puesto un pie en una iglesia si estas obras maestras no hubieran estado allí.
 
Así que, sí, podemos lamentar la pérdida de un hito histórico, pero debemos lamentar mucho más la pérdida de un magnífico catecismo de piedra, madera y vitrales.
 
En llamas también van los sacrificios de múltiples generaciones de fieles que construyeron y mantuvieron la Catedral.
 
Pero recordemos también que esta catedral católica, como tantas otras iglesias tradicionales, ha sido tomada por la fuerza por los modernistas, y ha sido usada y abusada, y violada espiritualmente por estos intrusos. En efecto, aunque fue construido para proclamar la verdadera Fe y al verdadero y único Rey y Salvador, ha sido utilizado desde el Concilio para promover la igualdad y la bondad de todas las religiones e incluso del ateísmo. La Catedral también se ha visto obligada a acoger la celebración de un rito bastardo de misa, y quién sabe cuántas actividades blasfemas e inmorales.
 
Ahora está libre de sus verdugos. Ella está siendo exorcizada y purificada por el fuego.
 
Las llamas que suben al cielo representan el alma de la Catedral, el alma de la verdadera Iglesia, que se eleva al Cielo y clama a Dios: “Veni Dómine, et Noli Tardáre! ¡Ven, Señor, no tardes!”.
     
¡Que esta sea nuestra oración de hoy!
  
Que Dios los bendiga a todos,
 
P. Patrick Girouard
  
3º POLÍTICOS ISRAELÍES SE REGOCIJAN DEL INCENDIO (Fuente: MÉDIAS-PRESSE y MONDO WEISS).

  
Baruch Marzel, político israelí del partido Otzma Yehudit (Poder Judío), desde hace algunos días negocia con Benjamín Netanyahu su participación en una nueva coalición gubernamental.
  
El mismo político se ha burlado del incendio que ha devorado la catedral de Notre-Dame de París, considerando que fue un “castigo divino porque el Talmud fue quemado ante esta catedral en 1200”…
El trino en comento dice así:
  

HEBREO
אתמול עלתה באש קתדרלת נוטרה-דם המפורסמת בפריז, הכנסייה שמולה נערכה שריפת התלמוד בשנת 1200 לערך. המהר״ם מרוטנבורג חיבר על כך את קינת ”שאלי שרופה באש“, ובה נכתב בין השאר- ”ולכן אשרי שישלם לך גמוליך, צורי בלפיד ואש, הלבעבור זה נתנך כי באחריתך תלהט אש בשולייך“
אין צורך להוסיף דברים

TRADUCCIÓN
Ayer, la célebre catedral de Notre Dame de París, la iglesia en la cual el Talmud fue incendiado en 1200, ha sido incendiada. El Maharam de Rotemburgo [Meir ben Baruch] ha escrito la lamentación “Oh Dios, quemado por fuego”, donde se lee, entre otras cosas, “por eso yo estoy feliz porque vuestra recompensa ha sido pagada, Tzuri con una llama y un fuego, por esto seréis bendecidos [malditos], porque tendréis vuestro final, el fuego arderá sobre vuestros flecos”.

No hay necesidad de añadir nada.

Es de advertir que se está refiriendo al Juicio de París de 1244, en tiempos del glorioso rey San Luis IX de Francia, donde tras la denuncia de Nicolás Donin de la Rochela (un judío que fue excomulgado en 1225 por el rabino Yehiel de París al cuestionar la autoridad del Talmud, y diez años después se convirtió al catolicismo e ingresó a la orden franciscana) en 1238 al Papa Gregorio IX de que en el Talmud se contienen blasfemias contra Jesús y María, y normas contrarias a la moral y las sanas costumbres, amén del mandato de que los judíos deben hacer todo el mal posible a los Cristianos. El Papa ordenó confiscar para el 3 de marzo de 1240 (primer sábado de Cuaresma) todas las copias del Talmud y que estas fueran depositadas en los conventos de los dominicos y franciscanos para estudio y, de comprobarse los cargos, quemarlos. En Francia, el rey ordenó bajo pena de muerte a los judíos entregar sus ejemplares del Talmud, y citó a cuatro de los más eminentes rabinos (Yechiel ben Yosef de París, Moisés de Coucy, Judah de Melun, y Samuel ben Solomon de Château-Thierry) para que debatieran con Donin el 12 de junio del mismo año ante la corte real, que concluyo que los libros debían quemarse. El año 1242 fueron llevadas 24 carretas llenas de manuscritos del Talmud para ser quemadas en la Plaza de la Grève, frente al Puente de Arcole y el Ayuntamiento. Al año siguiente, el Papa Inocencio IV ordenó que el Talmud debía ser expurgado (desde entonces hace parte del Índice de libros prohibidos).
 
