Vexílla Regis

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MIENTRAS EL MUNDO GIRA, LA CRUZ PERMANECE

LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

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NO AL ABORTO. ELLOS NO TIENEN LA CULPA DE QUE NO LUCHASTEIS CONTRA VUESTRA CONCUPISCENCIA

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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No hay forma de vivir sin Dios.

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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jueves, 25 de marzo de 2010

SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA Y LA ENCARNACIÓN DEL VERBO

"Y habiendo entrado el Ángel a donde estaba María, le dijo: 'Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres'". (Lucas 1, 28)

La Anunciación

Considera al Arcángel Gabriel entrando a donde estaba María, para anunciarle que la Santísima Trinidad la ha elegido para ser Madre de Dios. Su humildad y su pudor alármanse ante esta noticia; pero es tranquilizada asegurándosele que será madre sin dejar de ser virgen. “Hágase en mí según tu palabra”, exclama; y, al instante, con la sangre purísima de la Virgen Inmaculada, el Espíritu Santo forma el cuerpo adorable de Jesús.

MEDITACIÓN SOBRE LA ANUNCIACIÓN
I. Hoy, María es hecha Madre de Dios; su humildad y su pureza le han valido este inefable honor. ¡Qué alegría me da, oh divina María, veros elevada a tan alto rango de gloria! Mas, puesto que sois Madre de Jesucristo, también lo sois de los cristianos. ¡Ah, cuán consolador es este pensamiento! Sois todopoderosa para socorrerme, porque sois la Madre de Dios; poseéis un corazón henchido de amor por mí, porque sois mi Madre. También yo, si quiero, mediante la fe y la caridad puedo poseer a Jesús en mi corazón. Si sólo María ha engendrado a Cristo según la carne, todos los cristianos pueden engendrarle en sus corazones por la fe (San Ambrosio). 

II. Desde hoy, Jesús es nuestro hermano; el amor que nos tiene lo hace semejante a nosotros, a fin de hacernos semejantes a Él. Viene a la tierra para que vayamos al cielo. ¡Os adoro, Verbo encarnado en el seno virginal de María! ¡Quien me diera el poder de haceros una merced tan preciosa como Vos me hicisteis! Oh. Hermano amabilísimo, os ofrezco todas mis acciones, todo mi ser.

III. María es nuestra Madre, Jesús nuestro Hermano: ¿somos dignos hijos de María, dignos hermanos de Jesucristo? María es totalmente pura, humilde y obediente: ¿posees tu esas virtudes? Jesús en todo busca la gloria de su Padre y la salvación de las almas: ¿estás animado tú del mismo celo? ¿No tendría motivo Jesús para quejarse y decir a su Madre: Los hijos de mi Madre han combatido contra mí? (Cantar de los Cantares). 

La devoción a la Santísima Virgen. Orad por las congregaciones de María.

ORACIÓN
Oh Dios, que habéis querido que vuestro Verbo se encarnase en el seno de la bienaventurada Virgen María en el momento en el que al anunciarle el Ángel este misterio, Ella pronunció su fíat, conceded que nuestras plegarias, mientras honramos a la que firmemente creemos que verdaderamente es Madre de Dios, obtengan el auxilio de su intercesión junto a Vos. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 24 de marzo de 2010

IMITAR LA PASIÓN DE CRISTO

Desde Salutaris Hostia

Nos enseña Nuestro Divino Maestro, como hemos de imitar las acciones de su Pasión en las que ordinariamente hacemos, con mucho fruto, y provecho de nuestras almas.

Santa Gertrudis la Magna

Considerando Nuestra Madre Santa Gertrudis un Viernes Santo, con amorosa ternura, y dulzura de su alma, lo mucho que el Señor había padecido en su Pasión por su amor, y deseando con fervoroso afecto de lo íntimo de su corazón, mostrarse agradecida, y corresponder en algo al amor infinito de su Divino Esposo le dijo: Ea Señor, única Esperanza y salud de mi alma, enséñame, en qué, o cómo,  podré mostrarme agradecida a tu Santísima Pasión, tan amarguísima para Ti, cuanto saludabilísima para mi. 

Respondió el Señor:
  1. El que sujeta su voluntad a la de otro, no gobernándose por su parecer, sino por el ajeno, este tal me agradece el dolor, y afrenta, que a la hora de Maitines padecí, cuando por la salud del género humano fui preso, maniatado, afligido, y escarnecido con muchos golpes, y oprobios.
  2.  El que con humildad reconoce, y confiesa sus defectos, me agradece el sentimiento que tuve a la hora de Prima, cuando, como Reo en juicio fui acusado de falsos testigos, y condenado a muerte afrentosa. 
  3. El que mortifica sus sentidos, negándoles los deleites sensibles me agradece los crueles azotes que padecí a la hora de Tercia. 
  4. El que con humilde rendimiento se sujeta a los Prelados poco ajustados, y que no son tan observantes, y morigerados como deben; me alivia el terrible dolor que me causó la Corona de espinas. 
  5. El que habiendo sido agraviado de otro, procura por el bien de la paz, disimular su ofensa, y con humildad se adelanta a reconciliarse con el que le ofendió, solicitando su amistad, me recompensa el trabajo que tuve en llevar sobre mis heridas y delicados hombros la Cruz. 
  6. El que por ejercitar la caridad con el prójimo, se anima, y emprende obras que exceden sus posibles, y fuerzas, extendiéndose a más de lo que puede; me agradece el terrible dolor, que padecí cuando a la hora de Sexta fui extendido, descoyuntado y clavado en la Cruz. 
  7. El que por corregir a su prójimo, o apartarle de que peque, no repara en la desazón, tribulación, afrenta o molestias, que de esto se le pueden seguir, me agradece la afrenta, y amarga muerte, que padecí a la hora de Nona, por la salud, y remedio de todos los hombres.
  8.  El que, viéndose sin razón injuriado, responde con humildad, y blandura a los que le injurian; me quita compasivo de la Cruz, donde estaba mi cuerpo pendiente. 
  9. Y finalmente el que con humildad estima más a su prójimo que a si mismo, juzgando que es razón que le sea preferido en honor, conveniencia, o en otra cualquiera cosa; me ofrece sepultura en que descanse mi cuerpo. Lib. 4 cap. 26

EL ÁNGELUS


V/. Angelus Domini nuntiavit Mariæ,
R/. Et concepit de Spiritu Sancto.
Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum. Benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui, Jesus. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostræ. Amen.
V/. "Ecce Ancilla Domini."
R/. "Fiat mihi secundum Verbum tuum."
Ave Maria, gratia plena...
V/. Et Verbum caro factum est.
R/. Et habitavit in nobis.
Ave Maria, gratia plena...
V/. Ora pro nobis, Sancta Dei Genetrix.
R/. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.

Oremus: Gratiam tuam quæsumus, Domine, mentibus nostris infunde; ut qui, angelo nuntiante, Christi Filii tui Incarnationem cognovimus, per passionem eius et crucem, ad resurrectionis gloriam perducamur. Per eumdem Christum Dominum nostrum. Amen.

LA ANUNCIACIÓN SEGÚN LA BEATA ANA CATALINA EMMERICK

La beata Ana Catalina Emmerick relata cómo transcurrió la Anunciación:


"Tuve una visión de la Anunciación de María el día 25. He visto a la Virgen Santísima poco después de su desposorio, en la casa de San José, en Nazaret. José había salido con dos asnos para traer algo que había heredado o para buscar las herramientas de su oficio. Me pareció que se hallaba aún en camino. Además de la Virgen y de dos jovencitas de su edad que habían sido, según creo, sus compañeras en el Templo, vi en la casa a Santa Ana con aquella parienta viuda que se hallaba a su servicio y que más tarde la acompañó a Belén, después del nacimiento de Jesús. Santa Ana había renovado todo en la casa. Vi a las cuatro mujeres yendo y viniendo por el interior paseando juntas en el patio. Al atardecer las he visto entrar y rezar de pie en torno de una pequeña mesa redonda; después comieron verduras y se separaron. Santa Ana anduvo aún en la casa de un lado a otro, como una madre de familia ocupada en quehaceres domésticos. María y las dos jóvenes se retiraron a sus dormitorios, separados.

