Tomado del Misal de fieles del Padre Luis Ribera CMF.
Las personas verdaderamente pladosas hacen todos los meses un día de Retiro Espiritual, que consiste en prepararse a fin de tenor una buena y santa muerte. No te olvides de hacerlo. Quizá durante el mes no has pensado más que en tus negocios materiales; pero vale la pena de que emplees por lo menos media horita cada mes en el gran negocio, en el negocio de la salvación de tu alma. No es esto pedirte mucho. ¿No encontrarás treinta minutos en los 43.200 que tiene el mes?
Si el día de Retiro se practica en tu parroquia, no dejes de asistir al mismo. Sí no se hace públicamente, puedes hacerlo en particular tú mismo, o en la iglesia o en tu misma casa. Y te aconsejo que todo aquel día procures guardar un poco más de silencio, practicar alguna pequeña mortificación, hacer alguna obra de caridad y, sobre todo, retirarte por espacio de media hora para practicar el ejercicio que aquí encontrarás,
Puesto en tu habitación, con las ventanas un poco entornadas, te pondrás de rodillas y con todo el afecto de tu corazón harás la siguiente
MEDITACIÓN DE LA MUERTE
COMPOSICIÓN DE LUGAR. — Represéntate a ti mismo en el trance de la muerte con el semblante pálido y cadavérico, y la respiración difícil y casi apagada.
PETICIÓN. — Pide a Dios luz para conocer y sentir lo que te sucederá en aquel lance triste, y gracia para prepararte debidamente.
PUNTO 1.º — El morir es un decreto divino, irrevocable y universal, confirmado por la historia de todos los siglos. Considera que el morir es una ley sin excepción ni dispensa; es un decreto irrevocable de Dios, que irremisiblemente nos comprende; es una necesidad de la cual no puede prescindirse. No depende de nuestro querer o no querer, ni dejamos de correr a ella por el olvido. La historia de todos los tiempos, pueblos y familias es una prueba auténtica de esta verdad que nadie podrá impugnar. Mira, para tu desengaño, en qué han parado tantas y tan bellas figuras de hombres y mujeres como han existido desde Adán hay hoy. Pregúntate a ti mismo: ¿Qué ha sido de ellos? ¿dónde están? ¡Ay! Abre sin miedo aquellos nichos, aquellos sepulcros, y no verás en ellos otra cosa que podre, ceniza, gusanos. He aquí en qué paran todos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, superiores y súbditos, y en eso pararás tú, quizá dentro de poco. Oye, si no, las palabras que en boca de ellos pone el Espíritu Santo: Acuérdate de nuestra suerte; pues así será también la tuya: ayer para mi, hoy para ti. (Eccli. 38, 23.) — REFLEXIONA SERIAMENTE ESTO UNOS INSTANTES.
No hay remedio; llegará el día en que deberás despedirte del mundo, para presentarte a juicio y pasar a la eternidad; llegará el día en que cerrarás los ojos a la luz, en que dejarás el mundo y cuanto hay en él; en que tu alma, entre desmayos y agonías, se separará violentamente del cuerpo, dejándole objeto de horror y espanto, y pasando ella al Cielo, Purgatorio o Infierno, según la sentencia irrevocable del terrible Juez. En esto infaliblemente te has de ver; a eso corres como el agua, como el sentenciado que va al suplicio; y de esto no te. puedes evadir. ¿Crees tú esa verdad? Pues si de ella no puedes dudar, di: ¿Por qué amas tanto el mundo? ¿Por qué regalas tanto este cuerpo, enemigo de tu alma, que tantas faltas te hace cometer? ¿Por qué buscas con tanto afán las comodidades, los gustos, las honras? En una palabra: ¿por qué no te preparas y dispones mejor para morir? ¿De qué te servirán en aquel momento los gustos, los pasatiempos, las vanidades, las diversiones mundanas? ¿Cómo cometes pecados que en aquel momento tanta tortura te han de dar? ¿Por qué no multiplicas y no haces mejor las obras buenas, que es lo único que en aquella hora te podrá valer? Oh alma, abre los ojos con tiempo; medita con atención esta verdad y no quieras exponerte a que te sorprenda la muerte sin haberte preparado como debías. Si ahora mismo hubieses de morir, ¿estás preparado? — MEDITA Y REFLEXIONA.