Shlomo Aviner
  
Para colmo, el rabino Shlomo Aviner, de la colonia judía Beit El y de la prestigiosa yeshivá Ateret Yerushaliam (antigua Ateret Cohanim), ante la pregunta que un seguidor le hiciera a su cuenta de Facebook: “La gran iglesia cristiana en París está incendiándose. ¿Deberíamos sentirnos mal por eso, o debemos regocijarnos, como que [la catedral] es idolatría, cuya quema es mitzvá (mandamiento)?”, respondió lo siguiente:
“Este no es nuestro trabajo por ahora. No hay mitzvá para buscar iglesias en el extranjero y quemarlas. En nuestra tierra santa, sin embargo, el asunto es más complicado. De hecho, el rabino de Satmar [Joel Teitelbaum] señaló en uno de sus argumentos contra la inmigración a Israel, que hay de hecho un mitzvá de quemar iglesias; y por no hacerlo, estos cometían pecado [al migrar a Israel]. Pero el rabino Menachem Mendel Kasher, en su libro ‘The Great Period’, rechazó las palabras del rabino de Satmar, citando un midrash, prohibiendo quemar [iglesias], puesto que si las quemamos, tendremos que reconstruirlas, y es un pecado mayor reconstruir [una iglesia] que dejarla en pie [aquí Aviner cita su propio libro contra el rabino de Satmar]. Esa iglesia en Parìs, también, seguramente será reconstruida”.

  
Por supuesto, es de aclarar que en los últimos años, varias iglesias han sido quemadas en Israel, y el cuerpo policial ha sido espectacularmente inútil para capturar a los incendiarios, que en muchas ocasiones acompañan sus gamberradas con ataques de “etiqueta de precio” en la Ribera Occidental (la primera entre las venganzas judías). Hace cuatro años, el líder de Lehava Benzi Gopstein, al ser preguntado por su apoyo a la quema de iglesias, dijo: “por supuesto, ¿cuál es el problema?”. Por sus palabras, Gopstein fue acusado por cargos de incitación a la violencia, pero la quema de iglesias no fue uno de esos cargos.
  
Aviner, com otros rabinos ortodoxos, están atados. Ellos sostienen como Maimónides que las iglesias son lugares de idolatría y deben ser destruidos, pero de hacerlo, se desataría una violencia mayor y se torpedearía la alianza entre el coloniaje judío y el protestantismo contemporáneo, además de que serían investigados por incitación al odio, que es un delito penal en Israel (pero como hecha la ley, hecha la trampa, el tipo penal excluye los “estudios religiosos”, y bajo la apariencia de “discusiones religiosas” los rabinos camuflan sus discursos de odio).
   
El hecho de que Aviner cite dos posturas sobre cómo proceder en Eretz Yisrael sin tomar partido refleja la gran cantidad de debate entre sus seguidores y estudiantes.

domingo, 21 de abril de 2019

HOMILÍA PASCUAL DE SAN JUAN CRISÓSTOMO

   
¿Qué significa esto? ¡Cuanto más adelantamos en la celebración de las festividades, menos numerosas son las reuniones! Sin embargo, no por tal motivo nos volveremos más perezosos los que asistimos. Porque, si atiendes al número, son menos los asistentes; pero si adviertes a la presteza de su ánimo no son menos: ¡quiero decir que son menos en número pero más fervorosos! Se han reducido en número para que se muestre quiénes de entre vosotros son fieles; y sepamos quiénes acuden a la festividad anual por simple costumbre y quiénes por el anhelo de escuchar la palabra divina y quiénes por oír la lectura espiritual. El domingo anterior estaba aquí presente la ciudad en pleno: ¡llenos estaban los recintos y la multitud semejaba los oleajes que vienen y van! Mas, por mi parte, prefiero vuestra quietud y me es más agradable que aquellas marejadas; estimo en más vuestra tranquilidad que aquel tumulto de las turbas.
  
Podíamos entonces contar el número de asistentes; ahora contamos los afectos llenos de piedad. Si quisiéramos pesar en una balanza esta reunión de pocos hombres, compuesta en su mayor parte de gente pobre, y la otra numerosísima y compuesta en su mayor parte de ricos, encontraríamos que ésta prepondera. Aun cuando, si se tiene en cuenta el número, seáis menos, si atendemos al efecto y al empeño, debéis ser estimados en más. Así se procede en las cosas que pueden pesarse. Si se toman diez estateras de oro y se les pone en un platillo de la balanza y en el otro se echan cien monedas de bronce, ciertamente las cien monedas harán bajar el fiel en su favor. Y sin embargo, las otras diez que son de oro, si se tiene en cuenta la materia, se tendrán por de más peso y más preciosas, porque preponderan a causa de la preciosidad de su materia. De manera que puede suceder que quienes son en número menos, se hayan de estimar en más que los numerosos y tenerse por más honorables.
  
Mas ¿para qué pongo tales ejemplos tomados de las cosas triviales, cuando lo conveniente es traer al medio la sentencia pronunciada por Dios? ¿Qué dice ésta?: Mejor es uno que hace la voluntad de Dios, que infinitos pecadores! - Con frecuencia sucede que hay que equiparar un solo hombre a muchos otros. Incluso a veces se tiene a uno solo por más honorable y de mayor precio que todo el orbe de la tierra. Tomaré el testimonio de las palabras de Pablo. Como hubiera hecho mención de los pobres, afligidos y perseguidos y adoloridos, añadió: Anduvieron errantes, cubiertos de pieles de oveja y de cabra, necesitados, atribulados, maltratados, aquellos de quienes no era digno el mundo?
  