El frente de la alcoba, hacia la puerta, era redondo, y en esta parte circular, separada por un tabique de la altura de un hombre, se encontraba arrollado el lecho de María. Fui conducida hasta aquella habitación por el joven resplandeciente que siempre me acompaña, y vi allí lo que voy a relatar en la forma que puede hacerlo una persona tan miserable como yo.

Cuando hubo entrado la Santísima Virgen se puso, detrás de la mampara de su lecho, un largo vestido de lana blanca con ancho ceñidor y se cubrió la cabeza con un velo blanco amarillento. La sirvienta entró con una luz, encendió una lámpara de varios brazos que colgaba del techo, y se retiró. La Virgen tomó una mesita baja arrimada contra el muro y la puso en el centro de la habitación. La mesa estaba cubierta con una carpeta roja y azul, en medio de la cual había una figura bordada: no sé si era una letra o un adorno simplemente.

Sobre la mesa había un rollo de pergamino escrito. Habiéndola colocado la Virgen entre su lecho y la puerta, en un lugar donde el suelo estaba cubierto con una alfombra, puso delante de sí un pequeño cojín redondo, sobre el cual se arrodilló, afirmándose con las dos manos sobre la mesa. María veló su rostro y juntó las manos delante del pecho, sin cruzar los dedos. Durante largo tiempo la vi así orando ardientemente, con la faz vuelta al cielo, invocando la Redención, la venida del Rey prometido a Israel, y pidiendo con fervor le fuera permitido tomar parte en aquella misión. Permaneció mucho tiempo arrodillada, transportada en éxtasis; luego inclinó la cabeza sobre el pecho.

Entonces del techo de la habitación bajó, a su lado derecho, en línea algún tanto oblicua, un golpe tan grande de luz, que me vi obligada a volver los ojos hacia la puerta del patio. Vi, en medio de aquella masa de luz, a un joven resplandeciente, de cabellos rubios flotantes, que había descendido ante María, a través de los aires. Era el Arcángel Gabriel. Cuando habló vi que salían las palabras de su boca como si fuesen letras de fuego: las leí y las comprendí.

María inclinó un tanto su cabeza velada a la derecha. Sin embargo, en su modestia, no miró al ángel. El Arcángel siguió hablando. María volvió entonces el rostro hacia él, como si obedeciera una orden, levantó un poco el velo y respondió. El ángel dijo todavía algunas palabras. María alzó el velo totalmente, miró al ángel y pronunció las sagradas palabras:

"He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra"…

María se hallaba en un profundo arrobamiento. La habitación resplandecía y ya no veía yo la lámpara del techo ni el techo mismo. El cielo aparecía abierto y mis miradas siguieron por encima del ángel una ruta luminosa. En el punto extremo de aquel río de luz se alzaba una figura de la Santísima Trinidad: era como un fulgor triangular, cuyos rayos se penetraban recíprocamente. Reconocí allí Aquello que sólo se puede adorar sin comprenderlo jamás: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y, sin embargo, un solo Dios Todopoderoso.

Cuando la Santísima Virgen hubo dicho: "Hágase en mí según tu palabra", vi una aparición alada del Espíritu Santo, que no se parecía a la representación habitual bajo la forma de paloma: la cabeza se asemejaba a un rostro humano; la luz se derramaba a los costados en forma de alas. Vi partir de allí como tres efluvios luminosos hacia el costado derecho de la Virgen, donde volvieron a reunirse. Cuando esta luz penetró en su costado derecho, la Santísima Virgen volvióse luminosa Ella misma y como transparente: parecía que todo lo que había de opaco en ella desaparecía bajo esa luz, como la noche ante el espléndido día. Se hallaba tan penetrada de luz que no había en ella nada de opaco o de oscuro. Resplandecía como enteramente iluminada.

Después de esto vi que el ángel desaparecía y que la faja luminosa, de donde había salido, se desvanecía. Parecía que el cielo aspirase y volviese hacia sí la luz que había dejado caer.

Desaparecido el ángel he visto a María arrobada en éxtasis profundo, en absoluto recogimiento. Pude ver que ya conocía y adoraba la Encarnación del Redentor en sí misma, donde se hallaba como un pequeño cuerpo humano luminoso, completamente formado y provisto de todos sus miembros. Aquí, en Nazaret, no es lo mismo que en Jerusalén, donde las mujeres deben quedarse en el atrio, sin poder entrar en el Templo, porque solamente los sacerdotes tienen acceso al Santuario. En Nazaret la misma Virgen es el Templo: el Santo de los Santos está en Ella, como también el Sumo Sacerdote y se halla Ella sola con Él. ¡Qué conmovedor es todo esto y qué natural y sencillo al mismo tiempo! Quedaban cumplidas las palabras del salmo 45: "El Altísimo ha santificado su tabernáculo; Dios está en medio de Él, y no será conmovido".

Era más o menos la medianoche cuando contemplé todo este espectáculo. Al cabo de algún tiempo Ana entró en la habitación de María con las demás mujeres. Un movimiento admirable en la naturaleza las había despertado: una luz maravillosa había aparecido por encima de la casa. Cuando vieron a María de rodillas, bajo la lámpara, arrebatada en el éxtasis de su plegaria, se alejaron respetuosamente.

Después de algún tiempo vi a la Virgen levantarse y acercarse al altarcito de la pared; encendió la lámpara y oró de pie. Delante de ella, sobre un alto atril, había rollos escritos. Sólo al amanecer la vi descansando.

Contemplando esta noche el misterio, de la Encarnación comprendía todavía muchas otras cosas. Ana recibió un conocimiento interior de lo que estaba realizándose. Supe también por qué el Redentor debía quedar nueve meses en el seno de su Madre y nacer bajo la forma de niño; el porqué no quiso aparecer en forma de hombre perfecto como nuestro primer padre Adán saliendo de las manos de Dios: todo esto se me explicó, pero ya no lo puedo explicar con claridad. Lo que puedo decir es que Él quiso santificar nuevamente el acto de la concepción y la natividad de los hombres, degradados por el pecado original.

Si María se convirtió en Madre y si Él no vino más temprano al mundo fue porque ella era lo que ninguna criatura fue antes ni será después: el puro vaso de gracia que Dios había prometido a los hombres y en el cual Él debía hacerse hombre, para pagar las deudas de la humanidad, mediante los abundantes méritos de su pasión.

La Santísima Virgen era la flor perfectamente pura de la raza humana abierta en la plenitud de los tiempos. Todos los hijos de Dios entre los hombres, todos, hasta los que desde el principio habían trabajado en la obra de la santificación, han contribuido a su venida. Ella era el único oro puro de la tierra; solamente ella era la porción inmaculada de la carne y de la sangre de la humanidad entera, que preparada, depurada, recogida y consagrada a través de todas las generaciones de sus antepasados; conducida, protegida y fortalecida bajo el régimen de la ley de Moisés, se realizaba finalmente como plenitud de la gracia. Predestinada en la eternidad, surgió en el tiempo como Madre del Verbo Eterno.

La Virgen María contaba poco más de catorce años cuando tuvo lugar la Encarnación de Jesucristo. Jesús llegó a la edad de treinta y tres años y tres veces seis semanas. Digo tres veces seis, porque en este mismo instante estoy viendo la cifra seis repetida tres veces."

ODAS A ZETAPÉ


Desde El Filóloco y La Octava Impotencia Mundial

ODA Nº 1

¡Oh Zapatero!
Fiel felpudo catalán
que hasta los reyes alaban tu nombre.
Las campanas repican a tu paso:
Ta-lan
te
Ta-lan
te


Zapatero del barça
siendo de León
Zapatero de León
siendo de Valladolid,
porque no tienes patria
"mi patria es la libertad"
y
la
nación
es un concepto
discutido
y discutible.