PUNTO 2.º — La ignorancia de la hora y modo con que hemos de morir, exige de nosotros atenta y constante preparación. Considera la necesidad de prepararte por razón de la ignorancia de la hora y modo con que has de morir. Aunque pudieses vivir un número considerable de años, siempre pasarían pronto como los que has vivido. ¿Qué te queda de tus años pasados? Por eso Dios te dice: Acuérdate que la muerte no tarda. El mismo Jesucristo te exhorta a que vigiles, porque no sabes el día ni la hora en que te llamará. No hay día, ni hora, ni lugar en el mundo que pueda ofrecer seguridad; antes de todas partes y en cualquier momento te pueden asaltar. ¡Oh incertidumbre terrible! ¡Oh peligro espantoso, que no respeta edad, complexión ni robustez! ¡Hoy formarás planes y quizá mañana te lleven al sepulcro! Comiendo o bebiendo, descansando o trabajando, y hasta pecando puedes morir. ¡Cuántos lo han experimentado! Escucha, por tanto, la voz de Jesucristo que a todos nos dice: «Estad preparados, porque a la hora en que estéis más descuidados, el Hijo del Hombre ha de venir», o sea, te ha de asaltar la muerte. No te dice precisamente que te prepares, sino que estés preparado. Dos cosas muy serias te dice Dios: Que la muerte vendrá a la hora menos pensada, y que el pecado la acelera. Mas, que sea un poco más tarde o más temprano, siempre será presto, como se verifica con el sentenciado, el cual, aunque pase por una calle o camino más o menos largo, siempre llega pronto al lugar del suplicio. — PIÉNSALO CON ATENCIÓN.
Mas, ¿de qué manera morirás? ¡Ah!, lo ignoras igualmente: puede ser repentinamente, o con muerte violenta, a manos de un ladrón o asesino, o de un accidente o caso fortuito, de un ataque cerebral, de un colapso del corazón, de manera que no tengas lugar ni tiempo para prepararte. Quizás, como tantos otros, morirás de una enfermedad que te perturbe las potencias o te quite el sentido; quizá sean tan agudos los dolores de la enfermedad, o tan grande la flaqueza o turbación de cabeza, que no estés apto para nada, ni aciertes a tener un buen pensamiento. ¿Y quién sabe si te faltará la asistencia o copia de confesor? Y si algo de esto te sucede, cosa fácil y frecuente, y te encuentras desprevenido, ¿qué será de ti? ¡Oh, cuán necesario es prepararse de antemano! Esta preparación es tanto mas urgente, cuanto la muerte es una sola y de ella depende la eternidad. ¡Ay, pues, de ti, si no aciertas un paso de tanta importancia! Jamás lo podrás remediar. ¿Que horror! Mira, por tanto, si estás bien prevenido y piensa que quizá tienes la muerte mucho más cerca de lo que puedes imaginarte. — MEDITA, RESUELVE, ORA…
PUNTO 3.º — Sin el testimonio de la buena conciencia y adorno de las virtudes, será funesto el trance de la muerte. Considera ahora las angustias, congojas y agonías que en la muerte te cercarán, si no tienes el testimonio de la buena conciencia y el adorno de las virtudes y buenas obras. En este caso, ¡ay de ti!, te verás reducido a exclamar: «Los dolores de la muerte me han alcanzado y circuyen por todas partes, y los torrentes de la iniquidad de mis maldades me conturban sobremanera». Represéntate aquí mismo aquel paso tan doloroso. ¡Qué penas tan multiplicadas! El cuerpo con vivos dolores, desmayos y agonías; el alma con la viva aprehensión de tener que dejarlo todo; con los remordimientos por el mal que hizo por el bien que dejó de hacer y por lo mal que se portó en el poco bien que hizo. ¡Qué sentimiento! ¡Tantos pecados sin saber si están perdonados! ¡Tan mal empleo de potencias y sentidos! ¡Tan grande amor al cuerpo y tanto descuido para las cosas de la salvación, que era lo verdaderamente importantes! ¡Qué congoja para el alma al representársele que está próximo el momento en que se ha de separar del cuerpo y comparecer en aquellas regior.es tan nuevas de la eternidad! ¡Qué agonía al considerar que dentro de pocos instantes se ha de presentar delante del Divino Juez, a quien tantas veces ha ofendido Y disgustado, para darle cuenta de toda su vida! ¡Qué aflicción al pensar que dentro de poco se decidirá si ha de salvarse o condenarse! ¡Oh momento aterrador, al cual han temido hasta los mayores Santos! Efectivamente, San Hilarión temblaba en aquella hora, a pesar de haber hecho rigurosa penitencia por espacio de setenta años. Santa Juana Chantal, no obstante su santidad y fervor, puesta en aquel trance, exclamaba: «Son espantosos los juicios de Dios». Si, pues, ellos temían, ¿cómo no temes que te hallas tan vacío de virtudes y buenas obras? — MEDITA SERIAMENTE Y ORA CON FERVOR.