¿Qué dices? ¿No era digno el mundo de unos hombres afligidos, necesitados, que no tenían ni patria? ¿No ves cómo has contrapuesto a unos pocos tan gran cantidad de otros? ¡Lo veo, responde, y precisamente por tal motivo aseguro que el mundo no era digno de ellos! ¡Conozco perfectamente la naturaleza de semejantes monedas! ¡Si pongo en la balanza por una parte la tierra, el mar, los reyes, los Prefectos, y toda la naturaleza humana, y por otra a dos o tres pobres, confiadamente aseguro que estos últimos preponderarán! ¡Eran aquéllos arrojados de su patria, pero tenían por patria la Jerusalén de allá arriba! ¡Pasaban la vida en pobreza, pero eran ricos en piedad! ¡Los odiaban los hombres, pero eran gratos a Dios!
   
¿Quiénes son esos hombres? ¡Elías, Eliseo y los demás de aquel tiempo! No te fijes en que ni siquiera tenían el suficiente sustento, sino en que Elías abrió el cielo con su boca e igualmente lo cerró; y en que su manto de piel de oveja hizo retroceder el río Jordán. Cuando tales cosas me vienen a la memoria, a veces me gozo y a veces me duelo. Me gozo por vosotros los que asistís a la reunión. Me duelo por los ausentes. ¡Me duelo intensamente y me resulta gravoso y se me atribula el corazón! Porque ¿quién será tan insensible que no se duela al ver que se pone mucho mayor empeño en las cosas del demonio? ¡No nos quedaría esperanza de perdón ni excusa suficiente con sólo que en tales cosas se pusiera un empeño igual! Pero cuando supera con mucho tal empeño en aquellas cosas ¿qué lugar a defensa puede quedarnos?
  
¡Todos los días nos solicitan los espectáculos, y nadie hay que vacile, nadie tardo en acudir, nadie que ponga como pretexto sus ocupaciones y sus negocios para no correr allá, sino todos se abalanzan como si no tuvieran negocio alguno ni cuidado, y estuvieran totalmente libres! ¡Ni el anciano reverencia sus canas, ni el joven teme el ardor de la lujuria y de su propia naturaleza, ni el rico piensa que con eso cubre de oprobio su dignidad! En cambio, si se ha de venir a la iglesia, todos se tornan tardos y perezosos, como si para venir hubiera que despojarse y descender desde una sublime honra y dignidad; y tras de venir, luego se hinchan como si hubieran hecho un favor a Dios. En cambio, cuando se apresuran al teatro en donde hay espectáculos lascivos y cantares impúdicos, no creen cubrir de vergüenza sus riquezas y sus títulos nobiliarios.
  
¡Quisiera yo saber en dónde se encuentran ahora los que el día pasado perturbaban nuestra reunión; porque su presencia trajo consigo un verdadero tumulto! ¡Yo quisiera saber qué hacen ahora, y si se ocupan en algo más útil que lo que nosotros traemos entre manos! ¡Más aún: no es ninguna ocupación la que los retiene por allá, sino sólo el humo e hinchazón del orgullo! Pero ¿hay algo más vano que eso? Pregunto: ¿por qué, oh hombre, sientes de ti tan alta y soberbiamente? ¿Te parece que nos haces un favor si cuando acá vienes nos prestas tu atención y escuchas lo tocante a la salvación de tu alma? Pregunto: ¿por qué motivo te glorías, o de qué cosa? ¿De la riqueza? ¿De los vestidos de seda? ¿Por qué no piensas mejor que son simplemente tejidos fabricados por gusanos e invenciones propias de gente bárbara? ¡Los usan las meretrices muelles y los violadores de sepulcros y los ladrones!
  
¡Advierte cuáles son las verdaderas riquezas y finalmente apéate de tu orgullo hinchado y vano! ¡Considera lo humilde de tu naturaleza! ¡Tierra eres y polvo y ceniza y pavesa y humo y sombra y heno y flor de heno! Y siendo de tal naturaleza, te pregunto ¿puedes gloriarte? Pero ¿qué cosa habrá más ridícula que ésta? ¿Es que mandas sobre muchos hombres? ¿Qué te aprovecha imperar sobre muchos hombres cuando eres esclavo de tus pasiones y te tienen aprisionado? ¡Es como si alguno en su casa fuera azotado y cubierto de golpes por sus criados, pero en saliendo a la calle y viniendo al foro se gloriara de mandar sobre muchos! Cuando te azota la codicia, cuando te cubre de heridas la lujuria, cuando eres esclavo de toda clase de pasiones ¿te glorías de imperar sobre quienes son de tu misma raza? ¡Y ojalá de verdad imperaras sobre ellos! ¡Ojalá fueras partícipe de sus mismos honores!
   
No digo tales cosas por acusar a los ricos, sino a quienes usan mal de sus riquezas. Las riquezas no son en sí malas, si queremos usarlas como conviene; lo malo es la soberbia y el orgullo. Si las riquezas fueran malas ninguno de nosotros anhelaría llegar al seno de Abraham; porque éste tuvo trescientos dieciocho criados domésticos. De manera que no son malas las riquezas. Lo malo es el abuso que de ellas hacemos. Del mismo modo que al hablaros hace poco acerca de la embriaguez no acusé al vino -puesto que toda criatura de Dios es buena y ninguna se ha de rechazar sino recibirlas con acciones de gracias-, así ahora igualmente, no acuso a los ricos ni me enojo contra los dineros, sino contra el mal uso del dinero que se gasta en torpezas y liviandades. Los dineros se han llamado para que usemos de ellos, y no abusen ellos de nosotros. Por igual motivo se llaman posesiones para que nosotros los poseamos y no ellos a nosotros. Entonces ¿por qué tienes como tu ¡señor al que es siervo? ¿Por qué has invertido el orden natural?
 