Las campanas repican a tu paso:
Ta-lan
te
Ta-lan
te


Talante con los etarras,
portadores de armas
y muerte.
Hablando se entiende la gente.
Pero intolerancia
con aquellos ensotanados,
portadores de esas terribles armas
en forma de cruz

Las campanas repican a tu paso:
Ta-lan
te
Ta-lan
te


Tu nombre resuena
en las ciudades marroquíes
de Ceuta y Melilla
y en sus ínsulas Canarias,
en las provincias árabes
de Andalucía,
en las praderas vascas
de Treviño,
en los países catalanes
de Mallorca, Menorca e Ibiza,
en la francofonía catalana,
en las colonias vascas
del midi francés
¡Oh Zapatero, Zapatero!

Hasta los reyes alaban tu nombre.
Las campanas repican a tu paso:
Ta-lan
te
Ta-lan
te

ODA Nº 2

"Invicto Caudillo
en tierras lejanas
por ti suspiramos
por ti muere España.

A ti adoramos,
querido profeta
de límpida imagen
e inmáculas cejas.

Por ti lucharemos,
por ti moriremos,
fragante estandarte
del mundo moderno.

Ni deuda ni déficit
ni bancos ni empresas,
no dejas ni un títere
sin pies ni cabeza.

Zapatero el Glorioso
Zapatero el Artero,
ante ti se humilla
el planeta entero."

martes, 23 de marzo de 2010

EL NOVIO DE LA MUERTE



Nadie en el Tercio sabía
quién era aquel legionario
tan audaz y temerario
que en la Legión se alistó.
Nadie sabía su historia,
más la Legión suponía
que un gran dolor le mordía
como un lobo el corazón.
Más si alguno quién era le preguntaba,
con dolor y rudeza le contestaba:
Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera,
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tan leal compañera.

Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera,
defendiendo su Bandera,
el legionario avanzó.
Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo
y la enseña rescató.
Y al regar con su sangre la tierra ardiente,
murmuró el legionario con voz doliente:
Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera,
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera.

Cuando al fin le recogieron,
entre su pecho encontraron
una carta y un retrato
de una divina mujer.
Y aquélla carta decía:
"...si algún día Dios te llama,
para mí un puesto reclama
que a buscarte pronto iré".
Y en el último beso que le enviaba,
su postrer despedida le consagraba.
Por ir a tu lado a verte,
mi más leal compañera,
me hice novio de la muerte,
la estreché con lazo fuerte
y su amor fue mi Bandera

GUERREROS DE DIOS

Fragmentos recopilados de la obra "EL BRAZO ARMADO DE YAVHÉ", de José Luis Manzano García

"...nos vemos obligados a no guardar ni siquiera un ápice de silencio ante cualquier injusticia que trate de ensombrecer el nombre de Cristo y la herencia que nos legó."

"...Señores cristianos y creyentes: busquen a Dios en sus corazones y en sus buenas obras; no le busquen en la grandeza material de los santuarios, porque Él no vive allí."

"...Si quieres saber cómo es Dios, mira volar un ave, mira crecer una flor, mira los astros moverse, y verás que en ellos se expresa la perfección."

"...Ellos (los Guerreros de Dios) son una pequeña gota en el océano de la esperanza de los que todavía confían y esperan en las causas grandes de Dios."

"...Hay que darse cuenta de que el sacerdote es alguien que ha sido consagrado y se ha convertido en otro "Cristo". Su ejemplo, el ejemplo que vaya dando, será la imagen que los fieles tendrán del verdadero Cristo que habita en los Cielos."

"...Se divisa pues una perspectiva distinta a todo aquello a lo que el mundo se ha ido acostumbrando, sobre todo en estos últimos tiempos, y se realza a la vez el punto de vista particular respecto a todo aquello que debería ser y no es."

"...Jesucristo fue y es el verdadero ejemplo de Salvación; y si en todo momento estuvo rebajado al mundo y al hombre, así deberían estar los que dicen servirle."

"...Pensemos que Dios es Misericordioso, pero a la vez, y que no se nos olvide nunca, también es Juez Justo y Severo."

"...¿Hemos caido en la cuenta de que la primera lucha ha de tener lugar en nuestro interior para desterrar todo mal y poder enfrentarnos al enemigo de una manera firme y convencida?."

"...Un alma bien alimentada es un alma que genera energia, que contagia, que anima."

VOCACIÓN: UN LLAMADO AL SERVICIO DE DIOS

 
No todos son llamados para la vida religiosa o el sacerdocio. Pero quienes sí lo son, reciben grandes dones de Dios

De Congregación María Reina Inmaculada

Esta pregunta es de importancia e interés perenne: ¿cómo puedo saber si tengo vocación al sacerdocio o a la vida religiosa? Es un error creer que tal vocación debe ser tan absoluta y clara que apenas deja lugar para el libre albedrío. Existen ciertas condiciones absolutas para una vocación, condiciones sin las cuales se puede estar seguro que Dios no lo llama a uno. Otras señales son inherentes a la libre voluntad y dependen de ella, pero son inspiradas por la gracia de Dios como invitación a seguirle, las cuales son:
1. º Buena salud. Puesto que la vida religiosa exige grandes esfuerzos físicos, es necesario tener una buena salud.
2. º Talentos ordinarios. Debe tener el candidato al menos habilidades ordinarias para seguir una vocación religiosa.
3. º Independencia razonable. Si está obligado a cuidar de los padres, por ejemplo, esa persona no está libre para entrar al estado religioso.
4. º Piedad normal. Si no tiene, cuando menos, una devoción ordinaria a las prácticas religiosas, difícilmente podrá adaptarse a los extraordinarios ejercicios religiosos de un sacerdote o monje.
Aparte de estas cualidades esenciales, están las que dependen y son inherentes al libre albedrío, pero que las inspira Dios para seguirle:
1. º Un espíritu de sacrificio: la capacidad para poder abandonar los bienes inferiores, aunque más atractivos, a favor de los bienes superiores espirituales.
2. º Un espíritu de celo: aquella forma especial de la caridad que inspira querer hacer algo para salvar almas.
3. º Un espíritu de desinterés: el poder que capacita a una persona para estar en el mundo, pero no ser parte del mundo. Un religioso debe ser capaz de controlar sus emociones y, si es necesario, suprimirlas. Debe estar dispuesto a permanecer el resto de su vida en el celibato.
4. º Un deseo de ser religioso: o la convicción de que el camino más seguro para salvar su alma es entrando al estado religioso.
La presencia de estas ocho señales es una indicación de que uno está siendo invitado por Dios a ser uno de los suyos. Su presencia, sin embargo, nunca equivaldrá a un mandato seguro: la decisión siempre se deja a la libre voluntad. Una vocación es la voz de Dios, no mandando, sino llamando. Seguir este llamado es seguir el plan especial de Dios. Una vocación es el camino particular en la vida que traerá una de las felicidades más grandes sobre la tierra y en la eternidad.

Es difícil enumerar todos los dones y gracias que el Todopoderoso Dios derrama sobre un religioso. Todo en la vida religiosa tiende hacia la santificación personal y la salvación de otros: la frecuente recepción de los sacramentos, los ejercicios religiosos y las prácticas piadosas, las innumerables oportunidades para la práctica de la virtud, la sagrada regla y las costumbres de la orden o congregación, los períodos de soledad y silencio, la santidad de sus ocupaciones, los votos de pobreza, castidad y obediencia, las numerosas instrucciones espirituales...

San Bernardo nos dice que los religiosos viven más puramente, caen rara vez, se levantan con mayor facilidad, están dotados más copiosamente de la gracia, mueren con mayor seguridad y son recompensados con mayor abundancia. Una vocación religiosa es una gracia magnífica de Dios, pero es sólo el comienzo de una larga cadena de gracias con las que deben cooperar sirviéndole con amor y fervor. Al ser fiel a su vocación, el religioso es capaz de cambiar el mundo, de ganar el mundo para Cristo, de restaurar todas las cosas en Cristo.