Piénsalo detenidamente en este día de retiro. Morirás, sí, irremisiblemente morirás, y con la muerte lo perderás todo. De nada te servirán en aquella hora decisiva las riquezas, los honores, los placeres. No te llevarás sino las obras, buenas o malas, que hayas hecho en este mundo. ¿Qué haces, pues? ¿Cómo vives? ¿Puede Dios estar contento de ti? Y tú mismo, ¿tienes la conciencia tranquila? Desearías morir tal como te encuentras ahora? Si ahora murieses, ¿irías al Cielo o al infierno? Alma cristiana, no te desanimes, confía en Jesús; arrójate a sus pies y pídele que por su santa muerte en cruz, te conceda una muerte buena y santa. Confía en la bondad del Corazón de María, a la cual tantas veces pedimos que ruegue por nosotros pecadores, ahora, durante el tiempo de nuestra vida, y después en la hora de nuestra muerte. — PIÉNSALO BIEN.
DEPRECACIONES
Oh Jesús, Señor Dios de bondad y Padre de las misericordias; me presento delante de Vos con el corazón contrito, humillado y confuso, y os encomiendo mi última hora y lo que después de ella me espera.
- Cuando mis pies empiecen a perler el movimiento, y me adviertan así que mi carrera en este mundo está próxima a su fin… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando mis manos empiecen a perder el tacto y, temblorosas, no puedan sostener ya el Crucifijo, dejándole caer a pesar mío en el lecho de mi dolor… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando, velados ya mis ojos y haciendo contorsiones por el horror de la muerte cercana, fijen en Vos sus miradas lánguidas y moribundas… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando mis labios fríos y convulsos pronuncien por última vez vuestro nombre adorable… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando mi cara pálida y lívida cause lástima y terror a los circunstantes, y bañados mis cabellos con el sudor de la muerte se pongan rígidos en mi cabeza, y anuncien que mi fin está cercano… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para siemPre a las conversaciones de los hombres, se abran para oír la sentencia irrevocable que fijará mi suerte para toda la eternidad… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando mi imaginación, agitada de horrendos y espantosos fantasmas, quede sumergida en mortales congojas y cuando, turbado mi espíritu con el temor de vuestra justicia al recuerdo de mis iniquidades, esté pugnando contra el enemigo infernal, que tendrá empeño en quitarme la esperanza en vuestras misericordias y en precipitarme en los horrores de la desesperación… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando mi corazón, débil y oprimido con los dolores de la enfermedad, esté sobrecogido por el temor de la muerte, fatigado y rendido por los esfuerzos que haya hecho contra los enemigos de mi salvación… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando derrame las últimas lágrimas, síntomas de mi próxima destrucción, recibidlas, ¡oh Señor!, en sacrificio expiatorio, para que yo muera como una víctima de penitencia; y en aquel momento terrible… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando mis parientes y amigos, reunidos en torno de mi cama, se horroricen al ver mi situación y os invoquen por mí… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando, perdido ya el uso de mis sentidos, desaparezca de mi vista el mundo, y yo gima entre las angustias de la última agonía y las congojas de la muerte… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando los últimos suspiros de mi corazón den impulso a mi alma para que salga del cuerpo, aceptadlos, Señor, como hijos de una santa impaciencia de unirme a Vos; y entonces… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Cuando mi alma, al extremo de mis labios, salga para siempre de este mundo, y deje a mi cuerpo pálido, frío y sin vida, aceptad la destrucción de éste como un homenaje que rindo a vuestra divina Majestad; y en aquella hora… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Finalmente, cuando mi alma se presente delante de Vos, y vea por vez primera el resplandor de vuestra Majestad, no la arrojéis de vuestra presencia; dignaos más bien recibirla en el seno de vuestra misericordia, para que eternamente cante vuestras alabanzas, y entonces, ahora y siempre… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
- Por los méritos e intercesión de María Santísima, Madre y abogada de los pecadores, que espero rogará por mí en la hora de la muerte… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
Jesús, José y María, os entrego mi corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, amparad mi alma en la última agonía.
Jesús, José y María, haced que descanse en paz el alma mía.
En este día te abstendrás de diversiones y de salir en público, en cuanto te sea posible, y procurarás confesar y comulgar.
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+Jorge de la Compasión (Autor del blog)
Jorge Rondón Santos (Editor colaborador)