De manera que yo anhelo saber qué hacen a estas horas los que nos abandonaron y no se presentaron a esta reunión, y en qué cosas se ocupan. O juegan a los dados, o se empeñan en asuntos seculares que rebosan en tumultos. Si estuvieras acá, oh hombre, estarías en el puerto y en la tranquilidad. No te perturbaría el administrador presentándose acá, ni te molestaría el criado con los negocios del siglo. Nadie te causaría cólera. Al revés, en absoluta paz, tomarías parte en la lectura de las Sagradas Escrituras. No hay aquí llantos, no hay tumultos. Hay bendiciones, hay preces y predicación espiritual y cambio hacia el cielo. Te apartarías de este sitio llevando contigo la prenda del reino de los cielos.
  
Entonces ¿por qué motivo has abandonado esta opípara y rica mesa espiritual y te has ido a esa otra repleta de molestias? ¡Has abandonado el puerto! ¡Has cambiado la tranquilidad por el tumulto de las turbas! ¡Grave cosa es que no estén presentes los pobres que entonces estaban! Pero no lo es tanto como que no estén los ricos. ¿Por qué? Porque los pobres, al fin y al cabo, se encuentran impedidos por ocupaciones necesarias, por los diarios cuidados del taller, pues han de procurarse el sustento con el trabajo de sus manos. Tienen que cuidar de sus hijos y los han de educar y defender a sus esposas; y si no trabajan no pueden vivir. No lo digo para tejer una defensa en su favor, sino para demostrar que los ricos son dignos de mayor reprensión. Cuanto más gozan de seguridad, más quedarán condenados; puesto que ninguna cosa de las propias de los pobres, les impide venir.
  
¿Veis a los judíos que son rebeldes a Dios y resisten al Espíritu Santo y son de dura cerviz? ¡Pues los que no han acudido a la reunión son peores! Si los sacerdotes les dicen que se ha de cesar en el trabajo durante siete días o diez o veinte o treinta, no los contradicen. ¡Y eso que nada hay tan molesto como semejante inacción! Cierran sus puertas, no encienden fuego, no acarrean agua, no se les permite hacer ningún otro menester ni trabajo; sino, atados al descanso como con una cadena, en nada contradicen. Yo, en cambio, no impero tales cosas. No ordeno que te abstengas del trabajo durante siete días ni diez; únicamente que me proporciones dos horas al día, y te guardes las demás. ¡Y ni siquiera esas dos me concedes! Ni es a mí a quien las has de conceder sino a ti mismo, para que saques algún consuelo con las oraciones de los prelados, y salgas de aquí colmado de bendiciones, y en todos sentidos vayas seguro, por haberte revestido las armas espirituales y haberte vuelto invencible e inexpugnable al demonio.
  
Pregunto: ¿qué cosa habrá más deleitable que semejante ocupación? Aun cuando necesitaras pasar aquí diez días completos, ¿qué habría más excelente? ¿Qué más seguro? ¡Aquí en donde hay tantos hermanos, en donde está el Espíritu Santo, en donde está en medio Jesús juntamente con el Padre! ¿Qué otra reunión buscas que sea de semejante calidad? ¿Qué otro Senado? ¿Qué otra junta? ¡Llena está la mesa de tantos bienes! ¡Lo mismo están la lectura de las Sagradas Escrituras y las bendiciones y las preces y la conversación con los santos! Y tú ¿buscas otras reuniones y conversaciones? ¿De qué perdón serás tenido digno?
  
Todo lo anterior lo he dicho no únicamente para que lo oigáis vosotros, pues no necesitáis de semejante medicina, ya que por las obras demostráis estar sanos, ya que obedecéis y con tan gran empeño demostráis vuestro cariño a las cosas santas. He dicho tales cosas para que de vosotros las escuchen los que no están presentes. Ni les vayáis a decir que solamente me ocupé en acusar a quienes no asistieron, sino referidles íntegro mi discurso desde su principio. Traedles a la memoria a los judíos y lo de los negocios seculares. Decidles cuánto más excelente es esta reunión. Hacedles ver cuán grande empeño ponen en los negocios seculares; y cuán alta es la recompensa que espera a quienes acá se congregan. Si sólo les decís que los acusé, los moveréis a ira y les abriréis una herida en vez de procurarles la medicina.
  
En cambio, si les demostráis que yo no los acusé corno enemigos, sino que me dolí de ellos como amigo, y llegáis a persuadirlos de que: “Leales son las heridas de quien ama, más que los besos engañosos del que aborrece”, recibirán la acusación con mucho placer, porque se fijarán no en las palabras sino en la intención del predicador. ¡Curad en esta forma a vuestros hermanos! ¡A nosotros toca dar cuenta de vosotros los que estáis presentes; pero a vosotros darla de quienes están ausentes! Nosotros no podemos ir a conversar personalmente con ellos. Por esto conversamos con ellos por vuestro medio y mediante vuestra enseñanza. ¡Séanos vuestra caridad un como puente para llegar hasta ellos! ¡Haced que mediante vuestra lengua llegue hasta sus oídos nuestra predicación!
   