Si tal es el valor de la vocación religiosa, ¿podemos acaso comprender el mérito de un llamado al sacerdocio? En verdad, ¿qué sería la Iglesia Católica sin el sacerdote? El confesionario sería inútil, la iglesia estaría vacía, el púlpito estaría en silencio. En momentos de pena y en la hora de la muerte no habría nadie para dar consuelo y aseguranzas del amor y el perdón divino. ¡Nunca antes ha habido tal necesidad por los sacerdotes, y nunca ha habido tal escasez de ellos!

La vida religiosa o sacerdotal parece ser difícil. Si confiamos en nuestras fuerzas, seguramente lo será. Se necesita la confianza en la bondad y el poder de Dios, cuya gracia siempre basta para cumplir lo que pide. Esta confianza se ganará con la oración ferviente. Debemos orar para conocer y hacer la voluntad de Dios, y debemos pedir por la gracia para llevarla a cabo rápidamente. Demorar la vocación sin una razón suficiente es arriesgar la invitación especial de Dios.

Alguien que se sienta llamado al sacerdocio o a la vida religiosa debería buscar el sabio consejo de un confesor o sacerdote. En la decisión de la vocación, lo esencial es entender qué es la voluntad de Dios, no necesariamente lo que a uno le gusta más. El joven rico del Evangelio ciertamente amaba a Dios, guardaba los mandamientos y era amado en gran manera por Nuestro Señor. Pero en su apego a las riquezas, rechazó el llamado de seguir a Cristo y «se fue triste». Quiera Dios concederle a muchas almas la generosidad y dedicación necesarias para satisfacer las necesidades de nuestros tiempos. ¡He aquí, la cosecha es grande, y pocos los labradores!

Oración para escoger el estado de vida

Oh Dios mío, Tú que eres el Dios de sabiduría y del buen consejo, Tú que lees en mi corazón el sincero deseo de agradarte a tí solo y de hacer todo conforme a Tu santa voluntad en cuanto a mi decisión sobre el estado de vida; por la intercesión de la Santísima Virgen, Madre mía, y de mis santos patronos, concédeme la gracia para saber qué vida he de escoger, y para abrazarla una vez conocida, a fin de que así pueda yo buscar Tu gloria y merecer la recompensa celestial que has prometido a los que hacen Tu santa voluntad. Amén.

(Indulgencia de 300 días una vez al día —Papa San Pío X)

EL GRAN TESORO DE LA SANTA MISA


TESORO DE LAS GRANDES UTILIDADES
QUE SE GANA EN CELEBRAR Y OÍR MISA
  1. San Bernardo, hablando de las utilidades de la Misa, dice: Que más merece el que devotamente oye una Misa (en gracia de Dios), que si peregrinara la dilatada espaciosidad de todo el mundo, y que si diera a los pobres su hacienda: pero mucho más el que celebra.
  2. El mismo Santo dice: Que el que devotamente y en gracia oyere Misa merece tanto como si fuera  peregrinando. y visitara todos los Lugares Santos de Jerusalén, y caminara la demás Tierra Santa.
  3. San Buenaventura, con otros muchos Padres, dice: Que la santa Misa es el compendio de las maravillas que Dios ha hecho con los hombres.
  4. San Agustín dice: Que si alguno oyere devotamente la Misa, alcanzará grandes auxilios para no caer en pecado mortal, y se le perdonarán sus defectos y pecados veniales e imperfecciones.
  5. En otro lugar dice: Que todos aquellos pasos que uno da para oír Misa, son escritos y contados por su Ángel y por cada uno le dará el Altísimo Dios un grandísimo premio en esta vida mortal y perecedera.
  6. Refiere el mismo Santo: Que el oír devotamente Misa y ver el Santísimo Sacramento, ahuyenta al demonio del pecador.
  7. Mas adelante refiere: Que al que oyere Misa entera no le faltará el sustento necesario y alimento para su cuerpo.
  8. El propio Santo dice: En aquel día que alguno viere en la Misa el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, se le conservará la luz de la vida.
  9. En otro lugar continúa diciendo: Que mientras uno oye Misa no pierde el tiempo, sino que gana mucho, por muy dilatado que el sacerdote se esté en el sacrificio de la Misa.
  10. Mi gran Padre San Agustín, hablando con los que fueran muy devotos de las benditas almas del purgatorio, dice estas breves palabras: Quien por los difuntos oye Misa y ora, por sí propio trabaja: así el que ofrece por las almas lo que reza, por sí propio trabaja.
  11. San Anselmo dijo: Que más vale una Misa oída en vida, que mil dichas por la misma persona después de su muerte.
  12. El mismo Santo dice: Que una Misa sobrepuja y accede la virtud de todas las oraciones en cuanto a la remisión de la culpa y pena.
  13. En otro lugar dice: Que oír devotamente una Misa en vida o dar alguna limosna para que se celebre, aprovecha más que dejar para celebrarlas después de su muerte.
  14. San Gregorio dijo: Que el que devotamente oyere Misa, en aquel día se librará de muy grandes peligros y muchos males.
  15. En otro lugar dice: Porque ningún sacrificio hay en todo el mundo por el cual las almas de los difuntos con mayor presteza salgan y se libren de las penas del purgatorio, que por la sacratísima oblación y santo sacrificio de la Misa, como sienten los teólogos.
  16. El mismo santo dice: Que la pena de los vivos y de los difuntos se suspende mientras se celebra la Misa y principalmente en las almas de aquellos por quienes con especialidad el sacerdote ruega, ora y dice la Misa.
  17. Continúa el mismo Santo diciendo: Que por las Misas oídas y dichas con devoción, los pecadores se convierten a Dios, las almas se libran de las penas que por sus pecados merecían en el purgatorio. y los justos se conservan en el camino rectísimo de la justificación.
  18.  Por último, dice el mismo San Gregorio: Que por las Misas que en la Iglesia se celebran, se convierten los infieles a la fe de Cristo, las almas de las penas del purgatorio vuelan al cielo y los Justos se afirman en la gracia de Dios.
  19.  San Jerónimo dice: Que las almas que están en la penas del purgatorio, por las cuales el sacerdote ora y ruega en la Misa, no padecen ningún tormento mientras que el santo sacrificio de la Misa se celebra y dice por ellas.
  20.  El mismo Santo dijo: Que por cualquier Misa con devoción celebrada y oída salen muchísimas almas de las penas dcl purgatorio, y a las otras  que quedan en él se les disminuyen las muchas penas que allí padecen.
  21. San Alberto el Magno dice: Que el santo sacrificio de la Misa está tan lleno de misterios como el mar  está lleno de gotas, como el sol de átomos, el firmamento de estrellas y como el cielo empíreo de muchísimos Ángeles.
  22. En otro lugar (Serm. 145) dice: Que el que en la  Misa contemplare la Pasión y muerte de Jesús, merecerá más que si anduviese peregrinando a pie descalzo a los Lugares Santos de Jerusalén, y ayunara a pan y agua un año, y se azotara hasta derramar sangre de sus venas. y rezara trescientas veces el Salterio.
  23. San Cipriano dice: Que el santo sacrificio de la Misa es medicina para sanar las enfermedades. y holocausto para purgar las culpas.
  24. San Juan Crisóstomo dice: Que la celebración de la Misa en cierta manera, vale tanto cuanto vale la muerte de Cristo la cruz.
  25. Inocencio Papa dice: Que por la virtud del sacramento de la Misa todas las virtudes se aumentan y se acrecienta la gracia.
  26. Juan Bautista Mantuano dijo: Aunque Dios me diera cien lenguas, y con ellas una voz de acero que nunca se me gastara, no sería posible declarar y manifestar las utilidades, gracias, privilegios y grandes provechos que se ganan con asistir y oír Misa en gracia.
  27. San Bernardino de Sena dice: Que la Misa es el mayor bien que se puede ofrecer por las almas para librarlas y sacarlas del purgatorio y llevarlas a gozar de su santísima gloria.
  28. San Lorenzo Justiniano dice: Más agrada al Altísimo Dios el sacrificio de la Misa, que los méritos de todos los Ángeles.
  29. El Venerable Beda dice: Que si una mujer encinta oyere Misa, podrá esperar grandes auxilios en los dolores de su parto.
  30. Eugenio Papa dice: Que más aprovecha para la remisión de la culpa y pena oír una Misa, que todas las oraciones de todo el mundo.
  31. El Concilio de Trento: Que por el santo sacrificio de la Misa se aplaca a Dios, y concede la gracia y don de la penitencia.
  32. El santo sacrificio de la Misa, dice San Francisco de Sales, es el corazón de la devoción, el alma de la piedad y el centro de la Religión.  
  33. Concluyendo, dice el Doctor Angélico Santo Tomás de Aquino: Que los efectos que causa el santo sacrificio de la Misa y el oírla, son los siguientes: Resiste a los malos pensamientos. Destruye los pecados. Mitiga el aguijón de la carne, Da fuerzas al alma para batallar contra los enemigos. Perdona los pecados veniales. Purifica, limpia y purga el corazón. Alienta a obrar bien. Aumenta la castidad. Acrecienta el fervor de la caridad. Da fuerzas para sufrir las cosas adversas y llena el alma de todas las virtudes. Y, en fin, por decirlo de una vez, cuantos frutos, gracias, privilegios y dones recibimos de la mano del Altísimo Dios, todos son por la sagrada muerte y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, la cual se representa en el Sacrificio de la Misa