Suficientemente nos hemos ocupado de los que no vinieron y nada más hay que añadir. Podíamos haber dicho otras cosas. Mas para no gastar todo el tiempo en semejante acusación, de lo que no se derivaría utilidad alguna para vosotros los que estáis presentes, ¡Ea! ¡Vamos a poneros delante la mesa con un alimento nuevo y no acostumbrado! ¡Digo nuevo y no acostumbrado, teniendo en cuenta no la mesa espiritual, sino vuestros oídos!
   
En los días anteriores explicamos las palabras del apóstol y del Evangelio, al hablar de Judas, y también explicamos lo referente a los profetas. Ahora vamos a hablaros de los Hechos de los Apóstoles. Y es el motivo por el que llamé insólito y desacostumbrado este alimento. Es decir: es acostumbrado en cuanto que pertenece a las Sagradas Escrituras; pero es desacostumbrado porque vuestros oídos no están acostumbrados a esta narración. Por cierto, hay muchos que ni siquiera saben si existe el libro de los Hechos. Otros muchos lo han despreciado por creerlo demasiado claro y sencillo. De manera que para unos el conocerlo y para otros el ignorarlo, les resulta motivo de desidia. Vale la pena corregir la negligencia de unos y otros, a fin de que quienes ya lo conocen y creen claramente entenderlo y lo mismo los que no lo conocen, vean que hay en él sentencias oscuras y profundísimas.
   
Ante todo es necesario que sepamos quién escribió el libro, porque es el mejor orden en la investigación: conocer si su autor es algún hombre o es Dios. Si es un hombre, para rechazarlo, puesto que dice el Señor: “A nadie llaméis maestro sobre la tierra”; y si es Dios, para que lo recibamos y acatemos. En este último caso, el libro es del cielo y escuela nuestra. ¡Tan alta es la dignidad de la presente reunión que no aprendemos nada de los hombres, sino de Dios mediante los hombres! Tenemos que investigar quién escribió el libro, cuándo lo esescribió, de qué escribió y por qué motivo se ha ordenado que se lea en la presente festividad. Porque probablemente en todo el año no habéis oído que se lea. Saber también esto, es de provecho. Finalmente habernos de inquirir la causa de que lleve semejante título: Hechos de los Apóstoles.
   
En verdad no deben pasarse a la ligera los títulos, y entrarse desde luego por el principio del libro, sino que hay que considerar antes que nada el nombre. Así como acá en nosotros, nos resulta más claro el conocimiento del cuerpo precisamente por la cabeza, de manera que la cara que está en la parte superior nos da más clara noticia, así el título puesto en la parte superior y como en la frente del libro, hace que el resto del escrito nos sea mejor conocido. ¿No advertís lo mismo aun en las imágenes? Encima está puesta la imagen que lleva el nombre del rey, y luego en el pedestal del monumento se encuentran inscritas sus hazañas y sus empresas preclaras.
  
Lo mismo puede observarse en las Sagradas Escrituras. En la parte superior se encuentra dibujada la imagen del Rey, más abajo están escritas sus victorias, trofeos y hechos preclaros. Lo mismo procedemos al recibir una carta. No la abrimos al punto ni nos entregamos enseguida a la lectura de su contenido; sino que primero recorremos la inscripción que lleva en el exterior, y por ésta sabemos quién nos ha escrito y a quién viene dirigida la carta. Pues entonces ¿no será cosa absurda que tanto empeño pongamos en los asuntos seculares y que no nos impacientemos ni perturbemos, sino que vayamos haciendo ordenadamente cada cosa, y en cambio acá en los negocios espirituales nos impacientemos y al punto nos lancemos a los comienzos del escrito?
   
¿Queréis saber cuánta sea la fuerza del título y cuánto su poder y el tesoro inmenso que se encuentra depositado en los títulos de la Escritura? ¡Atended y escuchad, a fin de que no despreciéis los encabezados de los Sagrados Libros! En cierta ocasión Pablo entró en Atenas. La narración del hecho se contiene en este libro. Encontró en la ciudad no un libro sagrado sino un altar consagrado a los ídolos. Y en el altar halló una inscripción que decía “AL DIOS DESCONOCIDO”. Pues bien: ¡no la pasó de largo, sino que por medio de la inscripción echó abajo el altar!
   
El bienaventurado Pablo que estaba lleno de la gracia del Espíritu Santo no pasó de largo la inscripción de un altar ¿y tú pasas de largo los títulos de los Libros Sagrados? ¡No descuidó lo que los atenienses -que eran idólatras- habían escrito! ¿Y tú no crees necesario lo que escribió el Espíritu Santo? ¿Qué perdón mereces?
   
Pero veamos ya cuán grande virtud poseía la inscripción. Y cuando hayas entendido cuán grande fuerza proporcionó a Pablo aquella inscripción verás que lo mismo pueden hacer, y con mayor eficacia, los títulos de la Sagrada Escritura. Entró Pablo en la ciudad, encontró el altar con la dicha inscripción: Al Dios desconocido. Y ¿qué hizo? ¡Todos eran gentiles, todos impíos! ¿Qué convenía hacer? ¿Hablarles del Evangelio? ¡Se habrían burlado! ¿De los libros de los profetas y los mandatos de la Ley? ¡No le habrían creído! Entonces ¿qué hizo? ¡Recurrió al altar y derribó y sujetó a sus enemigos con sus mismas armas!
   
Fue lo que él mismo había ya dicho: “Me hago todo a todos. Con los judíos como judío, con los que están fuera de la Ley, como si yo estuviera fuera de la Ley”. Vio el altar, vio la inscripción, se levantó en el Espíritu Santo. ¡Porque tal es la gracia del Espíritu Santo! ¡Hace que quienes la han recibido, de todo saquen ganancia! ¡De tal calidad son nuestras armas espirituales! Porque dice: “Doblegando todo pensamiento a la obediencia de Cristo” Vio el altar y no tuvo temor. Atrajo hacia sí al altar; o por mejor decir, haciendo caso omiso de la escritura material, le cambió el sentido. Cuando en una guerra un General observa a un soldado valeroso que combate en el ejército enemigo, va y lo toma por los cabellos y lo arrastra a su campamento y lo obliga a pelear en su favor; pues del mismo modo Pablo, como se encontrara con la inscripción en el altar, la pasó a su propio ejército como si hubiera topado con un milite enemigo, y la puso a combatir a su lado contra los mismos atenienses, a fin de que no fuera a herir a Pablo juntamente con los atenienses. Porque tal inscripción era la espada de los atenienses y cuchillo de los enemigos; pero precisamente este cuchillo fue el que cortó la cabeza de los enemigos. No habría sido Pablo tan admirable si con sus armas los hubiera vencido, pues razonablemente hubiera sucedido tal cosa. Lo verdaderamente nuevo e insólito sucede cuando echamos sobre los enemigos sus propias armas como una máquina de guerra3 y les causa una herida mortal la espada que contra nosotros blandían.
     
¡Tal es la virtud del Espíritu Santo! Así procedió en otro tiempo David. Salió al combate sin armas, para que se manifestara la gracia de Dios. Como si dijera: ¡nada humano hay en esto, porque Dios lucha en nuestro favor! De manera que salió sin armas y derribó la torre del filisteo. Y luego como no tuviera espada, corrió y arrebató la de Goliat y con ésta cortó la cabeza del bárbaro. Igualmente procedió Pablo mediante la inscripción. Os voy a explicar la fuerza de la inscripción para que quede más en claro su fuerza y el modo como Pablo obtiene la victoria.
  
Entró, pues, Pablo en Atenas y encontró un altar en donde había una inscripción que decía: al Dios desconocido. Pero ¿quién era ese Dios desconocido, sino Cristo? ¿Observas cómo liberó la inscripción de la cautividad del diablo en que estaba, mas no para hacer daño con ella a quienes la habían grabado, sino para salvarlos y en provecho de ellos? Preguntará alguno: ¿acaso los atenienses habían escrito aquello en referencia a Cristo? ¡Si la hubieran escrito en referencia a Cristo, la cosa no habría sido tan admirable! ¡Lo admirable es que habiendo ellos escrito una cosa, Pablo la haya podido cambiar en otra!
  
Vale la pena explicar primero por qué los atenienses escribieron ahí: al Dios desconocido. ¿Por qué lo escribieron? Tenían abundancia de dioses o por mejor decir de demonios, puesto que: “Todos los dioses de los gentiles son demonios”. Los tenían patrios y extranjeros. ¿Observáis qué cosa tan de burla? ¡Si es Dios no es extranjero, puesto que es el Señor de todo el orbe! ¡Bien! Tenían algunos dioses recibidos de sus padres y otros recibidos de las naciones vecinas, por ejemplo de los escitas, tracios y egipcios. Si vosotros estuvierais versados en la erudición profana, os referiría todas sus historias.
   
Pues bien: como no los habían recibido todos desde los principios, sino que poco a poco se les habían ido introduciendo, unos en tiempos de sus padres y otros en su mismo tiempo, se reunieron y dijeron: “Así como desconocíamos estos segundos dioses, puesto que hasta más tarde los recibimos y conocimos, puede suceder que exista algún otro que sea de verdad dios y que nosotros desconocemos; y que sin darnos cuenta lo descuidemos y no le demos culto”. ¿Qué fue, pues, lo que hicieron? Levantaron un altar y le pusieron la inscripción: al Dios desconocido, para significar con esto que si acaso existía algún otro dios que aún no se les manifestara, también a éste le daban culto.
   
¿Observas la superstición excesiva? Pues por tal motivo Pablo les dijo al principio: “¡Os veo en todo como más religiosos!, puesto que dais culto no sólo a los dioses conocidos sino también a los que aún no conocéis”. Los atenienses habían escrito: al dios desconocido, pero Pablo les dio la interpretación. Porque ellos se referían a otros dioses, pero Pablo lo pasó a Cristo y así atrajo a su obediencia el sentido de la inscripción y la hizo colocarse bajo las órdenes de su propio ejército: “Al que dais culto sin conocerlo a ese os anuncio yo”, les dice. Porque no hay otro Dios desconocido sino Cristo. Mira su prudencia espiritual. Enseguida le iban a oponer que: “Nuevos dogmas pones en nuestros oídos, en nuevas cosas te empeñas, nos traes un dios que nosotros no hemos conocido”. Pues para quitarles semejante novedad y manifestarles que no predicaba ningún Dios nuevo, sino al mismo que ya de antemano habían determinado dar culto, añadió y dijo: “¡Al que sin saberlo adoráis vosotros a ese yo os lo anuncio!”.
  