¡LOS MOROS!

Desde La Santa Alianza



* Dedicado a los islamófilos baratos de ahora, esos progres niños de papá cuya mentalidad nos está llevando a la ruina con el padrecito Zapatero. ¿No quieren memoria histórica? Aquí tienen:

Tropas indígenas,
de los bravos regulares,
legión africana,
bereberes y árabes,
 
Guerra en España,
contra el tirano ateísmo,
contra la hez marxista,
y su infernal abismo,
 
Se van alistando,
los mercenarios rudos,
leones del Atlas,
alfanjes corajudos,
 
Leales a sus militares,
mucha guerra han dado,
ahora es su hora,
hijos del Protectorado,
 
Ahora se acobarda,
el terror rojo,
y ante ellos desfallecen,
"¡Los moros, los moros!"
 
Gritan como gallinas,
los que quemaban templos,
dejando el país arruinado,
ya se les acaba el tiempo,
 
Águilas cartaginesas,
Trans Fretum romano,
fuerza expeditiva,
heroísmo tingitano,
 
¡Los moros, los moros,
gloria al desfile de la Victoria,
gloria a la escolta fuerte,
toma para la memoria histórica!

domingo, 21 de marzo de 2010

SAN BENITO, ABAD

Dichosos los siervos a los cuales
el amo al venir encuentra velando.
(Lucas 12, 37)

San Benito Abad (fresco del monasterio de Montecassino) 

Si atendemos a la enorme influencia ejercida en Europa por los seguidores de San Benito, es desalentador comprobar que no tenemos biografías contemporáneas del padre del monasticismo occidental. Lo poco que conocemos acerca de sus primeros años, proviene de los "Diálogos" de San Gregorio, quien no proporciona una historia completa, sino solamente una serie de escenas para ilustrar los milagrosos incidentes de su carrera.

Benito nació y creció en la noble familia Anicia, en el antiguo pueblo de Sabino en Nurcia, en la Umbría en el año 480. Esta región de Italia es quizás la que mas santos ha dado a la Iglesia. Cuatro años antes de su nacimiento, el bárbaro rey de los Hérculos mató al último emperador romano poniendo fin a siglos de dominio de Roma sobre todo el mundo civilizado. Ante aquella crisis, Dios tenía planes para que la fe cristiana y la cultura no se apagasen ante aquella crisis. San Benito sería el que comienza el monasticismo en occidente.  Los monasterios se convertirán en centros de fe y cultura. 

De su hermana gemela, Escolástica, leemos que desde su infancia se había consagrado a Dios, pero no volvemos a saber nada de ella hasta el final de la vida de su hermano.  El fue enviado a Roma para su "educación liberal", acompañado de una "nodriza", que había de ser, probablemente, su ama de casa.  Tenía entonces entre 13 y 15 años, o quizá un poco más.  

Invadido por los paganos de las tribus arias, el mundo civilizado parecía declinar rápidamente hacia la barbarie, durante los últimos años del siglo V: la Iglesia estaba agrietada por los cismas, ciudades y países desolados por la guerra y el pillaje, vergonzosos pecados campeaban tanto entre cristianos como entre gentiles y  se ha hecho notar que no existía un solo soberano o legislador que no fuera ateo, pagano o hereje.  En las escuelas y en los colegios, los jóvenes imitaban los vicios de sus mayores y Benito, asqueado por la vida licenciosa de sus compañeros y temiendo llegar a contaminarse con su ejemplo, decidió abandonar Roma.  Se fugó, sin que nadie lo supiera, excepto su nodriza, que lo acompañó.  Existe una considerable diferencia de opinión en lo que respecta a la edad en que abandonó la ciudad, pero puede haber sido aproximadamente a los veinte años.  Se dirigieron al poblado de Enfide, en las montañas, a treinta millas de Roma.  No sabemos cuanto duró su estancia, pero fue suficiente para capacitarlo a determinar su siguiente paso.  Pronto se dio cuenta de que no era suficiente haberse retirado de las tentaciones de Roma;  Dios lo llamaba para ser un ermitaño y para abandonar el mundo y, en el pueblo lo mismo que en la ciudad, el joven no podía llevar una vida escondida, especialmente después de haber restaurado milagrosamente un objeto de barro que su nodriza había pedido prestado y accidentalmente roto.

En busca de completa soledad, Benito partió una vez más, solo, para remontar las colinas hasta que llegó a un lugar conocido como Subiaco (llamado así por el lago artificial formado en tiempos de Claudio, gracias a la represión de las aguas del Arno).  En esta región rocosa y agreste se encontró con un monje llamado Romano, al que abrió su corazón, explicándole su intención de llevar la vida de un ermitaño.  Romano mismo vivía en un monasterio a corta distancia de ahí; con gran celo sirvió al joven, vistiéndolo con un hábito de piel y conduciéndolo a una cueva en una montaña rematada por una roca alta de la que no podía descenderse y cuyo ascenso era peligroso, tanto por los precipicios como por los tupidos bosques y malezas que la circundaban.  En la desolada caverna, Benito pasó los siguientes tres años de su vida, ignorado por todos, menos por Romano, quien guardó su secreto y diariamente llevaba pan al joven recluso, quien lo subía en un canastillo que izaba mediante una cuerda.  San Gregorio dice que el primer forastero que encontró el camino hacia la cueva fue un sacerdote quien, mientras preparaba su comida un domingo de Resurrección, oyó una voz que le decía: "Estás preparándote un delicioso platillo, mientras mi siervo Benito padece hambre".  El sacerdote, inmediatamente, se puso a buscar al ermitaño, al que encontró al fin con gran dificultad.  Después de haber conversado durante un tiempo sobre Dios y las cosas celestiales, el sacerdote lo invitó a comer, diciéndole que era el día de Pascua, en el que no hay razón para ayunar.  Benito, quien sin duda había perdido el sentido del tiempo y ciertamente no tenía medios de calcular los ciclos lunares, repuso que no sabía que era el día de tan grande solemnidad.  Comieron juntos y el sacerdote volvió a casa.  Poco tiempo después, el santo fue descubierto por algunos pastores, quienes al principio lo tomaron por un animal salvaje, porque estaba cubierto con una piel de bestia y porque no se imaginaban que un ser humano viviera entre las rocas.  Cuando descubrieron que se trataba de un siervo de Dios, quedaron gratamente impresionados y sacaron algún fruto de sus enseñanzas.  A partir de ese momento, empezó a ser conocido y mucha gente lo visitaba, proveyéndolo de alimentos y recibiendo de él instrucciones y consejos.