Como si les dijera: “vosotros os habéis adelantado: vuestro culto se ha adelantado a mi predicación. No me opongáis que vengo a traeros un Dios nuevo. Yo no hago sino anunciaros al mismo a quien vosotros, sin saberlo, ya adoráis. Porque a Cristo no se le ha de erigir un altar como el vuestro, sino otro vivo y espiritual. Sin embargo, por medio de este altar puedo yo conduciros al otro. De modo semejante, anteriormente los judíos daban culto a Dios; pero después se apartaron de aquel culto material y fueron conducidos al otro espiritual cuantos creyeron”.
   
¿Ves la sabiduría de Pablo y su prudencia? ¿Ves en qué forma los venció, no usando de las sentencias de los profetas ni del Evangelio, sino de la inscripción? ¡No quieras, pues, carísimo, pasar de largo los encabezados de las Sagradas Escrituras! Si estás atento y vigilas, sacarás utilidad aun de lo que otros escribieron; pero si eres negligente y perezoso, ni aun de las Sagradas Escrituras te aprovecharás. Quien sabe lucrar, de todo saca ganancia; pero el que no sabe, aunque encuentre un tesoro se queda sin nada.
  
¿Quieres que te ponga delante otro argumento de cómo uno dijo un dicho en cierto sentido, pero luego el Evangelista trajo y aplicó la fuerza de lo dicho a su propia intención? Atended para que veáis cómo también el Evangelista trajo a los entendimientos cautivos a obedecer a Cristo! Y para que, advirtáis cómo, si podemos traer los dichos ajenos cautivos, mucho más podremos nosotros sacar provecho si negociamos con los propios. “Era Pontífice aquel año Caifás”. Porque esto fue propio de la perversidad de los judíos: manchar de tal manera la dignidad sacerdotal que el pontificado fuera venal. Anteriormente no sucedía así, sino que el Pontificado sólo se terminaba con la muerte del Pontífice. Pero en ese tiempo, aun viviendo lo despojaban de semejante honor.
   
Siendo, pues, Caifás Pontífice de aquel año, armó a los judíos contra Cristo y les decía ser conveniente que muriera. No por tener algo de que acusarlo, sino porque él se moría de envidia. ¡Tal es la condición de los envidiosos! ¡Tal el pago que suelen dar a los beneficios que se les hacen! Por tal motivo, declarando la causa de las asechanzas que le tendían a Cristo, dijo Caifás: “Conviene que muera un solo hombre y no que perezca toda la nación”. Pero mira la forma en que la fuerza de este parecer vino a favorecernos y se pasó a nuestro partido. Comprenderás cómo la sentencia ciertamente fue pronunciada por el sacerdote, pero su sentido pudo luego convertirse en espiritual. Conviene que muera un solo hombre y no que perezca toda la nación. Pero el Evangelista añade: “Esto no lo decía por sí mismo, sino que, como fuera Pontífice de ese año, profetizó que convenía morir Cristo no únicamente por los judíos, sino por todas las gentes. Por eso dijo: Conviene que muera un solo hombre y no que perezca todo el pueblo”. ¿Ves el poder de Dios y cómo obliga a las lenguas de los enemigos a hablar en favor de la verdad?
  
Con lo dicho es suficiente -si es que lo recordáis- para que no pasemos de largo los títulos de la Sagrada Escritura. Ahora quisiera yo explicaros quién es el autor del libro, y cuándo lo escribió, y por qué motivo. Pero por de pronto, guardemos en la memoria lo dicho. Lo demás, si Dios quiere, os lo pagaremos mañana. Porque tengo determinado lo que resta de la predicación de hoy aplicarlo a los recién iluminados. Y llamo recién iluminados no a quienes hace dos o tres días o hace diez han sido iluminados, sino a quienes lo han sido hace un año y más tiempo aún. Porque también a éstos es necesario llamarlos así. Aunque pongamos sumo empeño en el cultivo de nuestra alma, todavía podemos ser recientemente iluminados, si conservamos la juventud que el bautismo nos confirió. No es el tiempo lo que constituye al recién iluminado, sino la vida limpia de pecado. Puede suceder incluso que apenas pasados dos días pierdan la dignidad de semejante apelación los que no se guarden de pecado.
   
Voy a poneros un ejemplo de alguien que recientemente iluminado perdió en dos días la gracia y el honor de recién iluminado. Y traigo el ejemplo a fin de que viendo a éste caído pongáis en seguridad vuestra salvación. Es necesario que se os corrija y se os vuelva a la salud no sólo con los ejemplos de quienes se mantuvieron en pie, sino también de los que cayeron vencidos. Simón Mago, dice la Escritura, se había convertido; y una vez bautizado no se apartaba de Felipe, lleno de admiración por sus milagros. Pero al cabo de unos pocos días, se tornó a su antigua perversidad y quería alcanzar con dineros su salvación. Pues bien: ¿qué le dijo Pedro a este recién iluminado?: “Veo que estás lleno de maldad y envuelto en lazos de iniquidad. Por tal motivo ruega al Señor que te sea perdonada semejante iniquidad”. Aún no había entrado a la palestra y ya había sucumbido con una caída no digna de perdón.
   