Aunque vivía apartado del mundo, San Benito, como los padres del desierto, tuvo que padecer las tentaciones de la carne y del demonio, algunas de las cuales han sido descritas por San Gregorio.  "Cierto día, cuando estaba solo, se presentó el tentador.  Un pequeño pájaro negro, vulgarmente llamado mirlo, empezó a volar alrededor de su cabeza y se le acercó tanto que, si hubiese querido, habría podido cogerlo con la mano, pero al hacer la señal de la cruz el pájaro se alejó.  Una violenta tentación carnal, como nunca antes había experimentado, siguió después.  El espíritu maligno le puso ante su imaginación el recuerdo de cierta mujer que él había visto hacía tiempo, e inflamó su corazón con un deseo tan vehemente, que tuvo una gran dificultad para reprimirlo.  Casi vencido, pensó en abandonar la soledad; de repente, sin embargo, ayudado por la gracia divina, encontró la fuerza que necesitaba y, viendo cerca de ahí un tupido matorral de espinas y zarzas, se quitó sus vestiduras y se arrojó entre ellos.  Ahí se revolcó hasta que todo su cuerpo quedó lastimado.  Así, mediante aquellas heridas corporales, curó las heridas de su alma", y nunca volvió a verse turbado en aquella forma.
En Vicovaro, en Tívoli y en Subiaco, sobre la cumbre de un farallón que domina Anio, residía por aquel tiempo una comunidad de monjes, cuyo abad había muerto y por lo tanto decidieron pedir a San Benito que tomara su lugar.  Al principio rehusó, asegurando a la delegación que había venido a visitarle que sus modos de vida no coincidían --quizá él había oído hablar de ellos--.  Sin embargo, los monjes le importunaron tanto, que acabó por ceder y regresó con ellos para hacerse cargo del gobierno.  Pronto se puso en evidencia que sus estrictas nociones de disciplina monástica no se ajustaban a ellos, porque quería que todos vivieran en celdas horadadas en las rocas y, a fin de deshacerse de él, llegaron hasta poner veneno en su vino.  Cuando hizo el signo de la cruz sobre el vaso, como era su costumbre, éste se rompió en pedazos como si una piedra hubiera caído sobre él.  "Dios os perdone, hermanos", dijo el abad con tristeza.  "¿Por qué habéis maquinado esta perversa acción contra mí?  ¿No os dije que mis costumbres no estaban de acuerdo con las vuestras?  Id y encontrad un abad a vuestro gusto, porque después de esto yo no puedo quedarme por más tiempo entre vosotros".  El mismo día retornó a Subiaco, no para llevar por más tiempo una vida de retiro, sino con el propósito de empezar la gran obra para la que Dios lo había preparado durante estos años de vida oculta.

Empezaron a reunirse a su alrededor los discípulos atraídos por su santidad y por sus poderes milagrosos, tanto seglares que huían del mundo, como solitarios que vivían en las montañas.  San Benito se encontró en posición de empezar aquel gran plan, quizás revelado a él en la retirada cueva, de "reunir en aquel lugar, como en un aprisco del Señor, a muchas y diferentes familias de santos monjes dispersos en varios monasterios y regiones, a fin de hacer de ellos un sólo rebaño según su propio corazón, para unirlos más y ligarlos con los fraternales lazos, en una casa de Dios bajo una observancia regular y en permanente alabanza al nombre de Dios".  Por lo tanto, colocó a todos los que querían obedecerle en los doce monasterios hechos de madera, cada uno con su prior.  El tenía la suprema dirección sobre todos, desde donde vivía con algunos monjes escogidos, a los que deseaba formar con especial cuidado.  Hasta ahí, no tenía escrita una regla propia, pero según un antiguo documento, los monjes de los doce monasterios aprendieron la vida religiosa, "siguiendo no una regla escrita, sino solamente el ejemplo de los actos de San Benito".  Romanos y bárbaros, ricos y pobres, se ponían a disposición del santo, quien no hacía distinción de categoría social o nacionalidad.  Después de un tiempo, los padres venían para confiarles a sus hijos a fin de que fueran educados y preparados para la vida monástica.  San Gregorio nos habla de dos nobles romanos, Tértulo, el patricio y Equitius, quienes trajeron a sus hijos, Plácido, de siete años y Mauro de doce, y dedica varias páginas a estos jóvenes novicios.  (Véase San Mauro y San Plácido, 5 de octubre).

San Benito y sus discípulos Plácido y Mauro (fresco del monasterio de Subiaco)

En contraste con estos aristocráticos jóvenes romanos, San Gregorio habla de un rudo e inculto godo que acudió a San Benito, fue recibido con alegría y vistió el hábito monástico.  Enviado con una hoz para que quitara las tupidas malezas del terreno desde donde se dominaba el lago, trabajó tan vigorosamente, que la cuchilla de la hoz se salió del mango y desapareció en el lago.  El pobre hombre estaba abrumado de tristeza, pero tan pronto como San Benito tuvo conocimiento del accidente, condujo al culpable a la orilla de las aguas, le arrebató el mango y lo arrojó al lago.  Inmediatamente, desde el fondo, surgió la cuchilla de hierro y se ajustó automáticamente al mango.  El abad devolvió la herramienta, diciendo: "¡Toma! Prosigue tu trabajo y no te preocupes". No fue el menor de los milagros que San Benito hizo para acabar con el arraigado prejuicio contra el trabajo manual, considerado como degradante y servil. Creía que el trabajo no solamente dignificaba, sino que conducía a la santidad y, por lo tanto, lo hizo obligatorio para todos los que ingresaban a su comunidad, nobles y plebeyos por igual. No sabemos cuanto tiempo permaneció el santo en Subiaco, pero fue lo suficiente para establecer su monasterio sobre una base firme y fuerte. Su partida fue repentina y parece haber sido impremeditada. Vivía en las cercanías un indigno sacerdote llamado Florencio quien, viendo el éxito que alcanzaba San Benito y la gran cantidad de gente que se reunía en torno suyo, sintió envidia y trató de arruinarlo. Pero como fracasó en todas sus tentativas para desprestigiarlo mediante la calumnia y para matarlo con un pastel envenenado que le envió (que según San Gregorio fue arrebatado milagrosamente por un cuervo), trató de seducir a sus monjes, introduciendo una mujer de mala vida en el convento.  El abad, dándose perfecta cuenta de que los malvados planes de Florencio estaban dirigidos contra él personalmente, resolvió abandonar Subiaco por miedo de que las almas de sus hijos espirituales continuaran siendo asaltadas y puestas en peligro.  Dejando todas sus cosas en orden, se encaminó desde Subiaco al territorio de Monte Cassino.  Es esta una colina solitaria en los límites de Campania, que domina por tres lados estrechos valles que corren hacia las montañas y, por el cuarto, hasta el Mediterráneo, una planicie ondulante que fue alguna vez rica y fértil, pero que, carente de cultivos por las repetidas irrupciones de los bárbaros, se había convertido en pantanosa y malsana.  La población de Monte Cassino, en otro tiempo lugar importante, había sido aniquilada por los godos y los pocos habitantes que quedaban, habían vuelto al paganismo o mejor dicho, nunca lo habían dejado.  Estaban acostumbrados a ofrecer sacrificios en un templo dedicado a Apolo, sobre la cuesta del monte.  Después de cuarenta días de ayuno, el santo se dedicó, en primer lugar, a predicar a la gente y a llevarla a Cristo.  Sus curaciones y milagros obtuvieron muchos conversos, con cuya ayuda procedió a destruir el templo, su ídolo y su bosque sagrado.  Sobre las ruinas del templo, construyó dos capillas y alrededor de estos santuarios se levantó, poco a poco, el gran edificio que estaba destinado a convertirse en la más famosa abadía que el mundo haya conocido.  Los cimientos de este edificio parecen haber sido echados por San Benito, alrededor del año 530.  De ahí partió la influencia que iba a jugar un papel tan importante en la cristianización y civilización de la Europa post-romana.  No fue solamente un museo eclesiástico lo que se destruyó durante la segunda Guerra Mundial, cuando se bombardeó Monte Cassino.

Es probable que Benito, de edad madura, en aquel entonces, pasara nuevamente algún tiempo como ermitaño; pero sus discípulos pronto acudieron también a Monte Cassino.  Aleccionado sin duda por su experiencia en Sabiaco, no los mandó a casas separadas, sino que los colocó juntos en un edificio gobernado por un prior y decanos, bajo su supervisión general.  Casi inmediatamente después, se hizo necesario añadir cuartos para huéspedes, porque Monte Cassino, a diferencia de Subiaco, era fácilmente accesible desde Roma y Cápua.  No solamente los laicos, sino también los dignatarios de la Iglesia iban para cambiar impresiones con el fundador, cuya reputación de santidad, sabiduría y milagros habíase extendido por todas partes.  Tal vez fue durante ese período cuando comenzó su "Regla", de la que San Gregorio dice que da a entender "todo su método de vida y disciplina, porque no es posible que el santo hombre pudiera enseñar algo distinto de lo que practicaba".  Aunque primordialmente la regla está dirigida a los monjes de Monte Cassino, como señala el abad Chapman, parece que hay alguna razón para creer que fue escrita para todos los monjes del occidente, según deseos del Papa San Hormisdas.  Está dirigida a todos aquellos que, renunciando a su propia voluntad, tomen sobre sí "la fuerte y brillante armadura de la obediencia para luchar bajo las banderas de Cristo, nuestro verdadero Rey", y prescribe una vida de oración litúrgica, estudio, ("lectura sacra") y trabajo llevado socialmente, en una comunidad y bajo un padre común.  Entonces y durante mucho tiempo después, sólo en raras ocasiones un monje recibía las órdenes sagradas y no existe evidencia de que el mismo San Benito haya sido alguna vez sacerdote.  Pensó en proporcionar "una escuela para el servicio del Señor", proyectada para principiantes, por lo que el ascetismo de la regla es notablemente moderado.  No se alentaban austeridades anormales ni escogidas por uno mismo y, cuando un ermitaño que ocupaba una cueva cerca de Monte Cassino encadenó sus pies a la roca, San Benito le envió un mensaje que decía:  "Si eres verdaderamente un siervo de Dios, no te encadenes con hierro, sino con la cadena de Cristo".  La gran visión en la que Benito contempló, como en un rayo de sol, a todo el mundo alumbrado por la luz de Dios, resume la inspiración de su vida y de su regla.  El santo abad, lejos de limitar sus servicios a los que querían seguir su regla, extendió sus cuidados a la población de las regiones vecinas: curaba a los enfermos, consolaba a los tristes, distribuía limosnas y alimentó a los pobres y se dice que en más de una ocasión resucitó a los muertos.  Cuando la Campania sufría un hambre terrible, donó todas las provisiones de la abadía, con excepción de cinco panes.  "No tenéis bastante ahora", dijo a sus monjes, notando su consternación, "pero mañana tendréis de sobra".  A la mañana siguiente, doscientos sacos de harina fueron depositados por manos desconocidas en la puerta del monasterio.  Otros ejemplos se han proporcionado para ilustrar el poder profético de San Benito, al que se añadía el don de leer los pensamientos de los hombres.  Un noble al que convirtió, lo encontró cierta vez llorando e inquirió la causa de su pena.  El abad repuso: "este monasterio que yo he construido y todo lo que he preparado para mis hermanos, ha sido entregado a los gentiles por un designio del Todopoderoso.  Con dificultad he logrado obtener misericordia para sus vidas".  La profecía se cumplió cuarenta años después, cuando la abadía de Monte Cassino fue destruida por los lombardos.

Cuando el godo Totila avanzaba trinfante a través del centro de Italia, concibió el deseo de visitar a San Benito, porque había oído hablar mucho de él.  Por lo tanto, envió aviso de su llegada al abad, quien accedió a verlo.  Para descubrir si en realidad el santo poseía los poderes que se le atribuían, Totila ordenó que se le dieran a Riggo, capitán de su guardia, sus propias ropas de púrpura y lo envió a Monte Cassino con tres condes que acostumbraban asistirlo.  La suplantación no engañó a San Benito, quien saludó a Riggo con estas palabras: "hijo mío, quítate las ropas que vistes; no son tuyas".  Su visitante se apresuró a partir para informar a su amo que había sido descubierto.  Entonces, Totila, fue en persona hacia el hombre de Dios y, se dice que se atemorizó tanto, que cayó postrado.  Pero Benito lo levantó del suelo, le recriminó por sus malas acciones y le predijo, en pocas palabras, todas las cosas que le sucederían.  Al punto, el rey imploró sus oraciones y partió, pero desde aquella ocasión fue menos cruel.  Esta entrevista tuvo lugar en 542 y San Benito difícilmente pudo vivir lo suficiente para ver el cumplimiento total de su propia profecía.

Anuncia su muerte

El santo que había vaticinado tantas cosas a otros, fue advertido con anterioridad acerca de su próxima muerte.  Lo notificó a sus discípulos y, seis días antes del fin, les pidió que cavaran su tumba.  Tan pronto como estuvo hecha fue atacado por la fiebre.  El 21 de marzo del año 543, durante las ceremonias del Jueves Santo, recibió la Eucaristía.  Después, junto a sus monjes, murmuró unas pocas palabras de oración y murió de pie en la capilla, con las manos levantadas al cielo. Sus últimas palabras fueron: "Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo".  Fue enterrado junto a Santa Escolástica, su hermana, en el sitio donde antes se levantaba el altar de Apolo, que él había destruido.  

Dos de sus monjes estaban lejos de allí rezando, y de pronto vieron una luz esplendorosa que subía hacia los cielos y exclamaron: "Seguramente es nuestro Padre Benito, que ha volado a la eternidad".  Era el momento preciso en el que moría el santo.

Fuente: Vida de los Santos, de Butler
MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE DE SAN BENITO

I. Desde que hubo comprendido la vanidad del mundo, retirose San Benito a la soledad, y allí mortificó su cuerpo mediante continuas austeridades. ¡Hace ya tanto tiempo que tú conoces los peligros del mundo, y lo amas todavía! ¡Sabes que es infiel, y en él te fías! ¡Estás persuadido de que no hay recompensa para sus adoradores, y ansiosamente buscas sus favores! Engañó ya a muchos otros con sus falsos bienes; mas, los que antes lo honraban lo desprecian ahora. ¿Por qué no lo dejas? Apenas si tiene el mundo lo que es preciso para engañar; carece de bienes, hasta de bienes frágiles (San Euquerio). 

II. San Benito despreció al mundo, y el mundo le honra; los reyes, los príncipes, numerosos fieles acuden a verlo en la soledad, para encomendarse a sus oraciones o para imitar su género de vida. Tú amas al mundo y él te desprecia; lo desprecias y él te prodiga sus alabanzas. Pareciera que Dios, impaciente por recompensar a sus servidores, no puede esperar la vida futura para hacerlo. ¡Cuán apurada estáis, oh bondad divina, en glorificar a vuestros santos! (San Eusebio). 

III. San Benito, vencedor del mundo, lo abandona y muere en una iglesia en medio de sus religiosos, advertidos por él de la hora de su muerte. ¿Te ha sido revelado cuándo y cómo morirás? Mantente siempre preparado. Los religiosos de este santo son sus hijos y su corona. Tus hijos y tu corona son tus obras: ellas te seguirán hasta el trono de Dios, para acusarte o defenderte.