De manera que así como tras de dos días podemos caer y perder la apelación y gracia de recién iluminados, así podemos conservar este nombre venerando y esta realidad preciosa de la iluminación durante diez y veinte años y hasta el fin de la vida. Lo testifica Pablo, el apóstol, quien precisamente resplandeció sobre todo en su ancianidad. Puesto que no es esta juventud de la iluminación propia de la naturaleza, sino que está en nuestra potestad el ser ancianos o permanecer jóvenes. En lo corporal, aun cuando se ponga todo empeño, aunque no se deje piedra por mover, aunque nunca se aflija al cuerpo, aunque lo guarde alguno en su casa, aunque no lo quebrante con perpetuos trabajos y fatigas, a pesar de todo, por ley natural, envejecerá. Mas cuanto al alma no sucede lo mismo.
  
Si tú no la arruinas, si no la atormentas con cuidados seculares y mundanas solicitudes, retendrá perpetuamente su juventud y la conservará intacta. ¿No ves las estrellas fijas en el firmamento? ¡Hace ya seis mil años que mandan su luz, y ninguna se ha oscurecido en lo más mínimo! Si pues en las cosas naturales la luz ha permanecido así tan joven y viva, ¿en las de la voluntad no podrá permanecer igual a sí misma y tal como al principio brillaba? Más aún: ¡si queremos, no sólo permaneceremos iguales, sino que nuestra luz se tornará más espléndida, hasta el punto de emular a los rayos mismos del sol!
  
¿Quieres ver en qué forma podemos durante largo tiempo ser recientemente iluminados? ¡Oye con qué palabras habla Pablo a quienes habían sido iluminados mucho tiempo antes: “Entre los cuales aparecéis como antorchas en el mundo, llevando en alto la palabra de vida, para gloria mía”! Os habéis despojado de la antigua vestidura ya desgarrada; se os ha ungido con el óleo espiritual; habéis sido liberados todos: ¡que nadie se torne a la primitiva esclavitud! Todo esto es como una guerra y certamen. En un certamen no toma parte ningún esclavo, ningún siervo. Si se descubre que es esclavo se le castiga y excluye del catálogo del ejército. Ni es semejante costumbre exclusiva de nuestra milicia, sino común con los certámenes olímpicos. Una vez que los atletas han pasado en la ciudad treinta días, se les lleva en torno por los suburbios, y estando presente la multitud el pregonero clama: “¿Hay alguien que acuse a este hombre?” De manera que removida toda sospecha acerca de su condición servil, finalmente es admitido a la palestra.
  
Pues si el demonio para sus certámenes no admite a los esclavos ¿cómo tú, hecho esclavo del pecado, te atreves a entrar en el certamen de Cristo? ¡Allá clama el pregonero: “¿Hay alguien que acuse?”! Acá en cambio, no clama así Cristo, sino que, aun cuando todos acusen al reo antes del bautismo, El dice: “¡Yo lo recibiré en mi servicio y lo libraré de la esclavitud; y una vez liberado lo presentaré en la palestra!” ¿Observas la benignidad del que preside los certámenes? ¡No investiga la vida precedente! ¡Sólo exige cuentas de lo que luego va a seguirse! Cuando eras esclavo tenías infinitos acusadores: la conciencia, los pecados, todos los demonios. Cristo dice: “ninguno de tus acusadores me ha irritado en contra tuya, de manera que yo no te he juzgado indigno de mis certámenes; sino que te he admitido a la lucha, no por tu dignidad, sino por mi benignidad. ¡Permanece en el estadio y combate ya sea en la carrera, ya en el pugilato o en el pancracio; y no pelees escondido ni en vano y sin objetivo!”.
   
¡Oye lo que hizo Pablo! En cuanto salió del bautismo comenzó al punto a combatir y a predicar afirmando que este es el hijo de Dios; y ya desde el día primero confundía y refutaba a los judíos. ¿No puedes tú predicar, ni tienes la ciencia del Evangelio? ¡Pues enseña mediante tus obras y conversaciones, y con el brillo de tus procederes! Porque dice Cristo: “Así luzca vuestra luz delante de los hombres, para que viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.
  
¿No puedes confundir con tu palabra a los judíos? ¡Confúndelos con tu modo de vivir! ¡Haz que los gentiles se conmuevan e inclinen a creer mediante tu cambio de vida! Si ven al que era lascivo, perverso, desidioso, corrompido, cambiar de pronto; y que una vez que ha cambiado por la gracia, también muestra su cambio en el modo de vivir, ¿no quedarán confundidos y dirán lo que del ciego decían los judíos: “¡Es él! ¡No es él! ¡De verdad es el mismo!” ¡Semejantes palabras son propias de hombres que han quedado confundidos! ¡Dudar de un hombre que les es conocido, discutirlo, no creer a su propia conciencia ni a sus propios ojos, significa estar confundidos!
  
Aquel ciego echó de sí la ceguedad corporal, tú echa la espiritual. El miró hacia el sol sensible, tú mira al Sol de justicia. Ya conociste al Señor. ¡Procede en forma digna de tal conocimiento, para que logres conseguir el reino de los cielos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea al Padre la gloria, el honor y el imperio juntamente con el Santo y vivificante Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
 
SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía sobre el principio de los Hechos de los Apóstoles. En Homilías de San Juan Crisóstomo (Traducción del P. Rafael Ramírez Torres SJ), Tomo I. Editorial TRADICIÓN S.A. México D. F., Agosto de 1976.