El amor de la soledad.
Orad por la Orden de San Benito.

ORACIÓN

Haced, os lo rogamos, Señor, que la intercesión de San Benito, abad, nos haga agradables a Vuestra Majestad, y que obtengamos por sus oraciones lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S. Amén.

SERMÓN DEL DOMINGO DE PASIÓN, POR EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Desde Radio Cristiandad 


Las cuatro semanas de Cuaresma nos han conducido al tiempo litúrgico de Pasión, que se caracteriza por revivir las circunstancias que han preparado y rodeado la muerte del Redentor.
Se acentúa el carácter austero de la liturgia: la Iglesia cubre las cruces y las imágenes de los santos con velos morados. El Evangelio de hoy termina por estas palabras llenas de sentido y dignas de ser meditadas:
Jesús autem abscondit se, et exivit de temploJesús se escondió y salió del templo
Hemos llegado al momento de considerar más atentamente a Nuestro Señor en los misterios de su Pasión. Y como este año la fiesta de la Encarnación del Verbo se celebra durante esta primera Semana de Pasión, no debemos olvidar que el Verbo se encarnó para saldar la deuda infinita debida por el pecado del hombre, para glorificar a su Padre Eterno y para justificar al hombre prevaricador.
La Iglesia nos invita a meditar estos misterios. Ella se une a la divina víctima; la Iglesia ora junto con Jesús, sufre con Él; con Él se abraza a la Cruz.
Al comienzo de la Misa de este día, en el introito, la voz de Nuestro Señor se hace oír… Él reza, Él pide, Él clama: Iudica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta. Ab homine iniquo et doloso eripe me
Cargado con todos los pecados del mundo, el Cordero de Dios, asediado por la malicia del demonio y de todos los hombres, abandonado por los suyos y traicionado por Judas, no tiene a nadie sino a su Padre a quien dirigirse para presentar su queja. Y a su Padre reza, pide, clama: Hazme justicia, ¡oh Dios!, defiende mi causa contra un pueblo injusto. Del hombre inicuo y falaz, líbrame
Dirigiéndose a su Padre, lo llama “su Dios”; testimoniando de este modo el sentimiento que tiene de nuestros pecados, de su estado de víctima. Él esta allí, delante de la justicia divina, cargado con todos los pecados de los hombres, para dar cuenta de todos y cada uno de ellos.
Del fondo de su humildad, la cual es muy profunda a causa de la santidad divina, que Él adora, y a causa de la ignominia de los pecados que carga…, del fondo de su humildad se dirige a su Padre y le pide justicia: Hazme justicia, ¡oh Dios!, defiende mi causa
Nuestro Señor sufre un gran proceso… Allí están el demonio, el infierno, el mundo y el pecado, que se unen para hacerlo sufrir y morir…
Y Nuestro Señor quiere sufrir y quiere morir; pero sufriendo y muriendo, Él pide justicia… Justicia para Sí, justicia para nosotros…
Justicia para Sí, a fin de que sea liberado de la muerte; justicia para nosotros, a fin de seamos perdonados del pecado y sus consecuencias…
Con estos pensamientos que suscita el introito de esta Misa, consideremos el misterio de la Encarnación del Verbo. Y el jueves, al celebrar con gozo y solemnidad esta fiesta, recordemos la escena que nos pinta la gran apertura de la Semana de Pasión…
Para darnos cuenta cabal de lo que significan la Encarnación y la Pasión, contemplemos la miseria del mundo y del hombre alejado de Dios y abandonado a sus afecciones desordenadas. Consideremos la necesidad de la Encarnación.
Tomemos para ello la Meditación de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio.
Ver las personas sobre la faz de la tierra: el mundo, los hombres… Todos hijos de un mismo padre, un tiempo nobilísimo, pero que prevaricó y se degradó y nos engendró también hijos degradados… ¿Qué sería de nosotros sin Redentor?
Prueba patente de la miseria extrema de la naturaleza humana, que, impregnada de aficiones desordenadas, no puede mantenerse en el recto uso de las criaturas sin el auxilio de Dios.
Ver las personas, en tanta diversidad… unos blancos y otros negros…: de diversas razas, costumbres, civilizaciones…, sabios e ignorantes, ricos y pobres, vestidos y desnudos, salvajes y cultos…
Pero todos igualmente degradados en su vida individual, familiar y social.
Diversidad infinita, pero todos igualmente despreocupados de la rectitud en el uso de las criaturas, igualmente esclavizados a sus pasiones desordenadas, igualmente necesitados del Redentor que los rescate de sus pecados y consecuencias.
¡Pobre naturaleza humana!, degradada por el pecado y sus consecuencias, fuente a su vez de nuevos pecados. ¡Pobres hombres!…
Contemplemos, pues, la fealdad y malicia del género humano pecador.
Oír lo que hablan las personas sobre la tierra. Casi nunca alabando a Dios, muchas veces a impulsos de sus pasiones: vanagloria, gula, lujuria, avaricia, acidia, envidia, ira…
Como juran y blasfeman. Toda esa gritería soez y brutal de unos hombres con otros resuena como un trueno infernal…, el eco de las blasfemias con que el género humano se dirige a Dios.
Estos insultos vienen de los campos, de las ciudades, de los hogares; brotan de los libros, de las pantallas de los cines y televisión; surgen de los labios de los niños, de los adolescentes, de los hombres y de las mujeres, de los sanos y de los enfermos… El mundo es un blasfemadero…
Esa es la humanidad creada por Dios para alabarlo, reverenciarlo, servirlo… Ese es el mundo sin Cristo…
Ver y considerar las tres Personas Divinas. Como desde el solio real o trono de su divina majestad miran toda la faz y redondez de la tierra y a todas las personas, a todos los hombres y a cada uno de ellos en particular.
Los ven en su ceguera e ignorancia de Dios. Como viven y mueren sin Dios, sin volverse a Jesús ni siquiera en el momento de dejar este mundo.
Los ven descender al infierno… abandonados a sus propias fuerzas y caprichos… sin Redentor…
Oír lo que dicen las Personas divinas: hagamos la Redención del género humano.
Acaba Dios de precipitar al infierno a miríadas de ángeles por haber cometido un solo pecado…; y vuelve su mirada justiciera sobre los hombres para deliberar lo que ha de hacer con el linaje humano, al cual encuentra hecho una postema de pecado. ¿Y cuál es la respuesta divina?
Hagamos la Redención del género humano… Y en aquel mismo momento, de la purísima sangre de la Virgen sin mancha formó el Espíritu Santo un cuerpo perfectísimo; creó de la nada un alma purísima; y la unió a aquel cuerpo.
Y en este mismo instante por obra del Espíritu Santo este cuerpo y esta alma fueron asumidos por la Persona del Hijo de Dios; de suerte que el que antes era sólo Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho Hombre; y el que hubiera sido sólo hombre, fue creado unido a la divinidad, siendo verdadero Dios…
Et Verbum caro factum estEt propter nos homines et propter nostram salutem descendit de coelis
Semetipsum exinanivit, se anonadó a Si mismo. El Verbo deja los esplendores del Cielo, la magnificencia de su trono, las adoraciones y aclamaciones de su corte… para esconderse en la tierra, en el seno de una Virgen…
El primer latido del Corazón del Verbo Encarnado es para su Padre.
La primera palabra del Verbo Encarnado es también para el Eterno Padre. En el momento mismo de su concepción comprendió Jesús que su primera obligación era cumplir la voluntad de su Padre.
Y esta lo llevó hasta la Cruz…
Por eso hoy, al comienzo de estas dos semanas de Pasión, la Iglesia pone en labios del Verbo Encarnado su amarga queja y su súplica ardiente: Iudica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta. Ab homine iniquo et doloso eripe me
Jesús se escondió y salió del templo…
Aprovechemos estas dos semanas para reentronizar a Jesús en el Templo de nuestra alma y de nuestras familias…